Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

viernes, 14 de agosto de 2015

notas sobre Valis. Philip K. Dick



La búsqueda de una realidad a la que atenerse y en la que mantenerse, el intento último por encontrar una salida a la locura, por saber qué es lo real y lo insano dentro de nuestra mente, las preguntas sobre quiénes somos, qué hay sobre el espacio-tiempo, si el universo está enfermo y dónde está Dios en este desorden, si Dios somos nosotros o un sistema externo que intenta reiniciar un universo caótico, qué es la locura y si no hay en ella un atisbo de todos los mundos existentes fuera de la caverna, los tiempos y las dimensiones alterados y solapados en un único punto, el ser humano como eternidad (dentro de nosotros albergamos otros tiempos y otros espacios) y, sobre todo, el ruido de fondo de dios, el universo y la locura.

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Valis no es una novela de ciencia-ficción, no hay una historia como en El hombre en el castillo, Tiempo de Marte o Ubik, Valis es Dick angustiado por aquellos años donde escuchó una voz en su cabeza y vio el espacio-tiempo superpuesto, la Roma del 70 d.c. y la California de 1974 en un mismo plano, donde la realidad se convirtió en algo falso e inasible y Dios se presentó como un sistema de información en un rayo rosa. Valis es el terror por un mundo incomprensible, por no saber qué es real, la desesperada búsqueda de una salida y una respuesta, de una sanación que haga que el mundo se revele tal cual es, el diario de un psicótico que se sabe en un laberinto pero desconoce la forma de salir.

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Está Amacaballo Fat y está el narrador en tercera persona que habla de Fat, su caída en la locura, sus días en sanatorios y terapias, su encuentro con Dios a través de una extraña luz rosa y la información que le transmite, el universo es irracional y no hay un orden en él y hay un dios creador ciego y mentiroso, sus visiones de otra época, la Roma imperial y el futuro lejano, sus exégesis, el diario que lleva Fat donde intenta explicar sus experiencias con Dios y el universo. Qué es Dios, se acerca a la noción que tenemos de él o es algo nuevo, algo diferente, qué fuerzas hay en el universo y cuál es el tiempo real que ocupamos.

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O las visiones no son de Dios sino de nosotros mismos hablándonos desde el futuro, entonces, el ser humano como un punto en una línea infinita y alberga dentro de sí la eternidad y todos los seres encarnados y por encarnar. O emisiones de un satélite ruso. O las drogas y el alcohol. O un resplandor antes de la muerte. O nada en absoluto.


Durante un largo tiempo (o «vastos desiertos de eternidad», como él hubiera dicho), Fat desarrolló un montón de peregrinas teorías para explicar su contacto con Dios y la información de él derivada. Una de ellas, distinta de las demás, me resultó particularmente interesante. Describía una especie de capitulación mental por parte de Fat ante el proceso por el que estaba pasando. Esta teoría sostenía que en realidad no estaba experimentando nada en absoluto. Rayos de intensa energía que emanaban de muy lejos, quizá de una distancia de millones de kilómetros, le estimulaban selectivamente diversas partes del cerebro. Estas estimulaciones selectivas generaban la impresión —para él— de que en realidad veía y oía palabras, imágenes, figuras de personas, páginas impresas; en suma, Dios y el Mensaje de Dios o, como a Fat le gustaba decir, el Logos. Pero (sostenía esta teoría) sólo imaginaba que experimentaba estas cosas. Eran como hologramas. En verdad me llamaba la atención que un lunático desechara sus alucinaciones de manera tan elaborada; Fat, intelectualmente, se había excluido del juego de la locura mientras que al mismo tiempo seguía disfrutando de sonidos y visiones. De hecho, ya no sostenía que todo aquello estuviera allí presente. ¿Era un indicio de que había empezado a mejorar? Es difícil creerlo. Ahora afirmaba que «ellos» o Dios o algún otro le apuntaban a la cabeza con un rayo de energía de largo alcance y rico en información. No vi ninguna mejoría en esto, pero representaba un cambio. Fat ahora podía desechar sus alucinaciones, lo cual significaba que las reconocía como tales. Pero, como Gloria, ahora tenía un «ellos». Esto me pareció una victoria pírrica. La vida de Fat me daba la impresión de ser una larga letanía de lo mismo, como, por ejemplo, la manera en que había rescatado a Gloria.


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Amacaballo es Philip en griego. Y Fat es Dick en alemán. Dick habla de Fat (y habla con Fat) como alguien ajeno a él y, a la vez, como la parte colapsada de su mente. Valis es un juego de espejos, es Dick buscando una respuesta y un tiempo (según Fat, el tiempo se detuvo en el 70 d.c. y se reanudó en 1974), es la angustia y el terror de Dick, es una descripción detallada desde dentro de la locura.

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Hay dos mellizos. Uno de ellos nace prematuramente. No tiene toda la información. Crea un universo enfermo y caótico y ciego. Todo es apariencia. El segundo mellizo trata de mimetizarse en ese universo para devorarlo y sanarlo. Y Dick como testigo de la lucha por entre lo racional y lo irracional.

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Tal vez sea Valis el libro más extraño, denso y doloroso de Philip K. Dick. Leer Valis es asistir a las visiones e hipótesis de un loco, al recuerdo de las religiones pasadas, de los gnósticos, presocráticos los alquimistas y los cristianos antiguos, y a la búsqueda de Dios. Y, sobre todo, Valis es el diario de un hombre que se describe a sí mismo con distancia y, a veces, humor, y que no sabe qué es real y que intenta encontrar algo de paz. La lectura de Valis me afectó, es leer dentro de la locura y de una mente bloqueada.







Fat me contó otro detalle de su encuentro con Dios: de repente el paisaje de California, Estados Unidos de América, 1974, se desvaneció y apareció en cambio el paisaje de Roma del siglo I EC. Durante un tiempo vio una superposición de ambos, como en algunas imágenes del cine. ¿Por qué? ¿Cómo? Dios le explicó muchas cosas a Fat, pero nunca esto, excepto la críptica frase que aparece en el diario como anotación.
3. Hace que las cosas luzcan diferentes para que parezca que el tiempo ha transcurrido.
¿Quién es el sujeto que hace semejante cosa? ¿Hemos de inferir que de hecho el tiempo no ha transcurrido? ¿Transcurrió alguna vez? ¿Hubo una vez un tiempo real y, por lo mismo, un mundo igualmente real, y hay ahora en cambio un tiempo fingido y un mundo igualmente fingido, como una especie de burbuja que crece y se modifica, pero que en realidad está estática?
A Amacaballo Fat le pareció atinado incluir tempranamente esta enunciación en el diario o exégesis o como guste llamarla. Es la anotación siguiente, la 4:
La materia es plástica ante el ojo de la Mente.
¿Existe en realidad un mundo exterior? En concreto Gurnemanz y Parsifal permanecen inmóviles y es el paisaje el que cambia; de modo que aparecen en otro espacio, un espacio que antes había sido experimentado como tiempo. Fat pensó en una lengua utilizada dos mil años atrás y vio el mundo antiguo que se adecuaba a esa lengua; el contenido mental armonizaba con las percepciones que tenía del mundo exterior. Parece que aquí hubiera una cierta lógica. Quizás hubo una disfunción temporal. Pero ¿por qué no la experimentó también su esposa Beth? Estaba viviendo con Fat cuando éste tropezó con Dios. Para ella nada cambió, salvo (como me lo hizo saber) que oyó ciertos sonidos extraños como de algo cargado en exceso a punto de reventar.

***

—Doctor Stone —dijo—, hay algo que desearía preguntarle. Quiero su opinión profesional.
—Hable.
—¿Es posible que el Universo sea irracional?
—Usted me está hablando de un Universo que no cuenta con la guía de una mente. Le sugiero que recurra a Jenófanes.
—Claro —dijo Fat—. Jenófanes de Colofón. «Un dios existe que en nada se asemeja a las criaturas mortales ni en cuanto a la forma del cuerpo ni en cuanto al pensamiento. Todo él ve, todo él piensa, todo él oye. Se mantiene siempre inmutable en el mismo lugar; no está bien...».
—«No cabe» —corrigió el doctor Stone—. «No cabe que se traslade ora por aquí, ora por allá». Y la parte importante está en el Fragmento 25. «Pero sin esfuerzo, lo maneja todo con el pensamiento».
—Pero quizá sea irracional —dijo Fat.
—¿Cómo podríamos saberlo?
—Todo el Universo sería irracional.
El doctor Stone preguntó:
—¿En relación con qué?
Fat no lo había pensado. Pero enseguida advirtió que esto no le quitaba el miedo; por el contrario, lo acrecentaba. Si todo el Universo fuera irracional, gobernado por una mente irracional —es decir, insana—, especies enteras aparecerían de pronto, vivirían y morirían sin siquiera adivinarlo, precisamente por la razón que Stone acababa de dar.
—El Logos no es irracional —decidió Fat en voz alta—. Yo lo llamo el plásmata. Sepultado como información en los códices de Nag Hammadi, que está de vuelta entre nosotros creando nuevos homoplásmatas. Los romanos, el Imperio, mataron a todos los originales.
—Pero usted dice que el tiempo real terminó en el 70 DC, cuando los romanos destruyeron el Templo. Por tanto, nos encontramos todavía en tiempo de los romanos; los romanos están todavía aquí. Este año sería... —El doctor Stone hizo un cálculo mental—. El 100 DC poco más o menos.
Fat entendió entonces que esto explicaba su doble exposición, la superimpresión que había visto de la antigua Roma y la California de 1974. El doctor Stone había resuelto el problema por él.
El psiquiatra que debía tratar su locura la había ratificado. Fat nunca abandonaría ahora la creencia de que se había encontrado con Dios. El doctor Stone se la había fijado con clavos.

***

Estamos hablando de Cristo. Es una forma de vida extraterrestre que llegó a este planeta hace millares de años, y que como información viviente pasó a los cerebros de los seres humanos que ya vivían aquí, la población nativa de este planeta. Estamos hablando de una simbiosis entre distintas especies.
Antes de ser Cristo fue Elías. Los judíos lo saben todo sobre Elías y su inmortalidad; y su capacidad de extender la inmortalidad entre otros «mediante la división de su espíritu». El pueblo Qumran conocía todo esto. Intentaban recibir parte del espíritu de Elías.
«Ya ves, hijo mío, aquí el tiempo se convierte en espacio».
Primero, se lo convierte en espacio y luego uno se traslada por él, pero como lo advirtió Parsifal, uno no se mueve en absoluto; permanece inmóvil y el paisaje cambia, metamorfoseándose. Por un momento tuvo que haber contemplado una doble exposición, una superposición, al igual que Fat. Éste es el tiempo onírico, que existe ahora, no en el pasado, el lugar donde habitan los héroes y los dioses y se cumplen las hazañas.
Fat, pues, había llegado a la conclusión de que el Universo era irracional y estaba gobernado por una mente irracional, la deidad creadora. Si el Universo fuera racional y no irracional, algo ajeno que irrumpiera en él parecería irracional. Pero Fat, que lo había invertido todo, consideró que lo irracional irrumpía en lo racional. El plásmata inmortal había invadido nuestro mundo y el plásmata era enteramente racional, pero no nuestro mundo. Esta estructura era la base de la cosmovisión de Fat. Era su fundamento.
El único elemento racional de nuestro mundo ha estado dormido durante dos mil años. En 1945 despertó, abandonó el estado de semilla latente y empezó a crecer. Creció dentro de sí mismo, y presumiblemente dentro de otros seres humanos, y creció también fuera, en el macromundo. Cuando algo comienza a devorar el mundo, algo muy grave está aconteciendo. Si la entidad que lo devora es malvada o insana, la situación no es meramente grave, es lúgubre. Pero Fat percibía el proceso de otro modo. Lo percibía exactamente como lo había percibido Platón en su propia cosmogonía: la mente racional (noös) persuade a la irracional (casualidad, determinismo ciego, ananké) de que se integre en el cosmos.
Este proceso fue interrumpido por el Imperio.
«El Imperio nunca terminó». Hasta ahora; hasta agosto de 1974, cuando recibió un golpe demoledor y quizá definitivo de manos —por así decir— del plásmata inmortal, activo otra vez, y que utiliza a seres humanos como agentes físicos.
Amacaballo Fat era uno de esos agentes. Era, por así decir, las manos del plásmata que se alzaban para acabar con el Imperio.
De esto dedujo Fat que tenía una misión, que el plásmata tenía la intención de utilizarlo con buenos propósitos.
Philip K. Dick. Valis. Traducción de Rubén Masera. Revisión de Manuel Figueroa. Editorial Minotauro.

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