Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop
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martes, 1 de diciembre de 2015

Agota Kristof en La analfabeta

Leo. Es como una enfermedad. Leo todo lo que me cae en las manos, bajo los ojos: diarios, libros escolares, carteles, pedazos de papel encontrados por la calle, recetas de cocina, libros infantiles. Cualquier cosa impresa.
Tengo cuatro años. La guerra acaba de empezar. Vivimos en un pueblecito que no tiene ni estación, ni electricidad, ni agua corriente, ni teléfono.
Mi padre es el único maestro del pueblo. Enseña en todos los cursos, desde el primero hasta el sexto. En la misma aula. La escuela está separada de nuestra casa sólo por el patio, y las ventanas del colegio dan al huerto de mi madre. Cuando me encaramo a la ventana más alta del comedor veo a toda la clase con mi padre delante, de pie, escribiendo en la pizarra negra.
El aula de mi padre huele a tiza, a tinta, a papel, a calma, a silencio, a nieve incluso en verano.
La gran cocina de mi madre huele a animal muerto, a carne cocida, a leche, a mermelada, a pan, a ropa húmeda, a pipí del bebé, a agitación, a ruido, al calor del verano... incluso en invierno.
Cuando el mal tiempo no nos permite jugar fuera, cuando el bebé grita más fuerte de lo habitual, cuando mi hermano y yo hacemos demasiado ruido y demasiados destrozos en la cocina, nuestra madre nos envía a nuestro padre para que nos imponga un «castigo».
Salimos de casa. Mi hermano se detiene delante del cobertizo en el que guardamos la leña:
-Yo prefiero quedarme aquí. Voy a cortar un poco de leña pequeña.
-Sí. Mamá se pondrá contenta.
Atravieso el patio, entro en la gran sala y me detengo cerca de la puerta. Bajo los ojos. Mi padre me dice:
-Acércate.
Me acerco y le digo a la oreja:
-Castigada... mamá...
-¿Nada más?
Me pregunta «nada más» porque a veces tengo que entregarle sin decirle nada una nota de mi madre, o debo pronunciar las palabras «médico» o «urgencia», o bien únicamente un número 38 o 40. Todo esto por culpa del bebé, que se pasa el día enfermo.
Le digo a mi padre:
-No. Nada más.
Me da un libro con imágenes:
-Ve y siéntate.
Voy al fondo de la clase, donde siempre hay lugares vacíos detrás de los mayores.
Fue así como, muy joven, por casualidad y sin apenas darme cuenta, contraje la incurable enfermedad de la lectura.
Cuando vamos de visita a casa de los parientes de mi madre, que viven en una ciudad cercana, en una casa que tiene luz y agua, mi abuelo me toma de la mano y, juntos, recorremos el vecindario.
El abuelo saca un diario del bolsillo de su levita y dice a los vecinos:
-¡Mirad! ¡Escuchad!
Y a mí me dice:
-¡Lee!
Y yo leo. Normalmente, sin errores, y tan rápido como me lo pida.
Dejando de lado este orgullo de abuelo, mi enfermedad de la lectura me traerá sobre todo reproches y desprecio:
«No hace nada. Se pasa el día leyendo.»
«No sabe hacer nada más.»
«Es la tarea más pasiva de todas.»
«Perezosa.»
Y, sobre todo, "Lee en vez de...».
¿En vez de qué?
«Hay miles de cosas más útiles, ¿no?»
Incluso ahora, por la mañana, cuando la casa se vacía y todos mis vecinos se van a trabajar, tengo un poco de cargo de conciencia por instalarme en la mesa de la cocina a leer los diarios durante horas en vez de... fregar los platos del día anterior, ir de compras, lavar y planchar la ropa, hacer mermeladas o pasteles...
Y, ¡sobre todo!, en vez de escribir.
Agota Kristof. La analfabeta. Traducción de Juli Peradejordi. Ediciones Obelisco.

viernes, 16 de octubre de 2015

La analfabeta. Agota Kristof



Agota Kristof es la contención y las palabras precisas, la ausencia de adornos o de juegos malabares, la mirada directa y sin artificios, la escritura sencilla y profunda. En La analfabeta no hay una historia o unos personajes detrás, es Agota Kristof recordando su infancia antes de la guerra, su pasión por la lectura, el descubrimiento de la escritura y las palabras como un refugio en los momentos duros, su etapa de refugiada, el abandono de la propia lengua y sentirse analfabeta al vivir y escribir en otro idioma (tal vez sea esto, escribir en un idioma que no es el materno, lo que hace de la escritura de Agota Kristof algo medido y exacto).

Dividida en once capítulos cortos, La analfabeta habla de la palabra, las fronteras y la memoria. Kristof se detiene una infancia tranquila donde la lectura deviene en enfermedad, en el vuelco de su vida tras la segunda guerra mundial, en la pobreza y las lenguas enemigas, en una huida de su país que la convierte en una mujer desarraigada, en cómo hacerse escritor a través de un idioma que no es el suyo. Once pequeños capítulos que son reflexiones y recuerdos escritos de manera breve y concisa.

Como en la trilogía Claus y Lucas, Kristof no se deja llevar por los lugares comunes ni por las palabras de más, describe con la misma exactitud su pasión infantil por la lectura, los días de internado, el destino de su padre o la llegada del comunismo (excepcional los capítulos dedicados a la lengua materna y las lenguas enemigas y la muerte de Stalin, sin necesidad de extensos discursos o panfletos, Kristof habla de la imposición rusa, de un país convertido en ignorante). A veces tierna y luminosa, a veces rigurosa y cruel, la escritura de Kristof atrae por su profundidad y pausa.

En La analfabeta hay una escritura que pregunta y se cuestiona por las lenguas propias y extrañas y cómo unas hacen olvidar a las otras, por las fronteras que convierten el pasado en un lugar extranjero, por una evolución que va de una niña que inventa historias (algunas crueles y otras sin final) a una refugiada que escribe de noche tras su jornada laboral en una fábrica. Hay escenas admirables y que atrapan por su concreción, la ausencia del padre, la soledad y pobreza de la madre tras la guerra, el cruce de una frontera con un bebé en brazos y las lenguas que también son fronteras.

Kristof, como Askildsen, como Carver, es escritura concisa.






Al principio, no había más que una sola lengua. Los objetos, las cosas, los sentimientos, los colores, los sueños, las cartas, los libros, los diarios, estaban en esa lengua.
Yo no podía imaginar que pudiera existir otra lengua, que un ser humano pudiera pronunciar una palabra que yo no comprendiera.
En la cocina de mi madre, en la escuela de mi padre, en la iglesia del tío Guéza, en las calles, en las casas del pueblo y también en la ciudad de mis abuelos, todo el mundo hablaba la misma lengua y nunca se había planteado la posibilidad de otra.

***

Me dejé en Hungría mi diario de escritura secreta, y también mis primeros poemas. También dejé a mis hermanos, mis padres; sin avisarles, sin despedirme de ellos, sin decirles adiós. Pero sobre todo, ese día, ese día de finales de noviembre del año 1956, perdí definitivamente mi pertenencia a un pueblo.

***

Somos una decena de húngaros los que trabajamos en la fábrica. Nos reunimos durante la pausa del mediodía en la cantina, pero la comida que sirven es tan diferente de aquello a la que estamos acostumbrados que casi no comemos. En mi caso, durante al menos un año, me limité a tomar café con leche y pan para la comida.
En la fábrica, toda la gente es agradable con nosotros. Nos sonríen, son hablan, pero no entendemos nada.
Aquí es donde empieza el desierto. Desierto social, desierto cultura. A la exaltación de los días de la revolución y de la huida le siguen el silencio, el vacío, la nostalgia de los días en los que teníamos la impresión de participar en algo importante, histórico quizá: el mal del país, la falta de la familia y de los amigos.
Esperábamos algo al llegar aquí. No sabíamos qué esperábamos, pero ciertamente no era esto: jornadas de trabajo tristes, veladas silenciosas, esta vida solidificada, sin cambios, sin sorpresas, sin esperanza. (…)
Cómo explicarle, sin ofenderle, y con las pocas palabras que sé de francés, que su bello país no es más que un desierto para nosotros, los refugiados, un desierto que hemos atravesado para llegar a lo que se llama «integración», «asimilación». En ese momento, todavía no sé que algunos nunca lo lograrán.
Agota Kristof. La analfabeta. Traducción de Juli Peradejordi. Ediciones Obelisco.