Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

miércoles, 18 de julio de 2018

La soledad de las vocales. José María Pérez Álvarez

las letras se apagan del rótulo de neón de la pensión Lausana, desaparecen una a una, sin apenas ruido, dejan de ser un faro o una hoguera para aquellos que buscan refugio en la ciudad y cambian el significado de la palabra primigenia, pasando Lausana de un ideal a una pensión destartalada y corroída por el tiempo, se apagan las letras y las vidas que habitan la pensión, el narrador borracho de la 9 que convive con el espectro de una suicida, el escritor de la 6 que aspira a una grandeza que lo sacuda de la miseria en la que vive, el viento en la 8, habitación abandonada y secreta que alberga nuestros miedos y derrotas, la pareja de homosexuales de la 5, el pintor de la 4, la ex nadadora de la 2, el tapicero serbio de la 7, el encargado, seres que parecen haber llegado al final de un camino, que se ven atrapados en las habitaciones de la pensión, evas y adanes y orfeos que salieron del paraíso metamorfoseados en sombras, eurídices atrapadas en el infierno, cada uno apagándose poco a poco como lo hacen las letras del rótulo, solitarios que se acercan unos a otros y hablan de sueños que saben inalcanzables, deseos que no son más que humo y recuerdos de un pasado sin conquistas, sombra sobre todo la del narrador de la 9, insomne y borracho que enlaza una pensión tras otra en una caída casi bíblica, su voz enquistada en las repeticiones de una rutina grotesca, los muebles, manchas y grietas de su habitación, la espera de alguna mujer que lo acompañe, el recuerdo de tantas que huyeron de su lado, los paseos por parques, barras de bar y estaciones de tren donde cruzar la mirada con otro ser humano que le haga sentirse a este lado de la vida, las conversaciones con el escritor de la 6 (que siente nostalgia de las manos de Joyce) o con el espectro de la mujer que se suicidó en su habitación años atrás, los viajes imaginarios a París que rompen la realidad y abren el muro de la pensión para respirar otros aires y otras vidas, el deseo de los cuerpos de las nadadoras olímpicas, su voz que avanza en círculos, las conversaciones, los objetos, los paseos, las mujeres ausentes, los deseos insatisfechos, y agranda lo grotesco de su figura, el narrador de la 9 como un don quijote desquiciado y pordiosero, como un observador fuera del paraíso, alguien que sólo sabe moverse por lugares de paso, pensiones, bares y estaciones de tren, su voz llena la soledad de las vocales, su voz que empieza como el despertar tras el sueño y termina con el despertar a una muerte ficticia.

Qué extraño y triste libro es La soledad de las vocales, el monólogo de un borracho e insomne que no hace más que dar vueltas por las mismas coordenadas, las mismas expresiones, los mismos recuerdos una y otra vez y que dan un ritmo hipnótico a la novela, una especie de voz en duermevela, qué personajes tan al límite, seres habituados a sufrir, a permanecer en una esquina donde ver pasar otras vidas o a sentir nostalgia de un deseo no satisfecho, qué escenarios de miseria, la pensión donde desaparecen las letras de su rótulo y que da cobijo a los perdidos y los abandonados, los bares y estaciones donde esperar un chispazo, una presencia que cambie en algo el rumbo de sus vidas. José María Pérez Álvarez ha construido una novela insólita y hermosa, fragmentos de la voz del borracho de la 9 que aspira a ser apátrida, apóstata y alcohólico, que le gustan los trenes que pasan de largo y el cuerpo de las nadadoras, que espera en su habitación a alguna mujer que se apiade de él, como la última prostituta, y habla con fantasmas y quiere que sus cenizas acaben en un fiordo noruego o en alguna copa para ser bebidas por una mujer hermosa y que se sabe fuera del paraíso o del infierno. Más allá de los personajes y espacios (que pueden recordar a Hurbert Selby), son el ritmo repetitivo de la novela y los fragmentos con apenas comas que dan al monólogo del narrador un aire febril y alucinado lo que acaba por atraer de La soledad de las vocales.







permanezco desnudo en la cama, escucho la lluvia que cae desde el primer piso de la pensión Lausana habitación 9, un eco que parece provenir de muy lejos como si estuviese lloviendo en un fiordo de noruega, en lysefjord no en sognefjord y el sonido se arrastrase hasta aquí, la lluvia cae como alguien que se precipita al vacío desde un fiordo de noruega, desde lo alto de la torre eiffel, desde los acantilados de finisterre, desde la cima de estaca de bares, contemplo la mancha de humedad en el techo que se parece a la isla de jamaica, uno debería poder adivinar el futuro por medio de las manchas de humedad o conjurar el pasado, mejor no saber nada del futuro que es también irreparable, me miro los dedos de los pies y pienso: un hombre descalzo es un hombre muerto, recuerdo las escenas de los atentados nueva york madrid denpasar bagdad Freetown, atentados terroristas en países remotos o provincias limítrofes, siempre hay una bomba esperándonos en cualquier esquina, vagón de tren o restaurante, piso o maleta, mezquita u hotel, somos sujetos que llevamos inscrita la muerte en nuestro apellido, en nuestros genes, en nuestros gestos, en nuestros antebrazos, en nuestras palabras, en nuestros ojos, en nuestros sexos, sujetos que despertamos resacosos en la habitación de una pensión que tiene una mancha de humedad similar a la isla de jamaica y escuchamos caer la lluvia, jamaica es una isla a la que no podrá dirigirse nunca el Ford rojo del encargado de la pensión que oigo arrancar como un trueno o una bomba, una noche me encontré en un bar al encargado, un setentón medio borracho que se puso a hablar de tiempos mejores, yo estaba viendo la televisión, contemplaba las pruebas de natación de los 200 metros libres femeninos en atenas, veía los cuerpos irrepetibles de las nadadoras como seres de otro mundo, sentía en mi piel el fresco de las piscinas de aguas azules y el olor del cloro, imaginaba lo hermoso que sería hacer el amor con una cualquiera de aquellas mujeres, la que ganase o quedase quinta o la que llegase la última a la meta, se sentó el encargado y empezó a hablar de cuando regresó de suiza y con los ahorros inauguró en enero de 1969 la pensión lausana, me aburren las personas que recuerdan el ayer irrectificable con la nostalgia de los tiempos mejores, de los buenos tiempos y olvidan que tuvieron que emigrar, que tragar miseria, que aprender otro idioma, que renunciar al fútbol de los domingos o al tabaco rubio, a las fiestas de su pueblo, así es la vida dijo la vida como el azar favorece siempre a los ricos, así es la vejez —pensé— se miente para sobrevivir como son mentira los cuerpos gloriosos de las nadadoras que sólo existen en las piscinas olímpicas, le invité a otra botella y entonces ni el ayer ni el presente fueron buenos tiempos, todo era una mierda, los emigrantes que paraban en la pensión como pájaros tristes, los oficinistas solitarios, las mujeres orgullosas, los yonquis intranquilos, los enfermos desahuciados que echaba a la calle como a perros para que no murieran en la pensión y la gente murmurase con asco del negocio, las putas, los camellos, las parejas que hacían el amor, algún pintor, el extranjero, los extranjeros siempre sospechosos, apostadores, locos, estudiantes, mercachifles, viajantes, homosexuales, ladrones, gente de sombra y desamparo, iluminados, ateos, anarquistas, de vez en cuando yo ojeaba la televisión, admiraba los músculos de aquellas mujeres, sus hombros anchos, sus cinturas rotundas, sus muslos incansables y nadaba con ellas en las series de clasificación de los juegos olímpicos, huía del ambiente tórrido del bar sumergiéndome en las piscinas azules que olían a cloro, ah y en la habitación que usted ocupa se cortó las venas en 1980 una mujer, nos miramos y sólo acerté a preguntarle si iba a arreglar algún día las letras fundidas del letrero, para qué —dijo— tenía razón, para qué, qué importan los nombres, los nombres de las pensiones los nombres de los bares los nombres de las mujeres los nombres de las plazas los nombres de las personas que vivieron en la lausana si al final sólo queda el brillo de la sangre que fluye cuando en la habitación 9 una mujer sin nombre coge una cuchilla de afeitar y se corta las venas en silencio, una semana me quedó a deber la muy puta —dijo el encargado— hizo un gesto al camarero, a ésta invito yo, por los buenos tiempos y vi el rastro de sangre de la suicida de la pensión esparciéndose en las aguas azules de una piscina olímpica a la que se lanzan nadadoras como tiburones que olfatean la sangre y buscan su origen con los delicados movimientos de las nadadoras olímpicas
José María Pérez Álvarez. La soledad de las vocales. Ediciones B.

lunes, 16 de julio de 2018

León Felipe en Ganarás la luz (i)

¿Quién soy yo?

He aquí una buena pregunta para hacérsela el hombre por la tarde, cuando ya está cansado y se sienta a esperar en el umbral de la noche.
Si se abriese ahora, de improviso, la puerta y alguien se adelantase a preguntarme quién soy yo, no sabría decir cómo me llamo.
En la mañana nos bautizan, al mediodía el sol ha borrado nuestro nombre y en la tarde quisiéramos bautizamos nosotros.
Salimos de aventura en la madrugada por el mundo, con un nombre que nos prenden en la solapa, como una concha en la esclavina y creemos que por este nombre van a llamarnos los Pájaros. ¡No nos llama nadie! Y cuando ya estamos rendidos de caminar y el día va a quebrarse, gritamos enloquecidos y angustiados, para no perdernos en la sombra: ¿Quién soy yo?
¡Y nadie nos responde!
Entonces miramos hacia atrás para ver lo que dicen nuestros pasos. Creemos que algo deben de haber dejado escrito en la arena nuestros pies vagabundos. Y comenzamos a descifrar y a organizar las huellas que aún no ha borrado el viento.
Es la hora en que el caminante quiere escribir «sus memorias». Cuando dice:
Les contaré mi vida a los hombres para que ellos me digan quien soy.
Si es un poeta, querrá contársela también a los pájaros y a los árboles. Y un día buscará un cordoncito o un mecate para ceñir y ligar bien su «antología». Entonces dirá:
Reuniré en un manojo apretado mis mejores poemas porque tal vez así, todos juntos, sepan decir mejor lo que quieren, a dónde se dirigen... y acaso al final apunten vagamente mi nombre verdadero.
Si el poeta es un poco arquitecto y algo más orgulloso, tal vez se atreva a contarle su vida a las piedras también. Y dirá:
Construiré mi morada —mi templo y mi sepulcro— con las piedras más firmes que he tallado.
Yo no sé si soy un poco arquitecto, pero soy tan orgulloso como el hombre que quiere hacer eterna su casa y su palabra; como el hombre que, enloquecido y angustiado, se afana en bautizarse a sí mismo con un nombre por el que puedan llamarle

los pájaros
los árboles
las piedras...

con un nombre que no derribe el Viento.

***

Pero, ¿por qué habla tan alto el español?

Sobre este punto creo que puedo decir también unas palabras.
Este tono levantado del español es un defecto, viejo ya, de raza. Viejo e incurable. Es una enfermedad crónica. Tenemos los españoles la garganta destemplada y en carne viva. Hablamos a grito herido y estamos desentonados para siempre, para siempre porque tres veces, tres veces, tres veces tuvimos que desgañitarnos en la historia hasta desgarrarnos la laringe.
La primera fue cuando descubrimos este Continente, y fue necesario que gritásemos sin ninguna medida: ¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra! Había que gritar esta palabra para que sonase más que el mar y llegase hasta oídos de los hombres que se habían quedado en la otra orilla. Acabábamos de descubrir un mundo nuevo, un mundo de otras dimensiones al que cinco siglos más tarde, en el gran naufragio de Europa, tenía que agarrarse la esperanza del hombre. ¡Había motivos para hablar alto! ¡Había motivos para gritar!
La segunda fue cuando salió por el mundo, grotescamente vestido con una lanza rota y una visera de papel aquel estrafalario fantasma de la Mancha, lanzando al viento desaforadamente esta palabra de luz olvidada por los hombres: ¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia!... ¡También había motivos para gritar!
El otro grito es más reciente. Yo estuve en el coro. Aún tengo la voz parda de la ronquera. Fue el que dimos sobre la colina de Madrid, en el año de 1936, para prevenir a la majada, para soliviantar a los cabreros, para despertar al mundo: ¡Eh! ¡Que viene el lobo! ¡Que viene el lobo! ¡Que viene el lobo!...
El que dijo Tierra y el que dijo Justicia es el mismo español que gritaba hace seis años nada más, desde la colina de Madrid a los pastores: ¡Eh! ¡Que viene el lobo!
Nadie le oyó. Los viejos rabadanes del mundo que escriben la historia a su capricho, cerraron todos los postigos, se hicieron los sordos, se taparon los oídos con cemento, y todavía ahora no hacen más que preguntar como los pedantes: ¿pero por qué habla tan alto el español?
Sin embargo, el español no habla alto. Ya lo he dicho. Lo volveré a repetir: El español habla desde el nivel exacto del hombre, y el que piense que habla demasiado alto es porqué escucha desde el fondo de un pozo.

***

Hay dos Españas

Hay dos Españas: la del soldado y la del poeta. La de la espada fratricida y la de la canción vagabunda. Hay dos Españas y una sola canción. Y esta es la canción del poeta vagabundo:

Soldado, tuya es la hacienda,
la casa,
el caballo
y la pistola.
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo...
Mas yo te dejo mudo… ¡mudo!
Y ¿cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?

***

¡El salmo es mío!

Y la España que se llevó la canción, se llevó el salmo también.
Jamás oí en las catedrales españolas un salmo afilado que se pudiese clavar en el cielo, en la tierra o en la carne del hombre.
Y siempre me preguntaba al entrar en las iglesias: ¿dónde estará el salmo? ¿dónde le habrán escondido los canónigos?
Durante el expolio de la última guerra española, lo encontré. Lo habían guardado los sacristanes en una vitrina y allí lo retenían como un idolillo inútil ya y sin sentido, para que lo contemplasen la erudición eclesiástica, los poetas pedantes y los turistas.
Me lo llevé. Entonces me lo llevé. Al final ya de la contienda, allá por los últimos días del año 1938, cuando los «rojos» se habían ya incautado de las iglesias y de los ornamentos sagrados (de los utensilios y los cubiletes de los malabaristas y de los mercaderes del templo), y me llevé el salmo.
Denunciadme al Sumo Pontífice, dadle mis señas, mostradle mi cédula (este libro es mi cédula).
Decidle que es que va aullando en la ráfaga negra del Viento, por todos los caminos de la Tierra... es el salmo. Y que no me lo llevo, que me lo llevo en mi garganta, que es la garganta rota y desesperada del hombre a quien él ha dejado sin altar y sin tabernáculo.
No me lo robo. Me lo llevo... ¡lo rescato! El salmo es mío... ¡del poeta! El salmo es una joya que les dimos en prenda los poetas a los sacerdotes.
¡Fue un préstamo!
Y ahora me lo llevo.
Cuando los arzobispos bendicen el puñal y la pólvora y pactan con el sapo iscariote y ladrón... ¿para qué quieren el salmo?
El poeta lo rescata... se lo lleva, porque el salmo es del poeta... ¡Mío!... ¡El salmo es mío!

***

Soy un vagabundo

Yo no soy más que un hombre sin oficio y sin gremio, no soy un constructor de cepos. ¿Soy yo un constructor de cepos?
¿He dicho alguna vez: Clavad esas ventanas, poned vidrios y pinchos en las cercas?
Yo he dicho solamente: No tengo podadera ni tampoco un reloj de precisión que marque exactamente los rítmicos latidos del poema.
Pero sé la hora que es.
No es la hora de la flauta.
¿Piensa alguno que porque la trilita dispersó los orfeones tendremos que llamar de nuevo a los flautistas?
No.
No es ésta ya la hora de la flauta.
Es la hora de andar, de salir de la cueva y de andar…
de andar… de andar… de andar.

Yo soy un vagabundo.
Yo no soy más que un vagabundo sin ciudad, sin decálogo y sin tribu.
Y mi éxodo es ya viejo.
En mis ropas duerme el polvo de todos los caminos
y el sudor de muchas agonías.
Hay saín en la cinta de mi sombrero,
mi bastón se ha doblado
y en la suela de mis zapatos llevo sangre, llanto y tierra de muchos cementerios.
Lo que sé me lo han enseñado
el Viento,
los gritos
y la sombra... ¡la sombra!

***

Pero diré quién soy más claramente

Pero diré quién soy, más claramente, para que no me ladre el fariseo
y para que registren bien la ficha
el psicoanálisis,
el erudito
y el detective:
Soy la sombra,
el habitante de la sombra
y el soldado que lucha con la sombra.
Y digo al comenzar:
¿Quién no tiene una joroba y un gran saco de lágrimas?
¿Y quién ha llorado ya bastante?
La luz está más lejos de lo que contaban los astrónomos,
y la dicha más honda de lo que cantabas tú, Walt Whitman.
¡Oh, Walt Whitman! Tu palabra hapiness la ha borrado mi llanto.
La vida, arrastrándose, ha cubierto el mundo de dolor y de lágrimas.
Este el mantillo de la tierra,
el gran cultivo junto al cual la esperanza de Dios se ha sentado paciente.
De la amiba de la conciencia se asciende por una escala de llanto.
Y esto que ya saben los biólogos,
lo discuten ahora los poetas.
Han llorado la almeja y la tortuga,
el caballo,
la alondra
y el gorila…
Ahora va a llorar el hombre.
El hombre es la conciencia dramática del llanto.
Antes que yo, lo habéis dicho vosotros, ya lo sé.
Y yo digo además:
Esta fuente es mía… y no la explota nadie.
Nadie me engañará ya nunca:
mi llanto mueve los molinos
y la correa de la gran planta eléctrica.
De mi sudor vivió el rey,
de mi canción, el pregonero,
y de mi llanto, el arzobispo.
Sin embargo, mi sangre es para el altar.
Sacad de los museos esa gran piedra azteca y molinera,
afilad otra vez el navajón de pedernal,
rasgadme el pecho de la sombra
y dad mi sangre al sol.
¡Que hay algo que los dioses no pueden hacer solos!

***

La espada

En el principio creó Dios la luz... y la sombra.
Dijo Dios: Haya luz
y hubo luz.
Y vio que la luz era buena.
Pero la sombra estaba allí.
Entonces creó al hombre.
Y le dio la espada del llanto para matar la sombra.
La vida es una lucha entre las sombras y mi llanto.
Vendrán hombres sin lágrimas...
pero hoy la lágrima es mi espada.

Vencido he caído mil veces en la tierra,
pero siempre me he erguido apoyado en el puño de mi espada.
Y el misterio está ahí,
para que yo desgarre su camisa de fuerza con mi llanto.

El llanto no me humilla.
Puedo justificar mi orgullo:
el mundo nunca se ha movido
ni se mueve ahora mismo sin mi llanto.

No hay en el mundo nada más grande que mis lágrimas,
ese aceite que sale de mi cuerpo
y se vierte en la tumba
al pasar por las piedras molineras
del sol y de la noche.

Dios contó con mis lágrimas desde la víspera del Génesis.
Y ahí van corriendo, corriendo,
gritando
y aullando
desde el día primero de la vida, a la zaga del sol.

Luz...
cuando mis lágrimas te alcancen,
la función de mis ojos ya no será llorar
sino ver.

***

Agradecimiento

Hay poetas que trabajan con la palabra solamente, como los lapidarios;
otros trabajan con la metáfora, como los joyeros que cambian las piedras de lugar;
otros empalman y enciman los ladrillos con una musiquilla monótona e interminable de romance;
otros se valen del termómetro y del compás, como los geómetras impasibles que miden los ángulos y la temperatura del tabernáculo;
otros trabajan con el símbolo y con la fábula, como los estofadores y los que emploman los vidrios de los grandes ventanales;
algunos muy entendidos son maestros en el arabesco, en el jeroglífico y en la alegoría, como los tejedores sagrados y los criptógrafos que dejan su secreto en las cenefas de las casullas y los frisos de los cenotafios;
otros trabajan con la arcilla blanda de su ejido solamente, como el alfarero municipal;
otros cavan en las profundidades del subterráneo donde se han de apoyar un día los cimientos, como los tejones y los topos;
otros se afanan allá arriba, cerca del cielo, en las cornisas de los campanarios, como la cigüeña y las golondrinas…
Pero el Poeta Prometeico trabaja con su sangre donde van disueltos los esfuerzos de todos estos poetas especializados.
Y a todos estos artífices humildes, cuyo nombre se llevará un día despiadadamente el Viento, el Poeta Prometeico les agradece todo lo que le han dado, todo lo que le han traído para edificar el templo venidero y levantar la torre donde se ha de colocar mañana el pabellón rojo del hombre.
León Felipe. Ganarás la luz. Editorial Cátedra.

viernes, 13 de julio de 2018

Un año pésimo. John Fante

Dominic Molise. El gran lanzador de béisbol, el muchacho que habla con su brazo izquierdo y lo eleva a los altares, junto a la virgen María, el soñador que aspira a salir de su hogar y jugar las grandes ligas gracias a un don que cree indestructible, Dominic Molise, que vive junto a una familia pasional de raíces italianas, la madre austera que espera cada noche al marido y que sostiene la fatiga del mundo en sus hombros, el padre, un albañil en paro, que se gasta el dinero en partidas de billar, que aparece con marcas de pintalabios, que aspira a que su hijo siga su camino, los hermanos tan soñadores como él, una quiere ser monja, el otro vaquera, la abuela que habla con el acento de los Abruzos y maldice la América que niega sus raíces y cambia el destino de quienes llevan su sangre, todos ellos una pequeña comunidad que sale adelante a trompicones, cada uno en un combate personal contra la realidad y los deseos incumplidos. Molise tiene diecisiete años, es decir: todo el engreimiento del mundo, el intento por separarse de la figura paterna y el anhelo por descubrir el amor y el sexo — y la religión, tan arraigada en la familia, una sombra que sobrevuela cada acto y cada pensamiento—. El invierno de 1933 fue malo, dice Molise, y recuerda aquellos meses donde intentó soñar y negar sus raíces y amar, y lo que consiguió fue madurar, entrar en el duro mundo de los adultos, descubrir que los sueños tienen una cara agridulce, donde perseguirlos significa elección, discriminación y algo que se pierde. La vida adulta se revelará a Molise en la lucha con el padre por la independencia o el fracaso en alguno de sus deseos, y la inexperiencia en la amistad y en el amor le llevará a gestos irreflexivos, robar unas bragas de su amor platónico, pelearse con su único amigo, palos de ciego en el camino del aprendizaje, tan perdido como aquellos poetas antiguos que escribían versos donde la amada era inalcanzable y ellos indignos de su amor. Y es eso, el paso de lo platónico a lo real, la responsabilidad que toda acción conlleva, lo que acabará aprendiendo Dominic Molise, el gran lanzador de béisbol, el muchacho que habla con su brazo izquierdo, el soñador de las grandes ligas, el chico que niega el destino marcado en su sangre italiana.

Hay algo extraño en Un año pésimo. Cambian los nombres de la familia Molise que protagonizó La hermandad de la uva y las relaciones que se dan entre ellos, pero el tono es parecido: están Colorado, las raíces italianas de la familia que se hunden en los Abruzos, un territorio tan mítico como humilde, las ausencias del padre y sus líos amorosos, la religiosidad de la madre, el combate entre padre e hijo. Si en La hermandad de la uva el narrador era Henry Molise, un escritor que se ve envuelto en la última locura de su padre construir un secadero de pieles en las montañas como monumento a su vida de albañil, en Un año pésimo es Dominic Molise quien habla de sus diecisiete años y sus sueños de ser jugador de beisbol y conquistar a la mujer más hermosa del pueblo en La hermandad de la uva uno de los hermanos Molise, Mario, intentó triunfar en el beisbol. Son extraños estos cambios de nombres entre ambos libros, acercan a Un año pésimo al boceto, pero la esencia es la misma. Y la esencia de Fante es el humor socarrón, la ternura, las relaciones paterno-filiales, los sueños homéricos, la lucha contra la pobreza, la dictadura de las raíces, uno mismo: una lucha desigual.

Dominic tiene la fiebre de Arturo Bandini o Henry Molise. Como ellos, se siente tocado por un talento especial y aspira a convertirse en alguien grande. Bajo esa confianza se esconde un muchacho que se adentra en el mundo de los adultos y que se sabe perdido. Enamorado de una mujer mayor, incapaz de tener más que un amigo, la amenaza de repetir los gestos de su padre y ser albañil, lo que le llevaría a seguir encerrado en una vida que no eligió, Dominic deambula entre la ensoñación infantil y la lucha por conseguir su lugar en el mundo. Una fuerza subterránea lleva a Dominic a mirar fuera del pueblo de Colorado en el que vive, la idea de que en otro lugar sería un jugador talentoso, que podría enviar dinero a su familia y ser una especie de salvador, y con ello, separarse de la sombra del padre. Y es en ese intento de separarse del padre donde descubre el vínculo que les une.

Hay una escena, intensa y sencilla, en Un año pésimo, uno de esos momentos en apariencia triviales que esconden un significado profundo. Dominic espía a su padre en casa de otra mujer. Y lo que allí encuentra es una plácida imagen hogareña: un hombre y una mujer en un salón, tejiendo un calcetín y haciendo un solitario, beso en la mejilla de despedida, una escena que transmite paz, que permite ver al padre, por primera vez, de carne y hueso, con todas las debilidades y los deseos y las emociones de un adulto.

Un año pésimo es tan febril, sentimental y arrebatada como su narrador, una novela de iniciación con un humor despiadado la aparición de la virgen María, el intento de Molise de seducir a una mujer mayor, los conversaciones con el Brazo, al que otorga unos poderes dignos de un santoral vehemente e impetuoso, y una ternura que desarma —las lágrimas de un muchacho ante la rapidez de la vida y los sueños, la figura austera de la madre, la relación con el padre que empieza con una lucha y termina con un reconocimiento mutuo, y en ese reconocimiento, la tristeza y la responsabilidad al cruzar la infancia y la adolescencia e ingresar en el mundo adulto—.







¡Señor, ayúdame! Y apreté el paso para huir de mis pensamientos, eché a correr con los helados zapatos chillando como ratones; pero correr no sirvió de nada, tenía los pensamientos a la izquierda, a la derecha y a mis espaldas. No obstante, mientras corría, El Brazo, el buen brazo izquierdo, se hizo cargo de la situación y dijo con voz tranquilizadora: cálmate, chico, es la soledad, estás totalmente solo en el mundo; ni tu padre ni tu madre ni tu fe pueden ayudarte, nadie ayuda a nadie, sólo tú puedes ayudarte y por eso estoy aquí, porque somos inseparables y nos ocupamos de todo.
¡Oh, Brazo! Brazo fuerte y leal, háblame con dulzura. Háblame de mi futuro, de los aplausos de las multitudes, de la pelota colándose a la altura de las rodillas, de los bateadores entrando y saliendo descalificados, fama, fortuna y victoria, todo eso tendremos. Y un día moriremos y yaceremos juntos en la misma fosa, Dom Molise y su estupendo brazo, el mundo del deporte se estremecerá de dolor, el telegrama del presidente de la nación a mi familia, las banderas a media asta en todos los estadios del país, los admiradores llorando sin ninguna vergüenza, la biografía en cuatro partes publicada por Damon Runyon en el Saturday Evening Post: EL TRIUNFO SOBRE LA ADVERSIDAD, LA VIDA DE DOMINIC MOLISE.
Me detuve a llorar al pie del olmo; la inminencia de mi muerte era demasiado amarga para soportarla; tan joven y lleno de talento, y muerto en la flor de la edad. Dios mío, ten piedad: ¡no me lleves tan pronto! Concédeme unos años, sé bondadoso con mi juventud. A los diecinueve estaré preparado para la gran ocasión. Concédeme esos años y otros diez, en total doce, ni uno más ni uno menos, no me importa si ficho por Phillies o con los Cubs, pero concédeme esos años y mándame al banquillo a los veintinueve, es tiempo más que suficiente, oh dulce Señor, calcula treinta partidos por año, en total serían trescientos sesenta partidos, mucho béisbol, muchos lanzamientos para estampar el nombre de Dom Molise entre los inmortales.
John Fante. Un año pésimo. Traducción de Antonio-Prometeo Moya. Anagrama.

miércoles, 27 de junio de 2018

Diario de Praga (1941-1942). Petr Ginz

Paisaje lunar 1942-1944
Tiene catorce años. Petr Ginz. Vive en la Praga ocupada por los nazis. Le gusta dibujar, leer a Verne, escribir relatos. Ginz es un muchacho inquieto, creativo y observador, y traslada su mundo a un diario hecho con tapas y hojas de viejos cuadernos, un mundo que desaparece poco a poco. Porque esa es la impresión tras leer su diario. Que es un libro de desapariciones. Desaparecen las calles por las que poder pasear y los vagones de tranvía en los que viajar, desaparecen la fruta y la verdura de las cartillas de racionamiento, desaparecen los negocios, los muebles y las ropas, desaparecen los compañeros y vecinos de Ginz, primero a la espera de un transporte que los lleven a Terezin y luego dentro del campo de concentración, y desaparece el propio Ginz. De lo pequeño y externo a lo interno e inmenso. Ése es el orden de las desapariciones.

Ginz inicia sus anotaciones diarias sobre el tiempo que hace, sus encuentros con amigos, la visita de familiares, las clases y los deberes escolares, incluso incluye alguna travesura infantil, una repetición sencilla y, casi, musical, en la que irrumpe la guerra, la ocupación alemana y el cerco a los judíos. Ginz mira con asombro a su alrededor, describe su vida familiar impregnada por el peligro de la guerra y su condición de judíos: a los días donde habla de las primeras nieves o del casamiento de un profesor le siguen las noticias del atentado a Heydrich, el llamamiento a familiares y amigos para los transportes a Terezin, cómo los judíos son despojados primero de sus derechos y sus pertenencias para luego acabar con su vida. 

El diario de Ginz es duro y cruel tanto por lo que describe, la persecución y el exterminio de los judíos, como por cómo lo hace, la escritura de un muchacho despierto y creativo que con catorce años convive con el horror y la sinrazón. Hay momentos de una dulzura y ternura extremas, los regalos entre padres e hijos, los paseos con los amigos, los dibujos y los sellos y las noticias de la radio y las travesuras y los motes a profesores que hablan de una vida en apariencia normal y que se rompen por la guerra y la barbarie, por ese muro primero invisible y luego real que rodeó a los judíos de Praga. Es esa confrontación entre ternura y guerra, entre familia y desapariciones lo que da a estos diarios un valor extraño y diferente, no son memorias de supervivientes sino las impresiones de un muchacho mientras sucede la guerra y el exterminio.


Jueves, 1 de enero de 1942 Me hice con corteza de árbol un violín precioso, pero todavía no puedo tocarlo porque ahora sólo tiene dos cuerdas (de goma).
Por la mañana hice deberes. Por lo demás nada especial. En realidad pasan muchas cosas, pero no se notan. Lo que resulta ahora totalmente corriente, hubiera sido motivo de escándalo en una época normar. Los judíos, por ejemplo, no pueden comprar fruta, gansos y aves en general, queso, cebolla, ajo y muchas otras cosas. No les dan cartillas de racionamiento de tabaco a los presos, a los locos y a los judíos. No pueden viajar en el vagón delantero de los tranvías, en los autobuses y en los trolebuses; no pueden pasear por la orilla del río, etc., etc.


La edición de los diarios de Ginz se completa con unos cuadernos encontrados de sus meses en Terezin donde Ginz recuerda su partida al campo y la despedida de su familia, escribe sobre el encuentro con otros prisioneros o inventa relatos en los que hay una mirada sobre la condición humana. Petr Ginz acabará asesinado en Auschwitz con apenas dieciséis años. Leer su diario es asistir a la destrucción de la inocencia (la otra cara de las novelas de iniciación): un muchacho despierto y creativo que dibuja paisajes lunares o praguenses, crea códigos secretos, escribe poemas y observa cómo el mundo que le era propio se convierte en un lugar irreconocible.


Ghetto 1944

Habitación de jóvenes 1943



Tejados y torres de Praga 1939-1940
Una calle de Terezin 1944



Petr Ginz

Ahora ya todo el mundo sabe
quién es judío y quién es ario
porque al judío se le reconoce
por la estrella amarilla y negra.

Y el judío, una vez marcado,
tiene que acatar las ordenanzas:

Todos los días, a partir de las ocho,
debe dedicarse a su familia,
sólo puede trabajar de peón,
y no prestarle a nada atención,
no ser dueño ni de un cachorro
y de afeitarse ni hablar.
Y la judía que antes era rica
no puede tener ni siquiera un gato,
tiene que enseñar a los niños en casa,
hacer las compras de tres a cinco,
no puede haber joyas, ajo o vino,
conciertos, teatro o cine,
coches, casas, gramófonos,
pieles, esquís, teléfonos,
carne de cerdo, cebollas, queso,
aparatos o balanzas,
armónicas para tocar
o un canario para entretenerse,
bicicletas o barómetros,
calcetines o suéteres.

Y sobre todo el criminal judío
debe abandonar sus hábitos:
comprar  zapatos o trajes, no,
las tiendas no son para él,
ni aves de corral o jabón de afeitar,
carné de conducir o licores,
revistas o periódicos,
bombones o máquinas de coser,
calzoncillos de abrigo, ni siquiera un par,
ni tiendas, campos o minas,
ni acciones, fábricas o casas,
ni sardinas, ni fruta, ni pescado.

Puede que aún falte algo.
Hay aún muchas más cosas.
¡Mejor que no compres nada!

Acostúmbrate a ir a pie
haga buen tiempo o llueva.
No salgas de tu edificio
y ni se te ocurra tomar el tren.
Claro que tampoco puedes tomar un rápido
o un tranvía o un taxi
y por grande que sea la tentación
ni se te ocurra entrar al bar,
ni andar junto al río, ni ver una exposición,
o ir al museo o la piscina,
al correo o andar por los andenes,
a tomar café o a los estadios,
al templo, a la sala de juegos
o a los baños públicos.
¡Y anda también con cuidado
por las avenidas principales
o las grandes tiendas!
Y si quieres disfrutar del mundo
mejor es que vayas al cementerio,
ponte elegante para ver las tumbas
y aprovecha para respirar aire puro allí,
ya que no puedes entrar en ningún otro jardín.

El judío, por listo que sea,
tiene la cuenta del banco bloqueada,
ha abandonado las malas costumbres,
y con los arios ya no se relaciona.

Ninguno de ellos podía antes disponer
más que de mochila, maleta y correa.
Ahora ya no tiene ni ese derecho,
pero el judío sigue sin quejarse.
Sólo atiende al reglamento
y sigue siempre con todo contento.
Petr Ginz. Diario de Praga (1941-1942). Traducción de Fernando Valverde. Acantilado.