Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

lunes, 8 de junio de 2020

+12. Munro

Hay tal quietud, fuera de la ventana, que todo está despojado de tiempo. Allí donde miro, la vida estática. Hay días donde esta quietud que abole el tiempo me abruma, es una extinción de los parámetros que me son reconocibles. Busco el cambio en la luz de los amaneceres y atardeceres como medida de tiempo, o en la niebla en la mañana y la lluvia ocasional y el vuelo de los patos para desprenderme de esa quietud cuando obsesiva y angustiosa.
La quietud de estos días de semana santa, el cielo azul, alto y sin nubes, la ausencia de viento que mueva la hierba o las hojas de los árboles, sin ruido de motores o conversaciones, sólo el rumor lejano de algo indefinido, me hace pensar en la vista tras la ventana como en una fotografía sin señales, memoria o recuerdos impresos, una imagen de tal pureza que está desvestida de cualquier significado previo. Un espacio en blanco. O un camino que no lleva a ningún sitio.

Antes de los nombres, las herramientas eran madera, hierro y acero sobre un banco de carpintero. Y había pequeñas pirámides de serrín y virutas en el suelo del taller, y chispas que saltaban hacia el techo cuando el hierro sobre la muela. Y las marcas a lápiz sobre los tablones: cruces, números, rayas y ángulos. Y el barniz que iluminaba y resplandecía sobre la superficie de la madera. Luego llegaron los nombres, gramil, cepillo, nivel, gillame, para definir el mundo hermético del taller: primero las formas, luego las palabras para darles un lenguaje y atarlas a un significado, después el ostracismo y el olvido herramientas y nombres hoy polvorientos, uno de esos mundos que se desintegran poco a poco en un fundido encadenado para dar paso a algo nuevo.
Mi padre y mi abuelo construían arados y yugos y carros y mangos para guadañas y horcas en el taller bajo el hórreo, construían armarios, cabeceros de camas y  alacenas en las casas de las aldeas del valle. Hace años, en una de aquellas casas, un armario de madera oscura. Toqué su superficie, y fue como tocar varios tiempos en un punto, unir mis huellas a las suyas. Cincuenta y dos días tardaron en terminarlo, dijo mi padre. Aquellos objetos que salían del banco en el taller bajo el hórreo y mi padre, con un cigarrillo en su mano y el humo blanco envolviendo su cara, lleno de un tiempo sin temblores, su figura en sombra junto a la ventana prefigurando la imagen de un dios mítico, pausaba su mirada antes de cada movimiento, de cada golpe de martillo, de cada labrado de una pieza, porque la madera se labraba como la tierra, y como la tierra se roturaba y se daba forma. Dotaban de tiempo, mi padre, mi abuelo, a aquellos objetos.
Consigo remontarme en el tiempo hasta los recuerdos de mi padre sobre su abuelo, cuando le hablaba de sus años en Argentina en aquella misma cocina donde mi abuelo me describía emboscadas y hospitales de campaña y convocaba a sus compañeros muertos en una guerra visible hoy el lenguaje bélico de nuestros políticos retrata una no-guerra y un enemigo invisible y microscópico y se sirven de él para desviar la mirada de su centro, los signos que no vimos delante de nosotros. No puedo remontarme más allá de esos recuerdos inexactos de mi padre niño: el tiempo se inició en el fuego de esa cocina, la llama lo extendió hacia el ahora, a esta quietud que amenaza con apagarlo y abolirlo. Todo lo anterior a ese fulgor inaugural, las conquistas de nuevos territorios, la invención de fronteras, las preguntas sobre el mundo circundante y la realidad del universo, la coexistencia con dioses, titanes y estrellas, los primeros campos sembrados, la primitiva tecnología de piedra y madera, la creación del lenguaje, es el mito del tiempo, hoy, en esta quietud fotográfica.
Hace años mi padre me regaló un gillame que él mismo elaboró tiempo atrás. También varios cepillos. Recuerdo vuelvo a pasar por el corazón— el sonido deslizante de un cepillo sobre la madera. Era como un relámpago repentino. Mi padre se encorvaba sobre el banco, cerraba un ojo para apreciar las líneas rectas o curvas, dibujaba nuevas marcas a lápiz, expulsaba el humo de un ducados que salía por la ventana hacia el camino entre los campos de hierba y el tañido de las campanadas entre el crujir de los grillos, y rebajaba la madera hasta encontrar la forma que debía tener, prefigurada ya en el roble o en el castaño o en el eucalipto antes de su tala. Ser testigo de aquella perfección enraizó en mí, incapaz de acometer cualquier gesto si no me veía capaz de alcanzar una pureza última, de madera labrada. Siento, hoy, que en aquel taller mi padre despojaba de lo superficial a la materia, labraba la madera hasta llegar a su esencia, como los dioses en nuestros mitos modelaban tierra, barro, agua y fuego hasta el hombre
                                           —escribir, en cierta manera, también es labrar sobre una hoja hasta que aparezca el universo que se ocultaba en su blancura, también es roturar la tierra del corazón para que germinen aquellas palabras que debían figurar en esa hoja
                                           —las palabras como surcos negros sobre camino blanco

Vuelvo a la quietud fotográfica del paisaje tras la ventana. La ausencia de movimiento en los coches aparcados, los árboles junto al río, los edificios de ladrillo rojo más allá del puente me hace pensar en la inexistencia del tiempo. Mis libros, que se apilan en estanterías hechas por mi padre y que guardan, entre otras cosas, el reloj de bolsillo de mi abuelo detenido a las ocho y siete minutos, me recuerdan que ocupan un espacio y persisten en el tiempo, y que, quizás, alguna vez podamos sentir el tiempo como cuando hoy abrimos un libro por cualquiera de sus páginas.


***

Lo cotidiano como centro, y la transformación del amor en hastío, desesperanza, compasión, y la arqueología memorística, donde ver los propios recuerdos con distancia y encontrar aquellos momentos en apariencia sencillos que cambiaron una vida entera y sentir que toda esa memoria, todos esos recuerdos, tienen una gran parte de mito, y el valor de lo ordinario, y la incertidumbre ante quiénes somos y los instantes donde la calma el aprendizaje la nostalgia

¿Por qué recuerda ahora aquel momento? Se ve, muy joven aún, contemplando por la ventana a la anciana que toca el piano. La habitación en penumbra, con sus vigas y su chimenea demasiado grandes y los solitarios sillones de cuero. La música del piano, estrepitosa, vacilante, persistente. Trudy lo recuerda con claridad, y tiene la impresión de encontrarse fuera de su cuerpo, dolorido entonces por los punzantes placeres del amor. Se encontraba fuera de su felicidad, envuelta en una marea de tristeza. Y la mañana que se marchó Dan ocurrió lo contrario. Entonces se vio fuera de su propia infelicidad, envuelta en una marea que, sin ninguna lógica, parecía amor. Pero en realidad era lo mismo, una vez que estabas fuera. ¿Qué son esas ocasiones que descuellan, fragmentos claros de la vida, qué relación guardan con ella? No son exactamente promesas. Espacios para respirar. ¿Nada más?
Alice Munro. El progreso del amor. Traducción Flora Casas. Debolsillo.

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