Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop
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lunes, 20 de abril de 2026

Los lunes de Anay. Algoritmos...


A veces compro libros que he olvidado que tengo en mi biblioteca. Como Once tipos de soledad, una novela descatalogada durante años y que encontré hace poco en una de mis librerías favoritas —la librera me animó a llevarme el otro libro de relatos de Yates editado por fiordo porque, dijo, sus cuentos son asombrosos por lo certero y por la epopeya de las vidas ordinarias—. Cada día elijo un libro de mi vieja biblioteca en casa de mis padres que traer a esta nueva biblioteca hecha a medida que ocupa la habitación de al lado. Y días después de hacerme con ese libro de Yates descubro que tengo una edición anterior que tradujeron como Once maneras de sentirse solo, y que leí en dos mil diez. En un cuaderno de lectura escribí: “(…) Yates retrata esos años posteriores a la segunda guerra mundial donde la vida se reanudaba y los sueños se resquebrajaban de forma imperceptible”. 
Esta mañana empecé a leer esta nueva traducción de la editorial fiordo, en el tren de cercanías, camino del trabajo. Por un instante pensé en esos dieciséis años entre una y otra lectura, entre una y otra vida, y me asombró cuánto ha cambiado. Siempre hay quien pregunta cómo nos vemos dentro de cinco años, pero pocos se atreven a preguntar cómo nos veíamos tiempo atrás. En estos años he encontrado un amor a corriente y he descubierto que andar durante kilómetros por caminos solitarios me aquieta; tengo un pequeño terreno donde salir a leer y ver el cambio de luz; un trabajo que sé está por desaparecer, como las cartas. La muerte de mis padres y el cáncer de mi hermana pequeña han traído, además del luto y la preocupación constante, cierto temple y sosiego y la idea de dejar que las cosas se posen. En la primera lectura de Yates, estaba por encontrarme por última vez con la argentina que amé cuando agosto era invierno, tuve un par de relaciones fallidas y miedosas, y creía que me estaba convirtiendo en una de esos personajes solitarios de Yates. También, estábamos por cruzarnos tú y yo, ýb, a la que aún escribo cartas en este tiempo donde he dejado de escribir por completo. Una lista poco detallada de los dieciséis años entre dos lecturas de un libro que no es aquél que fui. 


Los lunes de Anay. Algoritmos…

"hacen un ruido enorme, un ruido
infernal, pero nadie se percata"

                                           PATRIZIA CAVALLI


LAS FRESAS EN MAYO

Siempre le pedía fresas a mi madre
y mi madre me gritaba
las fresas en mayo
las fresas
en mayo.

Y cuando mayo
yo era un bosque de fresas
y en las piernas fresas
y en las muñecas
y en el puente de la risa.

Pero desde que la ingeniería genética
ha demostrado
que las fresas antiguas se equivocaban,
las tengo de enero a diciembre,
el lunes y el martes,
el miércoles
y el remiércoles
y también el treinta y siete
de abril.

Y ahora todo es
un cansancio de fresas
y un tres por dos
y un bah
y un dejadme en paz.

                                        BATANIA



Feliz lunes.

Un beso,

Anay

lunes, 23 de febrero de 2026

Los lunes de Anay. Mona Lisa...

Tengo unos quinientos libros en casa de mis padres, la mayoría lecturas de hace veinte y treinta años. Ahora con una biblioteca nueva por llenar, los traigo poco a poco —hay semanas que uno cada día, una forma zen de tomarme el tiempo y la espera. Otras, como esta semana que empieza hoy, serán bolsas de papel con cinco o seis libros dentro—. Entre los libros traídos hay uno donde guardo un recuerdo ajeno. Entre las páginas de Fahrenheit 451 guardo el recordatorio de los votos de mi madre, tomados un catorce de febrero de 1964, hace sesenta y dos años, en una de las vidas de mi madre cuyo eco aún perdura. Ella fue la hermana M.L.F. del Corazón de Jesús. Es sobrio el recordatorio. Los versos en latín “Juxta crucem tecum stare” del himno Stabat Mater sobre un cirio encendido, una rosa con espinas encima de una biblia roja, un rosario en las aspas de una cruz. El recordatorio lo guardaba uno de sus hermanos en la cartera. Estaba orgulloso de una hermana monja, me decía su hija mayor. 
Recuerdo una foto de mi madre vestida con el hábito de monja, una foto que no encuentro entre los cajones y álbumes. De negro y blanco, estaba sentada en el banco de una ermita junto a otras hermanas. Fue mi hermana mayor quien me enseñó la foto de niño, quería mostrarme a una madre desconocida.
Mi madre apenas habló de aquella época salvo al final de sus días —como mi padre recordaba una juventud y una madures sin temblores en los últimos días de agosto, antes de morir—. Sabemos que mis padres fueron novios de jóvenes y que ambos marcharon a Madrid, mi madre a servir en casa de unos parientes, mi padre a la mili —no paraba de mirar al cielo, asombrada por las alturas de los edificios, decía mi madre con un tono de niña al recordar su primer día en la ciudad—. Luego, el convento donde permaneció hasta que supo que aquella no era una vida que seguir. Y llamó por teléfono a mi padre; en aquella época ya vivía en la zona minera donde nacimos mis hermanas y yo. 
Tal vez elegí Fahrenheit 451 para guardar el recordatorio de mi madre por esos hombres-libro que atesoran las palabras de Platón, Thoreau, Darwin, Buda o los evangelistas en una época oscura donde los libros se queman. 


Los lunes de Anay. Mona Lisa…

"No rechaces los sueños por ser sueños.
 Todos los sueños pueden
 ser realidad, si el sueño no se acaba"

                                                        PEDRO SALINAS


LA SONRISA

                                                     A Katherine Whitmore

Leo las cartas de amor
del gran poeta...Y su respuesta,
en la fotografía.

Tu mirada perdida,
la sonrisa
por el tiempo sabiamente aquilatada.

                                                       ANAY SALA







Feliz lunes.

Un beso,

Anay

lunes, 2 de febrero de 2026

Los lunes de Anay. Secuencias...

He traído una bolsa con libros de casa de mis padres. Desde hace semanas elijo un libro de los que aún tengo en su casa y le busco un lugar en mi nueva biblioteca. Es un ejercicio de paciencia y lentitud, porque aún deben quedar unos quinientos allí (entonces, podría tardar más de un año en reunir mis libros en un mismo lugar). Hoy quise saltarme esa paciencia y lentitud y escogí una quincena de viejas lecturas —Ford, Bolaño, Dexter—. En el tren, con la bolsa entre los pies, me di cuenta de que no sólo está la ausencia absoluta de mis padres cada vez que entro en su casa, también yo, poco a poco, voy dejando huecos y vacíos.

Hoy, en mitad del reparto, he visto dos esquelas de vecinos de mi sección, uno muerto con 66 años y otro con 72. Eran hombres con los que tenía un pequeño vínculo por el trabajo. P. vestía al estilo americano de los años cincuenta, llevaba el pelo engominado, leía revistas de ciencia y misterio, su voz pausada y clara. Compartía piso con otros hombres de su edad y uno de ellos me decía que P. leía siempre hasta tarde en la noche. J. me preguntaba por la carta de los pensionistas o si había llegado ya la declaración de la renta o cómo hacer para votar por correo. Era espigado y nervioso y parecía siempre estar esperando algo. Son pequeñas punzadas, ýb. 

Hoy, también, una mujer me habló del viento de agosto en Colombia. Se sorprende del viento constante y agotador de este pueblo. Le digo que llega del mar y que lo detienen las montañas alrededor, devolviéndolo con fuerza al valle —en los últimos días, árboles arrancados de raíz, tejados levantados, puertas metálicas retorcidas como papel—. Es lindo ver el cielo lleno de cometas en los agostos de Colombia, ver cómo navegan, me dijo con su acento apacible y delicado. Me encuentro cada día con retazos de otros mundos.


Los lunes de Anay. Secuencias…

"Cantan aquellos pájaros
                                    aún cantan"

                                                       RAMÓN XIRAU


PORMENORES

Una lluvia menuda
no puede detenernos.
Paseamos despacio
mirando escaparates
donde todo se ofrece
porque todo está en venta.
Tú dices que mis ojos
te los han regalado.
Y reímos de pronto
debajo de los árboles.

                                   ÁNGELES MORA





Feliz lunes.

Un beso,

Anay

lunes, 26 de enero de 2026

Los lunes de Anay. Desafíos...

No pude escribirte la semana pasada, ýb. Me puse enfermo, salí antes de trabajar y me quedé en la casa vacía de mis padres a pasar la noche. Era incapaz de llegar a mi casa. Fueron horas extrañas, ýb. Era la primera vez que pasaba la noche solo en el que fue el hogar de mi infancia. Entré en cada habitación en una especie de búsqueda arqueológica. El silencio, el frío que devolvían los muebles, las cajas con ropa, la penumbra. En la mía, los libros aún por traer a esta casa. En la de mis padres, el armario cerrado, la cama cubierta únicamente por una colcha, el retrato de mi abuela materna. Abrí los cajones para encontrarme con objetos ahora inanimados que llevan un recuerdo —la cartera de mi padre, con las esquelas  de vecinos del barrio recortadas del periódico, un calendario de hace cinco años, alguna fotografía en blanco y negro; el bolso de mi madre, sobre la cómoda, vacío; la radio (el transistor, que dirían ellos), que usaba mi madre para dormir bien—. Creo que la muerte es una casa fosilizada donde sólo quedan las huellas de aquello que nos describía.


Los lunes de Anay. Desafíos…

"Libertad,
 oh, libertad"

                   ÁNGELES MORA


NEOPRENO

Para andar esa voz
no era el momento.

(Esa era mi canción desesperada...)

Pero la ola suple al argumento:

A lo mejor el momento
era yo.

                                  ANAY SALA





Feliz lunes.

Un beso,

Anay

miércoles, 24 de diciembre de 2025

un año sin Luz

Hoy llueve lento. Como hace un año. Diciembre se ha convertido en un mes de memoria y duelo, ýb. Las últimas palabras escuchadas a mi madre —adiós, cariño— antes de que su derrame cerebral la dejara sin voz; su último gesto cotidiano, ella inclinada y concentrada sobre su revista de pasatiempos “unir los puntos”; los días en reanimación, donde nos lanzaba besos desde el tubo que tapaba su boca, hacíamos ejercicios respiratorios y musculares, o nos preguntaba, en su silencio intubado, qué le había pasado o intentaba decirnos algo que nunca supimos descifrar, la pizarra donde escribíamos cuánto la queríamos. Ayer, durante el reparto, de nuevo el barrio donde me llamó mi hermana para avisarme de que iban a extubar a mi madre y la esquina donde, media hora después, la llamada era para decirme que iban a sedarla, que no respiraba por sí sola, que no había nada que hacer. Ayer, el recuerdo de rodear a mi madre, en la cama, y acariciarla, y darle besos, y no saber cómo despedirse de ella. Un año sin Luz, ib.

Me siento removido, ýb. En diciembre, también mi rutina de trabajo, lectura, librerías, algún paseo sin rumbo prefijado. Pero de fondo, el momento de ver morir a mi madre. Y la evidencia de que la muerte es la extinción de un mundo en sí mismo. Hoy no están la voz cálida de mi madre, ni el sabor de sus platos, ni sus recuerdos y caricias, ni la lentitud de sus últimos años, ni aquel gesto con su mano derecha como afianzándose en el tiempo y en el espacio, ni sus cuidados aún cuando apenas podía moverse.

Como en casa de mis padres, tras el trabajo. Lo hago solo, en el lugar que mi padre ocupaba en la mesa de la cocina, mirando hacia la ventana que da a un edificio de ladrillos rojos. Como con el silencio y las ausencias alrededor, con el frío que devuelven los muebles. A veces entro en la habitación de mis padres. Ahí están sus cenizas, todavía. Y un retrato de mi abuela materna en blanco y negro —un retrato de tantas mujeres gallegas, vestidas de luto y envejecidas prematuramente—. Mi madre se acostó en la cama junto a su madre muerta. Pensaba que dormía, nos decía. Recordaba ese momento no con espanto sino con algo parecido a la calidez.

Hace un par de días soñé con ella. La veía pasar con su hermana a través de una ventana esmerilada. Sólo eran siluetas, las dos, y sus voces llegaban en susurros ininteligibles. Como si esa ventana separase el mundo de los muertos del nuestro.

Ayer, como cada tarde, encendí una vela ante las fotos de mis padres. Les digo que les quiero y extraño y, ayer, también, dije gracias. Son días de una sonrisa triste, de agradecimiento, de una ausencia que es presencia y lo llena todo.

lunes, 24 de noviembre de 2025

Los lunes de Anay. Polen...

Hace unos días, en mi última visita a mi librería favorita, uno de los libreros, un hombre joven y al que le apasionan los autores argentinos (Sara Gallardo, Saer, Diego Angelino, Fogwill, Roberto Arlt, que está leyendo ahora), me puso en las manos un libro de viajes de Hebe Uhart, De la Patagonia a México. Hace tiempo que quería descubrir su escritura —no paran de llegar ecos—.  Apenas he leído cincuenta páginas con el sonido de la lluvia contra los cristales del cercanías. Y sonreí porque esta cronista viajera tiene una voz sencilla y tierna para hablar de hoteles y emigrantes, de descendientes de indios mapuches y ferias artesanales, de nómades y escritores locales. Es calidez lo que hay en sus páginas, ýb Y una mirada a lo, en apariencia, residual. Hay un capítulo, dentro de setenta páginas, dedicado a Tucumán. He decidido ser paciente y esperar a llegar a él sin hojear ni anticipar nada. Para ver qué encontró Uhart allá, y si se parece a lo que encontré yo y si nuestras palabras convergieron en los mismos lugares y personajes.





Los lunes de Anay. Polen…

"Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
 y calculo por eso con técnica qué puedo"
                                                               
                                                               GABRIEL CELAYA


PARA HACER UNA PRADERA

Para hacer una pradera se necesita un trébol y una abeja,
un trébol y alguna abeja.
Y soñar.
Bastará con soñar,
si escasean las abejas.

                                    EMILY DICKINSON
                                    (versión de Michelle Renyé)




Feliz lunes.

Un beso,

Anay

lunes, 6 de octubre de 2025

Los lunes de Anay. Geopolíticas...

Mi hermana me pidió que le eligiera un libro para sus sesiones de quimioterapia. Algo entretenido, sin muertes, dramas, ni dolores. Algo luminoso, vital. En verano, antes de este tiempo, empezó Brooklyn Follies. Y es una coincidencia austeriana. El narrador acaba de superar un cáncer e intenta volver a su geografía personal. Lo acabó en su primera sesión de quimio y yo quería encontrar una lectura tierna, cálida, que llevase a las películas de Capra o el humor de Twain para su segunda. Elegir una lectura para otro es casi un acto de amor. Pensar en el otro, ver los puntos de unión y de distancia, querer compartir un libro que has absorbido, sobreviviendo al olvido. 
Mi hermana, mientras tiene fuerzas, sale a pasear por el monte o el camino junto a los acantilados. Toma fotos panorámicas desde una cumbre de montaña o en una curva sobre el mar. Es fuerte mi hermana. Dice que intentará hacer una vida normal mientras no la dobleguen los efectos secundarios. El último viernes, mientras tomábamos café los tres hermanos, hablamos de la peluca y pañuelos que se ha comprado —en una semana irá a por ella y se cortará el pelo—, de la novia de mi sobrino, de mi vuelta al trabajo, de las herramientas de carpintero que compuso nuestro padre y que guardamos entre todos. Parecía un tiempo normal.

Elegí Una temporada para silbar, de Ivan Doig, tres hermanos que cabalgan a caballo a la escuela, que ven la llegada del mundo lejano en una ama de llaves que no sabe cocinar pero tampoco muerde, un maestro que enseña y actúa a la vez y en el paso lento del cometa Halley, una historia entre Capra y Twain que se lee con una sonrisa y da calidez y hace pensar en la fuerza de la bondad cuando más escasea—.


Los lunes de Anay. Geopolíticas…

"Y me dio un discurso sobre el toque de queda"

                                                                       ALFRED TEMBO


VIETNAM

Mujer, ¿cómo te llamas? - No sé
¿Cuándo naciste, de dónde eres? - No sé
¿Por qué cavaste esta madriguera? - No sé
¿Desde cuándo te escondes? - No sé
¿Por qué me mordiste el dedo cordial? - No sé
¿Sabes que no te vamos a hacer nada? - No sé
¿A favor de quién estás? - No sé
Estamos en guerra, tienes que elegir. - No sé
¿Existe todavía tu aldea? - No sé
¿Estos son tus hijos? - Sí

                                                      WISLAWA SZYMBORSKA





Feliz lunes.

Un beso,

Anay

lunes, 30 de junio de 2025

Los lunes de Anay. Inter pares...

El calor está metido en casa, una frase de mi madre en los días locos donde viento sur y la arena del desierto. Hay más de treinta grados, nada de brisa, todo luz. Este día, hace treinta y cinco años, era la víspera de nuestro viaje a las aldeas gallegas de mis padres. Allí, el canto de las cigarras y las campanadas entre los campos de centeno y una senda hasta el río —el vuelo de las libélulas sobre la sombra de las truchas—. Hace poco talaron el “carballón” junto al camino blanco. Grande, con bultos de ramas podadas en el tronco, de corteza dura, era una de las marcas del camino —como la ermita octogonal, la casa-molino abandonada, un puente de maderos para salvar el río—. En la aldea de mi padre plantaban árboles para celebrar un nacimiento y ahora, esos árboles, son el recuerdo de una ausencia. Desaparecen las señales y los símbolos, ýb. Y los días lejanos del verano.


Los lunes de Anay. Inter pares…

"Hermano, escucha, escucha..."

                                               CÉSAR VALLEJO


COMUNICACIÓN

Conversamos, trepados a una colina a la entrada del
pueblo, hasta que llegó la noche.
Nosotros hablábamos de "actividades", "resultados" y
"proyectos".
Ellos hablaban del desdén de la lluvia y de la extenuación
de la tierra.

Dimos por terminada la charla (teníamos que seguir conduciendo).

De repente, de entre los campesinos, se desbocó 
un revuelo. El que hacía de traductor me tiró de la manga
y señaló a un hombre bajo un sombrero: "Compañera,
él quiere saber cómo es su país".

Se hizo un enorme silencio.

Yo no sabía muy bien por dónde empezar pero les
dije del mar y de los almendros. También les fui contando
de la palma, de los naranjos, de los pinos,
de los olivos y del romero.
El traductor preguntó: "¿satisfecho, compañero?"
Y el hombre sonrió y asintió,
satisfecho.

                                                                           PATRICIA FERNÁNDEZ-PACHECO




Feliz lunes y feliz verano.

Hasta septiembre, un beso.

Anay

lunes, 16 de junio de 2025

Los lunes de Anay. Credos...

Es ahora cuando asumo que he cumplido cincuenta. En febrero, dos meses después de la muerte de mi madre, mi primer cumpleaños sin ella y sin mis padres, la celebración fue triste y bonita, pero sin rastro del tiempo pasado —sí de espacios vacíos—. 
Hace poco escuché a Berto Romero decir que a sus cincuenta sentía ser la misma persona que era a los veinte. Dick hablaba de todos los yoes, todos los tiempos que tenemos dentro. Vamos sumando capa sobre capa y, a veces, somos capaces de recuperar una de ellas entre la vorágine de la rutina. A mis cincuenta encuentro aún al niño que fui, solitario, alocado, la búsqueda de un orden en los juegos de construcción y las series de números que escribía en cuadernos de papel pautado. También, la soledad cinéfila de mi adolescencia, el gusto por el viento y el cielo brutalmente estrellado de las noches de verano, la escucha atenta de otras historias —recuerdos de guerra, romerías, inviernos alrededor de la cocina, como antaño junto a una pequeña hoguera resplandeciendo—. Y las caras del amor y el miedo, el descubrimiento de la lentitud, la literatura y la muerte, la belleza en un camino blanco y el vuelo de una bandada de golondrinas,  la culpa y el olvido de todos estos años hasta hoy. La constante de la soledad y el silencio. 
Hace pocos días que me pregunto por estos cincuenta y los años futuros. Qué habrá de nuevo y cómo será mirar hacia atrás desde una distancia cada vez más lejana. Imagino, por los últimos años de mis padres, que me volveré nostálgico impetuoso, se acrecentarán los miedos, extrañaré todo aquello que una vez hacíamos sin dolor o temblor y haré listas de momentos vividos como espejismos: gauchos a caballo entre el tráfico, la quema de una página de Jack London como ritual en el fin de la tierra, los caminos blanqueados por la luz de la luna, los agujeros de bala en un puente de Novi Sad, la diminuta mano de mi sobrino, al poco de nacer, abarcando mi dedo índice.



Los lunes de Anay. Credos…

A mis 50.

"La luz del sol no sabe lo que hace
y por eso no se equivoca y es 
comunal y buena"

                                                 FERNANDO PESSOA



Andar, mirar mucho hacia arriba
repetir aquí no basta
con un pie que tiembla
Acaso es que es
mentira
no existe otro
lugar
Algo alguien
¿verdad?
tiene que haber
Si no      dime
cómo es que hay
un niño que va dejando arroz
para que baje un pájaro
hasta su mano

                                              CARLA NYMAN



Feliz lunes.

Un beso,

Anay

lunes, 14 de abril de 2025

Los lunes de Anay. Nevermore...

Hace días que busco entre las fotografías de hace veinte años un rastro de mis padres. Son fotos que hizo mi hermana mayor en los primeros años de o. En la mayoría veo a mi sobrino de bebé o niño en la playa, de vacaciones, disfrazado en carnaval, en su cumpleaños o jugando. A veces aparezco, más gordo, más delgado, con perilla, barba, afeitado, pelo largo, pelo rasurado, gafas pequeñas, gafas de pasta, sin apenas canas, con el pelo blanco. En algunas no recuerdo el día de esa fotografía. Mis padres son esquivos. Mi padre guardaba un centenar de fotos de su juventud en Galicia, fotografías que sólo podían tomarse en días de fiesta y romería. Mi madre apenas tiene una acompañada de las costureras de la Ribeira. Crecí con las cámaras de carrete, veinticuatro o treinta y seis oportunidades de capturar un instante de una celebración o un verano entero. Éramos morosos con la cámara. O no había ese gesto nervioso de aprehender la realidad —recuerdo leer en el instituto que algunos filósofos griegos estaban en contra de la escritura porque alentaba el olvido. La posibilidad de tener cientos de fotos de cada día, da igual su importancia, creo que hace que se atrofie el sentido de recuerdo y de relato—. Hay pocas fotos de mis padres, muy pocas, apenas una docena en esa colección de mi hermana, pero cada ocasión de verlos en un pasado donde aún jóvenes, con su nieto en brazos, y sin temblores ni lentitudes ni miedos hace que sonría y me sienta vulnerable al mismo tiempo.


Los lunes de Anay. Nevermore…

"una especie de corazón morado,
un talismán,
una estrella amarilla"
                                               
                                             ANNE SEXTON

LA CASA DE MI INFANCIA

Fui feliz en aquella casa llena de flores
y de libros prohibidos. La casa en que tú eras
Ginebra en nuestros juegos, y yo era el rey Arturo
(no había un Lanzarote que echara a perder todo).
La casa donde fuiste doncella de mis ansias,
dueña de mis suspiros, muralla de mi pecho,
cofre de mi tesoro, brindis de mis soldados.
La casa que tenía un arcón misterioso
que guardaba el secreto de la sabiduría
y del amor eterno, la droga de la fe,
la copa del olvido y el cáliz del coraje.
La casa en que una tarde de sueños compartidos,
mientras se soleaba la ropa en la terraza,
te nombré soberana de un reino en que la noche
no existía y la muerte no dictaba sus leyes.

                                                               LUIS ALBERTO DE CUENCA





Feliz lunes.

Un beso,

Anay

lunes, 17 de febrero de 2025

Los lunes de Anay. Compromiso...

Creo que no hace falta decirte cuánto me ha tocado este lunes. Lo he leído varias veces a lo largo del día, y cada una de esas veces he terminado con el corazón del revés. Te podría hablar de las mañanas donde mi padre me aguantaba la bicicleta para que aprendiera a andar en ella, o de las tardes en la cocina, mi madre con un libro de historia y yo repitiendo una lección hoy ya difusa, o de la última vez que busqué a mi madre para que me consolara, hace unos años, el llanto puro, su mano en mi cabeza, mi cabeza en su vientre. 

Hoy he soñado con mi madre. Apenas aparece en mis sueños, al contrario que mi padre, al que veía andar sin temblores, su cuerpo viejo pero atlético, o sonreír porque había superado su fiebre o aquel en el que me decía que me quería. En el sueño, la cara blanca de mi madre, su cabeza ladeada en la cama y la lengua entre sus labios, como la tarde que murió, y una mano que le limpiaba con un pañuelo todo ese blanco de la cara. 

Sonreí en el reparto, esta mañana. Si con la muerte de mi padre sentía que me protegía de algún modo allá donde esté, mi madre me trae su nombre, Luz. Si sonrío hay luz, y si hay luz está ella. Hubo más de un momento memorable. Una mujer de ochenta y cuatro años, mientras firmaba un certificado, me decía con voz traviesa que aún iba a la escuela —después de una pausa, apuntilló, de adultos—. Se juntaba con sus amigas antes de las clases, hacían excursiones, recordaban sus días de escuela. Tenía una cara radiante, esta mujer estudiante. Una niña miraba sorprendida las revistas y cartas en mi mano. Me preguntó que eran. Al responderle me dijo que llevaba muchas. Los niños me miran fascinados, como si fuese un mago o mi oficio no fuese cosa de otros tiempos. Y el viernes pasado, un hombre mayor de mi sección, jubilado hace tiempo, llevaba, vestido de ciclista en ruta, un ramo de rosas en equilibrio sobre su bicicleta.

He abierto una de las hojas de nuestro ventanal de cinco metros. Hace un calor extraño, hay margaritas en la campa junto a casa donde los perros corren y se revuelcan en la hierba y el cielo parece en pausa. Suenan algunos pájaros y la estela de coches lejanos. Es un atardecer tranquilo, ýb, de esos que se posan poco a poco en mi ánimo, que me hacen seguir el cambio de la luz y la aparición de las primeras estrellas. No necesito más —ayer, cocinaba mientras e. meditaba en otra habitación. Cortaba las verduras y preparaba el cuscús. Gestos que amé porque veía la luz junto al ventanal, cocinaba, e. estaba en la otra habitación y sentía todo el camino hasta ese instante extraordinario—.


Los lunes de Anay. Compromiso…

“tu corazón en orden
Sin querer atender a ningún otro asunto”

                                                              JAVIER BOZALONGO

EQUILIBRIO

Papá aflojó los tornillos
Para que aprendiera
A andar sin las rueditas.
Ella me llevó a la vereda de tierra
Que rodea al hipódromo,
Justo enfrente de casa.
Y cuál es la necesidad
De aprender a sostener
Mi cuerpo todo de nuevo.
Le hice prometer que no
Me soltaría por nada del mundo;
Giraba apenas mi cuello
Para ver que ella siguiera ahí,
Corriendo justo detrás de mí,
Agarrándome de la parte baja del asiento.
«Yo no te suelto -me decía-,
Yo no te suelto»,
Pero para ese entonces
Ya estaba pedaleando sola
Y no me daba cuenta
De cómo ella se alejaba de mí,
Aun quedándose quieta
Entre los troncos viejos y gruesos.
Me enojé tanto cuando me di vuelta
Que rechacé ese objeto
A un costado de la vereda
Y quise volver a casa.
Ahora voy esquivando colectivos,
Haciendo finitos, calculo
El tiempo exacto para pasar en rojo
Y no morir en el asfalto,
Pero así y todo no voy a reconocerlo.
He decepcionado muchas veces a mi madre
Y sé que seguiré haciéndolo.
No hay lugar en el mundo
Para dos personas iguales,
Ni siquiera lo hay en una casa,
Y por eso me fui apenas terminada la escuela.
Pero es necesario para que mamá aprenda.
El equilibrio se fabrica con la distancia,
Si nos quedamos quietas
Seguramente nos vamos a caer.
Ahora rebobino el cassette

Y resulta que soy yo la que se aleja
Mientras ella se queda parada,
Palideciendo bajo el sol de un domingo.
Pero yo no te suelto, mamá,
Yo no te suelto.
                                   DAIANA HENDERSON























Feliz lunes

Un beso,

Anay

lunes, 10 de febrero de 2025

Los lunes de Anay. Grandezas...

El sábado cumplí cincuenta años (sigo asombrado, ýb, no sólo por la rapidez, también por sentir todos estos yoes que he sumado desde mi niñez). E. me regaló un poemario de Chūya Nakahara y su título, Triste y bello, define con precisión ese día. Lo bello fue salir con ella, el triple que me dedicó mi sobrino en su primera canasta del partido, tantos mensajes. Lo triste, el primer cumpleaños sin mi madre, sin mis padres, esas ausencias que abarcan cada espacio y cada tiempo, este sentimiento de orfandad, de no tener nadie por encima de mí —y eso me hace sentir vulnerable y desconcertado—, la extrañeza por no ver la cara de niño en mi padre al estirarme de las orejas o la voz risueña y con un matiz de gallego de mi madre cuando me decía zorionak. 

He pensado estos días en esos cincuenta años. O mejor dicho, he imaginado el siete, ocho y nueve de febrero de hace cincuenta años, también viernes, sábado y domingo, como este año. El viernes tarde pensaba en mi madre en el hospital, con las contracciones y a la espera; el sábado imaginé mi nacimiento, los gestos de mis padres, mis primeros gestos; el domingo inventé lo que pudieron sentir ese día, el futuro que creaban para mí. Durante esos tres días estuve entre dos tiempos, entre lo real y lo imaginado.

Me preguntan si siento la crisis de los cincuenta. Sonrío y niego. Siento, en realidad, la crisis de la orfandad. Pasé días desnortado por las repeticiones en los días y en los gestos que no entendía. Me costaba encontrar un sentido. Había terminado el mundo de mi madre y empezaba uno nuevo donde la tristeza por no volver a sus caricias o su voz o el sabor de sus platos. Hace poco vi una entrevista a Pepe Mújica. Aplaudía el tiempo perdido. Dejarse de esas necesidades que nos han impuesto desde fuera y disfrutar de sembrar un campo, leer, mirar alrededor, conversar pavadas. Ahora, en este nuevo mundo, el sentido es E., este cielo de luz y sombra, mi familia, los libros y los caminos que me esperan, saberme habitado por la memoria de mis padres.


Los lunes de Anay. Grandezas…

A la memoria de Rosi Sainz, 
que tanto nos amó.


“Mientras tanto cógeme la mano, decía,
No quiero promesas, no quiero disculpas,
Tan sólo un gesto de amor”

                                                         KIRMEN URIBE

BLINDAJE

Soy casi indestructible, porque tuve
Una niñez feliz,
                      Porque me amaron
Y supe que me amaban, y aún lo sé.

Soy casi invulnerable, 
                               Cuando tengo
A mis hijos en brazos, y procuro
Que sepan que los amos, y amaré.

Soy casi irreductible, porque vivo
De rescatar al niño aquel que fui.
La infancia es el sustento de mi fe.

                                                  CARLOS MARZAL



Feliz lunes.

Un beso,

Anay

viernes, 31 de enero de 2025

hay menos luz en el mundo

Hace un mes de la muerte de mi madre y
sólo puedo decir que los días son extraños y me siento desubicado y vacío y su ausencia es absoluta. Los días pasan y se repiten, ýb. Salgo de madrugada de casa y leo en el metro y tren camino al trabajo —los mismos viajeros ocupando los mismos asientos un día tras otro—; en el reparto las rutinas de los vecinos de mi sección, cuándo salen a por pan, cuándo toman café o cerveza, en qué colegio esperan a los hijos o nietos. Como solo en la casa ahora vacía de mis padres y ahí es donde su ausencia se encarna en el frío y silencio de las habitaciones, en los pequeños objetos que han dejado, fotografías, carteras, relojes, ropa, el botón de tele alarma, y están a oscuras —pienso mucho en esa casa cerrada cuando no estamos mis hermanas o yo—. Vuelvo a casa, leo y duermo. Todo parece igual, a veces sonrío y bromeo a menudo, pero llevo dentro una tristeza y una vulnerabilidad perennes y siento, como tras la muerte de mi padre, que el mundo que habitaba y representaba mi madre, todo aquello que la conformaba y definía ha desaparecido. Es el primer mes de un nuevo mundo y de esta sensación de no tener a nadie por encima de mí, de extrañar los cuidados de mis padres incluso en sus temblores, flaquezas y dolores, esas caricias o esos gestos hacia nosotros sus hijos. También extraño, entre otras cosas, su risa de niña, su dulzura y luz, el sabor de sus platos y su cabeza inclinada mientras dibujaba los puzles de seguir los puntos.
 
Encuentro a mi madre en momentos inesperados. Una vecina se persigna en el portal y el mismo gesto de mi madre y de tantas mujeres de su generación al salir de casa. El humo de una chimenea es su mano decidida al encender un una piña en las cocinas gallegas de leña. May Sarton describe sus cuidados de una flor en su Diario de los setenta y las macetas coloridas de mi madre.
 
Cada atardecer enciendo una vela por ella, por mi padre, y el crepitar de la luz es mi madre en las noches de apagón, cuando encendía otra vela para iluminar la cocina y nos entretenía con juegos de cartas. Hoy encontré un cuaderno de sumas y juegos de habilidades que mi madre completó en la rehabilitación tras su ictus. Su letra perdió redondez, como su voz, pero recuerdo su decisión y fuerza por recuperar parte de lo perdido. A veces vuelvo a las fotos de mi infancia —en ocasiones asoma mi madre—y el sentimiento de quiebra en el niño que fui, en todos los hombres que fui y soy. A veces veo sus retratos de joven y me sorprende su serenidad. Es escurridiza, mi madre, en las fotos. Apenas medio centenar antes de los móviles.
 
No consigo conectar con la realidad circundante en estas últimas semanas, ýb. Sólo los cambios de la luz invernal a lo largo del día, los jirones de niebla en las mañanas de lluvia, el cielo estrellado, la agitación de los árboles por los temporales de viento, el vuelo de los gorriones. Los días se despliegan monocordes; o yo no soy capaz de ver mucho más —mi hermana pequeña dice que no sabe por dónde le da el aire. Creo que es eso lo que nos ocurre a los tres hermanos—. Sí se repiten, sin llamarlas, imágenes de sus últimos días. Sus besos de despedida cuando terminaba el turno de visitas en reanimación y la última mañana juntos: cómo insistía en hacer ejercicios de respiración y piernas, cómo miraba a los monitores y le escribía en una pizarra qué significaba cada línea y pitido, su pregunta silenciosa, ella intubada, de qué le había pasado, mi letra al escribir que la quería mucho en esa pizarra que era nuestra voz, mis caricias en cara y pelo y pecho. Si pienso en esas dos horas donde la vimos morir, me rompo.
 
Todo sigue aquí. Hace poco escuché a Juan y medio decir que la muerte de un anciano equivalía a la pérdida de la biblioteca de Alejandría. Y ahora pienso que además de mundos somos bibliotecas.
 
Ahora atardece, ýb. Es un atardecer lento, con unas pocas nubes cálidas y púrpuras. Mi madre se llamaba Luz. Y creo que no podía tener otro nombre mejor. 

lunes, 9 de diciembre de 2024

Los lunes de Anay. Espigas...

Este lunes me ha conmovido especialmente. He visto a mi padre en el poema de Martha Asunción Alonso, en aquella habitación 504 donde murió una tarde de septiembre, su respiración agitada y el brillo de las lámparas en sus ojos semicerrados (parecía, lo sentí entonces, y todavía lo veo ahora, que esa luz reflejada en sus ojos era una porción de vida aún anclada a nosotros). Pensé, y pienso, que con la muerte de mi padre un mundo llegó a su fin y que hace tres años empezó otro donde él es una ausencia tan abrumadora que equivale a la mayor de las presencias. 
Hace una semana mis hermanas y yo volvimos por una tarde a aquel hospital con mi madre. Tenía mareos y una tensión desbocada (a veces sufre de infección de orina y le afecta a la cabeza). El tiempo que estuve con ella en boxes seguí su respiración, la voz pequeña, infantil al intentar hablar, la vulnerabilidad que desprendían sus gestos y su cuerpo. Se quedó dormida unos minutos y la agitación en sus ojos al dormir me hacía preguntarme en qué soñaba, si había vuelto a aquel sueño recurrente donde esperaba a su madre en el puente de su aldea gallega (y su madre no aparecía, y su madre nunca apareció en sus sueños). Mi madre es la única superviviente de su infancia. Mi madre ha visto desaparecer las personas de su mundo.


Los lunes de Anay. Espigas…

"La garganta es un nido
donde se encuba la memoria."

                                                  ROBERTO CONTRERAS


CASTILLA

Íbamos en el coche a Ponferrada,
donde mi abuelo se asfixiaba poco a poco.
Mi padre conducía con los ojos anémicos,
sin mirar el paisaje:
Castilla era su padre y se estaba muriendo.
Yo pensaba en Machado.
Cruzábamos las nubes por la meseta,
horizonte de arcilla,
pinares apretados donde fuimos salvajes y hubo sol.
Las vides retorcidas por el frío.
Los hilos del telégrafo, aquel toro. Íbamos
en el coche al hospital de Ponferrada.
El tiempo era franela, y era adobe.
Silicosis del tiempo.
Yo pensé: Leonor.
¿Qué pensaba mi padre?
Castilla era su padre. Y se acababa.
                                                          MARTHA ASUNCIÓN ALONSO




Feliz lunes.

Un beso,

Anay

lunes, 28 de octubre de 2024

Los lunes de Anay. Lindes...

(Te) escribo junto a nuestro ventanal. Es una tarde lenta y silenciosa. Pasan algunas nubes altas ante la quietud los árboles y la ausencia de gorriones mientras espero la penumbra del atardecer. Podría contemplar este atardecer y ver dispersarse la luz sobre los tejados y las cumbres de los montes hasta el hasta la salida de las estrellas. Lo he hecho en otras épocas, en otros paisajes. Porque hay algo indecible en el extinguirse de la luz.

Este fin de semana tuvimos todo tipo de lluvia. Nuestro sirimiri lento, una lluvia contundente y una lluvia falsa siempre a punto de detenerse. Estaba solo, e. en un viaje con una amiga. En estos días de silencio, sin más ruido que mis gestos cotidianos y los maullidos de maritoñi, leí hasta la penumbra del atardecer sobre las páginas.

Las memorias de Abigail Thomas calan de a poco. Habla de su vida tras el accidente de tráfico que provocó un traumatismo craneoencefálico a su marido y lo despojó del tiempo y de quien era, anclado a una residencia, a temores, iras y alucinaciones. Abigail habla sobre su rutina, el cambio de domicilio, los perros que adopta y que contienen, la culpa y el seguir adelante, el amor en un gesto sencillo y reaprender a ver al hombre que ama. Es un libro delicado.

Ahora me encuentro en la estepa kazaja y el cosmos con Más de un siglo se alarga el día. Llevo casi doscientas páginas y Ediguéi aún está en camino para enterrar a su amigo Qazangap en un viejo cementerio de la estepa. Es en ese viaje a un cementerio donde Chinguiz Aitmátov habla sobre unos personajes solitarios en un paisaje extremo. Voy a lomos de un camello, como Ediguéi, y recorro un lugar mitológico. 

Leer con lluvia de fondo es mi momento predilecto de lectura.


Los lunes de Anay. Lindes…

"Lo sutil
 no puede ser buscado"

                                 MARGARA RUSSOTTO


Es ella. Toca la barandilla del paseo, esquiva las terrazas, señales,
y sale de la hilera de árboles, despacio, sin volverse, su sombra
verde todavía.

                                                           DAVID LOZANO MENA




Feliz lunes.

Un beso,

Anay

lunes, 14 de octubre de 2024

Los lunes de Anay. Normativa...


Hace días que no me ubico en ninguna lectura, en ninguna escritura. Inicio novelas y poemarios que dejo a las pocas páginas, incapaz de sentir las palabras. Sólo algunas frases al azar, algunos versos, consiguen moverme. Los últimos versos de Oda Material de Sharon Olds, por ejemplo: “¡Ama solo donde seas amada! Oh, traje de recién nacido / con un gusano que sonríe sobre el corazón: está / prohibido amar donde no somos amados.” —cómo sobresaltan y estremecen estas palabras, ýb—. O estas frases del relato Nada que declarar de Richard Ford: “No un sonido que pudieras oír. Más bien una fuerza como el tiempo, o algo perpetuo” / “En aquella época simplemente pensaba en llegar a alguna parte. Es mucho mejor que partir”, frases que me hacen pensar en el tiempo como en el desierto de Cielo amarillo —“Un desierto es un espacio. Y los espacios se cruzan”—, o en las ensoñaciones adolescentes antes de que la vida se asiente. En estas épocas de no-lecturas lo fragmentario y los cruces me salvan.


Los lunes de Anay. Normativa…

"Ha llegado el momento de hacer algo
 parece que te dice todo el mundo
 y tú dices que sí, con la cabeza."

                                               ENRIQUE LIHN



Mientras sólo
nos observan de reojo,
nos acusan de irrealistas delirantes
y naufragamos
en las lavadoras.
¿Sobreviviremos
al sopor de las cocinas,
a la puntualidad de los recibos?
Seremos
personas cotidianas,
sólo cotidianas
pero no acudiremos a la cita.
Fingiremos morir.

                                       MARTHA KORNBLITH



Feliz lunes.

Un beso,

Anay

lunes, 1 de julio de 2024

Los lunes de Anay. Lino...

Hace años, cuando niño y adolescente, los veranos empezaban con un viaje nocturno en autobús a las aldeas gallegas de mis padres. En aquellos viajes, entre sueños y mareos y amaneceres, anticipaba el tiempo suspendido y el desorden de los días, las caminatas por el camino blanco entre las casas, bajo el resplandor también blanco de la luna y las sombras de los árboles y los tejados de pizarra sobre nuestros pasos, la luz azulada y titilante de un cielo estrellado y profundo. Se confundías los días y se perdía el domingo entre los demás días —las campanas de la iglesia marcaban las horas entre el ruido de las cigarras y el motor de los tractores y el murmullo del río, campanadas que se alargaban casi a diario cuando llamaban a un funeral o un cabo do ano y parecía que la muerte, nuestra muerte, nos rodeaba y convocaba—. 

*

Hoy he empezado un western. Leo a primera hora, en el metro, primero, y luego el tren que me llevan al trabajo. Apenas cincuenta páginas donde sigo la preparación de una expedición de caza. Es una manera de no dejar marchar aquellos días de la infancia —de recoger migas de pan—, cuando, en los pocos tiempos muertos entre juegos, exploraciones y creerse adulto en los días de recogida y maya, compartía con mi padre novelas baratas del oeste o buscaba en otras bibliotecas historias de viajeros del tiempo y odiseas espaciales. La aventura por la aventura.

*

A veces me gusta pensar que la mirada es circular, que la vida es circular, y que si me detengo en un punto puedo ver todo aquello que fue con la claridad con la que observo mecerse los árboles al viento ahí fuera. Entonces, mi padre coge, ahora, unas flores violetas que llama trompetillas y hace música entre sus labios, mide y marca a lápiz tablas de madera de las que saldrán sillas para mis primos más pequeños, su caña de pescar aparece primero al otro lado del camino y luego él con su camisa abierta y la cesta de mimbre con truchas sobre hojas de eucalipto. Ahora, mi hermana pequeña toca el acordeón para nuestro abuelo sordo, que le pide la pieza —doce cascabeles—, y se escuchan los aullidos de los perros en la noche cuando aparece una nota en particular. Ahora, las partidas de tute hasta la madrugada y las tormentas que asustan a mis tías y esconden la cabeza entre los brazos, en la oscuridad de la cocina y la visita de un loco bueno de ojos azules en nuestra cocina. Ahora, las pocas ventanas intactas del molino abandonado entre zarzas y grietas y que intentamos romper con piedras del camino. Ahora, mi abuelo paterno cuenta una emboscada durante la guerra y mi abuela sonríe al recordar que tardó más de tres años en conseguir destetar a mi padre y mi tía corta con un golpe seguro el cuello de un pavo después de emborracharlo con aguardiente. Ahora, los abrazos de mi tío rodean y acogen a mi madre y mi madre tiene el pelo largo y moreno y el azul brilla en sus ojos y su vestido es colorido y puede andar erguida y sus gestos son seguros y certeros. Ahora, elijo unas alpargatas para el verano en un bar-supermercado y comparto mi primera cerveza con mi tía y mis hermanas y yo deshacemos el orden en la iglesia y nos sentamos juntos en los bancos de la iglesia y descubro que el cielo nocturno sobre mi cabeza también guarda un camino blanco. Ahora, busco las tumbas de mis abuelos entre lápidas en la tierra. Ahora, nuestro juego de lanzar piedras sobre la superficie del río y esas ondas que se expanden hasta desaparecer.


Los lunes de Anay. Lino…

"¿A un día de verano compararte?
 Más hermosura y suavidad posees."

                                                     WILLIAM SHAKESPEARE


HOSTAL ADRIANO

Tal vez el futuro sea esto.
Vivir una prosa más sencilla.
Robarle las sábanas al tiempo.
Ropa blanca tendida al sol.

                                           ANAY SALA



Feliz lunes y feliz verano.

Hasta septiembre, un beso.

Anay

lunes, 29 de abril de 2024

Los lunes de Anay. Guiños...

…Me reencontré con la poeta vocacional de mi sección. Le dije que me gustó mucho su revista poética y me sorprendió ver nombres de mujeres con las que hablo a diario y cuya parte poética desconocía. c., una mujer de unos setenta años, pelo blanco y vestido floreado y holgado me recitó El corcel negro, uno de sus poemas, en el umbral de su casa, su voz cariñosa de abuela mudada en la de una muchacha apasionada que espera la llegada de su amante y es consciente de la verdad de su cuerpo —yo en silencio en el umbral de su casa y c. con la mirada de la mujer que fue y del deseo pasado—. Luego me recordó el poema que escribió a su madre, su voz anhelante al recitar los versos finales, donde un capote rojo en el cielo. Antes de despedirnos pisó tierra y me habló de su día a día: los cuidados de su marido, que ya apenas puede salir de la cama, la comida y los arreglos de ropa para hijos y nietos. De la muchacha de los poemas a la abuela de todos y para todo.


Los lunes de Anay. Guiños…

"Las miradas también tocan."

                                         ULPIANO ROS


HAPPY ENDING

Aunque la noche, conmigo,
no la duermas ya,
sólo el azar nos dirá
si es definitivo.

Que aunque el gusto nunca más
suele ser el mismo,
en la vida los olvidos
no suelen durar.

                             JAIME GIL DE BIEDMA



Feliz lunes.

Un beso,

Anay

lunes, 22 de abril de 2024

Los lunes de Anay. Llanuras...

…Hubo un momento, tras terminar La casa del recuerdo y del olvido, que sentí que había mal-leído mis últimos lecturas. Apenas había conseguido retener algo de los relatos de Gospodínov y Džamonja y sabía que me había perdido algo importante del libro de Filip David. Así que una vez terminé la novela donde David indagaba sobre la partícula divina del mal y los recodos donde se esconde el olvido en la memoria, volví a su inicio. Y en esa segunda vuelta —donde se multiplicaron las frases subrayadas y las hojas dobladas—, las capas ocultas donde dolor y trenes como símbolo de pesadillas y el (sin)sentido de la pérdida. Y en esa segunda vuelta, la impertenencia en los cuentos de Gospodínov y sus cronorrefugios y ese personaje de Gaustín que cambia a cada relato, como Kilgore Trout variaba de una novela a otra. Y ese manicomio de Cartas desde el manicomio de Džamonja que podría ser Sarajevo en guerra y la ausencia de Sarajevo en el exilio, el alcoholismo o la demencial vida norteamericana. Si pudiera, ýb, releería cada uno de mis libros. Ahora, El general del ejército muerto, de Kadaré, me devuelve la prisa por llegar a casa o subir al tren para leer. Ahora, veo la poesía completa de Irazoki y el Diario a los setenta de May Sarton, y los relatos cortos de Dubus, y más Kadaré y revisitar a Rulfo y volver a la Argentina con Soriano y siempre Bobin y la oralidad de Alexiévich, y siento que se me abre un camino homérico.

02.04.2024


Los lunes de Anay. Llanuras…

Sant Jordi 2024

"Oh amores - ciertos falsos,
 sed amores y retozad felices
 en el vacío que os cedo."

                                        PATRIZIA CAVALLI



Asomamos nuestras miradas al camino del sol sobre el mar.
La tarde se iba, náufraga.
- ¿Qué quieres ser, el agua o la luz?
- Lo que no seas tú, para encontrarnos.

                                                           MARÍA CEGARRA






Feliz lunes.

Un beso,

Anay

lunes, 8 de abril de 2024

Los lunes de Anay. Piruletas...

Hoy llueve y hace viento y el cielo gris cruza rápido sobre los montes. Es otra forma de primavera donde la lluvia acrecienta el color de los nuevos brotes. 

Ayer me acerqué al mercado dominical de libros y coleccionismo. Me detuve en las postales y fotografías antiguas con antiguos mensajes de amor y recuerdos entre amantes o familiares, postales que consiguen, por un instante, que esos hombres y mujeres en un difuso blanco y negro y con poses estudiadas parezcan estrellas que nunca mueren. Mi madre guarda las fotos que mi padre le enviaba. Apenas ocupan la palma de mi mano, más sellos que fotografías, primeros planos de mi padre con la mitad de años que tengo hoy yo —la firmeza de su mandíbula y su mirada, el pelo algo alborotado, la camisa blanca bajo la americana negra, el mundo que dejó de existir con su muerte estancado en esas fotografías—. Y detrás palabras de amor y añoranza y corazón roto con su letra grande de muchacho que apenas fue a la escuela. Se desvanece lo corpóreo, creo, lo tangible, aquello que podemos acoger en nuestras manos, cartas, fotografías, postales

Hay un puesto, en el mercado de libros, que me gusta por la excentricidad de su librero. Un poco mayor que yo, canoso, con coleta y barba, es un hombre hablador y ocurrente. Estábamos tres lectores habituales, en una de las esquinas del puesto, y el librero hablaba de cómo aprendió a no ordenar sus libros por nuestra culpa. Cuando empezó, hace años, quería seguir un orden, a veces alfabético, a veces por temática, algo que nos hiciera fácil la búsqueda. Pero desistió. Los lectores sois unos cabrones, nos decía, buscáis y removéis entre las cajas y me hacéis creer que tengo libros atléticos capaces de saltar de una caja a otra. Hemos creado una librería-duna, y junto a una biografía de Churchill te encuentras con novelas de Rosamunde Pilcher, libros sobre la Antártida o poemarios de Derek Walcott. Encuentro cosas interesantes en su puesto, esta vez una trilogía de Danilo Kiš, El palacio de los sueños de Kadaré, los relatos de viajes por su India natal de Ruskin Bond y el propio Walcott. Le gusta recordar una anécdota de José Luis Cuerda cuando nuestra conversación intenta un arreglo perdurable del mundo. Cuerda, nos dice, se reunía con sus amigos. Había embutidos, queso, vino en la mesa. Arreglaban el mundo mientras duraban las raciones. Luego se despedían. Y es aquí donde viene su parte favorita. Nos dice, el librero, que Cuerda se sorprendía cómo, en ese rápido intervalo entre recoger la mesa y abrir la puerta, el mundo volvía a estar descompuesto. Y se ríe. Porque hacemos lo mismo, nos dice. Ahora podríamos ir al siguiente puesto, a un metro de distancia, y el mundo volvería a estar roto. 


Los lunes de Anay. Piruletas…


Miro el jardín y digo: "¡Primavera!"

                                                    CONCHA LAGOS


LEVEDAD

La muchacha
entona una canción elemental, insípida,
mientras va y viene por la casa.
Lleva un traje de flores
ordinario e insulso como los días lunes.
No es tonta,
pero nadie podría decir qué inteligente,
y menos aún qué gracia tiene.
Difícilmente podría recitar las capitales,
jamás
los elementos químicos
ni hablarnos de Beethoven o sor Juana.
La muchacha
llana y vulgar, se pinta ahora las uñas
tarareando su sonsa cantinela.
Su alegría de feria,
rutilante y hermosa en su simpleza,
cae sobre mis manos
escépticas y apáticas
comO un globo de helio que ha equivocado el rumbo.

                                                                          PIEDAD BONNET




Feliz lunes.

Un beso,

Anay.