Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop
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martes, 9 de junio de 2020

+13. Ford


Veo un primer lazo negro entre los arcoíris, banderas rojiblancas y mensajes en las ventanas —todo saldrá bien/ ánimo/yo me quedo en casa/juntos podemos, mensajes escritos con la letra primeriza de niños y niñas que, pienso, no deben saber decodificar esos mensajes de todo saldrá bien, niños y niñas que acaban de aprender a escribir y no tienen conciencia de un pasado colectivo, de un futuro donde cambio, esperanza y progreso, de nuestros gestos y emociones atávicos—. No hay palabras o números o una plegaria en esa ventana. Sólo un sobrio lazo negro. Entonces, siento que nos falta un silencio para las víctimas de la pandemia —y para aquellos que no pueden despedirse de una madre, una hermana, un marido—, un silencio que sea compañía caricia presencia remembranza, un silencio que cincele el tiempo y la luz, un silencio por el amor y el rostro de entonces, antes de la soledad y el miedo.
Aplaudo a las ocho de la tarde, veo o escucho o leo las noticias durante quince minutos, observo los cambios en la luz del amanecer y en la primera niebla sobre los montes, abro las puertas de los muelles en el pabellón y me encuentro con ventanas que se iluminan poco a poco en la silueta de la ciudad frente a mí, me levanto de madrugada en las noches donde no trabajo, corro en forma de U por casa, beso al espalda de e. al acostarme, escribo para remontar estos días —y emergen recuerdos alrededor de un camino blanco—, leo a DeLillo, ahora, o releo aquellas páginas dobladas en los libros que comban las estanterías, escucho la voz de Steve Hogarth o Geddy Lee cantar sobre sueños quiméricos, Tom Sawyer, puentes y mundos hechos de nuevo. Pero me falta un silencio que recuerde y nombre a quienes mueren. Entonces, en esta rutina que construyo poco a poco, sumo un silencio, distinto a los otros silencios del día.


***

Es un gesto de futuro. Dejar pistas entre las páginas de mis libros. Marcapáginas, billetes de tren, facturas, notas. Por si alguien. Por el titilar. En Rock Springs, la dirección de una escuela de teatro en una servilleta roja con la letra de i. Este libro dispara un recuerdo, cuatro mujeres de blanco en un escenario desnudo y pequeño, y mi soledad y silencio entre las calles de una gran ciudad.
Vuelvo a los relatos de Rock Springs cada cierto tiempo. Es uno de mis libros favoritos de Ford. Junto a la tetralogía Bascombe e Incendios. Diez relatos donde un puñado de personajes enfrenta un momento decisivo, e ilumina una parte de su pasado, e ilumina una parte de su interior, hombres, mujeres y adolescentes ante el cambio, el fracaso, el amor y el desamor, el aprendizaje, la violencia, la desorientación, el vagabundeo, vidas que se alumbran por un instante y acceden a una verdad oculta y deben aprender qué hacer con ese conocimiento.

Me había quedado largo rato tendido en la cama después de que Edna se durmiera, viendo a los Atlanta Braves en la televisión, tratando de no pensar en lo que sentiría al día siguiente cuando viese partir el autocar, en cómo me sentiría al volverme y ver allí a Cheryl y a Duke, sin nadie salvo yo para cuidar de ellos a partir de entonces; pensando en que lo primero que tendría que hacer sería conseguir un coche y cambiarle las placas de la matrícula, y luego desayunar y emprender viaje hacia Florida; y todo ello en un máximo de un par de horas, porque era obvio que el Mercedes estaría menos oculto de día que de noche, y las noticias corren a velocidad vertiginosa. Siempre, desde que la tengo conmigo, he cuidado a Cheryl personalmente. Jamás tuvo que hacerlo ninguna de mis compañeras. A la mayoría de ellas ni siquiera parecía gustarles, aunque a mí siempre me cuidaron y así yo pude cuidar de Cheryl. Y sabía que en cuanto Edna se fuera todo sería más duro. Aunque mi mayor deseo era no pensar en ello de momento, tratar de que mi mente dejara de estar en vilo a fin de hacer acopio de fuerzas para enfrentarme a lo que me esperaba. Pensé que la diferencia entre una vida con éxito y una vida fracasada, entre yo en aquel instante y los propietarios de aquellos coches perfectamente aparcados en el aparcamiento, y quizá entre yo y aquella mujer de la caravana del campamento junto a la mina de oro, estaba en el grado de aptitud para alejar de la mente cosas como éstas, para lograr que no te abrumaran, y tal vez también en el número de problemas con que tenías que enfrentarte a lo largo de tu vida. Por azar o por voluntad, ellos se habían enfrentado a un menor número de problemas, y por su propio carácter los habían olvidado antes. Y era eso lo que yo quería. Menos problemas, menos recuerdos de problemas.
Me acerqué a un coche, un Pontiac con matrícula de Ohio, uno de los que llevaban bultos y maletas atados en la baca y otra tanta carga en el maletero, a juzgar por las traseras hundidas. Miré al interior por la ventanilla de volante. Había mapas y libros de bolsillo y gafas de sol y soportes de plástico para las latas de bebida en las ventanillas. En el asiento trasero vi juguetes y cojines y un cesto con un gato que me miraba fijamente como si yo fuera la luna. Todo aquello me resultaba familiar; eran exactamente las cosas que habría habido en mi coche si hubiera tenido coche. Nada me pareció asombroso, nada difería de mi idea. Pero en aquel preciso instante me asaltó una sensación extraña y me volví y alcé los ojos hacia las ventanas de la fachada trasera del motel Todas estaban oscuras salvo dos: la mía y otra. Y me pregunté —porque la situación se me antojó extraña— qué pensaría cualquier mortal de un hombre a quien viera en mitad de la noche mirando el interior de los coches aparcados en un Ramada Inn. ¿Pensaría que pretendía sólo aclarar un poco sus ideas? ¿Pensaría que trataba de prepararse para un día en el cual se abatiría sobre él un gran problema? ¿Pensaría que le estaba a punto de dejar su amiga? ¿Pensaría que tenía una hija? ¿Pensaría que era un hombre como cualquier otro mortal, como él mismo?
Richard Ford. Rock Springs. Traducción Jesús Zulaika. Anagrama.

jueves, 27 de junio de 2019

Tres rosas amarillas. Raymond Carver

Recuerdo una conversación con una librera y escritora aficionada que me definió los relatos de Carver como pinchacitos de realidad —y me hundía uno de sus dedos en el pecho para reforzar sus palabras—. Luego, me habló de la escena culmen de uno de sus propios relatos, los intestinos de un hombre atados a un parachoques. Soy muy heavy, me decía —y le brillaban los ojos, orgullosa—. Mientras la librera me hablaba de sus clases de escritura creativa pensaba que Carver, para ella, sólo podía darle, efectivamente, pinchacitos de realidad porque la violencia y la tensión en sus relatos estaban soterradas y sus historias eran estar ante el umbral de una certeza —algo captado por el rabillo del ojo, definición que leí no recuerdo dónde sobre alguno de los libros de Carver—.

Releer supone, para mí, una lucha. Hace años que manejo una lista de relectura y volver a aquellos clásicos que siento leí demasiado pronto para captar por entero sus diferentes significados ocultos —Moby Dick, Caballería roja, El buen soldado, Luz de agosto, El cero y el infinito en manos de un adolescente ante un mundo aún diáfano sólo podían mostrar, creo, una parte de su fuerza y sus interpretaciones—, o reencontrarme con algunos de mis libros favoritos —y ahí el recelo y la duda sobre si aquellos libros sobrevivirían a una segunda lectura o si no acabaría por sentir un desencanto que me haría perder la primera emoción—. Y luego están las columnas de libros sobre las estanterías, docenas de novelas, poemarios y ensayos que esperan su turno y me hacen posponer las relecturas sine die. Gordon Lish y Mi romance fue el hilo que me devolvió a Carver. Y como dice una amiga, hay que tirar del hilo.

Empecé Tres rosas amarillas con todo el miedo —como me pasó con Matadero 5 o Rock Springs en los últimos meses—. Siempre que me hacen esa pregunta inquietante sobre mi escritor favorito respondo, sin dudar, Raymond Carver. Y cuando me preguntan la razón no sé qué contestar más allá de la desnudez de sus relatos y personajes, de la realidad turbadora de la que me habla, de los hombres y mujeres en busca de un acto que los defina, o de una epifanía que, aunque no sirva para cambiar sus vidas, al menos los delimite en el mundo. Las primeras páginas de Tres rosas amarillas me devolvieron al territorio Carver, no sólo estaba ante la lectura recordada, sino que ahondaba en las emociones que su escritura, sucinta y escueta, tanto apreciaba: el recelo, la turbación, las aristas del amor, las relaciones que se agotan o se entrelazan unas con otras en un rompecabezas extraño y demoledor, la vida que, por momentos, parece escurrírsenos entre los dedos de las manos, el instante donde un personaje abandona la penumbra en la que está por un momento y realiza un improvisado acto de valentía o siente la tristeza por la asunción de una verdad dolorosa. Y no importa las versiones que lea de sus caballos en la niebla, ya sea en poemas o en relatos, me sigue sacudiendo esa escena de una pareja que se despide, sabiendo perdido su amor por siempre, tras acariciar unos caballos que aparecen en su jardín entre la niebla —la irrupción de lo inesperado en medio de una vida que se extingue—. Carver, a través de sus relatos, me transmite una tristeza inquietante.

Cada relato es una pequeña confesión —no tiene por qué ser crucial, sólo constatar un hecho, un recuerdo, una conversación, una pérdida, una pregunta a la que no sabemos responder—: alguien que habla de una madre que vagabundea de ciudad en ciudad y lo difícil que es convivir con sus continuas mudanzas y sus irrupciones que trastocan su vida; alguien que se encuentra en una encrucijada y no sabe qué amor escoger, la mujer, la amante, y se sabe echado a perder; una conversación de madrugada sobre últimas voluntades entre una pareja que parece ya no tiene mucho que decirse; la brutal escena donde una mujer recrimina a su ex marido escritor la imagen que da de ella en sus relatos y que sabe que su visita y su monólogo servirán para un nuevo relato, como si el escritor necesitase seguir escarbando en su antigua vida en pareja para no quedarse seco; un hombre ahogado por los cheques mensuales a su familia, madre e hijos que sobreviven gracias a su dinero, la tensión de quien no da más de sí, de quien se siente culpable por no haber estado en el pasado por un lado y la falta de libertad por el otro, que sueña cuando de niño estaba en los hombros de su padre y que acaba por aceptar su destino; la mujer que se despide de su marido tras ver caballos en la niebla. Las voces de estas historias, hombres que observan y relatan un momento concreto de su vida, se parecen entre sí, describen un instante cotidiano, busca una respuesta, reflexiona sobre el amor, la felicidad, la pérdida, el coraje, lanzan una última mirada alrededor —las casas vecinas, los porches iluminados— para captar algún significado oculto.


Cuando Molly y yo crecimos juntos ella era parte de mí y, por supuesto, yo parte de ella. Nos amábamos. Era nuestro destino. También yo lo creía entonces. Pero ahora ya no sé en qué creer. No estoy quejándome, sólo constato un hecho. Ahora estoy inmerso en el vacío. Y he de seguir así. No existe ya destino. Sólo hechos sucesivos a los que se les da el sentido que uno cree que tienen. Impulsos y yerros, como el más común de los mortales.

Y luego está el relato que da nombre al libro, donde Carver rompe con el narrador en primera persona, los acontecimientos cotidianos de personajes anónimos y la tensión soterrada del resto de relatos para centrarse en los últimos días de Chéjov y que tiene un par de actos cumbre: la despedida con champaña del escritor y su esposa en una habitación de hotel y la escena entre la mujer de Chéjov y un botones, ya muerto el escritor: la mujer, una vez abandonada su mudez, le pide al botones que vaya a la funeraria, el botones que observa la habitación tras la puerta entrecerrada, los vasos vacíos de champaña, el corcho a sus pies, tres rosas amarillas en su mano. Chéjov dice en el relato: … tendré que conformarme con describir la forma en que mis personajes aman, se desposan, procrean y mueren. Y cómo hablan. Y eso es algo que, también, se puede aplicar a Carver.

Catedral espera entre los libros de Walser o Angelu. Sin miedo.














No sé por qué, pero entonces recuerdo el apelativo cariñoso que mi padre solía emplear cuando era amable con ella (es decir, cuando no estaba borracho). Es algo ya muy lejano, de cuando yo era un niño, pero al oírlo siempre me sentía mejor, con menos miedo, más esperanzado ante el futuro: Querida mía, decía. La llamaba «querida mía» algunas veces… Un apelativo tierno. «Querida mía —le decía—, si vas a la tienda, ¿podrás traerme unos cigarrillos?». O bien: «Querida mía, ¿estás mejor de ese resfriado?». «Querida mía, ¿has visto mi taza de café?».
Las palabras brotan de mis labios antes de pensar incluso qué decir a continuación: «Querida mía».
Las repito. La llamo «querida mía». «Querida mía, procura no tener miedo», le digo. Le digo que la quiero y que sí, que le escribiré. Luego le digo adiós y cuelgo el teléfono.
Durante un rato no me muevo de la ventana. Me quedo allí de pie, mirando hacia las casas iluminadas del vecindario. Un coche deja la carretera y entra en el jardín de una casa. Se enciende la luz del porche. Se abre la puerta de la casa y sale alguien y se queda en el porche, esperando.
Raymond Carver. Tres rosas amarillas. Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama.

sábado, 27 de enero de 2018

Entre ellos. Richard Ford

Una primera consideración. Hace unos años leí Mi madre, un texto que escribió Richard Ford poco después de la muerte de su madre y que recupera para Entre ellos. De aquel libro breve, sutil y preciso, guardaba una sensación agridulce, el intento de Ford por acercarse a la vida de su madre y mostrar cómo se moldeaba su forma de entender la vida a través de una relación con numerosos espacios en blanco. Marqué un largo fragmento donde Ford recordaba el encuentro con una vecina como la primera vez que veía a su madre no sólo como su madre sino como alguien a quien los demás veían (guapa, morena, menuda). En esta segunda lectura del texto volví a marcar el mismo fragmento, sin saberlo. Pero el texto había cambiado, y el final de dicho fragmento, creo, significaba algo diferente.
En Mi madre, Marco Aurelio Galmarini tradujo: Es una lección que vale la pena aprender. Y corremos el riesgo de no conocer nunca a nuestros padres si la ignoramos. Una guapa morena de metro sesenta y dos. Parte de ella era eso, y no me hacía ningún daño saberlo. Puede incluso que me ayudara, pues uno de los primeros retos que se nos presentan es saber que a nuestros padres, suponiendo que vivan el tiempo suficiente, merece la pena conocerlos, y eso es físicamente posible. Es parte de la vida normal. Y cuanto más se acerque nuestra visión de ellos a la que tiene el resto del mundo, más posibilidades tenemos de conocerlos. (1)
Y Jesús Zulaika tradujo: Se trata, cómo no, de una lección que conviene  aprender pronto (guapa, menuda, de pelo negro, de uno sesenta y cinco…), ya que uno de los retos primeros y más importantes que enfrentamos todos es el de conocer a nuestros padres cabalmente, siempre que vivan lo bastante, merezca la pena conocerlos y sea materialmente posible. Cuanto más veamos a nuestros padres enteramente, cuanto más los veamos como el mundo los ve, más posibilidades tendremos de ver el mundo tal cual es. (2)
Busqué la fuente original y comprobé que Ford había revisado y cambiado partes de Mi madre para su nuevo libro. Es el final en el texto lo que me sorprende y me hace vagar por ideas inconexas. En el primero, Ford habla de acercarse a la visión que se tiene de los padres por parte de otras personas para conocerlos bien, mientras que en el segundo dice que veremos el mundo tal como es si conseguimos ver a nuestros padres enteramente. Y es ese cambio ―el paso de llegar a los padres a través del mundo a llegar al mundo a través de los padres―, el que me hace pensar, tras la lectura de Entre ellos, en los padres y el mundo como una percepción, algo que se conecta entre sí pero que acaba siendo incompleto, cómo llenamos de códigos y señales a los padres y al mundo que habitamos ―tan diferentes a los distintos padres y mundos de los otros― y les damos significado ―un significado que se aleja de la cosa en sí misma. Decimos padres, decimos mundo, y dibujamos una realidad donde alejamos otros mundos posibles. Nuestros padres inician nuestra mirada al mundo, y es en ellos, en su figura mítica en nuestra infancia, donde empezamos a andar. En el caso de Ford, para volver a su libro Entre ellos, sus padres lo llevaron a ser testigo de aquello que sucedía delante de él, a observar y dejar constancia de la vida.

Recuerdo que una vez una vecina de edad avanzada me paró en la acera y, con toda naturalidad, me preguntó quién era. Puede que yo tuviera nueve años, o siete, o cinco. Era algo que podía pasarte en Jackson. Pero cuando le dije mi nombre ―Richard Ford―, ella dijo: «Oh, sí. Tu madre es esa mujer menuda y guapa, de pelo negro, que vive un poco más arriba.» Aquellas palabras me impresionaron profundamente de inmediato, pues encarnaban la primera noción que tenía de mi madre como alguien más que mi madre, como alguien a quien los demás veían, y consideraban, no solo como mi madre. Una mujer guapa, cosa que no era; de pelo negro, cosa que sí era. Medía un metro y sesenta y cinco, pero nunca he sabido si eso es ser alta o baja. Creo que siempre he creído, y sigo creyendo, que era de estatura normal. Recuerdo esto, sin embargo, como una especie de hito en mi vida. Un momento no transcendental pero importante. Me hizo tomar conciencia de, ¿cómo decirlo…?, ¿del lado público de mi madre? de la dimensión de su persona que la gente veía y con la cual se relacionaba, y que estaba siempre ahí, coexistiendo con mi percepción de ella. No creo que volviera a pensar en ella sin pensar en eso, o que volviera a dirigirme a ella sin ese conocimiento. El saber que era Edna Ford, una persona que era mi madre pero que también era alguien más.
Se trata, cómo no, de una lección que conviene  aprender pronto (guapa, menuda, de pelo negro, de uno sesenta y cinco…), ya que uno de los retos primeros y más importantes que enfrentamos todos es el de conocer a nuestros padres cabalmente, siempre que vivan lo bastante, merezca la pena conocerlos y sea materialmente posible. Cuanto más veamos a nuestros padres enteramente, cuanto más los veamos como el mundo los ve, más posibilidades tendremos de ver el mundo tal cual es.

***

Una segunda consideración. Uno puede leer Entre ellos como un homenaje de Ford a sus padres, como un intento de asumir cierto desconocimiento con respecto a la vida de sus padres, quiénes fueron, qué sueños les definían y qué pensaban con respecto a su vida, cómo afrontaron el paso de la infancia al mundo adulto, y, también, como una forma de definirse en el mundo, de aquello que hemos perdido cuando echamos la vista atrás. Hay momentos donde Ford conjetura sobre las ideas y los sueños de sus padres. Y tal vez ahí está el poder de estas memorias, la falta de una verdad inquebrantable. Entre ellos no es una biografía completa y caudalosa donde conocer cada detalle de la infancia y la madurez de los padres sino un acercamiento a las orilla de otras vidas. Ford escribe sobre dos personas normales, relata sus primeros años juntos, él viajante y ella su compañera en aquellos viajes, los años de carretera y moteles, la llegada, a una edad tardía, de un hijo y el cambio que ello supuso: buscar un hogar fijo, las ausencias del padre entre semana, la vida cotidiana de madre e hijo, la muerte temprana del padre y la nueva realidad junto a la madre. Y en esas vidas, la mirada que se forma en el joven Ford, su idea de percatarse de las cosas, como dice en el epílogo, de observar a su alrededor y registrar el mundo.
El texto dedicado al padre, inédito hasta ahora, me parece igual de agridulce que el que trata sobre la madre. Hay una pérdida y una asunción de una verdad incompleta que parecen sacadas de sus relatos cortos o de novelas como Incendios o la trilogía dedicada a Frank Bascombe. Es lo mejor de Ford, su capacidad de análisis y descripción de unas vidas corrientes ―no dejarlas caer en el olvido―, y cómo éstas llegan a una revelación no siempre satisfactoria pero de la que se puede sacar una enseñanza. Indagar en el pasado del padre es darse cuenta de aquello que falta, de lo desconocido, y escribir sobre nuestros primeros años de vida es tomar distancia y ajustar cuentas con el pasado; encontrar, a veces, explicaciones a antiguos misterios, a quiénes somos, a cómo afrontamos la vida. Ford no detalla en profundidad la vida del padre ni su propia vida, su evocación del pasado es sencilla, pausada y breve, y tiene una parte de confesión, de mostrar lo aprendido. Como escribe en una parte de Entre ellos: (…) gracias al hecho de ser su hijo hoy soy capaz de reconocer que la vida es corta y tiene imperfecciones, que para ser aceptable, además, requiere tanto evitaciones cruciales como provisión de contenidos. Casi todo desaparece, salvo el amor. Una enseñanza breve y concisa.
Si Ford escribió el texto del padre cincuenta años después de su muerte, el de la madre está escrito al poco de morir ella. Ford habla de la muchacha que fue, de las difíciles infancia y adolescencia que tuvo, donde la madre está ausente o pretende pasar por hermana a su hija, de su matrimonio y los viajes con su marido viajante. Hay una mayor cercanía en esta memoria, no sólo es el pasado de una madre, también los años de convivencia, la muerte del marido y padre, cómo encajar su ausencia, cómo siguen viviendo madre e hijo y qué sacó Ford de esa época, la separación de ambos, los trabajos que enlaza la madre y cómo se convierte en una superviviente. Es en este texto donde vuelven a estar las claves de Ford, la observación de la vida y cómo la percibimos, y las enseñanzas que extraemos de ella.  
Richard Ford tiene un puñado de libros que estimo (los dedicados a Bascombe, los relatos de Rock Springs, Incendios), y me gusta esta faceta de memorialista por su forma pausada y breve, sin ahondar en datos biográficos sino en percepciones y emociones. Ford busca la palabra precisa en vez de la preciosa y siento que me acerco a la verdad de dos vidas desconocidas.


Una vez que hube llegado a este mundo, mi madre se quedaba sola en casa conmigo mientras mi padre salía a trabajar los lunes por la mañana y volvía los viernes por la noche. Era nuestro visitante de los fines de semana. La vida, para mi madre, se convirtió en una rutina de días, tardes, noches, aceras, vestirme, darme de mamar, escuchar la radio y mirar por la ventana… Mi madre, una sombra precisa en una fotografía mía.
Nunca habían hecho nada semejante: estar separados, criar a un hijo. E ignoro lo que sucedía entre ellos. Pero, dados sus respectivos caracteres, mi barrunto más digno de crédito es que nada que entrañara dramatismo. Que su vida cambió radicalmente, que yo estaba allí ahora, que el futuro tenía un significado diferente del que había tenido antes, que al parecer no se hablaba de otros hijos, que se veían mucho menos… Todo ello ofrecía pocas claves de cómo se sentían el uno con el otro, o de cómo registraban esa forma de sentirse. La psicología no era una disciplina que practicaran más que la historia. No eran de natural indagador; no se preguntaban a menudo cómo se sentían respecto de las cosas. Simplemente caían en la cuenta –si es que no lo sabían de antemano– de que habían firmado un pack todo incluido. No creo que mi padre tuviera otras mujeres en sus viajes de trabajo. No creo que mi intrusión en sus vidas la consideraran algo fuera de lo normal, sino algo, como mínimo, bueno. La vida, en ese momento, había tomado esa dirección y había dejado la anterior. Se amaban. Me amaban. Poco importaba lo demás. Se adaptaron.
Richard Ford. Entre ellos. Jesús Zulaika. Anagrama.

***
notas

(1)               It is a good lesson to learn. And we risk never knowing our parents if we ignore it. Cute, black-headed, five-five. Some part of her was that, and it didn't harm me to know it. It may have helped, since one of the premier challenges for us all is to know our parents, assuming they survive long enough, are worth knowing, and it is physically possible. This is a part of normal life. And the more we see them fully, as the world sees them, the better all our chances are.

(2)               It is, of course, a good lesson to learn early—cute, little, black-haired, five-five—since one of the premier challenges for us all is to know our parents fully—assuming they survive long enough, are worth knowing, and it is physically possible. The more we see our parents fully, after all, see them as the world does, the better our chances to see the world as it is.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Una casa de tierra. Woody Guthrie

La tierra rojiza y las tormentas de arena, las casas de madera que crujen y parecen hundirse en la tierra y el polvo, la mirada de un anciano como pasado y el futuro una casa de tierra y un nacimiento en mitad de una tormenta azul, las esperanzas, sueños, ideas, frustraciones y anhelos de una pareja que se pregunta cómo salir adelante y prosperar entre la arenisca y las privaciones, los planos para construir una casa de tierra que combata tormentas, polvo, sol e inviernos, las conversaciones y el sexo, palabras y sombras y abrazos y un cuerpo que acoge a otro mientras se habla de dudas, deseo, miedo y rabia.

Wooy Guthrie escribe una canción y un poema, una epopeya y una historia íntima, una denuncia y el amor y la pasión de Tike y Ella May, una pareja de aparceros en una tierra dura, su mirada intensa, excesiva por momentos, una escritura que mezcla la rabia y la furia con la delicadeza de una balada, que habla de sueños e injusticias, de sudor y propiedad y un país que deambula por la cuerda floja si desoye a la gente humilde. Tike busca a Ella May en mitad de su jornada, hacen el amor, primero de forma suave y queda, luego el deseo desinhibido, y entre la búsqueda de su desnudez, del placer último, las palabras centradas en la dureza de su vida y la injusticia de su situación, pobres aparceros en una granja que no es suya y a los que sólo les queda el sueño de un palmo de terreno donde construir una casa de tierra en la que sentirse a salvo de los elementos y la miseria.


—Tike.
—¿Sí?
—Abrázame. Mmm. Así. Así. Sé mi manta. Oooh. Así está bien. Una manta tan calentita y buena. Seguro que eres la mejor manta que he tenido en mi vida. Abrázame fuerte, fuerte. Y mucho rato, mucho rato. Lo que quiero es estar aquí tumbada y pensar. Y pensar. Y luego pensar más. —Abrió las piernas y desplegó las rodillas mientras Tike se movía y se tendía sobre ella; luego Ella May cerró las piernas alrededor de las caderas de Tike y los brazos alrededor de su cuello—. Cuando me chupas los pezones, Tikey, y me los empapas con tu saliva, y tu aliento sopla sobre ellos, entonces..., entonces..., no sé, se ponen muy fríos y duelen... De esta manera da más calor. Es mejor así.
—¿Quieres estar aquí tumbada y pensar, Dama? ¿En qué?
Tike movía las caderas y el pene contra el vello de entre las piernas de Ella May.
—En todo. —Le besó la oreja, y luego dejó caer la cabeza hacia atrás y fue recorriendo con los ojos el establo entero—. En todo este mundo grande y tan lleno de momentos difíciles, tan lleno de problemas, tan lleno de diversión y rodeado de una pequeña cerca roja.
—Me gustaría que pensaras en algo para que pudiéramos conseguir una buena tierra de labranza, con una casa de adobe en ella y un gran cercado también de adobe rodeándola.
—Sólo hay una manera de hacerlo. Y es seguir trabajando y peleando y peleando, y trabajar y ahorrar y ahorrar y seguir peleando —dijo Ella May.
—¿Pelear contra quién? —preguntó Tike.
—No lo sé. No estoy segura de saberlo. Pero creo que sobre todo contra esos terratenientes —dijo Ella May.


El paisaje envuelve a los personajes, vibra y arremete con fuerza contra ellos, las tormentas de polvo y arena, el viento que hace temblar casas y huesos, el frío azul del invierno, un paisaje que encierra a los personajes y, a la vez, les da un sentido, una identidad y un lugar, una forma de mirar y afrontar el mundo, algo por lo que luchar y mantenerse en pie. Una casa de tierra es el sonido del viento en la noche y el crujido de las casas de madera, el horizonte una frontera y la tierra como huella de todas las vidas que nos precedieron.


Y a un puñado de la gente que vive en los alrededores quiero enseñarle que hay una forma de salir de esta situación horrible, que es posible construirse una casa mejor, sin tener que levantar el campo y escapar corriendo por la carretera. Yo nunca me iré por esa carretera que no lleva a ninguna parte. Puedo estar ahí fuera en este patio, un día claro, y ver el sitio donde nací, ver el sitio donde nació Tike, ver el sitio donde nació toda nuestra gente. Y creo que perdería el juicio por completo si tuviera que despertar cada mañana en un sitio diferente, lejos, un lugar en el que al levantarme y mirar fuera no viese todos esos sitios de nuestro nacimiento. No sé cómo va a ser, trabajo o lucha, o congelación o incendio, o qué, pero sé una cosa: que estoy aquí para quedarme.


Hay algo de Steinbeck en la novela de Guthrie, la mirada centrada en los aparceros y sus duras condiciones de vida, las tormentas y los bancos contra los que luchar, la supervivencia en un puñado de terreno. Tike y Ella May, tienen algo más de treinta años sueñan con casas de tierra y no depender de nadie, Tike enfebrecido por el sexo, Ella May embarazada y a punto de dar a luz y que ve imágenes extrañas y apariciones que le hablan en miedo de una tormenta azul, ambos miran a través de la ventana y sienten que, en esa tierra, ellos tienen una identidad y una lucha.

Una casa de tierra tiene páginas febriles y vertiginosas (al hablar de la pobreza de granjeros y aparceros, de la situación económica y política), y páginas tediosas donde la acción se detiene y las acciones parecen no tener sentido (un baile frenético, conversaciones intranscendentes). La escritura de Guthrie es una montaña rusa, y es en los momentos de vértigo donde Guthrie se desata y es pasional, desmañado y profundo donde se encuentra lo mejor de Una casa de tierra.







Y Ella May sabía desde mucho tiempo atrás qué era lo que Tike Hamlin tenía en la cabeza siempre que su boca y su nariz emitían aquel sonido nervioso. Estaba furioso. Dolorido. Estaba harto y asqueado de todo aquello. Tike Hamlin era un luchador, y ella sabía que aquel bufido significaba que estaba lo bastante enojado, lo bastante furioso y lo bastante nervioso para presentar batalla. A Ella May le bullía el cerebro mientras pensaba:
«Pero... ¿batalla contra qué? ¿Contra quién? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Contra el viento, contra la lluvia? ¿Batalla contra la luna y las estrellas? ¿Debía rasgarse las vestiduras y luchar contra las estaciones y las nubes? ¿Luchar contra el viento y luchar contra el polvo porque han llegado en un mal momento, porque nunca llegan en un buen momento? ¿Luchar contra la Ruta Sesenta y seis de allá a lo lejos porque corría en direcciones equivocadas? ¿Luchar contra todo el mundo en la escuela Star Route? ¿Luchar contra todos los vecinos de los alrededores? ¿Luchar contra los cerdos y los perros, contra las gallinas porque no paraban de andar de un lado a otro debajo de la casa? ¿Luchar contra los gallos por perseguir a las gallinas? ¿Luchar contra el viejo verraco porque perseguía y hostigaba y mordía a los lechones? ¿Luchar contra la pava porque volaba demasiado alto y se posaba en la plataforma del molino de viento y se ponía a graznar como una idiota hasta casi volver loco a todo el mundo en la granja? ¿Luchar contra qué? ¿Contra quién? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Luchar contra la gente que venía hasta la puerta a cobrar todo tipo de deudas estúpidas? ¿Luchar contra el capitolio del estado, el ayuntamiento, los retretes públicos? ¿Contra qué?» Era todo eso. Era más que eso. Era algo tan grande que era muy difícil de expresar con palabras, y era algo que se mezclaba y se enredaba en cada pequeño trabajo que sus dedos hacían, en cada pequeño paso que sus pies tenían que dar, algo que era un dolor lacerante en cada tarea y labor de la granja, algo, algo..., era algo tan pequeño, tan pequeño que estaba en todo aquello en lo que ellos se empeñaban. Y, como Tike estaba lleno de tales sentimientos, Ella May casi sonrió al oírle resoplar unas cuantas veces más. Levantó la cara hacia el techo al pasarse el vestido por la cabeza, y lo dejó sobre el respaldo de una silla de mimbre. Sintió en la nariz la quemazón, la pequeña quemazón, aquella lejana, oscura y distante quemazón que el polvo de la casa siempre le causaba. Aspiró profundamente. Sintió que las lágrimas le aguaban el lápiz de ojos. Trató de secárselas para ocultárselas a Tike, que estaba tendido en la cama, pero las puntas de los dedos le mancharon de sombra de ojos las mejillas, lo cual le hacía parecer de mejillas hundidas y le daba un aire enjuto, tétrico, como de calavera seca y lívido al atardecer.

***

El golpear del viento contra el establo hueco retumbaba con fuerza en sus oídos. Alzaron la voz para seguir hablando. El ruido de las cosas moviéndose al viento les llegaba a los oídos como un batir de alas. Tallos secos de grano, higuera, plantas rodadoras, arbustos con pinchos resonaban al rebotar contra las tablas, al desprenderse de su sitio y llegar volando, brincando, silbando y cruzando el establo de un extremo a otro. El mundo se movía en torno a ellos. Todo el frente de la naturaleza se movía sigilosamente, se arrastraba, vibraba, se agitaba, esperaba su oportunidad y finalmente pasaba aullando sobre las raíces de hierba.
Los pastos, los tallos tiesos de las malas hierbas, los arbustos, la maleza de las llanuras seguían en su sitio y conservaban su base, pero parecían cantar y tararear y gritar de alguna forma, mientras que otros elementos más sueltos como el papel, las hojas de hierba, el lodo y la paja se alzaban de la tierra y se iban con el aire. Y para Tike y Ella May, nacidos en el lugar, gente que vivía y trabajaba, que se alimentaba y se criaba, que se amaba y se casaba allí mismo, en aquellas llanuras, para ellos, en su interior, en su corazón, aquélla era una estación penosa, una estación vieja y seca, una estación de separación, una estación en la que todas las cosas de las llanuras, las ramitas, las hierbas, el heno, las flores, los tallos y las cáscaras, las cosas que crecían de la tierra, se iban sin lanzar ni un último grito, y eran arrastradas hasta alguna parte donde acababan quebrándose, y desmenuzándose más y más. Y la tristeza en las altas nubes oscuras y la tristeza en los mordientes vientos bajos ya era suficiente aflicción y tristeza sin necesidad de empeorarlas fustigándose el uno al otro con chanzas hirientes.

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Era la belleza vasta e imperecedera, la atracción dinámica y eterna, el señuelo, el cebo, el tirón magnético lo que, sumado a su parentesco de sangre y su vivificante amor por los inmensos espacios abiertos, y a los lazos que desde la cuna les unían a la tierra y les movían a venerarla, hacían que no sólo Ella May y Tike Hamlin sino centenares de miles y millones y millones de otras gentes parecidas a ellos diseminaran sus semillas, sus palabras y sus amores en aquella tierra tan pródigamente.
Y entre aquellos millones de gentes duras e inflexibles, en aquella totalidad de seres, no había otra pareja exactamente igual a Tike y Ella May. Ninguno de los demás millones de rostros era como el de Tike, y ninguna de las demás voces era como la de Ella May. Y aunque había millones de estas pequeñas casuchas torcidas, comidas por las termitas, que se pudrían y se emponzoñaban a su alrededor, aun así ninguna de ellas se inclinaba, se alabeaba, se pandeaba, se bamboleaba ni oscilaba por las mismas partes que la suya, ni los agujeros, las grietas, las hendiduras, las rajas, las fallas, los boquetes, las aberturas y rendijas no se hallaban exactamente en los mismos lugares.
Woody Guthrie. Una casa de tierra. Traducción de Jesús Zulaika. Editorial Anagrama.

sábado, 21 de noviembre de 2015

inicio de Una casa de tierra. Woody Guthrie


El viento de las llanuras altas entonó un cántico agudo y solitario a través de las hojas de las juncias secas. Había cosas sueltas que se movían en el aire, pero el polvo se hallaba suspendido en él muy cerca de la tierra.
Era ya de día. El cielo estaba azul. Unos cuantos nubarrones hinchados y de aspecto blanquecino arrastraban su sombra como sábanas oscuras por la tierra llana de Cap Rock. Cap Rock es ese despeñadero tortuoso de piedra caliza, roca de arena, mármol y sílex que divide las llanuras del oeste bajo de Texas de las llanuras del norte alto del panhandle. Los cañones, los lechos secos de los ríos, los arroyos arenosos, las zanjas, las barrancas que con el despeñadero de Cap Rock forman el cementerio de las civilizaciones indias del pasado, los campos de pruebas de hordas de murciélagos de alas de cuero, campos resecos llenos de huesos y dientes de tamaño monstruoso, campos donde posarse, y anidar, y donde cría la gran águila parda de cabeza pelada. Guaridas de serpientes de cascabel, lagartos, escorpiones, arañas, liebres, conejos de cola de algodón, hormigas, mariposas cornudas, lagartos cornudos y vientos y estaciones lacerantes. Todo ello nacido del despeñadero de Cap Rock y rebosante de vida y movimiento en unión de todo lo demás, y de los esqueletos momificados de pobladores primitivos de todos los colores. Un mundo próximo al sol, más próximo al viento, los nubarrones, las riadas, los barros espesos, las cosas polvorientas y secas que pierden pie en este mundo y hacen volar y rodar alambradas como si fueran plantas rodadoras, y dan su último brinco terrenal allá en el viento del norte, en las planicies altas del norte, que descienden hasta las llanuras algodonosas —más arenosas— que empiezan a formarse al oeste de Clarendon.
Un mundo de grandes casas de piedra de doce habitaciones, casas de madera de diez habitaciones, y un mundo de casuchas. Hay más casuchas pandeadas y podridas que bonitas casas de madera, y todas las casuchas miran a las casas más grandes y las maldicen, les gritan, les aúllan y les hacen preguntas sobre la podredumbre, la suciedad, el dolor, la miseria, la decadencia de la tierra y de las familias. Estallan todo tipo de peleas entre las casas más pequeñas, entre las casuchas y las casas más grandes. Y esto es válido también en la ciudad, donde las casas están pegadas unas a otras, y para las tierras de las granjas y los ranchos donde el viento sopla alto, ancho, airoso, y las casas están muy separadas unas de otras. El viento azota todo este escenario. Y la gente trabaja duro cuando sopla el viento —e incluso batalla con más fuerza cuando el viento sopla—, y éste es el seno del cañón, el lecho emblemático, el camastro plano tendido en la tierra donde el propio viento tuvo su nacimiento.
Las tierras rocosas que rodean el despeñadero de Cap Rock se hallan en su mayoría alisadas por las cosas suicidas que las azotan. El propio despeñadero y los cañones que van a dar a él son bancos de arcilla y estratos de arena, depósitos de grava y rocas de sílex, de arenisca, mezclas volcánicas de lavas secas, y en algunos lugares el despeñadero exhibe una peluca de hermosas juncias que atraen a algún búfalo, antílope o res que se ha alejado de los pastos, y que luego se desliza bajo las patas y envía más carne y sangre a las moscas y los buitres, más comida caliente despeñadero abajo a los colmillos blancos de los coyotes, los lobos, las zarigüeyas, los mapaches y las mofetas.
El viejo abuelo Hamlin horadó un hueco en la tierra para que su mujer estuviera a salvo de las inclemencias del tiempo y de los hombres. Lo abrió como a un kilómetro del borde del despeñadero de Cap Rock. Amaba a Della tanto como amaba a su tierra. Criaron a cinco de sus hijos e hijas en aquel recinto subterráneo. Y levantaron una casa amarilla de seis habitaciones a unos metros de él. Vinieron cuatro hijos más a aquella casa amarilla de seis habitaciones, y él llevó a todos sus hijos varias veces por el borde del despeñadero abajo, mientras apuntaba hacia el cielo y les decía: «Esas dos viejas águilas que vuelan en círculo allá a lo lejos, estaban ahí volando en círculo la mañana en que empecé a cavar el refugio, y pase lo que pase, hijos míos, y os suceda lo que os suceda, no os apresuréis, no os preocupéis en absoluto, porque esas mismas águilas nos verán llegar y nos verán partir a todos nosotros.»
Y la abuela Della Hamlin les dijo: «Haceos con un trozo de tierra. Un trozo de tierra como ésta. Y pelead. Pelead para conservarla como conservamos ésta. La madera se pudre. La madera se descompone. Éste no es un país para aferrarte a nada que sea de madera. Éste no es un país de árboles. Ni siquiera es un país para arbustos, ni para matorrales. En esta franja de tierra no puedes pelear demasiado para conservar lo que está hecho de madera, porque el viento y el sol y la intemperie hacen estragos en la madera. No puedes luchar en condiciones a menos que tengas los dos pies en la tierra y aquello por lo que luches esté hecho de tierra.» Y de vuelta hacia casa por el camino que bordea Cap Rock, les decía: «Lo que más me ha preocupado siempre es que construimos una casa de madera y no de tierra. Nuestro viejo refugio es de tierra y ha sobrevivido a cien casas de madera.»
Los hijos, uno tras otro, fueron casándose y dejando la casa paterna. Desde el porche delantero de su vieja casa la abuela y el abuelo Hamlin podían ver las siete casas de sus hijos e hijas. Dos habían dejado las llanuras. Un hijo se fue a California a cultivar nueces. Una hija se fue a vivir a Joplin con un minero del zinc y del plomo. Balanceándose en su mecedora del porche, Della decía: «Me duele en el alma mirar ahí enfrente y ver a los de mi sangre viviendo en esas viejas casas de madera.» Y el abuelo fumaba su pipa y contemplaba cómo se ponía el sol y decía: «No te preocupes por ellos, Del, no han hecho más que escoger el camino fácil. No son capaces de ver treinta años más allá de sus narices.»
Woody Guthrie. Una casa de tierra. Traducción de Jesús Zulaika. Editorial Anagrama