Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

sábado, 13 de noviembre de 2021

marciada —el rastro no se pierde

Cada tarde, desde hace un mes, enciendo una vela por mi padre.
Me acerco al pequeño altar en el salón, una foto suya de hace veinte años, unas flores que eligió E. de una de las coronas funerarias, tierra y piedras que recogimos junto al Miño, cerca de la aldea donde nació —y mi padre amaba los ríos donde truchas y silencio—, y le digo que lo extraño y que le quiero.
Todo sigue triste. Es una tristeza donde ausencia y recuerdo. Un bosque de eucaliptos —él, que plantó un eucalipto junto a su casa, un árbol que yo sentía monumental en mi niñez, como monumental mi padre, cuando mi mano dentro de la suya y él un titán en tierra—, el banco junto al portal donde se sentaba cada mañana, su sitio en la mesa de la cocina, incluso las calles del pueblo que eligió para vivir, me hacen sentir su ausencia —y sentir su ausencia es tenerlo presente, aquí dentro—.
Es extraño este mundo donde  mi padre no está. Y me siento extraño en este mundo, que no tenga palabras o gestos, que esté en silencio y quieto. 
(12.10.2021)


Ahora te rezo a ti,
Tú eres la estación intermedia
De la que solo sé que existe,
Tú eres la parada en la que mis palabras
Se transforman en alfabeto.
Te rezo a ti,
Sin saber qué pedirte
Excepto a ti mismo,
Y tú transcribes mis palabras sin entenderlas
Y despacio te las llevas lejos.
Ana Blandiana (en Variaciones sobre un tema dado. Trad. Viorica Patea y Natalia Carbajosa. Visor libros)

*

Estoy sentado en un banco, junto a los árboles del río. Hay una luz suave y pausada y viento entre las hojas (su sombra y su luz). Vi el azul de un martín pescador al cruzar el puente. El cielo está limpio, sin estelas de aviones. Hace media hora que estoy sentado, solo, en silencio, triste, en este banco de piedra. Y es al detenerme, al sentir este mundo nuevo que surgió hace un mes con la muerte de mi padre cuando siento toda su ausencia. No hay otra cosa, en esta tarde lenta, que su vida, aquella de las fotos en blanco y negro de ruadas y romerías y uniformes militares, o aquellas donde me sostiene cuando niño o todos esos objetos que saqué de sus carteras —esquelas, calendarios, estampas, recortes de periódicos donde aparece esquinado en una fotografía—, antes de los temblores y el dolor, cuando era mito y titán. Todos los espacios en blanco que tengo de él. 
Cada tarde enciendo una vela y le digo que lo extraño y le quiero, mi rezo, mi rito. El martes lloré al ver apagarse la vela. Había pasado un mes de su muerte, de aquel atardecer en la habitación de hospital y mi hermana y yo a su lado, sus manos quietas en las nuestras (y ahora recuerdo el tiempo donde eran las nuestras las contenidas por mi padre). Mi tristeza y el llanto emergen en cualquier momento.
No soy capaz de escribir sobre todo esto, aquí sentado, junto a los árboles del río y el movimiento de las hojas, sólo que pienso y siento a mi padre, que soy fragilidad, que su ausencia es presencia, que todo sigue triste y que mi padre fue un hombre bueno.
(14.10.2021)

*

No tengo muchas ganas de escribir, o de hablar. A veces me siento en un banco de piedra, cerca de casa, después de comer con mi madre tras el trabajo. Sólo sé que necesito parar, mirar alrededor, sentirme lento. Entonces, llegan los recuerdos. Y recordar es volver a pasar por el corazón la vida de mi padre, el taller de carpintero bajo el hórreo y las marcas a lápiz en la madera, el verano donde nos hizo arcos y flechas y una canasta de madera, la celebración de cada comida, su figura, en aquel entonces de titán, a través de la ventana de la cocina, una caña de pescar y las truchas en laurel de su cesta de mimbre. También, estos últimos meses, todo su miedo y dolor, la tarde donde murió, mis hermanas, mi madre y yo a su lado. Estas pocas palabras y me rompo en esquirlas.
Este fin de semana encontré un correo que envié por 2016. Hablaba de una palabra que usaba mi padre, marciada —la lluvia inesperada en marzo—. E. leyó las postales que mi padre me escribía a Galicia, cuando niño —y mi padre siempre decía/escribía “vos” en vez de “os”, y verlo escrito en esas postales es escuchar su voz de nuevo, esa voz de los últimos años, más débil que aquella de mi infancia—. Voy recogiendo migas de pan, el rastro no se pierde.
En agostó grabé tres audios a mi padre. Sentados en el banco, junto al portal, mi padre hablaba para sí de sus recuerdos. Siempre los mismos. Hacía semanas que parecía recapitularse. Creí que tendría más tiempo, más tiempos. Ahora espero el momento donde pueda enfrentarme a ellos.
(19.19.2021)

(Coda) Estamos sentados en un banco al sol. Mi padre agarra con fuerza su bastón, observa sus manos, espera el temblor en su cuerpo, yo levanto la vista y descubro la luna menguante entre las líneas de nubes (apenas un esbozo en el cielo). Se la señalo y mi padre recuerda, dice que en su aldea plantaban ajos y cebollas en las mañanas de luna menguante, que había que hacerlo antes de mediodía para evitar que floreciesen en exceso y se echaran a perder (sonríe, su gesto cansando y arrugado). Le digo que la luna nos influye, las mareas, nuestro cuerpo, la sangre. Asiente en silencio.
Mi padre dice marciada a la lluvia inesperada en marzo, habla de cuando era niño y acompañaba a su padre por las casas y armaban armarios y camas. A veces, mi padre mezcla pasados, cruza líneas y vidas, desanda el camino.
(02.05.2016)

*

(…) Desde la muerte de mi padre (no me acostumbro a esta expresión, a este forma de contar el tiempo), cualquier cosa, unas palabras escritas por mi padre en unas postales o en el reverso de sus fotos, la mano de mi madre en la mía cuando damos pequeños paseos y ella parece niña de nuevo, descubrir todos los gestos que he heredado de él —la forma de fruncir el ceño, la entonación en algunas palabras— o hablar a mis amigos de mi ritual de atardecer, esa vela que ilumina su ausencia, cualquier cosa, me hace sentir frágil, triste o emotivo. Incluso el silencio, como días atrás, cuando miraba a través de la ventana los arces rojizos, me conduce al llanto.
(27.10.2021)

*

Queda un par de horas para el amanecer. Mi padre descansa, la radio de fondo, el silencio en el pasillo del hospital, la habitación a oscuras. Sigo las sombras de las cortinas y del olivo del jardín en la pared blanca hasta que pierden su significado. Las nubes de lluvia y nieve pasan rápido bajo el cielo. Cierro los ojos y escucho gaviotas a través de la rendija de la ventana, también el tráfico y las persianas al abrirse.
Observo una foto en blanco y negro, mi padre me sujeta del codo para que no me caiga en mis primeros pasos. Lleva traje, el pelo negro (las patillas también negras y grandes), el reloj gris que baila en mi muñeca cada vez que me lo pongo, el cuerpo delgado y fibroso. De niño me decía que pusiera mi mano en su brazo, entonces hacía fuerza, “sacaba bola” y yo le miraba sorprendido. O acercaba su mejilla sin afeitar a la mía para que notara cómo raspaba su barba. En esa foto de mi padre, agachado, mirándome entre preocupado y curioso, su mano en mi brazo, yo sonriente, a punto de echar a correr, está mi infancia.
Hay otra foto tomada unos segundos después, corro solo por la acera, me río, los brazos agitados, el gesto travieso, la mirada alta, al frente.
Amanece poco a poco, se abren claros entre las nubes, el viento mueve las ramas del olivo, cambia la luz, se hace más gris, las enfermeras hablan con voz baja y suave en el pasillo, el frío entra por la rendija de la ventana, me despeja. Mi padre duerme, yo miro fotos y escribo, la radio siempre de fondo
(23.01.2014)


*

(…) Hoy he leído alguno de tus poemas, porque en cada lectura nueva me habla un poema diferente. Y hoy ha sido Tras las palabras el que me ha detenido, por todas esas palabras de mi padre que busco en sus carteras, en el reverso de sus fotos de juventud —donde pequeñas cartas de amor—, en su cartilla naval, esa letra que se hizo temblorosa con el paso del tiempo, que ya no fue en los últimos años. Me quedan esos tres audios que grabé en agosto, unos días antes de su muerte, y que aún no me atrevo a escuchar —ayer, en cambio, vi las últimas fotos que hicimos de mi padre, aquella donde sonríe ante la mesa de navidad, o aquella en su banco en la calle, y descubrí que, si veo las fotos antiguas de mi padre me emociono, si las últimas me rompo. También descubrí un gesto repetido en esas fotos, mi padre sentado en un banco, el cuerpo hacia delante, los brazos apoyados en las piernas, la mirada alejada, en el suelo, y me pregunto de cuánto era consciente, de cuánto miedo y cansancio y soledad—.
Acabo de encender una vela en el santuario de mi padre. El crepitar de la cerilla sobre la cajetilla, antes de la llama, y la continuación de un diálogo entre su ausencia y mi búsqueda de un recuerdo olvidado o mi silencio lleno de él y de esto que siento, quiebra tristeza distancia fragilidad dolor. Es un ritual que necesito. Parar la rapidez del día a día que parece querer devorar cualquier emoción y sentir a mi padre y recordar el mundo anterior a éste.
Las palabras de mi padre podrían ser estas estanterías que me hizo, antes de los temblores, y que sujetan cada libro de mi biblioteca, o la cajita de madera donde E. guarda los poemas que le escribía en posits, o los ruxe ruxe que conservo, aquellos juguetes de su infancia que hacía con cáscaras de nueces, un cordel y un palo, o las herramientas de carpintero con nombres de antaño que me regaló y que hizo junto a su padre, herramientas que ya no pudo utilizar en los últimos años, herramientas que decorarán nuestra futura casa. Las palabras de mi padre están hechas de madera.
A veces busco en mis palabras sobre él en tantos correos de los últimos años. Y le encuentro, nos encuentro.
(07.11.2021)


Tras las palabras
No me resigno a darlas por perdidas;
tienen que estar ahí, en alguna parte.
Daré con ellas, con su paradero.

Las buscaré por aire, tierra y mar.

Empezaré afinando la pesquisa y formularé
la pregunta adecuada.
Si a las palabras se las lleva el viento,
al viento quién se lo lleva.
                                           Adónde va.
Anay Sala Suberviola (en Ý. Turno de réplica. Ediciones Torremozas)

jueves, 28 de enero de 2021

La ternera. Aurora Freijo Corbeira

temblor y penumbra) Termino de leer en la penumbra del atardecer —ahí fuera, la lluvia tenue y la niebla tenue del norte—, y escribo a lápiz la palabra temblor en la primera página de La ternera, una palabra —como las migas de pan en los cuentos infantiles— que me llevará de vuelta a este momento donde el libro en mis manos y el estremecimiento. Durante un par de horas, de manera pausada, mientras el paso de la luz a la primera oscuridad, las palabras helor   solitud   sacrificio   carne de primera vez, las palabras despiezada   rojo   golondrina corazón para describir los abusos a una menor y su soledad. De a poco, con la lentitud de quien se acerca a un abismo y siente su vértigo, me adentro en el dolor y la pérdida, en el silencio y la culpa de una niña de cinco años ante una violencia incomprensible. Tras la lectura, en esa penumbra que siento es el tono de La ternera por los claroscuros donde el horror en la puerta cerrada de un cuarto de baño en una casa vecina —carnicero y matadero y ternera y sacrificio— y la dulzura en los gestos de un padre al dormir a su hija y las metáforas y el corazón operado de una madre, en esa penumbra vislumbro una soledad última y absoluta y una quiebra.  

escritura y soledad) Pienso, con el libro cerrado en las manos, en cómo narrar una dura historia de abusos y soledad —repito esta palabra, soledad, esta cualidad de estar sin nadie, porque la niña, la ternera, ocupa un lugar donde no hay acompañamiento— y siento que con la fragmentación del texto, con el lirismo y el tono poético de la escritura de Aurora Freijo Corbeira se consigue decir más y con mayor profundidad que en una descripción excesiva, larga y académica de esa soledad y aislamiento de una niña de cinco años —no hay una presentación, nudo, desenlace al uso, La Ternera me recuerda la sensación de aterrizar en la vida de un personaje, sin preámbulos ni finales, que tengo con algunas obras de Kawabata, testigo sólo de un momento en el tiempo, o aquello que decía Chéjov, sin trama ni final—. Los capítulos cortos, como fotogramas o estampas, las frases igual de cortas o el lenguaje desnudo donde se elimina lo superfluo me acercan a un vacío. Por momentos, en la lectura, pensaba en el destierro y en el silencio de esta niña que le hace estar fuera de —incluso en el patio de colegio, donde hay bando a elegir—, en el muro invisible que la separa del mundo, en la cruda precocidad de la carne, en sentirse a la intemperie. Se hace dura, su lectura. 

algunos fragmentos subrayados a lápiz) Prefiere no ser distinta, o al menos no parecerlo, que nadie vea el sacrificio de carne que a veces es su cuerpo. / Despiezada, como pasada por el matadero, sus partes ya no serán el mismo todo que eran. / Un hilo enlaza el corazón a su lengua. Ahora se ha hecho anzuelo y tira de esa lengua como de un pescado.

coda) Aurora Freijo Corbeira me coloca en el umbral de un abismo. 







Ahora ya, desde que existe el baño, un círculo invisible la rodea. Está sola. Nada de antes puede llegarle del mismo modo y nada puede acercarse suficientemente a ella. Ni los juegos, ni los cuidados, ni los brazos de árbol de su padre ni la voz buceadora de su madre. Un silencio de agua la persigue. Ningún movimiento podría esquivarlo. Por mucho que corre no puede dejarlo atrás. No consigue sacarle ventaja. Ella, que era tan ligera, casi no logra moverse, no puede engañar a ese silencio pegajoso.
Ya no es como las demás. El abrazo cálido de la normalidad se ha retirado. Cuando el baño pequeño y aseado hasta el crepúsculo se hizo parte de algunas tardes, delicadamente, casi imperceptiblemente, la gentileza de la norma se replegó. Nadie se dio cuenta, pero el lavabo, el espejo y el váter la empujaron, al acogerla, fuera del mundo. La mano inexperta y desajustada de él, al tomarla, la malogró.
Hace lo que se debe hacer con esos pocos años: come, va al colegio, juega, duerme, solo que ahora una campana de cristal la distancia de la vida que era suya. Nadie puede tocarla ya, salvo él, que rompe, cuando toma su mano para llevarla, ese círculo paralítico. 
Él es dueño de su soledad.
Aurora Freijo Corbeira. La ternera. Anagrama.

domingo, 10 de enero de 2021

Gilead. Marilynne Robinson

En los primeros días de noviembre, cuando el viento sur apaciguaba las tardes y hacía caer las hojas secas de los árboles como sirimiri y los parques infantiles aún no estaban cerrados, en esa algarabía de juegos infantiles y luz cambiante y el vuelo negro de cormoranes y mirlos entre las hojas hacia el cielo, leí Gilead sentado en un banco de piedra, cerca del río —siempre el mismo banco de piedra, como un sortilegio—. Había una comunión, eso sentía, entre aquello que me rodeaba y la escritura reflexiva e intimista de Marilynne Robinson, algo indecible que unía los gritos de los niños y el lento extinguir de la tarde con las páginas donde luz misterio vida yo   donde gracia temor soledad. Esperaba ese momento de salir a leer, ahí fuera, como una tregua de este tiempo confuso, el encuentro con una realidad, la visión de un viejo reverendo, que me era ajena —ese encuentro con el otro que propicia la literatura—. 

Leía esa larga carta que el reverendo John Ames escribe a su hijo de siete años y pensaba en la necesidad de introspección, serenidad y ecuanimidad para enjuiciar la propia vida. Es una carta de un enfermo en el proceso de morir para que la lea su hijo al alcanzar la mayoría de edad, es una letanía y un susurro y una confesión como las que tuvo que escuchar Ames en su estudio, es la memoria desordenada en recuerdos que aparecen de manera convulsa, es serenidad y tristeza y culpa y dicha y miedo y soledad. En su carta, Ames, mientras describe el presente, los juegos de su hijo, la belleza secreta de su mujer, sus relaciones con los vecinos, desenreda el pasado para su hijo, y lo hace con una voz pausada, lenta, afectuosa, alguien que se despide de una vida y lo hace sin ira y sin buscar un ajuste de cuentas y, menos aún, sin maquillar los claroscuros de su alma.

Hace años, en un funeral, el oficiante reflexionó sobre la palabra recordar: primero nos explicó su significado, volver a pasar por el corazón, luego, en ese volver a pasar, el dolor y la felicidad, la luz y las sombras y los viejos gestos y olores ante nosotros. Ames recuerda para su hijo en una vejez donde le falla, precisamente, el corazón. Cada recuerdo, cada vuelta al pasado, es ahondar en una surco en su corazón,  hasta casi extenuarlo. Pero hay una necesidad vital en sus palabras, es relatarse para mostrarse ante sí y ante su hijo quién era y qué raíces, qué actos, por pequeños que fueran, le llevaron hasta su presente donde padre septuagenario, cómo es su creencia y su amor hacia Dios, qué significa una vida de estudio y soledad. Y tal vez sea el verbo significar, hacer señales/marcas, el que describa estas memorias, este testamento de Ames hacia su hijo. Porque Ames, como en los cuentos infantiles, deja un rastro de migas que llevará a su hijo no sólo a la vejez de la que él es testigo en su infancia, también podrá desandar la vida de un hombre en sus recuerdos y pasiones y pesares, acercarse al secreto que es un padre y a los espacios en blanco que deja. Ames recuerda —vuelve a pasar por el corazón— su historia y se adentra en tiempos anteriores, en los de su padre y abuelo, en la llegada de la familia a la región de Iowa —que Ames no abandonará, anclado como árbol en tierra—, en la figura mítica del abuelo, cuya tumba buscará con su padre en unas escenas que llevan a la imaginería del western: un abuelo seguidor de los abolicionistas John Brown y Jim Line, un predicador de revolver y biblia en mano, como en La ira de Dios, los recuerdos dedicados al abuelo los únicos momentos donde acción y aventura. Deja señales, Ames, en este relatarse donde es confesante y no confesor y habla del dolor por la pérdida de su primera familia, los años de soledad, resentimiento y pobreza, el miedo ante una nueva familia en su vejez; desnuda sus preocupaciones presentes, la pronta muerte con una esposa y un hijo jóvenes, la pregunta de qué se ha hecho con la propia vida, el regreso de un viejo vecino, hijo de un amigo predicador, un hombre de pasado cruel y amoral, que desequilibra la aparente armonía y sencillez de los días del reverendo —y cómo tratar a este hombre con tantas caras ocultas, cómo imponer el no juzgues bíblico sobre el miedo, la sospecha y la rabia en el corazón, una prueba en los últimos días para un hombre que sólo esperaba dejar testimonio de una vida en una carta y se encuentra con la lucha entre el agotamiento, la desconfianza y los principios que han regido su vida—. 

Gilead se sustenta en una escritura introspectiva y sosegada para mostrar las luces y las sombras en la vida de un hombre religioso. Ames guarda en un baúl todos sus sermones, que equivaldrían a docenas de tomos si se reuniesen en libros. En todos ellos, el estudio atento de la Biblia, el significado de los sacramentos o las palabras de los profetas, la huella de un Dios en el destino de cada ser humano, desmenuzar un libro para estudiar sus partes y sentir que sólo puede asomarse a una verdad en todo ello. Una vida donde la palabra de Dios, donde gracia revelación mandamientos naturaleza albedrío designio, un estudio inconcluso. Muestra su idea de Dios y la vida, Ames, y lo hace con la voz queda de alguien que eligió soledad y no moverse de su tierra, párrafos que son sermones abreviados entre sus confesiones.

Un recuerdo propio. Encontré, hace años, en una pequeña librería donde estanterías hasta el techo y un pasillo angosto entre sus dos piezas, Gilead. Leí párrafos al azar, la nota de los traductores donde nos dan una pista sobre el significado de ese Gilead que aparece en tantas novelas, una tradición ancestral y un lugar donde se encuentra bálsamo en el que consuelo salvación esperanza. Intenté leer la novela de Robinson tres o cuatro veces en estos años. A las pocas páginas cerraba el libro, cansado ante una religiosidad que rechazaba y una voz que sentía empalagosa. Este noviembre de viento sur, sin lluvia, le di otra oportunidad. Y algo cambió. Había una escritura lenta en la que cabía todo, el cambio de las estaciones y de luz, la disertación sobre una frase en el Génesis, los miedos de un hombre ante la vejez y ante sus sentimientos, había una religiosidad que me era ajena, pero que me hacía pensar en todas aquellos creyentes que ven un designio casi matemático a la vida, cómo sería vivir con tal grado de fe y certidumbre. Ha sido una buena lectura, Gilead






Te hablaba de visiones. Recuerdo que una vez, cuando era pequeño, mi padre ayudó a demoler una iglesia que había ardido. Un rayo había alcanzado el campanario y éste había caído sobre el edificio. El día que fuimos a demolerla, llovía. El púlpito quedó intacto, plantado bajo la lluvia, pero los bancos estaban hechos astillas. Todos agradecían a Dios que aquello hubiera sucedido en martes y a medianoche. Era un día cálido, caía una lluvia cálida y no había dónde cobijarse, por lo que nadie hizo mucho caso del agua. Acudió a echar una mano gente de diversa procedencia. Desengancharon los caballos y a los niños más pequeños nos sentaron en una vieja colcha debajo de un carromato aparcado en la cuneta, y allí charlamos y jugamos a las canicas y vimos a los chicos mayores y a los hombres escalar las ruinas en busca de Biblias e himnarios mientras cantaban, todos cantábamos, Bendito Jesús y La vieja Cruz nudosa, y el viento impulsaba la lluvia a rachas y las gotas nos alcanzaban donde estábamos. El viento era más fresco que la lluvia, cuyas gotas, al caer en la caja del carromato, producían el mismo sonido que cuando repiquetean en el alero de un desván. No llueve nunca, pero recuerdo ese día. Y cuando hubieron reunido todos los libros que habían quedado inservibles, prepararon dos tumbas y pusieron las Biblias en una y los himnarios en la otra y, a continuación, el ministro que oficiaba en aquella iglesia —baptista, creo recordar— rezó una oración. Siempre me maravillaba, cuando observaba a los adultos, cómo parecían saber sin asomo de duda lo que había que hacer en cada situación, lo que era decoroso.
Las mujeres pusieron en nuestro carromato los pasteles y tortas que habían traído y los libros que aún se podían utilizar y luego cubrieron la caja del carro con planchas de madera, lonas y mantas de viaje. Toda la comida quedó bastante húmeda. Al parecer, nadie había previsto que pudiera llover. Y como se acercaba el tiempo de cosecha, estarían demasiado atareados para volver en una buena temporada. Colocaron el púlpito bajo un árbol y lo cubrieron con una manta de montar, rescataron cuanto pudieron, que se redujo principalmente a ripias y clavos, y luego demolieron lo que aún quedaba en pie, para hacer una hoguera cuando todo se hubiera secado. Las cenizas se volvieron líquidas con la lluvia y los hombres que trabajaban en las ruinas quedaron tiznados y enfangados de pies a cabeza, hasta tal punto que costaba reconocerlos. Mi padre me trajo unas galletas manchadas de hollín de sus manos. «No importa, no hay nada más limpio que las cenizas», me dijo. Sin embargo, éstas afectaban al sabor de la galleta, que debía de parecerse, pensé, al del pan de la aflicción, que por entonces era mencionado con frecuencia aunque hoy día está bastante olvidado.
«Extraño es el fruto de la adversidad». Desde luego que sí. Cuando estoy aquí arriba, en mi estudio, con la radio puesta y algún viejo libro en las manos y es de noche y el viento sopla y la casa cruje, olvido dónde estoy y es como si durante un par de minutos volviera a encontrarme en tiempos de penalidades, y la experiencia destila una dulzura que no comprendo. Sin embargo, esto no hace sino realzar su valor. Lo que planteo es que nunca llegas a conocer la verdadera naturaleza de nada, ni siquiera de tu propia experiencia. O tal vez ésta no tiene una naturaleza fija y cierta. Recuerdo a mi padre agachado bajo la lluvia, con el agua goteándole del sombrero y dándome de comer la galleta con su mano tiznada, con las ruinas ennegrecidas de la iglesia al fondo y el humo alzándose donde la lluvia caía sobre las brasas. Recuerdo el aguacero y a las mujeres entonando La vieja Cruz nudosa mientras se ocupaban de todo con delicados movimientos, casi como si bailaran al son del himno. En aquella época, ninguna mujer adulta permitía nunca que la vieran con los cabellos sin recoger, pero aquel día incluso las venerables ancianas llevaban la melena suelta a la espalda, como si fuesen colegialas. Resultaba muy gozoso y triste. Vuelvo a mencionarlo porque se me antoja que buena parte de mi vida quedó comprendida en este momento. La aflicción me ha devuelto más de una vez a esa mañana, en la que tomé la comunión de manos de mi padre. Sí, recuerdo aquello como una comunión y creo que eso fue, exactamente.
Marilynne Robinson. Gilead. Traducción Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté. Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores.

viernes, 1 de enero de 2021

2020 en lecturas

Hace el número cincuenta y ocho, Loxandra. La suma de los primeros siete números primos, el número atómico del cerio, una galaxia de la constelación de Virgo, según internet. Una última lectura donde júbilo y despedidas, donde duelo y amor, donde abrazos homéricos y guerra. En Loxandra están la unión de Oriente y Occidente en las calles de Constantinopla y la mirada de Grecia ampliada en la convivencia, a trompicones, con turcos, armenios, montenegrinos, franceses; está la figura mítica de una mujer habladora, vital y enérgica que encuentra la felicidad en sus conversaciones con la virgen de Baluklí, en el aroma del Mármara, en las reuniones donde comida exuberantes, confesiones y pequeños ritos, está estrellar una granada contra el suelo en la mañana de año nuevo para convocar la abundancia en el hogar. Cierro el libro, y ahí fuera, los arces invernales, el cielo bajo y gris, el ruido metálico de la lluvia, el vuelo negro de los cormoranes. En estos últimos días del año he buscado en sus páginas su luminosidad y simpatía —que no rechaza sombra o muerte— como descanso.

***

Un leve rastro de nieve cubre las cumbres cercanas. Hace frío y viento, ahí fuera, y el río, crecido, tapa los troncos de los árboles en la ribera. Doy un pequeño paseo bajo unas nubes gruesas que atenúan la luz de la mañana. Un día apagado, diría mi madre. Y yo asentiría, sin decirle que percibo una belleza insólita en estos días grises de inverno, donde el cielo bajo, el crujido de mástil en el viento entre los árboles, la desnudez misma de los árboles que permite ver nidos y gorriones, la lentitud del amanecer. Recuerdo, mientras cruzo el puente de madera sobre un río sombrío y rápido, aquellas noches de insomnio, durante el confinamiento, en las que leía Submundo o El enamorado de la Osa Mayor y por un instante otros mundos ante mí, no mejores o tolerables o leves como esa nieve sobre los sombres, sólo mundos que interseccionaban el mío con incontables incertidumbres y alguna certeza. Aquellas noches —cuando trabajaba noches alternas en el pabellón y no cogía ritmo de sueño, dejaba el calor de e. a mi lado, me tomaba un primer café mientras observaba otras ventanas iluminadas en la madrugada, con sus miedos y perplejidades, y leía hasta la salida del sol a DeLillo, McCullers o Walser—, aquellas horas junto a una ventana que pasaba de la oscuridad a la penumbra y finalmente a la primera luz, ocupan el primer puesto en mi lista de las mejores lecturas de este año desmedido. La vulnerabilidad, el asombro y el cansancio quedaron relegados a un segundo plano. Tres o cuatro horas ante un libro, en el silencio extraño de la madrugada.

***

Repaso la lista de las cincuenta y ocho lecturas y siento que ha sido un buen año lector. Ahí, las dos últimas partes de la trilogía de Los sonámbulos de Broch, los relatos de Askildsen y Kristof y Chiang, la locura buena de Vonnegut y Jim Dodge y la locura triste de Dick; ahí, los poemas de Szymborska, Glück o Knight donde un verso puede contener una vida entera; ahí, la destreza en la escritura de Coetzee, Hermans y McCullers; ahí, en fin, cientos de páginas dobladas en una esquina y frases subrayadas y anotaciones a lápiz y nuevas preguntas y viejos mundos, un camino fronterizo donde realidad e invención, donde quimera y verdad, donde sueño y desgarro.

Hay dos libros que me apabullaron de entre esos cincuenta y ocho: El hombre invisible, de Ellison, por su inteligencia, agudeza y claridad en una novela política y social que despliega una rabia, una tristeza y una violencia soterrada y cruda y cuyos ecos son válidos para nuestro presente; y El ángel que nos mira, de Wolfe, un torrente desbocado, un escritor que pasa de lo íntimo a lo grandilocuente, de lo espiritual a lo terrenal y crea una obra desmedida exaltada titánica, un hombre que derriba diques y nos arrastra con su escritura impetuosa.

En esas horas insomnes del confinamiento, la aventura legendaria, los cielos nocturnos y las tierras abiertas de El enamorado de la Osa Mayor; Submundo o el miedo, el movimiento de las multitudes, la tecnología y los sueños derrocados; la ternura y la brutalidad y el destierro de los personajes de El cazador es un cazador solitario. Tres lecturas memorables en las madrugadas de ventanas iluminadas y un silencio extraño —o una respiración contenida.

Los descubrimientos de este año: los relatos crudos y sobrios de Medallones donde Zofia Nałkowska, entre la ficción y el reportaje, habla sobre la recién terminada segunda guerra mundial y los estragos producidos en su tierra polaca, relatos que hablan de visitas a las fábricas de jabones en los campos de exterminio, del sonido de la  muerte y el continuar de la vida en uno y otro lado de un muro, de quienes no lograron escapar o sobrevivir. La realidad es soportable porque no la experimentamos en su totalidad, dice Nałkowska. En el mismo sentido, la experiencia del campo de exterminio, pero con un lenguaje inesperadamente poético, en Ninguna de nosotros volverá, de Charlotte Delbo, la voz de una mujer en el horror. Inoué y La escopeta de caza, o tres cartas de tres mujeres que convierten a un hombre en un ser solitario y derruido. En su libro Hija de sangre y otros relatos, Octavia Butler pone del revés los cimientos de la ciencia ficción norteamericana con sus historias sobre el encuentro con el otro, el lenguaje, la sexualidad, el silencio, los ritos y las religiones y las sociedades conquistadas. Su escritura, honda y precisa, abre interrogaciones sobre quiénes somos. Ted Chiang, con un puñado de relatos estimables, se empequeñeció ante la voz de Octavia Butler.

La relectura de 2020 es para la inefable Desayuno de campeones, de Vonnegut, y Jim Dodge el autor reencontrado gracias a su lisérgico y anfetamínico viaje a ritmo de rock and roll en El cadillac de Big Bopper. Dos escritores que te hacen mejor lector y te arrebatan con su locura buena.

Y las decepciones: No dar de comer al oso de Elliot, Bueyes y rosas dormían, una novela que empieza de manera magistral pero que se me desinfló a lo largo de sus páginas, Los pájaros de Vehorvina, no por ser una mala novela, sino por sentir que me perdía algo.

Hilar la crudeza y crueldad en los relatos de No importa de Kristof con el intimismo y religiosidad de Gilead fue uno de los experimentos de este año, dos autoras y dos estilos que están uno en las antípodas del otro y que, tal vez por eso, disfruté durante unos días de noviembre, los últimos libros que pude leer en un banco, al aire libre.

Soñé en yidis una noche de duermevela, con treinta y ocho de fiebre y donde calor o escalofríos culpa del coronavirus y de la búsqueda de la identidad y los paisajes bíblicos de En una selva oscura de Krauss, un libro cuyas primeras páginas no me dijeron nada pero en el que insistí y encontré una buena lectura. En esos días aislado, sólo pude leer a  Halfon. La desidia, la preocupación, el agotamiento físico y mental tras dar positivo no me dejaron entrar en otras palabras y en otros mundos que no fueran los del autor guatelmalteco. Halfon tiene algo atractivo en su escritura, una cadencia y un cruce de episodios entre libros que te hacen sentir que estás leyendo partes de un libro infinito. Tras el alta por covid, con un dolor de cabeza constante y una fatiga ante el menor gesto, terminé el año entre Grecia y Turquía con Kalifatides y Iordanidu, o la luz de aquellas tierras para alumbrar esos días de cielos bajos y grises y cumbres nevadas.

Y la escritura directa y desmañada de Baroja en su Shanti Andia, y las voces de soldados rusos y sus madres y esposas recopiladas por Alexiévich en Los muchachos de zinc, donde muerte ataúdes y estrés postraumático, donde silencio culpa e incomprensión, y esos límites de un imperio anónimo y violento en Esperando a los bárbaros, de Coetzee, y la suave tristeza y la infancia de La feria de las tinieblas de Bradbury, y esa pequeña maravilla que es August de Christa Wolf, tiempos que se entrelazan y la memoria como embarcadero, a pesar de la congoja. Y Esch o la anarquía, y…

La tarde del treinta y uno de diciembre empecé Seguir viviendo, de Ruth Klüge.

Sé que este repaso sólo es interesante para quien lo hace y no tanto para quien lo lee. Pero, durante un par de días, antes de la rapidez de la Nochevieja, he sacado de la estantería y revisitado las lecturas de un año, he desordenado esta casa con libros en columnas sobre las mesas o el suelo, he sonreído ante el reencuentro de un párrafo subrayado, he unido un libro con la librería donde lo compré o una persona o un recuerdo. No sólo son cincuenta y ocho lecturas, también cincuenta y ocho fotografías y cincuenta y ocho recuerdos. 

***

(coda) Unos versos de Amalia Bautista para este 2021. Buen año, buen camino y buenas lecturas a todos.


 

 




 


(30.12.20/01.01.21)



Un asesino blanco como la nieve - Christian Bobin. Trad. Victoria Gómez Casado. la cama sol ediciones 
La casa intacta - Willem Frederik Hermans. Trad. Catalina Ginard Féron. Gatopardo ediciones
Esch o la anarquía - Hermann Broch. Trad. María Ángeles Grau. Debolsillo
Esperando a los bárbaros - J.M. Coetzee. Trad. Concha Manella y Luis Martínez Victorio. Debolsillo 
Medallones - Zofia Nałkowska. Trad. Bozena Zaboklicka y Francesc Miravitlles. Minúscula 
No dar de comer al oso - Rachel Elliot. Trad. Santiago Tena. Alba editorial
Después - Isabel Bono. Huerga y Fierro editores 
Huguenau o el realismo - Hermann Broch. Trad. María Ángeles Grau. Debolsillo
Poemas esenciales - Etheridge Knight. Trad. Juan José Vélez Otero. Valparaíso ediciones 
El precio de la amistad - Kjell Askildsen. Trad. Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Nórdica libros 
Ninguno de nosotros volverá - Charlotte Delbo. Trad. Regina López Muñoz. Libros del Asteroide 
La escopeta de caza - Yasushi Inoué. Trad. Javier Albiñana con la colaboración de Yuna Alier. Anagrama 
Poesía no completa - Wislawa Szymborska. Trad. Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia. Fondo de cultura económica 
Mi madre - Yasushi Inoué. Trad. Marina Bornas. Sexto piso 
Diario del asco - Isabel Bono. Tusquets editores 
El enamorado de la Osa Mayor - Sergiusz Piasecki. Trad. Jerzy Slawomirski y Anna Rubió. Acantilado
El corazón es un cazador solitario - Carson McCullers. Trad. Rosa María Bassols. Seix Barral
Submundo - Don DeLillo. Trad. Gian Castelli. Austral
Jakob von Gunten - Robert Walser. Trad. Juan José del Solar. Debolsillo
Cómo ser perfecto - Ron Padgett. Trad. Patricio Grinberg y Aníbal Cristobo. Kriller71 ediciones
Tres senderos hacia el lago - Ingeborg Bachmann. Trad. Isabel García Adánez. Siruela 
Trilogía Regeneración I. Regeneración - Pat Barker. Trad. Carlos Milla e Isabel Ferrer. Galaxia Gutenberg 
Nuestras vidas - Marie-Hèléne Lafon. Trad. Lluís Maria Todó. Minúscula 
El ángel que nos mira - Thomas Wolfe. Trad. José Ferrer Aleu. Valdemar 
La guerra de las salamandras - Karel Capek. Trad. Anna Falbrová. Gigames 
El hombre invisible - Ralph Ellison. Trad.Andrés Bosch. Debolsillo 
Paradero desconocido - Kressmann Taylor. Trad. Carmen Aguilar. RBA editores
La penúltima verdad - Philip K. Dick. Trad. Antonio Ribera. Minotauro 
Trilogía Regeneración II. El ojo en la puerta - Pat Barker. Trad. Carlos Milla e Isabel Ferrer. Galaxia Gutenberg 
Trilogía Regeneración III. El camino fantasma - Pat Barker. Trad. Carlos Milla e Isabel Ferrer. Galaxia Gutenberg 
Una vida de pueblo - Louise Glück. Trad. Adalber Salas Hernández. Editorial Pre-Textos
El Cadillac de Big Bopper - Jim Dodge. Trad. Ana Herrera. El Aleph Editores
Bueyes y rosas dormían - Cristina Sánchez-Andrade. Siruela 
Mi oído en su corazón - Hanif Kureishi. Trad. Fernando González Corugedo. Anagrama
La feria de las tinieblas - Ray Bradbury. Trad. Joaquín Valdivieso. Minotauro 
Los pájaros de Verhovina. Variaciones para los últimos días - Adám Bodor. Trad. Adan Kovacsics. Acantilado 
El francotirador - Kurt Vonnegut. Trad. Ana María de la Fuente. Plaza & Janés
August - Christa Wolf. Trad. Marcos Román Prieto. Las migas también son pan editorial 
Alguien habló de nosotros - Irene Vallejo. Contraseña editorial
Exhalación - Ted Chiang. Trad. Rubén Martín Giráldez. Sexto piso
La historia de tu vida - Ted Chiang. Trad. Luis G. Prado. Alamut 
Las inquietudes de Shanti Andia - Pío Baroja. Alianza editorial 
La vida a plazos de Jacobo Lerner - Isaac Goldemberg. Editorial las afueras 
Desayunos de campeones - Kurt Vonnegut. Trad. Carlos Gardini. La bestia equilátera (Relectura)
Camino de Los Angeles - John Fante. Trad. Antonio-Prometeo Moya. Anagrama
No importa - Agota Kristof. Tras. Julieta Carmona Lombardo. El Aleph Editores 
Gilead - Marilynne Robinson. Trad. Montserrat Gurguí y Hernan Sabaté. Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores 
Hojas secas mojadas - Isabel Bono. La isla de Siltolá (Relectura)
Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán - Svetlana Alexiévich. Trad. Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González. Debolsillo
Hija de sangre y otros relatos - Octavia E. Butler. Trad. Arrate Hidalgo. Editorial consonni 
En una selva oscura - Nicole Krauss. Trad. Rita da Costa. Salamandra 
El boxeador polaco - Eduardo Halfon. Libros del Asteroide 
Duelo - Eduardo Halfon. Libros del Asteroide 
Biblioteca bizarra - Eduardo Halfon.Jekyl & Jill 
Cuentos escogidos - Shirley Jackson. Trad. Paula Kuffer. Minúscula 
Todo fluye - Vasili Grossman. Trad. Marta Rebón. Debolsillo 
Madres e hijos - Theodor Kallifatides. Trad. Selma Ancira. Galaxia Gutenberg
Loxandra - María Iordanidu. Trad. Selma Ancira. Acantilado

lunes, 16 de noviembre de 2020

dieciséis de noviembre

Enciendo una vela, antes del amanecer. Hay niebla, ahí fuera, y el viento eleva las hojas secas de los arces hacia el cielo gris —parecen una bandada de golondrinas, las hojas—. La luz ilumina su retrato en esta oscuridad final de la noche. Observo su expresión rígida y taciturna, los ojos claros, la boca, levemente entreabierta, una línea recta, el pelo corto. La llama tiembla con mi respiración. Y mi respiración sombrea su rostro. Voy de la luz a su cara y vuelvo a la luz. Y en ese tránsito, el recuerdo de un gesto suyo, único: su mano izquierda sobre la comisura de la boca —su forma de no responder a una impertinencia—. 

Hay partes en la llama que dejan ver a través de ella, la base transparente, el aura de la cumbre. Hay partes en su rostro que permanecen oscuras. Vivía en una casa pequeña y sencilla, de paredes blancas y una ventana a un patio interior donde el cielo ausente. Apenas estaba decorada con las fotos en blanco y negro de sus hermanos, de su madre. No parecía un hogar —tampoco aquella casa de piedra donde nació y creció ella, y mi madre, entre sombras y orfandad, y que una vez atravesé corriendo de niño por miedo a la negrura de su vacío y abandono. De aquella primera casa en una aldea a la última en la ciudad. De la soledad primera, cuando bebé de barriga hinchada en el regazo de su madre, a la soledad última—. Se levantaba de madrugada y cosía antes del trabajo. O veía un programa sobre crímenes sin resolver. Tenía unos pocos libros, algún disco de zarzuela y ópera, películas en vhs y cassettes con ensayos de mi hermana. Una casa austera, humilde, como imagino ahora su vida mientras estudio su cara y reconozco mis facciones en ella. 

Soplo sobre la llama, y la llama baila y hace que su cara se mueva. De niño, era la risa estridente y los juegos de cartas y las historias familiares donde ahogados éxodos ruadas a medianoche. De adulto, era la pregunta sobre la amargura de los últimos años y su soledad. De niño, las tardes en los pastos, los pies en el riachuelo, las manzanas verdes, su miedo a las tormentas de relámpagos —cuando se iba la luz y encendíamos media docena de velas en la cocina y ella escondía la cara entre los brazos, bajo el crucifijo de madera, y le oía murmurar un rezo—. Busco sus viejas fotografías en mi teléfono. La veo joven, más joven de lo que yo soy hoy, acompañada de amigas, intentando conducir un tractor, apoyada en el hombro de su padre. Sonríe en alguna de esas fotos, y en otras hace burla a la cámara. Comprimo años de su vida en apenas un par de minutos y descubro algo inefable en su expresión —un camino fronterizo—. Contengo la respiración sobre la vela y la quietud de nuevo en su cara. Todo lo que no sé cabe en mi mirada sobre su rostro. 

La vela se consume poco a poco, la llama una pequeña hoguera en la que un dios crearía un universo. Le digo que la quiero y que la extraño. Algo que nunca le dije en vida. 

Se hace de día.

miércoles, 1 de julio de 2020

+35. Vonnegut

Está detrás de mí, la galerna. Antes de salir hacia el trabajo, con la luna blanca y apagada entre las nubes eléctricas en el cielo de la tarde, escucho el timbre de una bicicleta, un sonido perdido años atrás y que ahora recupero gracias a los niños ahí fuera con sus mochilas de plástico llenas de juguetes y sus gritos de ayyyelviento mientras se ponen de cara a él para formar extrañas figuras geométricas con su cuerpo. Debería ser un momento de inspiración, esta escena, que me descubra algo que ha estado oculto e invisible hasta este instante, pero no. Sólo el sencillo sonido de un timbrazo, en la tarde, bajo una luna aún sin brillo y el viento alborotando alrededor, niños y árboles, ramas y melenas moviéndose a un mismo ritmo.

Es con ese espíritu que respondo la nueva pregunta de nuestra amiga escritora. Ya no es aquella de qué echamos de menos, sino ¿algún cambio significativo/que creas que pueda perdurar? Respondo: Apenas  nada. No he tenido epifanías, sólo constataciones de aquello que me gusta y que no: me gusta el silencio y la lectura, mirar por una ventana o sentarme en un banco a ver los cambios en la luz sobre los árboles y los edificios y el horizonte, coger un tren hasta un faro, cerca del muelle, y escuchar el crujir del viento en los mástiles de los barcos, me gusta pisar monte y caminos de tierra, no me gustan las multitudes ni los ruidos.

Me cruzo con las parejas de paseantes, camino al trabajo. Aparecemos y desaparecemos de la calle a oleadas, primero los mayores de catorce años, luego los de setenta dejan paso a los niños para acabar, de nuevo, con los adultos. La simetría de una desescalada asimétrica hacia una nueva normalidad. Las rachas de viento nos hacen parecer niños en sus juegos, inclinados para poder avanzar o con los brazos abiertos para emular superhéroes de ciudad. Hace dos años que repito este camino al trabajo, en soledad, salvo los caracoles en las noches de lluvia, y es ahora, en estos primeros días del fin del confinamiento, cuando me cruzo con paseantes, corredores y ciclistas que dan vueltas por el polígono y que desvían mi atención de las ventanas iluminadas y la silueta en penumbra de la ciudad de las últimas semanas. Un pequeño cambio. Hay una luz naranja y violenta sobre los edificios, nubes blancas y grises y púrpuras en el cielo, la luz de luciérnaga de las primeras estrellas antes de la noche. Y el viento, constante, feroz —escribo feroz y siento que le otorgo al viento una cualidad animal, unas fauces, una intención, cuando el viento sólo pasa como viento.

                                           —estos días nos han repetido que estábamos ante un momento único en la historia. Pienso en aquellos que he vivido y que mi sobrino conocerá por los libros o nuestros recuerdos inexactos, la nube tóxica de Chernóbil sobre Europa, el colapso mudo de las torres gemelas, los eclipses tras los negativos fotográficos, el paso del cometa Halley, un golpe de estado fallido, la guerra en los Balcanes, el atentado de Atocha, el cambio de siglo y milenio y el regreso de viejas profecías sobre el fin de mundo, todo aquello que olvido, Ruanda, las sondas espaciales, Mandela fuera de la cárcel. Si pudiera ir más atrás, si consiguiera alcanzar otros tiempos bíblicos, sé que vería patrones y secuencias, pero qué significados daría a todo ello, qué sentido a este confinamiento más que vivimos entre aleteos de mariposas, que nos movemos casi a ciegas, bordeando lo esencial, que todo cambia y sigue igual al mismo tiempo, como decía Lampedusa. Sentimos que nunca antes, que todo se produce por primera vez, el pasado un relato difuso. Nunca antes hasta que yo —entonces, la duda, de nuevo, sobre si aquello que veo es una proyección de mi mente

Dejamos de aplaudir pasados un par de minutos de las ocho de la tarde. El aplauso empezó en las ventanas, lento y templado. Desde la calle llegó una respuesta de quienes habían iniciado su paseo y sus carreras. Me quedo en la ventana, a la espera de una tormenta que no termina de estallar, distingo las primeras conversaciones de mis vecinos al salir de casa, las parejas de las manos y los amigos distanciados un par de metros, cada uno en un borde de la acera. Salen poco a poco y se mueven como en aquellas películas antiguas de ladrones de cuerpos e invasores marcianos. Hay algo mecánico y antinatural en sus primeros pasos, en su mirada hacia las ventanas y el cielo eléctrico y el vuelo de las golondrinas, recién llegadas. Apenas había gente, antes de, a estas horas de un lunes, los que volvían de trabajo, los corredores de última hora, algún grupo de adolescentes que buscaba la intimidad de la escalera cerrada junto a nuestra ventana, no este desorden de siluetas en las aceras y abajo, en la carretera, no este espacio vacío entre parejas, visible y corpóreo, no este separarse de la estela de los otros, no tanta gente, ahí fuera, en un tiempo anclado a las ocho y siete minutos.

                                           se habla de un nuevo gráfico, en las tertulias políticas. Primero, las diferentes curvas del virus, nuevos contagiados, número de muertos, pacientes dados de alta. Luego, el porcentaje  de destrucción de empleo, de ertes y nuevos parados y la bajada en el pib. El pico de las curvas la cumbre de una montaña o una sima a ninguna parte. Hay una cuarta parte de muertos que semanas atrás, pero no una cuarta parte de dolor. Cada día es vivir un atentado de Atocha, pienso. Los enfermos mueren, en el hospital, en las residencias, en casa, solos, los familiares no pueden despedirse ni iniciar el luto, se encuentran, imagino, ante una gran cuenca vacía, el estupor y la falta de palabras y recuerdos primeros. No estamos en guerra, creo, como nos dicen en su lenguaje bélico políticos y periodistas, ahí están los agujeros de bala en el puente de Novi Sad, el árbol en la ventana de un edificio bombardeado de Belgrado, ahí están la masa de refugiados y el estruendo de las explosiones tan diferente a este nuestro silencio inicial que dio paso al trino de los pájaros y las campanas de la iglesia y los aplausos de las ocho de la tarde, ahí están la oscuridad y la incomunicación y el hambre y la sed y el resplandor cegador de los fuegos, el silbido de las bombas sobre los mercados al aire libre, las violaciones en masa, los alambradas electrificadas de los campos de concentración, las coordenadas de nuestras guerras. No somos soldados —unas palabras dentro de un relato dentro de una realidad. No la palabra—. Sí somos aturdimiento y confusión e incertidumbre y miedo. Echo en falta detenernos por un instante y pensar en aquello por lo que hemos pasado, por lo que estamos pasando, la enfermedad, la soledad, el desgarro en quienes reciben por teléfono la muerte de un ser querido, si nos ha cambiado en algo, personal y colectivamente, estas semanas donde quietud y vulnerabilidad, qué marcas nos ha dejado en nuestro cuerpo, en nuestro pecho. Echo en falta un instante donde recordar que es volver a pasar por el corazón al otro


Llueve una lluvia seca de polvo y tierra unos metros antes del pabellón. Me giro y veo la cortina oscura y sucia sobre los montes tras de mí, acercándose, rápida. Cuando salga del trabajo, en la oscuridad de la madrugada, veré ramas caídas y contenedores volcados y papeles entre las calles del polígono. El ruido, ahí fuera, aquí dentro.


***

Termino con Vonnegut la rutina que inicié a mediados de marzo de buscar entre mis libros, hacer una foto y compartirla con un pequeño mensaje entre mis amigos. Un gesto sencillo que ocupaba una pequeña parte de mi tiempo y que me traía de vuelta lecturas pasadas, hojas dobladas, frases subrayadas, señales de sus primeros lectores en dedicatorias e iniciales y fechas de lectura, y mis propias señales en billetes de tren, direcciones de calles madrileñas, marcapáginas, hojas secas. Ese gesto sencillo me hacía recordar los puntos de intersección entre la literatura y yo.
Vonnegut es uno de mis refugios lectores. Uno de mis rituales es entrar en librerías de segunda mano o curiosear en los puestos de la plaza nueva por si Dios le bendiga, señor Rosewater. He encontrado un par de libros suyos en Aleph, una librería cercana al templo egipcio de Debod, y en un rastrillo solidario donde Birlibirloque o Madre noche en una feria de ocasión. Acudo a él cuando ningún libro me satisface, o quiero darle una nueva lectura a Matadero cinco, o busco su humanismo y socarronería en los textos de Un hombre sin patria. Hablar de Vonnegut es hablar de un superviviente de Dresde, de un humanista que mostraba la estupidez humana con una clarividencia descacharrante, de alguien que te invitaba a escribir un poema, cantar en la ducha, bailar sin importar lo mal que lo hagas porque habrías creado algo, habrías hecho crecer tu alma.


Billy pensó en el efecto que el cuarteto había ejercido sobre él y lo asoció con una experiencia que había vivido hacía ya mucho tiempo. No necesitó viajar por el tiempo hasta la experiencia pues la recordaba claramente. Sucedió de la siguiente forma:
Se encontraba en el almacén de carne, la noche en que Dresde fue destruida. Procedentes del exterior se oían unos ruidos parecidos a los pasos de un gigante. Era el estruendo que producían las bombas al estallar. Los gigantes caminaban y caminaban pero como el almacén de carne era un refugio muy seguro todo lo que lograban allí era provocar, de vez en cuando, una lluvia de cal. Con Billy sólo estaban los demás americanos, cuatro de los guardas se habían marchado en busca del calor de sus hogares, antes de que empezara el bombardeo. Todos morirían con sus familias.
Así fue.
Las muchachas que Billy había visto desnudas también morirían todas, dentro de un refugio mucho menos seguro situado en la otra parte de los establos.
Así fue.

De vez en cuando un guarda subía hasta el principio de las escaleras para observar lo que sucedía en el exterior. Después volvía a bajar y murmuraba algo a los demás guardas. Fuera caía una tormenta de fuego. Dresde se había convertido en una gran llama, una llama única que consumía todo lo combustible.
No pudieron salir del refugio hasta media mañana del día siguiente. Cuando los americanos y sus guardas aparecieron, el cielo estaba negro de humo. El sol era un pequeño punto malhumorado. Dresde parecía un paraje lunar. No quedaba nada, excepto lo mineral. Las piedras estaban calientes. Todos habían muerto.
Así fue.

Los guardas se apretujaron entre sí instintivamente, recorriendo el terreno con sus ojos. Iban mudando continuamente de expresión sin decir palabra, a pesar de que de vez en cuando abrían la boca. Parecían un cuarteto vocal en una película muda.
—Hasta siempre —podrían haber cantado—, mis viejos camaradas y compañeros; hasta siempre viejos amigos míos… Dios os bendiga…

—Cuéntame una historia —le pidió en cierta ocasión Montana Wildhack a Billy Pilgrim, en el zoo de Tralfamadore.
Estaban en la cama uno junto al otro y disfrutaban de intimidad, pues la lona cubría la cúpula. Montana llevaba seis meses embarazada y estaba gorda y rolliza. De vez en cuando exigía perezosamente algunos pequeños favores a Billy. No podía pedirle helados o fresas, claro, ya que la atmósfera exterior de la cúpula era cianhídrica y además los helados o fresas más cercanos estaban a millones de años luz. Pero si podía mandarle a la nevera, que estaba decorada con una pareja montada en una bicicleta, o bien, como ahora, le podía rogar:
—Cuéntame una historia, Billy, muchacho.
—Dresde fue destruida la noche del 13 de febrero de 1945 —empezó Billy Pilgrim—. Salimos de nuestro refugio al día siguiente…
Le habló a Montana de los cuatro guardas que, en su aturdimiento y dolor, se habían parecido tanto al cuarteto de cantantes. Le contó cómo habían quedado los establos, totalmente destrozados, sin tejados ni ventanas. Y también le explicó cómo encontraron por doquier una especie de troncos abrasados que eran los restos de las personas calcinadas bajo la tormenta de fuego. Y así sucesivamente.
Luego Billy le habló de lo que había sucedido con los edificios que se reflejaban en el horizonte como peñascos. Se habían derrumbado, la madera se había consumido y las piedras, al chocar unas contra otras, se habían partido hasta quedar convertidas en montones de ruinas.
—Parecía la Luna —dijo Billy Pilgrim.

Los guardas ordenaron a los americanos que formaran en fila de a cuatro y ellos obedecieron. Después les hicieron regresar a lo que había sido su hogar. El edificio estaba todavía en pie, pero no tenía ni ventanas ni tejado y en su interior no había otra cosa que cenizas y pequeños charcos de cristal fundido. Fue entonces cuando tuvieron conciencia de que no había ni agua ni comida, y de que los supervivientes, si querían continuar siéndolo, deberían recorrer una tras otra todas las colinas de aquella superficie lunar.
Y así lo hicieron.
Vistas a cierta distancia, las colinas eran bajas. Pero las personas que tuvieron que subirlas no tardaron en darse cuenta del error. El suelo se movía, estaba caliente, era poco estable. Debieron remover muchas ruinas para formar con ellas otras colinas más sólidas, pequeñas, sobre las que poder andar.
Durante el transcurso de la expedición que cruzó aquella luna, nadie dijo ni una palabra. No había nada que decir. Una cosa estaba bien clara: aparentemente todos, absolutamente todos los habitantes de la ciudad, habían muerto, y cualquier objeto que se moviera no representaba otra cosa que un defecto en el paisaje. En la Luna no había hombres.

Algunos aviones americanos atravesaron el espeso velo de humo para comprobar si algo se movía. Vieron a Billy y al resto del pelotón y les dispararon unas cuantas ráfagas. Pero no acertaron. Luego vieron a otras personas, en la orilla del río, y también les dispararon. Alguna bala dio en el blanco. Así fue.
Su idea era anticipar el fin de la guerra.
La narración de Billy terminaba a las afueras de Dresde, lejos del fuego y las explosiones. Al atardecer, los americanos y los guardas llegaron a una posada lista para recibir clientes. En la planta baja había una vela encendida, tres hogares que calentaban la estancia y mesas y sillas que esperaban a que alguien llegara. En el piso de arriba había camas, arregladas con su correspondiente cubrecama.
En el albergue sólo vivían un hombre ciego, su esposa, que era la cocinera, y sus dos jóvenes hijas, que trabajaban de camareras y doncellas. Toda la familia sabía que Dresde había desaparecido. Lo habían visto con sus propios ojos, todo fuego y más fuego, y comprendían que ahora se hallaban al borde de un desierto. Aun así habían abierto el albergue, lavado los pisos, dado cuerda a los relojes, encendido los hogares y esperado a que alguien llegara.
Pasaban muy pocos refugiados procedentes de Dresde. Pero los relojes cantaban su tic-tac, el fuego chisporroteaba y las velas goteaban cera indiferentes. De pronto alguien llamó a la puerta, y entraron cuatro guardas y un centenar de americanos prisioneros de guerra.
El hombre del albergue preguntó a los soldados si venían de la ciudad.
—Sí.
—¿Viene alguien más?
Entonces los soldados contestaron que por la difícil ruta que habían seguido no habían visto ni un alma viviente.

El posadero ciego dijo que los americanos podían pasar la noche en el establo, y que además les daría sopa, un poco de café y cerveza. Después les acompañó al lugar para oír cómo se acostaban en la paja.
—Buenas noches, americanos —les dijo en alemán—. Que duerman bien.
Kurt Vonnegut. Matadero cinco. Traducción Margarita García de Miró. Anagrama.

martes, 30 de junio de 2020

+34. Sillitoe

Estoy en el parque de mi pueblo. Ahí fuera. Son las siete y media de la mañana. La luz se afianza en las vías del tren, mientras paseo. Aún no ha remontado los montes el sol. Somos pocos los que hacemos ejercicio, una mujer que corre en círculos, un par de ciclistas, yo, que, como la luz, en cada paso me afianzo en la mañana. Están precintados las fuentes, el circuito de bici y skate, no el campo de voleibol ni de baloncesto. Hay un par de estelas de avión en el cielo claro y azul, las primeras en semanas, largas líneas blancas que se desgajan en pequeños círculos antes de desaparecer. Llego junto a la biblioteca, una casa de dos pisos en el parque, junto a las vías del tren, cuando pasa el tren y me doy cuenta de que llevaba semanas sin ver ni escuchar su paso. Siento el retumbo en mi pecho, el asombro por lo insólito de una imagen que era habitual antes de, cuento lo pasajeros, apenas cinco hombres y mujeres junto a las ventanillas, alguno adormecido, espero a que se silencie la mañana para reanudar mi paseo. Somos la última reverberación en un eco.
Los primeros rayos crean una aureola en la copa de los árboles, santificándolos. Hace calor y un viento sur extraño. Intento capturar el calor del sol en mi piel. Hace tanto, pienso. Sé que sonrío, una sonrisa tranquila y tímida. Algo aflora al exterior mientras la luz del sol una pequeña hoguera en mi pecho. Empiezo a correr, alrededor del parque primero y luego fuera de él. Las aceras blancas de polen —una nevada de primavera—, las luces azules de los coches patrulla, el sol, unos metros sobre el horizonte, en mi cara, los ramilletes de flores silvestres de algunos paseantes para las madres en su día. Primero corro a pasos cortos, los músculos agarrotados por las carreras en U en casa, de la ventana de la habitación a la del salón, veinticinco metros sobre parqué, entre paredes blancas, en los compartimentos estanco de mi mente que acallé, en los últimos días, con las canciones sobre la fama, el miedo, la locura y dormir como un fantasma en la cama de otro, el cambio en las estaciones, las islas que son cumbres de montañas, la extraña maquinaria del corazón de mi grupo favorito y que ahora, aquí fuera, también me acompañan. Luego, la zancada mayor, la sonrisa por el ejercicio, por el esfuerzo, por la calidez del sol, por ver que puedo, que tengo aire en mis pulmones, sangre en mi corazón, fuerza en mis músculos. Ralentizo el ritmo en las cuestas, me dejo llevar por la inercia cuando hacia abajo, rodeo el pabellón postal, ahora cerrado, como los demás pabellones del polígono, tomado por nosotros, sombras que se alargan a medida que sube el sol en el horizonte y toma el cielo y mirarlo es cegarse en su blancura.

Hoy, en esta mañana donde piso sombras, en este sol que no para de crecer en el cielo, su luz sobre todos nosotros, siento que, poco a poco, vuelvo a acostumbrarme a estar entre otros, como antes de, a ver gestos cotidianos sin extrañarme, una pareja andando de la mano, unos amigos que se encuentran y que hablan a distancia, los sonidos de nuestras pisadas y conversaciones estridentes —tantos tiempos en los gestos más pequeños—, la corriente que formamos, todos nosotros, afluentes desembalsados en parques y polígonos y calles, cada uno de nosotros, de todos nosotros, separados del confinamiento por una pequeña eternidad, la mente y el corazón y los recuerdos abiertos, como los espacios abiertos y fronterizos del enamorado de la Osa Mayor, como el desierto que atravesaban los protagonistas de Cielo amarillo porque un desierto es un espacio y los espacios se cruzan. Respiro al ritmo de la luz.


***

Llego de correr y busco, entre las estanterías, alguna historia sobre deporte o carreras para compartir por penúltima vez entre mis amigos. Encuentro el libro de relatos de Sillitoe, una lectura de dos o tres años atrás, donde el mundo de los obreros, las fábricas, los reformatorios ingleses, donde las elecciones entre un camino dócil y otro en los márgenes, donde la soledad y la lucha y la rabia y la decepción.


Mientras tanto seguía trotando por el borde de un prado que lindaba con un sendero profundo, inhalando el olor de la hierba tierna y las madreselvas, y me sentía descendiente de una larga estirpe de galgos entrenados para correr a dos piernas, solo que no podía ver el conejo de juguete delante y tampoco tenía detrás la cachiporra de un minero para obligarme a mantener el ritmo. Adelanté al corredor de Gunthorpe, cuya camiseta ya estaba ennegrecida por el sudor, y ya lograba ver más adelante la esquina del soto vallado, por donde corría a toda máquina el único hombre al que tenía que adelantar para ganar el signo que establecía la mitad del trayecto. Entonces se adentró en una lengua de árboles y arbustos donde ya no pude verlo ni a él ni a nadie, y ahí sí que conocí la sensación de soledad que invade al corredor de fondo cuando surca los campos, y me di cuenta de que, en lo que a mí se refería, esa sensación era lo único honrado y genuino que existía en el mundo, y yo sabía que jamás sería diferente en mi caso, sin importar cómo me sintiese en los momentos extraños, independientemente de lo que cualquier otro tratase de contarme. El corredor que venía detrás de mí debía de estar muy lejos ya, porque todo estaba en silencio y se escuchaba menos ruido y movimiento incluso que el que se nota a las cinco de cualquier madrugada gélida de invierno. Era algo difícil de comprender, y todo lo que yo sabía era que tenías que correr, correr, correr, sin saber por qué estabas corriendo en realidad, pero ahí seguías, atravesando prados que no comprendías, adentrándote en bosques que te llenaban de miedo, subiendo y bajando colinas sin reparar en tus propias piernas, y entonces te lanzabas a través de un arroyo que te habría cortado la respiración si te hubieses caído dentro. Y la línea de meta no suponía el fin, por más que la multitud te aclamase, porque tenías que continuar antes de haber recobrado el aliento, y lo único que te detendría sería que te tropezaras con un tronco de árbol y te rompieses el cuello o te cayeras en algún pozo abandonado y te matases en la oscuridad. Así es que pensé: no van a pillarme en esta broma de competición, este correr no porque sí, sino para tratar de ganar, este trote por un miserable pedacito de banda azul, porque desde luego, no es este el modo de seguir adelante en la vida, por más que ellos juren y perjuren que sí lo es. No has de hacer caso de nadie, debes seguir tu propio camino, no una carrera designada para ti por gente que sujeta jarritas de agua y botellas de yodo por si te caes y te cortas, y así poder ponerte en pie de nuevo —aunque quieras permanecer donde estás— y lograr que sigas moviéndote.
Alan Sillitoe. La soledad del corredor de fondo. Traducción Mercedes Cebrián. Impedimenta.