Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

viernes, 16 de febrero de 2018

Zorba el griego (Vida y andanzas de Alexis Zorba). Nikos Kazantzakis

Cuéntame, decía el abuelo del narrador a los forasteros que llegaban a su aldea cretense. Cuéntame de otros lugares y otras personas, y si el forastero lo hacía bien, si llevaba a esa casa un mundo desconocido, hermoso y atrayente ―e importaba poco que mezclase mentiras y verdades―, el abuelo le permitía quedarse para así viajar fuera de su aldea sin necesidad de moverse de ella. Y eso es lo que hace el narrador, un ratón de biblioteca que alquila una mina en tierra cretense, tierra de sus antepasados, para salir al mundo, con Zorba, un sexagenario vitalista y hablador que sabe cómo hacerse con la vida, cómo saciarse de ella. Cada noche espera a Zorba en su cabaña junto al mar. Escucha cómo le fue el día en la mina, le pide que le hable de su juventud, de sus amores, de sus viajes, de la exuberancia con la que encara la vida. Y Zorba habla por la noche, guerras, mujeres, hijos, paisajes, y cuando no sabe cómo explicar la emoción de un recuerdo, lo baila para así hacerse entender.

Zorba domina la narración de Kazantzakis, se convierte en un gigante mitológico, alguien que ha vivido y cometido los mayores horrores y que a sus  sesenta y cinco años conserva la capacidad de sorprenderse y emocionarse por aquello que sucede ante sí, y que ve el mundo por primera vez y lo celebra: la luz pálida del amanecer, el cielo estrellado, el cuerpo de una mujer voluptuosa. El narrador encuentra en Zorba a un hombre sencillo que tiene un conocimiento íntimo de la vida y del secreto para liberarse de odios y patrias, un sexagenario que ama el cuerpo de la mujer y busca su calidez, que baila y canta para contar una historia, Zorba como un filósofo de otros tiempos que nos dice que nos saturemos de odio y pasiones para poder liberarnos de ellos.

Kazantzakis hace de Zorba el griego una novela de iniciación: un escritor-ratón de biblioteca, que sale al mundo para medirse con él y mostrar a su mejor amigo, un aventurero que viaja al Cáucaso a salvar a sus compatriotas, de lo que es capaz; un intelectual que domina la palabra y la historia pero al que le falta la experiencia de la vida, ser un hombre de acción. Es en el viaje a Creta, en la compañía de Zorba, un hombre nacido en el monte Olimpo, donde empieza a ver más allá de los libros. Novela de iniciación y deslumbre: la figura de Zorba es fundamental para el crecimiento del escritor, su cuestionamiento de creencias y religiones y su nuevo posicionamiento en el mundo.

Y Kazantzakis también hace de Zorba el griego una novela donde se cruzan espacios y tiempos mitológicos, la huella de la Grecia clásica donde los dioses aún habitaban los montes con los hombres y mujeres de la Creta del presente que respetan un código antiguo, una forma de vivir la vida abrupta y exuberante donde la sangre bulle y domina las emociones. El escritor observa la tierra y las costumbres a su alrededor, y aprende de ellas y de las historias que le cuenta Zorba, confrontándolas con las ideas aprendidas en los libros, aquello que le parecía férreo y seguro, las divinidades, las pasiones, el destino de los hombres. El escritor mira en la distancia la poesía y el pensamiento profundo en el mundo, Zorba, en cambio, es la acción pura y la experiencia.

Exuberancia y voluptuosidad. Eso es lo que regala Zorba al escritor. Desaparece Zorba un par de semanas y le cuenta, luego, que se ha gastado el dinero en una muchacha con la que dormía cada noche, o intenta que el escritor salga de su caparazón y conquiste a una viuda de movimientos sensuales, o le habla tierras rusas y macedonias, de los combates vividos en los bosques, de las entrañas de las montañas o de todas las mujeres con las que ha vivido, de joven y viejo, y de las que se ha llevado una verdad: la vida tomada con alma infantil. Zorba como guía en el aprendizaje. La novela de Kazantzakis es la mezcla del alma aventurera de Zorba y de las reflexiones íntimas del escritor, una historia vitalista.










Este obrero analfabeto, que cuando escribe rompe las plumas por su impaciente fogosidad, está dominado igual que los primeros hombres que escaparon a la condición de monos, o que los grandes filósofos, por los problemas fundamentales de la vida y los vive como necesidades inmediatas y urgentes. Como un niño, él también lo ve todo por primera vez, y no deja de maravillarse y preguntar, y todo le parece un milagro, y cada mañana que abre los ojos y ve los árboles, el mar, las piedras, un pájaro, se queda con la boca abierta. «¡¿Qué es esta maravilla?!», grita. «¿Qué significa árbol, mar, piedra, pájaro?».

***

―Me liberé de la patria, me liberé de los popes, me liberé del dinero, cribo. Conforme pasa el tiempo, más cribo; me aligero. ¿Cómo puedo explicártelo? Me libero, me vuelvo un ser humano.
Los ojos de Zorba brillaban, su ancha boca reía satisfecha.
Tras un breve silencio, volvió a coger impulso; su corazón se desbordaba, no conseguía controlarlo:
―Hubo una época en la que decía: éste es turco y éste búlgaro, éste es griego. Yo he hecho cosas por la patria, patrón, que te pondrían la piel de gallina; maté, robé, quemé aldeas, deshonré mujeres, exterminé familias enteras… ¿Por qué? Porque, ya ves tú, eran búlgaros, turcos. ¡Púdrete, imbécil, me digo con frecuencia, y me mando al diablo!; ¡púdrete, mentecato! Después entré en razón, ahora miro a las personas y digo: éste es un buen hombre, aquél es malo. ¿Qué me importa que sea búlgaro o griego? Me da lo mismo; es bueno, es malo, es lo único que quiero saber. Y cuanto más viejo me hago, lo juro por el pan que como, creo que comienzo a no querer saber ni eso. ¡Qué más da que sea bueno o malo! A todos los compadezco, se me desgarran las entrañas cuando veo a un ser humano, aunque finja que me importa un bledo. Mira, me digo, también este infeliz come, bebe, ama, teme, también él tiene su dios y su antidios, también él estirará la pata y se quedará tieso en la tierra, se lo comerán los gusanos… ¡Ay, el pobre! hermanos somos todos… ¡Alimento para los gusanos!
Nikos Kazantzakis. Zorba el griego (Vida y andanzas de Alexis Zorba). Traducción de Selma Ancira. Acantilado. 

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