Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop
Mostrando entradas con la etiqueta cartero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cartero. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de marzo de 2026

Los lunes de Anay. Versátiles...

Hace unos días llegaron a la cartería unas postales enviadas desde diferentes ciudades a un mismo destinatario. La viajera, en cada una de ellas, describía en pocas palabras aromas, paseos, mercados y voces. También palabras de extrañeza, de echar de menos, de suerte por encontrarse. En una de esas postales dejó una frase definitiva. Hablaba de cómo una ciudad tenía algo más difícil de nombrar: “la sensación de estar vivo en el momento exacto”.













Los lunes de Anay. Versátiles

"Nadie entiende mis ironías porque no lo son"

                                                                   PABLO MIRAVET


EL JOVEN DE LA CAJA

El joven de la caja no importa.
Pasa sin rostro junto a nosotros.
Se vuelve invisible.
Adentro de la caja está su rostro
perfectamente doblado como una camisa,
perfectamente horneado como un pan,
perfectamente armado como una bomba.
No recordamos a alguien,
no recordamos el nombre de alguien
que lleve una caja.
¿Cómo puede tener importancia
alguien que carga una caja?
¿Cómo puede alguien al cargar una caja
dejar de importar?

El joven de la caja es un nadie
aunque lleve la ceniza de tus padres
o la ceniza de tus hijos.
Prueben a vestir al joven con diamantes.
Prueben a cubrir la caja con diamantes.
Y el joven de la caja seguirá sin importar.

Dirán:

Debe ser importante

alguien que tiene por mensajero
a un joven vestido de diamantes.

Debe ser importante

alguien que recibe por entrega
una caja cubierta de diamantes.
Eso dirán, eso diremos.

El joven de la caja, el gran nadie que nunca importa.
Adentro de la caja está su rostro
perfectamente idéntico al rostro de todos.

                                                                SERGIO GARCÍA ZAMORA



Feliz lunes.

Un beso,

Anay

lunes, 24 de marzo de 2025

Los lunes de Anay. Tapias...















"como un diamante oculto en lo más triste"

                                                              CARLOS PELLICER


CERTEZAS

Habéis empujado hacia mí estas piedras.
Me habéis amurallado
para que me acostumbre.
Pero aunque ahora no pueda
ni intente dar un paso,
ni siquiera proyecte fuga alguna,
ya sé que es por allí
por donde quiero ir,
sé por dónde se va.
Mirad, os lo señalo:
por aquella ranura de poniente.

                                              CARMEN MARTÍN GAITE




Feliz lunes. 

Un beso,

Anay

lunes, 29 de abril de 2024

Los lunes de Anay. Guiños...

…Me reencontré con la poeta vocacional de mi sección. Le dije que me gustó mucho su revista poética y me sorprendió ver nombres de mujeres con las que hablo a diario y cuya parte poética desconocía. c., una mujer de unos setenta años, pelo blanco y vestido floreado y holgado me recitó El corcel negro, uno de sus poemas, en el umbral de su casa, su voz cariñosa de abuela mudada en la de una muchacha apasionada que espera la llegada de su amante y es consciente de la verdad de su cuerpo —yo en silencio en el umbral de su casa y c. con la mirada de la mujer que fue y del deseo pasado—. Luego me recordó el poema que escribió a su madre, su voz anhelante al recitar los versos finales, donde un capote rojo en el cielo. Antes de despedirnos pisó tierra y me habló de su día a día: los cuidados de su marido, que ya apenas puede salir de la cama, la comida y los arreglos de ropa para hijos y nietos. De la muchacha de los poemas a la abuela de todos y para todo.


Los lunes de Anay. Guiños…

"Las miradas también tocan."

                                         ULPIANO ROS


HAPPY ENDING

Aunque la noche, conmigo,
no la duermas ya,
sólo el azar nos dirá
si es definitivo.

Que aunque el gusto nunca más
suele ser el mismo,
en la vida los olvidos
no suelen durar.

                             JAIME GIL DE BIEDMA



Feliz lunes.

Un beso,

Anay

jueves, 4 de abril de 2024

vínculos

Hoy, durante el reparto, buzoneé una carta, sólo una carta, escrita con bolígrafo azul, Pero hablé de ti a una vecina mientras le entregaba un certificado. Le pregunté si era la misma C. de los carteles del recital poético del próximo viernes. Me dijo que sí, que era el primer recital tras la pandemia, que ella se había animado pero que otras mujeres de la asociación ya no querían. Una perdió al marido, otras lo dejaron tras la pandemia, me dijo. C. es una mujer habladora y risueña y con una voz acogedora y cálida, me dice cariño —y una vez amante—, y se enfada cuando la trato de usted —de tú, háblame de tú, reniega siempre—. Sé que ese usted en mi trabajo es distancia y tiempo. Su vida no es fácil, ahora, el marido enfermo y los constantes cuidados. Como tantas mujeres en mi sección. Le dije que tenía una amiga poeta y le di tu nombre. Al cerrar la puerta me pidió que se lo repitiese. Para buscarte. 

Hay días así, de encuentros breves y tiernos. Hace tiempo que doy los buenos días a un octogenario con muletas cuando nos cruzamos en la estación, antes del primer metro. Levanto la vista del libro que esté leyendo en ese momento y le sonrío. Su andar me recuerda a mi padre, ese encogimiento extraño sobre sí mismo, la mirada perdida en el suelo y el miedo a tropezar. Hoy se paró por primera vez a hablar. Él también fue lector, donó sus libros a la biblioteca de Gernika porque no quería verlos desperdigados en casas ajenas, sólo conservó las obras completas de Blasco Ibáñez en tres tomos encuadernados en piel. Me contó que en su niñez les hacían leer El guerrero del antifaz pero que en las bibliotecas de sus abuelos encontraban libros prohibidos, que recordaba a una escritora de su juventud por una frase anticlerical y que un libro es el mejor amigo. Lees un capítulo, tiras el libro sobre una mesa y él no se enfada. Está ahí cuando vuelves, me dijo mientras guiñaba un ojo. Antes de bajarse, me confesó que iba a visitar a los amiguetes (eran las seis de la mañana), se tomaban un café juntos y charlaban; que estaba mal de las piernas pero no quería quedarse sentado y darle a la cabeza (y giró su dedo indicé sobre su sien), que no ha viajado mucho salvo en los libros.

Y hoy, también, me encontré con Vonnegut entre los libros devueltos de la biblioteca de mi sección. Humanos colisionando con humanos.

C. y este lector octogenario me acompañaron en este día en el que mi padre está aún más presente. Cada día un olor, una palabra, un objeto me llevan a él. Las hojas con las que sacaba sonidos de trompeta, sus lápices de carpintero tan diferentes a los míos, grandes, abultados y que trazaban gruesas marcas sobre la madera, las novelas del oeste que leía, el temblor en sus manos y piernas de sus últimos años y la altura de titán en mi infancia, los gestos medidos sobre su mesa de carpintero y sus brazos en jarras. Cada uno de nosotros somos un mundo en extinción y ojalá pudiéramos dejar un rastro más hondo y compartirlo con otros. Que no desaparezca en silencio. 

19.03.2024

lunes, 22 de enero de 2024

Los lunes de Anay. Índices...

A veces interrumpo mi reparto ante algo que me asombra por repentino. Un caracol tan pequeño como uña dentro de un buzón y el musgo creciendo entre buzones y muros, el planeo acrobático de una bandada de estorninos y el descenso de la niebla sobre árboles y tejados, los remolinos de hojas hacia el cielo y el brillo titilante de las gotas de lluvia en los árboles. Me doy tiempo para contemplar estos gestos fugaces y olvidarme de rapidez y la aparente urgencia del día. A veces me hablan de miedos —una mujer de noventa años encerrada en casa desde hace semanas, incapaz de dormir bien y con ansiedad, sintiéndose minúscula y frágil—, o me piden que repita el nombre de una hija fallecida tiempo atrás —hace tanto que no escucho su nombre en alto, me dijo su madre—, o un niño disfrazado de spiderman dinosaurio patrulla canina  me dice adiós con la mano desde el regazo de su abuela, camino del colegio. A veces cruzo un mitin de jubilados —la última vez resguardados de la lluvia en los soportales de una plaza— y los rastros de sus hijos e hijas en sus caras; y a veces atravieso calles desiertas y calladas. A veces hay perros que me ladran desde el umbral de sus casas y perros de apariencia fiera me piden mimos y caricias en la calle —entonces digo a sus dueños mi gata me mira mal cuando llego a casa y olisquea mis manos—. A veces hay quien me confiesa sentir nostalgia del crujido y el tacto de las cartas —¡escríbelas!, respondo— y quien ha olvidado el gesto de abrir un buzón.  A veces cada día una existencia en sí mismo. 


Los lunes de Anay. Índices…

¡De pie, esqueletos!

                              JAIME SABINES

NO COMPRENDO

Referente a nuestras creencias religiosas,
dijo el estúpido Juliano: "He leído, he comprendido,
he condenado". Como si nos hubiera aniquilado
con su "he condenado", qué ridículo.

Esas expresiones no nos convencen a nosotros,
cristianos. "Has leído, pero no has comprendido; porque si
hubieras comprendido,
no hubieras condenado", contestamos inmediatamente.

                                                              KONSTANTINO KAVAFIS
                                                              (versión de José María Álvarez)





Feliz lunes.

Un beso,

Anay

lunes, 4 de diciembre de 2023

Los lunes de Anay. Timeless...

Han empezado a llegar las postales navideñas. Apenas un puñado en comparación con las centenares que repartíamos años atrás. Hace un par de días repartí las escritas por una hermana a sus tres hermanos, ella en tierras riojanas, ellos apenas distanciados unos portales —en los sobres blancos, una letra redonda y amable—. A veces recojo postales escritas por los niños y niñas a nuestro olentzero o a Papá Noel, unas hojas con trazos dubitativos, letras de colores y dibujos de navidad. Mis padres, cada diciembre, escribían a la familia con aquellas fórmulas añejas y desgastadas, esperando que al recibo de la presente vos encontréis bien… Y yo mismo, no hace tanto, intentaba componer una veintena de mensajes diferentes con mi apagado espíritu navideño a Houston, Tallahasse, Mitrovica, a Madrid, Lugo, Vitoria.  
Hoy las postales y las cartas son sombras de un pasado que se desvanece poco a poco. 
Hace un año nos hicimos pasar por el olentzero, e. y yo, en una postal para los hijos de una amiga. Les decíamos, como olentzero, que nos gustaba su familia, sus juegos, lo orgullosos que estábamos de todo lo que eran y de todo el amor que daban —una postal margarita, lo sé—. Cada noviembre, antes de la rapidez de estos días, le digo a e. que me gustaría dejar un pequeño mensaje en los buzones a los niños de mi sección —o a los niños que habitan en los que hoy somos—.
Ahora sólo escriben cartas los presos. El pasado mes, las cartas de un preso a una mujer con corazones y frases de amor dibujados con manos que parecían de niño. Y las de otro preso a su madre, donde escribía la cuenta atrás de su libertad bajo su remite —siete meses y trece días, decía en la última carta—. Ahora sólo los presos escriben cartas de amor.
*

Estos días de viento y otoño encuentro hojas secas en el interior de los portales. Y ando bajo árboles de lluvia —las gotas en suspenso en las ramas desnudas, el brillo en su centro, la cadencia de la lluvia tras la lluvia cuando una ráfaga revuelve los árboles—. A veces, en las tormentas que llegan de improviso y desaparecen en minutos, me resguardo en un portal y veo pasar el cielo cambiante, la blancura que ciega los montes, y espero. 


Los lunes de Anay. Timeless…

"Abrir brecha en la sombra, respirar"
                                                             EDUARDO GARCÍA

FLORES

Algunos hombres nunca lo piensan.
Tú sí, tú te presentabas
y decías que casi me habías traído flores
pero algo había ido mal.

La tienda había cerrado. O tuviste dudas –
de la clase que mentes como las nuestras
tienen sin cesar. Pensaste que
yo podría no querer tus flores.

Aquello me hacía sonreír y abrazarte.
Ahora sólo puedo sonreír.

Pero, mira, las flores que casi trajiste
han durado todo este tiempo.
                                                   WENDY COPE
                                                   (Versión de Ana Isabel Barreiro)




Feliz lunes.

Un beso,

Anay

lunes, 23 de enero de 2023

Los lunes de Anay. Hábitos...

Soy cartero en un pueblo de viento —cerca, la costa, y a su espalda una cadena de pequeños montes—. Durante el reparto, cuando el viento se acerca a un estampido, me cobijo en un portal mientras, ahí fuera, las hojas vuelan sobre los árboles y en remolinos en el aire —entonces, imagino que son cartas escritas a mano las que se alzan en torbellino hacia el cielo y caen en las calles o sobre manos desconocidas—. Las aceras tras el vendaval son un camino de hojas secas y crujen cuando ando sobre ellas —en verano las hojas verdes y luminosas son arrancadas por un viento sur que nos trastorna y agota, que nos trae dolor de cabeza, cielo amarillo, huellas de un desierto lejano—.

Algunas mañanas, el vestigio del viento en ramas rotas y árboles caídos —y un árbol caído me recuerda, siempre, al esqueleto de un animal prehistórico—. Escucho mástiles de barcos cuando el viento en las copas de los árboles, descubro la desnudez creciente en las ramas a través del otoño e invierno y su resurgir de marzo, hundo mis pies en las hojas marchitas y las levanto en vuelo a grandes zancadas como de niño —y cada año que pasa necesito más estos gestos de niñez ante el tiempo creciéndose aquí dentro—.

***

Cada lunes, desde hace diez años, recibo un lunes de Anay donde una cita, un poema, una canción.




"Eso soñé"
                  JOSEFA PARRA


EL CAMINO MÁS LARGO

Poder ofrecer agua a los que toman
el camino más largo
                      para volver a casa.

A los que son su casa
                       y no se reconocen
ni a donde llegan
ni en quien les espera.

Poder ofrecer agua
incuso si uno es
                      quien les espera,

incluso si uno es
                      aquel que teme,

                      aquel que toma
el camino más largo
                      para volver a casa.
                      VANESA PÉREZ-SAUQUILLO



Feliz lunes.

Un beso,

Anay

sábado, 24 de diciembre de 2022

postales —deseando que al recibo de la presente vos encontréis bien


Hace años mi padre compraba una decena de postales y me pedía que escribiera por él a familia y amigos. Sus postales y cartas empezaban con un deseando que al recibo de la presente vos encontréis bien —ese vos era la linde entre el gallego y el español en mi padre—. Nos sentábamos en la mesa de la cocina, junto a la ventana que daba al parque de juegos y el ladrillo rojo de los edificios. Intentábamos no repetir el mensaje de las postales más allá de los buenos deseos por las fiestas y el año nuevo, que cada una de ellas dijera algo personal y único. Luego, firmábamos en el último espacio libre de las postales y las llevaba, mi padre, a la oficina de correos. Era una comunicación ancestral. 

En este oficio en extinción de cartero aún hay tiempo para la lentitud de las postales y las cartas. Cada día desde hace un par de semanas buzoneo una treintena de postales en mi sección. Las hay minúsculas, cromos que apenas ocupan la palma de mi mano, o hinchadas como un cuaderno de notas —dentro, intuyo un pequeño regalo—, las hay de sobre blanco y de colores —rojo y verde en su mayoría—, de dibujos y pegatinas de estrellas fugaces, planetas orbitales, unicornios y reyes magos escalando una montaña en forma de pirámide, las hay de letra diáfana o temblorosa o la letra primeriza de los niños, tan grande y redonda y donde cabe la aventura espacial y los dragones. Vienen de A Coruña, Bruselas, Miranda de Ebro, Palencia, Berlín. Acortan distancias. Hoy he visto algunas postales de ayer todavía en los buzones —se ha perdido el gesto de abrir el buzón, como se está perdiendo la escritura a mano, esa lentitud del tiempo delante de un espacio en blanco, esa calma de la espera en esta época de lo inmediato—. A veces entrego en mano esas postales y la mirada del otro centellea por un instante. Y a veces me sorprendo: hoy, una postal de la vecina del primero al jubilado del tercero. 


Recuerdo las filas de niños y niñas nerviosos ante el buzón amarillo de la oficina en el diciembre pasado. Cada uno con una postal en la mano. Se acercaban a la boca del buzón, alguno de puntillas, y echaban la postal con cuidado. Algunos esperaban escuchar algo parecido al eco de una piedra contra el fondo de un río antes de darse la vuelta. Su sonrisa titilaba. Una vez crucé con mi carro una de esas filas. Me preguntaron si iba a abrir el buzón. Les conté que sus postales las recogería más tarde un compañero en su furgoneta y que las llevaría a la oficina, que de ahí irían al pabellón para ser clasificadas y enviadas a destino, que al día siguiente, si se las habían escrito a sus amigos del pueblo, mirasen en el buzón de casa, y si era al olentzero que no se preocuparan porque había una zona especial habilitada para sus cartas en el pabellón y pasaba todos los días a recogerlas. Ese buzón amarillo, les dije antes de continuar el reparto, era un objeto asombroso, se comunicaba con cada punto del planeta. 

—los niños me miran con asombro, me saludan con la mano y me envían un musu desde el umbral de su casa, me vigilan mientras buzoneo y me enseñan el hueco entre sus dientes (y luego las monedas que le dejó el Ratoncito Pérez) o el dinosaurio en su mano —es un triceratops, me dice un niño de tres años—, me piden las gomas que llevo en la muñeca a modo de collar y me dicen bihar arte postari— 

He escrito una postal a mi sobrino. Quería que imaginase deseos por cumplir, que los anotase en una hoja y la guardase hasta la siguiente Nochevieja. No para que viese qué se había cumplido de su lista sino para que pensase en qué quiere para sí en los próximos meses. Que visualice sus sueños.
Olvidé encabezarla con deseando que al recibo de la presente vos encontréis bien.

22.12.2022




domingo, 14 de agosto de 2022

más tiempo que vida

Nos esperan días cercanos a cuarenta grados. Está siendo un verano raro en el norte, mucho calor, ninguna tormenta, nada de lluvia. Hay días que llego de trabajar y sólo me apetece tumbarme en el sofá la tarde entera —cuando intento leer me duermo y, a veces, en mis sueños están los mundos de Bradbury o Fante—. Reparto por un pueblo cerrado en agosto, por momentos un silencio y una quietud extraños en la calle, sólo el reflejo del sol en la chapa de los coches o el calor en las puertas de los portales. Hacia el mediodía me encuentro a uno grupo de niños en los soportales de las plazas. Hoy jugaban con una cucaracha descubierta en el suelo. La rodeaban, seguían su estela, se acuclillaban para observarla mejor, hacían que chutaban por encima de ella, le lanzaban un balón en la distancia —uno de los niños, el más pequeño, pedía que no la hiciesen daño—. Un niño, cansado, la pisó, mientras el pequeño gritaba que no debió matarla. En el tren de cercanías, de vuelta a casa, anoté esa escena en móvil, era parte de mi infancia, donde pisábamos hormigas o hundíamos las manos en el barro para encontrar gusanos como cebo. Tengo un puñado de notas sobre el reparto, las últimas un hay más tiempo que vida que me dijo una mujer mientras buscaba su pasaporte, una niña que me dice que sus padres se han separado y que su padre ha vuelto a vivir a su casa de niño, una figura de un elefante blanco abandonado en un jardín porque su dueña creía que atraía la mala suerte. Me digo que algún día pasaré a limpio todas esas notas. Pero las notas crecen. Y yo apenas escribo más allá de esas líneas.

Leo en el tren de cercanías. Y en las tardes de viernes junto a la ría, cuando he acabado la semana laboral y siento todo ese tiempo desplegado ante mí como una promesa. Hace poco terminé Hambre de Fante, los últimos relatos rescatados de su archivo. Ya no hay más que leer de él y me siento ante el final de algo. He descubierto la editorial muñeca infinita, que se dedica a rescatar a escritoras desconocidas. Los chicos de mi juventud o El caballo ciego, bien, muy bien. Me he dejado llevar por esas lecturas densas de Murdoch, Oé o Singer que me asombran tanto como me agotan. He vuelto al humanismo de Bradbury en estos tiempos extraños y he leído sobre Hiroshima y Chernóbil. A veces me acuerdo de lo que decía Bobin en una de sus historias, que apenas recuerda una lectura, porque me pasa lo mismo. Entonces, siento esas lecturas como lluvia. Porque también he perdido la costumbre de escribir sobre mis lecturas. Y su recuerdo, a veces, se emborrona.

Hace un rato encendí una vela ante la foto de mi padre y una de sus postales que empezaba con un Querido hijo. Cada tarde, desde septiembre, repito ese gesto, escucho el crujir del fuego en la cerilla, hablo con mi padre, le digo que le quiero o que le extraño o le hablo de mi día o le pregunto cómo lo hacía él, años atrás. Hay momentos donde veo todo lo que tengo de mi padre, las expresiones gallegas, los puños en las caderas, el tono de voz, la forma de apretar la mandíbula y entrecerrar los ojos. Mi madre me pregunta si recuerdo lo cansado que volvía aita de trabajar. Le digo que sí, que lo entiendo, hoy. En este año de luto siento algunas cosas fuera de su sitio. Y también que otras se aposentan. Recuerdos, objetos, emociones, los caminos gallegos y los caminos minerales de aquí. Pienso en mi padre con mi edad, o en mi yo de hace treinta años, veo todo ese mundo desaparecido tras su muerte, y encuentro respuestas a algunas preguntas, entiendo algunas escenas, consuelo al niño o al adolescente que fui — llevo días donde me acuerdo de la última vez que duché a mi padre, él de pie, tembloroso, apoyado en la barra de la pared, me hablaba de uno de sus días de pesca en la frontera entre Cantabria y esta tierra, su encuentro con dos guarda civiles, uno de ellos también lucense, de la zona de mi padre, su pregunta de si conocía a un carpintero llamado Jaime Fernández, su respuesta de sí, claro, es mi padre.

p.s. Yo también tengo una tristeza de fondo, un cansancio en la superficie, ganas de leer libros de mil páginas —Wolfe, Henry Roth, Dos Passos—, de un poco de frío de invierno en este agosto y ojalá lluvia


09.08.2022

sábado, 4 de junio de 2016

último voto

Es una mujer pequeña y tranquila. Está sentada en un banco de la oficina de correos. Mira fuera, a la carretera y las viejas casas que suben hacia el monte (cerca, un mural que recuerda el pueblo cien años atrás, dibujos en blanco y negro de caminos de tierra, tranvías y barrenadores, macetas en ventanas abiertas y coches a manivela, caras indefinidas y sombras). Tiene el pelo blanco y los ojos azules y acuosos, la mirada sencilla, la boca roja. Sus arrugas me recuerdan a mi abuela, cuando se sentaba en la puerta de entrada y miraba en silencio a los campos (y cerraba los ojos con el tañido de las campanas). Se acerca con gestos lentos al mostrador. Pide votar por correo (su voz clara y risueña), dice que tiene noventa y tres años, que le quitaron la posibilidad de votar durante cuarenta años, dice que es la primera vez que pide el voto por correo, que no sabe si estará viva el veintiséis de junio, dice que no quiere perder su último voto. Se marcha con pasos cortos, la mano afianzada en un viejo bastón, su mirada sencilla.