Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop
Mostrando entradas con la etiqueta Libros del Asteroide. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros del Asteroide. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de junio de 2020

+22. Delbo

La luz queda del atardecer se refleja en las ventanas que dejo tras de mí delante de mí, una franja ambarina sobre la línea de montes y la silueta de la ciudad. Me repito un mantra al salir de casa, buen camino, como al inicio de cada etapa a Santiago hace años. Cierro la puerta de casa y salgo al exterior, aún extrañado por el silencio y la soledad del atardecer, mi vulnerabilidad en un segundo plano, hoy, cuando, ayer, me habitaba por entero.
                                             
El tiempo era el camino frente a nosotros en aquellos días de peregrino. Llegaba a una pequeña elevación, miraba el paisaje circundante, y un camino de tierra y polvo entre campos de trigo verde el rojo de una amapola entre las espigas, o un sendero entre bosques y una subida a los molinos eólicos en la cumbre de una sierra. Aquello que abarcaba con la mirada era tiempo. No me preguntaba por el mundo de más allá del horizonte, sólo existía aquel que estaba ante mí. En aquel camino éramos una gran serpiente, los peregrinos, éramos el ruido de nuestras botas sobre la tierra, el vaho en las mañanas heladas, sombras negras estiradas a través del paisaje que desaparecían al otro lado de una loma y que yo seguía, unidos por una cuerda invisible. Atravesábamos aldeas de piedra y zarzas, entrábamos en las ermitas para captar sus diferentes silencios, descansábamos junto a una fuente o en la orilla acogedora de un río, nos sentíamos fuera de lugar en las ciudades donde semáforos multitudes señales luminosas. Al final de la etapa, el cansancio y la pureza y un silencio sacro donde resonaba el camino recorrido.

Me digo buen camino, y entro en el pabellón, mi mano sobre la puerta de metal. 


***

Es la reconstrucción de los meses en un campo de concentración de una mujer de la Resistencia francesa. Es recordar, volver a pasar por el corazón, el horror, el hambre, el silencio, el dolor, la violencia, la destrucción del alma humana. Es un lenguaje poético donde poético no es belleza sino alumbramiento de una verdad para un tiempo de crueldad. Es la memoria de una mujer que rescata la voz de las muertas y los muertos, de tantas mujeres silenciadas, la voz de quien cuenta la realidad pocas veces escrita de los barracones femeninos en los campos de concentración. Es un libro duro, Ninguno de nosotros volverá, que recoge las dos primeras partes de la trilogía Auschwitz y después de Charlotte Delbo, un alumbrar las tinieblas que no conocimos, ponernos frente a la oscuridad de lo humano. Es hablar de un dolor y encierro extremosesto sí encierro, en barracones, tras alambradas y vallas fortificadas y el corazón despojado de humanidad. Es el frío, el desamparo, la anulación, la mirada muda hacia el bloque 25, el bloque de las judías, de las moribundas, de las ancianas, y saber qué es el humo en las chimeneas. Es el tiempo sobre la recuerdo, revivir en el presente el horror pasado, afrontarle el ayer en el hoy y volver a sentir las marcas de la aniquilamiento del ser. Es una de las lecturas de este año, las memorias de Delbo.


Detrás, más allá de las alambradas, la llanura, la nieve, la llanura.
Allí estábamos todas, varios miles, de pie en la nieve desde la mañana (así es como hay que llamar a la noche, puesto que la mañana eran las tres de la madrugada). El alba había iluminado la nieve que hasta ese momento iluminaba la noche, y el frío se había acentuado.
Inmóviles desde la plena noche, nos volvíamos tan pesadas para nuestras piernas que nos hundíamos en la tierra, en el hielo, sin poder hacer nada contra el entumecimiento. El frío contusionaba las sienes, los maxilares, creíamos que los huesos se dislocaban, que el cráneo reventaba. Habíamos renunciado a saltar sobre uno y otro pie, a entrechocar los talones, a frotarnos las palmas de las manos. Era una gimnasia agotadora.
Permanecíamos inmóviles. La voluntad de luchar y de resistir, la vida, se habían refugiado en una porción empequeñecida del cuerpo, apenas la periferia inmediata del corazón.
Allí estábamos, inmóviles, varios millones de mujeres de todas las lenguas, apretadas unas contra otras, agachando la cabeza bajo el azote de las ráfagas de nieve.
Allí estábamos, inmóviles, reducidas al único latir de nuestros corazones.
¿Dónde va esa, por qué se sale de la fila? Camina como una lisiada o como una ciega, una ciega que ve. Se dirige hacia el foso con paso de madera. Está en el borde, se agacha para bajar. Cae. Su pie ha resbalado en la nieve que se desmorona. ¿Por qué quiere bajar al foso? Ha abandonado la fila sin vacilar, sin esconderse de la SS erguida con su capa negra, erguida sobre sus botas negras, que nos vigila. Se ha acercado como si estuviera en otra parte, en una calle donde pudiera cambiar de acera, o en un jardín. Aludir aquí a un jardín puede suscitar risas. Tal vez como una de esas viejas locas que en las plazas dan miedo a los niños. Es una mujer joven, casi una muchacha. Hombros muy frágiles.
Ahí está, en el hueco del foso, arañando con las manos, buscando con los pies, levantando con esfuerzo la pesada cabeza. Su rostro está ahora vuelto hacia nosotras. Tiene los pómulos violetas, pronunciados, la boca hinchada, violeta negra, las órbitas con sombras en el fondo. Su rostro es el de la desesperación desnuda.
Largo rato lucha contra la indocilidad de sus miembros para recobrar el aplomo. Se debate como un ahogado. Entonces, alarga las manos para izarse hacia la otra orilla. Sus manos buscan un apoyo, sus uñas arañan la nieve, todo su cuerpo se tensa en un sobresalto. Y se hunde, agotada.
Ya no la miro. No quiero mirarla más. Quisiera cambiar de sitio, no ver. No ver más esos agujeros en el fondo de las órbitas, esos agujeros que miran fijamente. ¿Qué quiere hacer? ¿Quiere llegar a las alambradas electrificadas? ¿Por qué nos mira fijamente? ¿Es a mí a quien señala? ¿Es a mí a quien implora? Vuelvo la cabeza. Mirar hacia otro lado. Hacia otro lado.
Charlotte Delbo. Ninguno de nosotros volverá. Traducción Regina López Muñoz. Libros del Asteroide.

jueves, 21 de mayo de 2020

-06. Angelou

Una luz lenta, de amanecer, se mueve a través de la niebla en la ladera del monte. Penetra en su blancura y la impregna de una suave aura agosteña. Es la luz quien desplaza la niebla entre los árboles, quien traspasa su frontera y la convierte en jirones hacia el cielo. Como es la luz quien hincha la ropa en los colgadores del patio, alarga las sombras de los tejados en los árboles junto al río e inicia el canto de un mirlo negro junto a mi ventana. Cuando niño silbaba en el silencio entre trinos de los pájaros. Ahora, al igual que dibujo asteriscos y escribo mi nombre en las ventanas empañadas de invierno y sonrío ante los números capicúas, silbo cuando la quietud del mirlo negro. Una luz lenta, de amanecer, me acoge tras la noche de insomnio.

Es un calor de mayo, en marzo. Intento sentir todo el sol posible en mi piel, capturarlo como quien se aprovisiona de víveres para el invierno. Tardo cinco minutos en llegar al supermercado. El río ya no corre crecido, ya no se desborda por las orillas, como en los pasados días de lluvia. Las ocas me graznan y exigen su tributo de pan. Cruzo el puente solo y me encuentro con las vallas electorales vacías. El vacío de las vallas metálicas me recuerda a los días antes del confinamiento, cuando la agenda futura y los ruidos en las mañanas que tapaban la verdad de pájaros y campanadas, cuando las prisas, las ventanas apagadas en la noche, la falsa creencia de control. El tiempo que se detuvo en mitad de un paso.
Le pregunto a la cajera cómo lo lleva. Me dice que agotada, angustiada y cabreada. Recuerdo las baldas vacías de los primeros días y los carros saturados de compra. Ahora, líneas en el suelo que nos marcan la distancia en la cola y una mampara en la caja. Le digo que espero le hayan subido el sueldo. Resopla y se queja de los poco más de mil euros que cobra y de la carga de trabajo desde hace quince días. Nos deseamos fuerza. Cruzo de nuevo el puente. Nos hemos acostumbrado a cambiar de acera cuando otro se acerca. Me pregunto cuánto tiempo se nos quedará ese gesto impregnado en el inconsciente.


(coda) Hoy los aplausos decrecen. En los últimos días cacerolas, silbatos, gritos, algún petardo y cánticos de oeoeoeoé. Pero hoy no hay fuerza en los aplausos, hoy, tal vez, nos hemos permitido estar tristes.

Leo.


***

En las memorias de Angelou, la mezcla de sombra y luz, de dureza y belleza, de asentarse en el mundo y descubrir su oscuridad y fulgor. Una voz que parece un cántico espiritual, que se abre a la vida aún en sus momentos de amargor.


Mientras yo comía, ella inició la primera de mis «lecciones para la vida», como las llamamos más adelante. Dijo que siempre debía ser intolerante con la ignorancia, pero comprensiva con la incultura, y que ciertas personas, que no podían ir a la escuela, eran más instruidas e incluso más inteligentes que los profesores de universidad. Me aconsejó que escuchara atentamente lo que la gente del campo llamaba «adagios de abuelas», porque en esos dichos sencillos se expresaba la sabiduría colectiva de generaciones enteras.
Cuando me acabé las pastas, limpió la mesa y trajo un libro pequeño y grueso de la estantería. Yo había leído Historia de dos ciudades y me había parecido que satisfacía mi criterio de una novela romántica. Abrió la primera página y por primera vez en mi vida escuché poesía.
«Era el mejor y el peor de los tiempos…». Su voz se deslizaba describiendo curvas por entre y por sobre las palabras. Casi cantaba. Sentí deseos de mirar las páginas. ¿Eran las mismas que yo había leído? ¿O había notas, música, trazadas en las páginas, como en un libro de himnos? Sus sonidos comenzaron a caer en suaves cascadas. Por haber oído a miles de predicadores, yo sabía que se estaba acercando al final de la lectura y yo no había oído de verdad, oído para entender, una sola palabra.
«¿Te gusta?».
Me pareció que esperaba una respuesta. Tenía aun en la lengua el dulce sabor de la vainilla y su lectura había sido un prodigio para mis oídos. Debía hablar.
Dije: «Sí, señora». Era lo mínimo que podía hacer, pero también lo máximo.
«Una cosa más: llévate este libro de poemas y apréndete de memoria uno para mí. Quiero que lo recites la próxima vez que vengas a visitarme».
Con frecuencia he intentado buscar, tras la complejidad de los años, el encanto que con tanta facilidad encontré en aquellos regalos. La esencia se escapa, pero su aura permanece. El permiso —o, mejor dicho, la invitación— para entrar en la vida privada de extraños y compartir sus gozos y miedos era una posibilidad de intercambiar el amargo ajenjo del Sur por una taza de aguamiel con Beowulf o una taza de té y leche caliente con Oliver Twist. Cuando dije en voz alta: «Es muy superior lo que hago a todo lo que he hecho en mi vida…», mis ojos se llenaron con lágrimas de amor ante mi abnegación.
Maya Angelou. Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado. Trad. Carlos Manzano. Libros del Asteroide.

lunes, 10 de julio de 2017

Yugoslavia, mi tierra. Goran Vojnović



Recuerdo un mapa de la extinta Yugoslavia bosquejado en la mesa de un restaurante en Belgrado, el intento por explicar(me) fronteras, religiones, éxodos y ultranacionalismos, el camino hacia la guerra, los sentimientos de pertenencia y separación, las arengas políticas hacia el abismo, recuerdo la carretera a Novi Sad, los campos tranquilos y llanos, los agujeros de bala en los pilares de los viejos puentes, los artistas en la parte vieja, recuerdo un árbol en la planta de un edificio bombardeado, ruinas romanas y un viaje en tren, los letreros de las estaciones en cirílico, el humo de las chimeneas y las granjas, sentirse más allá de cualquier frontera.

Goran Vojnović construye una historia de iniciación y búsqueda en Yugoslavia, mi tierra, da un paso atrás para intentar mostrar las consecuencias de la guerra de los Balcanes, las distintas miradas sobre ella y la idea de memoria y destino que habita en algunos de los personajes de su libro, algo que los enraíza con un pasado remoto y los conduce hacia el conflicto, el ajuste de cuentas, la diferencia con el otro, las distintas nociones de patria, Yugoslavia como un rompecabezas donde las piezas no quieren ajustar, donde se presienten la cercanía de la lucha y un final trágico que dejarán hondas heridas, la guerra que se inmiscuirá en la vida de los protagonistas años después de su fin, que formará parte de ellos por siempre.

Vladan pierde su infancia y a su padre con el inicio de la guerra. Entonces Yugoslavia, mi tierra, se convierte en memoria, el recuerdo del final de una infancia, la despedida del padre, la huida con la madre, atravesar las diferentes fronteras, ver las noticias en la televisión y no acabar de entender qué sucede, el regreso al hogar materno, la noticia de la muerte del padre en combate y el inicio de una extraña orfandad, Vladan que se aleja de su madre para llevar una vida incompleta y taciturna. Descubrir años después que su padre está vivo, y que lo buscan como un criminal de guerra, lleva a Vladan a un viaje iniciático que abarca pasado, medias verdades y el intento de volver a posicionarse en el mundo.

Vojnović cruza espacios y tiempos en Yugoslavia, mi tierra, Vladan que habla desde una distancia temporal que le permite ver su pasado con mayor amplitud mientras viaja por Eslovenia, Bosnia y Serbia en busca de las huellas del padre. La idea de Vojnović es construir una historia abarcadora, tomar a un hombre cuya infancia se truncó en 1991 y cómo, dieciséis años después, se enfrenta de nuevo a aquella guerra en su viaje, su búsqueda personal pegada al destino de un país extinto. En su viaje, Vladan es testigo del destino de familiares y desconocidos, cómo sobrevivieron a la guerra y se adaptaron a los nuevos tiempos, su padre que cambió de nombre y se encerró en un piso como una redención personal, una expiación de sus pecados. Una de las partes interesantes de esta búsqueda es ver las diferentes lenguas a las que se tiene que enfrentar Vladan, un país con tantos orígenes y hablas, y la creencia en un destino que guía a las diferentes partes del país, que los enfrenta al pasado y los empuja hacia una guerra que sirve como excusa para saldar viejas cuentas.

Yugoslavia, mi tierra se queda a medio camino. Interesante como forma de acercarse al conflicto de los Balcanes, le falta la profundidad que muestra Andrić en Un puente sobre el Drina, por ejemplo, que da pinceladas certeras de las influencias, orígenes y conflictos balcánicos. Hay una parte de libro de viajes, de encuentro con el propio pasado, de tristeza por la forma de desaparecer de un país, la tristeza que acompaña a un hombre que ve perdida su infancia, tiene que enfrentarse con la realidad de un padre criminal de guerra y su presente es un completo desastre, incapaz de la cercanía necesaria con los que están a su lado. Es en las últimas páginas, con el diálogo entre padre e hijo, fuera de aquella infancia donde jugar y nadar en verano y ser parte de una comunidad, fuera de la leyenda de los recuerdos personales y sabiendo todo lo que se ha perdido, donde merece la pena su lectura. Llegar hasta ahí es interesante y aburrido a partes iguales por una escritura que, en muchos momentos, se hace plana y monocorde.








—No te pareces mucho a él. Pero sí que reconozco alguna cosa suya en ti. Quizás las cejas y los ojos, nada más. Tienes sus ojos.
Cuando era niño, yo siempre me sentía incómodo en presencia de Emir, pero su mirada ahora era mucho más severa, su cuerpo mantenía un estado de tensión constante. Daba a entender a la claras que en una conversación con él uno no debía esperar que nadie se relajara.
—Ay, mi Vladane... en aquella época todos éramos yugoslavos. Y todos habíamos sido comunistas. ¡Y que les den por culo a todos esos hijos de puta nacionalistas! ¿Sabes?, esa guerra no fue una guerra como nosotros nos la habíamos imaginado... pero finalmente no pudo ser de otro modo, dado que en la misma fila avanzábamos, hombro contra hombro, llevando el mismo uniforme, los que defendíamos a Yugoslavia y los que la derrumbaban. Cantábamos el mismo himno, llevábamos el mismo escudo en la frente. Pero aquello que yo consideraba mío, ellos no lo consideraban suyo. Y así fue... ahora lo puedo afirmar... en ningún sitio hubo nacionalistas peores que dentro del Partido Comunista. El comunismo se acabó para siempre porque lo propugnaron campesinos incultos que veían en él una nueva iglesia con sus sacerdotes. Y al Estado lo perdimos porque a nadie le importaba nada que no fuera su entorno más inmediato. Todos esos grandes yugoslavos solo se dejaban matar en nombre de su propio pueblucho y nada más. De manera que al final se unieron los partisanos y los chetniks y los ustashe y los muyahidines, los creyentes y los no creyentes, y se sublevaron con el objetivo de jodernos a todos. Los yugoslavos se extinguieron de hoy para mañana, como si nunca hubiesen existido. Parece ser que Slobo les metió el miedo en el cuerpo y se dispersaron por todo el planeta. Los que se quedaron, se convirtieron en imbéciles. Y nosotros éramos los que intentábamos salvar el Estado. ¿Y para quién lo debíamos salvar?, me cago en su puta madre, ¿para todos esos eslovenos y croatas y serbios y palestinos? Durante treinta años me había estado formando para defender a mi país del enemigo interior y exterior, pero de pronto no había nadie por quien defenderlo. Que me expliquen para qué coño iba yo a defender mi patria. ¡Que les jodan a todos! Y a todos nosotros, que tuvimos fe en aquel Esta...
Emir interrumpió su discurso a causa de un nuevo ataque de tos, un ataque tan espantoso e infinito que pensé que no podría continuar hablando conmigo. Se quedó en silencio durante un rato largo, probablemente intentando reconectar los fragmentos de pensamientos y tratando de asegurarse de que sus pulmones le dejaran continuar.
—Después de todo eso, lo único que me da pena es mi pobre padre, que construyó ese Estado con sus dos manos desnudas. Me alegro de que muriera antes de poder ver a quién dejó en herencia todos aquellos puentes, escuelas y hospitales, y qué clase de basura estuvo disfrutando de todo ello. Ellos habían vivido entre nosotros todos esos años, nos sonreían vestidos con los uniformes de pioneros y agitaban sus banderitas de colores, pero en realidad estaban esperando a que la prosperidad se acabara para poder degollarse mutuamente. ¡Que se joda todo el mundo, joder, mierda de gente...!
Se apretó el pecho, pero no tosió. Me di cuenta de que el hombre había decidido que me explicaría su relato desde el principio hasta el final. El tiempo había dejado de ser relevante para él. Fuera podía oscurecer, podían encenderse los albores del nuevo día, pero ahí dentro las horas pasaban todas iguales. Él, enroscado en su manta de lana, seguía en cuclillas al lado de la estufita, fumando. Me imaginé que durante los últimos cinco años, quizás incluso diez, su vida había transcurrido de ese modo.
—Y todo eso se desencadenó porque cada uno de ellos cultivaba su propio relato sobre unos muertos nunca olvidados, aunque hubieran muerto hacía una eternidad. Rememoraban a sus abuelos y abuelas, recordaban las fosas comunes a las que habían sido arrojados los cadáveres, y los campos de concentración. Ese relato les había estado consumiendo por dentro todos esos decenios, pero nunca se cansaban de repetirlo, susurrándolo a los oídos de sus adeptos. Todos ellos esperaban con paciencia que llegasen otros tiempos en los que esos relatos pudieran volver a contarse de nuevo en voz alta y delante de todos, otros tiempos en los que se podría matar de nuevo en su nombre. Todos ellos cultivaban a escondidas, sin que se notara, su rabia y su frustración; y también su culpa, porque ellos ya se habían preparado de antemano para pedir la expiación por las matanzas de inocentes en todas aquellas aldeas que quemarían hasta los cimientos, en todas las niñas que violarían. Sus relatos les autorizaban a pensar así, a actuar así. Sus relatos contenían la justificación de esa clase de acciones. Sus relatos apaciguaban los remordimientos de conciencia y adormecían sus almas antes tan inquietas. Todos ellos habían jurado fidelidad a sus muertos; por eso, nosotros, los vivos, no significábamos nada para ellos, éramos prescindibles y no teníamos importancia. No fueron ellos los que perpetraron las matanzas, no. Fueron las tumbas de sus padres y de sus madres, de sus hermanos y de sus hermanas, las que autorizaron todo lo que ellos hicieron. Violaban. Quemaban casas. Degollaban. En nombre de esas tumbas, toda acción era una acción sagrada. Todo aquello tenía sentido.
Abrí la boca porque me pareció que Emir esperaba una reacción a sus palabras, pero descubrí a tiempo que él sabía que yo no tenía nada que añadir.
Goran Vojnović. Yugoslavia, mi tierra. Traducción de Simona Škrabec. Libros del Asteroide.

miércoles, 24 de agosto de 2016

La quinta esquina. Izraíl Métter

Un pequeño gesto, la luz de una ventana que se apaga, que habla de la tristeza por un amor extraño y cambiante, un amor hecho a trompicones, a encuentros fugaces, a rabia, deseo, hondura y melancolía, un amor en el umbral, nunca cruzado, de la felicidad o la espera dichosa, que lleva a Boria, el narrador de La quinta esquina, a realizar cualquier acto por o contra su amor, cada gesto encadenado a la figura y la idea de Katia, a los momentos puros y sencillos, a los celos, a la huida como medio de intentar rehacer la propia vida, en otro lugar, en otra mujer, un amor que es más ausencia y lucha que comprensión, y por eso mismo, por la ausencia, por la distancia, un amor engrandecido y nostálgico, un amor que camina por el filo de la navaja de lo irreal, de lo incorpóreo.



Katia se alegraba tanto cuando yo llegaba que me quedaba paralizado de felicidad. Tomaba el té con ellos, deteniendo el tiempo: nada que no fuera aquella mesa a la cual ella estaba sentada en ese momento me hacía falta. Ni siquiera la presencia de Astájov me oprimía demasiado. Había aprendido a persuadirme con palabras de Katia:
—¡Cuándo comprenderá, por fin, que usted es especial! ¿Le parece poco?
Lo decía con tal vehemencia, con un poder tal de convicción, que yo me ablandaba y me rendía. Pero en cuanto me separaba de ella, turbias oleadas de celos me azotaban contra los muros de los edificios. Aquella misma mesa para tomar el té, donde acababa de ser tan feliz, aquel mismo Astájov, de cuyas amables bromas me había reído hacía apenas unos instantes, y Katia, la misma Katia, siempre la misma Katia que pertenecía a otro, me desgarraban. Daba vueltas por el callejón Oziorni, ocultándome a la sombra de los edificios; se iluminaban para el mundo entero las tres ventanas de la esquina, la puerta de la entrada principal golpeaba, impulsada por un fuerte resorte, la gente entraba y salía de esa casa sin enterarse de en qué casa entraban ni de dónde salían, y allá, en el cielo, seguía colgado el balcón señalado por mi tortura. Era el único que había de un lado al otro del horizonte. Se apagaba una ventana, luego otra: eso aún se podía soportar. Pero la tercera ventana, la del dormitorio, retumbaba dentro de mí con su luz y, cuando la luz se debilitaba, yo, como muerto, me levantaba de la tierra y me arrastraba hasta mi callejón Sapiorni.


Y este amor entre Boria y Katia está narrado de manera fragmentada dentro de un espacio y un tiempo delimitados, los primeros años de la Rusia comunista y la segunda guerra mundial. Boria, el narrador, ya alejado de su vida, intenta recuperar los momentos significativos que lo definen a través de sus recuerdos, la idea de ver el pasado descontaminado del presente (sin la base del conocimiento), su vejez como una nueva niñez. Boria recuerda su calle, su amistad con Sasha, desaparecido en combate, sus intentos infructuosos por ingresar en la universidad (pertenecía a la quinta categoría, pequeñoburgués), el asentamiento del comunismo, el nuevo nombre, Stalin, los primeros amores y Katia, que lo transforma todo a su paso, que se convierte en un centro y en un vértigo.

Boria escribe desde un presente que siente amargo, intenta volver al pasado como forma de “errar entre tumbas”, la suya propia, las de aquellos con los que convivió durante un instante en su vida, racionalizar el pasado, hablar de aquella época donde se suprimió el yo por el nosotros colectivo y la delación formaba parte de la rutina, como el miedo, el vagabundeo y la obediencia ciega. Boria ajusta cuentas con su yo pasado, testigo de los primeros años de Stalin, del cerco de Leningrado, de la dictadura de comisarios y agentes, las deportaciones a campos de trabajo o la muerte en las celdas, buscando una quinta esquina de una habitación cerrada. Boria habla de sombras, el pueblo que se convierte en rebaño, Katia que aparece y desaparece por capricho o necesidad, su propia sombra que vaga entre institutos y que no acaba de materializarse, de tomar posición, Boria como un hombre translúcido, como alguien que se pregunta qué hacía mientras Katia era torturada en una celda.

Y con el tiempo, los recuerdos se difuminan. Boria que no guarda nada de Katia, fotos o cartas, apenas distingue rasgos, pero queda la esencia de un encuentro que tanto le podía destruir como salvar. Boria bascula entre esos recuerdos de un amor loco con los de una Rusia que avanzaba hacia la guerra y un nuevo mundo con un dios único. Izraíl Métter se sirve del ajuste de cuentas de Boria para mostrar la vida cotidiana en la Rusia comunista, el organigrama, las creencias colectivas, las delaciones, las maneras de formar al pueblo, las matemáticas capaces de apuntar hacia los traidores. La quinta esquina, novela poética y política, fragmentada y reflexiva, es un largo monólogo, un lamento por las ausencias, el amor, las cobardías, la vejez y la memoria.






A los diecisiete años me quedé ciego y mudo de amor. Aún tengo que hacer un esfuerzo para convencerme de que logré liberarme. Aquella fiebre me tuvo tiritando durante quince años, hasta el año 1941. El tiempo se había retirado, tenía la impresión de que solo bañaba mis tobillos.
Resulta imposible reconstruir en la memoria las sensaciones exactas de un amor violento, como es imposible recordar un estallido, la sensación de volar durante un sueño, una fiebre alta.
En esos quince años, hiciera yo lo que hiciera, lo hacía ya por ella, o contra ella. Perdí la capacidad de realizar actos neutrales. El amor se convirtió en mi profesión.

***

En la memoria de un viejo hay cierta mística: a mí no me parece que mi niñez haya terminado para siempre; existió y ha de volver. Compro los libros que devoraba en aquellos remotos años: Mayne Reid, Fenimore Cooper, Louis Jacolliot y, contra toda lógica, estoy convencido de que aún me serán de utilidad. Deseo que mi futura infancia sea más confortable, que no me tome por sorpresa; todo lo necesario debe estar al alcance de la mano: los seductores libros, la pelota de fútbol, la bicicleta. Sufrí mucho por su ausencia en mi infancia pasada. ¿O tal vez sea ahora cuando creo haber sufrido mucho?
¿Y si en realidad volviera? ¿Seré capaz de comportarme como si no supiera cómo terminó todo? La experiencia que tengo ahora se me vendrá encima, me llegará al cuello. Pero es curioso que esa experiencia no incluirá los logros universales de la ciencia ni de la técnica. En mi infancia futura, como en la precedente, me contentaré con la alfombra voladora, el submarino Nautilus y una sencilla espada en la mano de D’Artagnan. Que queden con Dios los reactores atómicos y los cohetes intercontinentales. No son ellos los que han enriquecido mi larga existencia ni los que han pesado sobre ella.
¿Y qué hacer con las ilusiones perdidas? ¿Qué hacer con aquello en lo que yo creía? ¿Qué hacer conmigo mismo, con aquello que quise decir y hacer y no hice ni dije? Y no porque no hubiera tenido tiempo. Lo tuve. Tuve tiempo de reflexionar. Y llegué a conclusiones que me asustaron.

***

Los acontecimientos históricos, o simplemente los hechos que no están coloreados por las emociones, no nos dejan huellas precisas en el recuerdo. La memoria del sentimiento es más fuerte que la memoria de la lógica.
En los periódicos —lo recuerdo con claridad—, comenzó a aparecer el apellido Stalin. No sabíamos de quién se trataba. Recuerdo con gran agudeza el sentimiento de perplejidad que experimentamos entonces.
Desconocíamos el nombre de Stalin, no porque fuéramos ignorantes en asuntos políticos, sino sencillamente porque ese nombre nunca había aparecido junto al de Lenin. Junto a él había nombres muy diferentes. Y muchos.
Incluso diría que esa época, para nosotros, no tenía un nombre de persona. Para nosotros no tenía más que un apellido: Poder soviético.
Y ante nuestros ojos surgió un seudónimo del tiempo: Stalin.
Quizá porque yo no estudié en ninguna parte, y nadie tuvo la oportunidad de inculcarme, desde mis años de inmadurez, su autoritario punto de vista sobre la vida, yo gozaba de libertad de elección y de valoración. Nunca he tenido que exponer, en exámenes ni pruebas, mis ideas acerca de la realidad que nos circunda, ni mi concepción del mundo. Y como no he tenido que exponerlas, esos pensamientos eran míos, me pertenecían orgánicamente; no esperaba por ellos calificaciones en un sistema de cinco puntos. Tenía derecho a no comprender y también a equivocarme.
Eran los años en los que se acostumbraba a llamar a las personas como yo «pequeñoburguesas». Si el pequeñoburgués dudaba de algo, lo acusaban con desprecio de propagar los chismes del tranvía o los de las colas que se formaban frente a los almacenes. A propósito, tanto en los tranvías como en las colas de los almacenes es donde se encuentra el pueblo.
La persona a quien se acostumbra llamar pequeñoburgués se encuentra en una situación difícil. Siempre está equivocada. Aun si tiene razón. Ya porque juzga las cosas demasiado pronto —antes del decreto correspondiente—, o demasiado tarde, es decir, después del decreto del gobierno, cuando se considera que el asunto se ha resuelto.
Para el pequeñoburgués existe una sola satisfacción, y a título póstumo: que los historiadores lo llamen «pueblo».
La magnitud de la falsificación que se ha generado con el concepto «pueblo» es inmensa. A partir de los años treinta, se comenzó a llamar pueblo a ciertas personas y a excluir del pueblo a otras. En realidad el título de «pueblo» lo poseía una sola persona: Stalin.
Izraíl Metter. La quinta esquina. Traducción de Selma Ancira. Libros del Asteroide.