Tengo unos quinientos libros en casa de mis padres, la mayoría lecturas de hace veinte y treinta años. Ahora con una biblioteca nueva por llenar, los traigo poco a poco —hay semanas que uno cada día, una forma zen de tomarme el tiempo y la espera. Otras, como esta semana que empieza hoy, serán bolsas de papel con cinco o seis libros dentro—. Entre los libros traídos hay uno donde guardo un recuerdo ajeno. Entre las páginas de Fahrenheit 451 guardo el recordatorio de los votos de mi madre, tomados un catorce de febrero de 1964, hace sesenta y dos años, en una de las vidas de mi madre cuyo eco aún perdura. Ella fue la hermana M.L.F. del Corazón de Jesús. Es sobrio el recordatorio. Los versos en latín “Juxta crucem tecum stare” del himno Stabat Mater sobre un cirio encendido, una rosa con espinas encima de una biblia roja, un rosario en las aspas de una cruz. El recordatorio lo guardaba uno de sus hermanos en la cartera. Estaba orgulloso de una hermana monja, me decía su hija mayor.
Recuerdo una foto de mi madre vestida con el hábito de monja, una foto que no encuentro entre los cajones y álbumes. De negro y blanco, estaba sentada en el banco de una ermita junto a otras hermanas. Fue mi hermana mayor quien me enseñó la foto de niño, quería mostrarme a una madre desconocida.
Mi madre apenas habló de aquella época salvo al final de sus días —como mi padre recordaba una juventud y una madures sin temblores en los últimos días de agosto, antes de morir—. Sabemos que mis padres fueron novios de jóvenes y que ambos marcharon a Madrid, mi madre a servir en casa de unos parientes, mi padre a la mili —no paraba de mirar al cielo, asombrada por las alturas de los edificios, decía mi madre con un tono de niña al recordar su primer día en la ciudad—. Luego, el convento donde permaneció hasta que supo que aquella no era una vida que seguir. Y llamó por teléfono a mi padre; en aquella época ya vivía en la zona minera donde nacimos mis hermanas y yo.
Tal vez elegí Fahrenheit 451 para guardar el recordatorio de mi madre por esos hombres-libro que atesoran las palabras de Platón, Thoreau, Darwin, Buda o los evangelistas en una época oscura donde los libros se queman.
He traído una bolsa con libros de casa de mis padres. Desde hace semanas elijo un libro de los que aún tengo en su casa y le busco un lugar en mi nueva biblioteca. Es un ejercicio de paciencia y lentitud, porque aún deben quedar unos quinientos allí (entonces, podría tardar más de un año en reunir mis libros en un mismo lugar). Hoy quise saltarme esa paciencia y lentitud y escogí una quincena de viejas lecturas —Ford, Bolaño, Dexter—. En el tren, con la bolsa entre los pies, me di cuenta de que no sólo está la ausencia absoluta de mis padres cada vez que entro en su casa, también yo, poco a poco, voy dejando huecos y vacíos.
Hoy, en mitad del reparto, he visto dos esquelas de vecinos de mi sección, uno muerto con 66 años y otro con 72. Eran hombres con los que tenía un pequeño vínculo por el trabajo. P. vestía al estilo americano de los años cincuenta, llevaba el pelo engominado, leía revistas de ciencia y misterio, su voz pausada y clara. Compartía piso con otros hombres de su edad y uno de ellos me decía que P. leía siempre hasta tarde en la noche. J. me preguntaba por la carta de los pensionistas o si había llegado ya la declaración de la renta o cómo hacer para votar por correo. Era espigado y nervioso y parecía siempre estar esperando algo. Son pequeñas punzadas, ýb.
Hoy, también, una mujer me habló del viento de agosto en Colombia. Se sorprende del viento constante y agotador de este pueblo. Le digo que llega del mar y que lo detienen las montañas alrededor, devolviéndolo con fuerza al valle —en los últimos días, árboles arrancados de raíz, tejados levantados, puertas metálicas retorcidas como papel—. Es lindo ver el cielo lleno de cometas en los agostos de Colombia, ver cómo navegan, me dijo con su acento apacible y delicado. Me encuentro cada día con retazos de otros mundos.
No pude escribirte la semana pasada, ýb. Me puse enfermo, salí antes de trabajar y me quedé en la casa vacía de mis padres a pasar la noche. Era incapaz de llegar a mi casa. Fueron horas extrañas, ýb. Era la primera vez que pasaba la noche solo en el que fue el hogar de mi infancia. Entré en cada habitación en una especie de búsqueda arqueológica. El silencio, el frío que devolvían los muebles, las cajas con ropa, la penumbra. En la mía, los libros aún por traer a esta casa. En la de mis padres, el armario cerrado, la cama cubierta únicamente por una colcha, el retrato de mi abuela materna. Abrí los cajones para encontrarme con objetos ahora inanimados que llevan un recuerdo —la cartera de mi padre, con las esquelas de vecinos del barrio recortadas del periódico, un calendario de hace cinco años, alguna fotografía en blanco y negro; el bolso de mi madre, sobre la cómoda, vacío; la radio (el transistor, que dirían ellos), que usaba mi madre para dormir bien—. Creo que la muerte es una casa fosilizada donde sólo quedan las huellas de aquello que nos describía.