Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

sábado, 30 de abril de 2016

¿Qué haría hoy Don Quijote con los molinos?

Dicen que luché con honor, valentía y honradez y que perdí casi todas mis batallas, dicen que tenía una fiebre dentro de mí que me hacía ver el mundo habitado por gigantes, castillos y caballeros, dicen locura, derrota, espejismo. Los hombres hablan junto a los viejos molinos, recuerdan que confundí ovejas con ejércitos y que me creí hechizado y maldito, que convertí a una sencilla muchacha en la más bella y a mi escudero en gobernador de una ínsula inexistente, ríen, gritan y susurran, imitan duelos y manteos, los ojos desbocados y enérgicos, el gesto austero y retador, las manos un lenguaje extraño y retorcido. La multitud aplaude y asiente con la cabeza, lleva ropa que imita armaduras y camisetas con una figura alargada y negra. Y yo no recuerdo más que un camino blanco entre esta tierra que era una promesa y una esperanza y que era en la penumbra donde la realidad mostraba su cara oculta. Intento invocar aquella vida lejana, los días de cielos bajos y las noches de camaradería alrededor de una hoguera pero sólo veo la sombra de las aspas sobre la tierra y me siento dentro de un mundo inventado, de un hechizo que me ciega, y me acerco a la pared del molino y la toco con mis manos quebradizas y le pido piedad y que me devuelva la fiebre que una vez tuve, y con la fiebre, el sonido de los cascos sobre un camino pedregoso y una dama por la que luchar, sólo eso, molino, que te conviertas en gigante y me salves de esta brujería.

jueves, 28 de abril de 2016

Fernando Pessoa en Odas de Ricardo Reis

Temo, Lidia, el destino. Nada es cierto.
En cualquier hora puede sucedernos
     lo que todo nos mude.
Fuera de lo sabido es extraño el paso
que propio damos. Graves númenes guardan
     los linderos del uso.
No somos dioses: ciegos, recelemos,
y la parca dada vida antepongamos
     a novedad, abismo.


Temo, Lídia, o destino. Nada é certo.
Em qualquer hora pode suceder-nos
     O que nos tudo mude.
Fora do conhecido e estranho o passo
Que próprio damos. Graves numes guardam
     As lindas do que é uso.
Não somos deuses; cegos, receemos,
E a parca dada vida anteponhamos
     À novidade, abismo.


***

Para ser grande, sé entero: nada
     tuyo exagera o excluye.
Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres
     en lo mínimo que hagas.
Así en cada lago la luna toda
     brilla, porque alta vive.


Para ser grande, sê inteiro: nada
     Teu exagera ou exclui.
Sê todo em cada coisa. Põe quanto és
     No mínimo que fazes.
Assim em cada lago a lua toda
     Brilha, porque alta vive.


***

Maestro, son plácidas
todas las horas
que nosotros perdemos,
si en el perderlas,
cual en un jarrón,
ponemos flores.
No hay tristezas
ni alegrías
en nuestra vida.
Sepamos así,
sabios incautos,
no vivirla,
sino pasar por ella,
tranquilos, plácidos,
teniendo a los niños
por nuestros maestros,
y los ojos llenos
de naturaleza…
Junto al río,
junto al camino,
según se tercie,
siempre en el mismo
leve descanso
de estar viviendo.
El tiempo pasa,
no nos dice nada.
Envejecemos.
Sepamos, casi
maliciosos,
sentirnos ir.
No vale la pena
hacer un gesto.
No se resiste
al dios atroz
que a los propios hijos
devora siempre.
Cojamos flores.
Mojemos leves
nuestras dos manos
en los ríos calmos,
para que aprendamos
calma también.
Girasoles siempre
mirando al sol,
de la vida nos iremos
tranquilos, teniendo
ni el remordimiento
de haber vivido.


Mestre, são plácidas
Todas as horas
Que nós perdemos.
Se no perdê-las,
Qual numa jarra,
Nós pomos flores.
Não há tristezas
Nem alegrias
Na nossa vida.
Assim saibamos,
Sábios incautos,
Não a viver,
Mas decorrê-la,
Tranquilos, plácidos,
Tendo as crianças
Por nossas mestras,
E os olhos cheios
De Natureza...
A beira-rio,
A beira-estrada,
Conforme calha,
Sempre no mesmo
Leve descanso
De estar vivendo.
O tempo passa,
Não nos diz nada.
Envelhecemos.
Saibamos, quase
Maliciosos,
Sentir-nos ir.
Não vale a pena
Fazer um gesto.
Não se resiste
Ao deus atroz
Que os próprios filhos
Devora sempre.
Colhamos flores.
Molhemos leves
As nossas mãos
Nos rios calmos,
Para aprendermos
Calma também.
Girassóis sempre
Fitando o Sol,
Da vida iremos
Tranquilos, tendo
Nem o remorso
De ter vivido.


***

A lo lejos los montes tienen nieve al sol,
mas es suave ya el frío calmo
     que alisa y aguza
     los dardos del sol alto.

Hoy, Neera, no nos escondamos.
Nada nos falta, porque nada somos.
     No esperamos nada
     y tenemos frío al sol.

Mas tal cual es, gocemos el momento,
solemnes en la alegría levemente,
     y aguardando la muerte
     como quien la conoce.


Ao longe os montes têm neve ao sol,
Mas é suave já o frio calmo
     Que alisa e agudece
     Os dardos do sol alto.

Hoje, Neera, não nos escondamos,
Nada nos falta, porque nada somos.
     Não esperamos nada
     E temos frio ao sol.

Mas tal como é, gozemos o momento,
Solenes na alegria levemente,
     E aguardando a morte
     Como quem a conhece.


***

De ángeles o dioses, siempre tuvimos
la visión confiada de que encima
     de nosotros forzándonos
     obran otras presencias.

Como encima de los rebaños que hay en los campos
nuestro esfuerzo, que ellos no comprenden,
     los constriñe y obliga
     y ellos no nos notan,                 

nuestro deseo y nuestro pensamiento
son las manos con las que otros nos guían
     hacia donde ellos quieren
     que nosotros deseemos.


De anjos ou deuses, sempre nós tivemos
A visão perturbada de que acima
     De nós e compelindo-nos
     Agem outras presenças.

Como acima dos gados que há nos campos
O nosso esforço, que eles não compreendem.
     Os coage e obriga
     E eles não nos percebem,

Nossa vontade e nosso pensamento
São as mãos pelas quais outros nos guiam
     Para onde eles querem
     Que nós o desejemos.
Fernando Pessoa. Odas de Ricardo Reis. Versión de Ángel Campos Pámpano. Editorial Pre-Textos.

sábado, 23 de abril de 2016

Salir a robar caballos. Per Petterson

Querer estar solo. En un lugar apartado y tranquilo. Una cabaña cerca de un bosque y un lago, por ejemplo. Para sentir el silencio. Y, en cambio, sentir el peso de recuerdos y pensamientos que te llevan a una época de descubrimiento y cambio, de abrirse a la vida adulta, de ver desapariciones y anhelos nuevos, pasar de creerse un cuatrero que roba caballos a asistir a la muerte, el amor y el sexo, los deseos soterrados y aquello que se oculta en una primera mirada.

Salir a robar caballos es una melancólica novela de Per Petterson. Como A Siberia o Yo maldigo el río del tiempo, el narrador rememora de forma queda y lenta un momento crucial de cambio, habla de su relación con su padre como un punto significativo en su formación posterior, el paso de héroe a hombre. Trond se aísla en una cabaña. Quiere estar solo, repetir gestos cotidianos, arreglar su cabaña, observar el cambio en el paisaje, dar largas caminatas hasta el lago, intentar desembarazarse de un accidente que, tres años atrás, le hice perder una parte importante de su vida.

Trond es solitario, hermético, pero en esa cabaña a reconstruir, con el paisaje de abedules y abetos y su vecino, alguien de su pasado lejano, Trond sólo puede dejarse llevar por los recuerdos de los veranos de los años cuarenta pasados con su padre en otra cabaña junto al río, con la guerra de fondo (ya fuese en el centro de ella o la estela que dejó al finalizar). Y es ahí, en esos recuerdos, donde emerge la figura huidiza del padre, la amistad de Jon, la sensualidad en el cuerpo y la mirada de las mujeres adultas, la muerte, el dolor y el deseo.

El estilo de Petterson es pausado y calmo, desenreda la historia poco a poco, da información vital (muertes, accidentes, motivaciones) en medio de una reflexión o un recuerdo lejano o la descripción de un cambio en la luz sobre el paisaje, la deja caer con sutileza, no se recrea en ella, a veces se pierde entre el ruido de los recuerdos y pensamientos. Petterson escribe fotogramas, de una cabaña, de un valle, del paso del día a la noche, de un gesto íntimo, se recrea en la naturaleza, el paisaje que acompaña al personaje y se acomoda a él (o al revés). Un abedul cae delante de la cabaña de Trond y Trond apenas puede moverse de la cama. O el padre, en el pasado a recordar, tala los árboles alrededor de su cabaña para hacer desaparecer la sombra y él acaba como sombra que huye. Los personajes de Petterson observan el paisaje, se dejan llevar por  él, los bosques, los valles, el paso de la lluvia, parecen querer regresar a una inocencia primigenia o encontrar señales de una verdad últimas.

A veces aburrido y moroso, a veces sutil y nostálgico, Salir a robar caballos tiene un par de buenos momentos, la destrucción de un nido por parte de Jon, el amigo de infancia de Trond, la tala del bosque, los gestos entrevistos por el rabillo del ojo que hablan de amor, el primer traje de Trond, cuando ya todo está perdido y se pregunta cuánto dolor es capaz de soportar.







Llevo toda la vida anhelando estar solo en un sitio como éste. Incluso en los mejores momentos, que no han sido pocos. Eso puedo afirmarlo. Lo de que no han sido pocos, me refiero. He tenido suerte. Pero incluso en esas ocasiones, por ejemplo en medio de un abrazo, cuando alguien me susurraba al oído las palabras que estaba deseando escuchar, me invadía un repentino anhelo de estar en un lugar donde no reinara más que el silencio absoluto. Aunque pasara años sin pensar en ello, no por ello dejaba de anhelarlo. Y aquí estoy ahora, y es casi exactamente como me lo había imaginado.

***

Era el aroma de troncos recién talados. Se extendía desde el camino hasta el río, colmaba el aire y flotaba sobre el agua y lo impregnaba todo y me adormecía y me atontaba. Me encontraba en medio de todo. Olía a resina, me olía la ropa y me olía el cabello y, por la noche, notaba que la piel me olía a resina cuando me iba a la cama. Me quedaba dormido con ese aroma y me despertaba con él y me acompañaba durante todo el día. Yo era bosque. Hacha en mano, hundido hasta las rodillas entre las ramas de los pinos, iba desnudando el árbol como me había enseñado mi padre; cortando las ramas a ras del tronco para que no quedaran prominencias que obstaculizaran el descortezamiento o hicieran tropezar a quien tuviera que correr sobre los maderos cuando éstos se agolparan y se quedaran atascados en medio del río. Yo blandía el hacha a diestro y siniestro a un ritmo trepidante. Era un trabajo duro, sentía que todo me devolvía los golpes desde todos los flancos y que nada se rendía por las buenas, pero a mí no me importaba, no notaba el cansancio, y simplemente continuaba. Los demás tenían que retenerme, me sujetaban por el hombro y me obligaban a sentarme sobre un tocón, diciéndome que no me iba a quedar más remedio que quedarme un rato allí, descansando, pero el trasero se me llenaba de resina, se me dormían las piernas y yo me levantaba del tocón con un ruido que sonaba como un desgarrón y empuñaba el hacha. El sol nos abrazaba y mi padre se reía. Yo estaba como embriagado.
Per Petterson. Salir a robar caballos. Cristina Gómez Baggethun. Ediciones B.

miércoles, 20 de abril de 2016

Juan Gelman en Velorio del solo

Madrugada

Jugos del cielo mojan la madrugada de la ciudad violenta.
Ella respira por nosotros.

Somos los que encendimos el amor para que dure,
para que sobreviva a toda soledad.

Hemos quemado el miedo, hemos mirado frente a frente al dolor
antes de merecer esta esperanza.

Hemos abierto las ventanas para darle mil rostros.



Velorio del solo

Especialmente andaba preocupado
por el tiempo, la vida, otras cositas como ser
morir sin haberse alcanzado a sí mismo.

En esto era tenaz y los días de lluvia
salía a preguntar si lo habían visto
a bordo de unos ojos de mujer
o en las costas del Brasil amando su estampido
o en el entierro de su inocencia (muy particularmente).

Siempre tuvo palabras o pálidos y pobres pedazos
de amores sin usar, de grandes vientos,
trece veces estuvo por entrar a la muerte
pero volvió, de acostumbrado, decía.

Entre otras cosas quiso
que alguno más entendiera este mundo
con lo que horrorizaba a la propia soledad.

Hoy lo velan tan espantosamente aquí mismo,
entre estas paredes por las que resbalan todavía sus puras
    maldiciones,
desde su rostro cae el ruido de las barbas aún vivas
y nadie que lo huela
llegará a imaginar cómo deseaba gozar con el misterio del
    amor inocente,
darle agua a sus niños.

Mientras devuelve la piel y los huesos prestados al descuido
mira a lo lejos su figura y se persigue
por lo cual sin duda pronto
va a empezar a llover.



Invierno

Después de haberte amado
tu vientre ilumina todavía la oscuridad, el cansancio,
la noche refugiada en la pieza.

El silencio ha temblado por nosotros
como los pies descalzos de este invierno de pobres,
en tus brazos aún quedan rostros de amor abandonados
después de haber amado
regresamos al fuego, la furia, la injusticia.

En la ciudad que gime como loca
el amor cuenta bajito
los pájaros que han muerto contra el frío,
las cárceles, los besos, la soledad, los días
que faltan para la revolución.



Historia

Estudiando la historia,
fechas, batallas, cartas escritas en la piedra,
frases célebres, próceres oliendo a santidad,
sólo percibo oscuras manos
esclavas, metalúrgicas, mineras, tejedoras,
creando el resplandor, la aventura del mundo,
se murieron y aún les crecieron las uñas.



Mi rostro

Mi rostro cae como tu corazón
tu corazón que cae bajo la lluvia de este otoño,
una lluvia de pájaros grises que sube de mi rostro
como el otoño sube hasta tu corazón,
he recorrido calles, rostros, puertos
antes de recorrer tu corazón de otoño
como un pájaro gris las calles de la lluvia,
tu corazón va solo como un puerto
del que todas las lluvias han partido
menos ese pájaro gris parecido al otoño
construyendo mi rostro para tu corazón.
Juan Gelman. Velorio del solo. En Gotán y otras cuestiones (Poesía I 1956-1962). Visor libros. 

domingo, 17 de abril de 2016

Calle de la Estación, 120. Léo Malet

Burma. Nestor Burma. Hombre de una pieza, inteligente, duro, irónico, el detective más famoso de Francia, siempre un paso por delante de los acontecimientos. Burma que regresa a la Francia ocupada tras su reclusión en un campo de prisioneros y ya tiene un misterio por resolver. El misterio, la calle de la Estación 120 que repiten un amnésico en el campo de prisioneros y un antiguo colaborador de su agencia de detectives antes de morir. A partir de ahí, las indagaciones de Burma, las calles oscuras de París y la niebla de Lyon, los hombres en la sombra, las mujeres hermosas y enigmáticas y un rompecabezas sin solución aparente.

Calle de la Estación, 120, primera novela de Léo Malet con Nestor Burma de protagonista, bebe tanto de la novela negra de Chandler y Hammett como de Poe, Christie y Conan Doyle. Malet crea un personaje sin fisuras, siempre atento a cada detalle que le rodea e inteligente, con la palabra y el gesto adecuados, hermético y mentiroso en su propio beneficio. Tal vez sea esta ausencia de fisuras en Burma lo que lo separa de Spade o Marlowe y lo hace plano y sin la suficiente fuerza, un hombre infalible y hasta cierto punto sabelotodo. Burma conoce el terreno que pisa, dice las palabras perfectas en el momento idóneo, ejecuta pequeñas trampas y mentiras para desenmascarar a quien tenga delante, es el centro en el que orbitan personajes, misterios y asesinatos y su fama habla por él (Burma es conocido en Francia, su nombre crea expectación y admiración en cada paso que da).

El inicio, en un campo de prisioneros, coloca la acción fuera de los escenarios habituales de la novela negra. Burma sobrevive en el campo como buenamente puede. La llegada de un hombre amnésico y su muerte devuelven a Burma a su pasado como detective. Una vez liberado, un antiguo colaborador de su agencia de detectives repite la misma dirección que soltó el hombre amnésico antes de ser asesinado en Lyon. Y Burma entra en acción, empieza a atar cabos, a tirar de la madeja, hasta encontrar el nexo de unión entre el amnésico y su colaborador y sus asesinatos y así completar el misterio en un final revelador.

Si Calle de la Estación, 120, arranca como una novela negra con un detective en mitad del caos, continúa y termina como una novela de misterio parecidas a las de Agatha Christie. Seguimos a Burma por el campo de prisioneros, Lyon y París, asistimos a calles de niebla y noches  peligrosas, se suceden los personajes extraños y de los que desconfiar, para meterlos a todos en una habitación y señalar a los culpables de los asesinatos de la novela y desvelar secretos y motivaciones.

Calle de la Estación, 120, se resiente de un personaje plano y de una pieza y un historia que cae en el tópico, una última palabra antes de morir, personajes que se desmayan antes de revelar un secreto, mujeres misteriosas que aparecen y desaparecen como el humo, diálogos rápidos e irónicos entre el detective y los policías, el detective siempre más inteligente, los policías obtusos o lentos. Algo que sí me atrajo de la novela es la descripción de los gestos cotidianos en la Francia de la segunda guerra mundial, las diferentes zonas, los toques de queda, los trámites y el estraperlo, los personajes que se mueven en mitad de una guerra que sentimos en un segundo plano, cierta ambientación que recuerda al realismo poético francés. Más allá de eso, la novela es simpática por momentos y aburrida y tópica en otros, y  sólo queda leer alguna más de Malet para ver cómo evoluciona su escritura y el personaje de Nestor Burman.







Poco antes de llegar al puente de La Boucle, el cordón de Marc me hizo una jugada. Se rompió. Me detuve a arreglarlo, lo que le dio cierta ventaja a mi compañero.
Excepto el rumor sordo del impetuoso río y, sobre el puente, el ruido seco de los talones metálicos de Marc Covet, la ciudad estaba extrañamente silenciosa. Todo dormía. Todo estaba en calma. Oí a lo lejos rodar un tren, tranquilizador. En aquel preciso instante, una llamada de angustia rompió el silencio y la niebla.
Con todos los sentidos al acecho, estaba esperando aquel grito. Me adelanté de un brinco, haciéndole eco con mi voz para que Marc hiciera lo mismo.
Casi en el centro del puente, bajo la amarillenta luz de un fanal, el periodista se peleaba con un individuo que intentaba echarlo por la borda.
Al verme aparecer a su lado, el hombre no perdió los estribos. Le asestó un tremendo golpe al reportero y lo dejó fuera de combate. Entonces se enfrentó a mí. Lo agarré y rodamos juntos por el suelo. Durante unos instantes estuvo en posición de fuerza. Me agobiaban mis prendas de invierno y él sólo llevaba americana. Aflojé el férreo abrazo y de pronto estuvimos los dos de pie, como dos bailarines trágicos. Visiblemente, el apache intentaba hacerme lo que no había podido con mi amigo. Había que acabar con aquello. Reuní las fuerzas que me quedaban y le di un puñetazo sonado. El agresor aflojó el abrazo a su vez y se apoyó en el parapeto brillante de humedad. Le di un rodillazo en el vientre y lo incorporé de un directo a la mandíbula. Sus pies casi me rozan la cara. Blasfemé como pocas veces.
Corrí hacia Marc. Se estaba incorporando con dificultad, mientras se friccionaba la mandíbula.
—¿Dónde está el boxeador ése? —dijo.
—He calculado mal el golpe —le contesté—. Le he dado demasiado fuerte... y la barandilla estaba resbaladiza. Se ha caído.
—Se ha... ¿Quiere decir que...?
Señaló el Ródano, que bajaba impetuoso diez metros por debajo de nosotros.
—Sí —dije.
—¡Cielo santo!
—Mire, ya se compadecerá en otra ocasión. De momento, vayamos a su periódico. Tengo que llamar por teléfono y quiero poder hacerlo sin trámites de mierda, sin tener que enseñar la documentación, rellenar una ficha y dar los datos hasta de mi abuela.
—No es mala idea. Incluso es estupenda, porque yo necesito un tónico y sé de un armario en el que hay coñac.
Por el camino me preguntó:
—Naturalmente, sabía lo que iba a pasar, ¿no?
—Me lo temía.
—¿Y me ha dejado ponerme unos zapatones tan ruidosos como los suyos? ¿Y una boina como la suya? En resumidas cuentas, tener la misma apariencia, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y me ha hecho pasar delante?
—Sí.
—¿Y si me hubiese caído al agua?
—No podía caerse. Estaba yo. Esperaba su llamada.
—¿Y si hubiese llegado demasiado tarde? ¿Si no hubiese tenido tiempo de gritar? ¿Si hubiese resbalado? ¿Si...?
—Siempre habría podido detener al agresor. Yo en el agua y usted con el tipo no habría servido de nada. No habría sabido qué preguntarle. Mientras que si lo hubiese pillado yo...
—... Mientras yo flotaba en dirección a Valence...
—Le habría vengado.
—Es usted un gran tipo —se rió, entre sarcástico y amargo.
Una pausa, y luego:
—Tanto si sabía qué preguntarle como si no, ahora ya es un poco tarde —masculló entre dientes.
Parecía triunfante.
—En efecto, es mala suerte —otorgué—. Espero enderezar el tiro. La clave está en darse prisa.
Léo Malet. Calle de la Estación, 120. Traducción de Luisa Feliu. Libros del Asteroide.

jueves, 14 de abril de 2016

El demonio. Hubert Selby Jr.

El demonio como el camino hacia la destrucción de un hombre de éxito, una gran promesa del mundo de los negocios que, dentro de sí, guarda una parte sórdida y cruel que necesita ser alimentada a través de un juego donde humilla a mujeres casadas primero, luego roba de noche en oficinas vacías y termina con la planificación y ejecución de un puñado de asesinatos, un juego que le excita, le hace sentir invulnerable, una especie de semidios capaz de destruir o salvar a aquellos que tiene delante, su única manera de sentir placer o un atisbo de emoción y su lucha contra el monstruo que lo domina.

Harry es un muchacho prometedor, inteligente y enérgico que vive con sus padres, trabaja en una gran empresa y tiene una sonrisa y una amabilidad que cautivan. Harry busca mujeres casadas a las que llevar a la cama, un juego que le hace sentir la excitación de ser descubierto por el marido, de inventarse otra personalidad, la posibilidad de ser cruel. El inicio de El demonio es una sucesión de conquistas fugaces de Harry, mujeres casadas que encuentra en bares o en terrenos de juego, que se sientan en los parques en la hora del almuerzo y a las que seduce y engaña, la satisfacción de una conquista y un polvo y la mujer como objeto.

Selby crea una novela cruel y obsesiva. Porque en Harry hay una obsesión que no lo deja vivir en calma, que le impide llevar una vida real. Se enamora, forma una familia, asciende en el trabajo, pero ahí, dentro de él, la obsesión que lo lleva a dejar a las mujeres casadas por borrachas y drogadictas en un cuchitril y la mentira propia de pensar que es la última vez, siempre la última vez. Selby habla del infierno personal, de una parte demoniaca dentro que asfixia y destruye, que disfruta con el engaño y la degradación, el camino al borde del abismo y la atracción del vértigo. Harry necesita ensuciarse y degradarse, dejarse llevar por su juego y su obsesión, para poder llevar una vida en apariencia normal. Sólo cuando siente colmada su obsesión es capaz de un tiempo de paz.

Hay un momento donde Selby da una vuelta de tuerca a la vida de Harry. El inicio de El demonio es la búsqueda de sexo fácil con mujeres casadas y la llegada del matrimonio, entonces, la escritura de Selby va de algo cercano a la novela rosa a la violencia cortante y directa en los momentos donde Harry pierde contra su obsesión, de las frases largas y plácidas a las cortas y con estallidos de violencia. Dos tercios de la novela es una sucesión de escenas de cama, ascensión en los negocios y el amor que vive Harry. El último tercio es Harry que se acerca poco a poco a la locura, destruido por su obsesión, por su forma de sentir placer, su búsqueda de una excitación última y violenta que le nutra. Selby, entonces, se centra en la caída de Harry, en su pérdida de cordura, en cómo su juego de acostarse con mujeres casadas, Harry como depredador, lo lleva a querer sentir algo más fuerte, del sexo a la muerte, de un polvo rápido a la necesidad de traspasar cualquier moral y degradarse hasta convertirse en un despojo. La lucha de Harry contra su obsesión, los momentos donde siente el demonio dentro de sus entrañas, algo que no ajusta dentro de sí, que lo aparta de la vida.

El demonio, mi primer acercamiento a Selby, es una montaña rusa. Momentos anodinos que se mezclan con otros intensos, capítulos febriles que dan paso a otros aburridos, un sube y baja constante, una novela descarnada y cruel, una lucha contra nuestra sombra.







Harrry regresó pronto a la oficina sabiendo que ya no tendría que volver a comprobar si ella estaba junto al lago esperándole. Allí seguiría, durante mucho tiempo. Y quién sabe, puede que algún día incluso volviera a acercarse a ella. Sí… la próxima vez que le apeteciera un bocado rápido, jua jua jua. Era una buena jaca, al menos cuando estaba hambrienta. Hambrienta de la hostia, muriéndose de hambre. Pero tiene un apetito insaciable. Y no de rabo precisamente. Amor. Sí, eso es lo que quiere. Un poco de amor y de cariño y de comprensión. Seguro que podría ser una excelente esposa… pero no la mía. Eso sería la perdición. Sí, quizá disfrutáramos de unas cuantas sesiones más de delicioso intercambio alimenticio, pero luego siempre pasa lo que pasa. Porque en cuanto ella aplacara su hambre, en cuanto hubiera comido en condiciones unas cuantas veces, seguramente cambiaría.
En cualquier caso, aquel era el final de la pequeña película. Había estado bien, sí, mientras duró. Menos mal que no se había puesto demasiado sensiblera. Un pedazo de buena jaca, sí señor. Apuesto a que es la primera vez que le pone los cuernos al marido. Me pregunto qué pensará él cuando esta noche su mujer llegue a casa radiante, supurando dicha por los ojos y por cada poro de la piel. Ni se dará cuenta, probablemente. Debe de ser medio gilipollas. Tal vez ella tenga razón y no sea más que un perfecto imbécil. Pero no te quepa la menor duda de que su irradiación de dicha se habrá desvanecido en un par de semanas. Pobre zorra. Casi me da pena. Seguramente me pondrá a parir… Pero algún día me lo agradecerá. En el peor de los casos, ahora sabe que no tiene por qué quedarse en casa esperando a su marido. Ahora ya sabe que también ella puede salir por ahí de picos pardos alguna noche, jua jua jua… Sí, probablemente le he ahorrado un montón de tiempo y de problemas. A saber cuánto habría tardado en dase cuenta de que también ella puede echar una canita al aire.

***

Pero el hombre interior sabía que cuando se prescinde de lo que hasta un determinado momento ha nutrido una vida, hay que reemplazarlo por alguna otra cosa de valor. Y esa otra cosa de valor se estaba gestando en su interior, como un feto en la oscura seguridad del útero. Y Harry lo alimentó despacio. Sin forzar las cosas, dejando que se le pusieran los dientes largos con las pequeñas pistas que le iban siendo dadas con el fin de que adivinase hacia dónde se encaminaba. Lo que le estaba cambiando la vida permaneció innominado durante muchísimas semanas, y a medida que Harry fue dejándose llevar por aquel sentimiento interno, cada vez se retraía más y cada vez aparentaba mayor serenidad. En su rostro había una permanente sonrisa y resultaba visible el aura de su brillo interior, como si estuviera en posesión de un secreto al que nadie más tenía acceso.
Y también estaba la excitación. Una excitación que crecía sin cesar a la par que el feto. Una increíble excitación debida a la aprensión y al hecho de imaginarse lo que iba a ocurrir, una excitación distinta a cualquier otra cosa que él hubiera experimentado o imaginado jamás, una excitación indefinible que había que probar. Aún era incapaz de definir con plena consciencia y exactitud qué iba a pasar, pero sus entrañas lo sabían bien. Y cada día que pasaba, también él estaba más cerca de saberlo. Y cuanto mayor era la cercanía, más intensa se hacía la excitación.
Cuando finalmente se dio cuenta de lo que haría, le sorprendió que le hubiese llevado tanto tiempo cobrar consciencia de ello. Parecía todo tan lógico y sencillo. Y tan obvio. Y la toma de conciencia trajo consigo una nueva oleada de excitación, una abrumadora emoción. Si se hubiese sentido tan relajado, tan libre y pleno, sabiendo solamente que algo iba a ocurrir, aunque ignoraba qué, cuál no sería su excitación ahora, ahora que no sólo sabía que iba a matar a alguien sino que iba a planear y sopesar todas y cada una de las acciones relacionadas con el antes, el durante y el después de ese suceso. El más ligero pensamiento sobre la situación lo dejaba prácticamente paralizado de excitación. Dios, qué placer. Qué exquisito placer. Y podía volver a aquel pensamiento siempre que quisiera. Siempre que la tirantez empezara a interferir en su trabajo, siempre que le atacara aquella maldita ansiedad, podía parar, así de sencillo, parar y pensar cómo iba a matar a alguien. No hacía falta ir a ningún sitio ni hacer nada, tan sólo permanecer donde estuviera en aquel preciso momento y recrearse con la contemplación de la ejecución, con eso bastaba para sentir no sólo la excitación inmediata, sino también un instantáneo alivio al reconcomio que lo había estado poseyendo. Así de sencillo. Donde estuviera. En vez de coger un taxi a Grand Central, cogía el metro y comprobaba la eficacia de esta nueva solución. En el vagón dejaba que le empujaran como a los demás y que le apretujaran contra la puerta, o se agarraba a una correa, constreñido por los cuerpos que le rodeaban, y en lo único que pensaba era en lo que un día iba a hacer. Entonces se olvidaba de lo que había a su alrededor. Lo único que sentía era paz interior y poder. Un descomunal poder. Un poder irrefrenable. Un poder que le hacía vulnerable a los latigazos que le habían estado vejando.
Y junto con esta nueva consciencia llegó el placer de tomárselo como un juego. Al menos de momento. Algún día el asesinato tendría que hacerse realidad, pero de momento la mera contemplación del suceso lo exaltaba. Esa era una de las grandes ventajas de semejante experiencia. Podía posponer casi indefinidamente la acción, y eso hacía que la excitación aumentara. Nutrir, mimar y acariciar la expectación. Eso es lo que había que hacer. Y eso es lo que iba a hacer: tentarse a sí mismo durante tanto tiempo como fuese posible. Algún día ese acto formaría parte de la historia, pero por ahora se limitaría a imaginarlo. Podía crear su propio suspense. ¡Y controlarlo!
Hubert Selby Jr. El demonio. Traducción de Juan Miguel López Merino. Huacanamo.

martes, 12 de abril de 2016

hacia el fin del mundo III

Había un pueblo de piedra.
Nos sentamos junto al río
y refrescamos nuestros pies cansados
entre las arañas de agua.

Llevábamos veinte kilómetros de camino.

Y aún quedaban otros diez.

Nos desviamos del camino
y dejamos pasar el tiempo.

Al otro lado del puente nos esperaba
un final
y nuestros cuerpos desnudos en una litera.

Pero, por una pequeña eternidad,
nos desviamos de las señales
y convertimos el tiempo
en
piedra.