Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop
Mostrando entradas con la etiqueta Austral. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Austral. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de junio de 2020

+09. DeLillo

El vacío irrumpe en las ciudades, desde el centro hasta sus límites. Son hipnóticas las imágenes donde sólo las sombras de los edificios se mueven entre las avenidas y las calles en las que un par de meses atrás la urgencia el dominio los proyectos el mañana. El paso de un coche o una figura humana o las luces de una ambulancia sólo consiguen aumentar la sensación de soledad y vacío y tiempo inmovilizado y vida evaporada y final de civilización. No consigo dejar de mirar y acercarme a ese vacío en las calles todas esas azoteas rojizas, todas esas torres de cristal hacia el cielo, todos los monumentos y museos desiertos, todo reducido a una estepa cerrada e inescrutableporque no puedo imaginar el silencio y la quietud en una gran ciudad.

Hace años subí al mirador en mitad de un monte que de noche parecía temible, un macizo oscuro capaz de tragarnos cuando la tierra temblaba en el norte argentino y tembló dos veces. Quería ver la ciudad donde vivía en aquel entonces desde fuera, no desde su interior, para ser consciente de su entidad, de su materia, una mirada hacia el todo. Las luces de la ciudad se extendían en la llanura docenas de kilómetros hasta que eran absorbidas por un abismo negro, aquellas luces geométricas de cuadras, plazas y pasajes como ríos de estrellas. Era inabarcable, aquella ciudad, y me sentí por primera vez como el lejano pionero estelar que imaginaba viajando solo, en busca de un nuevo mundo a través de la Vía láctea, cuando el camino blanco. De entre tantas luces, de entre tantos mundos, cuál elegir, qué se esconde en su interior, cuántas vidas y cuántas muertes en ese instante donde yo apoyado en el mirador.
Entré en aquella negrura tras los límites de la ciudad, días más tarde. Y allí, donde pensé nada nadie y el silencio, un puñado de casas de ladrillo rojo y grandes patios donde hacer asados, casas que las familias construían y elevaban poco a poco de la tierra, que iluminaban con la tenue luz de una bombilla, que eran la avanzadilla de la ciudad, porque en unos meses un trozo de camino asfaltado y algunas farolas y los primeros comercios, quioscos y colmados y fruterías al aire libre y la antigua luz tenue de las bombillas convertida en estrellas que no mueren. Aquella primera oscuridad donde la negrura de las casas y la dura tierra del camino y la hierba de los solares, aquella primera oscuridad que olía a los campos de caña de azúcar que traían una nieve negra sobre nuestras cabezas, aquella primera oscuridad, antes de la blancura cegadora de la luz, donde g. y yo, de regreso a la casa de ladrillo rojo, nos deteníamos en mitad del abismo negro que vi desde el mirador y nos besábamos en silencio y sentía su cuerpo voluptuoso, abarcador, libre y destensado.
                                                      
                                           todas las capas de tiempo que tenemos encima. Recuerdo la pistola desmontada sobre la mesa de la casa de ladrillo rojo y las balas fuera del cargador. r. limpiaba y engrasaba cada parte de aquella pistola comprada en el mercado negro, su mirada concienzuda, el silencio en sus ojos azules y brutales. Me hizo un gesto para que me acercara y me enseñó a meter las balas en el cargador, la dureza de aquellas balas entre mis dedos, la dificultad en insertar cada una de ellas. r. sonreía. Había tomado la educación de sus hijos como una instrucción militar, repartía ordenes, trabajos, decía al este o al norte de la avenida x para dar indicaciones, hacia una lista en pequeños papeles con las tareas del día siguiente que iba tachando poco a poco y decía que, cada día, era una lucha contra el tiempo, el juego de acabar las tareas unos minutos antes que el día anterior. Salíamos en su coche por aquellas casas de la primera oscuridad, su mano derecha aferraba la pistola sobre el muslo mientras conducía y nos acercábamos a las vías de tren donde chabolas y bidones de humo y la guardaba en la guantera cuando la luz de la ciudad, su mirada vigilante y fría y salvaje. Aquella pistola negra, la dureza de aquellas balas, mi dificultad para encajarlas en el cargador destrozaron una antigua imagen cinematográfica. Hoy veo a r. como un hombre en busca de contención y amor, de alguien que le diga todo esto pasará y le recuerde su humanidad
                                           —hacía pistolas con un juguete que llamábamos la culebra, piezas movibles que podían convertirse en círculos, casas, letras, siluetas de perros. Yo formaba una pistola rudimentaria y repetía las imágenes de los westerns en blanco y negro de mi infancia donde diligencias desiertos y la caballería. Imitaba el sonido de los disparos, me hacía el muerto, la mano en el pecho, la caída a cámara lenta sobre el suelo, los ojos cerrados el albor de una muerte fingida, la pistola blanca y verde y roja aferrada en mi mano, la idea heroica de un niño y la realidad años más tarde donde el miedo y el asombro ante el poder de un objeto apenas más grande que mi mano
                                           —me sentaba en una cafetería en el centro de la ciudad geométrica. Desde la ventana, la casa de gobierno y la galería española y un pequeño parque con lapachos. En las calles, las raíces de los naranjos rompían las aceras y las naranjas maduras se pudrían en los bordillos. Vi, mientras tomaba cafés aguados tan parecidos a los de aquella cocina gallega donde el tiempo se detuvo, sulkis arrastrados por caballos cansados y gauchos entre el tráfico con bombachas, sombreros de ala ancha, chalecos y botas, el pasado sumergido brutalmente en el presente; vi manifestaciones de pensionistas y piqueteros que explotaban petardos y se movían entre una extraña neblina; vi vendedores ambulantes de milanesas y tamales y humitas, tipos de caras hoscas y melancólicas que no tenían palabras porque sus palabras eran sus gestos y sus manos y la mirada lejos; vi a la reina de los pobres, un ejército de niños a su cargo que entraba en las cafeterías y bares y restaurantes, niños ennegrecidos con estampitas de San Expedito que dejaban en las esquinas de la mesas y salían con un puñado de centavos y pesos que entregaba a su reina dickensiana
                                           —me adueño del tiempo y lo cruzo en forma de U, como cuando corro por esta casa de sombras alargadas en las paredes, el tiempo como espacio que atravesar
                                             —me adueño del tiempo y lo convierto en objeto, un libro que abrir al azar y unir páginas y fragmentos de manera aleatoria y así los muertos reviven y los amores desaparecen y las balas regresan a las pistolas y desando caminos y atisbo el futuro
                                           —me adueño del tiempo porque es estático en este confinamiento donde el vacío irrumpe en las ciudades,
                                           —porque no quiero que ese vacío se adueñe de mi pecho y lo convierta en calles y avenidas y puertas cerradas


(coda) Leo.

***

Masas y multitudes, una imagen de antes de, que se agolpan ante un estadio para un partido de beisbol o bodas masivas, que se mueven a una, como bandadas de estorninos, que se confunden en un todo tan abarcador como inconexo, hombres y mujeres que miran hacia los límites de la formación con incredulidad y sentido de pertenencia y terror. El desierto como impulso y como soledad y espectro de uno mismo. La fotografía o los fotogramas de una película como realidad fijada que convierte en ficción el tiempo fuera de la imagen. Nuestros gestos, rituales cada uno de ellos. Y nuestros nuevos terrores, la tecnología, la masificación, los deshechos, y nuestros viejos terrores, la bomba nuclear, la violencia. Y el arte que reconvierte bombarderos en grandes murales y ralentiza películas hasta el paroxismo. Y las matemáticas y los significados ocultos en las jugadas y la guerra en un partido de rugby. DeLillo y la reconstrucción de nuestro tiempo.


—Quieto, ahora. No se mueva. Me gusta como está.
—¿Ve? Lo que quiera, y yo me apresuro a hacerlo.
—Haber tocado a Bill Gray…
—¿Se da cuenta de lo íntimo que resulta lo que estamos haciendo?
—Le garantizo que lo incluiré en mis memorias. Y, dicho sea de paso, no tiene aspecto de payaso.
—Aquí estamos, en una habitación, inmersos en este misterioso intercambio. ¿Qué estoy cediendo ante usted? ¿Y de qué me está invistiendo usted, o qué está arrebatándome? ¿De qué modo me está cambiando? Puedo sentir el cambio como una corriente que fluyera bajo la piel. ¿Acaso me va asimilando a medida que trabaja? ¿Estoy realizando una parodia de mí mismo? Y, en cualquier caso, ¿desde cuándo fotografían las mujeres a los hombres?
—Lo comprobaré cuando regrese a casa.
—Parece que nos llevamos muy bien.
—Sí, ahora que hemos cambiado de tema.
—Estoy perdiendo una mañana entera de trabajo sin el menor remordimiento.
—No es eso lo único que está perdiendo. No olvide que desde el momento en que aparezca su imagen todos esperarán que muestre usted el mismo aspecto que tiene en ella. Y, cada vez que se encuentre con alguien, la gente no dudará en disputarle su derecho a resultar distinto a como es en la fotografía.
—Me he convertido en el material de alguien. En el suyo, Brita. Está la vida y está el objeto de consumo. Todo cuanto nos rodea tiende a canalizar nuestras vidas hacia una realidad final impresa o filmada. Dos enamorados discuten en el asiento trasero de un taxi y surge una pregunta implícita en el acontecimiento. ¿Quién escribirá el libro y quién representará a los protagonistas en la película? Todo reclama su propia versión ensalzada. O, por ponerlo de otro modo: nada ocurre hasta que no es consumido. O, de otro modo: la naturaleza ha cedido ante el aura. Un hombre se corta al afeitarse y contratamos a alguien para que escriba la biografía del corte. En la vida, todo el material resulta canalizado hacia el aura. Aquí estoy yo, en su lente, y ya me veo distinto. Duplicado o reducido.
—Y también puede pensar en sí mismo de modo diferente. Resulta interesante las profundidades a las que nos traslada una fotografía. Podemos ver algo que pensábamos que manteníamos oculto. O algún aspecto perteneciente a nuestra madre, nuestro padre o nuestros hijos. Uno toma una instantánea y ve su rostro en la semipenumbra, pero en realidad se trata de su padre que le devuelve la mirada.
—Lo que usted hace es preparar el cadáver.
—Papel y productos químicos, eso es todo.
—Colorear mis mejillas. Maquillando mis manos y mis labios. Pero cuando haya muerto realmente, todos pensarán que sigo vivo en su fotografía.
—El año pasado, en Chile, conocí a un editor al que habían encarcelado después de que su revista publicara diversas caricaturas del general Pinochet. Se le acusaba de asesinar la imagen del general.
—Suena perfectamente razonable.
—¿Está perdiendo el interés? Lo digo porque a veces no me doy cuenta de que me estoy apropiando de una sesión. Llegado cierto punto, me vuelvo sumamente posesiva. Resulto amable y simpática en lo que respecta a la superficie de la operación pero el núcleo, el marco, son míos.
—Creo que necesito estas fotografías más que usted. Para derribar el monolito que he construido. Me da miedo ir a cualquier sitio, incluso al cafetucho del cruce más cercano. Continúo convencido de que se acercan los rastreadores con sus teléfonos móviles y sus teleobjetivos. Cuando uno elige esta vida, comprende lo que representa vivir en un permanente estado de disciplina religiosa. No existen soluciones a medias. Todos los movimientos que realizamos son rituales. Todo cuanto hacemos que no se halle directamente centrado sobre el trabajo gira en torno al ocultamiento, la reclusión, los modos de evasión. Scott elabora las rutas de los sencillos viajes que realizo de cuando en cuando, cuando tengo que ir al médico, por ejemplo. Existen procedimientos que es necesario seguir cada vez que alguien viene a la casa. Obreros, repartidores. Se trata de un modo de vida irracional, pero dotado de una poderosa lógica interior. Como el modo en que la religión se apodera de una vida. El modo en que una enfermedad se apodera de una vida. Existe una fuerza totalmente independiente de mi elección consciente. Una fuerza irritable y rencorosa. Quizá se debe a que no quiero sentir lo que sienten otros. Poseo mi propia cosmología del dolor. Déjenme solo con ella. No me miren, no me pidan que les firme ejemplares de mis libros, no me señalen con el dedo por la calle, no se arrastren hasta mí con una grabadora sujeta al cinturón. Sobre todo, no me hagan fotografías. He pagado un precio terrible por este maldito aislamiento. Y ya estoy harto de él.
Hablaba en voz baja, desviando la mirada. Daba la impresión de que aprendía todo aquello por primera vez, de que por fin lograba escucharlo. Qué extraño resultaba todo. No lograba comprender cómo nada de todo ello había sucedido, cómo un joven inexperto y desconfiado frente a los mecanismos de deslumbramiento y distorsión, celoso de su trabajo y sumamente tímido y autorromantizante, podía verse tantos años después atrapado en su propia y colosal inmovilidad.
Don DeLillo. Mao II. Traducción de Gian Castelli. Austral.

martes, 13 de agosto de 2019

El largo viaje. Jorge Semprún

Los trenes me hablaban con una voz propia y legendaria: el estremecimiento de un tren sobre las vías, los silbidos que rompían la monotonía de mis calles o las ventanillas iluminadas fugazmente en la noche me hacían sentir ante el mito de los caminos desconocidos, la fuerza de la aventura, de lo salvaje, un mundo en bruto. Pero este mundo es una sucesión de mundos de mitos y sombras que se entretejen unos en otros. Primo Levi fue el primero que me descubrió las capas subterráneas que se esconden bajo este mundo en apariencia sencillo y apacible dotándole de nuevos significados: hubo trenes que cruzaron Europa hacia la chimenea de un crematorio, y millones de seres humanos se convirtieron en humo. Desde ese primer aliento de Levi, busco la voz de los supervivientes de las diferentes barbaries del último siglo, intento ser el receptor de sus memorias, escuchar su voz, ser testigo en la distancia, no borrar su estela. Los recuerdos de Jorge Semprún me han permitido ahondar, de nuevo, bajo el mito adolescente del tren no para refutar aquel símbolo de aventura, sino para completarlo con otros sentidos, mostrando las capas desconocidas.

Hay un momento donde Semprún ejerce de Cicerone tras la liberación de Buchenwald a dos mujeres francesas de uniforme azul. Las dos mujeres no consiguen comprender el horror vivido en esos muros, sólo ven la plaza y los edificios vacíos, los campos despojados de su inhumana rutina. Semprún las acompaña por los barracones, las salas de tortura, el crematorio, las pilas de cadáveres aún sin enterrar — y que ocupan cuatro metros de altura—, introduce en su mundo la barbarie y la monstruosidad nazi. Es necesario que miren, que intenten imaginar, dice Semprún. También, a la pregunta de por qué les ha enseñado los cientos de cadáveres, que los muertos necesitan una mirada pura y fraternal y el recuerdo. Me siento como esas dos mujeres que pasan del coqueteo inicial a la mudez, las coordenadas de mi mundo distantes de aquellas que vivieron las víctimas de los campos de exterminio. Paso por sus páginas con una mirada que intenta imaginar, sin desviarse, del recuerdo que me hace llegar Semprún.

En otro momento de El largo viaje vuelve la importancia de la mirada. Los prisioneros en tránsito son conducidos por una aldea hacia la cárcel, en espera de su traslado definitivo a los campos; desfilan entre la muchedumbre que los ve pasar, la mirada perdida en el cielo o carente de un sentido último. Salvo un hombre, que mira a la cara a los prisioneros, que les hace sentir que existen, que pertenecen a un mismo mundo. También están las miradas deshumanizadas de los nazis, las alucinadas de los compañeros de vagón, que pierden poco a poco el brillo, las de los supervivientes, años después, que ante una melodía, un olor, un sonido cualquiera, vuelven al pasado, al viaje en tren, a los campos, a la muerte diaria. Y la mirada de Semprún, junto a la pequeña ventana del vagón, que observa el paisaje del valle del Mosela, ese afuera al que no pertenece, al que no puede pertenecer por todo aquello que le ha llevado hasta ese vagón hacia Buchenwald, la libertad de elección que le llevó a luchar contra los nazis, una libertad que, a lo largo de ese viaje, sentirá que no tienen las grandes víctimas de la barbarie, los judíos que son trasladados en otros trenes mayores que el suyo y morirán por millones, ser judío como causa única, algo contra lo que se revelará su amigo Hans, también en los maquis como Semprún, que busca otra muerte posible, no por su condición de judío sino de combatiente.

Nunca acabará esta noche, dice Semprún, en ese vagón donde se hacinan ciento veinte hombres, una noche detenida en el tiempo mientras, fuera de ella, sigue otra(s) vida(s). Hay quienes estarán siempre en esa noche, quien se preguntará por la vida adentro y el afuera, el exterior, esa vida que seguía al mismo tiempo que los trabajos forzados y el exterminio tras las muros del campo. Semprún, cerca de la valla, ve la vida cotidiana de los domingos, los campesinos paseando con sus familia, un domingo de descanso familiar. Con la liberación, Semprún buscará ver el campo desde el pueblo cercano, entrará en una casa donde se ve la chimenea del crematorio, mirará desde el afuera, preguntará a la dueña si sabía lo que ocurría tras los muros del campo, su respuesta que habla de sus dos hijos muertos para unificar el sufrimiento. Semprún comprenderá que aquel pueblo no era el afuera, el exterior, sino simplemente otra cara, pero una cara también interior a la misma sociedad que había dado a luz los campos alemanes.

Olvidar primero para luego recordarlo todo, otra de las máximas que repite Semprún a lo largo de su libro. Llevar aquel viaje dentro, con sus rostros y horrores, pero sin acercarse a él hasta que hayan pasado los años y vuelvan íntegros los recuerdos que rodearon los días y noches en aquel vagón donde ciento veinte hombres se preguntaban por su destino e intentaban mitigar la sed, el hambre, la locura. Y son esos años pasados desde el viaje mismo hasta la escritura del viaje lo que hace que el tiempo de estas memorias cambie continuamente, del vagón hacia el pasado o el futuro, de aquella primera migración en la guerra civil española a la liberación del campo y saberse superviviente. Entonces, esa noche, efectivamente, no puede acabar, es un centro por el que pasa la vida entera de un hombre, un muerto en el vagón en el mismo punto temporal que los niños judíos torturados en los campos, la soledad en un café años después del final de la guerra, los caminos españoles que contienen muertos y refugiados a partes iguales.

¿Os dais cuenta?, dice un hombre antes de morir en el vagón. Y Semprún responde que ése es su propósito, darse cuenta y dar cuenta de ello, de los muertos en los caminos españoles, de otros muertos en otros caminos, del significado de ese viaje en tren, del destino de esos hombres, semejante al de miles de otros hombres y mujeres, de las miradas primero de odio y luego de negación entre los alemanes, que intentan unificar el sufrimiento, sus muertos en combate por las cenizas de quienes se convirtieron en humo, de lo difícil que es ver el afuera, estar en el afuera después de vivir dentro del horror.

¿Qué más decir? Este libro, como la trilogía de Levi, como Wiel, Kertész, Millu o Wiesel, me conmueve, me acerca a un afuera en el que nunca estuve, me hace sentir, como dije al inicio, un receptor de otras memorias. El largo viaje no sólo tiene valía como testimonio, su escritura también es extraordinaria.








Mi tren silba en el valle del Mosela y veo desfilar lentamente el paisaje de invierno. Cae la noche. Hay gente que se pasea por la carretera, junto a la vía. Van hacia ese pueblecito, con su halo de humaredas tranquilas. Acaso tengan una mirada para este tren, una mirada distraída, no es más que un tren de mercancías, como los que pasan a menudo. Van hacia sus casas, este tren les trae sin cuidado, ellos tienen su vida, sus preocupaciones, sus propias historias. Por lo pronto, y al verles caminar por esta carretera, advierto, como si fuera algo muy sencillo, que yo estoy dentro y ellos están fuera. Me invade una profunda tristeza física. Estoy dentro, hace meses que estoy dentro y ellos están fuera. No sólo es el hecho de que estén libres, habría mucho que decir a este respecto; sencillamente, es que ellos están fuera, que para ellos hay caminos, setos a lo largo de las carreteras, frutas en los árboles frutales, uvas en las viñas. Están fuera, sencillamente, mientras que yo estoy dentro. No se trata tanto de no ser libre de ir a donde quiero, nunca se es libre para ir a donde se quiere. Nunca he sido tan libre como para ir a donde quería. He sido libre para ir a donde tenía que ir, y era preciso que yo fuera en este tren, porque era también preciso que yo hiciera lo que me ha conducido a este tren. Era libre para ir en este tren, completamente libre, y aproveché mi libertad. Ya estoy en este tren. Estoy en él libremente, pues hubiera podido no estar. No se trata, así pues, de esto. Sencillamente es una sensación física: se está dentro. Existe un afuera y un adentro, y yo estoy dentro. Es una sensación de tristeza física que le invade a uno, nada más.
Después, esta sensación se hace todavía más violenta. A veces se hace intolerable. Ahora miro a la gente que pasea, y no sé todavía que esta sensación de estar dentro va a resultar insoportable. Quizá no debiera hablar más que de esta gente que pasea y de esta sensación, tal como ha sido en este momento, en el valle del Mosela, para no trastornar el orden del relato. Pero esta historia la escribo yo, y hago lo que quiero. Hubiera podido no hablar del chico de Semur. Hizo el viaje conmigo, al final murió, en el fondo es una historia que no interesa a nadie. Pero he decidido hablar de ella. A causa de Semur-en-Auxois, primero, a causa de esta coincidencia de hacer un viaje semejante con un chico de Semur. Me gusta Semur, adonde no he vuelto jamás. Me gustaba mucho Semur en otoño. Habíamos ido, Julien y yo, con tres maletas llenas de plástico y de metralletas Sten. Los ferroviarios nos ayudaron a esconderlas, mientras esperábamos tomar contacto con el maquis. Después, las transportamos al cementerio, y allí fueron los muchachos a buscarlas. Era bonito Semur en otoño. Nos quedamos dos días con los compañeros, en la colina. Hacía buen tiempo, septiembre lucía de un lado a otro del paisaje. He decidido hablar de este chico de Semur, a causa de Semur y a causa de este viaje. Murió a mi lado, al final de este viaje, acabé este viaje con su cadáver contra mí, de pie. He decidido hablar de él, y eso sólo me atañe a mí, nadie tiene nada que decir. Es una historia entre este chico de Semur y yo.
De todas formas, cuando describo esta sensación de estar dentro, que me atrapó en el valle del Mosela, ante la gente que paseaba por la carretera, ya no estoy en el valle del Mosela. Han pasado dieciséis años. Ya no puedo detenerme en aquel instante. Otros instantes vinieron a añadirse a él, formando un todo con esta sensación violenta de tristeza física que me acometió en el valle del Mosela.
Eso era algo que podía ocurrir los domingos. Una vez que habían pasado la lista del mediodía, teníamos varias horas por delante. Los altavoces del campo difundían música lenta en todos los barracones. Y es en la primavera cuando esta impresión de estar dentro podía llegar a ser insoportable.
Me iba más allá del campo de cuarentena, al bosquecillo junto al revier[4]. Me detenía en la linde de los árboles. Más allá no había más que una franja de terreno despejado, delante de las torres de vigilancia y las alambradas electrificadas. Se veía la llanura de Turingia, rica y fértil. Se veía el pueblo en la llanura. Se veía la carretera, que bordeaba el campo a lo largo de un centenar de metros. Se veía a los que paseaban por la carretera. Era domingo y primavera, la gente paseaba. En ocasiones había niños. Corrían hacia adelante, gritaban. También había mujeres que se detenían en la cuneta para coger las flores primaverales. Yo estaba allí, de pie, en la linde del bosquecillo, fascinado por estas imágenes de la vida de fuera. Era eso, había un adentro y un afuera. Yo esperaba aquí, en medio del aire primaveral, el regreso de los paseantes. Regresaban a sus casas, los niños estaban cansados, caminaban despacio al lado de sus padres. La gente volvía del paseo. Yo me quedaba solo. Sólo quedaba el adentro y yo estaba dentro.
Más tarde, un año después, otra vez era primavera, el mes de abril, también yo me paseé por esta carretera y estuve en este pueblo. Yo estaba fuera, pero no conseguía saborear la alegría de estar fuera. Todo había terminado, íbamos a hacer este mismo viaje en sentido contrario, pero quizás este viaje nunca puede hacerse en sentido contrario, tal vez este viaje no se puede borrar jamás. En verdad, no lo sé. Durante dieciséis años he intentado olvidar este viaje, he olvidado este viaje. Nadie piensa ya, a mi alrededor, que yo hice este viaje. Pero, en realidad, he olvidado este viaje sabiendo perfectamente que un día tendría que rehacerlo. Al cabo de cinco años, al cabo de diez, de quince, necesitaría rehacer este viaje. Todo estaba ahí, esperándome, el valle del Mosela, el chico de Semur, este pueblo en la llanura de Turingia, esta fuente en la plaza de este pueblo adonde voy a ir otra vez a beber un largo trago de agua fresca.
Tal vez de este viaje no se puede volver.
El largo viaje. Jorge Semprún. Traducción de Jacqueline Conte y Rafael Conte. Austral.

jueves, 3 de mayo de 2018

Fin de campo. Don DeLillo

Turco azul derecha, ranura doble, cero enganche retrasado,

Entonces, en la segunda parte de Fin de campo, DeLillo detiene la acción y describe un partido de fútbol americano, los pases, carreras, yardas ganadas y la línea de marcación, los gestos de los entrenadores en el banquillo, el nombre de las jugadas y las posiciones que ocupan los jugadores dentro del juego, el olor de la hierba del campo y el rugido de la multitud, las trifulcas y las peleas, el dolor de cuerpos chocando y cayendo, hombros desencajados y huesos rotos. Hay algo dentro de ese terreno de juego que tiene un sentido: no el dolor, no la victoria, mucho menos la derrota, sino la unidad y el movimiento del equipo, un puñado de hombres que comparten y ejecutan una visión, que trasladan al juego lealtad, defensa, vibración, belleza, el fútbol como reflejo de un campo de batalla, una fórmula matemática o un sistema de señales, la coreografía de un grupo de hombres en pos de una armonía invisible. Cuarenta páginas por momentos arduas y que me hicieron sentir como uno de los personajes de DeLillo que recita de memoria poemas en alemán sin saber qué significan. Lo indecible. Fin de campo es una comedia. O algo parecido.

***

Criba-W-intermedia, serie-alfa, 2-limón.

Un hombre busca en la disposición de su habitación un orden y una belleza estática: una cama, un escritorio, dos relojes, tres lápices, un pequeño desconchado en la pared. También, un judío que aspira a deshacerse de sus raíces judías, desnudarse de aquello que le han impuesto. Y un estudiante que recita poemas en idiomas que desconoce. Y el narrador, Gary Harkness, que se siente atraído por la guerra nuclear y sus consecuencias. Son algunos de los jugadores del modesto equipo de fútbol de la universidad de Logos. Harkness toma distancia con todo y todos, es descreído, irónico y observador, ha pasado por un puñado de universidades y equipos, traza sus propios significados sobre el sentido del juego, se cuestiona sobre el miedo y la tecnología, se siente un exiliado, teme el silencio y vaga por un paisaje desértico. Es el único que comprende la búsqueda de Taft Robinson, el primer jugador negro en Logos y un portento de los deportes, alguien llamado a destacar entre sus compañeros y rivales pero que sólo anhela perseguir cierto tipo de belleza estática y llevar el enorme exterior al interior. DeLillo encuentra en su narrador una forma de distanciarse y de romper con la imagen de los jugadores de fútbol americano, de encontrar un sentido en las repeticiones de entrenamientos y jugadas, en las relaciones entre los jugadores, en el miedo de cada uno de ellos y en su búsqueda de una comprensión última. Extrañan las conversaciones entre los jugadores, esa forma de preguntarse por el miedo o lo indecible, de cuestionarse las raíces y la realidad, de encontrar un sentido y una  belleza cercanos. Por momentos esas conversaciones parecen artificiales; y por momentos hay cierta comicidad en un puñado de jugadores que se hacen preguntas abstractas tras los entrenamientos o en mitad de un partido.

—Creo en las formas estáticas de belleza —me dijo—. Me gusta medir las cosas y dejarlas que se queden como están. Intento crear grados de silencio. Las cosas que hay en esta sala son simples y estáticas. Están medidas meticulosamente. En cuanto hago un cambio diminuto, todo cambia. Y ese cambio se vuelve inmenso. Mi vida aquí casi se parece a cierta clase de sueño. Ya sabes que a veces los objetos de los sueños adquieren una importancia enorme. Es como que resuenan. Es fácil tenerles miedo a los objetos de los sueños. Pues a veces esto se vuelve un poco así. A veces parece que yo me haga más pequeño y que la sala se alargue. Los espacios que separan los objetos empiezan a dar un poco de miedo. A mí me gustan los colores de esta habitación, el hecho de que no se muevan nunca ni cambien nunca. El tono de la habitación cambia, sin embargo. A veces se oye un murmullo. Se oye un rugido sordo. Se oye una especie de cántico tosco e idiota. Creo que el tono de la habitación cambia dependiendo de la hora del día. A veces es oceánico y a veces apenas se percibe, como si fuera una especie de pequeña pulsación en un desván. La radio es importante en este sentido. La clase de silencio que se hace después de que suene la radio nunca es igual que el silencio que había antes. Yo uso la radio de distintas formas. Casi la convierto en ejercicio espiritual. Silencio, palabras, silencio, silencio, silencio.

***

Contra-quietos, ancha azul-2, cambio interior retrasado.

Una estudiante que se pregunta sobre la responsabilidad de la belleza y las máscaras tras las que nos escondemos; un profesor de exobiología que habla de microorganismos, el origen de la Tierra, el futuro del ser humano como astroplancton; un entrenador subido a una torre, como un eremita, que crea jugadas, movimientos, relaciones y significados y las sigue desde esa altura que lo acerca a un dios mudo; un oficial del ejército que alecciona a Harkness sobre la guerra nuclear y asegura que las bombas son una especie de dios y prepara un juego de guerra que en sólo doce pasos llevaría a la destrucción total. Como los jugadores de la universidad, estos personajes también se cuestionan sobre el miedo, la realidad, las máscaras, la religión, la relación que une el universo con el ser humano, todo aquello que fuimos, que somos, que seremos.

Aquí funciona una especie de teología. Las bombas son una especie de dios. Y a medida que crece el poder de ese dios, nuestro miedo aumenta de forma natural. Yo siento la misma aprensión que todo el mundo, tal vez más. Tenemos demasiadas bombas. Y ellos tienen demasiadas bombas también. De todo esto lo que sale es una especie de teología del miedo. Empezamos a capitular ante esa presencia abrumadora. Es demasiado poderosa. Nos hace parecer hormigas. Acabamos diciendo: que el dios haga lo que quiera, es mucho más poderoso que nosotros. Que sea lo que él ordene. Antes pasaba que los dioses castigaban a los hombres usando las fuerzas de la naturaleza contra ellos, o bien excitándolos para que cogieran sus armas y se destruyeran los unos a los otros. Ahora en cambio el dios mismo es una fuerza de la naturaleza, la fusión de tritio y deuterio. Ahora él es el arma. De manera que esta vez quizá hayamos ido demasiado lejos a la hora de crear un ser omnipotente. Toda esta maquinaria. Unas reservas fabulosas de maquinaria. El gran peligro es que nos acabemos rindiendo a una sensación de inevitabilidad y nos pongamos a tirárnoslo todo a la cabeza por todo el planeta.
***

Serie zonal, triple tex, zambullida de reconocimiento fuera de pase.

End zone. La zona de marcación en el fútbol americano. Una frontera o un límite. El fin del campo. El miedo, el tedio, el humor, la tecnología, lo que pasó, está pasando y pasará, la construcción de significados, las estructuras repetidas, el movimiento de masas, la belleza estática y desnuda en la disposición de los objetos. Hay algo fantasmal en Fin de campo o Ruido de fondo, DeLillo habla sobre los terrores modernos y parece vaticinar el once de septiembre, no el ataque en sí, sino el trastorno y el miedo que surgió del ataque, el gran movimiento de masas en un paisaje apocalíptico, el ruido último. Fin de campo es una novela desigual, tiene buenos momentos y otros farragosos y aburridos, no llega a las sobresalientes Ruido de fondo o Mao II, donde DeLillo escribe en estado de gracia, pero se disfruta por sus conversaciones surrealistas, sus disquisiciones metafísicas y por un puñado de personajes febriles.




Zapalac hablaba dando vueltas en torno a su mesa:
—Sería interesante preguntarnos qué les debe nuestra vida en la Tierra a todos esos cometas que depositaron aquí tantos millones de toneladas de materiales químicos cuando se estrellaron contra nosotros en los años de formación de nuestra Historia, en nuestros años de crecimiento, y seguramente no resulte demasiado poético afirmar que fueron los cielos quienes nos nutrieron, quienes nos echaron una mano durante nuestros primeros dos mil millones de años, o hasta que pudimos apañarnos solos, sintetizar materiales básicos, dar el primer paso para devolver el favor y salir al espacio con menús de restaurante chino recién sacados del congelador. Pero a decir verdad, tampoco me fascina tanto el contenido de carbono de los meteoritos, ni la discusión de en qué momento exacto aparecieron los primeros organismos vivos en la Tierra. Mi apuesta personal es que fue en el 217 antes de Cristo en Kearney, Nebraska. Pero ¿qué pasará con los últimos organismos vivos, con las esporas y los hidrozoos que queden después de que nuestros ancestros nos lleven bien protegidos a la extinción? Terminaremos todos como astroplancton, nubes de polvo viajando por el espacio. Permitidme que plantee una pregunta: ¿qué es lo más extraño que tiene este país? Pues que cuando me despierte mañana por la mañana, o cualquier mañana, el primer miedo que me asalte no tendrá que ver con los enemigos de nuestro país, ni tampoco con nuestros enemigos tradicionales en la guerra fría o en la guerra que sea. Pero entonces, ¿a quién le tengo miedo? Porque está claro que a alguien se lo tengo. Pues escuchadme y os lo diré. Tengo miedo de mi propio país. Tengo miedo a los Estados Unidos de América. Es ridículo, ¿verdad? Pero mirad. Mirad por ejemplo el Pentágono. Si alguien nos mata a gran escala, será el Pentágono. A pequeña escala, tened cuidado con vuestra policía local. Fijaos en cómo me estáis mirando algunos. Pregunta: ¿acaso se van a poner a llamar a mi puerta a las tres de la madrugada dos corteses y amigables agentes del lavado de cerebro? Los dos con estudios superiores, claro... Ya veis mi encantadora y contagiosa sonrisa y os dais cuenta de que no es algo que me preocupe. Esto es América. Podemos decir lo que queramos. Me puedo pasar el día hablando, citando capítulo y versículo. Pero cuando llegue la prueba verdadera, lo más seguro es que me meta corriendo en una peluquería, si es que se puede encontrar una en este páramo, y me tiña el pelo de rubio para que todo el mundo crea que soy uno de esos chicos rubitos con la mirada perdida que tanto éxito tenían en la Himmelplatz hace tres o cuatro décadas. Se supone que en la sesión de hoy tendríamos que estar hablando del potencial biótico aplicado a los organismos de entornos muy remotos, situados mucho más allá de las carreteras y vericuetos de nuestro sistema solar. El potencial biótico del hombre se reduce a medida que aumenta todo lo demás. Esta formulita tan simple puede granjearme una beca de investigación para estudiar las modalidades de supervivencia al otro lado de la atmósfera. La primera beca en órbita. Tengo un pensamiento profundo para vosotros. La ciencia ficción no es más que empezar a entender el Antiguo Testamento. Mirad cómo los nitratos artificiales se vierten en los ríos y los océanos. Mirad cómo el dióxido de carbono derrite los casquetes polares. Mirad cómo escasean las reservas minerales del mundo. Mirad la guerra, el hambre y las plagas. Mirad cómo las hordas bárbaras profanan el templo de las vírgenes. Mirad cómo los caballos salvajes montan a los perros de las praderas. He dicho la ciencia ficción pero creo que quería decir la ciencia. En cualquier caso, aquí se está cerrando alguna clase de círculo mítico y/o histórico. Pero yo no dejo de sonreír. No dejo de decirme a mí mismo que no hay razón para preocuparme, siempre y cuando la juventud de América sepa qué es lo que está pasando. Cerebros, músculos, buenas dentaduras y buena estatura. Miro vuestras caras y se me tiene que escapar una sonrisita controvertida. Algunos de vosotros, con vuestros uniformes azules tan chulos, estáis aquí para aprender cómo es el espacio exterior y cómo convertiros en su policía. Uniformes, banderas e himnos de batalla. Yo os ofrezco el único comentario digno de citarse que he hecho en todo el primer semestre: las naciones nunca son más ridículas que en sus manifestaciones patrióticas. ¿Por qué iba yo a tenerle miedo a mi propio Gobierno? Aquí hay algo que falla. Pero no estoy preocupado. Por suerte se me da bien agachar la cabeza. Sé ponerme a cubierto y correr en zigzag como pocos. Cuesta mucho parar a un hombre bajito. Abramos el libro por la página setenta y ocho. La panspermia y sus reconfortantes implicaciones.
Don DeLillo. Fin de campo. Traducción de Javier Calvo. Austral.

viernes, 3 de marzo de 2017

El día. Elie Wiesel

La noche, o un ejercicio de memoria, de un pequeño pueblo húngaro a los campos de concentración nazis, El alba, la víctima que se coloca en la posición del verdugo, los primeros pasos en la construcción de un país y los muertos que nos miran, sorprendidos, ante nuestros actos, y, por fin, El día, la imposibilidad de escapar a los propios recuerdos, donde un gesto, un trozo de pan, una chimenea, nos devuelve al horror, o de encontrar en el amor una salvación, llevar a los muertos dentro de nosotros, acogerlos para que no caigan en el olvido y sobrellevar la carga de seguir vivo y saber que se está roto.


¿Quiere saber quién soy, doctor? Soy también Moishe el contrabandista. Soy sobre todo aquel que ha visto a su abuela subir al cielo. Como una llama ahuyentó al sol y ocupó su lugar. Y ese nuevo sol, que ciega en lugar de alumbrar, me obliga a andar con la cabeza gacha. Pesa sobre el porvenir del hombre. Ensombrece el corazón y la visión de las generaciones futuras.
Si le hubiera hablado en voz alta, habría comprendido la trágica condición de aquellos que volvieron, perdonados a cuenta, muertos vivientes. Hay que mirarlos atentamente. Su apariencia es engañosa. Son contrabandistas. Dirán que se parecen a los demás. Comen, ríen, aman. Buscan el dinero, la gloria, el amor. Como los demás. Pero es falso: representan, a veces sin saberlo. Quien ha visto lo que ellos han visto no puede ser como los demás; no puede reír, amar, orar, negociar, sufrir, divertirse ni olvidar. Como los demás. Hay que observarlos cuidadosamente cuando pasan ante una inocente chimenea de fábrica, o cuando se llevan el pan a la boca. Algo se estremece en ellos y hace que uno aparte los ojos. Esos seres han sido amputados, no de una pierna o de un ojo, sino de la voluntad y el gusto de vivir. Un día u otro, las cosas que vieron subirán a la superficie. Y entonces el mundo quedará aterrado y no osará mirar en los ojos a esos mutilados del alma.
Si yo le hubiera hablado en voz alta, Paul Russel habría comprendido por qué no hay que hacer demasiadas preguntas a aquellos que han vuelto: no son seres normales. En ellos, un resorte interior se ha roto bajo el impacto. Tarde o temprano tienen que sentir los resultados. Pero yo no quería que él comprendiera. No quería que perdiera su equilibrio, que entreviera una verdad que en todo momento amenaza con estallar.


Llega el día, tras la noche y la penumbra, tras el horror y la violencia, y sólo queda soportar la vida y asumir la condición de superviviente y testigo del infierno en la tierra. Wiesel termina su trilogía con una historia de amor y dolor, un hombre que se deja atropellar en un semáforo porque lleva una carga que lo atormenta y de la que nunca podría deshacerse, una carga que lo aleja de la vida y lo coloca tras una frontera extraña en la que ver los gestos cotidianos, las emociones más íntimas, y saberse fuera de ellas, alguien que anda entre dos mundos, un ser borroso que no sabe cómo darse a la vida y volver a ella a pesar de los recuerdos.

Wiesel vuelve a la ficción para hablar del horror de los campos nazis y mostrar una herida siempre abierta por donde se cuelan los muertos, los familiares, aquellos que llegaron al cielo a través de una chimenea, los anónimos que desaparecieron en silencio, los muertos que necesitan a alguien que hable por ellos, que los recuerden, que revivan un momento de la infancia donde aún existía una idea de dios pura y benévola y los viejos eran sabios de caras arrugadas y respuestas sólidas e insólitas. El superviviente anegado por el dolor, que no se abandona al amor ni busca una especie de redención sino que continúa anclado al estremecimiento y la crueldad pasada.

Ahí está Kathleen, una mujer que quiere escuchar las historias del narrador, que quiere acompañarle en su dolor, ser embarcadero y sostén y un paso al frente, su cuerpo desnudo que por momentos aísla el pasado pero cuyo eco siempre vuelve. Ahí está Eliézer, que fue un muchacho interesado por los gestos de dios, que escuchaba a su abuela y seguía los movimientos de su mano y la vio desaparecer en el humo del cielo, como desapareció la pureza de dios y el hombre, Eliézer, al que llaman santo y, a su vez, sabe que será odiado por aquel que escuche su historia, ya sea en un barco rumbo a América o en una habitación cerrada, porque en su historia están el temblor y la monstruosidad. Ahí está Sarah, otra superviviente que ofrece su cuerpo en los cafés de París y cuenta su historia de violaciones en los campos a un Eliézer que ve en ella la santidad que rechaza en él. Ahí están los muertos, alrededor y dentro de Eliézer.

La trilogía de la noche parte de la realidad en La noche y se transforma en ficción en El alba y El día, una ficción es  realidad, la pregunta por la ausencia de dios en el horror, la muerte alrededor y los muertos que nos observan y nos susurran sus sueños, los ojos de cadáver que devuelven los espejos a los vivos y los ojos de la muerte, la supervivencia y ser voz y herida en vida.








Kathleen… ¿Dónde estará ahora? ¿En qué mundo? ¿En el de arriba o en el de abajo? Con tal de que no venga. Que no aparezca en esta habitación. Que no me vea así. Con tal de que no acompañe a la enfermera. Con tal de que no se convierta en enfermera. Y que no me dé inyecciones de penicilina. No quiero su ayuda en el combate que tengo que librar contra el enemigo. Es una muchacha encantadora, su-per-la-ti-vamente encantadora, pero ella no comprende. No comprende que el enemigo no es la muerte. Sería demasiado fácil si lo fuera. Ella no comprende. Cree demasiado en la potencia, en la omnipotencia del amor. Ámame y estarás protegido. Amaos los unos a los otros y todo irá bien: el sufrimiento abandonará la tierra de los hombres para siempre. ¿Quién ha dicho esto? Cristo probablemente. Él también creía demasiado en el amor. En cuanto a mí, me río del amor como de la muerte. Yo podía reír pensando en ellos. Ahora también podría reírme de ellos a carcajadas. Sí, pero los músculos de la cara no me obedecen más. Siento demasiado frío.

***

Me encontraba en un barco francés en camino para la América del Sur. Era mi primer encuentro con el mar. La mayor parte del tiempo permanecía en el puente estudiando las olas que, incansables, cavaban tumbas para volver a llenarlas enseguida. Yo iba en busca del Dios niño porque lo imaginaba grande y poderoso, inmenso e infinito. El mar me ofrecía dicha imagen. De pronto, comprendí a Narciso: no había caído en la fuente. Se había arrojado a ella. En un momento dado, mi deseo de unirme al llamado profundo del mar fue tan fuerte que faltó poco para que saltara por la borda.
No tenía nada que perder, que lamentar. No estaba ligado a la tierra de los hombres. Todo lo que me era querido lo había dispersado el humo. La casita de paredes resquebrajadas donde, a la luz melancólica de las velas, niños y ancianos venían a orar o estudiar canturreando, estaba en ruinas. Mi maestro que, el primero, me había enseñado que la existencia es un misterio, que más allá de las palabras está el silencio, mi maestro que vivía con la cabeza gacha como si no osara mirar al cielo de frente, mi maestro hacía mucho tiempo que estaba convertido en cenizas. Y mi hermanita, que se burlaba de mí porque nunca jugaba con ella, porque yo era demasiado serio, mi hermanita no jugaba ya más.
Elie Wiesel. El día. Traducción de Fina Warschaver. Austral.