Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

jueves, 29 de agosto de 2019

Los cosacos. Lev Tólstoi

Las lecturas de verano, en aquella tierra remota de mi infancia, eran para las aventuras y la ciencia-ficción, historias que fueran acordes a los cielos limpios y estrellados y el viento entre los árboles ribereños, lecturas que reproducían caminos inexplorados y territorios ignotos donde poner a prueba nuestro valor y sentir cierta agitación interior y que casi cualquier cosa y casi cualquier mundo eran posibles, libros, en fin, que albergaban tiempos, gestos y vidas ya desaparecidos, convirtiéndose en una huella de un pasado remoto. Los cosacos de Tolstói no sólo es recordar aquellas lecturas y emociones de la infancia y adolescencia donde, además de aventuras, encontraba signos de lo lejos (Circe Maia), sino que ahora, con la mirada de la madurez, me habla del acercamiento al otro, de las fronteras invisibles, del mundo enraizado en nuestro interior que no sabemos cómo soltar, de la pureza del amor ideal y de la aceptación de la derrota.

Empezar de cero en otra tierra, dejar atrás las faltas cometidas y la inercia de una vida burguesa, imaginar la vida en la frontera, junto a hombres y mujeres desconocidos, poner a prueba el propio valor, soñar con un amor puro y verdadero aún no experimentado. Éstas son las emociones del joven aristócrata Olenin tras abandonar Moscú, un típico héroe romántico que busca en el viaje y la aventura la ruptura con el mundo conocido y que se encontrará no el mundo imaginado sino una realidad que le hará madurar, conocer otras fuerzas dentro de sí y saberse al otro lado de una frontera invisible que es incapaz de cruzar. Es decir, la dureza del viaje iniciático donde se pierde la inocencia y se gana en lucidez y la lucidez trae dolor y aceptación. El primer signo de lo lejos: las montañas, cumbres nevadas que huyen del horizonte y que le hablan de un mundo y un carácter totalmente nuevos.

Olenin también es, en sí mismo, un signo de lo lejos, alguien que habla del exterior a los hombres y mujeres del puesto cosaco donde se instala. Sus costumbres, su educación, su forma de andar y hablar, la falsa apariencia cosaca de su vestimenta, todo ello distancia a Olenin de quienes le rodean, hace de frontera entre el joven aristócrata y los cosacos. El tío Eroshka, un viejo cosaco, será quien haga de guía a Olenin en este nuevo mundo y este personaje de viejo cazador me ganó por completo. Escribe Tolstoi para una de sus primeras apariciones: la habitación se llenó de un fuerte olor, no desagradable, mezcla de chijir, vodka, pólvora y sangre coagulada. Además, están las cicatrices en su cuerpo, su manera vital y despreocupada de sentir la realidad, la fuerza aún no apagada por la edad. Unas pocas palabras, su apariencia, su olor, y sientes toda la vida de aventuras e intemperie que le llevó hasta esa habitación junto a un noble moscovita. El tío Eroshka promete enseñar a Olenin las costumbres cosacas, buscarle una almita, mostrarle a los chechenos, enseñarle a cazar, una figura homérica para un joven inexperto. No hay pecado en nada, le dice el tío Eroshka a Olenin, también que Dios lo ha creado todo para el regocijo del hombre, y que todo aquello que dicen los doctores de la ley es falso y que la hierba crece sobre su tumba cuando uno se muere y que eso es todo. Imposible no sentir la atracción de semejante personaje.

Los cosacos no es sólo una novela de iniciación, sino que es, sobre todo, una muestra del encuentro con el otro, en este caso, el pueblo cosaco y sus costumbres, tan diferentes al carácter aristocrático de Olenin. Tolstoi muestra el alma y las costumbres de este pueblo donde prima la libertad y cierto primitivismo. La descripción abarca ropas, bailes, fiestas, la disposición de las isbas, el ardor y el atrevimiento de hombres y mujeres, su comunión con la naturaleza, la valentía a veces suicida de los guerreros, la aceptación de la muerte. Olenin, en mitad de la estepa, en la orilla del río, cerca de las montañas, reflexiona sobre la importancia del sacrificio por lo demás, de hacer el bien, la contemplación de la belleza y el amor platónico, sentimientos utópicos que cambiarán por aquellos que orbitan alrededor de la cosaca Marianka y de desear la felicidad para sí mismo. Aquella ensoñación de Olenin cuando salía de Moscú de una mujer encantadora, pero inculta, salvaje y hosca a la que educar en invierno, sueños inmaduros de quien aún no había visto las montañas ni convivido con los cosacos, se personifica en Marianka, una mujer tan impetuosa como el pueblo al que pertenece. Olenin encuentra su vida anterior extraña y falsa, siente que aquella tierra le ha dado la posibilidad de contemplar la belleza primitiva y voluptuosa de la vida.

La aventura, en Los cosacos, está en el descubrimiento de una naturaleza primigenia más que en las escaramuzas de un puesto fronterizo, en ser testigos de las costumbres de un pueblo remoto donde priman la libertad y la voluptuosidad. Olenin quiere ser un cosaco como Lukhaska, su rival ante Marianka, robar caballos, matar bandoleros chechenos, emborracharse, entrar por las ventanas de las isbas, ser igual a ese otro que desconocía apenas semanas atrás, un encuentro con el otro que le revela que sólo ahora vive y que sufre. Y la aventura, donde el enemigo es invisible, los otros hablan dialectos desconocidos y tienen costumbres extrañas, la frontera es la orilla de un río o una cumbre nevada o se mueve a la par que los pueblos de la estepa, trae el dolor de la lucidez: saber que dentro de uno mismo habita el mundo del que uno proviene y que hace de barrera con el nuevo mundo en el que se quiere ingresar.

Los cosacos es una novela grande, muy grande, la escritura detallista y precisa de Tolstói para hablar sobre la aventura como aprendizaje y la llegada a una madurez dolorosa. Y, también una forma de ver un mundo extinto donde primaba la búsqueda de una verdad última y sencilla.


Los cosacos. Lev Tólstoi. Trad. Irene y Laura Andresco revisada por Vicente Andresco. Alianza editorial.

martes, 13 de agosto de 2019

El largo viaje. Jorge Semprún

Los trenes me hablaban con una voz propia y legendaria: el estremecimiento de un tren sobre las vías, los silbidos que rompían la monotonía de mis calles o las ventanillas iluminadas fugazmente en la noche me hacían sentir ante el mito de los caminos desconocidos, la fuerza de la aventura, de lo salvaje, un mundo en bruto. Pero este mundo es una sucesión de mundos de mitos y sombras que se entretejen unos en otros. Primo Levi fue el primero que me descubrió las capas subterráneas que se esconden bajo este mundo en apariencia sencillo y apacible dotándole de nuevos significados: hubo trenes que cruzaron Europa hacia la chimenea de un crematorio, y millones de seres humanos se convirtieron en humo. Desde ese primer aliento de Levi, busco la voz de los supervivientes de las diferentes barbaries del último siglo, intento ser el receptor de sus memorias, escuchar su voz, ser testigo en la distancia, no borrar su estela. Los recuerdos de Jorge Semprún me han permitido ahondar, de nuevo, bajo el mito adolescente del tren no para refutar aquel símbolo de aventura, sino para completarlo con otros sentidos, mostrando las capas desconocidas.

Hay un momento donde Semprún ejerce de Cicerone tras la liberación de Buchenwald a dos mujeres francesas de uniforme azul. Las dos mujeres no consiguen comprender el horror vivido en esos muros, sólo ven la plaza y los edificios vacíos, los campos despojados de su inhumana rutina. Semprún las acompaña por los barracones, las salas de tortura, el crematorio, las pilas de cadáveres aún sin enterrar — y que ocupan cuatro metros de altura—, introduce en su mundo la barbarie y la monstruosidad nazi. Es necesario que miren, que intenten imaginar, dice Semprún. También, a la pregunta de por qué les ha enseñado los cientos de cadáveres, que los muertos necesitan una mirada pura y fraternal y el recuerdo. Me siento como esas dos mujeres que pasan del coqueteo inicial a la mudez, las coordenadas de mi mundo distantes de aquellas que vivieron las víctimas de los campos de exterminio. Paso por sus páginas con una mirada que intenta imaginar, sin desviarse, del recuerdo que me hace llegar Semprún.

En otro momento de El largo viaje vuelve la importancia de la mirada. Los prisioneros en tránsito son conducidos por una aldea hacia la cárcel, en espera de su traslado definitivo a los campos; desfilan entre la muchedumbre que los ve pasar, la mirada perdida en el cielo o carente de un sentido último. Salvo un hombre, que mira a la cara a los prisioneros, que les hace sentir que existen, que pertenecen a un mismo mundo. También están las miradas deshumanizadas de los nazis, las alucinadas de los compañeros de vagón, que pierden poco a poco el brillo, las de los supervivientes, años después, que ante una melodía, un olor, un sonido cualquiera, vuelven al pasado, al viaje en tren, a los campos, a la muerte diaria. Y la mirada de Semprún, junto a la pequeña ventana del vagón, que observa el paisaje del valle del Mosela, ese afuera al que no pertenece, al que no puede pertenecer por todo aquello que le ha llevado hasta ese vagón hacia Buchenwald, la libertad de elección que le llevó a luchar contra los nazis, una libertad que, a lo largo de ese viaje, sentirá que no tienen las grandes víctimas de la barbarie, los judíos que son trasladados en otros trenes mayores que el suyo y morirán por millones, ser judío como causa única, algo contra lo que se revelará su amigo Hans, también en los maquis como Semprún, que busca otra muerte posible, no por su condición de judío sino de combatiente.

Nunca acabará esta noche, dice Semprún, en ese vagón donde se hacinan ciento veinte hombres, una noche detenida en el tiempo mientras, fuera de ella, sigue otra(s) vida(s). Hay quienes estarán siempre en esa noche, quien se preguntará por la vida adentro y el afuera, el exterior, esa vida que seguía al mismo tiempo que los trabajos forzados y el exterminio tras las muros del campo. Semprún, cerca de la valla, ve la vida cotidiana de los domingos, los campesinos paseando con sus familia, un domingo de descanso familiar. Con la liberación, Semprún buscará ver el campo desde el pueblo cercano, entrará en una casa donde se ve la chimenea del crematorio, mirará desde el afuera, preguntará a la dueña si sabía lo que ocurría tras los muros del campo, su respuesta que habla de sus dos hijos muertos para unificar el sufrimiento. Semprún comprenderá que aquel pueblo no era el afuera, el exterior, sino simplemente otra cara, pero una cara también interior a la misma sociedad que había dado a luz los campos alemanes.

Olvidar primero para luego recordarlo todo, otra de las máximas que repite Semprún a lo largo de su libro. Llevar aquel viaje dentro, con sus rostros y horrores, pero sin acercarse a él hasta que hayan pasado los años y vuelvan íntegros los recuerdos que rodearon los días y noches en aquel vagón donde ciento veinte hombres se preguntaban por su destino e intentaban mitigar la sed, el hambre, la locura. Y son esos años pasados desde el viaje mismo hasta la escritura del viaje lo que hace que el tiempo de estas memorias cambie continuamente, del vagón hacia el pasado o el futuro, de aquella primera migración en la guerra civil española a la liberación del campo y saberse superviviente. Entonces, esa noche, efectivamente, no puede acabar, es un centro por el que pasa la vida entera de un hombre, un muerto en el vagón en el mismo punto temporal que los niños judíos torturados en los campos, la soledad en un café años después del final de la guerra, los caminos españoles que contienen muertos y refugiados a partes iguales.

¿Os dais cuenta?, dice un hombre antes de morir en el vagón. Y Semprún responde que ése es su propósito, darse cuenta y dar cuenta de ello, de los muertos en los caminos españoles, de otros muertos en otros caminos, del significado de ese viaje en tren, del destino de esos hombres, semejante al de miles de otros hombres y mujeres, de las miradas primero de odio y luego de negación entre los alemanes, que intentan unificar el sufrimiento, sus muertos en combate por las cenizas de quienes se convirtieron en humo, de lo difícil que es ver el afuera, estar en el afuera después de vivir dentro del horror.

¿Qué más decir? Este libro, como la trilogía de Levi, como Wiel, Kertész, Millu o Wiesel, me conmueve, me acerca a un afuera en el que nunca estuve, me hace sentir, como dije al inicio, un receptor de otras memorias. El largo viaje no sólo tiene valía como testimonio, su escritura también es extraordinaria.








Mi tren silba en el valle del Mosela y veo desfilar lentamente el paisaje de invierno. Cae la noche. Hay gente que se pasea por la carretera, junto a la vía. Van hacia ese pueblecito, con su halo de humaredas tranquilas. Acaso tengan una mirada para este tren, una mirada distraída, no es más que un tren de mercancías, como los que pasan a menudo. Van hacia sus casas, este tren les trae sin cuidado, ellos tienen su vida, sus preocupaciones, sus propias historias. Por lo pronto, y al verles caminar por esta carretera, advierto, como si fuera algo muy sencillo, que yo estoy dentro y ellos están fuera. Me invade una profunda tristeza física. Estoy dentro, hace meses que estoy dentro y ellos están fuera. No sólo es el hecho de que estén libres, habría mucho que decir a este respecto; sencillamente, es que ellos están fuera, que para ellos hay caminos, setos a lo largo de las carreteras, frutas en los árboles frutales, uvas en las viñas. Están fuera, sencillamente, mientras que yo estoy dentro. No se trata tanto de no ser libre de ir a donde quiero, nunca se es libre para ir a donde se quiere. Nunca he sido tan libre como para ir a donde quería. He sido libre para ir a donde tenía que ir, y era preciso que yo fuera en este tren, porque era también preciso que yo hiciera lo que me ha conducido a este tren. Era libre para ir en este tren, completamente libre, y aproveché mi libertad. Ya estoy en este tren. Estoy en él libremente, pues hubiera podido no estar. No se trata, así pues, de esto. Sencillamente es una sensación física: se está dentro. Existe un afuera y un adentro, y yo estoy dentro. Es una sensación de tristeza física que le invade a uno, nada más.
Después, esta sensación se hace todavía más violenta. A veces se hace intolerable. Ahora miro a la gente que pasea, y no sé todavía que esta sensación de estar dentro va a resultar insoportable. Quizá no debiera hablar más que de esta gente que pasea y de esta sensación, tal como ha sido en este momento, en el valle del Mosela, para no trastornar el orden del relato. Pero esta historia la escribo yo, y hago lo que quiero. Hubiera podido no hablar del chico de Semur. Hizo el viaje conmigo, al final murió, en el fondo es una historia que no interesa a nadie. Pero he decidido hablar de ella. A causa de Semur-en-Auxois, primero, a causa de esta coincidencia de hacer un viaje semejante con un chico de Semur. Me gusta Semur, adonde no he vuelto jamás. Me gustaba mucho Semur en otoño. Habíamos ido, Julien y yo, con tres maletas llenas de plástico y de metralletas Sten. Los ferroviarios nos ayudaron a esconderlas, mientras esperábamos tomar contacto con el maquis. Después, las transportamos al cementerio, y allí fueron los muchachos a buscarlas. Era bonito Semur en otoño. Nos quedamos dos días con los compañeros, en la colina. Hacía buen tiempo, septiembre lucía de un lado a otro del paisaje. He decidido hablar de este chico de Semur, a causa de Semur y a causa de este viaje. Murió a mi lado, al final de este viaje, acabé este viaje con su cadáver contra mí, de pie. He decidido hablar de él, y eso sólo me atañe a mí, nadie tiene nada que decir. Es una historia entre este chico de Semur y yo.
De todas formas, cuando describo esta sensación de estar dentro, que me atrapó en el valle del Mosela, ante la gente que paseaba por la carretera, ya no estoy en el valle del Mosela. Han pasado dieciséis años. Ya no puedo detenerme en aquel instante. Otros instantes vinieron a añadirse a él, formando un todo con esta sensación violenta de tristeza física que me acometió en el valle del Mosela.
Eso era algo que podía ocurrir los domingos. Una vez que habían pasado la lista del mediodía, teníamos varias horas por delante. Los altavoces del campo difundían música lenta en todos los barracones. Y es en la primavera cuando esta impresión de estar dentro podía llegar a ser insoportable.
Me iba más allá del campo de cuarentena, al bosquecillo junto al revier[4]. Me detenía en la linde de los árboles. Más allá no había más que una franja de terreno despejado, delante de las torres de vigilancia y las alambradas electrificadas. Se veía la llanura de Turingia, rica y fértil. Se veía el pueblo en la llanura. Se veía la carretera, que bordeaba el campo a lo largo de un centenar de metros. Se veía a los que paseaban por la carretera. Era domingo y primavera, la gente paseaba. En ocasiones había niños. Corrían hacia adelante, gritaban. También había mujeres que se detenían en la cuneta para coger las flores primaverales. Yo estaba allí, de pie, en la linde del bosquecillo, fascinado por estas imágenes de la vida de fuera. Era eso, había un adentro y un afuera. Yo esperaba aquí, en medio del aire primaveral, el regreso de los paseantes. Regresaban a sus casas, los niños estaban cansados, caminaban despacio al lado de sus padres. La gente volvía del paseo. Yo me quedaba solo. Sólo quedaba el adentro y yo estaba dentro.
Más tarde, un año después, otra vez era primavera, el mes de abril, también yo me paseé por esta carretera y estuve en este pueblo. Yo estaba fuera, pero no conseguía saborear la alegría de estar fuera. Todo había terminado, íbamos a hacer este mismo viaje en sentido contrario, pero quizás este viaje nunca puede hacerse en sentido contrario, tal vez este viaje no se puede borrar jamás. En verdad, no lo sé. Durante dieciséis años he intentado olvidar este viaje, he olvidado este viaje. Nadie piensa ya, a mi alrededor, que yo hice este viaje. Pero, en realidad, he olvidado este viaje sabiendo perfectamente que un día tendría que rehacerlo. Al cabo de cinco años, al cabo de diez, de quince, necesitaría rehacer este viaje. Todo estaba ahí, esperándome, el valle del Mosela, el chico de Semur, este pueblo en la llanura de Turingia, esta fuente en la plaza de este pueblo adonde voy a ir otra vez a beber un largo trago de agua fresca.
Tal vez de este viaje no se puede volver.
El largo viaje. Jorge Semprún. Traducción de Jacqueline Conte y Rafael Conte. Austral.

jueves, 18 de julio de 2019

El arte del puzle. José María Pérez Álvarez

Si me rendía, recuerdo que pensaba de niño, tumbado en el suelo y rodeado de piezas desparejadas, no conseguiría formar la imagen completa del puzle, Superman bajo un extraño cielo amarillo. Montaba y desmontaba aquel puzle con seis años o siete años, me asombraba el orden tras el caos primero y el significado no sólo del puzle completo, también de cada pieza por separado. Observaba las formas de las piezas, las curvas conversas y cóncavas, los colores azules o amarillos, el dibujo que podría pertenecer a la ventana de un rascacielos o a las líneas blancas sobre una carretera. Había un código. Como en una lista de números. O en la palabra escrita las letras que formaban sílabas que terminaban en palabras que, separadas por espacios en blanco de otras, mostraban un mensaje—. A veces, daba la vuelta a las piezas el azul grisáceo del cartón, las esquinas levantadas, la perfecta semejanza de cada una de ellasy piezas que no debían encajar por el lado correcto del rompecabezas acababan emparejadas, dando lugar a algo totalmente diferente, un pedazo de cielo en lugar del pecho del superhéroe, o una línea continua de carretera entre las azoteas de un edificio. Era divertido. Desentrañar el mensaje oculto. Alterar la realidad. Y volver a empezar.

Dice uno de los personajes de José María Pérez Álvarez —el matemático y crucigramista Gaspard Winckler, personaje a su vez de La vida instrucciones de uso de Perec que hay que montar y desmontar los rompecabezas una y otra vez. Y dice Perec en el preámbulo de su novela: considerada aisladamente, una pieza de un puzzle no quiere decir nada; es tan sólo pregunta imposible, reto opaco. El arte del puzle es un intento de unir un puñado de piezas para mostrar una imagen que nos devuelva un significado último. Y, como en la mesa en la que colocamos las diferentes piezas, leemos una y otra vez una pieza hasta que encontramos aquella que la comple(men)ta, empequeñeciendo los huecos del rompecabezas así siento El arte del puzle como huecos delimitados por grupos de piezas unidas que anticipan la imagen final. Una obviedad: todo libro es un rompecabezas.

Desordenar las piezas para reordenarlas luego, dejar huecos, ir de un grupo de piezas a otro para añadir o quitar aquello que no encaja, fijarse en la imagen de una sola pieza hasta que se diluya su significado, creer encontrar el encaje perfecto, mirarlo todo a una distancia prudente, volver atrás. Escrita en segunda persona y aquí lanzo una interpretación personal, segunda persona que pertenece al hombre que recuerda a su madre poeta y a su padre lector de Marcial Lafuente Estefanía, una manera de separarse de sí mismo para hablar del chalé donde la madre escribía en el garaje y sentía que la vida era un malentendido, se ausentaba en conferencias y viajes, tenía amantes que se contraponían al hombre gris con el que se casó; para hablar de los combates de boxeo que veía su padre mientras leía novelas del oeste, un padre que el hijo siente como un secundario sin frase en las películas de Ford, alguien que está en el fondo de la escena y muere en un último gesto sin que la cámara capte una frase que lo redima de su grisura, un hombre para quien la vida era una penitencia; para hablar, en fin, del adolescente enamorado de la madre, ajeno al padre y escritor sin talento que se convierte en un cincuentón solitario y barrigón que escribe, con un humor salvaje, reseñas, contraportadas y fajas de novelas que no lee decía, escrito en segunda persona, El arte del puzle es un intento por armar la vida de tres seres extraños entre sí, pasando una y otra vez por momentos significativos de su existencia, la fiesta de los dieciocho años del hijo: una orgia adolescente que acaba con la imagen de la madre durmiendo desnuda con uno de sus amigos; el suicidio de la madre en el garaje mientras la vida seguía alrededor; el trabajo del hijo, en su madurez, en la editorial del amante de la madre, sabiendo que carece de talento, que es la sombra de ella, sus encuentros sexuales con una compañera de trabajo, tan excitantes como grasientos su cuerpo, que ha pasado de heredar la belleza de la madre a ser el derrumbe paterno, los robos de bancos y el coqueteo con la droga en su juventud, el desfile de la victoria franquista siendo niño y aquí otro acierto de la novela, el repaso a esa España gris de la dictadura donde la vida parecía detenida en blanco y negro; el encuentro entre la madre y el orfebre de los puzles Gaspard Winckler; los disparos al aire del padre en una tarde extraña, sus gestos repetidos: el libro del oeste, el combate de boxeo, la bebida, un hombre al que el hijo recuerda gris pero en el que se adivina hay algo más bajo su superficie mediocre; tres personajes que se han sentido, de alguna manera, estafados, que ven la vida como un malentendido, una penitencia o un laberinto o un puzle o un orgasmo—. El narrador desmonta y ordena las piezas del puzle, encontrando algo parecido a un significado, a un mensaje limpio de interferencias.

Una de las imágenes que se repite está en la serie de fotografías de la construcción de la torre Eiffel en casa de Winckler. Se puede ir de imagen en imagen por el orden de las habitaciones —y se verá la construcción de la torre a saltos temporales, atrás y adelante— o por las fechas de las fotos —lo que hará adentrarse en la casa de manera caótica—. Esa es la sensación que deja El arte del puzle, un recorrido desordenado cronológicamente como forma de completar los momentos cruciales, en construcción, en la vida de sus personajes. Queda la imagen de Ana Álvarez Ruíz, la poeta que podría jugar en la misma división de Plath o Sexton, que dice a su hijo que la felicidad siempre queda a la espalda, queda el hijo convertido en un hombre en desconstrucción, queda la grisura del padre, que cree en las musas y las penitencias, quedan todas esas piezas unidas que delimitan el vacío que dejan los huecos dentro del rompecabezas.
El arte del puzle. José María Pérez Álvarez. Ediciones Trea.

jueves, 4 de julio de 2019

Karmelo C. Iribarren en Un lugar difícil

Un domingo de abril por la mañana

Para Luis García Montero

Allí estaba yo,
un domingo de abril por la mañana,
en un bar de la Gran Vía,
con un café y un libro
que no me hizo falta ni tocar
sobre la mesa,
                       abstraído
en la contemplación
del pequeño ajetreo
con el que se ponía otra vez
la vida en marcha,
                              viviendo
un momento cotidiano
pero único,
                   de esos
que pasan siempre desapercibidos
y que luego al recordarlos
resulta que eran la felicidad.

***

Un poco antes del último recodo

Para Juan Manuel Villalba y Rosa Bullejos

No es lo habitual
pero a veces
sucede
que una mujer y un hombre
acaban encontrándose
al final del camino,
                                un poco antes
del último recodo.

Ya no hay herida que les sea ajena
ni decepción
que pueda sorprenderles:

no perderán el tiempo equivocándose.


***

Para seguir adelante

La algarabía
de los pájaros en primavera,
o la niebla
emborronando el mar de otoño,
o el sonido de la lluvia,
desde la cama, en invierno,
o los atardeceres infinitos
de verano.

Que no me falten.

Y sobre todo, tú
al despertar, cada mañana, al lado
en todas las estaciones,
                                      esperándome
para empezar a vivir.

***

El mendigo filósofo

Desde un banco del parque,
junto a su hacienda
un coche de bebé lleno de cachivaches
cada mañana observa nuestra prisa
con un rictus de extrañeza en el rostro.

Se diría que ya estuvo allí
—el lugar hacia el que nos dirigimos—
y que al no encontrar nada interesante
no entiende ahora nuestro desmedido afán.

Luego se levanta y se pierde
entre las calles, sin prisa, a su ritmo,
en dirección contraria al mundo.

***

Un gesto

Cada noche,
juntos antes de dormirse,
su mano busca la de ella bajo las sábanas,
y la aprieta suavemente unos segundos.

Es un gesto
que ha adquirido estos últimos meses,
y al que prefiere no dar
mucha importancia.

Pero sabe que la tiene.
Karmelo C. Iribarren. Un lugar difícil. Visor.