Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop
Mostrando entradas con la etiqueta Gian Castelli. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gian Castelli. Mostrar todas las entradas

viernes, 5 de junio de 2020

+09. DeLillo

El vacío irrumpe en las ciudades, desde el centro hasta sus límites. Son hipnóticas las imágenes donde sólo las sombras de los edificios se mueven entre las avenidas y las calles en las que un par de meses atrás la urgencia el dominio los proyectos el mañana. El paso de un coche o una figura humana o las luces de una ambulancia sólo consiguen aumentar la sensación de soledad y vacío y tiempo inmovilizado y vida evaporada y final de civilización. No consigo dejar de mirar y acercarme a ese vacío en las calles todas esas azoteas rojizas, todas esas torres de cristal hacia el cielo, todos los monumentos y museos desiertos, todo reducido a una estepa cerrada e inescrutableporque no puedo imaginar el silencio y la quietud en una gran ciudad.

Hace años subí al mirador en mitad de un monte que de noche parecía temible, un macizo oscuro capaz de tragarnos cuando la tierra temblaba en el norte argentino y tembló dos veces. Quería ver la ciudad donde vivía en aquel entonces desde fuera, no desde su interior, para ser consciente de su entidad, de su materia, una mirada hacia el todo. Las luces de la ciudad se extendían en la llanura docenas de kilómetros hasta que eran absorbidas por un abismo negro, aquellas luces geométricas de cuadras, plazas y pasajes como ríos de estrellas. Era inabarcable, aquella ciudad, y me sentí por primera vez como el lejano pionero estelar que imaginaba viajando solo, en busca de un nuevo mundo a través de la Vía láctea, cuando el camino blanco. De entre tantas luces, de entre tantos mundos, cuál elegir, qué se esconde en su interior, cuántas vidas y cuántas muertes en ese instante donde yo apoyado en el mirador.
Entré en aquella negrura tras los límites de la ciudad, días más tarde. Y allí, donde pensé nada nadie y el silencio, un puñado de casas de ladrillo rojo y grandes patios donde hacer asados, casas que las familias construían y elevaban poco a poco de la tierra, que iluminaban con la tenue luz de una bombilla, que eran la avanzadilla de la ciudad, porque en unos meses un trozo de camino asfaltado y algunas farolas y los primeros comercios, quioscos y colmados y fruterías al aire libre y la antigua luz tenue de las bombillas convertida en estrellas que no mueren. Aquella primera oscuridad donde la negrura de las casas y la dura tierra del camino y la hierba de los solares, aquella primera oscuridad que olía a los campos de caña de azúcar que traían una nieve negra sobre nuestras cabezas, aquella primera oscuridad, antes de la blancura cegadora de la luz, donde g. y yo, de regreso a la casa de ladrillo rojo, nos deteníamos en mitad del abismo negro que vi desde el mirador y nos besábamos en silencio y sentía su cuerpo voluptuoso, abarcador, libre y destensado.
                                                      
                                           todas las capas de tiempo que tenemos encima. Recuerdo la pistola desmontada sobre la mesa de la casa de ladrillo rojo y las balas fuera del cargador. r. limpiaba y engrasaba cada parte de aquella pistola comprada en el mercado negro, su mirada concienzuda, el silencio en sus ojos azules y brutales. Me hizo un gesto para que me acercara y me enseñó a meter las balas en el cargador, la dureza de aquellas balas entre mis dedos, la dificultad en insertar cada una de ellas. r. sonreía. Había tomado la educación de sus hijos como una instrucción militar, repartía ordenes, trabajos, decía al este o al norte de la avenida x para dar indicaciones, hacia una lista en pequeños papeles con las tareas del día siguiente que iba tachando poco a poco y decía que, cada día, era una lucha contra el tiempo, el juego de acabar las tareas unos minutos antes que el día anterior. Salíamos en su coche por aquellas casas de la primera oscuridad, su mano derecha aferraba la pistola sobre el muslo mientras conducía y nos acercábamos a las vías de tren donde chabolas y bidones de humo y la guardaba en la guantera cuando la luz de la ciudad, su mirada vigilante y fría y salvaje. Aquella pistola negra, la dureza de aquellas balas, mi dificultad para encajarlas en el cargador destrozaron una antigua imagen cinematográfica. Hoy veo a r. como un hombre en busca de contención y amor, de alguien que le diga todo esto pasará y le recuerde su humanidad
                                           —hacía pistolas con un juguete que llamábamos la culebra, piezas movibles que podían convertirse en círculos, casas, letras, siluetas de perros. Yo formaba una pistola rudimentaria y repetía las imágenes de los westerns en blanco y negro de mi infancia donde diligencias desiertos y la caballería. Imitaba el sonido de los disparos, me hacía el muerto, la mano en el pecho, la caída a cámara lenta sobre el suelo, los ojos cerrados el albor de una muerte fingida, la pistola blanca y verde y roja aferrada en mi mano, la idea heroica de un niño y la realidad años más tarde donde el miedo y el asombro ante el poder de un objeto apenas más grande que mi mano
                                           —me sentaba en una cafetería en el centro de la ciudad geométrica. Desde la ventana, la casa de gobierno y la galería española y un pequeño parque con lapachos. En las calles, las raíces de los naranjos rompían las aceras y las naranjas maduras se pudrían en los bordillos. Vi, mientras tomaba cafés aguados tan parecidos a los de aquella cocina gallega donde el tiempo se detuvo, sulkis arrastrados por caballos cansados y gauchos entre el tráfico con bombachas, sombreros de ala ancha, chalecos y botas, el pasado sumergido brutalmente en el presente; vi manifestaciones de pensionistas y piqueteros que explotaban petardos y se movían entre una extraña neblina; vi vendedores ambulantes de milanesas y tamales y humitas, tipos de caras hoscas y melancólicas que no tenían palabras porque sus palabras eran sus gestos y sus manos y la mirada lejos; vi a la reina de los pobres, un ejército de niños a su cargo que entraba en las cafeterías y bares y restaurantes, niños ennegrecidos con estampitas de San Expedito que dejaban en las esquinas de la mesas y salían con un puñado de centavos y pesos que entregaba a su reina dickensiana
                                           —me adueño del tiempo y lo cruzo en forma de U, como cuando corro por esta casa de sombras alargadas en las paredes, el tiempo como espacio que atravesar
                                             —me adueño del tiempo y lo convierto en objeto, un libro que abrir al azar y unir páginas y fragmentos de manera aleatoria y así los muertos reviven y los amores desaparecen y las balas regresan a las pistolas y desando caminos y atisbo el futuro
                                           —me adueño del tiempo porque es estático en este confinamiento donde el vacío irrumpe en las ciudades,
                                           —porque no quiero que ese vacío se adueñe de mi pecho y lo convierta en calles y avenidas y puertas cerradas


(coda) Leo.

***

Masas y multitudes, una imagen de antes de, que se agolpan ante un estadio para un partido de beisbol o bodas masivas, que se mueven a una, como bandadas de estorninos, que se confunden en un todo tan abarcador como inconexo, hombres y mujeres que miran hacia los límites de la formación con incredulidad y sentido de pertenencia y terror. El desierto como impulso y como soledad y espectro de uno mismo. La fotografía o los fotogramas de una película como realidad fijada que convierte en ficción el tiempo fuera de la imagen. Nuestros gestos, rituales cada uno de ellos. Y nuestros nuevos terrores, la tecnología, la masificación, los deshechos, y nuestros viejos terrores, la bomba nuclear, la violencia. Y el arte que reconvierte bombarderos en grandes murales y ralentiza películas hasta el paroxismo. Y las matemáticas y los significados ocultos en las jugadas y la guerra en un partido de rugby. DeLillo y la reconstrucción de nuestro tiempo.


—Quieto, ahora. No se mueva. Me gusta como está.
—¿Ve? Lo que quiera, y yo me apresuro a hacerlo.
—Haber tocado a Bill Gray…
—¿Se da cuenta de lo íntimo que resulta lo que estamos haciendo?
—Le garantizo que lo incluiré en mis memorias. Y, dicho sea de paso, no tiene aspecto de payaso.
—Aquí estamos, en una habitación, inmersos en este misterioso intercambio. ¿Qué estoy cediendo ante usted? ¿Y de qué me está invistiendo usted, o qué está arrebatándome? ¿De qué modo me está cambiando? Puedo sentir el cambio como una corriente que fluyera bajo la piel. ¿Acaso me va asimilando a medida que trabaja? ¿Estoy realizando una parodia de mí mismo? Y, en cualquier caso, ¿desde cuándo fotografían las mujeres a los hombres?
—Lo comprobaré cuando regrese a casa.
—Parece que nos llevamos muy bien.
—Sí, ahora que hemos cambiado de tema.
—Estoy perdiendo una mañana entera de trabajo sin el menor remordimiento.
—No es eso lo único que está perdiendo. No olvide que desde el momento en que aparezca su imagen todos esperarán que muestre usted el mismo aspecto que tiene en ella. Y, cada vez que se encuentre con alguien, la gente no dudará en disputarle su derecho a resultar distinto a como es en la fotografía.
—Me he convertido en el material de alguien. En el suyo, Brita. Está la vida y está el objeto de consumo. Todo cuanto nos rodea tiende a canalizar nuestras vidas hacia una realidad final impresa o filmada. Dos enamorados discuten en el asiento trasero de un taxi y surge una pregunta implícita en el acontecimiento. ¿Quién escribirá el libro y quién representará a los protagonistas en la película? Todo reclama su propia versión ensalzada. O, por ponerlo de otro modo: nada ocurre hasta que no es consumido. O, de otro modo: la naturaleza ha cedido ante el aura. Un hombre se corta al afeitarse y contratamos a alguien para que escriba la biografía del corte. En la vida, todo el material resulta canalizado hacia el aura. Aquí estoy yo, en su lente, y ya me veo distinto. Duplicado o reducido.
—Y también puede pensar en sí mismo de modo diferente. Resulta interesante las profundidades a las que nos traslada una fotografía. Podemos ver algo que pensábamos que manteníamos oculto. O algún aspecto perteneciente a nuestra madre, nuestro padre o nuestros hijos. Uno toma una instantánea y ve su rostro en la semipenumbra, pero en realidad se trata de su padre que le devuelve la mirada.
—Lo que usted hace es preparar el cadáver.
—Papel y productos químicos, eso es todo.
—Colorear mis mejillas. Maquillando mis manos y mis labios. Pero cuando haya muerto realmente, todos pensarán que sigo vivo en su fotografía.
—El año pasado, en Chile, conocí a un editor al que habían encarcelado después de que su revista publicara diversas caricaturas del general Pinochet. Se le acusaba de asesinar la imagen del general.
—Suena perfectamente razonable.
—¿Está perdiendo el interés? Lo digo porque a veces no me doy cuenta de que me estoy apropiando de una sesión. Llegado cierto punto, me vuelvo sumamente posesiva. Resulto amable y simpática en lo que respecta a la superficie de la operación pero el núcleo, el marco, son míos.
—Creo que necesito estas fotografías más que usted. Para derribar el monolito que he construido. Me da miedo ir a cualquier sitio, incluso al cafetucho del cruce más cercano. Continúo convencido de que se acercan los rastreadores con sus teléfonos móviles y sus teleobjetivos. Cuando uno elige esta vida, comprende lo que representa vivir en un permanente estado de disciplina religiosa. No existen soluciones a medias. Todos los movimientos que realizamos son rituales. Todo cuanto hacemos que no se halle directamente centrado sobre el trabajo gira en torno al ocultamiento, la reclusión, los modos de evasión. Scott elabora las rutas de los sencillos viajes que realizo de cuando en cuando, cuando tengo que ir al médico, por ejemplo. Existen procedimientos que es necesario seguir cada vez que alguien viene a la casa. Obreros, repartidores. Se trata de un modo de vida irracional, pero dotado de una poderosa lógica interior. Como el modo en que la religión se apodera de una vida. El modo en que una enfermedad se apodera de una vida. Existe una fuerza totalmente independiente de mi elección consciente. Una fuerza irritable y rencorosa. Quizá se debe a que no quiero sentir lo que sienten otros. Poseo mi propia cosmología del dolor. Déjenme solo con ella. No me miren, no me pidan que les firme ejemplares de mis libros, no me señalen con el dedo por la calle, no se arrastren hasta mí con una grabadora sujeta al cinturón. Sobre todo, no me hagan fotografías. He pagado un precio terrible por este maldito aislamiento. Y ya estoy harto de él.
Hablaba en voz baja, desviando la mirada. Daba la impresión de que aprendía todo aquello por primera vez, de que por fin lograba escucharlo. Qué extraño resultaba todo. No lograba comprender cómo nada de todo ello había sucedido, cómo un joven inexperto y desconfiado frente a los mecanismos de deslumbramiento y distorsión, celoso de su trabajo y sumamente tímido y autorromantizante, podía verse tantos años después atrapado en su propia y colosal inmovilidad.
Don DeLillo. Mao II. Traducción de Gian Castelli. Austral.

sábado, 28 de enero de 2017

Fascinación. Don DeLillo

En la superficie, Fascinación me recuerda a El halcón maltés. Como en la historia de Hammett, está la búsqueda de un puñado de personajes tras un objeto mítico, una película erótica rodada en el búnker de Hitler días antes de la derrota alemana. Marchantes, periodistas, senadores, nuevos ricos, agentes de espionaje que se lanzan a una aventura homérica, a rastrear pistas que llevan a unos contra otros, que muestran el doble o triple juego de alguno de los personajes y la catadura moral de cada uno de ellos, seres mezquinos o crueles o simples curiosos que esperan encontrar los últimos días del régimen nazi (y que en esos últimos días haya orgias y violencia, una despedida salvaje de la vida). En esa superficie de la historia, Fascinación funciona como aventura, se sigue con interés los diferentes caminos de los personajes y las máscaras que esconden cada uno de ellos, el misterio que hay en la película, la pregunta de si realmente existe y, si es así, si encontrarán las imágenes que esperan, el abandono de alguno de ellos a seguir con la búsqueda, primero atraídos por el contenido, luego desgastados y cansados del juego de espías, violencia y traiciones, la resolución final donde se muestran las imágenes y la confrontación con un momento real del pasado.

Bajo la superficie, DeLillo habla del miedo, el erotismo, la tecnología y el terrorismo, temas que reconozco en las posteriores Ruido de fondo y Mao II. Hay una corriente oculta en la que se mueven los personajes, aparatos tecnológicos como intento de controlar la sociedad, cámaras en calles y tiendas, buscas que localizan a las personas, una realidad donde la tecnología ejerce de gran hermano y a aquellos que vigila en vulnerables y cercanos a la paranoia. Uno de los personajes llega a decir Cuando la tecnología alcanza cierto nivel, la gente comienza a adquirir conciencia criminal, la tecnología como punto desestabilizador, la incomprensión ante una herramienta nueva y desconocida. DeLillo y su forma de ver la tecnología como algo desestabilizador, kafkiano y cruel, máquinas sin emociones que dictan  nuestra vida y nuestros miedos, que recrean una realidad alternativa, y el ser humano que asiste a este auge de la tecnología con la sensación de dar pasos a ciegas en un entorno desconocido.


―Cuando la tecnología alcanza cierto nivel, la gente comienza a adquirir conciencia criminal ―dijo―. Alguien anda tras nuestra pista, quién sabe si los ordenadores. La policía mecánica, acaso. No hay modo de librarse de la investigación. Toda la información relativa a tu persona y a tu existencia se ha recogido o está siendo recogida. Bancos, compañías de seguros, organizaciones financieras, organismos fiscales, oficinas de pasaportes, servicios de información, agencias de policía, investigadores… Es algo parecido a lo que le decía antes. Las máquinas nos hacen vulnerables. Si imprimen un informe en el que se afirma que somos culpables, somos culpables. Pero aún va más allá, ¿no es cierto? Es su presencia misma, el hecho mismo de que existan, la superabundancia de tecnología, lo que nos hace pensar que delinquimos. Tan sólo el hecho de que tales cosas puedan existir a un nivel extendido. Los procesadores, los escáneres, los clasificadores. Basta y sobra para hacernos sentir como unos criminales. Qué capacidad tan enorme. Qué programas tan complejos. Y aún nadie que nos lo explique.

El título original de Fascinación es Running dog, perro acosado o sarnoso, que hace referencia a los americanos que huían tras el final de la guerra de Vietnam. Si en Dog soldiers, una novela cercana en el tiempo a la de DeLillo, los personajes de Stone se convertían en traficantes y asesinos tras su vuelta de Vietnam, en Fascinación está Selvy, un agente que descubre que todo su entrenamiento estaba destinado a aprender a morir, como un antiguo samurái, está Mudger, un veterano dentro de una espectral agencia gubernamental, está Levi, un soldado torturado por los vietnamitas y que aprendió a meditar, está Lightborne, un marchante de arte erótico que sabe que es el movimiento lo que hace diferente al erotismo, está Moll Robbins, una periodista de una publicación radical (Running dog) y que se encuentra en mitad de un mundo de apariencias, está Lomax, capaz de tratar y trabajar con cada banda, personajes a la búsqueda del santo grial en forma de película.

Son los años setenta y DeLillo se cuestiona sobre el poder de la tecnología y su influencia en la realidad, el miedo a la muerte, el terror que anida en pequeños grupos aislados, la realidad de unas imágenes en blanco y negro que son invendibles por ser un instante donde no hay sexo o muerte, presenta un mundo turbio y violento y un puñado de personajes que no hacen más que orbitar alrededor de una leyenda.








―De algún modo, resulta inocente, ¿no cree?
―No se mueve –dijo Lightborne.
―¿No se mueve?
―Movimiento, acción, fotogramas por segundo. Para bien o para mal, ésa es la época en la que vivimos. Esto nos parece un poco inútil. Se limita a estar ahí. Consiste únicamente en masa y peso corporal.
―Pura gravedad.
―Desde luego. Las cosas no alcanzan un erotismo completo a no ser que posean capacidad de movimiento. Una mujer cruzándose de piernas vuelve loco a los hombres. Se mueve, ¿comprende? Movimiento, actividad, cambios de postura. Hoy en día, necesitamos de todo eso para obtener un erotismo integral.

***

Entras en un banco y te filman —dijo Lightborne—. Entras en unos grandes almacenes y te filman. Lo vemos cada vez más. Entras en un probador a cambiarte de ropa y hay alguien observándote a través de un espejo falso. Y no sólo a los clientes, atención. También vigilan a los empleados: los espían con cámaras ocultas. Entra con el coche en cualquier sitio. Radares, controles computerizados del tráfico. Se internan en el útero y toman fotografías. En todas partes. ¿Qué gira constantemente en torno al planeta? Satélites espía, globos sonda, aviones U-2. ¿Y qué hacen? Tomar fotos. Filmar el mundo entero.

***

Moll desconfiaba de las grandes cruzadas. En el fondo de la mayoría de las grandes búsquedas obsesivas subyacía cierta deficiencia vital, cierta mezquindad de espíritu, por parte del perseguidor en cuestión.
Sentada en la oscuridad, podía oír a Odell trasteando con el proyector.
Más deprimentes aún que la naturaleza de cualquier búsqueda eran sus probables resultados. Ya persiguiera la gente un objeto de algún tipo, o una situación interna o una respuesta o un estado de ánimo, casi siempre resultaba decepcionante. Al final, la gente chocaba consigo misma. Siempre consigo misma. Claro está que los había que creían que la búsqueda en sí era lo único que importaba. Que la búsqueda era la recompensa.
Lightborne no hubiera estado de acuerdo. Lightborne, estaba segura, quería un producto comercializable. Lightborne no estaba en aquel negocio por su atractivo existencialista.
Don DeLillo. Fascinación. Traducción de Gian Castelli Gair. Austral.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Ruido de fondo. Don DeLillo



Ruido de fondo es el miedo a la muerte, los pasillos de los supermercados y el ruido constante de televisores, radios y trituradoras de basura, es un mundo anodino y tecnológico que cambia y nos arrastra con él a un destino de nubes tóxicas, simulacros, exposiciones químicas y atardeceres brutalmente hermosos, es una pequeña ciudad aséptica en la que instalarse para olvidar el cemento y la rapidez de la gran ciudad y una familia formada por una pareja con otras relaciones detrás y los hijos de ambos que cruzan el mundo para ver a sus distintos padres, es la similitud de los miedos y las rancheras que dejan a los estudiantes en sus residencias el primer día de curso, es el aburrimiento (de una vida sin riesgos), los estudios sobre Hitler, Elvis y los accidentes de coche y la respuesta a la incertidumbre sobre qué hay tras la muerte, es una droga inhibidora y una gran broma donde las monjas no creen en Dios y los intelectuales grises y apáticos caen en comportamientos histéricos.

DeLillo usa la muerte como ruido de fondo que confunde y amedrenta a sus personajes y los lleva una vida de consumismo y simulacros, de noches paralizados por el miedo y decisiones extremas. Está un profesor universitario experto en Hitler y su mujer, una profesora que sube y baja las escaleras del estadio, que forman una familia con hijos de diferentes matrimonios (una pequeña comunidad donde los niños aparecen y desaparecen de la casa y son excépticos con las relaciones y la vida), está un profesor que abandona la gran ciudad por la aparente realidad de las pequeñas ciudades estadounidenses, está un hombre que quiere inventar una droga que haga desaparecer el temor a la muerte y la pregunta de qué pasaría si viviésemos sin ese temor. Es la muerte la que detiene o hace avanzar a los personajes, la que hace de la vida una simulación y un extraño chiste, la que provoca insomnios y el acomodo en el consumismo y la tecnología.


—Resulta muy extraño. Padecemos estos miedos terribles, profundos y constantes en torno a nosotros mismos y a la gente que amamos y, sin embargo, vamos de un lado a otro, charlamos con la gente, comemos y bebemos. Nos las arreglamos para funcionar. Nuestros sentimientos son profundos y reales. ¿Acaso no deberían bastar para paralizarnos? ¿Cómo es posible que sobrevivamos a ellos, al menos durante un tiempo? Conducimos un automóvil, impartimos una clase. ¿Cómo es que nadie advierte cuán atemorizados nos hemos sentido la noche anterior o esa misma mañana? ¿Se trata de algo que todos ocultamos entre nosotros por acuerdo mutuo? ¿O quizá ocurre que compartimos el mismo secreto sin saberlo? ¿Que llevamos el mismo disfraz?
—¿Y si la muerte no fuera otra cosa que ruido?
—Un ruido eléctrico.
—Que oyéramos eternamente. Un ruido omnipresente. Qué horror.
—Uniforme, de fondo.
—A veces me inunda —dijo —; otras, se insinúa poco a poco en mi interior. Intento comunicarme con ella: «Ahora no, Muerte.»
—Permanezco tendido en la oscuridad, contemplando el reloj. Siempre números impares. La una y treinta y siete de la madrugada. Las tres y cincuenta y nueve de la madrugada.


Ruido de fondo empieza con una fila de rancheras idénticas en una residencia universitaria y termina con los personajes ante un atardecer y las estanterías de los supermercados con un nuevo orden. Entre medias, unos personajes que dialogan sobre sus miedos, los tiempos modernos, la fragilidad del ser humano y su dependencia tecnológica, una nube tóxica que obliga a evacuar una ciudad entera hacia un destino incierto, saber que hay algo que tira de ellos y los acerca poco a poco al abismo. DeLillo construye una historia divertida, aburrida y reflexiva, a grandes páginas sobre el miedo a la muerte y el desorden de la vida moderna le suceden otras donde predomina el tedio de unos personajes que no se mueven ni reaccionan, que miran la televisión o escuchan la radio y parecen devorados por sus emisiones.

Hay una escena memorable contada con un tono irónico y humorísitico por DeLillo, el profesor protagonista delante de un cajero, una especie de tótem moderno donde confirmar las creencias y la existencia. La familia se reúne un día a la semana delante del televisor, la radío siempre de fondo, frases inconexas que irrumpen en las conversaciones de los personajes, la lenta deriva hacia la irrealidad y la simulación.


Por la mañana, fui andando al banco. Me dirigí al cajero automático para verificar mi saldo. Inserté la tarjeta, tecleé mi código secreto y mecanografié la solicitud. La cifra de la pantalla coincidía aproximadamente con mis previsiones, penosamente determinadas tras largos cálculos, revisiones de documentos y atormentada aritmética. Me sentí inundado por una oleada de alivio y gratitud. El sistema había concedido su bendición a mi existencia. Pude percibir su apoyo y su aprobación. Los ordenadores del sistema, la estructura que descansa en una habitación cerrada de quién sabe qué ciudad distante. Qué interacción tan agradable. Sentí que algo dotado de un profundo valor personal —no el dinero, ni mucho menos— acababa de ser verificado y confirmado. Una pareja de guardias escoltaban a un desequilibrado hasta la salida del banco. El sistema era invisible, lo que hacía que enfrentarse a él resultara tanto más sobrecogedor e inquietante. Pero estábamos de acuerdo, al menos por el momento. Las redes, los circuitos, las corrientes, las armonías.


La mezcla de escenas familiares, evacuaciones sacadas de películas apocalípticas, las conversaciones trascendentales o anodinas, los aparatos que emiten ondas y radiaciones, drogas que inhiben el miedo a la muerte, los personajes que se interrogan sobre la vida y caen en situaciones burdas llevados por unas emociones tan humanas y previsibles como los celos. DeLillo lleva a sus personajes por pasillos de supermercados o carreteras atestadas, reflexiona sobre la condición humana, su adaptación a un mundo dominado por lo tecnológico y virtual, su incapacidad por empezar de cero en caso de una regresión temporal, su miedo a la muerte.






Cuando leo las esquelas siempre me fijo en la edad de los fallecidos y la comparo automáticamente con la mía propia. Me quedan cuatro años, pienso. Nueve años. Dos años y habré muerto. El poder de los números resulta especialmente evidente cuando nos servimos de ellos para especular acerca del momento de nuestra muerte. A veces, regateo conmigo mismo. ¿Estaría dispuesto a aceptar sesenta y cinco, la edad que tenía Gengis Khan al morir? Solimán el Magnífico logró alcanzar los setenta y seis. No suena mal —especialmente si tenemos en cuenta cómo me siento ahora—, pero, ¿cómo sonará cuando tenga setenta y tres?
Resulta difícil imaginar a estos hombres experimentando amargura frente a la muerte. El huno Atila murió joven. Aún no había concluido la cuarentena. ¿Sentiría lástima de sí mismo? ¿Sucumbiría a la depresión y a la autocompasión? Era rey de los hunos, invasor de Europa, azote de Dios. Quiero creer que descansaría tendido en su tienda, envuelto en pieles de animales, como si formara parte de alguna superproducción épica con financiación internacional, y también que pronunciaría frases valerosas y crueles ante sus lugartenientes y criados. Sin permitir el debilitamiento de su espíritu. Sin sensación de la ironía de la existencia humana, de representar la forma más elevada de vida sobre la tierra y aun así hallarse sometido a una tristeza inefable porque sabe lo que ningún otro animal sabe: que tiene que morir. Atila no asomó por la abertura de su tienda para señalar con un gesto la presencia de un perro cojo tendido junto al fuego a la espera de que alguien le arrojara un resto de carne. No dijo: «Esa bestia patética, devorada por las pulgas, es más afortunada que el más grande de los dirigentes humanos. No sabe lo que nosotros sabemos, no siente lo que nosotros sentimos, no puede experimentar la pesadumbre que nosotros experimentamos.»
Quiero creer que no sintió miedo. Aceptaría la muerte como una experiencia que fluye naturalmente de la vida, como una carrera alocada a través del bosque, tal y como parecería apropiado para quien ha sido conocido como el azote de Dios. Así fue como terminó todo para él, con sus soldados cortándose los cabellos y desfigurándose los rostros en un bárbaro homenaje, a medida que la cámara retrocede hasta el exterior de la tienda y nos ofrece una panorámica del firmamento nocturno del siglo v, puro y no contaminado, orlado por el fulgor de otros mundos titilantes.

***

La inmensa masa oscura avanzaba como el buque fantasma de una leyenda nórdica, escoltada a través de la noche por criaturas acorazadas y dotadas de alas en espiral. No sabíamos con seguridad cómo reaccionar. Era terrible contemplarla tan cercana, a tan poca altura, cargada de cloruros, bencenos, fenoles, hidrocarburos o cualquiera que fuese su exacto contenido tóxico. Sin embargo, también resultaba espectacular: formaba parte de la grandiosidad de un acontecimiento arrollador, como las vívidas escenas de la estación de cambio de agujas o de la gente que atravesaba dificultosamente el paso elevado con sus niños, sus provisiones y sus pertenencias formando un trágico ejército de desposeídos. Nuestro temor se manifestaba acompañado de una sensación de sobrecogimiento que rozaba lo religioso. Sin duda, resulta posible sentirse conturbado por aquello que amenaza tu vida, contemplarlo como una fuerza cósmica infinitamente mayor y más poderosa que tú, surgida de ritmos obstinados y elementales. Aquello era la muerte fabricada en el laboratorio, una muerte definida y mensurable que, sin embargo, concebíamos en ese momento de un modo simple y primitivo, cual si se tratara de una perversidad estacional del planeta, una inundación o un tornado, algo que escapa a nuestro control. Nuestra indefensión no parecía compatible con la idea de un suceso originado por el hombre.

***

Aquí estamos, en la Edad de Piedra, habiendo aprendido ya todas estas cosas tan importantes a lo largo de siglos de desarrollo y aún incapaces de facilitar la vida a los habitantes de nuestra época. ¿Podemos fabricar un refrigerador? ¿Podemos siquiera explicar cómo funciona? ¿Qué es la electricidad? ¿Qué es la luz? Se trata de cosas que experimentamos todos los días de nuestra vida y, sin embargo, ¿de qué nos sirven si nos vemos remontados en el tiempo y no podemos siquiera revelar a la gente sus principios básicos y mucho menos fabricarlas para mejorar nuestra situación? Nombra una sola cosa que serías capaz de fabricar. ¿Podrías acaso fabricar una simple cerilla de madera con la que obtener fuego al rasparla contra una piedra? Nos creemos tan importantes y tan modernos, con nuestros alunizajes y nuestros corazones artificiales. Pero, ¿qué ocurre si uno es arrojado a otro tiempo y se encuentra cara a cara con los antiguos griegos? Los griegos inventaron la trigonometría. Realizaban autopsias y disecciones. ¿Qué podrías decirle a un griego a lo que él no respondiera «Vaya cosa»? ¿Podrías hablarle del átomo? Átomo es una palabra griega. Los griegos sabían que los acontecimientos fundamentales del universo no pueden ser distinguidos por el ojo humano. Son ondas, rayos, partículas.
—Ahora estamos bien.
—Estamos aquí, sentados en esta enorme sala mohosa. Como si nos hubiéramos remontado en el tiempo.
—Disponemos de calor y de luz.
—Cosas de la Edad de Piedra. También ellos tenían luz y calor. Tenían fuego. Frotaban pedernales y producían chispas. ¿Serías tú capaz de frotar dos pedernales? ¿Sabrías distinguir el pedernal si lo vieras? Si un hombre de la Edad de Piedra te preguntara qué es un nucleótido, ¿sabrías explicárselo? ¿Cómo fabricamos el papel carbón? ¿Qué es el vidrio? Si despertaras mañana en la Edad Media y se hubiera desatado una epidemia, ¿qué podrías hacer para detenerla sabiendo lo que sabes de medicina y de enfermedades? Aquí estamos, prácticamente en el siglo veintiuno. Has leído cientos de libros y de revistas, y has visto multitud de programas de televisión que hablan de ciencia y de medicina. ¿Podrías revelar a esa gente tan sólo un pequeño detalle crucial que pudiera salvar un millón y medio de vidas?
—Les diría que hirvieran el agua.
—Claro. ¿Y qué me dices de lavarse detrás de las orejas? Iba a serles más o menos de la misma utilidad.
—Aun así, creo que no estamos tan mal. No hubo aviso previo. Tenemos comida, tenemos radios.
—¿Qué es una radio? ¿Cuál es el principio de una radio? Adelante, explícalo. Estás sentado en medio de este círculo de personas que emplean utensilios de piedra y se alimentan de larvas. Explícales la radio.
—No hay misterio alguno. Se trata de potentes transmisores que envían señales. Las señales viajan por el aire y son recogidas por receptores.
—Viajan por el aire. ¿Como los pájaros, quizá? ¿Por qué mejor no les hablas de magia? Viajan por el aire en ondas mágicas. ¿Qué es un nucleótido? Lo ignoras, ¿no es cierto? Y sin embargo, es el material de construcción con el que se fabrica la vida. ¿De qué nos sirve el conocimiento si éste se limita a flotar en el aire? ¿Si se limita a viajar de ordenador en ordenador? Cambia y crece con cada segundo que pasa al cabo del día, pero nadie sabe nada en realidad.
Don DeLillo. Ruido de fondo. Traducción de Gian Castelli. Austral.