Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

sábado, 6 de febrero de 2016

La casa y el cerebro. Edward Bulwer-Lytton

Tal vez el problema de La casa y el cerebro sea la multitud de historias de casas encantadas que vinieron después y que hacen del relato de Bulwer-Lytton reconocible y, en su primera parte, predecible. Una casa con fama de albergar fantasmas, un hombre que quiere enfrentarse a lo que cree una leyenda o un acto de sugestión, las presencias fantasmales que aparecen poco a poco, unas huellas en el polvo del suelo, una sombra negra y diabólica, luces extrañas y la representación incorpórea de crímenes pasados. Elementos conocidos, la oscuridad tenebrosa, las apariciones demoniacas, el horror por asistir a lo sobrenatural, las ideas preconcebidas y cómo luchar contra ellas.

La primera parte de La casa y el cerebro es el narrador ante los horrores encerrados en las habitaciones de la casa. Acompañado de su criado y su perro favorito, el narrador recorre la casa, ve las primeras huellas de algo enigmático, descubre unas cartas que revelan un crimen monstruoso e intenta centrarse en una lectura agradable para que su mente no se engañe con ruidos que en otros momentos consideraría normales. Los primeros pasos en la casa es la tensión de algo escondido que está por revelarse. Y, cuando esto ocurre, el horror del narrador ante lo que ve, su intento por permanecer cuerdo, cómo llega al límite y, una vez ahí, saber que podrá soportar todo aquello que aparezca delante de él y verlo hasta asistir a su final.

El día rompe con el encantamiento y el narrador reflexiona sobre la presencia sobrenatural de la que ha sido testigo. Es ahí donde empieza otro relato y aparece el mesmerismo y lo humano en lo sobrenatural. Bulwer-Lytton aparca la historia de fantasmas y casas encantadas y se adentra en una investigación sobre el origen de las imágenes fantasmales y la mano que está detrás de ella, construye un personaje fascinante, un ser diabólico que aspira a la inmortalidad y juega con la voluntad de los seres humanos y los hace bailar como títeres, alguien capaz de tratar voluntades como marionetas y de alargar su vida hasta límites imposibles, un ser escondido en la sombra, lejano, invisible e inquietante.

La casa y el cerebro es una lectura simpática, se lee en apenas una hora, se disfruta con los horrores de la casa y la investigación posterior, el encuentro entre el narrador y ese cerebro del título, una lucha de voluntades y unas imágenes que recuerdan a Hodgson o Poe.








Como creo que la presencia de ánimo, o lo que llaman coraje, se da en proporción a la familiaridad con las circunstancias que lo originan, tendría que decir que desde hace mucho me he familiarizado lo suficiente con cuantas experiencias atañen a lo prodigioso. He sido testigo de muchos fenómenos extraordinarios en diversas partes del mundo; fenómenos que no se creerían si los declarara, o que se atribuirían a poderes sobrenaturales.
Ahora bien, mi teoría afirma que lo sobrenatural es un imposible; lo que se llama sobrenatural solo es algo, dentro de las leyes de la naturaleza, que hasta ahora hemos ignorado. Si un fantasma se alza delante de mí, no tengo razón al decir: «Luego lo sobrenatural es posible», sino más bien; «Luego la aparición de un fantasma está, en contra de la opinión recibida, dentro de las leyes de la naturaleza, es decir, no sobrenaturales».
En todas las cosas que yo he presenciado, y en todos los prodigios que los aficionados al misterio de nuestra época registran como hechos, siempre se requiere un mediador material vivo. Hallarán ustedes todavía en el continente a magos que asegura poder evocar a los espíritus. Asuman por un momento que dicen la verdad, y aun así la forma material y viva del mago está presente; él es el mediador a través del que, gracias a algunas peculiaridades inherentes, ciertos fenómenos extraños se presentan ante nuestros sentidos naturales.
Acepten como igual de verdaderos los testimonios de manifestación espiritual en América: sonidos musicales, o de otra clase; escrito en papel realizados por una mano indiscernible; muebles que se desplazan sin aparente intervención humana; o la visión y el contacto de manos cuyos cuerpos son invisibles. También ahí ha de encontrarse el médium, o ser vivo, con peculiaridades inherentes capaz de obtener esas señales.
En suma, si se trata de prodigios semejantes, suponiendo incluso que no haya impostura, debe haber alguien como nosotros mediante el cual, o a través del cual, se originan los efectos presentados a los seres humanos. Así sucede en los fenómenos, ya muy conocidos, del mesmerismo o la electrobiología; la mente de la persona sobre la que se actúa es influida a través de un agente material vivo.
Edward Bulwer-Lytton. La casa y el cerebro. Traducción de Arturo Agüero Herranz. Impedimenta. 

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