Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

domingo, 21 de junio de 2020

+25. Hardy


Improvisa una oficina junto a la ventana. Hace unos minutos se apagaron las farolas de la calle en silencio. Ese instante preciso donde la luz se extingue de súbito y se acrecienta la penumbra de la mañana por un segundo entre la claridad primera tras los montes, esa oscuridad quieta tras la tristeza en el destello último de una modesta bombilla, es el instante donde, en las últimas semanas, nos habríamos despedido e. y yo en la puerta de casa, su/mi te quiero, un último abrazo y garrote susurrado al oído, sus pasos alejándose en el pasillo, mi cabeza cansada por las pocas horas de sueño que me hacen detenerme en una habitación, sin saber dónde ir o qué hacer hasta que recuerdo la vida cotidiana en una lavadora, una sartén o los platos en la pila.
Acerca la mesa a la ventana, e., la misma mesa donde escribo en mis madrugadas insomnes de las últimas semanas, cuando no trabajo en el pabellón y me despierto de madrugada rodeado de sombras negras sobre sombras negras, la misma mesa donde e. dibuja mandalas o construye nidos con una piedra una rama una concha unas hebras musgo o convierte cajas de galletas y tapones y telas rotas en dragones para niños, la capacidad de e. para transformar la realidad en algo nuevo, de crear nidos donde aovillarse y descansar y soñar y recordar y creer.
Es su primer día de teletrabajo en estas seis semanas de estado de alarma. Ha luchado por ello. Yo, somnoliento, friego o cocino mientras e. contesta al teléfono, hace las planificaciones de las auxiliares, llama a los usuarios y familiares del servicio de ayuda a domicilio del ayuntamiento de b. Descubro su trabajo en persona, el miedo la incertidumbre el enfado el silencio la culpa el valor en las conversaciones con las auxiliares —su trabajo ninguneado e invisible en estos días, cuando, ahí fuera, las higienes a personas dependientes y las compras y las limpiezas y la preparación de comidas, centenares de mujeres (apenas hay un par de hombres) que, con su trabajo, hacen compañía a aquellos que están solos—.
Hay un momento donde me doy cuenta de la suerte que tenemos, e. y yo. Pasamos por este encierro juntos, hablamos de nuestras emociones, el miedo (subterráneo) la extrañeza la rabia, leemos en el sofá y compartimos nuestras impresiones, nos abrazamos porque necesitamos caricias donde anidar, nos preguntamos cómo hemos llegado aquí y qué nos espera en los próximos días, ejercemos de expertos en pandemias durante unos segundos antes de volver a la realidad y decir: no sé, hacemos planes conjuntos para los días tras el estado de alarma: tocar tierra, volver al monte tras la ventana, comprar pan artesano en nuestra panadería favorita de la ciudad cercana y, cuando soñamos, volver al camino de Santiago, unos días junto al mar, hospedarnos en nuestro refugio tótem. Hay un momento donde me doy cuenta de mi suerte. Entonces, me acerco y beso a e.


(coda) Recuerdo su curiosidad cuando empecé a escribir en marzo. Le respondí que un diario, para conjurar el tiempo y mis miedos. Y, ante sus ganas de leerlo, le aseguré que lo haría una vez escribiese la última palabra. Este diario, también, como nido.


***

Fue una lectura fronteriza, la de Jude el oscuro, en aquellos días de septiembre entre verano y otoño del pasado año. Y frontera es la palabra que asocio para este libro de Hardy, la que cruza Jude de la infancia al mundo adulto, de la inocencia e ignorancia de los sueños de un niño, sentado en el tejado de una vieja casa donde ver las luces de la ciudad, a la lucidez y el dolor de un amor y un sueño fracasados, de la presencia del pasado en los libros en latín y griego y en las fachadas de los edificios de la ciudad a la ferocidad de una sociedad que no admite salirse de un camino recto, frío y material; la frontera entre el mundo ideal y aquel donde se libra una lucha entre la carne y el espíritu, entre la gente real y la religión, entre las normas y el corazón; la frontera donde confluyen el yo con el otro. Y esa frontera es capaz de aniquilarnos, si no sabemos movernos por ella como contrabandistas.
Es curioso leer hoy Jude el oscuro, una historia donde un hombre y una mujer aspiran a vivir su amor sin pasar por el matrimonio y su choque contra una sociedad oscura y ruda que no acoge sino que expulsa. Por momentos, como en otros libros de la época, me sentí tanto en una prospección antropológica como en un ambiente que me recordaba a la ciencia ficción.


Este beso marcó un giro decisivo en la carrera de Jude. Una vez en casa, y entregado a sus meditaciones, se dio cuenta de una cosa: que aunque el beso que le había dado a ese ser etéreo le pareciera el momento más puro de su malhadada vida, en tanto venía a alimentar un sentimiento ilícito le hacía ver la contradicción que suponía el persistir en la idea de convertirse en soldado y servidor de una religión en la que el amor sexual estaba considerado en el mejor de los casos como una flaqueza y, en el peor, como una maldición. Lo que había dicho Sue con tanto calor era efectivamente la fría realidad. Puesto que en lo único que pensaba era en defender su amor con uñas y dientes y en prodigar, por encima de todo, sus atenciones para con ella, estaba condenado ipso facto como profesor de la moral tradicionalmente aceptada. Su naturaleza le incapacitaba, evidentemente, como le había incapacitado su posición social, para el desempeño de la función de defensor de un dogma acreditado.
Era extraño que su primera aspiración —la de seguir unos estudios con aprovechamiento— se hubiera visto truncada por una mujer, y que la segunda —el apostolado— viniera a truncársela igualmente otra mujer. «¿Tendrán la culpa las mujeres —se decía—, o la tendrá este artificial sistema de cosas bajo el que los normales impulsos del sexo se convierten en cepos domésticos y lazos que atrapan y sujetan a quienes aspiran a progresar?».
Su constante aspiración había sido llegar a ser un profeta, por humilde que fuera, para sus hermanos atribulados, sin ánimo de alcanzar ningún lucro personal. Sin embargo, con una esposa que vivía lejos de él con otro marido, preso como estaba de un amor ilícito, y habiéndose rebelado su amada contra su propio estado, probablemente por culpa suya, se había colocado en una situación difícilmente respetable, según las normas usuales y corrientes.
No tenía por qué pensarlo más; no cabía otra cosa sino hacer frente a la evidencia: se había convertido en un perfecto impostor como hombre consagrado a la orientación religiosa.
Esa tarde, al oscurecer, salió al huerto y cavó un hoyo, llevó todos los libros de Teología y de Ética que poseía, y los metió en él. Sabía que en este país de verdaderos creyentes no le darían por ellos más de lo que valieran al peso, así que prefirió deshacerse de todos a su manera, aunque perdiese dinero. Prendió fuego a unos cuantos folletos sueltos para empezar, hizo trozos todos los volúmenes y los fue removiendo entre las llamas con una horca de tres dientes. La hoguera iluminó y calentó la parte trasera de la casa, el corral y su propia cara, hasta que se consumieron todos los libros más o menos.
Thomas Hardy. Jude el oscuro. Traducción Francisco Torres Oliver. Alba editorial.

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