Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

miércoles, 1 de julio de 2020

+35. Vonnegut

Está detrás de mí, la galerna. Antes de salir hacia el trabajo, con la luna blanca y apagada entre las nubes eléctricas en el cielo de la tarde, escucho el timbre de una bicicleta, un sonido perdido años atrás y que ahora recupero gracias a los niños ahí fuera con sus mochilas de plástico llenas de juguetes y sus gritos de ayyyelviento mientras se ponen de cara a él para formar extrañas figuras geométricas con su cuerpo. Debería ser un momento de inspiración, esta escena, que me descubra algo que ha estado oculto e invisible hasta este instante, pero no. Sólo el sencillo sonido de un timbrazo, en la tarde, bajo una luna aún sin brillo y el viento alborotando alrededor, niños y árboles, ramas y melenas moviéndose a un mismo ritmo.

Es con ese espíritu que respondo la nueva pregunta de nuestra amiga escritora. Ya no es aquella de qué echamos de menos, sino ¿algún cambio significativo/que creas que pueda perdurar? Respondo: Apenas  nada. No he tenido epifanías, sólo constataciones de aquello que me gusta y que no: me gusta el silencio y la lectura, mirar por una ventana o sentarme en un banco a ver los cambios en la luz sobre los árboles y los edificios y el horizonte, coger un tren hasta un faro, cerca del muelle, y escuchar el crujir del viento en los mástiles de los barcos, me gusta pisar monte y caminos de tierra, no me gustan las multitudes ni los ruidos.

Me cruzo con las parejas de paseantes, camino al trabajo. Aparecemos y desaparecemos de la calle a oleadas, primero los mayores de catorce años, luego los de setenta dejan paso a los niños para acabar, de nuevo, con los adultos. La simetría de una desescalada asimétrica hacia una nueva normalidad. Las rachas de viento nos hacen parecer niños en sus juegos, inclinados para poder avanzar o con los brazos abiertos para emular superhéroes de ciudad. Hace dos años que repito este camino al trabajo, en soledad, salvo los caracoles en las noches de lluvia, y es ahora, en estos primeros días del fin del confinamiento, cuando me cruzo con paseantes, corredores y ciclistas que dan vueltas por el polígono y que desvían mi atención de las ventanas iluminadas y la silueta en penumbra de la ciudad de las últimas semanas. Un pequeño cambio. Hay una luz naranja y violenta sobre los edificios, nubes blancas y grises y púrpuras en el cielo, la luz de luciérnaga de las primeras estrellas antes de la noche. Y el viento, constante, feroz —escribo feroz y siento que le otorgo al viento una cualidad animal, unas fauces, una intención, cuando el viento sólo pasa como viento.

                                           —estos días nos han repetido que estábamos ante un momento único en la historia. Pienso en aquellos que he vivido y que mi sobrino conocerá por los libros o nuestros recuerdos inexactos, la nube tóxica de Chernóbil sobre Europa, el colapso mudo de las torres gemelas, los eclipses tras los negativos fotográficos, el paso del cometa Halley, un golpe de estado fallido, la guerra en los Balcanes, el atentado de Atocha, el cambio de siglo y milenio y el regreso de viejas profecías sobre el fin de mundo, todo aquello que olvido, Ruanda, las sondas espaciales, Mandela fuera de la cárcel. Si pudiera ir más atrás, si consiguiera alcanzar otros tiempos bíblicos, sé que vería patrones y secuencias, pero qué significados daría a todo ello, qué sentido a este confinamiento más que vivimos entre aleteos de mariposas, que nos movemos casi a ciegas, bordeando lo esencial, que todo cambia y sigue igual al mismo tiempo, como decía Lampedusa. Sentimos que nunca antes, que todo se produce por primera vez, el pasado un relato difuso. Nunca antes hasta que yo —entonces, la duda, de nuevo, sobre si aquello que veo es una proyección de mi mente

Dejamos de aplaudir pasados un par de minutos de las ocho de la tarde. El aplauso empezó en las ventanas, lento y templado. Desde la calle llegó una respuesta de quienes habían iniciado su paseo y sus carreras. Me quedo en la ventana, a la espera de una tormenta que no termina de estallar, distingo las primeras conversaciones de mis vecinos al salir de casa, las parejas de las manos y los amigos distanciados un par de metros, cada uno en un borde de la acera. Salen poco a poco y se mueven como en aquellas películas antiguas de ladrones de cuerpos e invasores marcianos. Hay algo mecánico y antinatural en sus primeros pasos, en su mirada hacia las ventanas y el cielo eléctrico y el vuelo de las golondrinas, recién llegadas. Apenas había gente, antes de, a estas horas de un lunes, los que volvían de trabajo, los corredores de última hora, algún grupo de adolescentes que buscaba la intimidad de la escalera cerrada junto a nuestra ventana, no este desorden de siluetas en las aceras y abajo, en la carretera, no este espacio vacío entre parejas, visible y corpóreo, no este separarse de la estela de los otros, no tanta gente, ahí fuera, en un tiempo anclado a las ocho y siete minutos.

                                           se habla de un nuevo gráfico, en las tertulias políticas. Primero, las diferentes curvas del virus, nuevos contagiados, número de muertos, pacientes dados de alta. Luego, el porcentaje  de destrucción de empleo, de ertes y nuevos parados y la bajada en el pib. El pico de las curvas la cumbre de una montaña o una sima a ninguna parte. Hay una cuarta parte de muertos que semanas atrás, pero no una cuarta parte de dolor. Cada día es vivir un atentado de Atocha, pienso. Los enfermos mueren, en el hospital, en las residencias, en casa, solos, los familiares no pueden despedirse ni iniciar el luto, se encuentran, imagino, ante una gran cuenca vacía, el estupor y la falta de palabras y recuerdos primeros. No estamos en guerra, creo, como nos dicen en su lenguaje bélico políticos y periodistas, ahí están los agujeros de bala en el puente de Novi Sad, el árbol en la ventana de un edificio bombardeado de Belgrado, ahí están la masa de refugiados y el estruendo de las explosiones tan diferente a este nuestro silencio inicial que dio paso al trino de los pájaros y las campanas de la iglesia y los aplausos de las ocho de la tarde, ahí están la oscuridad y la incomunicación y el hambre y la sed y el resplandor cegador de los fuegos, el silbido de las bombas sobre los mercados al aire libre, las violaciones en masa, los alambradas electrificadas de los campos de concentración, las coordenadas de nuestras guerras. No somos soldados —unas palabras dentro de un relato dentro de una realidad. No la palabra—. Sí somos aturdimiento y confusión e incertidumbre y miedo. Echo en falta detenernos por un instante y pensar en aquello por lo que hemos pasado, por lo que estamos pasando, la enfermedad, la soledad, el desgarro en quienes reciben por teléfono la muerte de un ser querido, si nos ha cambiado en algo, personal y colectivamente, estas semanas donde quietud y vulnerabilidad, qué marcas nos ha dejado en nuestro cuerpo, en nuestro pecho. Echo en falta un instante donde recordar que es volver a pasar por el corazón al otro


Llueve una lluvia seca de polvo y tierra unos metros antes del pabellón. Me giro y veo la cortina oscura y sucia sobre los montes tras de mí, acercándose, rápida. Cuando salga del trabajo, en la oscuridad de la madrugada, veré ramas caídas y contenedores volcados y papeles entre las calles del polígono. El ruido, ahí fuera, aquí dentro.


***

Termino con Vonnegut la rutina que inicié a mediados de marzo de buscar entre mis libros, hacer una foto y compartirla con un pequeño mensaje entre mis amigos. Un gesto sencillo que ocupaba una pequeña parte de mi tiempo y que me traía de vuelta lecturas pasadas, hojas dobladas, frases subrayadas, señales de sus primeros lectores en dedicatorias e iniciales y fechas de lectura, y mis propias señales en billetes de tren, direcciones de calles madrileñas, marcapáginas, hojas secas. Ese gesto sencillo me hacía recordar los puntos de intersección entre la literatura y yo.
Vonnegut es uno de mis refugios lectores. Uno de mis rituales es entrar en librerías de segunda mano o curiosear en los puestos de la plaza nueva por si Dios le bendiga, señor Rosewater. He encontrado un par de libros suyos en Aleph, una librería cercana al templo egipcio de Debod, y en un rastrillo solidario donde Birlibirloque o Madre noche en una feria de ocasión. Acudo a él cuando ningún libro me satisface, o quiero darle una nueva lectura a Matadero cinco, o busco su humanismo y socarronería en los textos de Un hombre sin patria. Hablar de Vonnegut es hablar de un superviviente de Dresde, de un humanista que mostraba la estupidez humana con una clarividencia descacharrante, de alguien que te invitaba a escribir un poema, cantar en la ducha, bailar sin importar lo mal que lo hagas porque habrías creado algo, habrías hecho crecer tu alma.


Billy pensó en el efecto que el cuarteto había ejercido sobre él y lo asoció con una experiencia que había vivido hacía ya mucho tiempo. No necesitó viajar por el tiempo hasta la experiencia pues la recordaba claramente. Sucedió de la siguiente forma:
Se encontraba en el almacén de carne, la noche en que Dresde fue destruida. Procedentes del exterior se oían unos ruidos parecidos a los pasos de un gigante. Era el estruendo que producían las bombas al estallar. Los gigantes caminaban y caminaban pero como el almacén de carne era un refugio muy seguro todo lo que lograban allí era provocar, de vez en cuando, una lluvia de cal. Con Billy sólo estaban los demás americanos, cuatro de los guardas se habían marchado en busca del calor de sus hogares, antes de que empezara el bombardeo. Todos morirían con sus familias.
Así fue.
Las muchachas que Billy había visto desnudas también morirían todas, dentro de un refugio mucho menos seguro situado en la otra parte de los establos.
Así fue.

De vez en cuando un guarda subía hasta el principio de las escaleras para observar lo que sucedía en el exterior. Después volvía a bajar y murmuraba algo a los demás guardas. Fuera caía una tormenta de fuego. Dresde se había convertido en una gran llama, una llama única que consumía todo lo combustible.
No pudieron salir del refugio hasta media mañana del día siguiente. Cuando los americanos y sus guardas aparecieron, el cielo estaba negro de humo. El sol era un pequeño punto malhumorado. Dresde parecía un paraje lunar. No quedaba nada, excepto lo mineral. Las piedras estaban calientes. Todos habían muerto.
Así fue.

Los guardas se apretujaron entre sí instintivamente, recorriendo el terreno con sus ojos. Iban mudando continuamente de expresión sin decir palabra, a pesar de que de vez en cuando abrían la boca. Parecían un cuarteto vocal en una película muda.
—Hasta siempre —podrían haber cantado—, mis viejos camaradas y compañeros; hasta siempre viejos amigos míos… Dios os bendiga…

—Cuéntame una historia —le pidió en cierta ocasión Montana Wildhack a Billy Pilgrim, en el zoo de Tralfamadore.
Estaban en la cama uno junto al otro y disfrutaban de intimidad, pues la lona cubría la cúpula. Montana llevaba seis meses embarazada y estaba gorda y rolliza. De vez en cuando exigía perezosamente algunos pequeños favores a Billy. No podía pedirle helados o fresas, claro, ya que la atmósfera exterior de la cúpula era cianhídrica y además los helados o fresas más cercanos estaban a millones de años luz. Pero si podía mandarle a la nevera, que estaba decorada con una pareja montada en una bicicleta, o bien, como ahora, le podía rogar:
—Cuéntame una historia, Billy, muchacho.
—Dresde fue destruida la noche del 13 de febrero de 1945 —empezó Billy Pilgrim—. Salimos de nuestro refugio al día siguiente…
Le habló a Montana de los cuatro guardas que, en su aturdimiento y dolor, se habían parecido tanto al cuarteto de cantantes. Le contó cómo habían quedado los establos, totalmente destrozados, sin tejados ni ventanas. Y también le explicó cómo encontraron por doquier una especie de troncos abrasados que eran los restos de las personas calcinadas bajo la tormenta de fuego. Y así sucesivamente.
Luego Billy le habló de lo que había sucedido con los edificios que se reflejaban en el horizonte como peñascos. Se habían derrumbado, la madera se había consumido y las piedras, al chocar unas contra otras, se habían partido hasta quedar convertidas en montones de ruinas.
—Parecía la Luna —dijo Billy Pilgrim.

Los guardas ordenaron a los americanos que formaran en fila de a cuatro y ellos obedecieron. Después les hicieron regresar a lo que había sido su hogar. El edificio estaba todavía en pie, pero no tenía ni ventanas ni tejado y en su interior no había otra cosa que cenizas y pequeños charcos de cristal fundido. Fue entonces cuando tuvieron conciencia de que no había ni agua ni comida, y de que los supervivientes, si querían continuar siéndolo, deberían recorrer una tras otra todas las colinas de aquella superficie lunar.
Y así lo hicieron.
Vistas a cierta distancia, las colinas eran bajas. Pero las personas que tuvieron que subirlas no tardaron en darse cuenta del error. El suelo se movía, estaba caliente, era poco estable. Debieron remover muchas ruinas para formar con ellas otras colinas más sólidas, pequeñas, sobre las que poder andar.
Durante el transcurso de la expedición que cruzó aquella luna, nadie dijo ni una palabra. No había nada que decir. Una cosa estaba bien clara: aparentemente todos, absolutamente todos los habitantes de la ciudad, habían muerto, y cualquier objeto que se moviera no representaba otra cosa que un defecto en el paisaje. En la Luna no había hombres.

Algunos aviones americanos atravesaron el espeso velo de humo para comprobar si algo se movía. Vieron a Billy y al resto del pelotón y les dispararon unas cuantas ráfagas. Pero no acertaron. Luego vieron a otras personas, en la orilla del río, y también les dispararon. Alguna bala dio en el blanco. Así fue.
Su idea era anticipar el fin de la guerra.
La narración de Billy terminaba a las afueras de Dresde, lejos del fuego y las explosiones. Al atardecer, los americanos y los guardas llegaron a una posada lista para recibir clientes. En la planta baja había una vela encendida, tres hogares que calentaban la estancia y mesas y sillas que esperaban a que alguien llegara. En el piso de arriba había camas, arregladas con su correspondiente cubrecama.
En el albergue sólo vivían un hombre ciego, su esposa, que era la cocinera, y sus dos jóvenes hijas, que trabajaban de camareras y doncellas. Toda la familia sabía que Dresde había desaparecido. Lo habían visto con sus propios ojos, todo fuego y más fuego, y comprendían que ahora se hallaban al borde de un desierto. Aun así habían abierto el albergue, lavado los pisos, dado cuerda a los relojes, encendido los hogares y esperado a que alguien llegara.
Pasaban muy pocos refugiados procedentes de Dresde. Pero los relojes cantaban su tic-tac, el fuego chisporroteaba y las velas goteaban cera indiferentes. De pronto alguien llamó a la puerta, y entraron cuatro guardas y un centenar de americanos prisioneros de guerra.
El hombre del albergue preguntó a los soldados si venían de la ciudad.
—Sí.
—¿Viene alguien más?
Entonces los soldados contestaron que por la difícil ruta que habían seguido no habían visto ni un alma viviente.

El posadero ciego dijo que los americanos podían pasar la noche en el establo, y que además les daría sopa, un poco de café y cerveza. Después les acompañó al lugar para oír cómo se acostaban en la paja.
—Buenas noches, americanos —les dijo en alemán—. Que duerman bien.
Kurt Vonnegut. Matadero cinco. Traducción Margarita García de Miró. Anagrama.

martes, 30 de junio de 2020

+34. Sillitoe

Estoy en el parque de mi pueblo. Ahí fuera. Son las siete y media de la mañana. La luz se afianza en las vías del tren, mientras paseo. Aún no ha remontado los montes el sol. Somos pocos los que hacemos ejercicio, una mujer que corre en círculos, un par de ciclistas, yo, que, como la luz, en cada paso me afianzo en la mañana. Están precintados las fuentes, el circuito de bici y skate, no el campo de voleibol ni de baloncesto. Hay un par de estelas de avión en el cielo claro y azul, las primeras en semanas, largas líneas blancas que se desgajan en pequeños círculos antes de desaparecer. Llego junto a la biblioteca, una casa de dos pisos en el parque, junto a las vías del tren, cuando pasa el tren y me doy cuenta de que llevaba semanas sin ver ni escuchar su paso. Siento el retumbo en mi pecho, el asombro por lo insólito de una imagen que era habitual antes de, cuento lo pasajeros, apenas cinco hombres y mujeres junto a las ventanillas, alguno adormecido, espero a que se silencie la mañana para reanudar mi paseo. Somos la última reverberación en un eco.
Los primeros rayos crean una aureola en la copa de los árboles, santificándolos. Hace calor y un viento sur extraño. Intento capturar el calor del sol en mi piel. Hace tanto, pienso. Sé que sonrío, una sonrisa tranquila y tímida. Algo aflora al exterior mientras la luz del sol una pequeña hoguera en mi pecho. Empiezo a correr, alrededor del parque primero y luego fuera de él. Las aceras blancas de polen —una nevada de primavera—, las luces azules de los coches patrulla, el sol, unos metros sobre el horizonte, en mi cara, los ramilletes de flores silvestres de algunos paseantes para las madres en su día. Primero corro a pasos cortos, los músculos agarrotados por las carreras en U en casa, de la ventana de la habitación a la del salón, veinticinco metros sobre parqué, entre paredes blancas, en los compartimentos estanco de mi mente que acallé, en los últimos días, con las canciones sobre la fama, el miedo, la locura y dormir como un fantasma en la cama de otro, el cambio en las estaciones, las islas que son cumbres de montañas, la extraña maquinaria del corazón de mi grupo favorito y que ahora, aquí fuera, también me acompañan. Luego, la zancada mayor, la sonrisa por el ejercicio, por el esfuerzo, por la calidez del sol, por ver que puedo, que tengo aire en mis pulmones, sangre en mi corazón, fuerza en mis músculos. Ralentizo el ritmo en las cuestas, me dejo llevar por la inercia cuando hacia abajo, rodeo el pabellón postal, ahora cerrado, como los demás pabellones del polígono, tomado por nosotros, sombras que se alargan a medida que sube el sol en el horizonte y toma el cielo y mirarlo es cegarse en su blancura.

Hoy, en esta mañana donde piso sombras, en este sol que no para de crecer en el cielo, su luz sobre todos nosotros, siento que, poco a poco, vuelvo a acostumbrarme a estar entre otros, como antes de, a ver gestos cotidianos sin extrañarme, una pareja andando de la mano, unos amigos que se encuentran y que hablan a distancia, los sonidos de nuestras pisadas y conversaciones estridentes —tantos tiempos en los gestos más pequeños—, la corriente que formamos, todos nosotros, afluentes desembalsados en parques y polígonos y calles, cada uno de nosotros, de todos nosotros, separados del confinamiento por una pequeña eternidad, la mente y el corazón y los recuerdos abiertos, como los espacios abiertos y fronterizos del enamorado de la Osa Mayor, como el desierto que atravesaban los protagonistas de Cielo amarillo porque un desierto es un espacio y los espacios se cruzan. Respiro al ritmo de la luz.


***

Llego de correr y busco, entre las estanterías, alguna historia sobre deporte o carreras para compartir por penúltima vez entre mis amigos. Encuentro el libro de relatos de Sillitoe, una lectura de dos o tres años atrás, donde el mundo de los obreros, las fábricas, los reformatorios ingleses, donde las elecciones entre un camino dócil y otro en los márgenes, donde la soledad y la lucha y la rabia y la decepción.


Mientras tanto seguía trotando por el borde de un prado que lindaba con un sendero profundo, inhalando el olor de la hierba tierna y las madreselvas, y me sentía descendiente de una larga estirpe de galgos entrenados para correr a dos piernas, solo que no podía ver el conejo de juguete delante y tampoco tenía detrás la cachiporra de un minero para obligarme a mantener el ritmo. Adelanté al corredor de Gunthorpe, cuya camiseta ya estaba ennegrecida por el sudor, y ya lograba ver más adelante la esquina del soto vallado, por donde corría a toda máquina el único hombre al que tenía que adelantar para ganar el signo que establecía la mitad del trayecto. Entonces se adentró en una lengua de árboles y arbustos donde ya no pude verlo ni a él ni a nadie, y ahí sí que conocí la sensación de soledad que invade al corredor de fondo cuando surca los campos, y me di cuenta de que, en lo que a mí se refería, esa sensación era lo único honrado y genuino que existía en el mundo, y yo sabía que jamás sería diferente en mi caso, sin importar cómo me sintiese en los momentos extraños, independientemente de lo que cualquier otro tratase de contarme. El corredor que venía detrás de mí debía de estar muy lejos ya, porque todo estaba en silencio y se escuchaba menos ruido y movimiento incluso que el que se nota a las cinco de cualquier madrugada gélida de invierno. Era algo difícil de comprender, y todo lo que yo sabía era que tenías que correr, correr, correr, sin saber por qué estabas corriendo en realidad, pero ahí seguías, atravesando prados que no comprendías, adentrándote en bosques que te llenaban de miedo, subiendo y bajando colinas sin reparar en tus propias piernas, y entonces te lanzabas a través de un arroyo que te habría cortado la respiración si te hubieses caído dentro. Y la línea de meta no suponía el fin, por más que la multitud te aclamase, porque tenías que continuar antes de haber recobrado el aliento, y lo único que te detendría sería que te tropezaras con un tronco de árbol y te rompieses el cuello o te cayeras en algún pozo abandonado y te matases en la oscuridad. Así es que pensé: no van a pillarme en esta broma de competición, este correr no porque sí, sino para tratar de ganar, este trote por un miserable pedacito de banda azul, porque desde luego, no es este el modo de seguir adelante en la vida, por más que ellos juren y perjuren que sí lo es. No has de hacer caso de nadie, debes seguir tu propio camino, no una carrera designada para ti por gente que sujeta jarritas de agua y botellas de yodo por si te caes y te cortas, y así poder ponerte en pie de nuevo —aunque quieras permanecer donde estás— y lograr que sigas moviéndote.
Alan Sillitoe. La soledad del corredor de fondo. Traducción Mercedes Cebrián. Impedimenta.

lunes, 29 de junio de 2020

+33. Semprún


La música excesivamente alta desde una ventana abierta, el retumbo de un helicóptero sobre la carretera nacional y los montes alrededor, los saludos y las conversaciones de quienes se cruzan en la calle, el ladrido de los perros. Hace calor desde el amanecer, el cielo azul, la luz ahora intensa al otro lado de la ventana, las sombras alargadas e imprecisas de un puñado de corredores, ciclistas y paseantes en apenas un centenar de metros. Una vecina regresa de la compra y advierte a otra que se encontrará con un maratón cerca del supermercado. Debo cerrar los ojos y concentrarme, en la luz de la mañana, para escuchar el gorjeo de los pájaros y desligarlo de los ruidos que han vuelto con el primer día de ejercicio al aire libre para los adultos. De repente, tanta gente tanta luz, tantas sombras, ahí fuera.

Veo, en la televisión, el cierre del hospital de campaña en Madrid. Acudieron políticos, periodistas, sanitarios, los últimos pacientes dados de alta. Las imágenes del círculo de micrófonos alrededor de la presidenta de la comunidad, las conversaciones cara a cara, las caricias, los abrazos, el reparto de bocadillos del alcalde, las manifestaciones de los sanitarios, el estar juntos, cuerpo a cuerpo, las sonrisas primeras y las miradas de preocupación últimas, escenas de antes de que parecen delirantes y peligrosas hoy, que muestran lo férreo de nuestra inercia, cómo recuperamos, inconscientemente, la forma primigenia.

Llega e. de su primer paseo. Necesitaba pisar tierra, dice. Ha salido a un parque cercano donde un pequeño lago, patos, caminos de asfalto y tierra. Me dice que anduvo más rápido de lo normal por la tensión de verse entre tanta gente, que vuelve cansada e inquieta, que consiguió subir al lago para caminar sobre tierra y no asfalto, que ahí apenas paseantes.

Las diez de la mañana. Se han retirado los deportistas y paseantes, ahí fuera. Vuelven el trino de los gorriones, el polen ascendente, el lugar de las sombras sobre las calles vacías.


                                           Salgo tras los aplausos apenas resuenan ya a ambos lados del río, han perdido su fuerza en este principio del fin de nuestro encierro. Decido tomar el camino al trabajo, mi límite del mundo en estas semanas. Busco un momento simbólico: atravesar una frontera física y emocional y abrir una brecha en la barrera invisible. Dejo atrás el pabellón postal nada y el silencio, cruzo el puente sobre las vías del tren una luz rojiza de atardecer sobre las vías metálicas y mudas y entro en el parque donde un pequeño lago, patos, caminos de asfalto y tierra. La hierba crece salvaje y se inclina sobre los pradosno hay sendas de hierba pisada fuera del camino, aquellos atajos entre pendientes y lomas para llegar hasta los caminos de tierra y piedras, no hay sendas de hierba pisada y pienso en este tiempo sin seres humanos donde el vuelo de los cuervos y patos bajo un cielo puro y el florecer y marchitar secreto de las plantas y la lluvia de polen en las tardes de abril y las corrientes subterráneas desaguando entre las grietas de la tierra—. Somos una multitud en el camino dividida en dos columnas y un pequeño vacío entre ambas, el ruido de los pasos y las conversaciones y los gritos: partículas empujadas por una antigua inercia. Nuestras sombras no tocan el camino, caen de quienes nos anteceden a nuestro rostro. Me siento arrastrado hacia un lugar desconocido, a punto de ser absorbido por el movimiento de la multitud. Entonces, doy media vuelta, apenas veinte minutos fuera, y llego a casa tras romper el límite invisible del pabellón y no sentir más que confusión por el eco distorsionado de una primera palabra.


***

Semprún tardó dieciséis años en poder hablar sobre su llegada y sus días en el campo de Buchenwald, necesitó silencio para poder olvidar y así, luego, poder recordar. El largo viaje fue el resultado de aquel proceso de silencio. En La escritura o la vida se pregunta cómo acercarse al horror de los campos de exterminio:


—¿Cómo contar una historia poco creíble, cómo suscitar la imaginación de lo inimaginable si no es elaborando, trabajando la realidad, poniéndola en perspectiva? ¡Pues con un poco de artificio!
Hablan todos a la vez. Pero una voz acaba sobresaliendo, imponiéndose en el guirigay. Siempre hay voces que se imponen en los guirigays de esta índole: lo digo por experiencia.
—Estáis hablando de comprender… ¿Pero de qué tipo de comprensión se trata?
Miro a aquel que acaba de tomar la palabra. Ignoro su nombre, pero lo conozco de vista. Ya me había fijado en él algunos domingos por la tarde, paseando por delante del bloque de los franceses, el 34, con Julien Cain, director de la Bibliothéque Nationale, o con Jean Baillou, secretario de la École Nórmale Superieure. Debe de ser un universitario.
—Me imagino que habrá testimonios en abundancia… Valdrán lo que valga la mirada del testigo, su agudeza, su perspicacia… Y luego habrá documentos… Más tarde, los historiadores recogerán, recopilarán, analizarán unos y otros: harán con todo ello obras muy eruditas… Todo se dirá, constará en ellas… Todo será verdad… salvo que faltará la verdad esencial, aquella que jamás ninguna reconstrucción histórica podrá alcanzar, por perfecta y omnicomprensiva que sea…
Los demás le miran, asintiendo con la cabeza, aparentemente sosegados viendo que uno de nosotros consigue formular con tanta claridad los problemas.
—El otro tipo de comprensión, la verdad esencial de la experiencia, no es transmisible… O mejor dicho, sólo lo es mediante la escritura literaria…
Se gira hacia mí, sonríe.
—Mediante el artificio de la obra de arte, ¡por supuesto!
Jorge Semprún. La escritura o la vida. traducción de Thomas Kauf. Tusquets editores.