Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

viernes, 17 de marzo de 2017

La vida breve. Juan Carlos Onetti

A veces ocurre. Que llegas a un autor y sientes que lo has hecho tarde, que deberías haberlo leído junto a Melville, Conrad o Rulfo, que hay una escritura que te atrae por su densidad y sus múltiples capas y la subversión de una realidad que se adentra en el sueño, o son la imaginación y la fantasía las que se adentran en la realidad, creando un mundo de espejos ilusorios. La vida breve es Onetti que crea a Brausen que a su vez imagina y da vida al doctor Díaz Grey en el pueblo de Santa María, y lo imagina mirando a la plaza y el río a través de una ventana, observando calles, estatuas y a todos sus habitantes, y, también, Brausen que se hace pasar por Arce, un hombre de acción, un revólver en el bolsillo y saberse capaz de matar.

Brausen anda entre dos mundos, en uno es un vendedor y escritor, está casado con Gertrudis, a la que acaban de extirpar un pecho, y es esa ausencia en su cuerpo la que hace que Brausen caiga en el extrañamiento y el vacío. Escucha una conversación en el departamento de al lado, un hombre y una mujer, e imagina cuerpos, gestos y pasados. Verá la silueta de la mujer, la Queca, escuchará sus conversaciones, entrará en su departamento vacío en el que se siente en un mundo desconocido, se hará pasar por Arce para estar a su lado, y ese hacerse pasar por otro lo lleva a desprenderse del Brausen que todos conocen, despidiéndose de las emociones, gestos y formas de actuar que lo definían, convirtiendo su grisura y austeridad en acción y violencia. En el otro mundo, es el creador del doctor Díaz Grey, su alter ego, un hombre pequeño e insignificante, silencioso y observador que vive en Santa María, la idea de Brausen de hacer un guión sobre la vida del doctor y su encuentro con Elena Salas, de cómo algo irrumpe en su vida y lo lleva hacia emociones y lugares ignotos. Brausen rompe la frontera entre realidad y ficción, transforma su vida en pensamientos y recuerdos del doctor o usa la vida inventada del doctor como anticipación de la suya propia.

Hay un momento, hacia el final de la novela, donde Brausen, en su papel de Arce, deshecho ya de su personalidad primigenia, se dirige a Santa María. Y ahí, en sus calles, se siente creador, busca el reconocimiento de sus habitantes, gestos previamente imaginados, la silueta inventada del doctor Díaz Grey. Se destruyen el concepto de identidad y realidad, si todo lo que ocurre en La vida breve no será otra cosa que aquello que inventa la mente de Brausen, desde la inicial conversación espiada en el piso de al lado, su decisión de cambiarse por Arce y abandonar la piel de Brausen, su huida que lo lleva a Santa María. Todo es un sueño, o algo fantasmagórico como esa Santa María inventada a partir del recuerdo de un lejano día pasado en sus calles, como sus habitantes que no son más que siluetas difusas.

Onetti es digresión y capítulos febriles, es el cambio de narrador, espacio y tiempo, es la realidad imaginada o los destellos de una mente caótica que busca un orden y un destino. Onetti dibuja las identidades de Brausen, el primer hombre gris al seco y el violento hombre de acción final, de Díaz Grey, que sucumbe al cuerpo de Elena Salas y su morfinomanía, las dibuja y las diluye, convirtiéndolas en sombras. Brausen, la parte de Brausen que hay en La vida breve y desaparece a lo largo de la novela, y su forma de entender la vida como un alma y una suma de vidas, un continuo empezar de cero, un fracaso.



Voy a vivir, simplemente. Otro fracaso, porque puede presumirse que hay una cosa para hacer, que cada uno puede cumplirse en determinada tarea. Entonces la muerte no importa, no tanto, no como definitiva aniquilación, porque el hombre con fe supone haber descubierto el sentido de la vida, haberlo obedecido. Pero para esta pequeña vida que empieza o para todas las anteriores si tuviera que empezar de nuevo, no conozco nada que me sirva, no veo posibilidades de fe. Puedo, sí, entrar en muchos juegos, casi convencerme, jugar para los demás la farsa de Brausen con fe. Cualquier pasión o fe sirven a la felicidad en la medida en que son capaces de distraernos, en la medida de la inconsciencia que puedan darnos.


Están el pesimismo y una realidad gris, está el deambular por ciudades fantasmales como sombras, están Gertrudis, mujer de Brausen, que tras su operación de pecho vuelve a Montevideo, busca en la mujer que fue en el pasado para sobrevivir en el presente, está la Queca, que al principio es voz y a lo largo de la novela parece una ensoñación de Brausen/Arce, una prostituta que dice sentir voces y presencias que la rodean y que llama “ellos”, está Elena Sala, la invención de Brausen que trastoca la vida de Díaz Grey, otra invención, sus piernas desnudas para los pinchazos de morfina, su búsqueda de un muchacho por el territorio de Santa María, está Mami, una mujer que vive con un amigo de Brausen, que sabe que su belleza pasó hace años, está el desamor, la desolación, la corrupción de vida y alma, la derrota, la sensualidad mortecina, está tristeza.



Ya no volví a tomar la lapicera. Estuve pensando en la mujer de al lado, en la Queca, en su perfil casi olvidado, su voz y su risa; en cada una de las cosas que yo conocía de su vida. Cuando terminara la noche, cuando yo me pusiera de pie y aceptara, sin rencor, que había perdido, que no podía salvarme inventando una piel para el médico de Santa María y metiéndome en ella; en un momento cualquiera del fin de la noche, cuando sólo fuera posible mantenerla cerrando ventanas y balcones, murmurando y cumpliendo palabras y actos nocturnos, la Queca, Enriqueta, iba a volver de la calle, sola o escoltada por los pasos y el silencio de un hombre. De regreso de alguna forma cualquiera de la compañía, cansada, un poco borracha, canturreando mientras se quitaba las ropas. Iba a estar allí, próxima sólo para mi oído, desnudándose el cuerpo ardiente, sudoroso, cubierto por la humedad nacida unas horas antes, mientras bailaba, o en cualquier improvisado rincón de fiesta —ligas, puntilla, bragueta y la orquesta repentinamente enmudecida en el disco.
Salí al pasillo y deslicé la carta bajo la puerta del departamento H. «Todo está perdido», repetía sin convencerme.
La Queca me despertó a la madrugada, riendo y sofocándose en el teléfono. Contaba una historia en la que intervenían dos hombres y un automóvil; una botella de guindado, un bosque con un lago; nuevamente los dos hombres, disimulando con arrogancia la cobardía creciente, la indecisión. La historia de un automóvil detenido bajo ramas gruesas y el perfume de las glicinas; de los golpes de la portezuela resonando en la soledad convencional del paisaje.
La oí acostarse y apagar la luz, desechar con un rápido murmullo el recuerdo de los pequeños errores de la noche. Entonces sonreí, crucé el borde de la tristeza, dilatada, prácticamente infinita, como si hubiera estado creciendo durante mi sueño y el corto monólogo de la mujer en el teléfono. No había podido escribir el argumento de cine para Stein; tal vez no podría nunca salvarme con el dibujo de la larga frase inicial que bastaría para devolverme nuevamente a la vida. Pero si yo no luchaba contra aquella tristeza repentinamente perfecta; si lograba abandonarme a ella y mantener sin fatiga la conciencia de estar triste; si podía, cada mañana, reconocerla y hacer que saltara hacia mí desde un rincón del cuarto, desde una ropa caída en el suelo, desde la voz quejosa de Gertrudis; si amaba y merecía diariamente mi tristeza, con deseo, con hambre, rellenándome con ella los ojos y cada vocal que pronunciara, entonces, estaba seguro, quedaría a salvo de la rebeldía y la desesperanza.


Onetti me gana por su forma de escribir densa y laberíntica, donde la invención y la realidad se unen en un mismo punto y la vida y el alma pasan del gris a algo indefinido y fantasmal.









Entonces descubrí que yo había estado pensando lo mismo desde una semana atrás, recordé mi esperanza de un milagro impreciso que haría para mí la primavera. Hacía horas que un insecto zumbaba, desconcertado y furioso entre el agua de la ducha y la última claridad del ventanuco. Me sacudí el agua como un perro, y miré hacia la penumbra de la habitación, donde el calor encerrado estaría latiendo. No me sería posible escribir el argumento para cine de que me había hablado Stein mientras no lograra olvidar aquel pecho cortado, sin forma ahora, aplastándose sobre la mesa de operaciones como una medusa, ofreciéndose como una copa. No era posible olvidarlo, aunque me empeñara en repetirme que había jugado a mamar de él, de aquello. Estaba obligado a esperar, y la pobreza conmigo. Y todos, en el día de Santa Rosa, la desconocida mujerzuela que acababa de mudarse al departamento vecino, el insecto que giraba en el aire perfumado por el jabón de afeitar, todos los que vivían en Buenos Aires estaban condenados a esperar conmigo, sabiéndolo o no, boqueando como idiotas en el calor amenazante y agorero, atisbando la breve tormenta grandilocuente y la inmediata primavera que se abriría paso desde la costa para transformar la ciudad en un territorio feraz donde la dicha podría surgir, repentina y completa, como un acto de la memoria.

***

Me apoyé en el respaldo, con los ojos cerrados, respirando con fuerza el aire, pensando: «A esta edad es cuando la vida empieza a ser una sonrisa torcida», admitiendo, sin protestas, la desaparición de Gertrudis, de Raquel, de Stein, de todas las personas que me correspondía amar; admitiendo mi soledad como lo había hecho antes con mi tristeza.
«Una sonrisa torcida. Y se descubre que la vida está hecha, desde muchos años atrás, de malentendidos. Gertrudis, mi trabajo, mi amistad con Stein, la sensación que tengo de mí mismo, malentendidos. Fuera de esto, nada; de vez en cuando, algunas oportunidades de olvido, algunos placeres, que llegan y pasan envenenados. Tal vez todo tipo de existencia que pueda imaginarme debe llegar a transformarse en un malentendido. Tal vez, poco importa. Entretanto, soy este hombre pequeño y tímido, incambiable, casado con la única mujer que seduje o me sedujo a mí, incapaz, no ya de ser otro, sino de la misma voluntad de ser otro. El hombrecito que disgusta en la medida en que impone la lástima, hombrecito confundido en la legión de hombrecitos a los que fue prometido el reino de los cielos. Asceta, como se burla Stein, por la imposibilidad de apasionarme y no por el aceptado absurdo de una convicción eventualmente mutilada. Éste, yo en el taxímetro, inexistente, mera encarnación de la idea Juan María Brausen, símbolo bípedo de un puritanismo barato hecho de negativas —no al alcohol, no al tabaco, un no equivalente para las mujeres—, nadie, en realidad; un nombre, tres palabras, una diminuta idea construida mecánicamente por mi padre, sin oposiciones, para que sus también heredadas negativas continuaran sacudiendo las engreídas cabecitas aun después de su muerte. El hombrecito y sus malentendidos, en definitiva, como para todo el mundo. Tal vez sea esto lo que uno va aprendiendo con los años, insensiblemente, sin prestar atención. Tal vez los huesos lo sepan y cuando estamos decididos y desesperados, junto a la altura del muro que nos encierra, tan fácil de saltar si fuera posible saltarlo; cuando estamos a un paso de aceptar que, en definitiva, sólo uno mismo es importante, porque es lo único que nos ha sido indiscutiblemente confiado; cuando vislumbramos que sólo la propia salvación puede ser un imperativo moral, que sólo ella es moral; cuando logramos respirar por un impensado resquicio el aire natal que vibra y llama al otro lado del muro, imaginar el júbilo, el desprecio y la soltura, tal vez entonces nos pese, como un esqueleto de plomo metido dentro de los huesos, la convicción de que todo malentendido es soportable hasta la muerte, menos el que lleguemos a descubrir fuera de nuestras circunstancias personales, fuera de las responsabilidades que podemos rechazar, atribuir, derivar».

***

Descendí por Corrientes paso a paso, alternando la fatiga de las manos que sostenían la valija, encontrándolo todo bueno, apropiado todo a los méritos, las necesidades, lo que eran capaces de soñar las gentes. Crucé el círculo del obelisco con la decisión de reconstruir una noche de mi adolescencia en la que habría afirmado, en soledad o ante sordos, que el período de la vida perfecta, los rápidos años en que la felicidad crece en uno y desborda (en que la sorprendemos como a una hierba incontenible naciendo en todos los rincones de la casa, en cada pared de las calles, debajo del vaso que alzamos, en el pañuelo que abrimos, en las páginas de los libros, en los zapatos que embocamos por las mañanas, en los ojos anónimos que nos miran un instante), los días hechos a la medida de nuestro ser esencial, pueden ser logrados —y es imposible que suceda de otra manera— si sabemos abandonarnos, interpretar y obedecer las indicaciones del destino; si sabemos despreciar lo que debe ser alcanzado con esfuerzo, lo que no nos cae por milagro entre las manos.
«Toda la ciencia de vivir —estaba en el guardarropa del Empire, estaba resuelto a no separarme de la valija— está en la sencilla blandura de acomodarse en los huecos de los sucesos que no hemos provocado con nuestra voluntad, no forzar nada, ser, simplemente, cada minuto».
«Abandonarse como a una corriente, como a un sueño», pensaba al adentrarme con la valija en la penumbra de la sala de baile, escuchando el tango desconocido, el solo del bandoneón sobre el distante piano. No pude ver a Stein en la pista ni en las mesas, puse la valija junto a mi pierna y pedí de beber; sabía que era imposible emborracharme, descubrí el cansancio de mi cuerpo al recostarlo en la silla, comencé a imaginar la expresión que tomarían en la muerte cada una de las caras que miraba: las dividí, de primera intención, en ceremoniosas e ingenuas, en la raza de las que se estirarán, duras, secas, adecuadas a la interpretación humana de la muerte, y la de las caras que se someterán, inexpresivas, dóciles.
Juan Carlos Onetti. La vida breve. Debolsillo.

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