Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop
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domingo, 29 de abril de 2018

4 3 2 1. Paul Auster

A mi lado un hombre lee en el metro las primeras páginas de 4 3 2 1. Por un instante siento el impulso de darle mi opinión y decirle que es una historia plana y sin tensión, que las diferentes vidas posibles de Ferguson se hacen tediosas por momentos, que Auster tiene mejores libros, El palacio de la luna, Leviatán, El país de las últimas cosas, La invención de la soledad, por ejemplo, donde su escritura tiene una mayor profundidad y no hay lugar para el hastío o la trivialidad de su última novela. Podría decirle que esas primeras páginas que lee, la llegada del abuelo de Ferguson a Estados Unidos, la sempiterna tierra prometida, son las mejores, el dibujo del emigrante que tan bien mostraron Malamud o Philip Roth en alguna de sus obras y donde uno siente que coge aire y fuerza ante una novela que presiente titánica. Pero es ahí donde termina toda muestra de obra titánica, diría, en ese primer capítulo que habla de las raíces, y en dejar que crezcan y se mezclen las vidas posibles de Ferguson y lleven diferentes caminos, a veces empujados por ese azar que tanto busca Auster. Y es la idea del azar, como las primeras páginas, lo salvable de 4 3 2 1. La forma del libro es el azar en sí mismo y la especulación sobre los distintos caminos que podrían contener la vida de un ser humano, qué cambios se producirían, qué finales le esperarían, cómo un gesto, por pequeño que sea, contiene un gran cambio y un nuevo rumbo y mundo. Cuatro Ferguson posibles. Le diría a ese hombre que lee en el metro que se encontrará con las coordenadas esperadas en Auster, no sólo está el azar, también las calles de Nueva York y París (París como otra tierra prometida donde vivir la libertad y el arte y la gastronomía y la bohemia), el cine como cicatrizante de heridas profundas (en este caso las películas de el gordo y el flaco), los derechos civiles y las manifestaciones contrarias a la guerra, la visión de una América tan rica como convulsa (el posicionamiento de Auster hacia una política progresista), incluso reaparecen personajes de El libro de las ilusiones o El palacio de la luna, algo que, en apariencia, da una forma de cohesión a la obra de Auster pero que en este caso se ve forzado, no como en anteriores cruces de personajes y libros. Le comentaría a ese lector que eso que acaba de hacer, pasar del capítulo 1.0 al 1.1 e iniciar la primera de las vidas posibles es un pequeño logro, la sensación de dejar la vida de uno de los Ferguson para adentrarse en la de otro Ferguson más triste o feliz o enamorado o desilusionado o roto por alguna muerte, el padre ausente o muerto o un hombre cálido, la madre entre la magia, la calidez y el pragmatismo de sus diferentes encarnaciones, las chicas que se convierten en novias o hermanastras, los amores que basculan entre la inocencia y la crueldad: los mismos personajes en diferentes vidas. Y en el centro, los Ferguson que se dirigen hacia una meta clara: la escritura; ya sea periodística o novelística, alguien que, en sus diferentes encarnaciones, lee sin descanso, que descubre el poder evocador e impulsor de la literatura, la fuerza de las palabras, que hace semblanzas y edita periódicos caseros, que escribe cuadernos con observaciones modestas sobre la rutina para ponerse en forma, que aspira a algo grande, una obra total y propia. Es ese pasar de un capítulo 2.1 a un 2.2, por ejemplo, esos segundos donde cambias de vías de tren para ver qué otra vida posible le espera a Ferguson, segundos que tienen el misterio de los umbrales y las fronteras, donde queda un atisbo de magia y quimera, un atisbo que se desvanece con el avance de los capítulos, que aburre por no profundizar Auster en las posibilidades de ese cruce de vías y dotar a las vidas de Ferguson de algo previsible. Podría hablarle a ese hombre que lee 4 3 2 1 sin levantar la vista al vagón de metro que poco después de Auster leí Solenoide, de Cărtărescu, y que ahí, en esa otra novela-río, sí vi riesgo y diferentes capas de lectura y una escritura a veces febril, a veces realista; que en Solenoide sentía que todo era posible, que todo tenía cabida, la novela social y la ciencia-ficción, el diario y la aventura, el delirio y la cordura. O podría mencionarle La contravida, en la que Philip Roth contrapone las vidas posibles de su alter ego Nathan Zuckerman en una estructura más compleja y valiosa. Y por último, me quejaría de ese final que derrumba lo leído, un final que no le aclararía, pero que sentí extraño e inapropiado. Tantas páginas para las cuatro vidas de Ferguson, páginas que se leen con facilidad, y esa facilidad no es un buen halago en este caso, para llegar a un final que considero desacertado. Pero no digo nada, permanezco a su lado, en silencio, observando cómo el lector pasa las páginas, recordando mi lectura de 4 3 2 1, y me digo que lo que yo veo como aburrido y plano y falto de tensión a otro lector le puede parecer necesario y eléctrico.


(coda) Pienso en aquellos días de septiembre donde leí 4 3 2 1, las entrevistas a Auster que hablaba de su obra maestra, de la creencia de estar preparándose toda una vida para este libro y recuerdo mi esperanza por encontrar una página donde sentir que sí, que ahí empezaba un libro monumental, el intento de Auster de escribir la gran novela americana, recuerdo el paso de los capítulos, mi decepción ante un escritor que me había hecho disfrutar tanto en otros libros, el momento donde me quité la venda de los ojos y supe que estaba ante una historia que se me quedaba en la superficie, que Auster no conseguía la fuerza y profundidad suficientes para plasmar aquellos años de luchas por los derechos civiles o contra la guerra y que no insuflaba vida a Ferguson y sus ví(d)as cruzadas, recuerdo cuánto me sorprendió lo descafeinado de su escritura, algo que ya se mostraba en sus últimos libros, pero en los que aún había páginas que conservaban cierta frescura y nervio. Una pena.






Si Chuckie no hubiera llamado al timbre aquella mañana para pedirle que saliera a jugar, aquella idiotez no se habría producido. Si sus padres se hubieran mudado a otro de los municipios en donde estuvieron buscando la casa adecuada, no habría conocido a Chuckie Brower, ni siquiera se habría enterado de su existencia, y tampoco se habría producido aquella estupidez, porque el árbol al que había trepado no habría estado en su jardín. Qué idea tan interesante, dijo Ferguson para sí: imaginar lo diferentes que podían ser las cosas mientras él seguía siendo el mismo. El mismo niño en una casa diferente con un árbol distinto. El mismo niño con otros padres. El mismo niño con los mismos padres que no hacían las mismas cosas que ahora. ¿Y si su padre siguiera siendo cazador de fieras, por ejemplo, y vivieran todos en África? ¿Y si su madre fuera una famosa actriz de cine y todos vivieran en Hollywood? ¿Y si tuviera un hermano, o una hermana? ¿Y si el tío abuelo Archie no hubiera muerto y él no se llamara Archie? ¿Y si se hubiera caído del mismo árbol y se hubiera roto las dos piernas en vez de una? ¿Y si se hubiera roto los dos brazos y las dos piernas? ¿Y si se hubiera matado? Sí, todo era posible, y sólo porque las cosas ocurrían de una manera no quería decir que no pudieran pasar de otra. Todo podía ser diferente. El mundo podría ser el mismo, pero si no se hubiera caído del árbol, el mundo habría sido distinto para él, y si se hubiera caído del árbol y en vez de romperse la pierna se hubiera matado, el mundo no sólo sería diferente, sino que ya no habría mundo para él, y qué tristes estarían sus padres cuando lo llevaran al cementerio para darle sepultura, tan tristes que estarían llorando cuarenta días y cuarenta noches, cuarenta meses, cuatrocientos cuarenta años.

( … )

De manera que allí estaban, en julio de 1961, a punto de emprender viaje rumbo a Camp Paradise al principio de aquel verano crucial cuando todas las noticias del mundo exterior parecían malas: el muro alzándose en Berlín, Ernest Hemingway volándose la tapa de los sesos en las montañas de Idaho, turbas de racistas blancos atacando a los Pasajeros de la Libertad que recorrían el Sur en autobuses. Amenaza, desaliento y odio, prueba evidente de que el universo no lo regían hombres racionales, y mientras Ferguson se adaptaba al agradable y conocido ajetreo de la vida en el campamento, regateando pelotas de baloncesto y robando bases mañana y tarde, oyendo la cháchara y las chorradas de sus compañeros de cabaña, disfrutando de la ocasión de estar de nuevo con Noah, lo que por encima de todo significaba mantener con él una conversación incesante durante dos meses, bailando al anochecer con las chicas de Nueva York que tanto le gustaban, la animada y pechugona Carol Thalberg, la delgada y pensativa Ann Brodsky y en su caso Denise Levinson, llena de acné pero muy atractiva y de acuerdo con él para perderse la «reunión social» de después de cenar y realizar en cambio intensos ejercicios de lengua en boca en el prado de atrás, tantas cosas buenas que agradecer, y sin embargo ahora que tenía catorce años y la cabeza rebosante de pensamientos que no se le habían ocurrido ni siquiera seis meses antes, Ferguson estaba siempre buscándose a sí mismo en relación con personas desconocidas y distantes, preguntándose, por ejemplo, si no habría besado a Denise en el preciso momento en que Hemingway se volaba la tapa de los sesos en Idaho o si, justo cuando bateaba una doble en el partido de Camp Paradise contra Camp Greylock el jueves pasado, un miembro del Klan de Mississippi no atizaba un puñetazo en la mandíbula a un Pasajero de la Libertad flacucho y de pelo corto procedente de Boston. Uno recibe un beso, otro un puñetazo, o, si no, alguien asiste al entierro de su madre a las once de la mañana del 10 de junio de 1857, y en el mismo momento, en la misma manzana de la misma ciudad, una mujer coge en brazos por primera vez a su hijo recién nacido, el dolor de una persona acaeciendo al mismo tiempo que la alegría de otra, y a menos de ser Dios, que debía estar en todas partes y ver lo que pasaba en todo momento, nadie podría saber que esos acontecimientos estaban ocurriendo a la vez, y mucho menos el hijo de luto y la madre feliz. ¿Era por eso por lo que el hombre había inventado a Dios?, se preguntaba Ferguson. ¿A fin de superar los límites de la percepción humana mediante la reivindicación de la existencia de una todopoderosa inteligencia divina que todo lo abarcaba?
Paul Auster. 4 3 2 1.  Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Seix Barral.

viernes, 29 de diciembre de 2017

un año en lecturas

a) Philip Roth ha sido una constante este año. Las relaciones paterno filiales, el papel del escritor judío dentro de la comunidad, la creación artística, la fama y el silencio del creador, el mundo de los emigrantes que llegaron a Estados Unidos en busca de otra tierra donde vivir y que se apaga ante el relevo de los hijos y sus nuevas vidas, la ciudad de Newark, la infancia tras la segunda guerra mundial, los héroes caídos en desgracia, el sexo y el amor, la ironía, la verborrea y la comicidad no exenta de tragedia. He pasado de las novelas recopiladas en Zuckerman encadenado, donde Roth muestra los inicios de su alter ego, la visita a un viejo escritor judío, sus primeros relatos, sus fantasías con una Anna Frank viva, el peso de la fama por su novela Carnovsky, su bloqueo y enfermedad en La lección de anatomía o la búsqueda surrealista de un manuscrito en La orgía de Praga, al Zuckerman adulto que da un paso atrás y relata la vida de un hombre sencillo elevado a héroe y luego a villano en Me casé con un comunista, segundo libro de la llamada Trilogía americana, en la que Roth repasa la historia reciente de Estados Unidos y describe la quiebra de un ideal, qué se escondía tras el sueño americano. Entre medias, El mal de Portnoy, ese monólogo genial y delirante de un hombre judío ante su psicólogo y el libro de memorias Patrimonio. Dos lecturas entre las aventuras de Zuckerman para unir hilos y novelas, el Portnoy de Roth con el Carnovsky de Zuckerman, el padre de Zuckerman con el de Roth, la difusa barrera entre realidad y recreación. Roth es inteligente y bufón, es profundo y caótico, es un escritor que se enfrenta a sus raíces y las cuestiona a la vez que las extraña. Termino el año con La contravida.

b) Las mejores lecturas de este año, además de El mal de Portnoy y Zuckerman desencadenado de Roth, han sido los relatos de William H. Gass en En el corazón del corazón del país, sobrios y violentos, y los de Ana Blandiana en Proyectos de pasado, los textos de Natalia Ginzburg en Las pequeñas virtudes, el grupo indescriptible que forma John Fante en La hermandad de la uva, la doble realidad de La vida breve de Onetti, el testimonio de Wiesel en La noche y la Vida con estrella de Weil, la escritura de Salter en Años luz, la aventura en Bajo cielos inmensos de Guthrie Jr. y la degradación en Indigno de ser humano en Dazai, la poesía de Billy Collins, Isabel Bono y Blaga Dimitrova, el ensayo Dispara a todo lo que se mueva de Nick Turse, que muestra la guerra de Vietnam en toda su crudeza, y La voz del Amo de Lem.

c) Las decepciones las encabeza Auster con su 4321, una novela sin tensión que desaprovecha una buena idea, las vidas posibles de un muchacho, y se queda algo vacuo y aburrido, los textos de Murakami en De qué hablo cuando hablo de escribir, que no aportan nada nuevo, la tontería que es La dulce envenenadora de Paasilinna, Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay, de la que esperaba mucho y se quedó en casi nada, y la recopilación Gatos, de Bukowski.

d) Los objetivos lectores para el nuevo año. Disminuir la altura de las tres pilas de lecturas inmediatas que tengo y en los que están Mircea Cărtărescu, Hermann Ungar, Sergio Pitol, Thomas Wolfe, Saul Bellow, Nikolái Gógol, Hermann Broch, Ernesto Sabato o Ted Chiang, seguir con Philip Roth y releer Matadero cinco de Kurt Vonnegut y Rock Springs de Richard Ford.
















e) Una lista completa de lectura

04) Pregúntale al polvo - John  Fante
06) Una casa en Bleturge - Isabel Bono
10) El mal de Portnoy - Philip Roth
11) El hielo en el fin del mundo - Mark Richard
18) La mujer de la arena - Kobo Abe
19) La lección de anatomía - Philip Roth
22) Patrimonio. Una historia verdadera - Philip Roth
23) Elogio de la nada - Christian Bobin
25) Réquiem/Poema sin héroe - Anna Ajmátova
26) La dulce envenenadora - Arto Paasilinna
31) De qué hablo cuando hablo de escribir - Haruki Murakami
33) Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo - Chimamanda Ngozi Adichie
35) Haciendo planes - Karmelo C. Iribarren
38) La literatura nazi en América - Roberto Bolaño
40) Pequeños incidentes (antología poética) - Karmelo C. Iribarren
45) Que viene el lobo - Itziar Mínguez Arnáiz
48) De otra vida - Federico del Barrio/Isabel Bono
50) Wikipoemia - Itziar Mínguez Arnáiz
54) QWERTY - Itziar Mínguez Arnáiz
58) Picnic en Hanging Rock - Joan Lindsay
59) Hielo seco - Isabel Bono
60) Me casé con un comunista - Philip Roth
63) La canción de Mercurio - Isabel Bono
65) Gatos - Charles Bukowski
66) Lo seco - Isabel Bono
67) Cutter y Bone - Newton Thornburg
69) Plata quemada - Ricardo Piglia
72) La presencia pura - Christian Bobin
74) Bajo las estrellas de otoño - Knut Hamsun
77) El declive - Osamu Dazai
78) La tumba del tejedor - Seamus O´Kelly

viernes, 28 de agosto de 2015

capítulo seis de Ciudad de cristal. Paul Auster



Quinn pasó la mañana siguiente en la biblioteca de Columbia con el libro de Stillman. Llegó temprano, fue el primero en entrar cuando las puertas se abrieron, y el silencio de los vestíbulos de mármol le reconfortó, como si le hubieran permitido entrar en una cripta de olvido. Después de enseñarle fugazmente su tarjeta de antiguo alumno al soñoliento empleado que estaba detrás de la mesa, sacó el libro de las estanterías, regresó al tercer piso y se instaló en un sillón de cuero verde en una de las salas para fumadores. La luminosa mañana de mayo acechaba fuera como una tentación, una llamada a deambular sin rumbo al aire libre, pero Quinn la venció. Le dio la vuelta al sillón, se sentó de espaldas a la ventana y abrió el libro.
El jardín y la torre: primeras visiones del Nuevo Mundo. Estaba dividido en dos partes aproximadamente de la misma extensión: “El mito del paraíso” y “El mito de Babel”. La primera se concentraba en los descubrimientos de los exploradores, comenzando por Colón y siguiendo hasta Raleigh. El argumento de Stillman era que los primeros hombres que visitaron América creyeron que habían encontrado accidentalmente el paraíso, un segundo Jardín del Edén. En el relato de su tercer viaje, por ejemplo, Colón escribe: “Porque creo que se encuentra aquí el Paraíso terrenal, al cual nadie puede entrar excepto con el permiso de Dios.” En cuanto a las gentes de aquella tierra, Peter Martyr escribiría ya en 1505: “Parecen vivir en ese mundo dorado del cual hablaban tanto los escritores antiguos, en el que los hombres vivían con sencillez e inocencia, sin imposición de leyes, sin disputas, jueces ni calumnias, contentos tan sólo con satisfacer a la naturaleza.” O como escribía el siempre presente Montaigne más de medio siglo después: “En mi opinión, lo que realmente vemos en estos pueblos no sólo sobrepasa todas las imágenes que los poetas dibujaron de la Edad de Oro, y todas las invenciones que representaban el entonces feliz estado de la humanidad, sino también el concepto y el deseo de la filosofía misma.” Desde el principio, según Stillman, el descubrimiento del Nuevo Mundo fue el impulso que insufló vida al pensamiento utópico, la chispa que dio esperanzas a la perfectibilidad de la vida humana, desde el libro de Tomás Moro de 1516 hasta la profecía de Gerónimo de Mendieta, unos años más tarde, de que América se convertiría en un estado teocrático ideal, una verdadera Ciudad de Dios.
Existía, sin embargo, el punto de vista contrario. Si algunos consideraban que los indios vivían en una inocencia anterior al pecado original, había otros que los juzgaban bestias salvajes, diablos con forma de hombres. El descubrimiento de caníbales en el Caribe no contribuyó a atenuar esta opinión. Los españoles la utilizaron como justificación para explotar a los nativos despiadadamente para sus propios fines mercantiles. Porque si uno no considera humano al hombre que tiene delante, se comporta con él con menos escrúpulos. Hasta 1537, con la bula papal de Pablo III, los indios no fueron declarados verdaderos hombres dueños de un alma. El debate, no obstante, continuó durante varios cientos de años, culminando por una parte en el “buen salvaje” de Locke y Rousseau -que puso los cimientos teóricos de la democracia en una América independiente- y, por la otra, en la campaña de exterminio de los indios, en la imperecedera creencia de que el único indio bueno era el indio muerto.
La segunda parte del libro empieza con un nuevo examen de la caída. Apoyándose fuertemente en Milton y su relato de El paraíso perdido -como representante de la postura puritana ortodoxa-, Stillman afirmaba que sólo después de la caída comenzó la vida humana tal y como la conocemos. Porque si en el Jardín no existía el mal, tampoco existía el bien. Como lo expresa el propio Milton en la Areopagitica, “fue de la piel de una manzana saboreada de donde saltaron al mundo el bien y el mal, como dos gemelos inseparables”. La glosa de Stillman de esta frase era extremadamente significativa. Alerta siempre a la posibilidad de juegos de palabras, demostraba que la palabra “saborear” era en realidad una referencia a la palabra latina “sapere”, que significaba a la vez “saborear” y “saber” y por lo tanto contenía una referencia subliminal al árbol de la ciencia: el origen de la manzana cuyo sabor trajo al mundo el conocimiento, es decir, el bien y el mal. Stillman se extendía también en la paradoja de la palabra “gemelos”, que sugiere a la vez “unión” y “desunión”, encarnando así dos significados iguales y opuestos, los cuales a su vez encarnan una visión del lenguaje que Stillman consideraba presente en toda la obra de Milton. En El paraíso perdido, por ejemplo, cada palabra clave tiene dos significados: uno antes de la caída y otro después de la caída. Para ilustrar su tesis, Stillman aisló varias de estas palabras -siniestro, serpentino, delicioso- y mostró que su uso anterior a la caída estaba libre de connotaciones morales, mientras que su uso posterior a la caída era oscuro, ambiguo, informado por el conocimiento del mal. La única tarea de Adán en el Edén había sido inventar el lenguaje, ponerle nombre a cada criatura y cada cosa. En aquel estado de inocencia, su lengua había ido derecha al corazón del mundo. Sus palabras no habían sido simplemente añadidas a las cosas que veía, sino que revelaban su esencia, literalmente les daban vida. Una cosa y su nombre eran intercambiables. Después de la caída, esto ya no era cierto. Los nombres se separaron de las cosas; las palabras degeneraron en una colección de signos arbitrarios; el lenguaje quedó apartado de Dios. La historia del Edén, por lo tanto, no sólo narra la caída del hombre, sino la caída del lenguaje.
Más adelante en el libro del Génesis hay otra historia sobre el lenguaje. Según Stillman, el episodio de la torre de Babel era una recapitulación exacta de lo sucedido en el Edén, sólo que ampliada y generalizada en su significado para toda la humanidad. La historia adquiere especial sentido cuando se considera su posición dentro del libro: capítulo XI del Génesis, versículos 1 al 9. Éste es el último incidente de la prehistoria en la Biblia. Después de eso, el Antiguo Testamento es exclusivamente una crónica de los hebreos. En otras palabras, la torre de Babel representa la última imagen antes del verdadero comienzo del mundo.
Los comentarios de Stillman continuaban a lo largo de un montón de páginas. Empezaba con un estudio histórico de las diversas tradiciones exegéticas relativas a la historia, seguía con las numerosas lecturas erróneas que se habían hecho de ella, y terminaba con un largo catálogo de leyendas de la Aggada (un compendio de interpretaciones rabínicas no relacionadas con cuestiones legales). Estaba generalmente aceptado, escribía Stillman, que la torre había sido construida en el año 1996 después de la creación, apenas trescientos cuarenta años después del Diluvio, “para que no quedásemos desperdigados por toda la faz de la tierra”. El castigo de Dios vino como respuesta a este deseo, que contradecía un mandato aparecido anteriormente en el Génesis: “Creced y multiplicaos, llenad la tierra y dominadla.” Al destruir la torre, por lo tanto, Dios condenaba al hombre a obedecer este precepto. Otra lectura, no obstante, veía la torre como un desafío a Dios. Nemrod, el primer gobernante de todo el mundo, fue designado como arquitecto de la torre: Babel iba a ser un templo que simbolizase la universalidad de su poder. Esta era la visión prometeica de la historia y se apoyaba en las frases “cuya parte superior pueda llegar al cielo” y “hagamos un nombre”. La construcción de la torre se convirtió en la obsesiva y arrolladora pasión de la humanidad, más importante finalmente que la vida misma. Los ladrillos se volvieron más valiosos que las personas. Las mujeres que trabajaban en ella ni siquiera se paraban para dar a luz a sus hijos; sujetaban al recién nacido en el delantal y continuaban trabajando. Al parecer, había tres grupos diferentes ocupados en la construcción: los que deseaban morar en el cielo, los que deseaban hacerle la guerra a Dios y los que deseaban adorar a los ídolos. Al mismo tiempo, estaban unidos en sus esfuerzos -“Y toda la tierra tenía una sola lengua y una sola habla”- y el poder latente de una humanidad unida enojó a Dios. “Y el Señor dijo: Mirad, el pueblo es todo uno y tienen todos una sola lengua; y esto empiezan a hacer: y ahora nada podrá impedirles que hagan lo que imaginan.” Este discurso es un eco consciente de las palabras que Dios pronunció al expulsar a Adán y Eva del Paraíso: “Mirad, el hombre se ha convertido en uno de nosotros, conoce el bien y el mal; y ahora, para que no alargue la mano y tome también del árbol de la vida y coma y viva para siempre... Por lo tanto el Señor Dios les mandó fuera del Jardín del Edén...” Otra lectura sostiene que la historia pretendía ser únicamente una forma de explicar la diversidad de los pueblos y las lenguas. Porque si todos los hombres descendían de Noé y sus hijos, ¿cómo era posible dar razón de las enormes diferencias entre culturas? Otra lectura similar argumentaba que la historia era una explicación de la existencia del paganismo y la idolatría, ya que hasta esta historia se presenta a todos los hombres como monoteístas en sus creencias. En cuanto a la torre misma, la leyenda afirma que un tercio de la estructura se hundió en la tierra, un tercio fue destruido por el fuego y otro tercio quedó en pie. Dios la atacó de dos maneras distintas para convencer al hombre de que la destrucción era un castigo divino y no el resultado del azar. Sin embargo, la parte que quedó en pie era tan alta que una palmera vista desde arriba no parecía mayor que un saltamontes. También se decía que una persona podía andar durante tres días a la sombra de la torre sin abandonarla nunca. Por último -y Stillman se extendía mucho sobre esto- se creía que quien miraba las ruinas de la torre olvidaba todo lo que sabía.
Quinn no era capaz de ver qué tenía que ver todo aquello con el Nuevo Mundo. Pero entonces empezaba un capítulo nuevo y de repente Stillman se ponía a comentar la vida de Henry Dark, un clérigo de Boston que había nacido en Londres en 1649 (el día de la ejecución de Carlos I), fue a América en 1675 y murió en un incendio en Cambridge, Massachusetts, en 1691.
Según Stillman, cuando era joven, Henry Dark había sido secretario particular de John Milton, desde 1669 hasta la muerte del poeta cinco años más tarde. Esto era una novedad para Quinn, porque le parecía recordar haber leído en alguna parte que cuando Milton se quedó ciego le dictaba su obra a una de sus hijas. Se enteró de que Dark era un fervoroso puritano, estudiante de teología y devoto seguidor de la obra de Milton. Conoció a su héroe una tarde en una pequeña reunión y éste le invitó a hacerle una visita la semana siguiente. Eso llevó a nuevas visitas, hasta que finalmente Milton empezó a encomendarle a Dark diversas tareas: tomar dictados, guiarle por las calles de Londres, leerle las obras de los antiguos. En una carta que Dark le escribió en 1672 a su hermana a Boston mencionaba largas conversaciones con Milton sobre los puntos más delicados de la exégesis bíblica. Luego Milton murió y Dark quedó desconsolado. Seis meses más tarde, pensando que Inglaterra era un desierto, una tierra que no le ofrecía nada, decidió emigrar a América. Llegó a Boston en el verano de 1675.
Poco se sabía de sus primeros años en el Nuevo Mundo. Stillman especulaba que tal vez había viajado hacia el Oeste, adentrándose en territorios inexplorados, pero no pudo encontrar pruebas concretas que respaldaran su hipótesis. Por otra parte, ciertas referencias a los escritos de Dark indican un conocimiento profundo de las costumbres de los indios, lo cual lleva a Stillman a teorizar que quizá Dark vivió con una de las tribus durante algún tiempo. Sea como fuere, no hay ninguna mención pública de Dark hasta 1682, cuando su nombre se inscribe en el registro de matrimonios de Boston por haber tomado como esposa a una tal Lucy Fitts. Dos años más tarde aparece encabezando la lista de una pequeña congregación puritana en las afueras de la ciudad. La pareja tuvo varios hijos, pero todos ellos murieron en la primera infancia. No obstante, un hijo de nombre John, nacido en 1686, sobrevivió. Pero se sabe que el niño pereció en 1691 al caer accidentalmente desde una ventana del segundo piso. Justo un mes más tarde toda la casa ardió y tanto Dark como su esposa murieron en el incendio.
Henry Dark habría pasado a la oscuridad de los primeros tiempos de la vida americana de no ser por una cosa: la publicación en 1690 de un panfleto titulado La nueva Babel. Según Stillman, esta obrita de sesenta y cuatro páginas era el relato más visionario del nuevo continente escrito hasta entonces. Si Dark no hubiera muerto tan poco tiempo después de su aparición, su efecto sin duda habría sido mayor. Porque, al parecer, la mayor parte de los ejemplares del panfleto fueron destruidos en el incendio que mató a Dark. Stillman había podido descubrir sólo uno, y ello por casualidad, en el desván de la casa de su familia en Cambridge. Tras años de diligente búsqueda, había llegado a la conclusión de que aquél era el único ejemplar que existía aún.
La nueva Babel, escrito en vigorosa prosa miltoniana, proponía la construcción del paraíso en América. Al contrario que otros autores sobre el tema, Dark no suponía que el paraíso fuera un lugar que pudiera descubrirse. No había mapas que pudieran llevar al hombre hasta allí, ni instrumentos de navegación que pudieran guiar al hombre hasta sus costas. Más bien, su existencia estaba inmanente dentro del hombre mismo: la idea de un más allá que él pudiera crear algún día en el aquí y ahora. Porque la utopía no estaba en ninguna parte, ni siquiera, como explicaba Dark, en su “verbo”. Y el hombre lograría crear ese lugar soñado únicamente construyéndolo con sus propias manos.
Dark basaba sus conclusiones en la lectura de la historia de Babel como una obra profética. Inspirándose fuertemente en la interpretación de Milton de la caída, seguía a su maestro en el hecho de atribuir una desmedida importancia al papel del lenguaje. Pero llevaba las ideas del poeta un paso más lejos. Si la caída del hombre entrañaba también la caída del lenguaje, ¿no era lógico suponer que sería posible deshacer la caída, invertir sus efectos, deshaciendo la caída del lenguaje, esforzándose por recrear el lenguaje que se hablaba en el Edén? Si el hombre podía aprender ese lenguaje original de la inocencia, ¿no se seguía de ello que recobraría un estado de inocencia dentro de sí? Bastaba con mirar el ejemplo de Cristo, argumentaba Dark, para comprender que eso era así. Porque ¿acaso no era Cristo un hombre, una criatura de carne y hueso? ¿Y no hablaba Cristo ese lenguaje anterior al pecado original? En El paraíso recobrado de Milton, Satanás habla con “engaño de doble sentido”, mientras que, en el caso de Cristo, sus “acciones con sus palabras concuerdan, sus palabras / a su gran corazón dan la expresión debida, su corazón / contiene de bondad, sabiduría, justicia, la forma perfecta”. ¿Y no había Dios “enviado ahora a su Oráculo viviente / al mundo para enseñar su última voluntad, / y envía su Espíritu de la Verdad a morar en lo porvenir / en los corazones píos, un Oráculo interior / indispensable para que yo conozca toda Verdad”? Y, gracias a Cristo, ¿no tuvo la caída un feliz resultado, no fue una felix culpa, como afirma la doctrina? Por lo tanto, argüía Dark, ciertamente sería posible que el hombre hablase el lenguaje original de la inocencia y recobrase, completa e intacta, la verdad dentro de sí.
Volviendo a la historia de Babel, Dark elaboraba luego su plan y anunciaba su visión de las cosas por venir. Citando el segundo versículo del Génesis 11 -”Y sucedió que mientras viajaban desde el este encontraron una llanura en la tierra de Sennaar y moraron allí”-, Dark afirmaba que este pasaje demostraba el movimiento hacia el Oeste de la vida y la civilización humanas. Porque la ciudad de Babel -o Babilonia- estaba situada en Mesopotamia, muy al este de la tierra de los hebreos. Si Babel se encontraba al Oeste de algo, era del Edén, el solar originario de la humanidad. El deber del hombre de esparcirse por toda la tierra -obedeciendo el mandato de Dios de “creced... y llenad la tierra”- inevitablemente seguiría un curso occidental. ¿Y qué tierra más occidental en toda la cristiandad, se preguntaba Dark, que América? El movimiento de los colonos ingleses hacia el Nuevo Mundo, por lo tanto, podría interpretarse como el cumplimiento del antiguo mandamiento. América era el último paso en ese proceso. Una vez que el continente se hubiera llenado, habría llegado el momento para un cambio en la fortuna de la humanidad. El impedimento de la construcción de Babel -que el hombre debía llenar la tierra- habría quedado eliminado. En ese momento sería posible de nuevo que toda la tierra tuviera una sola lengua y una sola habla. Y si eso sucedía, el paraíso no estaría lejos.
Al igual que Babel había sido construida trescientos cuarenta años después del Diluvio, el mandamiento se cumpliría, predecía Dark, exactamente trescientos cuarenta años después de la llegada del Mayflower a Plymouth. Porque ciertamente serían los puritanos, el recién elegido pueblo de Dios, quienes tendrían en sus manos el destino de la humanidad. Al contrario que los hebreos, que le habían fallado a Dios al negarse a aceptar a su hijo, aquellos ingleses trasplantados escribirían el último capítulo de la historia antes de que el cielo y la tierra se uniesen al fin. Como Noé en su arca, habían viajado por el vasto océano para llevar a cabo su sagrada misión.
Trescientos cuarenta años, según los cálculos de Dark, significaba que en 1960 la primera parte de la tarea de los colonos habría concluido. En ese momento, se habrían puesto los cimientos para la verdadera obra que habría de seguir: la construcción de la nueva Babel. Él ya veía, escribía Dark, signos esperanzadores en la ciudad de Boston, porque allí, como en ninguna otra parte del mundo, el principal material de construcción era el ladrillo, que, como se especifica en el versículo 3 del Génesis 11, era el material de construcción de Babel. En el año 1960, afirmaba confiado, la nueva Babel comenzaría a subir, su misma forma aspirando a alcanzar los cielos, un símbolo de la resurrección del espíritu humano. La historia se escribiría en sentido inverso. Lo que había caído se levantaría. Lo que se había roto volvería a estar entero. Una vez terminada, la torre sería lo bastante grande como para albergar a todos los habitantes del Nuevo Mundo. Habría una habitación para cada persona y una vez que entraran en esa habitación olvidarían todo lo que sabían. Al cabo de cuarenta días y cuarenta noches saldrían convertidos en hombres nuevos, hablando el lenguaje de Dios, dispuestos a habitar el segundo y eterno paraíso.
Así acababa la sinopsis que hacía Stillman del panfleto de Henry Dark, fechado el veinte de diciembre de 1690, el septuagésimo aniversario del desembarco del Mayflower.
Quinn dio un pequeño suspiro y cerró el libro. La sala de lecturas estaba vacía. Se inclinó hacia adelante, puso la cabeza entre las manos y cerró los ojos.
-Mil novecientos sesenta -dijo en voz alta.
Trató de evocar una imagen de Henry Dark, pero no lo consiguió. En su mente sólo veía un incendio, una hoguera de libros ardiendo. Luego, perdiendo el hilo de sus pensamientos, se acordó repentinamente de que 1960 era el año en que Stillman encerró a su hijo.
Abrió el cuaderno rojo y lo colocó sobre su regazo. Justo cuando estaba a punto de escribir en él, sin embargo, decidió que ya había tenido suficiente. Cerró el cuaderno rojo, se levantó del sillón y devolvió el libro de Stillman en el mostrador de la entrada. Encendiendo un cigarrillo al pie de la escalera, abandonó la biblioteca y se perdió en la tarde de mayo.
Paul Auster. Ciudad de cristal. Traducción de Maribel de Juan. Editorial Anagrama.