Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop
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domingo, 1 de octubre de 2017

Kanada. Juan Gómez Bárcena

El tiempo encerrado en el pequeño espacio de una habitación en Hungría, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, o el tiempo como una cinta de Moebius donde no hay una dirección ni un destino concretos sino que es un bucle y un momento preciso en una vida puede ser tanto pasado como futuro o el pasado que reaparece tras el futuro, el tiempo que convierte al protagonista de Kanada en víctima y culpable según qué dirección tome, un hombre destruido que regresa a su hogar tras la guerra y ve que su casa sigue en pie en mitad de la destrucción, y es esa casa lo único que le queda, un espacio donde resguardarse junto a un telescopio, un libro, el cuenteo de las baldosas del suelo y las visitas periódicas del vecino y su esposa con víveres, el regreso que al inicio es una repetición constante de pequeños gestos y hábitos y que se convierte en aislamiento, un ser humano entre cuatro paredes y, fuera, una vida que pasa y cambia de las huellas que ha dejado la guerra a la llegada del comunismo y de ahí de vuelta a los campos nazis mientras el protagonista vive aislado con sus números y sus recuerdos como chispazos y la sensación de estar en varios puntos del espacio y el tiempo.

No sólo es el tiempo lo que predomina en Kanada. Es cómo regresar a la vida tras pasar por una experiencia traumática, qué nos define como la persona que somos, cómo puede sobrevivir un hombre derruido. Todo transcurre en la cabeza del protagonista de Kanada, su regreso, su reclusión en su antiguo despacho, la vida fuera de la puerta que parece una sucesión de sombras, los recuerdos del campo de concentración, de la época donde era profesor y tenía familia, su cabeza una sucesión de espejos y reflejos que, por momentos, convergen en un mismo punto. Si se trastoca la dirección del tiempo, la vida de un hombre pasa a ser algo enigmático y se difuminan las barreras entre culpabilidad e inocencia, entre barbarie y supervivencia.

Kanada se inicia de manera enigmática ­­―ayuda la segunda persona en la que está narrada para esa extrañeza inicial, una voz en la que cuesta entrar pero a la que acabas por acostumbrarte―, un hombre enclaustrado y los gestos que lo agarran a una vida que ya no entiende ―como contar cada parte de su despacho y sentirlo infinito. Entramos en su rutina, en sus gestos maquinal y maniáticamente repetidos, en una especie de vacío que sólo su vecino y su esposa rompen con sus visitas y hacen que el mundo exterior cruce el umbral de la habitación. Están el silencio y los números y las repeticiones al inicio. Luego, el tiempo y los recuerdos y algo que se aclara: un campo de concentración, un pabellón donde se apilan las pertenencias de los judíos ejecutados, la supervivencia por inercia, la lucha fuera del despacho por la tierra y contra las tropas invasoras. Y al final, el tiempo que vuelve sobre sus pasos y cambia la perspectiva de todo.

Ha sido una buena lectura la de Kanada, una pequeña sorpresa, la escritura repetitiva y cotidiana y matemática de Juan Gómez Bárcena que crea una atmósfera extraña, el tiempo que se retuerce y que a veces está tratado como en La flecha del tiempo de Amis o recuerda a Philip K. Dick.








Prefieres cerrar los ojos y recordar los días previos a la guerra, cuando todavía enseñabas Astrofísica en la Universidad Pázmány Péter. Dices antes de la guerra como quien dice hace cien años. Como quien dice mi abuelo o mi padre fueron profesores de Astrofísica, o incluso anoche soñé que enseñaba en la Universidad Pázmány Péter. Pero no es un sueño, sino un recuerdo, y ese recuerdo no te sirve para regresar a las aulas por más que lo intentas. Kanada es una sensación, una sacudida, un golpe que no puede comprenderse y que por eso nunca se borra, mientras que tu vida previa a la guerra es apenas un concepto, una idea que se desvanece en cuanto se explica. Y tú, subido a la tarima, explicabas muchas cosas, ahora lo recuerdas, entre ellas el principio de incertidumbre de Heisenberg. Lo hacía frente al asombro de aquellos alumnos que parecían niños, que entonces no podían entender ―que quizá siguen sin poder entender, ahora que se han convertido en niños que parecen soldados― por qué la mirada tiene un peso; por qué al medir la posición y la velocidad de un cuerpo alteramos la velocidad y la posición de ese cuerpo. Deberías haberles contado esto, piensas, hablarles de esos cálculos laboriosos que sacrifican aquello que se afanan en contar, y ellos tal vez habrían entendido. Quién sabe si podrás contárselo algún día. A veces se te ocurre pensar que tus años en la universidad son tan borrosos porque todavía no han sucedido, porque no son más que proyectos que algún día llevarás a término. Por eso, mientras sientes caer al hombre que tienes a la izquierda, cierras los ojos y piensas: tengo que recordar esto, para que los niños soldados aprendan.
Pero nadie aprende nada, nunca. Tampoco los kapos, que tardan mucho tiempo en revisar a fondo los barracones, hasta dar al fin con el número que se les resiste.
Juan Gómez Bárcena. Kanada. Sexto piso.

sábado, 22 de julio de 2017

El corazón del hombre. Jón Kalman Stefánsson.


Entonces, el deshielo, la llegada de la primavera, el final de un mundo de nieve y su blancura cegadora, la luz en lugar de la oscuridad y la vida que emerge con nuevos sueños, viajes, delirios y amores, con nuevas preguntas y pruebas, con el sonido del viento, las montañas y el mar, un lenguaje diferente que habla de muertos en las profundidades oceánicas y un destino que cumplir. Regresa la primavera y con ella los recuerdos de un invierno donde el muchacho perdió a su amigo Bárđur por culpa de un poema y acompañó al cartero Jens en un paraje nevado y aterrador y empujó un ataúd contra el viento y sintió que los muertos le hablaban y guiaban desde su extremo invisible, sus voces un eco entre las tormentas de nieve, el muchacho entre dos mundos.

Dice un refrán que el corazón del hombre se divide en dos partes, la primera “dicha”, la segunda “desesperación”, una máxima que repiten las voces de los muertos que cuentan la historia del muchacho. Y es ahí, entre la dicha y la desesperación donde se mueve la última parte de la trilogía del muchacho de Jón Kalman Stefánsson. De vuelta en Lugar tras su viaje con el cartero Jens, el muchacho ve alejarse poco a poco el invierno mientras sueña con una mujer de pelo rojo y ojos verdes y se pregunta por el sentido del amor y la vida, el muchacho que ha sobrevivido a una prueba terrible junto al cartero, un mundo blanco que amenazaba con tragarse a los dos y llevárselos con los muertos que cuentan su historia, la única historia que deben contar, la historia de la luz y las tinieblas.

Es primavera y el muchacho se siente perdido entre amores soñados y personajes que se cuestionan su cobardía ante la vida, intentan conservar la independencia en un poblado que los acosa por su mundo utópico o viven apartados de todo y de todos. Crecen la luz y el deshielo, pero la vida sigue su rumbo inhóspito y hay quienes siguen cegado y no por la nieve y las tormentas pasadas sino por el poder y el dinero e intentan hacer de Lugar un pueblo rico, sin raíces ni emoción, la ambición en lucha contra la naturaleza y contra el ser humano, contra la libertad y los deseos. Y el muchacho debe saber navegar entre esa ambición y el microcosmos utópico donde vive (una mujer libre, un capitán ciego, una mujer que abandonó a su marido por una carta del muchacho).

La desesperación que gana en el corazón del hombre, que lo lleva a querer poseerlo todo y a todos, la desesperación de un maestro e intelectual que siente ha desperdiciado su vida y cómo se le escapa el amor, de una mujer que cabalga hasta los acantilados para superar la muerte de su amante, de un muchacho que se debate entre una mujer de ojos verdes y pelo rojo que traspasa la línea de montes y una muchacha impetuosa que está por abandonar Lugar, la desesperación del capitán ciego en su mundo oscuro y de las mujeres que temen a los hombres por su violencia, la desesperación que otorgan la poesía y los sueños. Y tras esa desesperación, el viento encrespado y el mar quebradizo y una tormenta en el corto verano que hace naufragar buques y recuerda su poderío a los habitantes de Lugar, la tormenta como cambio, la idea de salir de Lugar en busca de una tierra que hacer propia, el muchacho y el mundo que dejan atrás una vez más la costa y se internan en un porvenir extraño.

Stefánsson concluye la historia del muchacho y de Lugar en El corazón del hombre, bascula entre la dicha y la desesperación de los personajes, donde se descubre el amor y se pasa de la felicidad al dolor, de la luz a la oscuridad, de una vida frágil a una muerte en el fondo del mar. Éste, como todos los libros auténticos, habla de lo que significa ser un hombre, y lo que dice es que resulta endiabladamente difícil, dice uno de los personajes de El corazón del hombre, y eso hace Stefánsson, escribir la iniciación del muchacho en el mundo y enfrentarlo a la muerte, el amor, los sueños y los deseos, la nieve, las tinieblas, las montañas que se despeñan en el mar y las tormentas. Como los dos libros anteriores, el lenguaje poético de Stefánsson es lo mejor y lo peor del libro, capaz de páginas admirables donde hay una pregunta sobre la línea que separa a vivos y muertos, sobre la capacidad de fabulación, sobre el dolor y la felicidad, y momentos aburridos, cargantes o floridos. Los paisajes de Islandia, el recuerdo de las antiguas sagas, el atisbo de mundos lejanos, la luz y la oscuridad y un muchacho que carga a su espalda todos los sueños y todas las historias.









Es de día, un día lento, límpido, y Jens no está en la habitación. El muchacho permanece un buen rato sentado junto a la ventana, mirando hacia fuera. Observa a un grupo de niños que gritan y ríen mientras juegan entre las casas, han dibujado un gran círculo en la nieve y los tres más altos se esfuerzan en arrastrar a los más pequeños a su interior. Se queda observando, medita sobre lo que ha desaparecido, se frota el pecho; ahí, bajo la piel, está el corazón, que envejece más deprisa que todos los demás órganos, a excepción quizá de los ojos. El número de niños metidos dentro del círculo va en aumento, saltan, previenen o animan a gritos a los compañeros que todavía permanecen en el exterior y que son perseguidos por los tres gigantes. Hace mucho tiempo, todos éramos niños, los veranos eran más cálidos, más largos, y el mundo se extendía ante nosotros, vasto, incomprensible y lleno de promesas. Érase una vez, hace mucho tiempo. ¿Hay alguna fórmula que sea más triste que ésta: «hace mucho tiempo»? Érase una vez, pero ya no es. Hace mucho tiempo, yo era un niño. Hace mucho tiempo, los días eran palacios de cuentos de hadas. Luego se hundieron en un bosque oscuro y se perdieron, nosotros hemos dejado que todo eso sucediera. Dejamos que la vida se agriase, que se volviera grave. ¿Hacia dónde vas, vida, dónde estás, querida amiga?

***

Todas las tempestades se olvidan, casi todas, sea cual sea la violencia que desatan. Todopoderosas ante la vida, aterradoras, golpean cuanto existe, desgarran el mar, sacuden el cielo, son el reino de la violencia y de la fuerza, y uno se arrastra hasta su casa para refugiarse en ella, mientras los ratones de campo se entierran en agujeros bajo la hierba. Luego terminan, se las olvida, las briznas de hierba se enderezan, la brisa pierde el recuerdo de la tormenta, ninguna tempestad ha conseguido alterar la vida diaria hasta el punto de no poder recuperarnos de ella. Lo cotidiano es la hierba de la vida, dijo alguien, sin ello nada sucede. Y es verdad, lo cotidiano es como una hierba que se puede quemar hasta la raíz, pero que rebrota despacio, se abre camino a través de la noche, y luego, de pronto, florece. Pero está claro que esta tempestad nos puso a todos en peligro mientras duró, nos entristeció y asustó, porque estamos en junio, el reino de la luz, que el viento ha hecho pedazos y la lluvia ha desmenuzado.
Jón Kalman Stefánsson. El corazón del hombre. Traducción de José Manuel Fajardo. Editorial Salamandra.

martes, 4 de julio de 2017

Apegos feroces. Vivian Gornick

a) Es una confrontación. Entre hija y madre. Entre presente y pasado. Entre quienes fuimos, lo que aspiramos a ser y aquello que heredamos y nos da forma a pesar de nosotros, de nuestra renuncia a ello, de nuestra pelea y búsqueda de una identidad propia e independiente. Hay una lucha entre madre e hija, y como en toda lucha, quedan las heridas, algunas sin cicatrizar a pesar de los años pasados, el dolor, la renuncia y la separación, la pregunta sobre si las decisiones importantes se toman para alejarse de la imagen materna y no repetir patrones o desde una libertad propia y pura.

a1) Vivian Gornick escribe sobre su vida y la relación con su madre sin ambages ni paños calientes, hay inteligencia, rabia, diversión y erotismo en su mirada, se ve a sí misma y a su madre sin un velo dulcificado por el tiempo. La madre poderosa, cruel a veces, sin pelos en la lengua, una especie de reina en el edificio del Bronx donde Gornick pasó su infancia. La hija que recuerda su descubrimiento del mundo, el papel de su madre en él, la búsqueda de su propio camino, los descubrimientos del deseo, la pasión, el vacío y la creación, el pequeño y estrecho canal que la divide y por el que transitan sus palabras, un canal que libera y ahoga, que muestra lo oculto o permanece en silencio, Gornick que siente su forma, cómo se contrae o se estira.



b) Dos mujeres que pasean por las calles de Nueva York, que se acercan o discuten, que se atacan o se callan en un silencio ciego, que buscan algo de paz, vuelven una y otra vez a una misma conversación, la madre que consagró su vida a una idea romántica del amor, su viudedad que la convierte en una actriz solitaria sobre un escenario y su dolor en algo que mostrar al mundo, la hija que pasa por relaciones donde no hay conexión o transcurren en un equilibrio precario, a medio camino entre la felicidad y el abismo, madre e hija que no logran encontrarse en un punto intermedio, que sienten la amenaza de la otra, que hay una dureza soterrada, algo que no acaba de definirse y que las mantiene alejadas.  

c) Los museos y las cafeterías, el ajetreo de las calles y la soledad del fin de semana, los vagabundos locos y los encuentros casuales, un edificio en el Bronx donde vivir una infancia en un mundo que se desintegraba poco a poco, un microcosmos de familias judías donde irrumpe una gentil ucraniana con su sencillez y su sensualidad y descubre a Vivian Gornick el deseo y la voluptuosidad, alguien que se aparta de las normas maternas, que ve el amor como medio de supervivencia y no como un ideal romántico desfasado y falso.

c2) Están las descripciones cotidianas de un barrio en el Bronx, una mirada al pasado, a la vieja casa, a los personajes extraños que la poblaban, judíos que emigraron en busca de una nueva tierra y cuyos hijos se encuentran entre las raíces del viejo mundo y aquello que viven en su nuevo mundo. Están las mujeres que abandonan su trabajo por matrimonio, mujeres que son madres, esposas, amas de casa, su libertad y mirada constreñidas ante la idea patriarcal de la mujer, un mundo en el que los hombres eran sexo, pero y las mujeres. Y, en ese mundo doméstico, Nettie, una mujer que encarna la sensualidad y el deseo. Están las preguntas de Gornick sobre su infancia y su paso a la adolescencia, su cambio en la manera de mirar la vida y las relaciones, sentir que hay un mundo invisible alrededor. Está el presente donde la madre lleva más años viuda que casada y la hija siente la velocidad del tiempo. Están dos mujeres enérgicas.



d) La escritura de Gornick es pura inteligencia y sencillez, mezcla lo cotidiano con la reflexión sobre el papel de la mujer, las relaciones familiares, el deseo y el amor. Hay rabia y tristeza a partes iguales, hay una pregunta sobre aquello que somos, nuestras raíces, nuestras metas, el mundo en qué vivimos y cómo nos colocan en un lugar que muchas veces sentimos extraño, hay una madre y una hija que se enfrentan y se necesitan y se hieren y sobreviven y salen adelante.








La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora. Estamos atrapadas en un estrecho canal de familiaridad, intenso y vinculante: durante años surge por temporadas un agotamiento, una especie de debilitamiento, entre nosotras. Después, la ira brota de nuevo, ardiente y clara, erótica en su habilidad para llamar la atención. Últimamente estamos a malas. La manera que tiene mi madre de «lidiar» con los malos momentos es echarme en cara a gritos y en público la verdad. Cada vez que me ve, dice: «Me odias. Sé que me odias». Voy a hacerle una visita y a cualquiera que esté presente –un vecino, un amigo, mi hermano, uno de mis sobrinos– le dice: «Me odia. No sé qué tiene contra mí, pero me odia». Del mismo modo, es perfectamente capaz de parar por la calle a un completo desconocido cuando salimos a pasear y soltarle: «Ésta es mi hija. Me odia». Y a continuación se dirige a mí e implora: «¿Pero qué te he hecho yo para que me odies tanto?». Nunca le respondo. Sé que arde de rabia y me alegra verla así́. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia.
Pero paseamos por las calles de Nueva York juntas continuamente. Ahora ambas vivimos en el Lower Manhattan, nuestros apartamentos están a kilómetro y medio de distancia y, cuando nos visitamos, lo hacemos a pie. Mi madre es una campesina urbana y yo soy la hija de mi madre. La ciudad es nuestro elemento natural. Las dos tenemos aventuras a diario con conductores de autobús, mendigas que arrastran carritos, acomodadores y locos callejeros. Pasear saca lo mejor de nosotras. Yo ahora tengo cuarenta y cinco años y mi madre, setenta y siete. Está fuerte y sana. Recorre la isla conmigo sin dificultad. Durante estos paseos no nos queremos, sino que a menudo rabiamos una contra la otra, pero de todas formas paseamos.
Vivian Gornick. Apegos feroces. Traducción de Daniel Ramos Sánchez. Editorial Sexto piso.

viernes, 23 de junio de 2017

Los pichiciegos. Rodolfo Fogwill

Viven bajo tierra. Como aquellos bichos, los pichiciegos. En un refugio/madriguera. Durante el día se cuentan historias protagonizadas por judíos. Hablan de Gardel. De culear. De los milicos y los montoneros. Y recuerdan su vida fuera de Las Malvinas. Sienten las bombas que tiran los aviones sobre la tierra, la guerra desencadenada en la superficie. De noche buscan provisiones. Hacen intercambios con los ingleses o los argentinos. Se esconden tras las rocas para que no les peguen un tiro y se cagan de frío. Ven descender los aviones y las trayectorias extrañas de los misiles. No quieren ser un soldado helado (un muerto). Ni acarrear fríos (heridos). Regresan al calor del refugio y esperan. Su comunidad se divide entre los Reyes Magos, aquellos que construyeron la madriguera y se escondieron en ella para no participar en la guerra, los almaceneros, que apuntan y distribuyen los víveres, cigarros, alcohol, comida, los que salen en misiones nocturnas para abastecerse, los que callan y duermen porque se saben prescindibles. Son los pichis. Son jóvenes, soldados, desertores. Y tienen miedo.

Fogwill escribe sobre un puñado de soldados argentinos y la guerra de las Malvinas sin necesidad de escenas de combates ni parlamentos antibelicistas. Muestra a un grupo de desertores, su madriguera, su espera al final de la guerra, muchachos rosarinos, cordobeses, tucumanos embarcados en una guerra que les es ajena, su miedo a ser descubiertos, a morir, sus días bajo tierra y las noches a la intemperie en busca de víveres en una isla fantasmal donde sólo parecen quedar ovejas, hablan de la situación argentina, los militares en el poder, los aviones sobre el mar y los hombres y mujeres lanzados al mar desde miles de pies de altura, ven la guerra desde otro lugar, el sonido de los aviones y misiles, las explosiones lejanas, los días finales de largas colas de soldados rendidos. Forman una pequeña comunidad fuera de la guerra y apartados de la vida, sólo les quedan la espera y el final.

Y mientras esperan, es miedo lo que sienten los soldados. Miedo a una bala, algo tangible y momentáneo, y miedo al mismo miedo, algo que no se separa de la piel, que condiciona cada instante de la vida de los pichis y hace salir el instinto de cada uno a la superficie, acumular cosas, ser más inteligentes o más cautos, hacerse invisibles. Los pichiciegos es ese miedo constante, es la angustia del momento, es la claustrofobia del encierro, es saberse en suspenso y sentir dentro del pecho ansiedad por una bala perdida, una misión de abastecimiento fallida, ser expulsados del refugio al día y la intemperie. Y en ese miedo visiones de monjas entre nubes.

El miedo: el miedo no es igual. El miedo cambia. Hay miedos y miedos. Una cosa es el miedo a algo —a una patrulla que te puede cruzar, a una bala perdida—, y otra distinta es el miedo de siempre, que está ahí, atrás de todo. Vas con ese miedo, natural, constante, repechando la cuesta, medio ahogado, sin aire, cargado de bidones y de bolsas y se aparece una patrulla, y encima del miedo que traes aparece otro miedo, un miedo fuerte pero chico, como un clavito que te entró en el medio de la lastimadura. Hay dos miedos: el miedo a algo, y el miedo al miedo, ése que siempre llevas y que nunca vas a poder sacarte desde el momento en que empezó.
Despertarse con miedo y pensar que después vas a tener más miedo, es miedo doble: uno carga su miedo y espera que venga el otro, el del momento, para darse el gusto de sentir un alivio cuando ese miedo chico —a un bombardeo, a una patrulla— pase, porque esos siempre pasan, y el otro miedo no, nunca pasa, se queda.

Los pichiciegos queda como una novela extraña y atrayente, un acercamiento subterráneo a la guerra de Las Malvinas y a un puñado de muchachos que deciden no tomar parte de ella. Y alrededor de esa decisión, la política argentina, la vida que han dejado atrás los soldados y el destino que les espera.










Llamaban helados a los muertos. Al empezar, las patrullas los llevaban hasta la enfermería del hospital del pueblo; después se acostumbraron a dejarlos. Iban por las líneas, desarmados, llevando una bandera blanca con cruz roja, cargando fríos. Fríos eran los que se habían herido o fracturado un hueso y casi siempre se les congelaba una mano o un pie. A ésos los llevaban a la enfermería, y si había jeeps y gente apta los llevaban después a la enfermería de la pajarera, donde bajaban los aviones a buscar más heridos y a traer refuerzos de gente, remedios y lujos para los oficiales. Para llegar hasta la pajarera había que cruzar el campo donde siempre pegaban los cohetes: se veía desde lejos un avión solitario que parecía quedarse quieto en el aire, después se lo veía girar y volverse para el lado del norte, y enseguida llegaban uno o dos cohetes que había disparado. Pegaban en el campo echando humo, hacían una pelota de fuego y después una explosión que trepidaba todo y el aire se enturbiaba con un ácido que ardía en la cara. ¿Quién iba a querer cruzar el campo para llevar heridos? La explosión repercute adentro, en los pulmones, en el vientre; hasta pasado mucho tiempo sigue sintiéndose un dolor en los músculos que se torcieron adentro por el ruido, por la explosión.
Cruzar el campo a pie da miedo, porque se sabe que allí pegan los cohetes y se arrastran por el suelo —todo quemado— como buscando algo. Los que andan por ahí están siempre temiendo y se les notan los ojitos vigilando a los lados. Muchos se vuelven locos. Un cohete explotó a un jeep: cuentan que cada uno de esos cohetes británicos les cuesta a ellos treinta veces más caro que los mejores jeeps británicos.

( … )

Los Reyes no rezaban, nadie rezaba. Casi nadie creía en Dios. Él dudaba: Viterbo decía no creer. El Turco seguro que no creía en nada y el Ingeniero, que era hijo de evangelistas, decía creer cuando sentía miedo; después no.
Y entre los pichis, nadie rezaba. Aunque: ¿quién puede descartar que cuando se iban a dormir y se acostaban callados, pensaban y rezaban para adentro?
Nadie lo puede descartar. ¿Verdad? Los Magos decían que Pugliese se estaba volviendo loco porque una noche, volviendo con Acosta de un viaje a la Intendencia, contaron que mientras esperaban la oscuridad para entrar al tobogán sin delatar el sitio donde lo habían disimulado, cuando estaban todavía enterrados en la sierra, habían sentido voces de mujeres. Que no eran malvineras, dijo Acosta, y que hablaban casi como argentinas, con acento francés. Él no las vio, las escuchó. Pero Pugliese dijo que él corrió a verlas, que se desenterró de la arenilla para verlas porque sintió que estaban cerca, y se asomó entre las piedras y vio dos monjas, vestidas así nomás de monjas, en el frío, repartiendo papeles en medio de las ovejas que les caminaban alrededor.
El Turco dijo que Pugliese se estaba volviendo loco. Los otros dijeron que eran visiones que se les producían por el cansancio. Acosta, que había estado en las piedras al lado de Pugliese, dijo que podía ser, pero que él había oído a las mujeres hablar y a las ovejas balar y que lo que se oye no es una visión, y que después sí vio a Pugliese acercarse haciendo un ruido con los dientes que le dio miedo; más miedo del que siempre llevaba.
Los Magos convencieron a todos de que Pugliese estaba medio loco. Muchos se vuelven locos. El Turco los puteaba porque con la historia de las monjas habían perdido no sé qué paquetito que les mandaban los de Intendencia:
—Lentos y mentirosos. ¡Y para colmo boludos y ahora locos! —recriminaba el Turco.
Pero la noche siguiente, después de la comida, llegó Viterbo con García. Habían salido a campear un cordero.
De vuelta en el calor, tomando media botella de Tres Plumas, todavía temblaban.
Miraban a Pugliese. Lo miraban al Turco. Miraban a los otros y hablaban muy bajito. Contaba Viterbo:
—Las vi yo, las vio él. Hablaban. Así, como dijo Pugliese la otra noche. Dos monjas. ¡Hacía diez grados bajo cero, al menos! Le hablaron a él, a García.
El estudiante quería interrumpir, castañeteaba, hacía que sí con la cabeza y trataba de dibujar con las manos una monja en el aire.
—¿Qué eran?
—Eran monjas. ¡Las vimos! —tartamudeaba Viterbo—. Hablaban. Había corderos con ellas: las seguían.
—¿Y por qué no agarraste uno? —jodió alguien.
—Aparecieron de repente, del aire, de esa neblinita que flota arriba del suelo cuando se para el viento, nacieron.
Rodolfo Enrique Fogwill. Los pichiciegos. Editorial Periférica.

lunes, 29 de mayo de 2017

Dispara a todo lo que se mueva. Nick Turse

La matanza de ancianos, mujeres y niños en My Lai no fue un hecho aislado en la guerra de Vietnam. Es lo que trata de explicar Nick Turse en su ensayo Dispara a todo lo que se mueva, la guerra no como un combate contra un ejército enemigo, sino como un espacio de fuego libre donde cualquier persona es un objetivo, ya sean campesinos, francotiradores o bebés, y los poblados y campos han de ser arrasados hasta que no quedase un atisbo de vida. Y lo hace de manera detallada, con informes desclasificados, cartas de soldados, actas de consejos de guerra, expedientes y comunicaciones del alto mando, reportajes y noticias de la época, declaraciones de los periodistas, soldados y supervivientes de las matanzas. Turse inicia su libro con un repaso a las cuatros horas donde miembros de la Compañía Charlie destrozaron My Lai y las raíces de la guerra que se hunden años atrás, los tiempos de Vietnam como una colonia, la división en dos del territorio, la promesa de unas elecciones que nunca se llevaron a cabo por miedo al triunfo comunista.

My Lai, que fue un hecho conocido y repudiado en su momento, opacó las demás matanzas sobre la población civil. Turse (de)muestra cómo los mandos militares y políticos plantearon una guerra donde las matanzas y los crímenes eran una estrategia y no algo aislado fruto de un puñado de manzanas podridas. Vietnam no es sólo la derrota del ejército norteamericano y las mentiras continuas de las diferentes administraciones sobre las motivaciones y la deriva de la guerra, también (sobre todo), el drama de los campesinos de Vietnam del Sur, atrapados en una guerra que no entendían y su negación a dejar atrás sus hogares, sus campos de trabajo y a sus ancestros por los suburbios de Saigón o los campos de internamiento en los que pasar hambre y miseria.
   .
Alcanzar el punto crítico, el momento en el que los soldados norteamericanos mataran a más enemigos de los que sus adversarios vietnamitas pudieran reemplazar. La idea del punto crítico era brutal, la manera de saber si se llegaba a él era a través de los recuentos de bajas, y obtener un buen número de bajas se convirtió en el objetivo del ejército norteamericano. Se incentivaban las bajas con permisos y medallas, se daban instrucciones poco claras, se presionaba para conseguir un número determinado de muertos para, luego, superarlos en los siguientes combates. Desde el entrenamiento en Estados Unidos se inculcaba a los futuros soldados que los vietnamitas estaban por debajo de lo humano, se les animaba a matar, matar, matar. Una vez en combate, muchachos lejos de su hogar, con miedo e ideas preconcebidas, asumían el disparar a todo lo que se moviera como parte de la guerra. Los mandos ocultaban los informes de las matanzas, hacían consejos de guerra que eran una farsa, seguían presionando por un recuento de bajas alto, aunque en esas bajas hubiese más campesinos que combatientes vietnamitas.

Turse detalla el sistema de combate del mando americano en Vietnam, la presión ejercida sobre los soldados, la zona de fuego libre, convertida en una sucesión de cráteres, aldeas quemada y fosas comunes, esa guerra que siempre estuvo a punto de ser ganada y que acabó por ser una derrota dolorosa. Más allá de My Lai hubo centenares de matanzas. Se respondía al fuego de un francotirador con napalm y artillería que arrasaba los poblados de campesinos, se entraba en esos poblados y se mataba a todo lo que se moviera, seres humanos y animales, se violaba y mutilaba a ancianos y mujeres, se destrozaban los cuerpos de los bebés, se colocaban armas para disfrazar la matanza en un enfrentamiento con el vietcong, pero los números mostraban la verdad, por cientos de muertos vietnamitas ninguna arma y ninguna baja americana. Eran gooks, no humanos, y esa idea del mando arraigó en muchos soldados.

Los helicópteros sobre los arrozales y los artilleros esperando una señal para disparar sobre los hombres que trabajaban en los campos, las mujeres violadas y luego asesinadas, las aldeas quemadas y los ataques a sampanes de pescadores, la defoliación y los herbicidas tóxicos, las granadas en los búnkeres y los ancianos molidos a golpes, los campos de internamiento donde morir por inanición, las celdas tipo jaulas de tigre que convertían a hombres en seres deformes. Turse muestra la guerra que se ocultó al pueblo norteamericano, aquella que produjo millones de bajas civiles de manera consciente. Y lo hace gracias a los testimonios de quienes lucharon por mostrar la verdad al volver a su tierra, con documentos del alto mando y cartas de soldados que describen, asolados, qué ocurría en su compañía, lo hace con números, con las palabras de los supervivientes, con recortes de prensa y reportajes no publicados. El trabajo y las pruebas son inmensos.

Dispara a todo lo que se mueva deja una pregunta al aire, qué tipo de guerra libra Estados Unidos tras Vietnam.








El asesinato de una docena de civiles aquella noche de octubre de 1967, varios meses antes de la matanza de My Lai, es apenas una nota a pie de página en la historia empapada en sangre de la guerra de Vietnam. Sin embargo, en la historia de Trieu Ai se puede ver prácticamente, como en un modelo reducido, el desarrollo de toda la guerra. Aquí estaban repetidos el bombardeo aéreo y el fuego de artillería machacando a la población rural casi diariamente y obligándola a meterse en los búnkeres subterráneos. Aquí estaba el incendio deliberado de las casas de los campesinos y el traslado de sus moradores a campamentos de refugiados, donde sus movimientos eran estrictamente controlados por el gobierno. Y aquí estaba también el resultado inevitable del entrenamiento de los soldados: las incesantes consignas de «Mata, mata, mata», la deshumanización de los dinks, gooks, «vietnamitas-de-mierda», «ojos-oblicuos», y la insistencia constante en que incluso las mujeres y los niños pequeños debían ser considerados enemigos potenciales
Los elementos clave presentes en Trieu Ai se repiten una y otra vez en los expedientes de los crímenes de guerra y los recuerdos de los excombatientes. Soldados furiosos preparados para asestar golpes, a menudo después de sufrir bajas en la unidad, civiles atrapados en su camino, y oficiales en el campo emitiendo órdenes ambiguas o ilegales a jóvenes condicionados para obedecer: ésa fue la receta básica de gran parte de los asesinatos en masa llevados a cabo por los soldados de Ejército y los marines a lo largo de los años.

***

Hubo que esperar a la primavera de 1970 para que la historia de Henry apareciera por fin en la prensa, publicada en el primer número de una revista dedicada a la revelación de escándalos y que iba a ser de corta vida, Scanlan´s Monthly. En una conferencia de prensa, manifestó a los periodistas que «incidentes similares a los que he descrito ocurren a diario y difieren unos de otros sólo en el número de personas asesinadas». Al día siguiente aparecía en Los Angeles Times un breve artículo sobre estas observaciones, e investigadores del Ejército se reunieron finalmente con Henry para una entrevista. Pero aunque se quedaron una declaración jurada suya de diez páginas, a estas alturas Henry tenía ya muy poca fe en la justicia militar. «Nunca tuve la impresión de que estuvieran haciendo algo», me decía años más tarde.
Sin embargo, Henry no se dio por vencido. En enero de 1971, reunió a más de un centenar de excombatientes de Vietnam que testificaron en Detroit en un acto organizado por la VVAW que ellos llamaron «Investigación Soldado de Invierno» (El nombre se tomó de un panfleto escrito por el patriota revolucionario Thmas Paine en 1776, que comenzaba: «Éstos son tiempos que ponen a prueba el alma de los hombres. El soldado de verano y el patriota del buen tiempo se abstendrá de prestar servicio a su país en esta crisis, pero el que se mantiene firme ahora, merece el agradecimiento de hombres y mujeres»). Una vez más Henry transmitió su experiencia a la audiencia, con escalofriantes detalles:

Entramos en una pequeña aldea. Diecinueve mujeres y niños fueron rodeados como sospechosos vietcongs. El teniente que los reunió llamó al capitán por radio y le preguntó qué debía hacer con ellos.
El capitán se limitó a repetir la orden que había dado el coronel aquella mañana. La orden era disparar a todo lo que se moviera […]. Cuando yo caminaba hacia él, me volví, y miré hacia el lugar, miré hacia donde estaban los vietcongs, los supuestos vietcongs, y vi a dos hombres que sacaban de una choza a una joven, de unos diecinueve años, muy hermosa. No llevaba ropa, así que supuse que la habían violado, lo que era perfectamente SOP [estándar operating procedure] –el «procedimiento operativo habitual» para civiles– y fue empujada el montón de las diecinueve mujeres y niños. Entonces cinco hombres colocados alrededor del círculo abrieron fuego con sus M-16 automáticos. Y ése fue el final de todo.
Nick Turse. Dispara a todo lo que se mueva. Traducción de María Tabuyo y Agustín López Tobajas. Sexto Piso.

lunes, 15 de mayo de 2017

tres apuntes sobre El banquete celestial. Donald Ray Pollock

1) Estamos en una época en la que confluyen un mundo en extinción, el salvaje oeste, y otro que nace, el mundo moderno de la primera guerra mundial, preludio de los locos años veinte, la gran depresión y la segunda guerra mundial. Los tres hermanos Jewett sueñan con el viejo oeste que retrata la única novela que poseen, Vida y época del sanguinario Bill Bucket, imaginan forajidos de leyenda, grandes hazañas y la libertad de los espacios abiertos, una manera de evadirse de su realidad como aparceros en una tierra pobre y bajo la mano férrea y dictatorial de su padre, un hombre que tuvo una revelación en un encuentro con un vagabundo y busca las mayores penurias y el peor de los sufrimientos para alcanzar el banquete especial que espera a aquellos que evitaron tentaciones y vivieron de manera austera. Todo sea por la redención final, ese sueño del paraíso futuro que hace del padre de los Jewett un  hombre difícil y extraño, alguien con un destino que alcanzar y capaz de la mayor mortificación con tal de sentir que está más cerca de él.


1b) Los tiempos han cambiado, dicen los personajes de Peckinpah en Grupo salvaje. En un momento donde quedan pocas carretas o caballos de tiro y aparecen los primeros aviones y se moderniza el armamento de los ejércitos, los hermanos Jewett miran al pasado e imitan a Bill Bucket y se convierten en atracadores de bancos a la usanza del salvaje oeste. Los Jewett son tres quijotes fuera del tiempo: toman como referencia una vieja novela y la consideran un relato veraz de la vida de los forajidos, y se apartan del banquete celestial del que tanto les habló su padre y buscan algo que cambie en sus vidas,  Cane, el mayor, quiere un nuevo lugar donde empezar de cero, Cob, mujeres y dinero, Chimney, el hermano pequeño, comida y amistad. Tres muchachos que leen al anochecer las aventuras del sanguinario Bill Bucket y creen en él y en su mundo desaparecido creen, cada sentencia una forma de vivir, cada gesto algo que aprender. Y, ahí está lo cómico, son capaces de atracar bancos sólo con las pistas que obtienen de la lectura de las aventuras de Bucket.


2) Pero El banquete celestial no se detiene únicamente en las correrías de los hermanos Jewett, sus primeras víctimas y atracos, sus caras en los carteles de se busca, su intento por llegar a Canadá e iniciar una nueva vida. Hay un granjero que busca a su hijo descarriado en un campamento militar, hay un inspector de letrinas, corto de entendederas y con un sexo descomunal, que conoce la intimidad de cada habitante de la ciudad, hay un chulo que se instala con tres mujeres a las afueras de la ciudad y espera hacerse de oro a costa de los soldados de instrucción, hay un vagabundo negro, orgulloso de su bombín, que va de mujer en mujer y vive de ellas hasta que se les acaba el dinero, hay un oficial que busca el amor de otros hombres en un cuartucho encima de un teatro, hay una partida de hombres que rastrean a los hermanos Jewett y crean una estela de violencia a su paso, hay infinidad de personajes secundarios y mínimos, de apenas media página, con los que Donald Ray Pollock crea un microcosmos parecido al de sus relatos de Knockemstiff: historias turbias y violentas y seres desarraigados y perdidos que guardan sueños (de amor, de lucha, de grandeza) que parecen inalcanzables.


2b) Esta abundancia de personajes, con Pollock dando nombre a un centenar largo de ellos y describiendo, a veces a trazos, a veces en detalle, su vida y milagros, hace que la lectura sea repetitiva en algunos capítulos. Como en los relatos de Knockemstiff, Pollock mezcla humor, crueldad, escatología y sordidez: gusanos que salen del interior de los cadáveres, hombres que observan la mierda de sus conciudadanos, mujeres capaces de la mayor perversión sexual, algunos hombres y mujeres andrajosos física y moralmente.


3) La editorial habla de influencias en la novela de Pollock: Faulkner, McCarthy, O´Connor, Peckinpah, Tarantino y los hermanos Coen. Jugando a las comparaciones, yo me quedaría con los westerns de Peckinpah y Sergio Leone y las novelas extrañas y turbias de Erskine Caldwell. Lo mejor de Pollock es que se siente cómodo en el fango, es crudo y brutal y hace que algunos de sus personajes bordeen el abismo, sabedores de su negro destino y que intenten sobrevivir en un mundo violento y descarnado. Sólo la inocencia de alguno de ellos, que alberga el sueño de un hogar más allá del banquete celestial, parece digna de ser salvaguardada.


3b) El banquete celestial no llega al nivel de los relatos de Knockemstiff, es una novela dispersa por momentos y a la que le sobran algunas páginas (y personajes), pero aún así se disfruta del mundo de Pollock con personajes en el extremo y un salvajismo primitivo.








Antes de darse cuenta, Pearl ya le estaba explicando al hombre lo sucedido con Lucille y el gusano y contándole todos los infortunios que habían venido después. Le confesó que incluso estaba empezando a preguntarse si acaso Dios existía, y en caso de que si, por qué trataba a algunos tan mal mientras que a otros no les pedía nada de nada. No tenía lógica. Era imposible que sus irrisorios pecados se correspondieran con las tribulaciones que les había tocado pasar a su familia y a él. Al terminar Pearl, el hombre se pasó mucho rato sentado acariciándose la barba larga y apelmazada. Luego se echó un vistazo a los pies callosos. Se inclinó hacia delante y empezó a tirarse con los dedos nudosos de una de las uñas del dedo gordo del pie. Sin una sola mueca de dolor, se la arrancó y la sostuvo para que Pearl la viera.
-No lo has entendido, amigo -dijo el hombre-. La verdad es que has sido elegido. Dios te está dando la oportunidad de resucitar mejor, igual que se la dio a tu señora. Sin participar uno de la miseria del mundo, no puede haber redención. Ni tampoco habrá gracia. Esto no debería sorprenderte si lo estudias bien. Mira lo que Él dejó que le hicieran los judíos a Su propio hijo. La mayoría de nosotros lo tenemos condenadamente fácil en comparación con el sufrimiento que tuvo lugar aquel día. Pero esos que hoy en día llaman «predicadores» no quieren contarle la verdad a la gente. El viejo Satanás los ha convencido de que la salvación se puede obtener a cambio de casi nada. Caray, hay algunos que hasta van por ahí con su ropa elegante diciendo que el Señor quiere que todos seamos ricos. ¿Cómo duerme alguien así por las noches, contando esas mentiras, usando a Dios para llenarse los bolsillos? Un puro sacrilegio, eso es lo que es. Espera y verás, cuando llegue el Día del Juicio serán esos los que más ardan. Es una lástima que sus rebaños vayan a terminar ardiendo junto con ellos. No, si quieres la redención tienes que dar la bienvenida a todo el sufrimiento que te llegue.
-¿De verdá cree usté eso? -dijo Pearl, mirándole el dedo ensangrentado del pie y acordándose del sombrero de piel de castor y de los guantes de gamuza que el reverendo Hornsby de la iglesia de Hazelwood llevaba con un orgullo un poco excesivo.
-Amigo, usted y esos chavales que tiene podrían ahogarme en ese río ahora mismo y sería lo mejor que me ha pasado en la vida.
-No sé -dijo Pearl-. Entiendo que dormir al raso y pasar hambre de vez en cuando le pueda hacer bien a uno, pero, señor, es que nosotros nos estamos muriendo de hambre.
El ermitaño sonrió.
-Yo no he comido nada en una semana más que unos cuantos renacuajos y las criaturas que me encuentro en la barba. Y no quiero nada más.
-En ese caso -dijo Pearl-, ¿qué gano yo con la redención esa de la que me habla?
-Pues que un día podrás comer en el banquete celestial –dijo el hombre-. Y entonces ya no escarbarás en busca de migajas, te lo garantizo.
-¿El banquete celestial? -repitió Pearl.
Nunca había oído hablar de aquello, y se preguntó si tal vez habría estado dormitando la mañana de domingo en que el reverendo Hornsby había predicado sobre el tema.
-Eso mismo -dijo el ermitaño, tirando la uña al suelo-. Pero acuérdate, solamente se sentarán en él quienes rehúyan las tentaciones de este mundo.
-¿Me está diciendo entonces que los que lo pasan bien aquí abajo no llegan nunca a la Tierra Prometida?
-Lo tienen prácticamente imposible, pienso yo. Demasiadas manchas en la ropa y demasiados deseos en el corazón.
Pearl cogió un puñado de tierra arenosa y dejó que se le escurriera entre los dedos. Era obvio que el hombre era un pensador.
-Bueno, pues déjeme que le pregunte una cosa -dijo-. ¿Qué pasa con este ruido que oigo en la cabeza? Daría el resto de mi vida por una noche sin oírlo.
-Acércate -le dijo el hombre.
Pegó la oreja a la de Pearl y contuvo la respiración. De lejos parecían dos amantes agotados mirando correr las aguas. Una libélula de alas azules flotó un momento sobre sus cabezas canosas y después salió disparada y se metió en una mata de espadañas marrones.
-Cielos -dijo el ermitaño, después de pasar varios minutos escuchando el zumbido de dentro de la cabeza de Pearl-. Parece que te estés preparando para parir una estrella ahí dentro.
-¿Cree usté que se marchará?
-Oh, ya lo creo -dijo el hombre-. Es lo único bueno que tiene esta vida. Que nada dura mucho. -Luego echó un vistazo al pájaro que estaba en el ciprés y cogió su vara-. Bueno, me ha gustado hablar contigo, hermano, pero veo que mi pequeño amigo está listo para marcharse. ¿Quién sabe? Quizá un día de estos nosotros también tendremos alas.
Justo cuando se estaba poniendo de pie, estalló un estrépito en el río y Cane gritó de alegría y tiró un siluro enorme a la orilla. El hombre negó con la cabeza mientras lo veía dar brincos en el barro.
-Más le vale decirles que lo vuelvan a tirar al agua -le dijo a Pearl.
-No puedo hacer eso, señor. Es su cena.
-Hazme caso -dijo el hombre-. Si les dejas comerse ese bagre, pronto los chavales querrán tenerlo todo fácil.
Luego se metió en el río y empezó a cruzarlo. En el punto más hondo, el agua le cubrió por encima del pecho y de pronto la barba se le puso a flotar delante de la cara como si fuera una boya. Una masa de insectos subió correteando a la parte alta del nido de pelo de su cara para evitar ahogarse, y Pearl vio cómo el pájaro blanco bajaba volando del árbol y se ponía a picotearlos uno a uno y a colocarlos en la lengua extendida del ermitaño.
Nada más desaparecer el hombre entre los árboles del otro lado, el crepitar de la cabeza de Pearl se detuvo con un chisporroteo y no volvió nunca más. Por un breve instante Pearl quedó sumido en un silencio total y profundo, y en ese momento glorioso empezó a ver a Dios bajo una luz nueva. Si la vida iba a ser dura, por lo menos el ermitaño le había dado una buena razón para ello, incluso una razón excelente. A partir de aquel día Pearl pareció seguir deliberadamente el camino que prometía mayor aflicción, y lo único que le causaba satisfacción era el peor de los resultados posibles. Con la esperanza de repetir una vez más aquel momento perfecto, se taponaba los oídos con aserrín, arcilla, tabaco de mascar, piedrecitas y pedazos de madera, pero el mundo exterior siempre conseguía infiltrarse. Hasta se planteó atravesarse los finos tímpanos con una espina, pero le preocupaba que Dios pudiera ver aquel acto egoísta como la execración de un templo sagrado. Despacio, después de incontables experimentos fallidos, por fin se dio cuenta de que no volvería a conocer el gran silencio hasta el momento de bajar a la tumba. Aquel momento en la orilla del río Foggy no había sido más que un vislumbre de la paz eterna que le esperaba si no se apartaba del camino y no flaqueaba.
-Seré redimido –no paraba de repetirse a sí mismo.
Lo deseaba más que nada en el mundo, más que la comida, más que la tierra, el amor o la vida misma.
Donald Ray Pollock. El banquete celestial. Traducción de Javier Calvo. Random House Mondadori.