Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

jueves, 7 de abril de 2016

William Styron en La decisión de Sophie

«Una de las cosas que no puedo comprender, aunque a veces haya escrito sobre ella intentando captarla en una perspectiva adecuada —escribe Steiner—, es la relación del tiempo.» Steiner, tras describir la muerte brutal de dos judíos en el campo de exterminio de Treblinka, dice: «Precisamente a la misma hora en que Mehring y Lagner eran llevados a la muerte, una abrumadora diversidad de seres humanos (a una distancia de tres kilómetros en las granjas polacas y a ocho mil en Nueva York) estaban durmiendo, comiendo, viendo una película, haciendo el amor o preocupándose por el daño que pudiese hacerles el dentista. Aquí es donde mi imaginación queda perpleja. Los dos tipos de experiencia simultánea son tan diferentes, tan irreconciliables con cualquier norma común de valores humanos, y hasta tal punto resulta su coexistencia una monstruosa paradoja (Treblinka existió tanto porque algunos hombres la crearon como porque casi todos los demás permitieron que existiera), que mi desconcierto es grande respecto al tiempo. ¿Hay, según dan a entender ciertas especulaciones de ciencia ficción y de los gnósticos, diferentes clases de tiempo en el mismo mundo? ¿Un “buen tiempo”, un “pasárselo bien”, y un tiempo inhumano en que el hombre cae en las lentas manos de la condenación en vida?».
Cuando aún no había leído este pasaje creía, quizá con excesiva ingenuidad, que yo era el único que mantenía esta especulación, que sólo yo me había obsesionado con la relación del tiempo; hasta tal punto que, por ejemplo, intenté anotar con más o menos éxito mis actividades en el primer día de abril de 1943, el día en que Sophie, al entrar en Auschwitz, cayó en las «lentas manos de la condenación en vida». En algún momento de las postrimerías de 1947 —sólo pocos años después, relativamente, del comienzo de la dura prueba sufrida por Sophie—, escudriñé en mi memoria en un intento de localizarme a mí mismo la fecha en que Sophie cruzó las puertas del infierno. El primer día de abril de 1943 —el Día de los Inocentes en nuestro país— me ofreció una feliz circunstancia mnemónica, pues, tras examinar algunas cartas de mi padre que corroboraron claramente mis movimientos, pude descubrir el absurdo hecho de que aquella tarde, mientras Sophie ponía los pies en el andén de la estación de Auschwitz, yo me estaba atracando de bananas, una hermosa mañana, en Raleigh, Carolina del Norte. Me estaba atiborrando de bananas hasta casi enfermar porque al cabo de una hora tenía que pasar por un reconocimiento físico para mi ingreso en la infantería de Marina. A los diecisiete años, con una talla de más de un metro ochenta, pero con un peso de cincuenta y cinco kilos, sabía que me faltaba un kilo para alcanzar el peso mínimo requerido. Con un estómago tan hinchado como el de un famélico grave, desnudo sobre una báscula frente a un musculoso sargento reclutador que, clavando sus asombrados ojos en mi cuerpo de fideo, dejó escapar un burlón «¡Dios mío!» (además de hacer un chiste sucio relacionado con el Día de los Inocentes), fui aceptado sólo por un margen de escasos gramos.
Aquel día aún no había oído hablar de Auschwitz, ni de ningún otro campo de concentración, ni del exterminio en masa de los judíos europeos, ni mucho menos todavía de los nazis. Para mí, en aquella guerra mundial el enemigo eran los japoneses, y mi ignorancia de la angustia que se cernía como una maléfica neblina gris sobre lugares llamados Auschwitz, Treblinka o Bergen-Belsen era completa. Pero ¿acaso no puede aplicarse eso a la mayoría de los norteamericanos, a la mayor parte de seres humanos que vivían lejos del perímetro del horror nazi? «Esta noción de diferentes tipos de tiempo simultáneo, pero sin analogía o comunicación efectivas —prosigue Steiner—, puede ser necesaria para el resto de nosotros, los que no estuvimos allí, los que vivimos como si nos halláramos en otro planeta.» Exactamente eso, en especial considerando el hecho (a menudo olvidado) de que, para millones de norteamericanos, la personificación del mal en aquel tiempo no fueron los nazis, por temidos y despreciados que pareciesen, sino las legiones de soldados japoneses que bullían en las junglas del Pacífico como pequeños monos astigmáticos y rabiosos, y cuya amenaza para el continente norteamericano parecía mucho más peligrosa, por no decir más repulsiva, dada su amarillez y sus asquerosos hábitos. Pero aun cuando esta animosidad —tan estrechamente enfocada— contra el adversario oriental no hubiese existido, la mayoría de la gente apenas si habría podido saber algo de los campos de concentración nazis, lo que hace las reflexiones de Steiner aún más instructivas. El nexo entre estos «dos tipos de tiempo» es, por supuesto —para aquellos de nosotros que no estuvimos allí—, alguien que estuvo allí, lo que me conduce de nuevo a Sophie y especialmente a las relaciones de Sophie con el Obersturmbannführer Rudolf Franz Hoss.
He hablado varias veces de la reticencia de Sophie a hablar de Auschwitz y de su firme y generalmente obstinado silencio sobre la fétida cloaca de su pasado. Puesto que ella (como me confió una vez) había conseguido anestesiar con tanto éxito su mente contra las imágenes que pudiesen llegarle de los tiempos en que permaneció en el abismo, no es de extrañar que ni Nathan ni yo obtuviéramos mucha información sobre lo que le sucedió día a día (especialmente durante los últimos meses), aparte de que llegó obviamente a las puertas de la muerte a causa de la desnutrición y más de un contagio. Por lo tanto, al lector —harto y cansado del interminable festín de atrocidades de nuestro siglo— le ahorraré aquí la crónica detallada de asesinatos, gaseamientos, palizas, torturas, criminales experimentos médicos, privaciones lentas y progresivas, ultrajes excrementicios, locuras furiosas y otras referencias a un informe histórico que ya ha sido hecho por Tadeusz Borowski, Jean-Francois Steiner, Olga Lengyel, Eugen Kogon, André Schwarz-Bart, Elie Wiesel y Bruno Bettelheim, sólo para nombrar algunos de los testigos más elocuentes que intentaron pintar la totalidad de aquel infierno con la sangre de su corazón. Mi visión de la permanencia de Sophie en Auschwitz es necesariamente detallada, y tal vez algo desfigurada, aunque honesta. Aun cuando Sophie hubiera decidido revelarnos, a Nathan y a mí, los horribles detalles de sus veinte meses en Auschwitz, yo podría abstenerme de descorrer el velo, porque, como observa George Steiner, es muy posible que «los que no estuvieron plenamente implicados debieran sentir sólo ligeramente unos sufrimientos de los que ellos estuvieron a salvo». Me he dejado llevar, debo confesarlo, por una cierta presunción al comportarme como un intruso en el terreno de una experiencia tan inexplicable, tan inseparable y legítimamente exclusiva de los que la sufrieron, murieron en ella o la sobrevivieron. Un superviviente, Elie Wiesel, ha escrito: «Los novelistas han hecho un uso demasiado libre del Holocausto en sus obras... Al proceder así lo han despreciado, le han quitado su sustancia. El Holocausto ha llegado a ser un tópico candente, de moda, único a la hora de llamar la atención y lograr un éxito inmediato...».
No sé hasta qué punto puede ser válido todo eso, pero soy consciente del riesgo que corro según la importancia que le dé. Sin embargo, no puedo aceptar la sugerencia de Steiner de que el silencio es la respuesta, de que es mejor «no añadir las trivialidades de un debate literario y sociológico a lo que no tiene explicación». Y tampoco puedo estar de acuerdo con la idea de que «en presencia de ciertas realidades, el arte es trivial o impertinente». Encuentro en esto un toque de piedad, sobre todo al ver que Steiner no ha permanecido en silencio. Y sin duda alguna, por más que parezca casi cósmicamente, incomprensible, la personificación del mal que ha llegado a ser Auschwitz sólo es impenetrable mientras no intentemos penetrarlo, aunque sea de forma inadecuada. El propio Steiner añade inmediatamente que lo mejor que puede hacerse después de guardar silencio es «tratar de comprender». Yo he pensado que quizá sería posible entender Auschwitz haciendo un esfuerzo para comprender a Sophie, la cual, hay que decirlo, era como mínimo un haz de contradicciones. Aunque no era judía, sufrió tanto como cualquier judío superviviente de las mismas tribulaciones, y aun —como creo que podrá verse— en ciertos aspectos, más profundamente que la mayor parte de ellos. (Para muchos judíos es extremadamente difícil ver más allá de la consagrada furia genocídica de los nazis, y ello me hace pensar que el hecho de que Steiner, también judío, mencione sólo de pasada a los muchísimos no judíos —los millones de eslavos y gitanos— que fueron tragados por el engranaje de los campos de concentración y que murieron igual que ellos —aunque a veces menos metódicamente—, es menos un fallo tendencioso del autor que un perdonable vacío en su inquieta meditación.)
Si Sophie hubiera sido sólo una víctima —desamparada como una hoja arrastrada por el viento, un átomo humano, una persona sin voluntad, como tantísimos semejantes suyos que corrieron la misma suerte—, habría parecido meramente patética, uno de tantos seres extraviados y echados a Brooklyn por la tempestad, sin secretos que necesitaran ser revelados. Pero el hecho es que, en Auschwitz (según ella me fue confesando aquel verano), fue una víctima, sí, pero también una cómplice, un accesorio —por casual, ambigua y desprovista de propósitos definidos que fuese su postura— de los asesinatos en masa, cuyos morbosos y vaporosos residuos emanados de las chimeneas de Birkenau veía ella subir hacia el cielo en espiral cada vez que contemplaba las secas praderas otoñales desde las ventanas de la buhardilla de la casa de su cancerbero, Rudolf Hoss. Y aquí residía una —entre otras— de las causas principales de su devastadora culpa; la culpa que ocultaba a Nathan y que, sin atisbo de su naturaleza o de su realidad, tan a menudo la torturaba. Porque no podía sacudirse de encima la opresiva idea de que en aquel momento de su vida había participado, hasta su límite, en una espantosa conspiración criminal. Y en ella había desempeñado el papel de una obsesiva y ponzoñosa antisemita, de alguien que aborrecía a los judíos de una forma apasionada, ávida y monótonamente pertinaz.
William Styron. La decisión de Sophie. Traducción de Antoni Pigrau. Verticales de bolsillo.

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