Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

domingo, 2 de agosto de 2015

El pájaro pintado. Jerzy Kosinski



El inicio de la segunda guerra mundial, un niño sin nombre y sus recuerdos familiares que se tornan borrosos y alejados con el paso del tiempo, los ojos y el pelo oscuros y la mirada sorprendida ante las formas de la muerte, su vagabundeo por una tierra también sin nombre, aldeas que se confunden unas con otras, que repiten gestos sádicos o sencillos y donde se acumulan supersticiones y crueldad, mitos y horror, el abismo y la negrura del ser humano, las huidas y las palizas y el mal cercano y cercado, la bondad resquebrajada y sentir, como un pájaro pintado moribundo, el peligro en la propia especie.

En el prólogo Kosinski confiesa que escribir El pájaro pintado en inglés le permitió cierto desapasionamiento y distanciamiento con la historia que quería contar. El pájaro pintado es un libro sobre el horror y la crueldad, no hay un lugar donde el niño protagonista, un muchacho de ciudad que sus padres dejan en el campo para evitarle los horrores de la guerra, se sienta seguro y a salvo. El niño deambula durante la segunda guerra mundial por aldeas sin nombre, acusado de gitano o judío, escondido en granjas, sótanos o zanjas de las miradas implacables de los aldeanos y granjeros que ven en él, en sus ojos negros y su fragilidad, una escusa para saciar su crueldad. No hay una naturaleza amable en este libro de Kosinski, cualquier lugar, un árbol, un riachuelo, un paraje nevado, es un lugar de muerte y destrucción.

El niño asiste atónito a un mundo cruel que difumina sus recuerdos de la ciudad y la familia, intenta encontrar en los rezos, el diablo y el comunismo un apoyo y una forma extraña de salvación, busca un lenguaje donde refugiarse y se amolda al frío, la persecución y la muerte. En cada aldea a la que llega en su huida, el niño hace de criado, bracero, amante, asiste a palizas, violaciones, miradas torvas, una amenaza constante que resquebraja su infancia y su inocencia. Las tropas alemanas son un peligro mudo y lejano, una vía de tren, un puesto abandonado, el ruido de una explosión distante. Para sobrevivir entre las aldeas y los alemanes el niño debe albergar una parte de maldad y odio.

Kosinski describe un entorno rural extraño, asfixiante, los aldeanos escupen tres veces al ver los ojos negros del niño, lo toman por gitano o judío, quieren dejarlo en los puestos alemanes para ahuyentar una posible represión, se dejan llevar por viejas supersticiones, están llenos de odio, resentimiento y sadismo, sólo algunas mujeres curanderas ejercen de islas entre el mal. La guerra llega a golpes, están las escaramuzas y los trenes que se dirigen a los campos de concentración (y los campesinos que asienten satisfechos por el sufrimiento del pueblo que mató a su dios).

Hay escenas terribles dentro de El pájaro pintado, las muertes y violaciones mostradas con una frialdad descarnada, el mal una repetición continua en la huida del niño a través de las aldeas y el tiempo.





Aunque Olga hablaba un dialecto extraño, llegamos a entendernos bastante bien. En invierno, cuando bramaba la tormenta y la aldea quedaba aislada por la nieve, nos sentábamos juntos en la cálida barraca y Olga me hablaba de todos los hijos de Dios y de todos los espíritus de Satanás.
Me llamaba el Negro. Ella fue la primera que me enseñó que yo estaba poseído por un espíritu maligno, el cual se agazapaba dentro de mí como un topo en una madriguera profunda, y cuya presencia yo desconocía. A un moreno como yo, poseído por este espíritu maligno, se le identificaba por sus ojos negros embrujados que no parpadeaban cuando miraban otros ojos claros brillantes. Debido a ello, afirmaba Olga, yo podía mirar a los demás y hechizarlos inconscientemente.
Me explicó que los ojos embrujados no sólo pueden lanzar maleficios, sino que también pueden eliminarlos. Cuando miraba a las personas, a los animales o incluso a las mieses, yo debía pensar únicamente en la enfermedad que le estaba ayudando a curar. Porque cuando los ojos embrujados miran a un niño sano, éste empieza a ponerse inmediatamente mustio; cuando miran a un ternero, éste muere víctima de una enfermedad repentina; cuando miran la hierba, el heno se pudre después de la siega.

***

Para ir a recoger hongos cruzábamos la vía de ferrocarril que atravesaba el bosque. Varias veces al día pasaban grandes locomotoras resollantes, arrastrando largos convoyes de mercancías. Las ametralladoras asomaban sobre los techos de los vagones y también estaban instaladas en una plataforma, delante de la locomotora. Los soldados provistos de cascos escudriñaban el cielo y los bosques con sus prismáticos.
Hasta que apareció un nuevo tipo de tren. En los vagones para ganado, herméticamente cerrados, se amontonaban personas vivas. Algunos de los hombres que trabajaban en la estación trajeron las noticias a la aldea. Esos trenes transportaban judíos y gitanos, que habían sido capturados y sentenciados a muerte. En cada vagón viajaban doscientos, hacinados como tallos de maíz, con los brazos en alto para ocupar menos espacio. Viejos y jóvenes, hombres, mujeres y niños, incluso lactantes. A menudo, los campesinos de la aldea vecina trabajaban durante un tiempo en la construcción de un campo de concentración y contaban extrañas historias. Nos decían que, cuando los judíos se apeaban del tren, los dividían en varios grupos, y que luego los desnudaban y les quitaban cuanto llevaban. Les cortaban el pelo, al parecer para rellenar colchones. Los alemanes también les miraban los dientes, y si tenían alguno de oro, se lo arrancaban de inmediato. Las cámaras de gas y los hornos no daban abasto ante la gran afluencia de gente: miles de los que perecían por efecto del gas no eran incinerados sino simplemente sepultados en fosos que rodeaban el campo.
Los campesinos escuchaban estas historias con ademán pensativo. Decían que el castigo del Señor por fin había alcanzado a los judíos. Hacía mucho tiempo que lo merecían, desde que crucificaron a Cristo. Dios nunca olvidaba. Aunque hasta ese momento no había castigado los pecados de los judíos, no los había perdonado. Ahora Dios se valía de los alemanes como instrumento de justicia. A los judíos se les debía negar el privilegio de la muerte natural. Debían perecer por el fuego, sufriendo en la tierra los tormentos del infierno. Estaban recibiendo ni más ni menos el merecido castigo por los crímenes oprobiosos de sus antepasados, por haber rechazado la única fe verdadera, por haber matado despiadadamente niños cristianos y por haber bebido su sangre.

***

También me gustaba la poesía. Estaba escrita en un estilo que me recordaba el de las oraciones religiosas, aunque era más bella y más inteligible. Por otro lado, los poemas no garantizaban días de indulgencia. No había que recitarlos para purgar pecados: la poesía era un placer. Las palabras suaves, pulcras, se engranaban como piedras de molino engrasadas y bruñidas para lograr un encaje perfecto. Sin embargo, leer no era mi ocupación primordial. Las lecciones que me daba Gavrila eran más importantes.
Él me enseñó que el orden del mundo no tenía nada que ver con Dios, y que Dios no tenía nada que ver con el mundo. La razón era muy simple: Dios no existía. Los ladinos sacerdotes se lo habían inventado para poder engatusar a las personas estúpidas y supersticiosas. No había Dios, ni Santísima Trinidad, ni diablos, ni fantasmas, ni vampiros que se levantaban de las tumbas. La muerte no rondaba por todas partes buscando nuevos pecadores de quienes apoderarse. Eso no eran sino leyendas para individuos ignorantes que no entendían el ordenamiento natural del mundo, que no creían en sus propias fuerzas y que, por consiguiente, debían refugiarse en la creencia de algún dios.
Según Gavrila, las personas determinaban el curso de sus vidas y eran las únicas dueñas de su destino. Esta era la razón por la cual todo hombre tenía importancia, y por la cual era esencial que todos supieran qué hacer y hacia dónde encaminarse. El individuo podía pensar que sus actos carecían de importancia, pero no era cierto. Sus actos, como los de otros individuos, formaban un gran mosaico que sólo podían discernir quienes se encontraban en la cúspide de la sociedad. De la misma manera, las puntadas aparentemente inconexas de la aguja de una mujer contribuían a formar el hermoso diseño floral de un mantel o una colcha.
Jerzy Kosinski. El pájaro pintado. Traducción de Eduardo Goligorsky. Editorial Debolsillo.

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