Dicen que luché con honor, valentía y honradez y que perdí
casi todas mis batallas, dicen que tenía una fiebre dentro de mí que me hacía
ver el mundo habitado por gigantes, castillos y caballeros, dicen locura,
derrota, espejismo. Los hombres hablan junto a los viejos molinos, recuerdan
que confundí ovejas con ejércitos y que me creí hechizado y maldito, que
convertí a una sencilla muchacha en la más bella y a mi escudero en gobernador
de una ínsula inexistente, ríen, gritan y susurran, imitan duelos y manteos,
los ojos desbocados y enérgicos, el gesto austero y retador, las manos
un lenguaje extraño y retorcido. La multitud aplaude y asiente con la cabeza,
lleva ropa que imita armaduras y camisetas con una figura alargada y negra. Y
yo no recuerdo más que un camino blanco entre esta tierra que era una promesa y
una esperanza y que era en la penumbra donde la realidad mostraba su cara
oculta. Intento invocar aquella vida lejana, los días de cielos bajos y las noches
de camaradería alrededor de una hoguera pero sólo veo la sombra de las aspas
sobre la tierra y me siento dentro de un mundo inventado, de un hechizo que me
ciega, y me acerco a la pared del molino y la toco con mis manos quebradizas y
le pido piedad y que me devuelva la fiebre que una vez tuve, y con la fiebre,
el sonido de los cascos sobre un camino pedregoso y una dama por la que luchar,
sólo eso, molino, que te conviertas en gigante y me salves de esta brujería.
Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?
Elizabeth Bishop
sábado, 30 de abril de 2016
jueves, 28 de abril de 2016
Fernando Pessoa en Odas de Ricardo Reis
Temo, Lidia, el destino. Nada es cierto.
En cualquier hora puede sucedernos
lo que todo nos
mude.
Fuera de lo sabido es extraño el paso
que propio damos. Graves númenes guardan
los linderos del
uso.
No somos dioses: ciegos, recelemos,
y la parca dada vida antepongamos
a novedad,
abismo.
Temo, Lídia, o
destino. Nada é certo.
Em qualquer hora pode
suceder-nos
O que nos tudo mude.
Fora do conhecido e
estranho o passo
Que próprio damos. Graves
numes guardam
As lindas do que é uso.
Não somos deuses;
cegos, receemos,
E a parca dada vida
anteponhamos
À novidade, abismo.
***
Para ser grande, sé entero: nada
tuyo exagera o
excluye.
Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres
en lo mínimo que
hagas.
Así en cada lago la luna toda
brilla, porque
alta vive.
Para ser grande, sê
inteiro: nada
Teu exagera ou exclui.
Sê todo em cada coisa.
Põe quanto és
No mínimo que fazes.
Assim em cada lago a
lua toda
Brilha, porque alta vive.
***
Maestro, son plácidas
todas las horas
que nosotros perdemos,
si en el perderlas,
cual en un jarrón,
ponemos flores.
No hay tristezas
ni alegrías
en nuestra vida.
Sepamos así,
sabios incautos,
no vivirla,
sino pasar por ella,
tranquilos, plácidos,
teniendo a los niños
por nuestros maestros,
y los ojos llenos
de naturaleza…
Junto al río,
junto al camino,
según se tercie,
siempre en el mismo
leve descanso
de estar viviendo.
El tiempo pasa,
no nos dice nada.
Envejecemos.
Sepamos, casi
maliciosos,
sentirnos ir.
No vale la pena
hacer un gesto.
No se resiste
al dios atroz
que a los propios hijos
devora siempre.
Cojamos flores.
Mojemos leves
nuestras dos manos
en los ríos calmos,
para que aprendamos
calma también.
Girasoles siempre
mirando al sol,
de la vida nos iremos
tranquilos, teniendo
ni el remordimiento
de haber vivido.
Mestre, são plácidas
Todas as horas
Que nós perdemos.
Se no perdê-las,
Qual numa jarra,
Nós pomos flores.
Não há tristezas
Nem alegrias
Na nossa vida.
Assim saibamos,
Sábios incautos,
Não a viver,
Mas decorrê-la,
Tranquilos, plácidos,
Tendo as crianças
Por nossas mestras,
E os olhos cheios
De Natureza...
A beira-rio,
A beira-estrada,
Conforme calha,
Sempre no mesmo
Leve descanso
De estar vivendo.
O tempo passa,
Não nos diz nada.
Envelhecemos.
Saibamos, quase
Maliciosos,
Sentir-nos ir.
Não vale a pena
Fazer um gesto.
Não se resiste
Ao deus atroz
Que os próprios filhos
Devora sempre.
Colhamos flores.
Molhemos leves
As nossas mãos
Nos rios calmos,
Para aprendermos
Calma também.
Girassóis sempre
Fitando o Sol,
Da vida iremos
Tranquilos, tendo
Nem o remorso
De ter vivido.
***
A lo lejos los montes tienen nieve al sol,
mas es suave ya el frío calmo
que alisa y aguza
los dardos del
sol alto.
Hoy, Neera, no nos escondamos.
Nada nos falta, porque nada somos.
No esperamos nada
y tenemos frío al
sol.
Mas tal cual es, gocemos el momento,
solemnes en la alegría levemente,
y aguardando la
muerte
como quien la
conoce.
Ao longe os montes têm neve ao sol,
Mas é suave já o frio
calmo
Que alisa e agudece
Os dardos do sol alto.
Hoje, Neera, não nos
escondamos,
Nada nos falta, porque
nada somos.
Não esperamos nada
E temos frio ao sol.
Mas tal como é,
gozemos o momento,
Solenes na alegria
levemente,
E aguardando a morte
Como quem a conhece.
***
De ángeles o dioses, siempre tuvimos
la visión confiada de que encima
de nosotros
forzándonos
obran otras
presencias.
Como encima de los rebaños que hay en los campos
nuestro esfuerzo, que ellos no comprenden,
los constriñe y
obliga
y ellos no nos notan,
nuestro deseo y nuestro pensamiento
son las manos con las que otros nos guían
hacia donde ellos
quieren
que nosotros
deseemos.
De anjos ou deuses,
sempre nós tivemos
A visão perturbada de
que acima
De nós e compelindo-nos
Agem outras presenças.
Como acima dos gados
que há nos campos
O nosso esforço, que
eles não compreendem.
Os coage e obriga
E eles não nos percebem,
Nossa vontade e nosso
pensamento
São as mãos pelas
quais outros nos guiam
Para onde eles querem
Que nós o desejemos.
Fernando Pessoa. Odas
de Ricardo Reis. Versión de Ángel Campos Pámpano. Editorial Pre-Textos.
sábado, 23 de abril de 2016
Salir a robar caballos. Per Petterson
Querer estar solo. En un lugar apartado y tranquilo. Una
cabaña cerca de un bosque y un lago, por ejemplo. Para sentir el silencio. Y,
en cambio, sentir el peso de recuerdos y pensamientos que te llevan a una época
de descubrimiento y cambio, de abrirse a la vida adulta, de ver desapariciones
y anhelos nuevos, pasar de creerse un cuatrero que roba caballos a asistir a la
muerte, el amor y el sexo, los deseos soterrados y aquello que se oculta en una
primera mirada.
Salir a robar caballos
es una melancólica novela de Per Petterson. Como A Siberia o Yo maldigo el río
del tiempo, el narrador rememora de forma queda y lenta un momento crucial
de cambio, habla de su relación con su padre como un punto significativo en su
formación posterior, el paso de héroe a hombre. Trond se aísla en una cabaña.
Quiere estar solo, repetir gestos cotidianos, arreglar su cabaña, observar el
cambio en el paisaje, dar largas caminatas hasta el lago, intentar
desembarazarse de un accidente que, tres años atrás, le hice perder una parte
importante de su vida.
Trond es solitario, hermético, pero en esa cabaña a
reconstruir, con el paisaje de abedules y abetos y su vecino, alguien de su
pasado lejano, Trond sólo puede dejarse llevar por los recuerdos de los veranos
de los años cuarenta pasados con su padre en otra cabaña junto al río, con la
guerra de fondo (ya fuese en el centro de ella o la estela que dejó al
finalizar). Y es ahí, en esos recuerdos, donde emerge la figura huidiza del
padre, la amistad de Jon, la sensualidad en el cuerpo y la mirada de las
mujeres adultas, la muerte, el dolor y el deseo.
El estilo de Petterson es pausado y calmo, desenreda la
historia poco a poco, da información vital (muertes, accidentes, motivaciones)
en medio de una reflexión o un recuerdo lejano o la descripción de un cambio en
la luz sobre el paisaje, la deja caer con sutileza, no se recrea en ella, a
veces se pierde entre el ruido de los recuerdos y pensamientos. Petterson
escribe fotogramas, de una cabaña, de un valle, del paso del día a la noche, de
un gesto íntimo, se recrea en la naturaleza, el paisaje que acompaña al
personaje y se acomoda a él (o al revés). Un abedul cae delante de la cabaña de
Trond y Trond apenas puede moverse de la cama. O el padre, en el pasado a
recordar, tala los árboles alrededor de su cabaña para hacer desaparecer la
sombra y él acaba como sombra que huye. Los personajes de Petterson observan el
paisaje, se dejan llevar por él, los
bosques, los valles, el paso de la lluvia, parecen querer regresar a una
inocencia primigenia o encontrar señales de una verdad últimas.
A veces aburrido y moroso, a veces sutil y nostálgico, Salir a robar caballos tiene un par de
buenos momentos, la destrucción de un nido por parte de Jon, el amigo de
infancia de Trond, la tala del bosque, los gestos entrevistos por el rabillo
del ojo que hablan de amor, el primer traje de Trond, cuando ya todo está
perdido y se pregunta cuánto dolor es capaz de soportar.
Llevo toda la vida anhelando estar solo en un sitio como
éste. Incluso en los mejores momentos, que no han sido pocos. Eso puedo
afirmarlo. Lo de que no han sido pocos, me refiero. He tenido suerte. Pero
incluso en esas ocasiones, por ejemplo en medio de un abrazo, cuando alguien me
susurraba al oído las palabras que estaba deseando escuchar, me invadía un
repentino anhelo de estar en un lugar donde no reinara más que el silencio
absoluto. Aunque pasara años sin pensar en ello, no por ello dejaba de
anhelarlo. Y aquí estoy ahora, y es casi exactamente como me lo había
imaginado.
***
Era el aroma de troncos recién talados. Se extendía desde el
camino hasta el río, colmaba el aire y flotaba sobre el agua y lo impregnaba
todo y me adormecía y me atontaba. Me encontraba en medio de todo. Olía a
resina, me olía la ropa y me olía el cabello y, por la noche, notaba que la
piel me olía a resina cuando me iba a la cama. Me quedaba dormido con ese aroma
y me despertaba con él y me acompañaba durante todo el día. Yo era bosque.
Hacha en mano, hundido hasta las rodillas entre las ramas de los pinos, iba
desnudando el árbol como me había enseñado mi padre; cortando las ramas a ras
del tronco para que no quedaran prominencias que obstaculizaran el
descortezamiento o hicieran tropezar a quien tuviera que correr sobre los
maderos cuando éstos se agolparan y se quedaran atascados en medio del río. Yo
blandía el hacha a diestro y siniestro a un ritmo trepidante. Era un trabajo
duro, sentía que todo me devolvía los golpes desde todos los flancos y que nada
se rendía por las buenas, pero a mí no me importaba, no notaba el cansancio, y
simplemente continuaba. Los demás tenían que retenerme, me sujetaban por el
hombro y me obligaban a sentarme sobre un tocón, diciéndome que no me iba a
quedar más remedio que quedarme un rato allí, descansando, pero el trasero se
me llenaba de resina, se me dormían las piernas y yo me levantaba del tocón con
un ruido que sonaba como un desgarrón y empuñaba el hacha. El sol nos abrazaba
y mi padre se reía. Yo estaba como embriagado.
Per Petterson. Salir
a robar caballos. Cristina Gómez Baggethun. Ediciones B.
miércoles, 20 de abril de 2016
Juan Gelman en Velorio del solo
Madrugada
Jugos del cielo mojan la madrugada de la ciudad violenta.
Ella respira por nosotros.
Somos los que encendimos el amor para que dure,
para que sobreviva a toda soledad.
Hemos quemado el miedo, hemos mirado frente a frente al
dolor
antes de merecer esta esperanza.
Hemos abierto las ventanas para darle mil rostros.
Velorio del solo
Especialmente andaba preocupado
por el tiempo, la vida, otras cositas como ser
morir sin haberse alcanzado a sí mismo.
En esto era tenaz y los días de lluvia
salía a preguntar si lo habían visto
a bordo de unos ojos de mujer
o en las costas del Brasil amando su estampido
o en el entierro de su inocencia (muy particularmente).
Siempre tuvo palabras o pálidos y pobres pedazos
de amores sin usar, de grandes vientos,
trece veces estuvo por entrar a la muerte
pero volvió, de acostumbrado, decía.
Entre otras cosas quiso
que alguno más entendiera este mundo
con lo que horrorizaba a la propia soledad.
Hoy lo velan tan espantosamente aquí mismo,
entre estas paredes por las que resbalan todavía sus puras
maldiciones,
desde su rostro cae el ruido de las barbas aún vivas
y nadie que lo huela
llegará a imaginar cómo deseaba gozar con el misterio del
amor inocente,
darle agua a sus niños.
Mientras devuelve la piel y los huesos prestados al descuido
mira a lo lejos su figura y se persigue
por lo cual sin duda pronto
va a empezar a llover.
Invierno
Después de haberte amado
tu vientre ilumina todavía la oscuridad, el cansancio,
la noche refugiada en la pieza.
El silencio ha temblado por nosotros
como los pies descalzos de este invierno de pobres,
en tus brazos aún quedan rostros de amor abandonados
después de haber amado
regresamos al fuego, la furia, la injusticia.
En la ciudad que gime como loca
el amor cuenta bajito
los pájaros que han muerto contra el frío,
las cárceles, los besos, la soledad, los días
que faltan para la revolución.
Historia
Estudiando la historia,
fechas, batallas, cartas escritas en la piedra,
frases célebres, próceres oliendo a santidad,
sólo percibo oscuras manos
esclavas, metalúrgicas, mineras, tejedoras,
creando el resplandor, la aventura del mundo,
se murieron y aún les crecieron las uñas.
Mi rostro
Mi rostro cae como tu corazón
tu corazón que cae bajo la lluvia de este otoño,
una lluvia de pájaros grises que sube de mi rostro
como el otoño sube hasta tu corazón,
he recorrido calles, rostros, puertos
antes de recorrer tu corazón de otoño
como un pájaro gris las calles de la lluvia,
tu corazón va solo como un puerto
del que todas las lluvias han partido
menos ese pájaro gris parecido al otoño
construyendo mi rostro para tu corazón.
Juan Gelman. Velorio
del solo. En Gotán y otras cuestiones (Poesía I 1956-1962). Visor libros.
domingo, 17 de abril de 2016
Calle de la Estación, 120. Léo Malet
Burma. Nestor Burma. Hombre de una pieza, inteligente, duro,
irónico, el detective más famoso de Francia, siempre un paso por delante de los
acontecimientos. Burma que regresa a la Francia ocupada tras su reclusión en un
campo de prisioneros y ya tiene un misterio por resolver. El misterio, la calle
de la Estación 120 que repiten un amnésico en el campo de prisioneros y un
antiguo colaborador de su agencia de detectives antes de morir. A partir de
ahí, las indagaciones de Burma, las calles oscuras de París y la niebla de
Lyon, los hombres en la sombra, las mujeres hermosas y enigmáticas y un
rompecabezas sin solución aparente.
Calle de la Estación,
120, primera novela de Léo Malet con Nestor Burma de protagonista, bebe
tanto de la novela negra de Chandler y Hammett como de Poe, Christie y Conan
Doyle. Malet crea un personaje sin fisuras, siempre atento a cada detalle que
le rodea e inteligente, con la palabra y el gesto adecuados, hermético y
mentiroso en su propio beneficio. Tal vez sea esta ausencia de fisuras en Burma
lo que lo separa de Spade o Marlowe y lo hace plano y sin la suficiente fuerza,
un hombre infalible y hasta cierto punto sabelotodo. Burma conoce el terreno
que pisa, dice las palabras perfectas en el momento idóneo, ejecuta pequeñas
trampas y mentiras para desenmascarar a quien tenga delante, es el centro en el
que orbitan personajes, misterios y asesinatos y su fama habla por él (Burma es
conocido en Francia, su nombre crea expectación y admiración en cada paso que
da).
El inicio, en un campo de prisioneros, coloca la acción
fuera de los escenarios habituales de la novela negra. Burma sobrevive en el
campo como buenamente puede. La llegada de un hombre amnésico y su muerte
devuelven a Burma a su pasado como detective. Una vez liberado, un antiguo
colaborador de su agencia de detectives repite la misma dirección que soltó el
hombre amnésico antes de ser asesinado en Lyon. Y Burma entra en acción,
empieza a atar cabos, a tirar de la madeja, hasta encontrar el nexo de unión
entre el amnésico y su colaborador y sus asesinatos y así completar el misterio
en un final revelador.
Si Calle de la
Estación, 120, arranca como una novela negra con un detective en mitad del
caos, continúa y termina como una novela de misterio parecidas a las de Agatha
Christie. Seguimos a Burma por el campo de prisioneros, Lyon y París, asistimos
a calles de niebla y noches peligrosas,
se suceden los personajes extraños y de los que desconfiar, para meterlos a
todos en una habitación y señalar a los culpables de los asesinatos de la novela
y desvelar secretos y motivaciones.
Calle de la Estación,
120, se resiente de un personaje plano y de una pieza y un historia que cae
en el tópico, una última palabra antes de morir, personajes que se desmayan
antes de revelar un secreto, mujeres misteriosas que aparecen y desaparecen
como el humo, diálogos rápidos e irónicos entre el detective y los policías, el
detective siempre más inteligente, los policías obtusos o lentos. Algo que sí
me atrajo de la novela es la descripción de los gestos cotidianos en la Francia
de la segunda guerra mundial, las diferentes zonas, los toques de queda, los
trámites y el estraperlo, los personajes que se mueven en mitad de una guerra
que sentimos en un segundo plano, cierta ambientación que recuerda al realismo
poético francés. Más allá de eso, la novela es simpática por momentos y
aburrida y tópica en otros, y sólo queda
leer alguna más de Malet para ver cómo evoluciona su escritura y el personaje
de Nestor Burman.
Poco antes de llegar al puente de La Boucle, el cordón de
Marc me hizo una jugada. Se rompió. Me detuve a arreglarlo, lo que le dio
cierta ventaja a mi compañero.
Excepto el rumor sordo del impetuoso río y, sobre el puente,
el ruido seco de los talones metálicos de Marc Covet, la ciudad estaba
extrañamente silenciosa. Todo dormía. Todo estaba en calma. Oí a lo lejos rodar
un tren, tranquilizador. En aquel preciso instante, una llamada de angustia
rompió el silencio y la niebla.
Con todos los sentidos al acecho, estaba esperando aquel
grito. Me adelanté de un brinco, haciéndole eco con mi voz para que Marc
hiciera lo mismo.
Casi en el centro del puente, bajo la amarillenta luz de un
fanal, el periodista se peleaba con un individuo que intentaba echarlo por la
borda.
Al verme aparecer a su lado, el hombre no perdió los
estribos. Le asestó un tremendo golpe al reportero y lo dejó fuera de combate.
Entonces se enfrentó a mí. Lo agarré y rodamos juntos por el suelo. Durante
unos instantes estuvo en posición de fuerza. Me agobiaban mis prendas de
invierno y él sólo llevaba americana. Aflojé el férreo abrazo y de pronto
estuvimos los dos de pie, como dos bailarines trágicos. Visiblemente, el apache
intentaba hacerme lo que no había podido con mi amigo. Había que acabar con
aquello. Reuní las fuerzas que me quedaban y le di un puñetazo sonado. El
agresor aflojó el abrazo a su vez y se apoyó en el parapeto brillante de
humedad. Le di un rodillazo en el vientre y lo incorporé de un directo a la
mandíbula. Sus pies casi me rozan la cara. Blasfemé como pocas veces.
Corrí hacia Marc. Se estaba incorporando con dificultad,
mientras se friccionaba la mandíbula.
—¿Dónde está el boxeador ése? —dijo.
—He calculado mal el golpe —le contesté—. Le he dado
demasiado fuerte... y la barandilla estaba resbaladiza. Se ha caído.
—Se ha... ¿Quiere decir que...?
Señaló el Ródano, que bajaba impetuoso diez metros por
debajo de nosotros.
—Sí —dije.
—¡Cielo santo!
—Mire, ya se compadecerá en otra ocasión. De momento,
vayamos a su periódico. Tengo que llamar por teléfono y quiero poder hacerlo
sin trámites de mierda, sin tener que enseñar la documentación, rellenar una
ficha y dar los datos hasta de mi abuela.
—No es mala idea. Incluso es estupenda, porque yo necesito
un tónico y sé de un armario en el que hay coñac.
Por el camino me preguntó:
—Naturalmente, sabía lo que iba a pasar, ¿no?
—Me lo temía.
—¿Y me ha dejado ponerme unos zapatones tan ruidosos como
los suyos? ¿Y una boina como la suya? En resumidas cuentas, tener la misma
apariencia, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y me ha hecho pasar delante?
—Sí.
—¿Y si me hubiese caído al agua?
—No podía caerse. Estaba yo. Esperaba su llamada.
—¿Y si hubiese llegado demasiado tarde? ¿Si no hubiese
tenido tiempo de gritar? ¿Si hubiese resbalado? ¿Si...?
—Siempre habría podido detener al agresor. Yo en el agua y
usted con el tipo no habría servido de nada. No habría sabido qué preguntarle.
Mientras que si lo hubiese pillado yo...
—... Mientras yo flotaba en dirección a Valence...
—Le habría vengado.
—Es usted un gran tipo —se rió, entre sarcástico y amargo.
Una pausa, y luego:
—Tanto si sabía qué preguntarle como si no, ahora ya es un
poco tarde —masculló entre dientes.
Parecía triunfante.
—En efecto, es mala suerte —otorgué—. Espero enderezar el
tiro. La clave está en darse prisa.
Léo Malet. Calle de
la Estación, 120. Traducción de Luisa Feliu. Libros del Asteroide.
jueves, 14 de abril de 2016
El demonio. Hubert Selby Jr.
El demonio como
el camino hacia la destrucción de un hombre de éxito, una gran promesa del
mundo de los negocios que, dentro de sí, guarda una parte sórdida y cruel que
necesita ser alimentada a través de un juego donde humilla a mujeres casadas
primero, luego roba de noche en oficinas vacías y termina con la planificación
y ejecución de un puñado de asesinatos, un juego que le excita, le hace sentir
invulnerable, una especie de semidios capaz de destruir o salvar a aquellos que
tiene delante, su única manera de sentir placer o un atisbo de emoción y su
lucha contra el monstruo que lo domina.
Harry es un muchacho prometedor, inteligente y enérgico
que vive con sus padres, trabaja en una gran empresa y tiene una sonrisa y una
amabilidad que cautivan. Harry busca mujeres casadas a las que llevar a la
cama, un juego que le hace sentir la excitación de ser descubierto por el
marido, de inventarse otra personalidad, la posibilidad de ser cruel. El inicio
de El demonio es una sucesión de
conquistas fugaces de Harry, mujeres casadas que encuentra en bares o en
terrenos de juego, que se sientan en los parques en la hora del almuerzo y a
las que seduce y engaña, la satisfacción de una conquista y un polvo y la mujer
como objeto.
Selby crea una novela cruel y obsesiva. Porque en Harry
hay una obsesión que no lo deja vivir en calma, que le impide llevar una vida
real. Se enamora, forma una familia, asciende en el trabajo, pero ahí, dentro
de él, la obsesión que lo lleva a dejar a las mujeres casadas por borrachas y drogadictas
en un cuchitril y la mentira propia de pensar que es la última vez, siempre la
última vez. Selby habla del infierno personal, de una parte demoniaca dentro
que asfixia y destruye, que disfruta con el engaño y la degradación, el camino
al borde del abismo y la atracción del vértigo. Harry necesita ensuciarse y
degradarse, dejarse llevar por su juego y su obsesión, para poder llevar una
vida en apariencia normal. Sólo cuando siente colmada su obsesión es capaz de
un tiempo de paz.
Hay un momento donde Selby da una vuelta de tuerca a la
vida de Harry. El inicio de El demonio es la búsqueda de sexo fácil con mujeres casadas y la llegada del matrimonio,
entonces, la escritura de Selby va de algo cercano a la novela rosa a la
violencia cortante y directa en los momentos donde Harry pierde contra su
obsesión, de las frases largas y plácidas a las cortas y con estallidos de
violencia. Dos tercios de la novela es una sucesión de escenas de cama,
ascensión en los negocios y el amor que vive Harry. El último tercio es Harry
que se acerca poco a poco a la locura, destruido por su obsesión, por su forma
de sentir placer, su búsqueda de una excitación última y violenta que le nutra.
Selby, entonces, se centra en la caída de Harry, en su pérdida de cordura, en cómo
su juego de acostarse con mujeres casadas, Harry como depredador, lo lleva a
querer sentir algo más fuerte, del sexo a la muerte, de un polvo rápido a la
necesidad de traspasar cualquier moral y degradarse hasta convertirse en un
despojo. La lucha de Harry contra su obsesión, los momentos donde siente el
demonio dentro de sus entrañas, algo que no ajusta dentro de sí, que lo aparta
de la vida.
El demonio, mi
primer acercamiento a Selby, es una
montaña rusa. Momentos anodinos que se mezclan con otros intensos, capítulos
febriles que dan paso a otros aburridos, un sube y baja constante, una novela
descarnada y cruel, una lucha contra nuestra sombra.
Harrry regresó pronto a la oficina sabiendo que ya no
tendría que volver a comprobar si ella estaba junto al lago esperándole. Allí
seguiría, durante mucho tiempo. Y quién sabe, puede que algún día incluso
volviera a acercarse a ella. Sí… la próxima vez que le apeteciera un bocado
rápido, jua jua jua. Era una buena jaca, al menos cuando estaba hambrienta.
Hambrienta de la hostia, muriéndose de hambre. Pero tiene un apetito
insaciable. Y no de rabo precisamente. Amor. Sí, eso es lo que quiere. Un poco
de amor y de cariño y de comprensión. Seguro que podría ser una excelente
esposa… pero no la mía. Eso sería la perdición. Sí, quizá disfrutáramos de unas
cuantas sesiones más de delicioso intercambio alimenticio, pero luego siempre
pasa lo que pasa. Porque en cuanto ella aplacara su hambre, en cuanto hubiera
comido en condiciones unas cuantas veces, seguramente cambiaría.
En cualquier caso, aquel era el final de la pequeña
película. Había estado bien, sí, mientras duró. Menos mal que no se había
puesto demasiado sensiblera. Un pedazo de buena jaca, sí señor. Apuesto a que
es la primera vez que le pone los cuernos al marido. Me pregunto qué pensará él
cuando esta noche su mujer llegue a casa radiante, supurando dicha por los ojos
y por cada poro de la piel. Ni se dará cuenta, probablemente. Debe de ser medio
gilipollas. Tal vez ella tenga razón y no sea más que un perfecto imbécil. Pero
no te quepa la menor duda de que su irradiación de dicha se habrá desvanecido
en un par de semanas. Pobre zorra. Casi me da pena. Seguramente me pondrá a
parir… Pero algún día me lo agradecerá. En el peor de los casos, ahora sabe que
no tiene por qué quedarse en casa esperando a su marido. Ahora ya sabe que
también ella puede salir por ahí de picos pardos alguna noche, jua jua jua… Sí,
probablemente le he ahorrado un montón de tiempo y de problemas. A saber cuánto
habría tardado en dase cuenta de que también ella puede echar una canita al
aire.
***
Pero el hombre interior sabía que cuando se prescinde de
lo que hasta un determinado momento ha nutrido una vida, hay que reemplazarlo
por alguna otra cosa de valor. Y esa otra cosa de valor se estaba gestando en
su interior, como un feto en la oscura seguridad del útero. Y Harry lo alimentó
despacio. Sin forzar las cosas, dejando que se le pusieran los dientes largos
con las pequeñas pistas que le iban siendo dadas con el fin de que adivinase
hacia dónde se encaminaba. Lo que le estaba cambiando la vida permaneció
innominado durante muchísimas semanas, y a medida que Harry fue dejándose
llevar por aquel sentimiento interno, cada vez se retraía más y cada vez
aparentaba mayor serenidad. En su rostro había una permanente sonrisa y
resultaba visible el aura de su brillo interior, como si estuviera en posesión
de un secreto al que nadie más tenía acceso.
Y también estaba la excitación. Una excitación que crecía
sin cesar a la par que el feto. Una increíble excitación debida a la aprensión
y al hecho de imaginarse lo que iba a ocurrir, una excitación distinta a
cualquier otra cosa que él hubiera experimentado o imaginado jamás, una
excitación indefinible que había que probar. Aún era incapaz de definir con
plena consciencia y exactitud qué iba a pasar, pero sus entrañas lo sabían
bien. Y cada día que pasaba, también él estaba más cerca de saberlo. Y cuanto
mayor era la cercanía, más intensa se hacía la excitación.
Cuando finalmente se dio cuenta de lo que haría, le
sorprendió que le hubiese llevado tanto tiempo cobrar consciencia de ello.
Parecía todo tan lógico y sencillo. Y tan obvio. Y la toma de conciencia trajo
consigo una nueva oleada de excitación, una abrumadora emoción. Si se hubiese
sentido tan relajado, tan libre y pleno, sabiendo solamente que algo iba a
ocurrir, aunque ignoraba qué, cuál no sería su excitación ahora, ahora que no
sólo sabía que iba a matar a alguien sino que iba a planear y sopesar todas y
cada una de las acciones relacionadas con el antes, el durante y el después de
ese suceso. El más ligero pensamiento sobre la situación lo dejaba
prácticamente paralizado de excitación. Dios, qué placer. Qué exquisito placer.
Y podía volver a aquel pensamiento siempre que quisiera. Siempre que la
tirantez empezara a interferir en su trabajo, siempre que le atacara aquella
maldita ansiedad, podía parar, así de sencillo, parar y pensar cómo iba a matar
a alguien. No hacía falta ir a ningún sitio ni hacer nada, tan sólo permanecer donde
estuviera en aquel preciso momento y recrearse con la contemplación de la
ejecución, con eso bastaba para sentir no sólo la excitación inmediata, sino
también un instantáneo alivio al reconcomio que lo había estado poseyendo. Así
de sencillo. Donde estuviera. En vez de coger un taxi a Grand Central, cogía el
metro y comprobaba la eficacia de esta nueva solución. En el vagón dejaba que
le empujaran como a los demás y que le apretujaran contra la puerta, o se
agarraba a una correa, constreñido por los cuerpos que le rodeaban, y en lo
único que pensaba era en lo que un día iba a hacer. Entonces se olvidaba de lo
que había a su alrededor. Lo único que sentía era paz interior y poder. Un
descomunal poder. Un poder irrefrenable. Un poder que le hacía vulnerable a los
latigazos que le habían estado vejando.
Y junto con esta nueva consciencia llegó el placer de
tomárselo como un juego. Al menos de momento. Algún día el asesinato tendría
que hacerse realidad, pero de momento la mera contemplación del suceso lo exaltaba.
Esa era una de las grandes ventajas de semejante experiencia. Podía posponer
casi indefinidamente la acción, y eso hacía que la excitación aumentara.
Nutrir, mimar y acariciar la expectación. Eso es lo que había que hacer. Y eso
es lo que iba a hacer: tentarse a sí mismo durante tanto tiempo como fuese
posible. Algún día ese acto formaría parte de la historia, pero por ahora se
limitaría a imaginarlo. Podía crear su propio suspense. ¡Y controlarlo!
Hubert Selby Jr.
El demonio. Traducción de Juan Miguel López Merino. Huacanamo.
martes, 12 de abril de 2016
hacia el fin del mundo III
Había un pueblo de piedra.
Nos sentamos junto al río
y refrescamos nuestros pies cansados
entre las arañas de agua.
Y aún quedaban otros diez.
Nos desviamos del camino
y dejamos pasar el tiempo.
Al otro lado del puente nos esperaba
un final
y nuestros cuerpos desnudos en una litera.
Pero, por una pequeña eternidad,
nos desviamos de las señales
y convertimos el tiempo
en
piedra.
piedra.
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