Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

domingo, 23 de junio de 2019

Mi romance. Gordon Lish

Mi romance como monólogo improvisado donde alguien llamado Gordon Lish habla  desde una tribuna de sus años de editor en la revista Esquire o su trabajo en la editorial Alfred A. Knopf, de su apego al dinero y las ropas holgadas, del reloj heredado de su padre y que decide subastar en mitad de su discurso, de las llagas producidas por la psoriasis y el tratamiento de aceite mineral, pastillas y baños de sol en las azoteas de hoteles y edificios de oficinas, un hombre respetado en calzoncillos y zapatos con un bolso de manuscritos y un rotulador y que busca desesperado la luz, de la muerte del padre y de la madre, de un mundo antiguo donde viajar en tren era un privilegio, ¡de un frigorífico! que gotea en una habitación donde un hombre espera su muerte rodeado de sus hermanos, de un pasado alcohólico y las ganas de tomar una copa, sólo una copa más, que lo temple ante el auditorio, de las figuras masculinas que moldearon su infancia y que destilaban fuerza, tacañería y certidumbre, un discurso a veces trastornado y surrealista donde se repite una y otra vez media docena de imágenes: la inscripción errónea en el reloj de su padre, el goteo del frigorífico, el viaje en tren en 1944, la urna con las cenizas maternas, la madre desnuda con 93 años, en el baño, apoyada en el hijo, imágenes que nos apartan de las dos grandes confesiones que nos quiere hacer Lish-personaje: el asesinato del padre y una infidelidad, confesiones que no llegan a materializarse y se esquivan entre la verborrea de Lish. El tiempo es una duda constante, como el narrador, y da la sensación de que el monólogo es tanto una confidencia como una mascarada, una forma de reflexionar sobre la coexistencia con la muerte o la fragilidad de nuestro cuerpo, de cómo nos agarramos a cualquier cosa, un objeto, dinero, una justificación, para permanecer (para obtener una falsa seguridad de permanencia) una voz que parece desquiciarse mientras avanza hacia la conclusión de la conferencia donde Lish abjura de los escritores y reescritores, como el propio Lish o la audiencia que tiene delante. Sólo queda preguntarse, mientras se lee Mi romance, qué hacer ante semejante palabrería, ante los momentos de puro tedio donde nada, absolutamente nada se dice, o ante aquellos donde parece asistiremos a una verdad última —y nos quedamos en el umbral de esa verdad—. Y, aunque parezca contradictorio, es esa mezcla de repetición vacua y el acercamiento a una verdad que no acabará por mostrarse, lo que convierte este libro en una historia estimable. La búsqueda constante de la luz del Lish-personaje enfermo de psoriasis es mi particular imagen del libro: alguien que intenta salir de la penumbra en busca de una luz que lo calme y le dé un orden último a una vida caótica. Mi romance, como monólogo desconcertante y atractivo, aburrido y desternillante, me recuerda a la autoficción que en estos últimos años han practicado autores como Halfon, una vuelta de tuerca al concepto de memorias donde se subvierte la realidad para reconstruir el relato propio y hablar de aquellos miedos y deseos a través de una máscara invisible. 








Oh, creedme, estos hombres me parecían todos tan, pero tan fuertes. ¿Os he contado que a menudo los veía pasearse por los salones de sus casas llevando sombreros para damas? ¿O para ser exactos, posando en los salones de sus casas con tocados para señoras en la cabeza? Charley, Henry, Sam, Philip, los cuatro mirándose al espejo con los sombreros para damas. Cualquiera de ellos diciendo a quienquiera que estuviera allí para escucharlo: «¿Qué os parece este número? ¿Qué opináis del número? ¿Sí o no? ¿Va o no va? Un numerito como éste, ¿no sería un éxito en terciopelo de imitación?». Dejad que os diga algo: era maravilloso cuando me encontraba entre los que estaban allí para escucharlos. Estamos hablando de tipos que se jactaban de pagarle a cierta gente bajo cuerda, ya me entendéis. Decidme, ¿quién de vosotros habría podido llevarme a Florida en esa época? No, no, no, nadie podría hacerse una idea de lo que significaba, de lo que todavía significa y siempre va a significar para mí haber crecido al lado de unos hombres así cuando era niño. Veréis, yo era un chico que le tenía miedo a las cosas. Estos tipos duros, estos tipos eran fuertes y eran nada menos que mi padre y sus hermanos. Aquellos días en que nos sentábamos todos juntos en la salita, el aspecto que tenían para mí no debía de parecerse en nada a como ella los veía. Para mí parecían como creo que parece la gente cuando se sienta a mirar cómo se muere una persona.
Gordon Lish. Mi romance. Traducción de Juan Sebastián Cárdenas. Editorial Periférica.

viernes, 21 de junio de 2019

Miren Agur Meabe en El código de la piel

Notas para conservar la memoria – 4

Vi a mis amantes desfilar cabizbajos
hacia las puertas de mi cuerpo
con pasos lentos en el camino del sacrificio.
Allí estaban mis amantes,
sombras con mordaza
ocultando el ruidoso grito de lo imposible.

Yo era altar, cordero, puñal y brazo;
ellos, con sus tobillos arrastraban
trozos de ancla,
fragmentos de paisaje,
restos de poemas,
gotas de kalimotxo.
Saludé con la mano y cerré los ojos:
tenía sal en los párpados.

Luego lancé unas llaves a lo lejos,
al interior de un solitario templo de carne.

***

Notas para conservar la memoria – 5

Soñé contigo
y un cálido río hizo cosquillas a toda la casa.
Hacías de fantasma,
respirabas sobre mi cara:
sólo podía verte si estaba dormida.
Soñé contigo
y te rodeaban mujeres desnudas,
en cuclillas, de puntillas,
te besaban
en la espalda, en los labios, en el sexo, en las manos.
Sonreías, amabas a todas.

Hace tanto que nuestros ojos no se tocan
que cuando me recuerdas te cuelas en mis sueños
y entonces
me vuelvo arena que lenta se desliza
en el calor de mi calma.

***

Notas de la ansiedad – 4

Tu aliento es pardo a primera hora,
cuando el seno del cielo empieza a fruncirse.
Tu piel es negra
como la memoria del volcán más triste.
Te veo gris,
apunte familiar entre las sábanas.

Abrázame y oscuro eres,
dime con tu ronca voz:
“buenos días, te quiero”.

***

Notas de hastío – 2

Si te pido una caricia,
acuérdate de la hiedra.
La sed la sorprende mientras trepa.
En pie la encuentra hasta en la mayor carencia,
adherida al muro conocido.

También yo hago lo mismo aferrada a tu contacto,
atenta, débil hiedra confundida,
incapaz de saber si lo que siento
es sed de beber tu agua o es sed de ahogarme sin tu aliento.

***

Cuando recuperemos el esplendor de la piel
festejaremos las noches y los días que se fueron sin ti,
blanquinegros extraños y largos
extinguidos como veranos sin espigas.
Derrocharemos copas de caricias y bandejas de amores
saliva y carne reservada hasta tu regreso.
Serán palomas estas manos desnudas en tu viento,
serán el sol estos ojos oscurecidos en tu llama,
será caballo este aliento vacío en tu premura.
Cuando te traiga el mar,
aguardaré en las puertas desde el alba
porque, pese a que soy mujer de poca fe,
tu ausencia me bendijo,
me instruyó la espera en el credo del amor.

***

Recoge el pálido flujo de mi media luna helada,
el azucarado almíbar de mi sexo de platino.
Prende la olvidadiza curva de mi cintura resentida.
Apresa el triste óvalo de mi pecho permanente,
tritura con tu boca mis pezones tan amargos.
Hasta que los peces pájaro nos vean caer de lado,
hasta que saliva y semen sean viento en mis labios.

***

Nunca desgarré el himen de la nostalgia,
la dulce membrana de la memoria
que embellecía aquel viejo amor.
Nunca manoseé el pasado,
el volumen del único reino
capaz de vivir en sus fronteras.
Nunca arrojé besos mojados en adioses
a la garganta oscura del olvido.
Nunca abaraté en el tesoro de la vida
el oro de sus últimas turbias lágrimas.
Nunca dejé que su dolor reventase
bajo los cascos del caballo de la ira.
No me ha subido al alma el yo pecador.
Aún no me ha subido la vergüenza a la cara:
nadie puede, ni siquiera en voz baja,
denunciar las falsas confesiones de este poema.

***

Interrogatorio

Dónde están los latidos ebrios
que íbamos a cosechar de toda nuestra euforia.
Dónde el hogar ambulante
que íbamos a construir con madera de naves.
Dónde está la patria nueva
que pensamos decorar con rayas de tigre.
Dónde los paisajes soñados
que conquistaríamos pellizcando al pasado.
Dónde quedó el reloj de nuestro primer lecho.
Dónde perdimos el agua del misterio,
Aquella que servía para bendecir las utopías.
Dónde guardaste la maleta de la imaginación.
Qué hay ahora dentro.

***

Estábamos callados.
Esperábamos algo.
Llegaron las estaciones, una tras otra,
con frutos en los cestos y nieve en los ropajes.
Llegaron los árboles, los libros, los hijos.
También llegó la muerte,
con la boca llena de clavos,
y seguimos como siempre
ya que nunca aprendimos
a vivir sin milagros.

***

Los tres deseos

El viento me trae un recuerdo.
Es la misma brisa
de cuando mi alma brillaba como una roca bajo el sol.
Tenía dieciséis años y tres deseos:
cabeza de lechuza,
corazón de cierva,
sexo de pantera.

El viento, veinte años más tarde,
mece al árbol de la vida.
Contemplo los frutos maduros a sus pies.
Veo cómo rezuma la ironía del tiempo,
cómo se pudre, impotente y asombrado,
el hoy de aquella que se rebautizó a sí misma
Yo Soy Yo y Sólo Yo.
Miren Agur Meabe. El código de la piel. Traducción de Miren Agur Meabe y Kepa Murua. Bassarai ediciones.

jueves, 13 de junio de 2019

El ángel del olvido. Maja Haderlap

Despertar. La curiosidad de la mirada infantil —cuando el mundo alrededor está alborotado y los significados últimos aún no se han posado por entero sobre los gestos y los objetos cercanos—, protagoniza el inicio de El ángel del olvido, deteniéndose en olores, tactos, emociones: las mujeres enlutadas, las historias en las cocinas de leña, los baldes con comida para los cerdos, las fotografías en blanco y negro escondidas en cajas, el tiempo que lo marca el cuidado de animales y campos de cereales, el crujido de los rosarios en los velatorios y los ataúdes junto a las ventanas, los tazones blancos donde beber una leche fuerte y amarilla, el olor a humo en las despensas, el bosque como frontera; una mirada primera que no es la nostalgia por un pasado remoto, sino la sorpresa por cómo aparece poco a poco ante nosotros aquello que permanecía soterrado o invisible, uniendo a todos esas emociones propias de la niñez la muerte, el amor, el dolor, la crueldad, la identidad y la memoria. Y en ese mundo que se revela ante la mirada de la niña, la figura de la abuela como guía y mito. Dice la niña —dice Haderlap—: Apenas echa a andar, la sigo. Ella es mi abeja reina y yo soy su zángano. Tengo pegado a la nariz el olor de sus vestidos, un olor a leche y a humo, el aliento de hierbas amargas adherido a su delantal. Ella comienza su danza y yo imito su baile. Ajusto mis pasos, más cortos, a los suyos, llevados a remolque, me pongo a zumbar una tierna melodía hecha de preguntas, mientras ella entona el bajo continuo. La ternura de las primeras páginas, la ternura de la mirada infantil, el amor por las cosas sencillas —las caricias de la abuela, la relación con la naturaleza, los juegos, los encuentros con los vecinos un lenguaje secreto—, es un camino que pronto se adentra en un territorio ignoto. La abuela será quien dé a la niña las primeras pistas sobre un pasado cercano y desconocido y le hable a la niña de la frontera cercana, de la guerra donde tantos vecinos del valle murieron o desaparecieron o regresaron de lejanos campos de concentración, de los partisanos, como su padre y su abuelo, que se ocultaron en el bosque para luchar, del horror y la crueldad de los alemanes y la policía austriaca, de las cicatrices que llevan todos los supervivientes —y ahí, en esas cicatrices, el dolor del padre que arrasa por momentos con la placidez familiar—. El mundo se abrirá poco a poco ante la mirada infantil y la niña empezará a entender términos como frontera o identidad; entonces, El ángel del olvido se muestra como aprendizaje y como un intento de comprender y ahondar en las propias raíces, de ese mundo que era invisible a los ojos de la niña y que se distinguirá con mayor nitidez a medida que la niña se haga adulta, comprendiendo mejor la extraña maquinaria del corazón de los hombres.

Fronteras y memoria. La importancia de las diferentes fronteras en El ángel del olvido: la tierra de la infancia, un valle austríaco cerca de la Eslovenia de la era yugoslava y que influye en los habitantes del valle —austríacos que hablan en esloveno y, por tanto, se siente extraños a ambos lados de la frontera—; el tiempo, que pasa de la pureza infantil a la revelación de un mundo y un lenguaje secretos, la niña que se convierte en adulta y en cada nuevo paso una imagen que se completa; la memoria propia, que empieza con los gestos y las historias de la abuela, los lloros escondidos de la madre, los ataques de pánico del padre, y la memoria ajena que hunde sus raíces en una guerra desconocida e influye en el sentir de la niña y la mujer; la vida, la celebración de la vida en los gestos cotidianos, en las conversaciones de la cocina, en los encuentros en otras tierra, y la asunción de la muerte también con sus gestos cotidianos en los rosarios, las noches en vela, las mortajas y los ataúdes abiertos, en su dolor y la ausencia; en fin, la frontera entre la niñez y la edad adulta, donde las relaciones se trastocan y ya no está la pureza inicial y nos separamos de aquel mundo que nos acogía y contenía para buscar nuevos caminos. La narradora —la niña, la mujer que cruza El ángel del olvido—, en esa línea invisible que separa espacios y tiempos, la carga de llevar las historias del valle sobre sí misma, la búsqueda de una identidad y una voz propia entre tantas voces —y qué hacer para llegar a una voz natural y real que haga justicia con quien somos y con nuestras raíces—. Dice la mujer, —dice Haderlap—: Las barreras de protección que intento levantar entre mi persona y mi familia se vienen debajo de nuevo. Por un momento temo la irrupción impetuosa del pasado, que entra arrollándome del todo, temo desaparecer bajo su enorme peso. Decido entonces llevar a la escritura todos esos fragmentos, lo dinamitado, lo recordado, lo narrado, todo lo presente y lo ausente, hacer un nuevo boceto de mí misma a partir de la memoria, trazarme con la escritura un cuerpo hecho de aire y contemplación, de aromas y olores, de voces y ruidos, de cosas pasadas, soñadas, de rastros. Podría así recuperar lo irreversible, corroborar que ha regresado bajo un ropaje nuevo, transformándose y transformándome. Podría así ensamblar otra vez lo separado, lo barrido hacia un lado y que pueda entreverse lo que está debajo. Podría rodear lo que ha sido con un cuerpo invisible, un cuerpo que lo selle y someta. Y eso hace Maja Haderlap, un camino.

Camino circular y el retorno de lo idéntico. Un camino que parece plácido en los primeros pasos de la niña tras la abuela pero en el que esperan agazapados los recuerdos de la guerra y su brutalidad, las heridas y las grietas en la comunidad —grietas que se agrandan dejando ver el miedo y el horror vividos—, un camino peligroso porque equivale a dejarse llevar por tantas sombras y tantos recuerdos ajenos, el impulso de los otros que puede hacer zozobrar la propia historia. Y es ahí donde Haderlap, en la llegada al mundo adulto, decide separarse de aquella tierra y tomar un desvío que le permita respirar, tomar distancia con la vida conocida, adentrarse en otros caminos que, como afluentes, le devolverán con el tiempo a la senda principal. Estalla otra guerra cerca de la frontera, y los supervivientes de la anterior se quedan mundos y extrañados del regreso de la violencia, distintos nombres pero idéntica barbarie, el reflejo del pasado en el presente. Vuelve la guerra, entre ausencias.

Es un trabajo arduo el de Maja Haderlap, erigirse como recopiladora de las historias de su familia y vecinos, de la tierra de su infancia, que no se pierda su voz entre el caudal de las ajenas. Haderlap pasa de lo pequeño y personal, aquello que la sorprendía de niña, al lento descubrimiento de un pasado devastador y la reflexión sobre la identidad y la memoria. Qué nos acerca y contiene y qué nos enfrenta, qué hacemos con nuestros recuerdos y los recuerdos de quienes nos precedieron, cómo salvarnos entre tantas pasiones intrusas, cómo rescatar los objetos de la infancia, la casa que fue derruida o los gestos de amor y dolor, dónde la frontera entre la persona y la comunidad. Tengo dudas de usar la palabra poético por las connotaciones peyorativas que a veces acarrea, pero así definiría la escritura fragmentada de Haderlap que habla de lo cotidiano para llegar a lo universal: un largo y valioso poema.







La abuela sólo se encomienda a ciertos signos insólitos del cielo, y sabe interpretarlos. Cree en la Cuaresma y en el 8 de mayo, día en acude a misa cada año para dar las gracias por el fin de la época nazi. Cree en las palabras que apelan a la voluntad, no al oído humano. Afirma que las palabras disponen de un poder enorme, que son capaces de hechizar los objetos y curar a las personas, que un pan al que se le ha hablado, un pan dotado y provisto de plegarias, puede ayudar en la enfermedad y en la miseria. A su hijo mayor lo mordió una serpiente, cuenta la abuela. La herida se resistía a sanar, y los médicos ya no sabían qué hacer con él. Entonces ella fue a ver al viejo Rastočnik para que éste le hiciera al pan un conjuro contra el veneno de las serpientes. Pero Rastočnik se negó, pues temía fortalecer con ello la ojeriza del veneno. Así que la abuela se fue a la paisana Želodec, que le bendijo el pan. «Tú, animal venenoso, retira tu veneno de esa persona», pidió Želodec al espíritu de la serpiente. «No conjuro su carne, no conjuro su sangre, sino el espasmo terrible», fueron las palabras con las que aquella mujer consagró el pan. Sólo después de que su hijo comiera cada día un trozo de aquel pan y rezara un padrenuestro, sin decir amén al final, pudo curarse. El veneno se había retirado de él. Y la palabra se hizo pan y habitó en él cada vez que ensalivaba la palabra sanadora. El pan hablado, la palabra devorada.

***

¿Cómo podría atraer hacia mí el escenario de mi infancia? ¿Cómo visualizar sus formas? ¿Debería acaso empezar admitiendo que ese valle ha sido diseñado como un callejón sin salida del paisaje, un lugar en el que caminos y carreteras desembocan en un punto muerto? ¿Debería decir que su aspecto es el de un calcetín apretujado entre colinas que lo mantienen abierto por su parte superior? ¿Confirmar que todas las laderas descienden para quedar atascadas en el fondo del desfiladero, delimitado por un arroyo y una carretera, y que el foso intenta ganar un poco de amplitud a tal estrechez, por lo que en algunos puntos hasta consigue apoltronarse entre los llanos cojines de unos prados y unos campos de cultivo? Esos prados, sin embargo, han de adaptarse pronto a la nueva angostura, plegarse a la siguiente cuesta empinada. Toda vastedad ha huido de este paisaje.
Maja Haderlap. El ángel del olvido. Traducción de José Aníbal Campos. Editorial Periférica.

lunes, 31 de diciembre de 2018

2018 en lecturas

Tecman repararía primero en el número de lecturas antes que en los libros en sí. Vería ese 81 de la última línea y pensaría que es el único número donde su raíz cuadrada es igual a la suma de sus dos dígitos. Escribía en sus diarios que los números eran lo único que le daban a la vida estabilidad. No sólo le atraían el significado de los números, también su forma, el dibujo en el papel: de niño escribió varios cuadernos de series de números, del uno hasta el quince mil ochocientos setenta y siete, cada número separado del siguiente por un pequeño guión. Tecman miraba página a página y veía en esos números dibujos de dioses y seres mitológicos. Si fuese como Tecman, detallaría el género tanto de los libros como de los escritores, así como sus diferentes nacionalidades, años de edición, editoriales, la nota de cada uno de ellos. Me pregunto qué resultado saldría de sumar cada número de esa lista inexistente, qué dibujo saldría de ella.

Para mí, 81 es un número más, no habla de la calidad y la calidez de mis lecturas de 2018, ni de cómo este año se divide en dos partes: los primeros seis meses de lecturas voraces y los últimos donde trabajar en el turno de noche paró mi ritmo lector y sólo los domingos, antes del amanecer, conseguía dos o tres horas de descanso real dedicadas a leer.

El año empezó con La contravida de Philip Roth (palabras mayores), y en una especie de cierre de círculo a la saga Zuckerman, con La mancha humana y Sale es espectro. Operación Shylock fue un divertimento brutal, una novela esquizofrénica y divertida donde se habla del enfrentamiento entre realidad y ficción. Roth es un autor al que regreso cada año. Como hago con Vonnegut, esta vez con su clarividente Barbazul, donde vuelve a hablarnos de la estupidez humana y de que es el momento de las mujeres para tomar las riendas de nuestro presente y futuro, y la relectura de Matadero cinco que no sólo no me decepcionó, sino que sentí mejor que en mi primera incursión en ella. También regresé a Onetti, su novela El astillero, densa y magnífica, donde los personajes deambulaban camino de ninguna parte e inventaban una mentira que les diese un motivo para vivir. Cărtărescu fue otro de mis regresos tras aquel Nostalgia de años atrás. Sentí vasos comunicantes entre Solenoide y El ala izquierda, cómo esta última parecía un bosquejo de lo que luego sería la primera. Me reencontré con Cheever  en Falconer, extraña y fascinante descripción del aislamiento y el infierno.

El descubrimiento del año fue Dovlátov. Tanto La extranjera como El compromiso y La maleta me descubrieron a un autor con un humor socarrón que mostraba tanto las penas y las reglas absurdas del régimen comunista como la vida en el exilio. Un escritor contundente. El entenado, de Saer, y su cuestionamiento sobre la realidad y los otros me hizo salir a la librería a por más libros suyos. Cynthia Ozick me sorprendió con La galaxia caníbal y Halfon con sus novelas cortas a medio camino entre realidad y ficción. Memorias de una superviviente, mi primer acercamiento a Lessing, me trajo una voz inteligente. Zorba el griego fue un chute de vitalidad y sabiduría antigua.

En cuanto a la poesía, lo mejor no es un libro, sino el recital de Antonio Gamoneda en la biblioteca. Sus gestos lentos y su voz ágil, los acoples del audífono con el micrófono, los poemas que hablaban de la luz en la oscuridad y el frío, de la vejez, el amor, la ausencia y el redescubrimiento de la infancia, propia y ajena. Los poemarios de Sharon Olds, leídos durante tres días febriles, ocupan un lugar destacado en el recuerdo lector de este año, como La miel, del guionista Tonino Guerra, donde habla de su regreso al pueblo de su infancia en el que apenas quedan nueve personas vivas entre las casas abandonadas. Las antologías de mujeres poetas de Bartleby son tan irregulares como apasionantes y Ganarás la luz, de León Felipe, un poemario arrebatado. Y no quiero olvidar la faceta poética de Jim Dodge y la libertad con la que escribe.

Terminé el año con los cuentos de Alice Munro, Grace Paley y Lucia Berlin (mi lectura actual, mi lectura entre años). Hay algo enigmático en ellas, algo que queda en suspenso, una palabra, una verdad entrevista.

¿Decepciones? No conecté con los poemas de Philip Levine, los cuentos fantásticos de Robert W. Chambers y la historia antártica de Lovecraft de En las montañas de la locura. También, no tener tiempo ni cuerpo para escribir sobre mis lecturas, una manera de fijarlas en mi recuerdo y continuar el diálogo abierto en sus páginas. Extraño eso, escribir sobre libros. Cualquier cosa. Y no tengo propósito lector para este nuevo año más allá de reducir la altura de las columnas de libros pendientes sobre la estantería.

Para terminar, antes de dejar la lista de libros de este 2018, me gustaría dejar mis siete lecturas favoritas de 2018:

La contravida - Philip Roth
Barbazul - Kurt Vonnegut
Solenoide - Mircea Cartarescu
El entenado - Juan José Saer
El astillero - Juan Carlos Onetti
El compromiso - Serguey Dovlátov
Los muertos y los vivos - Sharon Olds

Me dejó tanto en el tintero, Fante, Łem, Ford, Daša Drndić. …
















01) La contravida - Philip Roth. Trad. Ramón Buenaventura. Debolsillo.
02) Alfa, Bravo, Charlie, Delta - Stephanie Vaughn. Trad. Ana Crespo. Sajalín editores.
04) El hombre es un gran faisán en el mundo - Herta Müller. Trad. Juan José Solar. Debolsillo.
05) La mujer del bombero - Richard Bausch. Trad.  M. Rosario Martín Ruano y M. Carmen África Vidal. Tropismos.
08) Barbazul - Kurt Vonnegut. Trad. Gemma Rovira. Hermida editores.
09) Solenoide - Mircea Cărtărescu. Trad. Marian Ochoa de Eribe. Impedimenta
10) The simple truth - Philip Levine. Trad. Juan José Vélez Otero. Valparaíso ediciones.
11) Últimos testigos. Los niños en la Segunda Guerra Mundial - Svetlana Alexiévich. Trad. Yulia Dobrovolskaia y Zahara García González. Debolsillo.
12) La extranjera - Sergey Dovlátov. Trad. Ricardo San Vicente. Ikusager ediciones
15) Mal dadas - James Ross. Trad. Carlos Mayor. Sajalín editores.
16) Casa de misericordia - Joan Margarit. Visor.
18) Arden las pérdidas - Antonio Gamoneda. Tusquets editores.
23) La mujer temblorosa o la historia de mis nervios. Siri Hustdvedt. Trad. Cecilia Ceriani. Editorial Anagrama.
24) Ahora - Isabel Bono. Editorial Prensas universitarias de Zaragoza.
25) Tocar el agua, tocar el viento - Amos Oz. Trad. Raquel García Lozano. Debolsillo.
26) Yo por dentro - Sam Shepard. Trad. Jaime Zulaika. Anagrama.
27) Luz de noviembre, por la tarde - Eduardo Laporte. Editorial Demipage.
28) Cara o cruz - Itziar Mínguez Arnáiz. Huacanamo.
31) La soledad del corredor de fondo - Alan Sillitoe. Trad. Mercedes Cebrián. Impedimenta
34) La policía celeste - Ben Clark. Visor
37) Lo seco - Isabel Bono. Bartleby editores (Relectura)
38) La balada de Iza - Magda Szabó. Trad. José Miguel González Trevejo y Mária Szijj. Debolsillo
40) La mancha humana - Philip Roth. Trad. Jordi Fibla. Debolsillo
43) El código de la piel - Miren Agur Meabe. Trad. Miren Agur Meabe y Kepa Murua. Bassarai ediciones
44) La canción de Mercurio - Isabel Bono. Editorial Baile del sol (Relectura)
45) El libro de la risa y el olvido - Milan Kundera. Trad. Fernando de Valenzuela. Tusquets editores
46) Sale el espectro - Philip Roth. Trad. Jordi Fibla. Debolsillo.
47) (Tras)lúcidas. Poesía escrita por mujeres (1980-2016). VV. AA. Bartleby editores
48) Matadero cinco - Kurt Vonnegut. Trad. Margarita García de Miró. Anagrama (Relectura)
49) La manera de recogerse el pelo. Generación Blogger. VV. AA. Bartleby editores
52) Un día más con vida - Ryszard Kapuściński. Trad. Agata Orzeszek. Anagrama
53) Antología poética - Joaquín O. Gianuzzi. Visor
54) La investigación - Stanisław Łem. Trad. Joanna Orzechowska. Impedimenta
55) Trieste - Daša Drndić. Trad. Simona Skrabec. Automática editorial
56) Al oeste de Roma - John Fante. Trad. Antonio-Prometeo Moya. Anagrama
57) Nieve - Orhan Pamuk. Trad. Rafael Carpintero. Debolsillo
60) En las montañas de la locura - H.P. Lovecraft. Trad. Francisco Torres Oliver. Valdemar
61) Un vagabundo toca con sordina - Knut Hamsun. Trad. Pedro Camacho. Debolsillo
62) De otra vida - Federico del Barrio/Isabel Bono. Luces de: Gálibo (Relectura)
63) El compromiso - Serguey Dovlátov. Trad. Ana Alcorta y Moisés Ramírez. Ikusager ediciones
64) El rey de Amarillo - Robert W. Chambers. Trad. Marta Lila Murillo. Valdemar
65) Momentos de la vida de un fauno - Arno Schmidt. Trad. Luis Alberto Bixio. Debolsillo
66) Los muertos y los vivos - Sharon Olds. Trad. J. J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas. Bartleby editores
67) Satán dice - Sharon Olds. Trad Rosa Lentini y Ricardo Cano Gaviria. Ediciones Igitur
68) El padre - Sharon Olds. Trad. Mori Ponsowy. Bartleby ediciones
69) El ala izquierda. Cegador I - Mircea Cartarescu. Trad. Marian Ochoa de Eribe. Impedimenta
70) La última alegría - Knut Hamsun. Trad. Luis Molins. Debolsillo
71) Monasterio - Eduardo Halfon. Libros del Asteroide
72) Operación Shylock - Philip Roth. Trad. Ramón Buenaventura
73) La maleta - Serguéi Dovlátov. Trad. Justo E. Vasco. Revisión y adaptación Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea. Editorial Fulgencio Pimentel
75) El espejo discreto - Ana Pérez Cañamares. Pre-textos editorial
76) Yo estoy vivo y vosotros muertos. Un viaje en la mente de Philip K. Dick. Emmanuel Carrère. Trad. Marcelo Tombetta. Editorial Anagrama
77) Falconer - John Cheever. Trad. Alberto Coscarelli. Debolsillo
78) La miel - Tonino Guerra. Trad. José Vicente Piqueras. Editorial Pepitas de Calabaza
79) Las lunas de Júpiter - Alice Munro. Trad. Esperanza Pérez Moreno. Debolsillo
80) Enormes cambios en el último minuto - Grace Paley. Trad. José Manuel Álvarez y Ángela Pérez. Anagrama
81) Más tarde, el mismo día - Grace Paley. Trad. César Palma. Anagrama