Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

sábado, 11 de marzo de 2017

William Saroyan en Las aventuras de Wesley Jackson

La segunda carta, que también leí a Victor a la mañana siguiente, mientras desayunábamos, decía: «Vamos a ver. Vuestro problema más gordo es qué hacer una vez que habéis comido. Parece que evitáis la verdad, y no hace falta que lo hagáis. En realidad no se puede evitar la verdad, pero al intentar evitarla os metéis de cabeza en la estupidez y en el desastre, mientras que si no intentarais evitarla empezaríais a desfrutar del sosiego que lleváis dentro pero que habéis perdido tras centenares de años de inquietud. Dejad ya de inquietaros, por favor. Veréis como no hay por qué preocuparse si os sentáis y empezáis a conoceros contando las cosas que tenéis a vuestro alrededor. Contar es una actividad pura, porque no pretende ser productiva. Eso ya vendrá luego. Primero debéis aprender a contar. La primera vez contad hasta nueve y no sigáis. No suméis, ni restéis, ni dividáis, ni multipliquéis aún. Lo entenderéis cuando empecéis a contar.
―¿Qué te parece? ―dije yo.
―¿Y yo qué quieres que te diga? ―dijo Victor―. Podríamos probar lo que dice. Ya hemos acabado de desayunar, vamos a contar.
―Esta cuchara―dije yo―. Uno. Pero antes de pasar al dos examinemos la cuchara, para ver cómo es.
―No―dijo Victor―. Él dice que no hay que hacer eso. Dice que hay que empezar a contar y nada más. Este plato con las sobras de los huevos revueltos, el jamón y las patatas, dos.
―Está bien―dije yo―. Esta taza de café, tres.
―El viejo de detrás de la barra, cuatro.
―¿Qué pasa? ―dijo que viejo de detrás de la barra.
―Usted es el cuatro ―dijo Victor.
―¿El cuatro? ―dijo el ruso―. ¿Y eso qué quiere decir?
―El número cuatro.
―¿Qué pasa? ¿Hoy no ponéis música? ―dijo el ruso.
―Esta moneda de cinco centavos para la máquina ―dije yo―, cinco. ―Eché la moneda en la máquina y la mujer empezó a preguntarle a su hombre por qué no se portaba bien con ella.
―Esta ventana ―dijo Victor―, seis.
―La ciudad entera ―dije yo―, siete.
―El mundo entero ―dijo Victor―, ocho.
―La Creación ―dije yo―, nueve.
―Ya está, los hemos logrado ―dijo Victor―. Hemos empezado con una simple cuchara y mira hasta dónde hemos llegado.
―No sé qué quiere decir este tipo ―dije yo.
―¿Qué te parece si le contestamos?
―¿Y qué le diríamos?
―¿Cómo que qué le diríamos? Pues que hemos recibido sus cartas, y le daríamos las gracias.
―Pero esas cartas están dirigidas a la gente del mundo.
―Eso es lo que somos tú y yo, ¿no? ―dijo Victor―. Alguien tiene que recoger las cartas del suelo y leerlas. No dice que no puedan leerlas un par de soldados del ejército que duermen en el hotel que hay al otro lado de la calle.
William Saroyan. Las aventuras de Wesley Jackson. Traducción de J. Martín Lloret. Acantilado.

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