Las voces de una muerta lúcida, y una vieja mordaz, y una madre abatida, y una mujer que se relata sus pequeñas derrotas y su estar en la sombra. Una pradera en una tierra de fronteriza, a dos mil metros de altura, y aquellos que intentaron resistir en ella; el viaje de una caravana de hombres y mujeres rumbo a los cantos de sirena llegados del oeste; las ciudades asediadas de Bosnia durante la guerra de los noventa. Y un puñado de cuentos sobre las diferentes caras del amor, familias no forzosamente felices y sobrevivir a la juventud. Y niebla y una lluvia perenne y ventisqueros y ciudades sin nombre y seres mezquinos y el impulso por seguir adelante y la risa de una mujer de ochenta y tres años.
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El hilo de mis lecturas de mayo, el mes en que mi padre hubiera cumplido ochenta y cuatro años, se inició con la prosa poética detallista y densa de María Luisa Bombal donde, en sus novelas y relatos cortos, la muerte y el deseo, la belleza y los fantasmas, un hálito trágico y el desvanecimiento de la frontera entre sueño y realidad. Leer a Bombal es habitar la extrañeza y sentirse atraído por ella de manera irrevocable, es escuchar la voz de mujeres que intentan comprender y aceptar la vida, escapar de las redes que las inmovilizan, que hablan de todas la soledades y todos los deseos, que son árboles y encuentran signos semiocultos en su mundo circundante.
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“Elegí” los relatos de Encontrar a una chica en América tras la intensidad de Bombal. Es una escritura sencilla la de Dubus, unos cuentos que hablan de quiebra en la vida cotidiana de los protagonistas y los personajes secundarios, hombres y mujeres adultos hastiados o sobrepasados y las preguntas sobre el significado y las maneras de amar y el fracaso de esos amores, sobre la congoja ante un secreto revelado que vuelca el sentido de una vida.
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Escribí a ýb sobre El mal de la risa: Me gustan la voz y la mirada de Noelia, su manera abarcadora de hablar de la vejez, el extrañamiento, la lentitud, el egoísmo, las pérdidas, los muertos y la idea de hablar con ellos ante la remota posibilidad de que puedan escucharnos. No recuerdo quién dijo que llegamos a una edad donde sentimos que todos los libros hablan de nosotros y hay algo en El mal de la risa que siento cercano: esas escenas de Noelia con su hermana y cuñado, ambos en el umbral de la muerte, y que me recordaron los últimos meses de mis padres, cuando se replegaron sobre sí mismos, llenos de temblores, dedicados a revisitar su pasado.
Qué bien que la narradora tenga ochenta y tres años, que se invente nombres y parentescos, que lleve semillas en la mano y camine por calles lentas, que aún mire asombrada a su alrededor y capte la idiotez y la maravilla que la rodea a pesar del cansancio de los cuidados. Ojalá más libros protagonizados por octogenarios que tengan esta luz y este poco de sombra.
Y me he reído en más de una página, una risa parecida a la que me produjo Desayuno de campeones.
A veces me gusta imaginar cruces de libros y personajes, y mientras leía pensé en un encuentro entre Noelia y Ferdy el viejo. Sería homérico.
Qué bien que tenga que levantarme a por un lápiz para subrayar frases como “todo está roto desde siempre”.
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Es un libro hermoso Aquí cazaron indios. El título lleva a engaño. El original sería La pradera. Y de eso se trata: de un pradera a más de dos mil metros de altura, los hombres y mujeres que intentaron vivir en ella, y, sobre todo, del cambio de estaciones, los paisajes abiertos, los ventisqueros, el silencio, el amor perdido y la soledad. Galvin es poeta y este libro de memorias sobre sus vecinos y su tierra tiene rastros de poemas en sus capítulos. Hay libros que deben leerse despacio, lecturas que son pequeñas hogueras..
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Tengo docenas de notas desperdigadas por cajones y cuadernos con libros descatalogados a encontrar. Entre ellos, Primer amor y otros amores, reeditado en marzo. Entrar en una lectura tantos años buscada es un riesgo. Por las expectativas.
Al final de uno de los relatos el narrador dice “…supe que sobreviviría a mi juventud, y que alcanzaría el perdón”. Los personajes de estos relatos se suceden unos en otros y maduran a lo largo de ellos, de adolescentes a adultos, de solteras resueltas a madres tristes, buscan convivir con ellos mismos, con el otro, asentarse en un mundo quebradizo e inesperado donde las emociones y deseos y esperanzas, a medida que pasa el tiempo, se convierten en espejismos. Volveré a Brodkey. Pronto.
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Hay grandes lecturas que dejan un poso de tristeza y congoja. Una mujer lleva a sus dos hijos pequeños a una ciudad costera para que conozcan el mar. Desde las primeras frases, la tensión de algo que está por romperse en un viaje donde angustia e inquietud. No hay nombres en la ciudad costera, no hay belleza en sus edificios o cielo, todo parece encerrado entre muros y baja una lluvia perenne que no purifica sino embarra y agrede. La madre dice, “nos esforzamos por vivir lo mejor que podemos, pero todo desaparece enseguida”; dice, “caminamos por precipicios, lo sé desde hace mucho. Un paso adelante. Un paso en el vacío. Y vuelta a empezar”; dice, “Yo querría que las personas fueran como los críos, que tuvieran más preguntas que respuestas, pero suele ser a la inversa, ¿dónde han aprendido tanta certidumbre?” La voz vulnerable y frágil de la madre que nos erosiona como gotas de lluvia.
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En casa vivíamos sin palabras y las cosas que yo llevaba por dentro me daban miedo porque no sabía si eran mías…
Y otra voz de mujer, ésta más sencilla, que mira hacia el mundo con duda y ternura, acostumbrada a ocupar un lugar secundario en una época gris y tumultuosa, una mujer rodeada de palomas que todo lo llenan hasta convertir su hogar en una imagen kafkiana de aleteos y zureos enloquecedores, una mujer supeditada a un hombre duro y exigente y a unos años de guerra y hambre, una mujer que a pesar de encontrarse en el filo de un abismo aún guarda cierta inocencia y dulzura. Qué sencillez y profundidad tan difíciles de conseguir en la escritura de Rodoreda. Qué manera de relatarse la propia vida y encontrar entre las sombras bosquejos de luz.
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Hay lecturas que recuerdo con cariño. Bajo cielos inmensos, por ejemplo. Había aventura, grandes paisajes abiertos, cielos estrellados, los cambios que anticipan el final de los hombres de montaña. Uno de ellos, Dick Summers, reaparece en Camino al oeste. Es granjero en una comunidad que sueña con instalarse en Oregón, a tres mil kilómetros de distancia, hombres y mujeres que miran más allá de su presente y le piden sea su guía a través de un territorio que él recorrió de joven.
Durante cinco días acompañé a la caravana en su viaje a Oregón por llanuras, desiertos, amenazadores pasos de montaña, vadeo de ríos, encuentro con indios y otras caravanas; leí sobre las esperanzas y miedos e incertidumbres y odios de los granjeros, y su peregrinaje me hizo reflexionar sobre ese avance perenne de la humanidad a otros territorios en busca de una promesa de paraíso. Hay aventura en esta novela, y política, como en toda historia protagonizada por una comunidad cerrada, y, sobre todo, la mirada de un hombre que vuelve a aquellos parajes salvajes y ve todo el tiempo transcurrido y todas las ausencias presentes y el final de un tipo de vida apegada a la naturaleza.
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El hilo termina en territorio bosnio, visitado pocas lecturas atrás a través de El rascacielos rojo y Sarajevo Blues. Es una escritura fragmentada y seca la de Čolić, un intento de abarcar a hombres y mujeres de una tierra dividida, ciudades cercadas o en ruinas, campos de internamiento, cementerios pantanosos. Se entrelazan las vidas de víctimas y verdugos, de testigos y derrotadas, de creyentes, vagabundos, vendedores ambulantes, de reyes de gitanos, profesores, popes, curas y chetniks. Hay fragmentos brutales que muestran crueldad y muerte y algunos, pocos, que son chistes sobre la propia guerra, la risa como descarga. La sensación de esta lectura es de desamparo. En mis estanterías, a la espera, Plegaria en el asedio.


