Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop
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viernes, 21 de junio de 2019

Miren Agur Meabe en El código de la piel

Notas para conservar la memoria – 4

Vi a mis amantes desfilar cabizbajos
hacia las puertas de mi cuerpo
con pasos lentos en el camino del sacrificio.
Allí estaban mis amantes,
sombras con mordaza
ocultando el ruidoso grito de lo imposible.

Yo era altar, cordero, puñal y brazo;
ellos, con sus tobillos arrastraban
trozos de ancla,
fragmentos de paisaje,
restos de poemas,
gotas de kalimotxo.
Saludé con la mano y cerré los ojos:
tenía sal en los párpados.

Luego lancé unas llaves a lo lejos,
al interior de un solitario templo de carne.

***

Notas para conservar la memoria – 5

Soñé contigo
y un cálido río hizo cosquillas a toda la casa.
Hacías de fantasma,
respirabas sobre mi cara:
sólo podía verte si estaba dormida.
Soñé contigo
y te rodeaban mujeres desnudas,
en cuclillas, de puntillas,
te besaban
en la espalda, en los labios, en el sexo, en las manos.
Sonreías, amabas a todas.

Hace tanto que nuestros ojos no se tocan
que cuando me recuerdas te cuelas en mis sueños
y entonces
me vuelvo arena que lenta se desliza
en el calor de mi calma.

***

Notas de la ansiedad – 4

Tu aliento es pardo a primera hora,
cuando el seno del cielo empieza a fruncirse.
Tu piel es negra
como la memoria del volcán más triste.
Te veo gris,
apunte familiar entre las sábanas.

Abrázame y oscuro eres,
dime con tu ronca voz:
“buenos días, te quiero”.

***

Notas de hastío – 2

Si te pido una caricia,
acuérdate de la hiedra.
La sed la sorprende mientras trepa.
En pie la encuentra hasta en la mayor carencia,
adherida al muro conocido.

También yo hago lo mismo aferrada a tu contacto,
atenta, débil hiedra confundida,
incapaz de saber si lo que siento
es sed de beber tu agua o es sed de ahogarme sin tu aliento.

***

Cuando recuperemos el esplendor de la piel
festejaremos las noches y los días que se fueron sin ti,
blanquinegros extraños y largos
extinguidos como veranos sin espigas.
Derrocharemos copas de caricias y bandejas de amores
saliva y carne reservada hasta tu regreso.
Serán palomas estas manos desnudas en tu viento,
serán el sol estos ojos oscurecidos en tu llama,
será caballo este aliento vacío en tu premura.
Cuando te traiga el mar,
aguardaré en las puertas desde el alba
porque, pese a que soy mujer de poca fe,
tu ausencia me bendijo,
me instruyó la espera en el credo del amor.

***

Recoge el pálido flujo de mi media luna helada,
el azucarado almíbar de mi sexo de platino.
Prende la olvidadiza curva de mi cintura resentida.
Apresa el triste óvalo de mi pecho permanente,
tritura con tu boca mis pezones tan amargos.
Hasta que los peces pájaro nos vean caer de lado,
hasta que saliva y semen sean viento en mis labios.

***

Nunca desgarré el himen de la nostalgia,
la dulce membrana de la memoria
que embellecía aquel viejo amor.
Nunca manoseé el pasado,
el volumen del único reino
capaz de vivir en sus fronteras.
Nunca arrojé besos mojados en adioses
a la garganta oscura del olvido.
Nunca abaraté en el tesoro de la vida
el oro de sus últimas turbias lágrimas.
Nunca dejé que su dolor reventase
bajo los cascos del caballo de la ira.
No me ha subido al alma el yo pecador.
Aún no me ha subido la vergüenza a la cara:
nadie puede, ni siquiera en voz baja,
denunciar las falsas confesiones de este poema.

***

Interrogatorio

Dónde están los latidos ebrios
que íbamos a cosechar de toda nuestra euforia.
Dónde el hogar ambulante
que íbamos a construir con madera de naves.
Dónde está la patria nueva
que pensamos decorar con rayas de tigre.
Dónde los paisajes soñados
que conquistaríamos pellizcando al pasado.
Dónde quedó el reloj de nuestro primer lecho.
Dónde perdimos el agua del misterio,
Aquella que servía para bendecir las utopías.
Dónde guardaste la maleta de la imaginación.
Qué hay ahora dentro.

***

Estábamos callados.
Esperábamos algo.
Llegaron las estaciones, una tras otra,
con frutos en los cestos y nieve en los ropajes.
Llegaron los árboles, los libros, los hijos.
También llegó la muerte,
con la boca llena de clavos,
y seguimos como siempre
ya que nunca aprendimos
a vivir sin milagros.

***

Los tres deseos

El viento me trae un recuerdo.
Es la misma brisa
de cuando mi alma brillaba como una roca bajo el sol.
Tenía dieciséis años y tres deseos:
cabeza de lechuza,
corazón de cierva,
sexo de pantera.

El viento, veinte años más tarde,
mece al árbol de la vida.
Contemplo los frutos maduros a sus pies.
Veo cómo rezuma la ironía del tiempo,
cómo se pudre, impotente y asombrado,
el hoy de aquella que se rebautizó a sí misma
Yo Soy Yo y Sólo Yo.
Miren Agur Meabe. El código de la piel. Traducción de Miren Agur Meabe y Kepa Murua. Bassarai ediciones.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Fernando Luis Chivite en La fuga de todo

Hay una película de Nicholas Ray, Hombres errantes, que arranca con una escena mítica que siempre me ha causado un efecto arrebatador: una camioneta avanza en plena noche por una carretera comarcal. Al amanecer, se detiene, se abre la portezuela del copiloto y Robert Mitchum desciende de un salto y se despide del conductor. La camioneta continúa su camino y él se queda solo en la cuneta, con su pequeña mochila a la espalda. Aparenta unos cuarenta años. De repente, empieza a caminar, recorre un trecho a pie, remonta una colina y, una vez arriba, divisa al otro lado lo que parece una granja abandonada. Avanza tranquilamente hacia ella, la mañana es clara y soleada, y al llegar allí se queda parado ante la cerca y contempla en silencio la casa que poco a poco va apareciendo en la pantalla y que representa el escenario en el que sin lugar a dudas transcurrieron los años de su infancia. Se trata de una vieja casa de madera, medio destartalada, que probablemente no había vuelto a ver desde que era un niño, pero la expresión de su cara denota que no sabe muy bien qué hacer ni qué pensar. Al final se decide a saltar la valla y se acerca a la puerta, pero no consigue abrirla. Entonces da la impresión de recordar algo: se dirige a la parte trasera y se arrastra con decisión bajo los cimientos. Luego mete la mano en un hueco entre las vigas y al instante saca una vieja caja de hojalata en la que hay algunas cosas revueltas: un mazo de cromos, algunas monedas, trozos de cuerda, un revólver de madera y cosas así: el tesoro que había ocultado en aquel lugar cuando era niño.
A partir de cierta edad todos tenemos la impresión de haber dejado un tesoro abandonado en alguna parte. De ahí procede también, por otro lado, esa incómoda sensación de haber sido estafados o desposeídos que a veces inexplicablemente nos abruma. Lo malos es que tendemos a pensar que regresar es posible. Regresar y recuperar aquello que escondimos: algo en verdad maravilloso, sin duda lo mejor que hemos tenido. Pero no. El supuesto tesoro deja de serlo en el momento de ser desenterrado.
El impasible rostro de Robert Mitchum refleja, sin embargo, una mezcla de emociones contenidas: la mirada desenfocada de la nostalgia, al principio. Después, la decepción, ahí junto a la comisura de la boca: una decepción en realidad tan ingenua que amaga con convertirse en el inicio de una sonrisa que no llega a emerger. Pero al final, sobre todo, un vislumbre de liberación muy real. Ahí es adonde quería llegar: a ese vislumbre, a esa especie de liberación que sigue al desengaño.
Momentos después, ya en el interior de la casa, echa un vistazo a los cuartos y dice:
-Yo nací en esa habitación.
Y el hombre que ahora le acompaña, el nuevo ocupante de la vivienda, un viejo solitario y medio vagabundo, mal afeitado y un tanto desconfiado. Le contesta con sequedad:
-No es para estar orgulloso –y un poco después inquiere sin verdadero interés- ¿qué le ha hecho volver?
A lo que Robert Mitchum, echándose de nuevo la mochila al hombro, responde:
-No lo sé.
Sólo le falta añadir: “Pero sentí que debía hacerlo”.
En fin, nada muy transcendental. Sin embargo, ése  es el punto que hay que alcanzar y que, a mí, tan difícil me ha resultado siempre. El momento en que uno deja de mirar hacia atrás porque comprende que ya no sirve de nada. Que no hay nada ahí que merezca la pena recuperar. Nada demasiado valioso, ni sagrado, ni nada de eso.
Fernando Luis Chivite. La fuga de todo. Ediciones Bassarai.

sábado, 5 de marzo de 2016

Douglas Dunn en Elegies

Segunda opinión

Fuimos a Leeds a por una segunda opinión.
Cuando dijeron su nombre
Esperé entre los que parecían estar bien
Y otros con ojos vendados y gafas oscuras.

Una madre gruesa arrastraba su dolor de pies
Con un bastón y una gasa en el ojo,
Dejando en los asientos, advertidos, a sus hijos.
Pasaron los minutos como un invierno.

Me llamaron a mí. ¿Qué peor momento
Que el de aquel médico joven intentando explicarlo?
“Es grande y crece” “¿Qué es?” “Un tumor maligno.”
“¿Por qué ahí? ¡Ella es artista!”

Se encogió de hombros y dijo: “Nadie lo sabe”.
Me advirtió de que podía expandirse. “¿Expandirse?”
Me dolió el cuerpo y sufrí como si fuera su gemelo
Y tocara el remedio con labios y curativos sésamos.

Sin una imagen, sin un clavo al que agarrarme —nada
Que oír o ver. Sin hojas que susurran a la luz del sol.
Sólo la mente deslizándose contra los acontecimientos
Y el antiséptico hedor del destino.

Ansiedad profesional;
Con su mano en mi hombro
Me acompañó a la puerta, un olor a jabón,
Dedos de médico y su anillo de casado.



Trece pasos y el trece de marzo

Para recibir a los invitados se sentaba en las almohadas.
Yo llevaba jerez o té como un mayordomo,
Subía y bajaba los trece pasos desde la despensa.
Me estaba quedando sin jarrones.

Más de un visitante bajaba y decía:
“Su cuarto es tan alegre. No tiene miedo.”
Incluso el ciclamen y las azucenas escuchaban;
Su agradecido homenaje mantenía lejos lo real.

El timbre, las compras, la colada, el correo y las visitas,
Y veintiséis pasos para subir las escaleras
Desde la puerta de la cama, dos veces trece,
Desventurado numeral de mi casa de dos pisos.

Y las visitas, tres, cuando, cinco veces al día,
Mis cansancios llorados sobre platos y tazas
Drenaban la pena de mí mismo aquellos días de dolor
Antes del dolor. Flores, y no quedaba ni un jarrón.

Té, jerez, galletas pastel y whisky para los débiles…
Se enfrentaba a la muerte con una malicia que parecía fácil
―”Supongo que tendré que hacer un esfuerzo”—
Y rechazaba los calmantes para conservar la lucidez.

Algunos se sentaban en los escalones con un pañuelo
Acunando un pequeño llanto antes de subir con ella.
Volvían con sus miedos a la muerte empequeñecidos.
“Su cuarto es tan alegre. No tiene miedo.”

A diario me llamaba el dolor, las veinticuatro horas.
Nuestras conversaciones con besos me hacían seguir,
Esos ratos juntos, con el teléfono desconectado,
Recordando nuestras vidas a la luz de las velas.

John y Stuart traían sus fotos de nuevo,
Una exposición de viajes. Agonizando,
Fruncía el ceño ante algunas, asentía ante otras,
Artista y comisaria de arte hasta el final,

Sinceridad ante todo. Preparaba listas,
Donaciones, regalaba cosas. Me arrancaba el corazón.
Sus amigas la ayudaban a ordenar todo aquello
En una conspiración de mujeres.

Por la noche me echaba junto a ella en las únicas horas.
Había misterios en las sombras de las velas.
Pájaros, aviones, los conejos de nuestros dedos,
La preciosa, la erótica llama de luz de la vela.

¿Triste? Sí. Pero también era hermoso.
Había una quietud en el mundo. El tiempo se iba
A pasear a su perro por los muros bajos y la alheña.
Había anonimato en las palabras y en la música.

Ella quería que yo llevara su anillo de casada.
No me cabía ni en el dedo meñique.
Se me atascaba en el nudillo. Sé por qué.
Sus dedos se afinaban y los anillos se salían.

Después del funeral me los llevé a tomar jerez y té
A Newland Park. Es todo un detalle, me dijeron,
Y yo pensé que eran irónicos —por última vez.
Que era una airada represalia por su lealtad.



Preparativos

“¿Será esta la puerta?” Esta debe de ser. No, no.
Atravesamos multitudes y confetis, bodas
Con amigos y parientes y caprichosas damas de honor.
Algunas ya se han celebrado. Otras esperan su turno.
Una está teniendo lugar ante el registro civil.
Hay un novio joven, inseguro en sus zapatos nuevos.
Su novia está nerviosa al borde del futuro.
Camino a través de ellos con el padre de mi mujer muerta.
Redefino el significado de la palabra “desconocidos”.
Quizá la muerte estuvo mirando también en nuestra boda.
El edificio apesta a función municipal.
“Pasa por ello. Tienes que pasar. Lo dice la ley.”
Así que le digo a una funcionaria: “he venido por una muerte”.
“Por allí”, me dice. “Ha entrado usted por la puerta equivocada”.

Una mujer con hijos adolescentes está sentada a una mesa.
Le alarga al funcionario el papel que le dio el médico.
“¿Esto significa ataque al corazón?”, pregunta.
Qué poco sabe, esa viuda. Qué poco sabemos todos.
De un solo vistazo, ella se da cuenta de que no estoy aquí.
Con mi tío para arreglar el asunto de mi tía.
Un papelillo de confeti le cae del hombro.
Hay un lazo entre nosotros, un lazo terrible
En las palabras incómodas, “pérdida” “prematura”, “trágico”,
Ya dichas en las conversaciones, en los chismes fúnebres.
Los buenos deseos se duelen juntos en el espacio entre nosotros.
Es como si fuéramos a ser amigos para siempre
Por las ramblas del luto y los seguros de vida,
En cualesquiera sanatorios que haya para el espíritu,
Compartiendo el mismo cumpleaños, los mismos destinos.
Hay clínicas ficticias listas para darnos la bienvenida,
Prefabricadas y erosionadas a las orillas de la ciudad
O como una pequeña joya en los Alpes antisépticos,
En mi caso la destilada clínica de la bebida,
La clínica de la “compasión” y de las cenas.

Entramos en una pequeña oficina. “¿Qué relación tiene con ella?”,
Me pregunta, y se lo digo. Ahora vienen los detalles.
Un hombre pulcro con una letra pequeña, que se esconde.
Va anotando cosas. No pregunta si ella era buena
Todo el mundo recibe su certificado.
Ni siquiera necesitas merecértelo.
Me dan ganas de preguntarle por qué no tiene pinta de santo,
Ya que en su escritorio, a través de sus anotaciones,
De sus burocracias, de sus detalles morbosos,
Los muertos locales entran en la genealogía.
No es una clave de la historia, este hombre,
Este ángel registrador con su jersey verde
Que coloca nombres y fechas y causas.
Ha visto todas las palabras que acaban en —oma.
“Entregue esto en su funeraria”.

Cuando nos vamos sí que lo hacemos por la puerta correcta,
Una puerta pequeña, tabú y de segunda categoría.
Está lloviendo. Paraguas anónimos pasan
Por la ubicua llovizna urbana.
Van llegando más bodas con sus lazos blancos.
Se acumulan pequeños charcos en los ramos de flores.
No deben verme. Se me ve mi historia como una cicatriz.
No deben saber lo que soy, ni qué hago aquí.
Me siento digerido por las estadísticas del amor.

Cientos de veces habré pasado por delante de estas oficinas
Pseudogóticas de la funeraria, con ventanas emplomadas
En autobús, a pie, sin prestarles atención.
Pasamos por aquí el primer día que estuvimos en Hull.
Ni una sola vez vi a nadie entrando o saliendo,
Y aquí estoy, cerrando la puerta al salir,
Doblando la esquina un día lluvioso de marzo.



El móvil de Sandra

Una artista constante, dedicada,
A las curvas, las formas, las sombras agradables, a sentir el color
No le importaba qué formas, qué rojo, qué azul,
Y se burlaba de los pelmas para ridiculizar a los todavía más pelmas.
Con una mirada leal, desinteresada.
Así que Sandra le trajo aquello y lo colgaron
Tres gaviotas en un ciclo blanco de interior.
Un regalo de vieja camaradería artística.
“Empújales con tu soplo, amor”. Esos pájaros silenciosos aleteaban
Con las corrientes de aire caliente de mi respiración. La última noche,
Intentando no dormirme, vi el amor coronado
En lágrimas, y pájaros de madera, y luz de velas.
Ella ya no despertó. Para probar nuestro amor las gaviotas,
Cada una, cada una, cada una, se habían vuelto palomas.
Douglas Dunn. Poemas escogidos. Traducción de Juan Morella. Ediciones Bassarai.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Los caballos de Tarkovski. Pia Tafdrup

La memoria y los recuerdos que se confunden y desaparecen, los árboles que marcan el paso del tiempo y el tiempo mismo convertido en un espacio sin dirección, las palabras y los gestos desorientados, palabras que pierden su significado, y esa pérdida que arrastra a los objetos y emociones que definen las hijas convertidas en esposas y la esposa en madre, la casa abandonada y una habitación de hospital, los pequeños instantes de lucidez y la vuelta a las tinieblas y la mirada que se apaga lentamente. 

Los caballos de Tarkovski es Pia Tafdrup escribiendo sobre su padre con alzhéimer, sobre la memoria quebradiza y el olvido, una habitación de hospital y algo que desaparece de manera queda. Los poemas de Pia Tafdrup hablan de pérdidas y recuerdos y tiempos mezclados, y, también, de cómo anclar una vida que desaparece, cómo dejar constancia de lo olvidado por un paciente de alzhéimer, el padre visto por la hija (la niña, la muchacha, la mujer madura), una forma de anclar otra vida y otros recuerdos al presente.

El poemario de Tafdrup se lee como un diario donde se busca al padre en el padre, los recuerdos y los tiempos contienen pequeños gestos y huellas y la ausencia se convierte en presencia.


Se leen árboles

Siempre hay árboles que le dicen a mi padre
en qué estación estamos, lucen
en su cerebro,
             los blancos troncos de los abedules,
heroicamente erguidos
o meciéndose serenamente.
Hay árboles sin hojas
-invierno pues, cuando los rayos del sol
cortan a través de la habitación.
Hay árboles con hojas de color verde intenso
-verano, pues, cuando va oscureciendo
y si las hojas amarillean
                         sólo puede ser otoño.
Si es hoy
o hace cincuenta años
                        ¿qué más da?
Si han pasado dos horas 
o dos minutos 
                        ¿es realmente decisivo 
cuando lo que se busca es refugiarse 
en un clarísimo recuerdo de infancia? 
Si soy yo o es mi madre 
quien está sentada en la silla, 
                                      ¿qué más da? 
Si es mi hermana o soy yo, 
¿cambia algo 
              si estamos a gusto? 
Las sombras trepadoras
están tan lejos que no las percibimos.
Las sombras no significan nada,
porque en este momento una ardilla
salta de rama en rama en el cerezo
                                       y eso lo vemos.
Las ramas del abedul se agitan en tierno verdor
es ahora cuando importa.
Ahora 
hay calma aquí, ahora 
entra el brillo del sol por la ventana, 
aquí está empezando a hacer calor, es ahora 
                                                  cuando estamos vivos… 
Pero qué pasará 
cuando los árboles sean arrancados 
                                               de raíz- 
cuando se alejen lentamente levitando 
                          por donde han sido asfaltadas las estrellas?

***

La tabla de lo perdido

Detrás de las fotos en blanco y negro de viejos álbumes 
mi padre rememora sonidos 
de lluvia de primavera, olores 
de heno recién cortado, mordiscos 
a los primeros granos maduros en los campos de cereales.
Un instante más tarde cada detalle 
se arremolina 
              en lejanas nebulosas. 
Mi padre desaparece, tal como se alejan 
volando los días. 
No hay cifras que cubran 
la añoranza, no hay cifras 
para el sabor del verano en la lengua, 
rojas cerezas reventonas recién cogidas. 
Y en plena ventisca 
una taza de chocolate humeante al amor de la chimenea, 
cuando el camino a la granja estaba bloqueado. 
El agua, el aire, la tierra, el fuego, 
la atenta mirada de mi padre 
me hizo salir precipitadamente 
                          saltando una verja interior, 
trepar hasta la copa de los árboles, 
                                        volar 
en sueños- - - 
He preparado unas cuentas 
que no quieren cuadrar- 
hay pasos que saltan 
             sobre la lógica, 
un sistema solar de cosas inexplicables. 
Aunque vive, 
estoy buscando 
                          a mi padre en mi padre… 
Una lengua áspera 
me lame la mano, 
no me ahogaré 
                         en una lágrima salada, 
el gato arquea el lomo, es ahora cuando quiere la comida.

***

La fuerza de la gravedad del cielo

El sol se pone, un dolor momentáneo 
                                      desgarra a mi padre. 
Me siento con él, le cojo la mano, 
conocido y desconocido 
–no se la he tenido así nunca antes. 
Vagan sus ojos 
por el cuarto, me pide 
libros de mi biblioteca: 
                              Ekelöf, Ekman, Eliot, 
mira por la ventana la luz de la tarde de mayo, 
comenta las nubes. 
Se agrietan en el cielo abierto, azul y blanco, 
se difunden y desaparecen. 
Mi padre se mantiene erguido, su voz 
empuja palabras entre nosotros, 
                                      un lenguaje enrejado
para que la realidad 
no se acerque demasiado, 
como en los cuentos para dormir 
que quizá también alguna vez nos protegieron 
del peligro amenazador: 
                    ¿enemistad, salvajismo, malicia? 
Le tengo firmemente la mano, 
                                      el tiempo no pasa en absoluto. 
El sudor 
brota de sus sienes. 
Su piel 
no tiene el color que debería tener.
De repente sus palabras no encuentran el camino, 
son simplemente un eco interior, 
pero aún 
        es mi padre. 
En un abismo 
mortal escucho 
su respiración, lluvia de cristal 
                                       que cae, 
unos pinchazos como de agujas en la oscuridad de los pulmones. 
Mi padre está celebrando mi cumpleaños, 
aunque no tiene la menor idea de ello, 
pero está de visita- 
y entonces uno           no se desmaya

***

Las manos, ¿de quién?

Ser es 
         que somos, 
no sabemos más.
Escuchamos la respiración de mi padre, 
leemos la más mínima contracción en su semblante, 
una arruga en la frente, el estremecimiento de un párpado, 
                                                   ¿dolor, no dolor?
Fuera el mundo está en flor.
Embriagado por la medicación 
mi padre levanta 
los brazos delante de él- pregunta 
                         ¿de quién son estas manos?
Le cojo las manos.
-Son tuyas, 
pero ahora las tengo entre las mías.
Calma- 
zambúllete otra vez bajo la superficie. 
Dormir, despertarse…
Mi padre no termina las frases, 
se va hundiendo cada vez más en sí mismo.
No oye los pájaros, 
                         pero, ¿tal vez oye algo 
que no se ha oído antes? 
No ve los árboles, no puede 
captar el río verde de luz 
que hay fuera de la ventana, no ve 
el ramo de flores 
que mi madre ha recogido para él.
Pero algo en el aire que nosotros no podemos ver, 
él lo ve- 
algo que no percibimos 
                          él lo capta- 
y el champiñón de bosque 
que mi madre también encontró en la cuneta, 
                                      eso sí que lo puede oler. 
Reconoce su aroma con una sonrisa 
cuando se lo damos: 
                                      el sol, las vacas, la hierba del prado. 
La noche se introduce en nosotros a hurtadillas, hablamos 
en voz baja, voces apagadas. 
Cuando le sonreímos
él sonríe, 
tuyo y mío quedan suspendidos.
Nos preocupa nuestra preocupación 
porque si parecemos preocupados, 
él lo está también 
                  –yo es idéntico a tú. 
Si mi madre come un bocado de una fruta 
soy yo o mi hermana 
las que comemos algo, 
sólo hay un cuerpo en la habitación 
–y es el nuestro
un cuerpo de familia, 
con una piel común, nervios comunes, venas comunes, 
cualquier otra gramática 
                         está de más. 
Mi padre nos mira, nosotros lo miramos largo rato, 
¿somos islas de esperanza 
que flotan en el mar a su alrededor? 
Las horas se llenan y se vacían. 
-¿Estáis todavía aquí? 
pregunta sorprendido 
cuando después de un largo dormitar 
abre los ojos- 
            como si todos nosotros pudiésemos estar muertos.

***

Los caballos de Tarkovski

En esa belleza que un caballo 
despliega 
cuando está al sol 
en un prado, 
por el que estoy cruzando ahora en tren, 
unos días después 
de la muerte de mi padre- 
             de repente lo vuelvo a ver. 
La travesía 
           del verdor… 
Con la misma exaltada paz 
                          que irradiaban 
los caballos de Tarkovski 
en las escenas finales 
de la película El juicio final
está presente mi padre, 
descansando de sí mismo. 
Ha sido amortajado 
en llamas, 
y yo he llevado 
su urna al sepulcro. 
La existencia no es 
ser 
sin dolor. 
A él lo llevo 
dentro de mí 
como una nueva autoridad. 
La fuerza de la lengua- 
                         Eurídice canta. 
Algo en la esencia del caballo 
le hace aparecer. 
Brilla una sombra, 
                  ahora él simplemente ESTÁ aquí.
Pia Tafdrup. Los caballos de Tarkovski. Traducción de Francisco J. Uriz. Ediciones Bassarai.

viernes, 30 de octubre de 2015

La fuga de todo. Fernando Luis Chivite




Una habitación pequeña y austera, cinco cigarrillos al día, cuadernos pautados, lápices y tinta, una ventana hacia el patio del sanatorio, los locos que saludan con la mano y una mujer sentada cada mañana en la tapia (siempre el mismo lugar). Y un hombre que se encierra para exorcizar demonios de la juventud y tomar conciencia de que ya no es la misma persona, la escritura como una forma de repasar los recuerdos y olvidarlos, de reflexionar sobre un momento que creímos decisivo y sacar a la superficie emociones desconocidas incluso para la propia persona, el tiempo la distancia adecuada para vernos con mayor claridad, para sabernos al otro lado de la frontera (de los sueños e ideales de juventud, de los primeros hogares, de amores mudos y fugas), para ver derrotas, naufragios, momentos de felicidad pura, lecturas y escritores pasados que hablan de inmovilidad y negación y un mundo degenerado.

El narrador de La fuga de todo vive un doble encierro, el manicomio donde ingresa voluntariamente y el pasado que parece atenazarlo y que intenta olvidar a través de la escritura, volver por última vez a aquellos días donde huyó sin destino junto a Estanis e Ione, una fuga que les llevó a cafés de gasolineras y estaciones de autobús, puertos, playas y calles anochecidas, habitaciones de pensión y portales, la geografía de una lucha y una pérdida, lugares solitarios y sórdidos que les ocultan, los tres amigos sentados bajo las ventanas iluminadas en la noche y sintiéndose fuera de una sociedad acomodada que no entienden, el movimiento continuo como única opción para renegar de horarios, trabajos, los deseos que no van más allá del siguiente destino y siguiente libro.

Por la noche nos metimos en una estación abandonada y dormidos allí. Creíamos que todo lo que hacíamos nos embellecía. Que nos mejoraba de algún modo. Que aquella precariedad y aquel dormir en campamentos y estaciones abandonadas y aquel despertarse con las ropas húmedas y el olor del humo adherido al pelo formaba parte de algo: de una especie de autenticidad: de una educación sentimental que nos estaba predestinada. Porque, en algún sentido, nos considerábamos elegidos. No teníamos que pensar en lo que hacíamos o en las consecuencias de las decisiones que tomábamos, ya lo he dicho. Sucedía lo que tenía que suceder. Pretender intervenir nos parecía absurdo, un atrevimiento peligroso. Cualquier pretensión y cualquier intervención empeoraría las cosas, eso pensábamos. Bastaba con dejarse llevar para estar a salvo, eso era lo que pensábamos.
Éramos demasiado conscientes de nuestra juventud. Y de la incuestionable y fanática autoridad que emanaba de esa maravillosa y venenosa palabra.

Y en ese movimiento, el encuentro con otros seres extraviados, solitarios que viven en una casa junto a un acantilado o en pequeñas habitaciones, el acento una mezcla de docenas de lugares, el principio de locura en algunos de ellos, la amargura de una vida que ha pasado sin victorias ni grandes recuerdos.

Chivite habla sobre la soledad, la memoria y la decepción que acarrea todo regreso (y aún sabiéndolo, la necesidad de afrontarlo, de volver a un lugar importante de nuestro pasado, un lugar que puede ser físico, la casa paterna, o el pasado en sí mismo, algo inalcanzable y ante el cual nos encontramos indefensos). La fuga de todo como un diario de un regreso, un hombre en la soledad de una habitación que vuelve al pasado, a los días pensiones y estaciones, y busca olvidarlos de una vez, saber que aquel pasado no es exacto, que hay que vivir con los espacios en blanco, con la natural desubicación, con las mentiras que nos creemos.

En La fuga de todo hay un tono comedido y reflexivo, los pensamientos errantes de un hombre que escarba en su pasado y busca cerrarlo. Se mezcla el presente en el sanatorio, la vista de una tapia (esa que es encierro o que nos salva del exterior, esa que remite a una novela anterior de Chivite, La tapia amarilla), el cambio de la luz, con la memoria y los recuerdos, un viaje donde indagar sobre la juventud y la vida y sentirse al margen, en una frontera extraña y distante. Y con el recuerdo de viejas lecturas y escritores, Camus, Beckett, Bernhard, Melville, las citas que se suceden, que entran dentro del juego de la memoria, que expresan un sentimiento trágico y pesado de la vida, la escritura como algo que sale a la luz y algo que se queda siempre en la oscuridad.









Siempre he tendido a la inmovilidad y por eso comprendo bien a los que se quedan quietos. A los que un buen día se niegan a seguir colaborando. A los que retiran la mirada y prefieren no saber nada. A los que desertan. A los que, de pronto, inesperadamente, se niegan a dar su consentimiento. A los enclaustrados. A los que pueden permanecer durante horas mirando tranquilamente una pared.

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Probablemente Camus fuera un melancólico que se resistía a serlo. De hecho estoy seguro de que lo era por la manera en que ilumina los lugares de su pasado: por cómo se demora en todo lo que supone luz y tiempo. Pero es no significa, de ninguna manera, que fuera un ingenuo: sabía muy bien de qué hablaba. Sabía que ese regreso es necesario y que es preciso hacerlo completamente en serio por lo menos una vez.
A los veinte años, todo el mundo lo sabe, ocurre una cosa: de pronto, uno ama la vida. De pronto parece caer en la cuenta: se siente vivo. Y no se sabe bien por qué. No se sabe explicarlo. Pero es así. Es lo más parecido a una experiencia de plenitud. La recordamos como lo mejor que tuvimos. E incluso tratamos de comprender por qué ocurrió: cuáles fueron las condiciones concretas que la propiciaron. Y ahí es precisamente donde se oculta la gran estafa de la memoria.
Para los ingleses, revisitar puede ser lo mismo que releer. Lo mismo dicen “revisitar un lugar” que “revisitar a un autor”. Se trata de volver a algo que en el pasado tuvo mucho sentido. Es un movimiento arriesgado porque de repente se agitan partículas muy profundas, substancias a menudo peligrosas. Sin embargo, muchas veces, como digo, ese regreso es necesario para librarse de las falsificaciones de la memoria. Porque, por supuesto, de eso se trata a los cuarenta o cuarenta y pocos años, que son los que yo tengo ahora. De desenmascarar el pasado. De zanjarlo de una vez, si en verdad es posible. De librarse de él definitivamente.

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Cuando permanecemos en un único lugar y organizamos nuestra vida en ese lugar, y más si ese lugar es también el lugar de nuestros antepasados, el lugar de nuestros muertos, el lugar de nuestros fantasmas, todo cobra una apariencia de necesidad. Las cosas se asocian unas a otras. Establecen relaciones sutiles, redes invisibles, artificios cada vez más tupidos en los que se supone que todo adquiere un sentido profundo. En los que todo remite a algo que está muy por encima de nosotros. A algo anterior que ni siquiera está permitido cuestionar.
Los muertos quieren tenernos a su lado. Nos otorgan protección, susurran sus ensalmos. Nos retienen. Pero nos retienen porque nos necesitan. Así de claro. Su única ambición es ser recordados. Conservar su hueco. Conservar su lugar.
Al alejarnos nos desligamos de los muertos. Nos desembarazamos del peso de los muertos. De esa trama de los muertos. Nosotros nos libramos de todo eso y nos quedamos solos. Porque nos quedamos solos. Eso sí. Nos quedamos completamente solos. Y lo primero que sentimos es esa levedad. La intemperie del azar. La suave brisa del azar. El viento en la cara del azar. Y a veces también, naturalmente, todo el mundo lo sabe, la tempestad y la furia del azar.
Fernando Luis Chivite. La fuga de todo. Ediciones Bassarai.