Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop
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lunes, 9 de junio de 2025

Los lunes de Anay. Aftersun...

Desde hace más de tres años, cierro la puerta de casa a las cinco y media de la mañana. En invierno, las heladas y la oscuridad. Hoy, la primera luz en el cielo y Venus sobre los montes —busco su destello mientras me digo buen camino y doy los buenos días a mis padres. Y si estoy triste o nervioso, repito aquel mantra del reiki “sólo por hoy…”— Apenas el ruido de los pabellones del polígono cercano, el retumbo de algún coche, el gorjeo de los mirlos junto a la estación del metro. Poca gente, siempre los mismos en el mismo lugar del andén y los vagones, como una superstición. Leo, de pie en el metro y luego sentado en el tren, los reencuentros de Delbo, años después, con sus compañeras supervivientes de los campos de concentración. Es una lectura bella y dura, porque la escritura de Delbo es bella y dura al escribir sobre la imposibilidad del regreso (volver no significa regresar), sobre la no existencia y ausencia de palabras y la negación del llanto, sobre retomar la vida de a poco, y preguntarse, al ver un rostro, si les hubiera ayudado a caminar. La voz de esas mujeres me acompaña en su intento de volver a la vida mientras, fuera del tren, un amanecer carmesí. 


Los lunes de Anay. Aftersun…

"Tú no tienes la culpa del incendio"

                                                    JESÚS COTTA

PURA VIDA

Con la melena
al viento,
ondeando,
y esa mezcla de recato y brío,
la cajera
del supermercado
cruza el parque
en bicicleta
hacia la playa,
                     y me adelanta
y es...no sé...
cómo decirlo...

todo lo contrario
a que te adelante
una funeraria.

                             KARMELO C. IRIBARREN



Feliz lunes.

Un beso,

Anay

viernes, 1 de enero de 2021

2020 en lecturas

Hace el número cincuenta y ocho, Loxandra. La suma de los primeros siete números primos, el número atómico del cerio, una galaxia de la constelación de Virgo, según internet. Una última lectura donde júbilo y despedidas, donde duelo y amor, donde abrazos homéricos y guerra. En Loxandra están la unión de Oriente y Occidente en las calles de Constantinopla y la mirada de Grecia ampliada en la convivencia, a trompicones, con turcos, armenios, montenegrinos, franceses; está la figura mítica de una mujer habladora, vital y enérgica que encuentra la felicidad en sus conversaciones con la virgen de Baluklí, en el aroma del Mármara, en las reuniones donde comida exuberantes, confesiones y pequeños ritos, está estrellar una granada contra el suelo en la mañana de año nuevo para convocar la abundancia en el hogar. Cierro el libro, y ahí fuera, los arces invernales, el cielo bajo y gris, el ruido metálico de la lluvia, el vuelo negro de los cormoranes. En estos últimos días del año he buscado en sus páginas su luminosidad y simpatía —que no rechaza sombra o muerte— como descanso.

***

Un leve rastro de nieve cubre las cumbres cercanas. Hace frío y viento, ahí fuera, y el río, crecido, tapa los troncos de los árboles en la ribera. Doy un pequeño paseo bajo unas nubes gruesas que atenúan la luz de la mañana. Un día apagado, diría mi madre. Y yo asentiría, sin decirle que percibo una belleza insólita en estos días grises de inverno, donde el cielo bajo, el crujido de mástil en el viento entre los árboles, la desnudez misma de los árboles que permite ver nidos y gorriones, la lentitud del amanecer. Recuerdo, mientras cruzo el puente de madera sobre un río sombrío y rápido, aquellas noches de insomnio, durante el confinamiento, en las que leía Submundo o El enamorado de la Osa Mayor y por un instante otros mundos ante mí, no mejores o tolerables o leves como esa nieve sobre los sombres, sólo mundos que interseccionaban el mío con incontables incertidumbres y alguna certeza. Aquellas noches —cuando trabajaba noches alternas en el pabellón y no cogía ritmo de sueño, dejaba el calor de e. a mi lado, me tomaba un primer café mientras observaba otras ventanas iluminadas en la madrugada, con sus miedos y perplejidades, y leía hasta la salida del sol a DeLillo, McCullers o Walser—, aquellas horas junto a una ventana que pasaba de la oscuridad a la penumbra y finalmente a la primera luz, ocupan el primer puesto en mi lista de las mejores lecturas de este año desmedido. La vulnerabilidad, el asombro y el cansancio quedaron relegados a un segundo plano. Tres o cuatro horas ante un libro, en el silencio extraño de la madrugada.

***

Repaso la lista de las cincuenta y ocho lecturas y siento que ha sido un buen año lector. Ahí, las dos últimas partes de la trilogía de Los sonámbulos de Broch, los relatos de Askildsen y Kristof y Chiang, la locura buena de Vonnegut y Jim Dodge y la locura triste de Dick; ahí, los poemas de Szymborska, Glück o Knight donde un verso puede contener una vida entera; ahí, la destreza en la escritura de Coetzee, Hermans y McCullers; ahí, en fin, cientos de páginas dobladas en una esquina y frases subrayadas y anotaciones a lápiz y nuevas preguntas y viejos mundos, un camino fronterizo donde realidad e invención, donde quimera y verdad, donde sueño y desgarro.

Hay dos libros que me apabullaron de entre esos cincuenta y ocho: El hombre invisible, de Ellison, por su inteligencia, agudeza y claridad en una novela política y social que despliega una rabia, una tristeza y una violencia soterrada y cruda y cuyos ecos son válidos para nuestro presente; y El ángel que nos mira, de Wolfe, un torrente desbocado, un escritor que pasa de lo íntimo a lo grandilocuente, de lo espiritual a lo terrenal y crea una obra desmedida exaltada titánica, un hombre que derriba diques y nos arrastra con su escritura impetuosa.

En esas horas insomnes del confinamiento, la aventura legendaria, los cielos nocturnos y las tierras abiertas de El enamorado de la Osa Mayor; Submundo o el miedo, el movimiento de las multitudes, la tecnología y los sueños derrocados; la ternura y la brutalidad y el destierro de los personajes de El cazador es un cazador solitario. Tres lecturas memorables en las madrugadas de ventanas iluminadas y un silencio extraño —o una respiración contenida.

Los descubrimientos de este año: los relatos crudos y sobrios de Medallones donde Zofia Nałkowska, entre la ficción y el reportaje, habla sobre la recién terminada segunda guerra mundial y los estragos producidos en su tierra polaca, relatos que hablan de visitas a las fábricas de jabones en los campos de exterminio, del sonido de la  muerte y el continuar de la vida en uno y otro lado de un muro, de quienes no lograron escapar o sobrevivir. La realidad es soportable porque no la experimentamos en su totalidad, dice Nałkowska. En el mismo sentido, la experiencia del campo de exterminio, pero con un lenguaje inesperadamente poético, en Ninguna de nosotros volverá, de Charlotte Delbo, la voz de una mujer en el horror. Inoué y La escopeta de caza, o tres cartas de tres mujeres que convierten a un hombre en un ser solitario y derruido. En su libro Hija de sangre y otros relatos, Octavia Butler pone del revés los cimientos de la ciencia ficción norteamericana con sus historias sobre el encuentro con el otro, el lenguaje, la sexualidad, el silencio, los ritos y las religiones y las sociedades conquistadas. Su escritura, honda y precisa, abre interrogaciones sobre quiénes somos. Ted Chiang, con un puñado de relatos estimables, se empequeñeció ante la voz de Octavia Butler.

La relectura de 2020 es para la inefable Desayuno de campeones, de Vonnegut, y Jim Dodge el autor reencontrado gracias a su lisérgico y anfetamínico viaje a ritmo de rock and roll en El cadillac de Big Bopper. Dos escritores que te hacen mejor lector y te arrebatan con su locura buena.

Y las decepciones: No dar de comer al oso de Elliot, Bueyes y rosas dormían, una novela que empieza de manera magistral pero que se me desinfló a lo largo de sus páginas, Los pájaros de Vehorvina, no por ser una mala novela, sino por sentir que me perdía algo.

Hilar la crudeza y crueldad en los relatos de No importa de Kristof con el intimismo y religiosidad de Gilead fue uno de los experimentos de este año, dos autoras y dos estilos que están uno en las antípodas del otro y que, tal vez por eso, disfruté durante unos días de noviembre, los últimos libros que pude leer en un banco, al aire libre.

Soñé en yidis una noche de duermevela, con treinta y ocho de fiebre y donde calor o escalofríos culpa del coronavirus y de la búsqueda de la identidad y los paisajes bíblicos de En una selva oscura de Krauss, un libro cuyas primeras páginas no me dijeron nada pero en el que insistí y encontré una buena lectura. En esos días aislado, sólo pude leer a  Halfon. La desidia, la preocupación, el agotamiento físico y mental tras dar positivo no me dejaron entrar en otras palabras y en otros mundos que no fueran los del autor guatelmalteco. Halfon tiene algo atractivo en su escritura, una cadencia y un cruce de episodios entre libros que te hacen sentir que estás leyendo partes de un libro infinito. Tras el alta por covid, con un dolor de cabeza constante y una fatiga ante el menor gesto, terminé el año entre Grecia y Turquía con Kalifatides y Iordanidu, o la luz de aquellas tierras para alumbrar esos días de cielos bajos y grises y cumbres nevadas.

Y la escritura directa y desmañada de Baroja en su Shanti Andia, y las voces de soldados rusos y sus madres y esposas recopiladas por Alexiévich en Los muchachos de zinc, donde muerte ataúdes y estrés postraumático, donde silencio culpa e incomprensión, y esos límites de un imperio anónimo y violento en Esperando a los bárbaros, de Coetzee, y la suave tristeza y la infancia de La feria de las tinieblas de Bradbury, y esa pequeña maravilla que es August de Christa Wolf, tiempos que se entrelazan y la memoria como embarcadero, a pesar de la congoja. Y Esch o la anarquía, y…

La tarde del treinta y uno de diciembre empecé Seguir viviendo, de Ruth Klüge.

Sé que este repaso sólo es interesante para quien lo hace y no tanto para quien lo lee. Pero, durante un par de días, antes de la rapidez de la Nochevieja, he sacado de la estantería y revisitado las lecturas de un año, he desordenado esta casa con libros en columnas sobre las mesas o el suelo, he sonreído ante el reencuentro de un párrafo subrayado, he unido un libro con la librería donde lo compré o una persona o un recuerdo. No sólo son cincuenta y ocho lecturas, también cincuenta y ocho fotografías y cincuenta y ocho recuerdos. 

***

(coda) Unos versos de Amalia Bautista para este 2021. Buen año, buen camino y buenas lecturas a todos.


 

 




 


(30.12.20/01.01.21)



Un asesino blanco como la nieve - Christian Bobin. Trad. Victoria Gómez Casado. la cama sol ediciones 
La casa intacta - Willem Frederik Hermans. Trad. Catalina Ginard Féron. Gatopardo ediciones
Esch o la anarquía - Hermann Broch. Trad. María Ángeles Grau. Debolsillo
Esperando a los bárbaros - J.M. Coetzee. Trad. Concha Manella y Luis Martínez Victorio. Debolsillo 
Medallones - Zofia Nałkowska. Trad. Bozena Zaboklicka y Francesc Miravitlles. Minúscula 
No dar de comer al oso - Rachel Elliot. Trad. Santiago Tena. Alba editorial
Después - Isabel Bono. Huerga y Fierro editores 
Huguenau o el realismo - Hermann Broch. Trad. María Ángeles Grau. Debolsillo
Poemas esenciales - Etheridge Knight. Trad. Juan José Vélez Otero. Valparaíso ediciones 
El precio de la amistad - Kjell Askildsen. Trad. Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Nórdica libros 
Ninguno de nosotros volverá - Charlotte Delbo. Trad. Regina López Muñoz. Libros del Asteroide 
La escopeta de caza - Yasushi Inoué. Trad. Javier Albiñana con la colaboración de Yuna Alier. Anagrama 
Poesía no completa - Wislawa Szymborska. Trad. Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia. Fondo de cultura económica 
Mi madre - Yasushi Inoué. Trad. Marina Bornas. Sexto piso 
Diario del asco - Isabel Bono. Tusquets editores 
El enamorado de la Osa Mayor - Sergiusz Piasecki. Trad. Jerzy Slawomirski y Anna Rubió. Acantilado
El corazón es un cazador solitario - Carson McCullers. Trad. Rosa María Bassols. Seix Barral
Submundo - Don DeLillo. Trad. Gian Castelli. Austral
Jakob von Gunten - Robert Walser. Trad. Juan José del Solar. Debolsillo
Cómo ser perfecto - Ron Padgett. Trad. Patricio Grinberg y Aníbal Cristobo. Kriller71 ediciones
Tres senderos hacia el lago - Ingeborg Bachmann. Trad. Isabel García Adánez. Siruela 
Trilogía Regeneración I. Regeneración - Pat Barker. Trad. Carlos Milla e Isabel Ferrer. Galaxia Gutenberg 
Nuestras vidas - Marie-Hèléne Lafon. Trad. Lluís Maria Todó. Minúscula 
El ángel que nos mira - Thomas Wolfe. Trad. José Ferrer Aleu. Valdemar 
La guerra de las salamandras - Karel Capek. Trad. Anna Falbrová. Gigames 
El hombre invisible - Ralph Ellison. Trad.Andrés Bosch. Debolsillo 
Paradero desconocido - Kressmann Taylor. Trad. Carmen Aguilar. RBA editores
La penúltima verdad - Philip K. Dick. Trad. Antonio Ribera. Minotauro 
Trilogía Regeneración II. El ojo en la puerta - Pat Barker. Trad. Carlos Milla e Isabel Ferrer. Galaxia Gutenberg 
Trilogía Regeneración III. El camino fantasma - Pat Barker. Trad. Carlos Milla e Isabel Ferrer. Galaxia Gutenberg 
Una vida de pueblo - Louise Glück. Trad. Adalber Salas Hernández. Editorial Pre-Textos
El Cadillac de Big Bopper - Jim Dodge. Trad. Ana Herrera. El Aleph Editores
Bueyes y rosas dormían - Cristina Sánchez-Andrade. Siruela 
Mi oído en su corazón - Hanif Kureishi. Trad. Fernando González Corugedo. Anagrama
La feria de las tinieblas - Ray Bradbury. Trad. Joaquín Valdivieso. Minotauro 
Los pájaros de Verhovina. Variaciones para los últimos días - Adám Bodor. Trad. Adan Kovacsics. Acantilado 
El francotirador - Kurt Vonnegut. Trad. Ana María de la Fuente. Plaza & Janés
August - Christa Wolf. Trad. Marcos Román Prieto. Las migas también son pan editorial 
Alguien habló de nosotros - Irene Vallejo. Contraseña editorial
Exhalación - Ted Chiang. Trad. Rubén Martín Giráldez. Sexto piso
La historia de tu vida - Ted Chiang. Trad. Luis G. Prado. Alamut 
Las inquietudes de Shanti Andia - Pío Baroja. Alianza editorial 
La vida a plazos de Jacobo Lerner - Isaac Goldemberg. Editorial las afueras 
Desayunos de campeones - Kurt Vonnegut. Trad. Carlos Gardini. La bestia equilátera (Relectura)
Camino de Los Angeles - John Fante. Trad. Antonio-Prometeo Moya. Anagrama
No importa - Agota Kristof. Tras. Julieta Carmona Lombardo. El Aleph Editores 
Gilead - Marilynne Robinson. Trad. Montserrat Gurguí y Hernan Sabaté. Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores 
Hojas secas mojadas - Isabel Bono. La isla de Siltolá (Relectura)
Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán - Svetlana Alexiévich. Trad. Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González. Debolsillo
Hija de sangre y otros relatos - Octavia E. Butler. Trad. Arrate Hidalgo. Editorial consonni 
En una selva oscura - Nicole Krauss. Trad. Rita da Costa. Salamandra 
El boxeador polaco - Eduardo Halfon. Libros del Asteroide 
Duelo - Eduardo Halfon. Libros del Asteroide 
Biblioteca bizarra - Eduardo Halfon.Jekyl & Jill 
Cuentos escogidos - Shirley Jackson. Trad. Paula Kuffer. Minúscula 
Todo fluye - Vasili Grossman. Trad. Marta Rebón. Debolsillo 
Madres e hijos - Theodor Kallifatides. Trad. Selma Ancira. Galaxia Gutenberg
Loxandra - María Iordanidu. Trad. Selma Ancira. Acantilado

jueves, 18 de junio de 2020

+22. Delbo

La luz queda del atardecer se refleja en las ventanas que dejo tras de mí —delante de mí, una franja ambarina sobre la línea de montes y la silueta de la ciudad—. Me repito un mantra al salir de casa, buen camino, como al inicio de cada etapa a Santiago hace años. Cierro la puerta de casa y salgo al exterior, aún extrañado por el silencio y la soledad del atardecer, mi vulnerabilidad en un segundo plano, hoy, cuando, ayer, me habitaba por entero.
                                             
El tiempo era el camino frente a nosotros en aquellos días de peregrino. Llegaba a una pequeña elevación, miraba el paisaje circundante, y un camino de tierra y polvo entre campos de trigo verde —el rojo de una amapola entre las espigas—, o un sendero entre bosques y una subida a los molinos eólicos en la cumbre de una sierra. Aquello que abarcaba con la mirada era tiempo. No me preguntaba por el mundo de más allá del horizonte, sólo existía aquel que estaba ante mí. En aquel camino éramos una gran serpiente, los peregrinos, éramos el ruido de nuestras botas sobre la tierra, el vaho en las mañanas heladas, sombras negras estiradas a través del paisaje que desaparecían al otro lado de una loma y que yo seguía, unidos por una cuerda invisible. Atravesábamos aldeas de piedra y zarzas, entrábamos en las ermitas para captar sus diferentes silencios, descansábamos junto a una fuente o en la orilla acogedora de un río, nos sentíamos fuera de lugar en las ciudades donde semáforos multitudes señales luminosas. Al final de la etapa, el cansancio y la pureza y un silencio sacro donde resonaba el camino recorrido.

Me digo buen camino, y entro en el pabellón, mi mano sobre la puerta de metal. 


***

Es la reconstrucción de los meses en un campo de concentración de una mujer de la Resistencia francesa. Es recordar, volver a pasar por el corazón, el horror, el hambre, el silencio, el dolor, la violencia, la destrucción del alma humana. Es un lenguaje poético —donde poético no es belleza sino alumbramiento de una verdad— para un tiempo de crueldad. Es la memoria de una mujer que rescata la voz de las muertas y los muertos, de tantas mujeres silenciadas, la voz de quien cuenta la realidad pocas veces escrita de los barracones femeninos en los campos de concentración. Es un libro duro, Ninguno de nosotros volverá, que recoge las dos primeras partes de la trilogía Auschwitz y después de Charlotte Delbo, un alumbrar las tinieblas que no conocimos, ponernos frente a la oscuridad de lo humano. Es hablar de un dolor y encierro extremos —esto sí encierro, en barracones, tras alambradas y vallas fortificadas y el corazón despojado de humanidad—. Es el frío, el desamparo, la anulación, la mirada muda hacia el bloque 25, el bloque de las judías, de las moribundas, de las ancianas, y saber qué es el humo en las chimeneas. Es el tiempo sobre la recuerdo, revivir en el presente el horror pasado, afrontarle el ayer en el hoy y volver a sentir las marcas de la aniquilamiento del ser. Es una de las lecturas de este año, las memorias de Delbo.


Detrás, más allá de las alambradas, la llanura, la nieve, la llanura.
Allí estábamos todas, varios miles, de pie en la nieve desde la mañana (así es como hay que llamar a la noche, puesto que la mañana eran las tres de la madrugada). El alba había iluminado la nieve que hasta ese momento iluminaba la noche, y el frío se había acentuado.
Inmóviles desde la plena noche, nos volvíamos tan pesadas para nuestras piernas que nos hundíamos en la tierra, en el hielo, sin poder hacer nada contra el entumecimiento. El frío contusionaba las sienes, los maxilares, creíamos que los huesos se dislocaban, que el cráneo reventaba. Habíamos renunciado a saltar sobre uno y otro pie, a entrechocar los talones, a frotarnos las palmas de las manos. Era una gimnasia agotadora.
Permanecíamos inmóviles. La voluntad de luchar y de resistir, la vida, se habían refugiado en una porción empequeñecida del cuerpo, apenas la periferia inmediata del corazón.
Allí estábamos, inmóviles, varios millones de mujeres de todas las lenguas, apretadas unas contra otras, agachando la cabeza bajo el azote de las ráfagas de nieve.
Allí estábamos, inmóviles, reducidas al único latir de nuestros corazones.
¿Dónde va esa, por qué se sale de la fila? Camina como una lisiada o como una ciega, una ciega que ve. Se dirige hacia el foso con paso de madera. Está en el borde, se agacha para bajar. Cae. Su pie ha resbalado en la nieve que se desmorona. ¿Por qué quiere bajar al foso? Ha abandonado la fila sin vacilar, sin esconderse de la SS erguida con su capa negra, erguida sobre sus botas negras, que nos vigila. Se ha acercado como si estuviera en otra parte, en una calle donde pudiera cambiar de acera, o en un jardín. Aludir aquí a un jardín puede suscitar risas. Tal vez como una de esas viejas locas que en las plazas dan miedo a los niños. Es una mujer joven, casi una muchacha. Hombros muy frágiles.
Ahí está, en el hueco del foso, arañando con las manos, buscando con los pies, levantando con esfuerzo la pesada cabeza. Su rostro está ahora vuelto hacia nosotras. Tiene los pómulos violetas, pronunciados, la boca hinchada, violeta negra, las órbitas con sombras en el fondo. Su rostro es el de la desesperación desnuda.
Largo rato lucha contra la indocilidad de sus miembros para recobrar el aplomo. Se debate como un ahogado. Entonces, alarga las manos para izarse hacia la otra orilla. Sus manos buscan un apoyo, sus uñas arañan la nieve, todo su cuerpo se tensa en un sobresalto. Y se hunde, agotada.
Ya no la miro. No quiero mirarla más. Quisiera cambiar de sitio, no ver. No ver más esos agujeros en el fondo de las órbitas, esos agujeros que miran fijamente. ¿Qué quiere hacer? ¿Quiere llegar a las alambradas electrificadas? ¿Por qué nos mira fijamente? ¿Es a mí a quien señala? ¿Es a mí a quien implora? Vuelvo la cabeza. Mirar hacia otro lado. Hacia otro lado.
Charlotte Delbo. Ninguno de nosotros volverá. Traducción Regina López Muñoz. Libros del Asteroide.