Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

domingo, 17 de enero de 2016

Hirbet Hiza. Un pueblo árabe. S. Yizhar

S. Yizhar escribió Hirbet Hiza cuatro años después del final de la segunda guerra mundial, de los campos de concentración, las bombas atómicas, los bombardeos a poblaciones civiles o las esclavas sexuales. Yizhar habla de un conflicto a menor escala, la guerra entre árabes y judíos sobre un puñado de tierra e historia, y se pregunta sobre la dureza y la crueldad de los enfrentamientos, la indefensión de los obligados a exiliarse, la pérdida de la tierra y el hogar y el desarraigo, qué es justo y si es posible una convivencia en paz. Hirbet Hiza sorprende por asistir a esos años posteriores a una guerra tan devastadora como la segunda guerra mundial y ver cómo los conflictos continuaban y se ramificaban en otras partes del mundo, renacían viejos enfrentamientos, se difuminaba la línea que separaba a víctimas y verdugos y sólo quedaba el horror y el estupor.

El narrador de Hirbet Hiza se obliga a recordar el horror del que fue testigo y partícipe,  Un pequeño destacamento entra en un poblado árabe para echar a sus habitantes y destruir sus casas y campos para luego colonizarlos con población judía. El día es caluroso y largo, el narrador interrumpe el recuerdo de la toma del poblado Hibert Hiza con otros recuerdos de guerra y misiones, apenas hay movimiento en el pueblo, casas de adobe entre la tierra y los huertos y los soldados, apostados en las afueras, que esperan el inicio de la intervención. Y en esa espera, las burlas sobre las costumbres y tierras árabes, algo que bulle en el narrador, la sensación de que será testigo de una injusticia, de un acto ignominioso, arrancar a un puñado de hombres y sus mujeres de sus casas, y con ello de sus raíces, recuerdos y tradiciones.

Apenas hay escaramuzas o resistencia. Los soldados entran en el poblado, entre el polvo de la tierra y las casas abandonadas. Todo parece detenido, en suspenso. Ven huir sombras y disparan contra ellas, acatan las órdenes sin cuestionarlas, piensan en cómo será esa misma tierra en mano de los colonos, caminan entre los objetos abandonados, pisan una tierra que ha pertenecido durante generaciones a la gente del pueblo, hay algo bíblico en esa tierra, una cualidad de leyenda, tiempo e historia, la tierra que ha acogido los gestos cotidianos a lo largo de los siglos, que ha cambiado por las pisadas de hombres y animales, que ha dado frutos o se ha secado por la falta de lluvia. Los hombres avanzan por las casas, buscan a sus ocupantes, levantan un control por el que pasan los árabes camino del destierro, se escuchan explosiones que destruyen casas, los árabes camino de los campos de refugiados en camiones que al narrador le recuerda a los trenes que pocos años atrás recorrieron Europa hacia los campos de exterminio. El narrador testifica sobre el horror y la injusticia impartida, sobre las raíces rotas y la sinrazón de la guerra y la ocupación.

S. Yizhar aborda un tema espinoso, la ocupación judía y el destierro árabe tras la segunda guerra mundial, da la voz a un hombre que se rebela por momentos ante lo que ve, que levanta la voz, aunque luego sea silenciada por la obediencia militar, su escritura detallista, las frases largas que abarcan la mirada del narrador, la complejidad de la situación, las casas en silencio, el ritmo que va a impulsos, como el narrador, de la espera a la reflexión, de la descripción de poblado y pobladores a la idea de la tierra que contiene el tiempo pasado. Hirbet Hiza recuerda una realidad y fotografía un momento del conflicto  entre judíos y árabes que dura siglos y muestra la injusticia y el desarraigo.







Y entretanto, mientras Arieh se encontraba sumido en sus consideraciones y cavilaciones, continuamos la marcha cuesta abajo, asomándonos a las desérticas casas, decretando a voces el nuevo estado de nuestros hallazgos, aunque las gallinas y los conejos se nos escapaban todos, y por aquí y por allá rociábamos algo con la gasolina que teníamos preparada en una lata en el jeep y quemábamos una bala de paja, una puerta de madera o un tejado bajo de paja y esperábamos a ver como el fuego brotaba insolente en cuanto la gasolina se consumía, o dábamos patadas a este o aquel objeto por si debajo se escondiera algo que mereciera la pena, aunque poníamos mucho cuidado en no entrar en las casas, a causa de las pulgas, y nos limitamos a cruzar por delante de lo que había sido un corte de vida hecho de casas, patios y personas, pero que en un instante se había venido abajo y había quedado destruido por la precipitación de la huida, un corte de vida del que no quedaba más que una especia de mueca petrificada que de allí en adelante se iría ajando hasta quedar completamente aniquilada bajo el polvo del tiempo.

***

Pero cuando estalló de repente, con un estruendo ensordecedor y levantando una gran columna de humo, una casa de piedra cuyo plácido tejado habíamos estado viendo desde allí, tan plano y perfecto, que ahora saltaba por los aires desintegrado en un montón de cascotes que caían pedazo a pedazo en medio de una gran polvareda y un granizo de piedras, se levantó de un salto una mujer que debía ser la dueña de la casa y prorrumpió en un salvaje alarido antes de echar a correr hacia allí, con un niño en brazos y otro desdichado que ya andaba agarrado a la falda de su vestido, y mientras corría gritaba y señalaba hacia allí con la mano, las palabras sofocadas en la garganta, y una vecina ya se había puesto de pie, y otra más, seguida de un anciano, y ya eran muchos los que se habían levantado, mientras ella seguía corriendo con el niño agarrado al vestido, a rastras por un instante, hasta que se cayó y, deshecho en lágrimas, quedó allí con su moreno trasero al aire. Uno de nuestros muchachos salió al encuentro de la mujer y le gritó que se detuviera, pero ella seguía dando unos desesperados alaridos y con la mano libre se golpeaba el pecho, porque al parecer acaba de comprender que no se trataba solo de quedarse esperando bajo el follaje del sicomoro a ver qué querían los judíos para después regresar a su casa, sino que aquello era el punto y final de su hogar y de su mundo, que había caído sobre ellos la oscuridad, y ahora se derrumbaban, y es que de repente intuyó algo intangible, espantoso, increíble, algo que se le plantaba delante sin que nada se interpusiera, algo concreto y cruel que ya estaba allí cara a cara y que no tenía vuelta atrás. El muchacho se había puesto pálido, como quien se ve forzado a oír algo que no quiere escuchar, y volvió a gritarle que regresara a su sitio. Pero la mujer estaba ya muy por encima de cualquier amenaza y dejándolo plantado echó a correr pesadamente hacia el lugar de la explosión. Con un gesto reflejo de la mano el muchacho la atrapó por el pañuelo y, para oprobio de ella, la cabellera se le soltó y se quedó completamente al descubierto, hecho que provocó la repulsa de todos y una indignación desbordada en el corazón de la mujer, que le arrebató el pañuelo y con un solo gesto de protesta se lo volvió a colocar en la cabeza envolviendo también con él al pequeño que gemía en el otro brazo, y alzándose con presteza el pesado vestido siguió corriendo hacia delante, hacia la casa destruida.

***

Y de nuevo algo primigenio y bíblico estremeció el aire, como si otra cosa, una profecía de desgracias fuera a ocupar su lugar y estuviera ya suspendida en el ambiente, y quien hubiera sabido cómo iba a terminar todo aquello habría comprendido lo que tenía delante.
–¿Cómo se llama, en realidad, este lugar? –preguntó Shlomo.
–Hirbet Hiza –le respondió alguien.
S. Yizhar. Hirbet Hiza. Un pueblo árabe. Traducción de Ana María Bejarano. Editorial Minúscula.

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