Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop
Mostrando entradas con la etiqueta Minotauro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Minotauro. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de septiembre de 2016

Philip K. Dick en Valis



El hombre y el verdadero Dios son idénticos —como lo son el Logos y el verdadero Dios—, pero un loco creador enceguecido y su mundo demencial separan al hombre de Dios. Que el creador ciego crea sinceramente que él es el verdadero dios sólo revela el grado de obstrucción que padece. Esto es gnosticismo. De acuerdo con el gnosticismo, el hombre debe situarse en la misma categoría que Dios en oposición al mundo y al creador del mundo (que están los dos locos, se den cuenta o no). La pregunta de Fat «¿Es el Universo irracional y lo es porque una mente irracional lo gobierna?» recibe esta respuesta por intermedio del doctor Stone: «Sí, lo es; el Universo es irracional; la mente que lo gobierna es irracional; pero sobre todo eso se eleva otro Dios, el verdadero Dios, y él no es irracional; ha desafiado a los poderes de este mundo, además, y se ha aventurado en él para ayudarnos; y lo conocemos como el Logos», lo cual, de acuerdo con Fat, significa información viva.
Quizá Fat haya desvelado un gran misterio al llamar al Logos información viva. Aunque quizá no. Es difícil probar cosas de este tipo. ¿A quién preguntar? Fat, afortunadamente, le preguntó a León Stone. Podría haberle preguntado a algún miembro del personal, y en ese caso estaría todavía en la Sección Norte bebiendo café, leyendo y paseando con Doug.
Además, sobre cualquier otro aspecto, objeto o cualidad de ese encuentro con Dios, Fat había sido testigo de un poder benigno que había invadido este mundo. No había otro término que le cuadrara: el poder benigno, cualquiera que fuera su naturaleza, había invadido este mundo como un campeón dispuesto al combate. Eso le daba miedo, pero también lo alegraba. Había llegado ayuda.
Quizás el Universo fuera irracional, pero algo racional había irrumpido en él, como un ladrón nocturno irrumpe en una casa, inesperado en cuanto a lugar, inesperado en cuanto a tiempo. Fat lo había visto, no porque tuviera nada de especial, sino porque la racionalidad así lo había decidido.
Normalmente permanecía disimulada. Normalmente, cuando aparecía, nadie podía distinguirla del fondo; era fondo sobre fondo, como lo expresaba correctamente Fat. Tenía un nombre para designarlo.
Cebra. Porque se confundía con el escenario. Esto recibe el nombre de mimesis. Otro nombre es mimetismo. Ciertos insectos recurren a él; miman otras cosas: a veces a otros insectos —a insectos venenosos— o ramitas, etcétera. Ciertos biólogos y naturalistas han aventurado especulativamente que quizás haya formas más elevadas de mimetismo, puesto que formas inferiores —es decir, formas que engañan a quienes tienen por objeto engañar, pero no a nosotros— se han encontrado en todas partes del mundo.
¿Y si hubiese una forma elevada de mimetismo, tan elevada que ningún ser humano (o muy pocos) la habría detectado? ;Y si sólo se la detectara si ella así lo decidiera? Lo cual significa que
no se la detectaría realmente, pues en estas circunstancias habría abandonado el disimulo para desvelarse. «Desvelarse» en este caso equivaldría a «teofanía». El ser humano diría asombrado: «He visto a Dios»; cuando de hecho sólo habría visto una forma de vida ultraterrestre altamente evolucionada, una UTI, o una forma de vida extraterrestre (un ETI) llegada aquí en algún momento del pasado... y quizá, como lo conjeturaba Fat, habría dormitado dos mil años en forma de semilla latente como información viva en los códices de Nag Hammadi, lo cual explicaría por qué las noticias sobre estos códices se interrumpieron abruptamente alrededor del 70 DC.
Anotación 33 del diario de Amacaballo Fat (esto es, su exégesis):
Cada parte del Universo padece esta soledad, esta angustia de la mente desolada. Todas las partes tienen vida. Así, pues, los antiguos pensadores griegos eran hilozoístas.
Un «hilozoísta» cree que el Universo tiene vida; se trata aproximadamente de la misma idea del panpsiquismo, de que todo está animado. El panpsiquismo o el hilozoísmo comprende dos tipos de creencia:

1)      Todos los objetos tienen vida independiente.
2)      Todo constituye una entidad unitaria; el Universo es una cosa viva con una mente.

Fat había descubierto una especie de terreno intermedio. El universo es una vasta entidad irracional en la que ha irrumpido una forma de vida de orden elevado, disimulada mediante un refinado mimetismo; por tanto, mientras así lo decida, permanece inadvertida —por nosotros—. Mima objetos y procesos causales (esto es lo que Fat sostiene); no sólo objetos, sino lo que los objetos hacen. Cabe concluir que para Fat, Cebra es algo inmenso.
Al cabo de un año de haber analizado el encuentro con Cebra, o con Dios o el Logos o lo que fuere, Fat llegó ante todo a la conclusión de que Cebra había invadido nuestro Universo; y un año más tarde se dio cuenta de que estaba consumiéndolo; esto es, devorándolo. Cebra obraba mediante un proceso muy semejante a la transubstanciación. Éste es el milagro de la comunión por el que las dos especies, el vino y el pan, se convierten de manera invisible en la sangre y el cuerpo de Cristo.
En lugar de verlo en la iglesia, Fat lo había visto en el mundo; y no muy microformado, sino macroformado, lo cual significa, en una escala muy amplia, que parecía no tener límites. El Universo entero está convirtiéndose posiblemente en el Señor. Y de esta conversión nace no sólo la sensibilidad, sino la cordura. Para Fat esto significaría un bendito alivio. Había venido soportando la locura desde hacía demasiado tiempo, tanto en sí mismo como fuera de él. Nada podría haberlo complacido más.
Si Fat era psicótico, creer que uno se ha topado con una irrupción de lo racional en lo irracional es una especie de psicosis muy extraña. ¿Cómo tratarla? ¿Poner al paciente en punto cero? Esto sería quitarle lo racional. En términos de terapia no tiene ningún sentido; es un oxímoron, una contradicción semántica.
Pero aquí se plantea otro problema semántico aún más fundamental. Supóngase que yo le diga a Fat, o que Kevin le diga:
—No has tenido experiencia de Dios. Sólo has tenido experiencia de algo con las cualidades, los aspectos, la naturaleza, los poderes y la sabiduría de Dios.
Esto se asemeja a la broma sobre la proclividad de los alemanes a las dobles abstracciones; una autoridad alemana en literatura inglesa declara: «Hamlet no fue escrito por Shakespeare; fue simplemente escrito por un hombre llamado Shakespeare». En inglés la distinción resulta meramente verbal y carece de significado, aunque el alemán como lengua expresa la diferencia (lo que da cuenta de algunas características extrañas de la mente alemana).
«He visto a Dios», declara Fat, y Kevin, Sherri y yo le objetamos: «No, sólo viste algo como Dios. Exactamente igual a Dios». Y después de haber hablado, no nos detenemos a escuchar la respuesta, como un Pilatos bromista, cuando él pregunta «¿Qué es la verdad?».
Cebra irrumpió en nuestro Universo y disparó rayo tras rayo de luz coloreada y rica en información contra el cerebro de Fat; le atravesó el cráneo, cegándolo y dañándolo y deslumbrándolo, pero revelándole conocimientos inefables. Para empezar, así se salvó la vida de Christopher.
No irrumpió en verdad para disparar información; había ya irrumpido en cierta fecha pasada. Lo que hizo fue abandonar el estado de disimulo; se desveló destacándose del fondo y disparó información a un ritmo que nuestros cálculos no son capaces de calibrar; le disparó información contenida en bibliotecas enteras en cuestión de billonésimas de segundo. Y siguió haciéndolo durante ocho horas del tiempo real transcurrido. En ocho horas de TRT hay muchas billonésimas partes de segundo. A esa velocidad repentina se puede llenar el hemisferio derecho del cerebro humano con una titánica cantidad de gráficos.
Pablo de Tarso tuvo una experiencia similar. Esto ocurrió hace mucho tiempo. La contó años después, pero sólo una parte. De acuerdo con su propio testimonio, mucha de la información que le fue lanzada a la cabeza —justo entre los ojos mientras iba camino de Damasco— murió junto con él, silenciada. El caos reina en el Universo, pero San Pablo sabía con quién había hablado. Él lo mencionó. También Cebra se identificó ante Fat. Se llamó a sí misma «Santa Sofía», designación que a Fat no le era familiar. «Santa Sofía» es una inusitada hipóstasis de Cristo.
Los hombres y el mundo son mutuamente tóxicos. Pero Dios —el verdadero Dios— ha entrado en ambos, ha entrado en el hombre y en el mundo, con lo cual el paisaje parece más sereno. Pero ese Dios, el Dios del exterior, se topa con una feroz oposición. Abundan las estafas —los engaños de la insania— y se enmascaran reflejando la imagen opuesta: el ademán de la cordura. Las máscaras, sin embargo, se desgastan y la locura queda revelada. Es algo decididamente grotesco.
El remedio se encuentra aquí, pero también la enfermedad. Como Fat lo repite de modo obsesivo: «El Imperio nunca terminó». En una sorprendente respuesta a la crisis, el verdadero Dios mima al Universo, la región misma que ha invadido: asume la apariencia de ramas y árboles y latas de cerveza arrojadas en los vertederos; finge ser desechos descartados, basura que ya nadie advierte. Al acecho, el verdadero Dios le prepara una emboscada a la realidad y también a nosotros mismos. A decir verdad, en su papel de antídoto, Dios nos ataca y nos hiere. Como puede atestiguarlo Fat, ser sorprendido por el Dios Vivo es una aterradora experiencia. De ahí que digamos que el verdadero Dios tiene la costumbre de ocultarse. Transcurrieron veinticinco siglos desde que Heráclito escribió: «La estructura latente domina la estructura de lo obvio» y «La naturaleza de las cosas tiene por hábito el ocultamiento».
De modo que lo racional, como una semilla, se oculta en la masa irracional. ¿Qué objetivo satisface la masa irracional? Pregúntese uno mismo cuál fue la ganancia de Gloria al morir, no en relación con su propia muerte, sino en relación con quienes la querían. Ella pagó el amor de Fat con... Pues bien, ¿con qué? ¿Malicia? No está comprobado. ¿Odio? Tampoco está comprobado. ¿Con irracionalidad? Sí; eso está comprobado. En relación con el efecto que produjo en sus amigos —como Fat— no se satisfizo propósito lúcido alguno, pero por cierto que lo había: un propósito con despropósito, si eso es concebible. El motivo era la ausencia de motivo. Estamos hablando de nihilismo. Bajo toda cosa, aun bajo la muerte misma y el deseo de muerte, hay algo más y ese algo más es nada. El estrato básico de la realidad es la irrealidad; el Universo es irracional porque se alza no sobre arenas movedizas, sino sobre lo que no es.
Philip K. Dick. Valis. Traducción de Rubén Masera. Revisión de Manuel Figueroa. Editorial Minotauro.

lunes, 9 de mayo de 2016

luciérnagas según Ray Bradbury

— ¡Un fantasma! -gritó Tom.
— No -dijo una voz-, soy yo.
La luz lívida flotaba en el oscuro dormitorio, que olía a manzanas. En un frasco que parecía suspendido en el espacio, centelleaban innumerables copos de luz crepuscular. Bajo esta débil luz, los ojos de Douglas parecían pálidos y solemnes. Estaba tan quemado por el sol que la cara y las manos se disolvían en la oscuridad y el camisón parecía un espíritu desencarnado.
— ¡Dios! -siseó Tom-. ¡Dos docenas, tres docenas de luciérnagas!
— ¡No grites!
— ¿Para qué las cazaste?
— Nos pescaron muchas veces mientras leíamos con una linterna entre las sábanas, ¿no es cierto? Pero nadie sospechará de un frasco de luciérnagas. Pensarán que es un museo nocturno.
— Doug, ¡eres un genio!
Pero Douglas no respondió. Muy gravemente, puso la luz intermitente sobre la mesa de noche, tomó el lápiz y empezó a escribir en la libreta. Las luciérnagas ardieron, murieron, ardieron, murieron, y en los ojos de Douglas se reflejaron tres docenas de fragmentos de pálido color verde mientras escribía durante diez y luego veinte minutos, clasificando y ordenando, una y otra vez, los hechos que había reunido demasiado rápidamente durante la estación. Tom miró hipnotizado la pequeña hoguera de insectos que saltaba y se recogía en el interior del frasco, hasta que se quedó dormido, apoyado en el codo. Douglas escribió un poco más y al fin resumió todo en una última página:

NO PUEDES DEPENDER DE LAS COSAS PORQUE...
...como las máquinas, por ejemplo, se rompen o se oxidan o se pudren, o a veces ni siquiera se fabrican... o acaban guardadas en un garaje...
...como los zapatos de tenis, sólo puedes usarlos hasta cierto punto, con cierta rapidez, y luego tocas tierra nuevamente...
...como los tranvías. Los tranvías, aunque sean tan grandes, llegan siempre al fin de la línea...

NO PUEDES DEPENDER DE LA GENTE PORQUE...
...todos se van. Los desconocidos mueren.
...los conocidos mueren. Los amigos mueren.
...unos matan a otros, como en los libros.
...hasta tus propios padres mueren.
Así que...

Douglas tomó dos veces aliento, dejó escapar lentamente un poco de aire, que siseó entre los dientes apretados, y terminó de escribir con letras mayúsculas:

ASI QUE SI LOS TRANVÍAS Y LOS COCHES Y LOS AMIGOS Y LOS CASI AMIGOS SE VAN POR UN RATO O PARA SIEMPRE, O SE OXIDAN O SE ROMPEN O MUEREN, Y SI LA GENTE PUEDE SER ASESINADA, Y SI ALGUIEN COMO LA ABUELA QUE IBA A VIVIR SIEMPRE, PUEDE MORIR... SI TODO ESTO ES CIERTO... ENTONCES... YO, DOUGLAS SPAULDING, ALGUN DÍA DEBERÉ...

Pero las luciérnagas, como extinguidas por los sombríos pensamientos de Douglas, se apagaron suavemente.
No puedo escribir más, pensó Douglas. No escribiré más. No quiero, no quiero terminar esta noche.
Miró a Tom, que dormía con la cara apoyada en la mano. Le tocó la muñeca y Tom se derrumbó suspirando sobre la cama.
Douglas recogió el frasco de vidrio con sus oscuras manitas frías y las luces se encendieron otra vez como animadas por su mano. Acercó el frasco a la libreta. Había que escribir las últimas palabras. Pero fue en cambio a la ventana y empujó el marco con la tela de alambre. Desenroscó luego la tapa del frasco y arrojó las luciérnagas en un pálido rocío de chispas a la noche en calma. Las luciérnagas abrieron las alas y se alejaron.
Douglas miró cómo se iban. Parecían pálidos fragmentos en el último crepúsculo de la historia de un universo moribundo. Se alejaban como últimos jirones de esperanza. Le dejaban a oscuras las manos, la cara, el cuerpo, y el interior del cuerpo. Lo dejaban vacío como el frasco de vidrio que ahora, sin advertirlo, se llevaba con él a la cama donde trataría de dormir…
Ray Bradbury. El viento del estío. Traducción de Francisco Abelenda. Ediciones Minotauro

viernes, 1 de enero de 2016

inicio de El vino del estío. Ray Bradbury

Era una madrugada tranquila. La oscuridad cubría el pueblo y se estaba bien en cama. El verano henchía el aire, el viento soplaba adecuadamente, el aliento del mundo era largo, tibio y lento. Bastaba levantarse y asomarse a la ventana para saber que éste era realmente el tiempo primero de la libertad y la vida, que ésta era la madrugada primera del estío.
Douglas Spaulding, de doce años, abrió los ojos y dejó que el verano lo meciera perezosamente en su corriente nocturna. Acostado, sintió que cabalgaba en los elevados vientos de junio, con el alto poder que le daba el cuarto abovedado de un tercer piso, en el edificio mayor del pueblo. De noche, cuando los árboles eran una única ola, lanzaba su mirada, como la luz de un faro, sobre enjambres de olmos y robles y arces. Ahora...
— Oh... –susurró Douglas.
Todo un verano que atravesaría el calendario, día a día. Como la diosa Siva en los libros de viaje, vio unas manos que iban y venían, recogiendo manzanas ácidas, duraznos, y ciruelas de medianoche. Se vestiría de árboles y arbustos y ríos. Se helaría, alegremente; en la puerta escarchada de la casa de los helados. Se tostaría, felizmente, con diez mil pollos, en el horno de la abuela.
Pero ahora lo esperaba una tarea familiar.
Una noche, todas las semanas, dejaba a sus padres y su hermanito Tom, que dormían en la casita de al lado, y subía aquí, por la oscura escalera de caracol, a la cúpula de los abuelos, y en esta torre de brujo podía dormir con truenos y visiones, y despertar antes del cristalino tintineo de las botellas de leche, y celebrar su ritual mágico.
De pie, ante la ventana abierta en la oscuridad, Douglas aspiró profundamente, y sopló.
Las luces de la calle se apagaron como velas en una torta negra. Sopló otra vez y otra vez, y las estrellas empezaron a desvanecerse.
Sonrió. Apuntó con el dedo.
Allí, y aquí. Ahora aquí, y aquí…
Las luces de las casas parpadearon lentamente y unos cuadrados amarillos se recortaron en la pálida tierra matinal. Un rocío de ventanas se encendió de pronto, a lo lejos, en el campo del alba.
— Bostezad todos. Todos arriba.
El caserón se movió en el piso bajo.
— ¡Abuelo, saca los dientes del vaso!
Esperó un momento.
— ¡Abuela, bisabuela, freíd las tortas!
El aroma caliente de la manteca subió por los callados pasillos y visitó a los pensionistas, los tíos, los primos.
— Calle donde viven los viejos, ¡despierta! Señorita Helen Loomis, Coronel Freeleigh, Señorita Bentley, ¡tosan, despierten, tomen sus píldoras, muévanse! Señor Jonas, ¡enganche su caballo, saque su carro!
Las casas descoloridas en la barranca del pueblo abrieron unos taciturnos ojos de dragón. Pronto dos viejas resbalarían en la Máquina Verde por las avenidas matinales, saludando a todos los perros.
— Señor Tridden, ¡busque su carreta!
Pronto, echando chispas azules, el tranvía del pueblo navegaría por las calles de márgenes de ladrillos.
— ¿Listos, John Huff, Charlie Woodman? –murmuró Douglas a la calle de los niños–. ¿Listas? –les dijo a las húmedas pelotas de béisbol en los prados, a las hamacas que colgaban vacías de los árboles.
— Mamá, papá, Tom, despertad.
Los relojes despertadores sonaron débilmente. El reloj de la alcaldía retumbó sobre el pueblo. Los pájaros saltaron de los árboles, como una red echada al aire, cantando. Douglas, director de una orquesta, apuntó al cielo del este.
El sol empezó a levantarse.
Douglas cruzó los brazos y sonrió con una sonrisa de mago. Sí, señor, pensó, todos saltan, todos corren cuando grito. Será una estación maravillosa.
Castañeteó los dedos por última vez.
Las puertas se abrieron de par en par. La gente salió de las casas.
Empezaba el verano de 1928.
Ray Bradbury. El viento del estío. Traducción de Francisco Abelenda. Ediciones Minotauro.


miércoles, 30 de diciembre de 2015

El vino del estío. Ray Bradbury

(Diciembre es un mal mes para leer. Por su rapidez y ansiedad. Digo esto porque, en condiciones normales, El vino del estío habría caído en un par de días y no en una semana y habría sido una lectura aún más placentera de lo que fue, un libro que está entre mis favoritos de Bradbury junto a Crónicas marcianas y El hombre ilustrado).


Un muchacho de doce años, una ventana y el inicio del verano de 1928, el sonido de las hamacas en los porches y la diminuta luz de las luciérnagas, las largas puestas de sol, los juegos en cañadas misteriosas y la vida que se abre poco a poco, un mundo de máquinas modestas y sinceras, las máquinas del tiempo que sólo pueden ir al pasado o las máquinas que predicen el futuro con cartas de Tarot o máquinas verdes que sirven para dar un paseo o la máquina de la felicidad que entristece al que entra en ella, el vino de los dientes de león y las botellas que recuerdan cada día del verano, las muertes, encuentros, aventuras y sueños que sucedieron durante tres meses y que dejaron a Doug y sus amigos más cerca de la edad adulta.


El vino de diente de león.
Las palabras sabían a verano. El vino era verano encerrado y taponado. Y ahora que Douglas sabía, realmente sabía, que estaba vivo, y se movía en el mundo para verlo y tocarlo, convenía que algo de este nuevo conocimiento, algo de este especial día de vendimia, fuera apartado y sellado, y abierto luego un día de enero, cuando nevara rápidamente y el sol estuviese oculto desde semanas o meses atrás, y el milagro, en parte olvidado, necesitara renovarse. Sería aquel un verano de insospechables maravillas, y Douglas quería que lo conservaran y ordeñaran. En cualquier momento bajaría de puntillas a ese húmedo crepúsculo y acercaría las puntas de los dedos.
Y allí, hilera sobre hilera, con el color suave de las flores que se abren a la mañana, con la luz del sol de junio tras una débil película de polvo, estaría el vino. Y al mirar el día invernal a través de la botella... la nieve se fundiría en pastos, en los árboles vivirían otra vez pájaros, hojas, y capullos, como un continente de mariposas que se alzara al viento. Y el cielo acerado sería azul.
Ten el estío en la mano, sírvete un poco de estío, un vasito nada más por supuesto, un sorbito para niños; cambia la estación en tus venas llevándote el vaso a los labios y empinando el estío.


Ray Bradbury construye una novela cálida y sencilla en El vino del estío, y la puebla de pequeñas aventuras y personajes misteriosos o extravagantes, cuentos que hablan de un verano y un muchacho que descubre que está vivo (el vértigo y la pasión), que le espera la muerte y que mira atento el mundo que le rodea y busca los detalles que forman un verano, las hamacas, las charlas en los porches, las carreras por las calles, las luciérnagas y las historias de los viejos del lugar. La mirada inocente e indagadora de Doug y su hermano pequeño Tom ante el verano y el mundo de los adultos, sus reflexiones sobre qué significa estar vivo y cómo deben transcurrir los rituales del verano, su manera de encarar la oscuridad de la noche o una mansión polvorienta, su continua búsqueda y su lucidez.

En El vino del estío hay una sucesión de personajes secundarios entrañables, el hombre nonagenario que recuerda las manadas de bisontes o los números de magia y cabaret, una ventana a un pasado desaparecido, la anciana que regala sus fotos y objetos de niña porque no puede volver atrás y descubre que sólo existe el ahora y que la niña que fue ha desaparecido para el mundo presente, el abuelo que hace vino de los dientes de león, el trapero que lleva en su carromato objetos de segunda mano para intercambiar con los niños del pueblo, el conductor del último tranvía, que invita a los niños a un viaje final. Es un mundo en cambio el de El vino del estío, Doug y Tom asisten al paso del tiempo, a los rituales propios del verano y ven cómo pierde parte de su infancia y personas queridas.

Bradbury escribió El vino del estío a lo largo de diez años, y por momentos parece una caja contenedora donde poner recuerdos y personas, el tono íntimo y cálido para hablar de un verano y sus mitos. Doug y Tom ante los rituales del verano, las primeras zapatillas de tenis, las primeras pisadas desnudas sobre la hierba, el recuerdo del invierno como una frontera oscura y la ilusión por el descubrimiento. Y en ese descubrimiento, la vida y la muerte.







Sacó una libreta de tapa gris amarillenta. Sacó un lápiz amarillo. Abrió la libreta. Pasó la lengua por la punta del lápiz.
— Tom -dijo-, tú y tus estadísticas me habéis dado una idea. Llevaré cuenta de las cosas. Por ejemplo, ¿notaste que todos los veranos repetimos cosas del verano anterior?
— ¿Como qué, Doug?
— Como hacer vino, como comprar zapatos tenis, como lanzar el primer cohete del año, como hacer limonada, como clavarnos astillas en los pies, como recoger moras silvestres. Todos los años lo mismo. Esto es la mitad del verano, Tom.
— ¿Y la otra mitad?
— Cosas que hacemos por primera vez.
— ¿Como comer aceitunas?
— Más importantes. Como descubrir que el abuelo o papá quizá no lo saben todo.
— ¡Saben lo que se puede saber! ¡No lo olvides!
— Tom, no discutas. Ya lo he anotado bajo DESCUBRIMIENTOS. Pero no es un crimen. He descubierto eso, también.
— ¿Qué otras locuras tienes ahí?
— Estoy vivo.
— ¡Eh, eso es viejo!
Pensarlo, notarlo, es nuevo. Uno hace cosas sin pensar. De pronto miras y ves qué estás haciendo, y es la primera vez, realmente. Voy a dividir el verano en dos partes. La primera parte de esta libreta se titula: RITOS Y CEREMONIAS. La primera cerveza agria del año. La primera vez que uno corre con los pies desnudos por la hierba. El primer baño en el lago. La primera sandía. El primer mosquito. La primera cosecha de dientes de león. Aquí, como dije, están los DESCUBRIMIENTOS Y REVELACIONES, o quizá ILUMINACIONES (una palabra hermosa), o quizá INTUICIONES. En fin, haces algo viejo y familiar, como embotellar vino, y lo pones bajo RITOS Y CEREMONIAS. Y luego piensas, y pones lo que piensas, aunque sea una locura, bajo DESCUBRIMIENTOS Y REVELACIONES. Mira lo que puse del vino: Cada vez que lo embotellas, guardas un buen pedazo de 1928. ¿Qué te parece, Tom?
— No pude seguirte.
— Te mostraré otra cosa. Bajo CEREMONIAS: Primera paliza de papá en el verano de 1928 la mañana del 24 de junio. Y en REVELACIONES escribí: "Los mayores y los chicos siempre pelean porque son de raza distinta" y "Las paralelas nunca se encuentran", ¡Fúmate eso, Tom!
— ¡Doug, es cierto, es cierto! Por eso no nos entendemos con mamá y papá. ¡Dificultades, siempre dificultades, del desayuno a la cena! ¡Doug, eres un genio!
— Cada vez que hagas algo repetido en estos meses, dímelo. Piensa luego, y dime eso también. Cuando llegue setiembre, sumaremos las cosas del verano y veremos qué descubrimos.
— Tengo una estadística para ti, ahora mismo, Doug. Toma el lápiz. Hay cinco billones de árboles en el mundo. Debajo de cada árbol hay una sombra, ¿no es cierto? Bueno, ¿por qué hay noches? Te lo diré: ¡sombras que salen de debajo de cinco billones de árboles! ¡Piénsalo! Sombras que corren por el aire, que emborronan las aguas, podrías decir. Si pudiéramos descubrir un modo de guardar esos cinco malditos billones de sombras bajo los árboles, podríamos quedarnos levantados la mitad de la noche, Doug, ¡pues no habría noche! Ahí tienes, algo viejo, algo nuevo.
— Es algo viejo y nuevo, realmente. -Douglas pasó la lengua por el lápiz, con ese nombre, Ticonderoga, que tanto le gustaba:- Dilo otra vez.
Sombras bajo cinco billones de árboles...

***

Sí, el verano era ritos, celebrados en el momento y el sitio indicados. El rito de la limonada y el té frío, el rito del vino, los pies calzados, o descalzos, y al fin, con una silenciosa dignidad, el rito de la hamaca en el porche.
En el tercer día de verano, a la tarde, el abuelo salió de la casa y contempló serenamente las dos anillas en el cielo raso del porche. Acercándose a la baranda, donde se alineaban las macetas de geranios, como Ahab cuando estudiaba el día apacible y el cielo apacible, alzó el dedo húmedo estudiando el viento, y se arremangó la chaqueta para ver cómo se sentía uno en mangas de camisa en las últimas horas de la tarde. Respondió al saludo de otros capitanes en otros porches florecidos, que habían salido a observar la dulce y terrestre corriente del clima, olvidados de las mujeres que gorjeaban o protestaban detrás de las oscuras puertas.
— Muy bien, Douglas, pongámosla.
La encontraron en el garaje, polvorienta, y la llevaron como la torrecilla de un elefante, a los silenciosos festivales de las noches de verano, y el abuelo la encadenó a las anillas del cielo raso.
Douglas, más liviano, fue el primero en sentarse en la hamaca. Poco después, el abuelo instalaba su peso pontifical junto al niño. Se miraron sonriendo, asintiendo con movimientos de cabeza, mientras se balaceaban silenciosamente hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atrás.
Diez minutos más tarde, la abuela aparecía con baldes de agua y escobas para lavar y barrer el porche. Se trajeron otras sillas.
— Es siempre agradable sentarse a la tarde -dijo el abuelo-, antes que los mosquitos empiecen a picar.
Alrededor de las siete, si uno se asomaba a la ventana del comedor y escuchaba, podía oír un ruido de sillas que se apartaban de las mesas, y a alguien que tocaba un piano de dentadura amarilla. Se encendían fósforos; y los primeros platos burbujeaban en la espuma, y se alineaban en los estantes. En algún sitio, débilmente, tocaba un fonógrafo.
Y luego, a medida que avanzaba la noche, casa tras casa, en las calles crepusculares, bajo los robles y los olmos inmensos, en los porches sombríos; aparecía poco a poco la gente, como esas figuras de los barómetros.
El tío Bert, quizá el abuelo, luego el padre, y algunos de los primos. Los hombres saldrían primero a la noche de melaza, echando humo, dejando atrás las voces de las mujeres, que en las tibias cocinas ordenaban otra vez el universo. Luego las primeras voces de los hombres, y los niños en los gastados escalones o las barandas de madera desde donde en algún momento algo caería, un niño o una maceta de geranios.
Al fin, como fantasmas que habían esperado un momento detrás de las puertas de alambre, aparecerían la madre, la abuela, la bisabuela, y los hombres se moverían y ofrecerían sus asientos. Las mujeres traerían abanicos, periódicos doblados, hojas de bambú, pañuelos perfumados, y mientras hablaban moverían el aire sobre las caras.
Nadie recordaba al otro día de qué habían hablado. A nadie le importaba mucho. Sólo importaba que los sonidos iban y venían sobre los helechos delicados que bordeaban el porche; sólo importaba que la oscuridad era como un agua negra vertida sobre las casas, y que los cigarrillos brillaban, y las conversaciones seguían y seguían. La charla de las mujeres se alzaba perturbando los primeros mosquitos, que bailaban frenéticamente en el aire. Las voces de los hombres se metían entre las viejas maderas de las casas. Si uno cerraba los ojos y apoyaba la cabeza contra el piso, podía oír esas voces como un terremoto distante, incesante.
Douglas se tendió de espaldas en las secas planchas del porche. Las voces, que parecían eternas, lo alegraban y tranquilizaban. Eran voces que fluían sobre él en una corriente de murmullos, y le rozaban los párpados, y le entraban en los oídos somnolientos, continuamente. Las mecedoras chirriaban como grillos, los grillos chirriaban como mecedoras, y en el mohoso tonel de agua de lluvia nacía otra generación de mosquitos que serviría de tema de conversación en futuros e innumerables veranos.
Sentarse en el porche en las noches de verano era algo tan agradable, tan fácil, tan tranquilizador, que parecía imprescindible. Una sucesión de ritos exactos y antiguos: el encendido de las pipas, las pálidas manos que movían agujas de tejer en la oscuridad; la consumición de los bizcochos Eskimo, envueltos en papel plateado; el ir y venir de las gentes. Durante algún tiempo, en las primeras horas de la noche, todos hacían visitas; los vecinos de abajo, las gentes de enfrente, la señorita Fern y la señorita Roberta que pasaban zumbando en su auto eléctrico, y llevaban de paseo a Tom o Douglas alrededor de la manzana, y luego subían a sentarse y abanicarse las acaloradas mejillas, o el señor Jones, el trapero, que luego de dejar su carro y su caballo en el callejón, subía los escalones listo para estallar en palabras, animado, como si nadie hubiese dicho nunca lo que él decía, y de algún modo así era. Y por último, los niños, que habían jugado a hurtadillas un último escondite, o pateado una lata, jadeando, encendidos, volvían débiles y silenciosos como bumerangs a la hierba blanda, y se hundían junto a la charla charla charla del porche que los aplastaba suavemente...
Oh, la alegría de tenderse en la noche de helechos y la noche de hierbas y la noche de voces susurrantes y somnolientas que tejían la oscuridad. Los mayores habían olvidado que Douglas estaba allí, tan quieto, tan callado, oyendo los planes que elaboraban para él y sus propios destinos... Y las voces cantaban, erraban, en nubes de humo de cigarrillo iluminadas por la luna, mientras las luciérnagas, como tardías y animadas flores de manzano, golpeaban débilmente las luces lejanas de la calle, y las voces entraban en los años del futuro...

***

— Esa es la dificultad con su generación -dijo el abuelo-. Bill, usted me avergüenza, usted, un periodista. Todas las cosas que pueden saborearse en la vida, ustedes las anulan. Ahorre tiempo, ahorre trabajo, dicen. -Pateó los almácigos irrespetuosamente.- Bill, cuando tenga usted mis años, descubrirá que las cosas pequeñas, las alegrías pequeñas, cuentan más que las grandes. Un paseo en una mañana de primavera es preferible a un viaje de cien kilómetros en un coche que corre a los saltos. ¿Sabe por qué? Porque en el paseo hay aromas, cosas que crecen. Hay tiempo de buscar y encontrar. Ya sé. Ustedes buscan ahora lo grande, y quizá tengan razón. Pero como hombre que trabaja en un periódico debería fijarse usted en las uvas tanto como en los melones. Usted admira los esqueletos, y yo las huellas digitales. Muchas cosas lo aburren a usted, y yo me pregunto si no se debe a que nunca aprendió a usarlas. Si de ustedes dependiera, emitirían una ley que aboliría todas las tareas menudas, las cosas menudas. Se quedarían sólo con las grandes cosas, y tendrían entonces que pasarse las horas ideando algo que hacer para no volverse locos. ¿Por qué no aprenden de la naturaleza? Cortar el césped y arrancar zarzas puede ser un modo de vida, hijo.
Bill Forrester lo miraba sonriendo.
— Ya sé -dijo el abuelo-. Hablo demasiado.
— Lo oigo con gusto.
— La conferencia continúa, entonces. Un matorral de lilas es mejor que una orquídea. Y los dientes de león y la hierba común son todavía mejores. ¿Por qué? Porque lo doblan a usted, y lo alejan de toda la gente y el pueblo por un rato, y lo hacen sudar, y le recuerdan que tiene nariz. Y cuando usted se dedica realmente a eso, es usted mismo un rato. Usted empieza a pensar. La jardinería es la excusa más a mano para ser un filósofo. Nadie sospecha, nadie acusa, nadie sabe, pero ahí está usted, Platón entre las peonias. Sócrates cultivando su propia cicuta. Un hombre que lleva un saco de abono por el campo es como Atlas con el mundo al hombro. Como dijo una vez el caballero Samuel Spaulding: "Cava en la tierra, cava en el alma." Haga girar esas hojas de la cortadora, Bill, y paséese bajo el rocío de la fuente de la juventud. Fin de la conferencia. Además, es bueno comer de cuando en cuando unos dientes de león.
Ray Bradbury. El viento del estío. Traducción de Francisco Abelenda. Ediciones Minotauro. 

sábado, 22 de agosto de 2015

Ray Bradbury en Mucho después de medianoche



A medianoche empezó a llegar el relato.
Henry Williams Field se había sentado en la biblioteca. Sobre el escritorio había una máquina que zumbaba. Repetía palabras que estaban siendo escritas más allá de la luna. Las garabateaba con lápiz negro, reproduciendo los movimientos febriles de la mano de Tom Wolfe a un millón de kilómetros de distancia. El viejo esperó a que se acumulase una pila de hojas y entonces las levantó y leyó en voz alta a la habitación donde estaban escuchando Bolton y los criados. Leyó las palabras sobre el espacio y el tiempo y el viaje, sobre un hombre grande y un viaje grande y cómo era la larga medianoche y el frío del espacio, y cómo un hombre podía estar tan hambriento que devoraba todo eso y pedía más. Leyó las palabras que estaba llenas de fuego y truenos y misterio.
El espacio era como octubre, escribió Thomas Wolfe, y dijo cosas sobre la oscuridad y la soledad que envolvían a un hombre tan pequeño. El octubre eterno e intemporal, fue una de las cosas que dijo. Y entonces descubrió el propio cohete, el olor y la sensación del metal del cohete, y el sentido de destino y de desbordante júbilo por dejar al fin la Tierra allá atrás, todos los problemas y todas las tristezas, e ir en busca de un problema más grande y una tristeza más grande. Ay, era una buena escritura, y decía lo que había que decir sobre el espacio y el hombre y los pequeños cohetes, solo allá afuera.
El viejo leyó hasta que se quedó ronco, y luego leyó Bolton, y luego e los demás, hasta muy entrada la noche, cuando la máquina dejó de transcribir palabras y entonces supieron que Tom Wolfe estaba en cama, allá en el cohete, volando a Marte, y que probablemente aún no dormía, no, todavía seguiría sin dormir durante horas, despierto como un chico antes de un circo, sin atreverse a creer que la enorme tienda negra enjoyada está ya instalada y el circo funcionando con diez billones de resplandecientes actores en los alambres altos y en los trapecios invisibles el espacio.
Ray Bradbury. Mucho después de media noche. Traducción de Marcial Souto. Minotauro.

viernes, 14 de agosto de 2015

notas sobre Valis. Philip K. Dick



La búsqueda de una realidad a la que atenerse y en la que mantenerse, el intento último por encontrar una salida a la locura, por saber qué es lo real y lo insano dentro de nuestra mente, las preguntas sobre quiénes somos, qué hay sobre el espacio-tiempo, si el universo está enfermo y dónde está Dios en este desorden, si Dios somos nosotros o un sistema externo que intenta reiniciar un universo caótico, qué es la locura y si no hay en ella un atisbo de todos los mundos existentes fuera de la caverna, los tiempos y las dimensiones alterados y solapados en un único punto, el ser humano como eternidad (dentro de nosotros albergamos otros tiempos y otros espacios) y, sobre todo, el ruido de fondo de dios, el universo y la locura.

***

Valis no es una novela de ciencia-ficción, no hay una historia como en El hombre en el castillo, Tiempo de Marte o Ubik, Valis es Dick angustiado por aquellos años donde escuchó una voz en su cabeza y vio el espacio-tiempo superpuesto, la Roma del 70 d.c. y la California de 1974 en un mismo plano, donde la realidad se convirtió en algo falso e inasible y Dios se presentó como un sistema de información en un rayo rosa. Valis es el terror por un mundo incomprensible, por no saber qué es real, la desesperada búsqueda de una salida y una respuesta, de una sanación que haga que el mundo se revele tal cual es, el diario de un psicótico que se sabe en un laberinto pero desconoce la forma de salir.

***

Está Amacaballo Fat y está el narrador en tercera persona que habla de Fat, su caída en la locura, sus días en sanatorios y terapias, su encuentro con Dios a través de una extraña luz rosa y la información que le transmite, el universo es irracional y no hay un orden en él y hay un dios creador ciego y mentiroso, sus visiones de otra época, la Roma imperial y el futuro lejano, sus exégesis, el diario que lleva Fat donde intenta explicar sus experiencias con Dios y el universo. Qué es Dios, se acerca a la noción que tenemos de él o es algo nuevo, algo diferente, qué fuerzas hay en el universo y cuál es el tiempo real que ocupamos.

***

O las visiones no son de Dios sino de nosotros mismos hablándonos desde el futuro, entonces, el ser humano como un punto en una línea infinita y alberga dentro de sí la eternidad y todos los seres encarnados y por encarnar. O emisiones de un satélite ruso. O las drogas y el alcohol. O un resplandor antes de la muerte. O nada en absoluto.


Durante un largo tiempo (o «vastos desiertos de eternidad», como él hubiera dicho), Fat desarrolló un montón de peregrinas teorías para explicar su contacto con Dios y la información de él derivada. Una de ellas, distinta de las demás, me resultó particularmente interesante. Describía una especie de capitulación mental por parte de Fat ante el proceso por el que estaba pasando. Esta teoría sostenía que en realidad no estaba experimentando nada en absoluto. Rayos de intensa energía que emanaban de muy lejos, quizá de una distancia de millones de kilómetros, le estimulaban selectivamente diversas partes del cerebro. Estas estimulaciones selectivas generaban la impresión —para él— de que en realidad veía y oía palabras, imágenes, figuras de personas, páginas impresas; en suma, Dios y el Mensaje de Dios o, como a Fat le gustaba decir, el Logos. Pero (sostenía esta teoría) sólo imaginaba que experimentaba estas cosas. Eran como hologramas. En verdad me llamaba la atención que un lunático desechara sus alucinaciones de manera tan elaborada; Fat, intelectualmente, se había excluido del juego de la locura mientras que al mismo tiempo seguía disfrutando de sonidos y visiones. De hecho, ya no sostenía que todo aquello estuviera allí presente. ¿Era un indicio de que había empezado a mejorar? Es difícil creerlo. Ahora afirmaba que «ellos» o Dios o algún otro le apuntaban a la cabeza con un rayo de energía de largo alcance y rico en información. No vi ninguna mejoría en esto, pero representaba un cambio. Fat ahora podía desechar sus alucinaciones, lo cual significaba que las reconocía como tales. Pero, como Gloria, ahora tenía un «ellos». Esto me pareció una victoria pírrica. La vida de Fat me daba la impresión de ser una larga letanía de lo mismo, como, por ejemplo, la manera en que había rescatado a Gloria.


***

Amacaballo es Philip en griego. Y Fat es Dick en alemán. Dick habla de Fat (y habla con Fat) como alguien ajeno a él y, a la vez, como la parte colapsada de su mente. Valis es un juego de espejos, es Dick buscando una respuesta y un tiempo (según Fat, el tiempo se detuvo en el 70 d.c. y se reanudó en 1974), es la angustia y el terror de Dick, es una descripción detallada desde dentro de la locura.

***

Hay dos mellizos. Uno de ellos nace prematuramente. No tiene toda la información. Crea un universo enfermo y caótico y ciego. Todo es apariencia. El segundo mellizo trata de mimetizarse en ese universo para devorarlo y sanarlo. Y Dick como testigo de la lucha por entre lo racional y lo irracional.

***

Tal vez sea Valis el libro más extraño, denso y doloroso de Philip K. Dick. Leer Valis es asistir a las visiones e hipótesis de un loco, al recuerdo de las religiones pasadas, de los gnósticos, presocráticos los alquimistas y los cristianos antiguos, y a la búsqueda de Dios. Y, sobre todo, Valis es el diario de un hombre que se describe a sí mismo con distancia y, a veces, humor, y que no sabe qué es real y que intenta encontrar algo de paz. La lectura de Valis me afectó, es leer dentro de la locura y de una mente bloqueada.







Fat me contó otro detalle de su encuentro con Dios: de repente el paisaje de California, Estados Unidos de América, 1974, se desvaneció y apareció en cambio el paisaje de Roma del siglo I EC. Durante un tiempo vio una superposición de ambos, como en algunas imágenes del cine. ¿Por qué? ¿Cómo? Dios le explicó muchas cosas a Fat, pero nunca esto, excepto la críptica frase que aparece en el diario como anotación.
3. Hace que las cosas luzcan diferentes para que parezca que el tiempo ha transcurrido.
¿Quién es el sujeto que hace semejante cosa? ¿Hemos de inferir que de hecho el tiempo no ha transcurrido? ¿Transcurrió alguna vez? ¿Hubo una vez un tiempo real y, por lo mismo, un mundo igualmente real, y hay ahora en cambio un tiempo fingido y un mundo igualmente fingido, como una especie de burbuja que crece y se modifica, pero que en realidad está estática?
A Amacaballo Fat le pareció atinado incluir tempranamente esta enunciación en el diario o exégesis o como guste llamarla. Es la anotación siguiente, la 4:
La materia es plástica ante el ojo de la Mente.
¿Existe en realidad un mundo exterior? En concreto Gurnemanz y Parsifal permanecen inmóviles y es el paisaje el que cambia; de modo que aparecen en otro espacio, un espacio que antes había sido experimentado como tiempo. Fat pensó en una lengua utilizada dos mil años atrás y vio el mundo antiguo que se adecuaba a esa lengua; el contenido mental armonizaba con las percepciones que tenía del mundo exterior. Parece que aquí hubiera una cierta lógica. Quizás hubo una disfunción temporal. Pero ¿por qué no la experimentó también su esposa Beth? Estaba viviendo con Fat cuando éste tropezó con Dios. Para ella nada cambió, salvo (como me lo hizo saber) que oyó ciertos sonidos extraños como de algo cargado en exceso a punto de reventar.

***

—Doctor Stone —dijo—, hay algo que desearía preguntarle. Quiero su opinión profesional.
—Hable.
—¿Es posible que el Universo sea irracional?
—Usted me está hablando de un Universo que no cuenta con la guía de una mente. Le sugiero que recurra a Jenófanes.
—Claro —dijo Fat—. Jenófanes de Colofón. «Un dios existe que en nada se asemeja a las criaturas mortales ni en cuanto a la forma del cuerpo ni en cuanto al pensamiento. Todo él ve, todo él piensa, todo él oye. Se mantiene siempre inmutable en el mismo lugar; no está bien...».
—«No cabe» —corrigió el doctor Stone—. «No cabe que se traslade ora por aquí, ora por allá». Y la parte importante está en el Fragmento 25. «Pero sin esfuerzo, lo maneja todo con el pensamiento».
—Pero quizá sea irracional —dijo Fat.
—¿Cómo podríamos saberlo?
—Todo el Universo sería irracional.
El doctor Stone preguntó:
—¿En relación con qué?
Fat no lo había pensado. Pero enseguida advirtió que esto no le quitaba el miedo; por el contrario, lo acrecentaba. Si todo el Universo fuera irracional, gobernado por una mente irracional —es decir, insana—, especies enteras aparecerían de pronto, vivirían y morirían sin siquiera adivinarlo, precisamente por la razón que Stone acababa de dar.
—El Logos no es irracional —decidió Fat en voz alta—. Yo lo llamo el plásmata. Sepultado como información en los códices de Nag Hammadi, que está de vuelta entre nosotros creando nuevos homoplásmatas. Los romanos, el Imperio, mataron a todos los originales.
—Pero usted dice que el tiempo real terminó en el 70 DC, cuando los romanos destruyeron el Templo. Por tanto, nos encontramos todavía en tiempo de los romanos; los romanos están todavía aquí. Este año sería... —El doctor Stone hizo un cálculo mental—. El 100 DC poco más o menos.
Fat entendió entonces que esto explicaba su doble exposición, la superimpresión que había visto de la antigua Roma y la California de 1974. El doctor Stone había resuelto el problema por él.
El psiquiatra que debía tratar su locura la había ratificado. Fat nunca abandonaría ahora la creencia de que se había encontrado con Dios. El doctor Stone se la había fijado con clavos.

***

Estamos hablando de Cristo. Es una forma de vida extraterrestre que llegó a este planeta hace millares de años, y que como información viviente pasó a los cerebros de los seres humanos que ya vivían aquí, la población nativa de este planeta. Estamos hablando de una simbiosis entre distintas especies.
Antes de ser Cristo fue Elías. Los judíos lo saben todo sobre Elías y su inmortalidad; y su capacidad de extender la inmortalidad entre otros «mediante la división de su espíritu». El pueblo Qumran conocía todo esto. Intentaban recibir parte del espíritu de Elías.
«Ya ves, hijo mío, aquí el tiempo se convierte en espacio».
Primero, se lo convierte en espacio y luego uno se traslada por él, pero como lo advirtió Parsifal, uno no se mueve en absoluto; permanece inmóvil y el paisaje cambia, metamorfoseándose. Por un momento tuvo que haber contemplado una doble exposición, una superposición, al igual que Fat. Éste es el tiempo onírico, que existe ahora, no en el pasado, el lugar donde habitan los héroes y los dioses y se cumplen las hazañas.
Fat, pues, había llegado a la conclusión de que el Universo era irracional y estaba gobernado por una mente irracional, la deidad creadora. Si el Universo fuera racional y no irracional, algo ajeno que irrumpiera en él parecería irracional. Pero Fat, que lo había invertido todo, consideró que lo irracional irrumpía en lo racional. El plásmata inmortal había invadido nuestro mundo y el plásmata era enteramente racional, pero no nuestro mundo. Esta estructura era la base de la cosmovisión de Fat. Era su fundamento.
El único elemento racional de nuestro mundo ha estado dormido durante dos mil años. En 1945 despertó, abandonó el estado de semilla latente y empezó a crecer. Creció dentro de sí mismo, y presumiblemente dentro de otros seres humanos, y creció también fuera, en el macromundo. Cuando algo comienza a devorar el mundo, algo muy grave está aconteciendo. Si la entidad que lo devora es malvada o insana, la situación no es meramente grave, es lúgubre. Pero Fat percibía el proceso de otro modo. Lo percibía exactamente como lo había percibido Platón en su propia cosmogonía: la mente racional (noös) persuade a la irracional (casualidad, determinismo ciego, ananké) de que se integre en el cosmos.
Este proceso fue interrumpido por el Imperio.
«El Imperio nunca terminó». Hasta ahora; hasta agosto de 1974, cuando recibió un golpe demoledor y quizá definitivo de manos —por así decir— del plásmata inmortal, activo otra vez, y que utiliza a seres humanos como agentes físicos.
Amacaballo Fat era uno de esos agentes. Era, por así decir, las manos del plásmata que se alzaban para acabar con el Imperio.
De esto dedujo Fat que tenía una misión, que el plásmata tenía la intención de utilizarlo con buenos propósitos.
Philip K. Dick. Valis. Traducción de Rubén Masera. Revisión de Manuel Figueroa. Editorial Minotauro.