Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

viernes, 20 de mayo de 2016

leyendo Francamente, Frank. Richard Ford

El martes pasado leí un artículo en el New York Times sobre cómo sería verse lanzado al espacio exterior. Era un pequeño recuadro en la parte izquierda de una de las páginas interiores del suplemento de Ciencias de los martes, uno de esos artículos que rara vez se adentran en ese aspecto interesante, personal, de las cosas: el asunto que un relato breve de Philip K. Dick o Ray Bradbury trata a fondo con profundas (aunque absolutamente irrelevantes) consecuencias morales. En realidad, esos artículos del Times están sólo destinados a facilitar a los directivos de inferior rango de Schwab y a los aprendices de Ernst & Young con salario de esclavos temas descabellados que les hagan parecer muy cultos ante sus colegas-competidores durante los primeros minutos de calentamiento de cada mañana, y a que puedan sevirles de tema toda la jornada. («Cuidado, Gosnold, si no quieres que lance inmediatamente al espacio exterior todo ese análisis de mercado y a ti junto con él…». Fugaces movimientos de cejas, sonrisas por todas partes).
No hay nada tan sorprendente en verse lanzado al espacio exterior. La mayoría de nosotros no tardaría más de quince segundos en perder la conciencia, de manera que toda consideración sensorial y anímica resulta claramente irrelevante. El articulista del Times, sin embargo, observaba que los más saludables de entre nosotros (astronautas, pescadores de perlas de las Fiji) podrían, de hecho, permanecer con vida y conscientes durante más de dos minutos, a menos que contuvieran el aliento (yo no lo haría), en cuyo caso les estallarían los pulmones; aunque no la piel, eso es interesante. Los datos no eran muy precisos en lo que se refiere a la calidad de conciencia que persistiría: cómo se sentiría uno o lo que podría pensar en esos últimos y delicados momentos, la misma cantidad de tiempo que tardo en cepillarme los dientes o (a veces, según parece) en echar una meada. No es difícil, sin embargo, imaginar que uno se pondría a pensar en las musarañas dentro de la burbuja del casco, tratando de asimilarlo, no queriendo desperdiciar los últimos y preciosos momentos presurizados cayendo en un pánico absurdo. Interesándose probablemente en lo que estuviera al alcance de la vista: las estrellas, los planetas, la esfera verdiazul de la lejana Tierra, el curioso aspecto de la cercana, aunque tan lejana, nave nodriza, blanca y acerada, con «Old Glory» pintado en la proa; la atracción del abismo propiamente dicho. Resumiendo, uno intentaría pasar su breve y último intervalo de vida de una manera agradable no prevista de antemano. Aunque también cabe imaginar que esos dos últimos minutos pareciesen una vida exageradamente prolongada. (Gran parte de lo que leo y veo en la tele estos días, tengo que decir, parece encaminado a apartarme de la escena humana de la forma más rápida e indolora posible: haciendo que lo desconocido no sea tan penoso. Aun cuando el hecho de que las cosas tengan un final es a menudo lo más interesante que tienen, en la medida en que en su mayor parte las cosas no parecen acabar, ni mucho menos, con la suficiente rapidez).
Richard Ford. Francamente, Frank. Traducción de Benito Gómez Ibánez. Anagrama.

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