Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop
Mostrando entradas con la etiqueta Celia Filipetto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Celia Filipetto. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de mayo de 2020

-01. O´Kelly

(silencio)


***

Ascienden el camino, dos ancianos, y buscan la tumba del tejedor en el cementerio del pueblo, acompañados de su viuda, de los enterradores, dos ancianos que hablan y se contradicen y luchan por ser la voz del lugar, por demostrar que en ellos los secretos primigenios, por imponer sus recuerdos sobre el otro, sus memorias difusas y fantasmales, más relato que realidad, como todo recuerdo, como toda vida. Un libro homérico, impetuoso, el de Seumas O´Kelly.


—No estoy hablando ni la mitad de lo que debiera. ¿Acaso no nos preocupan el mundo, las cosas del mundo en las que sólo podemos creer mientras las vemos? De una estación a otra de nuestra vida, ¿no tenemos una especie de creencia de que en algún momento vamos a despertar y a encontrarlo todo distinto? ¿Nunca has tenido esa sensación, Nan? ¿No pensaste que las cosas cambiarían, y que todo lo que ocurría a nuestro alrededor no era más que una empresa que nos despojaba de otra cosa? ¡Nos aguantamos, pero en el fondo de nuestros corazones ansiamos esa otra cosa! ¡Cuántos hombres creen que algún día ocurrirá La Cosa, que doblarán una esquina y se despertarán en la nueva y gran Calle!
—Claro —dijo la hija—, y quizá tengan razón, quizá despierten.
El cuerpo del viejo se vio sacudido por un curioso ataque de risa. Comenzó debajo de las mantas, le subió por el tronco, le recorrió los brazos nervudos, pasó a la cuerda y sacudió el pie de hierro de la cama. Una expresión de alegría extraordinariamente maliciosa iluminó la cara vivaz del tonelero. La viuda lo observó fascinada, presa de una creciente inquietud. Habría sido capaz de decir cualquier cosa. Habría sido capaz de hacer cualquier cosa. Habría sido capaz de ponerse a cantar alguna horrible canción. Habría sido capaz de levantarse de la cama de un salto.
—Nan —dijo —, ¿tú crees que doblarás la esquina y te despertarás?
—Pues —dijo Nan, vacilando un poco—, creo que sí.
El tonelero lanzó como un gorgorito de pavo real. Gritó:
—¡Ja! ¡Nan Roohan cree que se despertará! ¿De qué se va a despertar? ¡De dormir, de un sueño, de este mundo! Pues bien, si así lo crees, Nan Roohan, quiere decir que sabes cuántas son cinco. Conoces eso que te rodea y se llama mundo. Sólo a quien sueña le cabe la esperanza de despertar, ¿me oyes, Nan? Sólo a quien sueña le cabe la esperanza a despertar.
—Le oigo, padre —dijo Nan.
—¡El mundo no es más que un sueño, y los sueños no son nada! Todos queremos despertar de la inmensa nada que es este mundo.
—Y si Dios quiere, nos despertaremos —dijo Nan.
—Puedes decirle a todo el mundo de mi parte —pidió el tonelero—, que no vamos a despertar.
—¿Y por qué no, padre?
—Porque nosotros mismos somos el sueño —contestó el viejo—. Cuando nos vamos, el sueño se va con nosotros. Por eso.
Seumas O´Kelly. La tumba del tejedor. Traducción de Celia Filipetto. Sajalín editores.

sábado, 15 de julio de 2017

Glanbeigh. Colin Barrett



Son los tres últimos relatos donde Glanbeigh me gana y consiguen que recuerde ese pueblo irlandés inventado por Colin Barrett, un pueblo que podría éste donde escribo, y habitado por jóvenes en el límite, supervivientes precoces de una existencia vacía, su rutina una sucesión de drogas, alcohol, trapicheos y una amistad fiel, extraña y, por momentos, entrañable (y entrañable es lo último que se me ocurriría para describir del tono general de estos relatos y de las vidas descritas, relatos siempre al borde de lo cruel o lo violento o un final en el arroyo, el destino que parece esperar a un puñado de jóvenes incapaces de salir de la influencia de Glanbeigh, atrapados como moscas en telarañas, a la espera de ser devorados).

Tranquilo entre caballos es el mejor relato de la colección, el más extenso y mejor definido. Dos amigos que trapichean con maría, Dympna y sus planes para prosperar, Arm, un boxeador retirado, lacónico, con un hijo autista al que sólo el equilibro en las barras de los parques y ver el trote de los caballos parece calmarlo. Dympna piensa, Arm ejecuta. Barrett describe esa amistad cercana entre los dos, sus sueños quebrados a la veintena, el destino violento del que no pueden escapar, saber que no saldrán de ese pueblo, que no tienen nada que esperar ahí fuera, los pequeños momentos de calma a lomos de un caballo y en los flirteos con una chica extranjera, reflejo de los lejano e inalcanzable, y descubrir que se perdió la oportunidad de una vida distinta.

En Diamantes, el narrador regresa al pueblo para intentar enderezar su maltrecha y excesiva vida, uno de los pocos que regresa, y que acabará marchándose de nuevo, sin enderezar el rumbo. Encargado del jardín de un colegio y de dar clases de gimnasia, antigua leyenda deportiva (donde leyenda significa un par de victorias), es otro hombre joven que ya asiste a alcohólicos anónimos. Aquí, Barrett consigue una voz sencilla y llena de matices, alguien que busca una especie de redención aun sabiendo que abandonará la búsqueda en cualquier momento, su antigua vida a punto de emerger en cualquier momento.

Dos viejos amigos se esconden en un bar para no asistir al funeral de la cantante de su extinto grupo. El título del relato es expeditivo, Les ruego que se olviden de mi existencia. Barrett encierra a los amigos en un bar, junto a un camarero eslavo, les hace repasar sus sueños fracasados y el presente anodino, los caminos que tomaron sus vidas, siempre al borde del desperdicio, dos hombres de cuarenta años hastiados y que ven pasar el cortejo de la amiga y amante muerta desde el bar. Hay un miedo de los amigos a mirar de manera directa la persona en la que se han convertido, ver el lugar al que han llegado y cómo el trayecto ha sido extraño y amargo.

Los primeros relatos de Glanbeigh (también) están protagonizados por jóvenes, sexo, alcohol y amistad, muchachos para los que salir del pueblo sería tan difícil como viajar hasta la luna, sin objetivos claros y dejándose llevar por una rutina que les resulta misteriosa. Hay un hombre que vuelca un coche en una insólita declaración de amor, hay un chaval anodino que se contenta con acompañar a su primo a los billares y ser complaciente con todo y todos, hay un gasolinero y un portero de discoteca que se saben fuera de juego, hay muerte, mediocridad, insignificancia, una forma de epifanía que sólo sirve para sentirse más perdido y dejarse llevar. Y todo en un pueblo como el tuyo, como el mío.








Yo no estaba bien. Bebía, en exceso y con demasiada frecuencia, y había decidido echar el freno. En la ciudad me había bebido el trabajo, el dinero, un montón de amigos, una mujer, luego otra. Mi gato, un macho principesco y pardo llamado Ruckles, sucumbió de un ataque al corazón tras haberse comido una ampolla de cocaína humedecida que había desenterrado del fondo de mi armario mientras yo pasaba otra noche de juerga. De un modo vago y nostálgico, la muerte de Ruckles me hizo pensar en morir por mi propia mano. Empecé a estudiarme las manos bajo las luces en estrella de los Batres —las muñecas frágiles y la piel amarillenta, los cortes y verdugones y las quemaduras rosadas y violáceas de origen desconocido— y caí en la cuenta de que llevaba tiempo embarcado en ese proyecto. O me iba a casa o me moría; irme a casa era un olvido al menos reversible.
Tenía treinta y tres años y en el pueblo no me quedaba familia. Mis padres estaban en el cementerio, mi única hermana, mayor que yo, llevaba años instalada en Estados Unidos, y los lugareños que habían sido mis amigos eran ahora extraños. El director respondía al tipo autoritario sentimental que siempre se ha mostrado susceptible a mis encantos. Con mis proezas atléticas de adolescente en mente —yo había sido la estrella del equipo de fútbol que llevó a los muchachos de Saint Carmichael a tres finales provinciales seguidas y a ganar dos de ellas— me consiguió una sinecura como encargado y profesor de gimnasia a tiempo parcial. Bajo los auspicios de la institución había visto florecer a un talento, y se negaba a pensar que yo estuviera por completo acabado. Reconocí haber caído tan bajo por voluntad propia, pero él me aseguró que, con el tiempo, conseguiría arreglar las cosas.
Colin Barrett. Glanbeigh. Traducción de Celia Filipetto. Sajalín editores.

lunes, 20 de febrero de 2017

Las pequeñas virtudes. Natalia Ginzburg


Hay algo excepcional en los primeros textos de Las pequeñas virtudes, ejercicios de memoria de una Italia en la segunda guerra mundial. Ginzburg recuerda sus días exiliados forzosos en los Abruzos, antes del regreso a la ciudad, antes de la tortura y muerte de su marido, del final de la guerra y el dolor. Extraños en una tierra que no es la suya, Ginzburg habla de un paisaje que acaba por reconocer, de la nostalgia y las huellas de su vida anterior, de los personajes curiosos que la saludan cada día, el carpintero que construía ataúdes, la muchacha de la limpieza, una pocas páginas donde la escritura es límpida y sencilla, evocadora y triste, y te colocan en el ánimo de un tiempo concreto. El final de Invierno en los Abruzos, el texto con el que se abre Las pequeñas virtudes, es asombroso

El final del invierno despertaba en nosotros una especie de inquietud. Quizá alguien vendría a visitarnos: quizá por fin ocurriría algo. Nuestro exilio tenía que acabar alguna vez. Los caminos que nos separaban del mundo parecían más cortos; el correo llegaba con más frecuencia. Todos nuestros sabañones se curaban lentamente.
Existe una cierta uniformidad monótona en los destinos de los hombres. Nuestras existencias se desarrollan según leyes antiguas e inmutables, según una cadencia propia, uniforme y antigua. Los sueños no se hacen nunca realidad, y en cuanto los vemos rotos, comprendemos de repente que las mayores alegrías de nuestra vida están fuera de la realidad. En cuanto vemos rotos nuestros sueños, nos consume la nostalgia por el tempo en que bullían dentro de nosotros. Nuestra suerte transcurre en ese alternarse de esperanzas y nostalgias.
Mi marido murió en Roma en la cárcel de Regina Coeli, pocos meses después de que dejáramos el pueblo. Ante el horror de la muerte solitaria, ante las angustiosas alternativas que precedieron a su muerte, yo me pregunto si esto nos ocurrió a nosotros, a nosotros que comprábamos las naranjas en la tienda de Giró y nos paseábamos por la nieve. Entonces yo tenía fe en un porvenir fácil y alegre, lleno de deseos satisfechos, de experiencias y de empresas comunes. Pero aquella fue la mejor época de mi vida y solo ahora que ha pasado para siempre, solo ahora, lo sé.



Los siguientes textos son igualmente hermosos y tristes, Los zapatos rotos, que simbolizan un cambio con el pasado, una forma de ver aquel presente de una época de totalitarismos y guerra y cómo afectaba a la población anónima. O Retrato de un amigo, sobre Pavese (y Turín), un admirable texto donde escritor y lugar se confunden, dos entidades donde prevalecen la niebla, una belleza extraña y la sombra de la muerte, la sencillez y emoción de Ginzburg al hablar de su amigo y asociarlo a la ciudad, su regreso a Turín y saber que ya quedan pocas cosas vivas a las que asirse. La escritura de Ginzburg es contención y fluidez, hablar con emoción pero sin sensiblería.


La ciudad que amaba nuestro amigo sigue siendo la misma. Ha habido algún cambio, pero se trata de cambios menores: han puesto trolebuses, han hecho algún paso subterráneo. No hay cines nuevos. Siguen estando los antiguos, con los nombres de entonces: nombres que al repetirlos vuelven a despertar en nosotros la juventud y la infancia. Nosotros ahora vivimos en otra parte, en otra ciudad muy distinta, y más grande. Si nos encontramos y hablamos de nuestra ciudad, lo hacemos sin pena por haberla dejado, y decimos que ahora ya no podríamos vivir allí. Pero cuando regresamos, nos basta con cruzar el vestíbulo de la estación y caminar por la niebla de las avenidas para sentirnos como en nuestra casa y sentir, al mismo tiempo, que nosotros ya no tenemos motivos para estar en nuestra casa, porque aquí en nuestra casa, en nuestra ciudad, en la ciudad donde pasamos la juventud ya quedan pocas cosas vivas, y nos recibe una multitud de recuerdos y de sombras.


La primera parte de Las pequeñas virtudes termina con un par de textos sobre Inglaterra, el hollín de las ciudades y el campo impoluto, los restaurantes con nombres extranjeros y la comida sosa, la melancolía de una tierra que parece buscar la perfección y que se queda en algo intermedio. El último texto, Él y yo, sobre su segundo marido, es a la vez divertido y amargo, la contraposición de marido y mujer y el paso del amor. Termino la primera parte de Las pequeñas virtudes y me asombra la sencillez y la palabra justa de Ginzburg, su apego a lo cotidiano, su manera de acercarse al exilio, la muerte, la memoria, sin excesos ni palabrería.

El hijo del hombre abre la segunda parte y lo hace con un texto corto y contundente, la forma en la que la guerra ha cambiado a una generación, cómo es imposible mentir a los hijos con mundos oníricos cuando los mismo hijos han sido despertados a medianoche para huir. (Y ahora somos gentes sin lágrimas. Lo que conmovía a nuestros padres ya no nos conmueve en absoluto. Nuestros padres y la gente mayor que nosotros nos reprochan la forma que tenemos de criar a los niños. Querrían que mintiésemos a nuestros hijos como ellos nos mentían a nosotros. Querrían que nuestros niños se divirtieran con muñecos de felpa en graciosos cuartos pintados de rosa, con arbolitos y conejos pintados en las paredes.  Querrían que cubriéramos de velos y mentiras su infancia, que mantuviésemos para ellos cuidadosamente oculta la realidad en su verdadera sustancia. Pero nosotros no lo podemos hacer. No podemos hacerlo con niños a los que hemos despertado en plena noche y hemos vestido nerviosamente en la oscuridad, para escapar y escondernos o porque la sirena de la alarma desgarraba el aire. No lo podemos hacer con niños que han visto el espanto y el horror en nuestra cara. No podemos ponernos a contarles a estos niños que los hemos encontrado en una col que quien ha muerto ha emprendido un largo viaje). En Mi oficio, Ginzburg recuerda su acercamiento a la escritura y su manera de entenderla, donde no hay que estafar con palabras ajenas a nosotros. Los últimos textos son realmente asombrosos. En Las relaciones humanas Ginzburg habla de ese viaje de la infancia a la maternidad, el mundo de los niños que se alejan de los padres, que buscan su propia identidad, que descubren los primeros dolores y los primeros amores y se separan de ellos para llegar a otros nuevos y acaban por ver en sus hijos aquella mirada dura que ellos dirigían a sus padres. Y Las pequeñas virtudes, donde se habla de la relación entre padres e hijos, de la educación y la verdadera importancia del dinero, del peligro de convertir a los hijos en copias y marionetas nuestras.


Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber.
Sin embargo, casi siempre hacemos lo contrario. Nos apresuramos a enseñarles el respeto a las pequeñas virtudes, fundando en ellas todo nuestro sistema educativo. De esta manera elegimos el camino más cómodo, porque las pequeñas virtudes no encierran ningún peligro material, es más, nos protegen de los golpes de la suerte. Olvidamos enseñar las grandes virtudes y, sin embargo, las amamos, y quisiéramos que nuestros hijos las tuviesen, pero abrigamos la esperanza de que broten espontáneamente en su ánimo, un día futuro, pues las consideramos de naturaleza instintiva, mientras que las otras, las pequeñas, nos parecen el fruto de una reflexión, de un cálculo, y por eso pensamos que es absolutamente necesario enseñarlas.



Las pequeñas virtudes y la escritura de Ginzburg son excepcionales, la primera gran sorpresa lectora de este año. La edición de Círculo de lectores viene acompañada por las ilustraciones de Eva Vázquez, hermosas y evocadoras.
Natalia Ginzburg. Las pequeñas virtudes. Traducción de Celia Filipetto. Ilustrado por Eva Vázquez. Círculo de lectores.