Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

domingo, 27 de diciembre de 2015

Eloy Sánchez Rosillo en Antes del nombre

Perplejidad

Con lento pie anduviste por mi vida,
dolor de aquellos tiempos,
nunca terminabas de pasar.
Días que eran la noche,
años empantanados en las aguas
de un presente ofuscado y sin salida.
Perplejo aún, puedo afirmar ahora
que al fin no te marchaste,
ni te apagaste porque te extinguieras,
sino que por amor, por gracia pura,
fuiste transfigurado
en alegría misericordiosa
sin que yo en un principio lo advirtiese.
¿Cómo pudo ocurrir aquel prodigio
de que al llegar a un punto, a tal momento,
tú ya no fueras tú
y fueras justamente lo contrario?
Qué enigmático es todo, qué aventura
esta ignorancia ciega del vivir.


***


Nuevas consideraciones sobre el alba

Nunca se acaba de entender el alba.
Por más que uno lo observe un día y otro
-sobre todo en verano-, no se puede
desvelar el motivo de sus hábitos
ni los secretos de su condición.
Todo es en ella prodigioso y nadie
consiguió descifrarla.
                                   Miro, absorto,
el mágico momento en que la noche
deja de ser la noche y rompe el día.
Desde la oscuridad que ahora me envuelve,
con el balcón de par en par abierto,
constato este milagro de la luz
que es aún casi luz, que es luz apenas.
Y nada inquiero, nada me pregunto.
Ante un asunto así, tan delicado,
sólo hay lugar en mí para el asombro.


***


En la inmensa heredad

Por estos ojos salgo yo a la vida
y entra en mí cuanto existe, la incontable
variedad de las cosas de ahí afuera.
Ninguna puerta tan abierta y fácil,
tan prodigiosa. Pasan por el cielo
muy deprisa unas nubes y, a la vez,
porque mis ojos miran, acontecen
aquí, en la intimidad del alma mía.
Una muchacha o esta hormiga, un árbol,
una mota de polvo, esa montaña,
no son ajenos, no están lejos, sino
que, sin negar su ser, vienen a mí
y se me entregan, son yo mismo al cabo.
Cuántos bienes diversos, cuánta luz,
están conmigo en la heredad del mundo
por gracia, sobre todo, del mirar.


***


A la orilla del tiempo

No necesito para estar conmigo,
para reconocerme y encontrarme,
sino estas horas quietas
y mi tranquilo corazón de hoy.
Mucho he vivido ya, mucho he sufrido
en improbables rumbos que de mí me alejaban.
Más no sé cómo un día me detuve
a la orilla del tiempo.
Dejé que él prosiguiera caminando deprisa,
con su ruido y su furia,
y desde entonces busco en mí a mi ser.
Miro también las cosas,
que no son diferentes de quien soy,
sino nombres parciales de un todo indivisible
que en mi pecho respira.
Al pozo de mi hacienda me asomo cuando siento
en calma el corazón como lo siento ahora,
y de su fondo oscuro brota clara
un agua viva, un agua espejeante,
que sube bulliciosa hasta mi sed.
Eloy Sánchez Rosillo. Antes del nombre. Tusquets editores.

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