Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

lunes, 16 de enero de 2017

La noche. Elie Wiesel

En un momento de La noche, Wiesel escribe, Jamás olvidaré esa noche, esa primera noche en el campo que hizo de mi vida una sola larga noche bajo siete vueltas de llave. Jamás olvidaré esa humareda. Jamás olvidaré las caritas de los chicos que vi convertirse en volutas bajo un mudo azur. Jamás olvidaré esas llamas que consumieron para siempre mi Fe. Jamás olvidaré ese silencio nocturno que me quitó para siempre las ganas de vivir. Jamás olvidaré esos instantes que asesinaron a mi Dios y a mi alma, y a mis sueños que adquirieron el rostro del desierto. Jamás lo olvidaré, aunque me condenaran a vivir tanto como Dios. Jamás. Son las palabras de Wiesel diez años después de su paso por Auschwitz (y por Buna y por Buchenwald), su ejercicio de memoria y su lucha contra el olvido, su confesión que habla de pérdida, supervivencia, lucha, asombro y ausencias, su personal representación del infierno, directa, austera, las fosas, los campos y el fuego que desterraron de Wiesel su primera y esperanzada idea de Dios y del alma humana.

El inicio de La noche parece un cuento. Una pequeña comunidad judía en la Rumanía húngara, un tiempo donde la guerra se desarrolla a cientos de kilómetros y sólo llega su rumor apagado, un vagabundo querido por los vecinos que inicia al muchacho Wiesel en el estudio de la Cábala y en la forma de acercarse a su Dios, a unir pregunta y respuesta en un punto inseparable. Pero el cuento se trunca, el vagabundo, judío extranjero, es deportado, y regresa tras haber huido para advertir a la comunidad judía sobre lo que está por llegar, las fosas comunes en los bosques. Nadie cree en sus palabras que hablan de monstruos y muerte, y el pueblo vive dos años de prórroga, las noticias que llegan a través de la radio, las derrotas de Alemania, la sensación de estar cerca de un final, la huida y ponerse a salvo algo impensable. Hasta que sube el partido fascista al poder y deja entrar al ejército alemán en tierra húngara. Así comienza La noche, algo amenazante que se cierne sobre una plácida comunidad y la esperanza de que los primeros pasos de la pesadilla, la estrella amarilla, el gueto, los trenes, no sean más que un tiempo difícil y pasajero.
 

Los deportados fueron olvidados rápidamente. Algunos días después de su partida se decía que estaban en Galitzia trabajando y hasta que estaban satisfechos de su suerte.
Pasaron los días. Las semanas, los meses. La vida había vuelto a ser normal. Un aire suave y tranquilizador soplaba en todas las casas. Los comerciantes hacían buenos negocios, los estudiantes vivían en medio de sus libros y los niños jugaban en la calle.

Un día, cuando iba a entrar en la sinagoga, divisé, sentado en un banco, próximo a la puerta, a Moshé-Shames.
Relató su historia y la de sus compañeros. El tren de los deportados había atravesado la frontera húngara y, en territorio polaco, la Gestapo se había hecho cargo de él. Detenido allí, los judíos tuvieron que descender y subir a unos camiones. Los camiones se dirigieron a un bosque. Se les hizo bajar. Se les hizo cavar amplias fosas. Cuando terminaron su tarea, los hombres de la Gestapo comenzaron la suya. Sin pasión, sin apresurarse, abatieron a sus prisioneros. Cada uno de ellos debía acercarse al foso y presentar la nuca. Los bebés eran lanzados al aire y las ametralladoras los tomaban como blanco. Fue en el bosque de Galitzia, cerca de Kolomaie. ¿Cómo había logrado salvarse él, Moshé-Shames? Por milagro. Herido en una pierna, lo creyeron muerto…
Durante muchos días y noches, iba de una casa judía a otra y relataba la historia de Malka, la joven que agonizó durante tres días, y la de Tobías, el sastre, que imploraba que lo mataran antes que a sus hijos…
Moshé había cambiado. Sus ojos ya no reflejaban alegría. Ya no cantaba. Tampoco hablaba ya de Dios o de la Cábala sino solo de lo que había visto. La gente no solo se negaba a dar crédito a sus historias sino aun a escucharlo.
—Trata de que nos compadezcamos de su suerte. Qué imaginación…
O bien:
—El pobre se ha vuelto loco.
Y él lloraba:
—Judíos, escúchenme. Es lo único que les pido. Ni dinero ni compasión. Pero escúchenme —gritaba en la sinagoga, entre la oración del crepúsculo y la de la noche.
Yo mismo tampoco le creía. A menudo me sentaba en su compañía, después del oficio de la noche y escuchaba sus historias, tratando de comprender su tristeza. Solo sentía compasión por él.
—Me toman por loco —murmuraba, y las lágrimas, como gotas de cera, resbalaban de sus ojos.
Una vez le hice la pregunta:
—¿Por qué estás tan empeñado en que crean lo que dices? En tu lugar, me seria indiferente que me crean o no…
Cerró los ojos como para huir del tiempo:
—No comprendes —contestó con desesperación—. No puedes comprender. Me he salvado por milagro. Logré volver hasta aquí. ¿De dónde provino esta fuerza? Quise volver a Sighet para relatarles mi muerte. Para que ustedes puedan prepararse mientras aún es tiempo. ¿Vivir? Ya no tengo apego a la vida. Estoy solo. Pero quise volver a advertirles. Y nadie me escucha…

Wiesel se niega a olvidar. En apenas ciento treinta páginas describe el infierno. La aparición de los alemanes, la negativa de los judíos a huir mientras pueden, a creer los rumores de la barbarie nazi, el traslado en tren donde empiezan los primeros horrores, la locura de una mujer que habla de llamas durante el viaje y que, al final, se materializan en las chimeneas de Auschwitz, la separación de familias, las imágenes de hogueras donde quemar niños, la selección, los trabajos en fábricas, Wiesel y su padre apartados de la madre y las hermanas, el inicio de una odisea que sacará lo mejor y lo peor de sí mismos, el padre que lucha por no perder al hijo y Wiesel que abandona su fe primera y se interroga sobre la ausencia de Dios y lucha a su vez por no desentenderse de su padre.

He leído la trilogía de Auschwitz de Primo Levi, los libros de Millu, Rajchman o Kertész sobre los campos de exterminio, sus testimonios que van más allá de la literatura y se convierten en imprescindibles, la necesidad del testigo de contar aquello por lo que pasaron, de hablar de la transformación del alma humana, la suya, rota, la de aquellos que fueron sus verdugos, incapaces del mínimo gesto de reconocimiento del otro. Wiesel es duro y certero, escribe sobre los métodos de los nazis, el orden alemán para llevar el control de cada víctima y su destino, la organización de los campos, en especial de la zona gris habitada por otros judíos, kapos que usaban su limitado poder para sobrevivir a costa de los demás, la ruptura con todo aquello que lo definía, la religión y su forma de entender a Dios, describe su vida como víctima, la desnudez primera al entrar en Auschwitz, una desnudez física y emocional. Si en Levi estaba la culpabilidad del superviviente, en Wiesel hay algo parecido en la relación con su padre. Ve alejarse a su madre y hermanas, se despide de ellas, se convierten en ausencia y apenas vuelve a dedicarles unas palabras en La noche, se agarra a la mano del padre para no separarse, un gesto que, con el avance de los días, de los horrores, le costará mantener, su padre sentido como una rémora para la supervivencia (y saberse en un lugar y una emoción extraños).

Wiesel sobrevive al infierno y nos los cuenta desde dentro.








Detrás de mí, un anciano se desplomó. Junto a él un SS reenfundaba su revólver.
Mi mano se crispó sobre el brazo de mi padre. Un solo pensamiento: no perderlo. No quedarme solo.
Los oficiales SS nos ordenaron:
—En filas de cinco.
Un tumulto. Había que permanecer juntos a toda costa.
—¡Eh, chico! ¿Qué edad tienes?
Me lo preguntaba un detenido. No podía ver su cara, pero su voz era cálida y cansada.
—Todavía no cumplí quince.
—No. Dieciocho.
—Pero no —respondí—. Quince.
—Grandísimo idiota. Escucha lo que yo te digo.
Después preguntó a mi padre, quien respondió:
—Cincuenta años.
Más furioso aún, el otro siguió:
—No, cincuenta no. Cuarenta. ¿Oyen? Dieciocho y cuarenta.
Desapareció entre las sombras de la noche. Se acercó otro, con la boca llena de insultos:
—Hijos de perra, ¿por qué han venido? Eh, ¿por qué?
Alguien se atrevió a responderle:
—¿Qué se cree? ¿Qué es por nuestro gusto? ¿Qué nosotros pedimos que nos trajeran?
Poco faltó para que el otro lo matara.
—¡Cállate, cerdo, o te aplasto aquí mismo! Tendrían que haberse colgado allí donde estaban en lugar de venir aquí. ¿No sabían lo que se prepara aquí, en Auschwitz? ¿No lo sabían? ¿En 1944?
Sí, nosotros lo ignorábamos. Nadie nos lo había dicho. Él no podía dar crédito a sus oídos. Su voz se volvió más y más brutal:
—¿Ven aquella chimenea, allá? ¿La ven? ¿Ven las llamas? (Sí, veíamos las llamas). Allá, allá los llevarán. Esa es su tumba. ¿Todavía no han comprendido? ¡Perros! ¿Ustedes no comprenden nada entonces? ¡Los van a incinerar! ¡Los van a calcinar! ¡Los van a reducir a cenizas!
Su furor se volvió histérico. Nosotros nos quedamos inmóviles, petrificados. ¿Todo eso no era una pesadilla? ¿Una pesadilla inimaginable?
Aquí y allá oí murmurar:
—Hay que hacer algo. No tenemos que dejarnos matar, ir como ganado al matadero. Tenemos que rebelarnos.
Entre nosotros había algunos muchachos fuertes. Llevaban puñales consigo e incitaban a sus compañeros a arrojarse sobre los guardias armados. Un joven decía:
—Que el mundo conozca la existencia de Auschwitz. Que la conozcan todos los que todavía pueden salvarse de venir aquí.
Pero los más viejos imploraban a sus hijos que no hicieran tonterías:
—No hay que perder la confianza, aunque la espada esté suspendida sobre nuestras cabezas. Así hablaban nuestros Sabios.

***

En otras épocas, mi vida culminaba el día de Año Nuevo. Sabía que mis pecados entristecían al Eterno e imploraba Su perdón. En otras épocas, creía profundamente que de uno solo de mis gestos, que de una sola de mis oraciones, dependía la salvación del mundo.
Ahora no imploraba ya más. No era capaz de gemir. Al contrario, me sentía muy fuerte. Yo era el acusador. Y el acusado, Dios. Mis ojos se habían abierto y yo estaba solo, terriblemente solo en el mundo, sin Dios, sin hombres. Sin amor ni compasión. No era más que cenizas, pero me sentía más fuerte que ese Todopoderoso al que habían ligado mi vida durante tanto tiempo.
En medio de esa reunión de orantes, yo era una especie de observador extraño.
El oficio terminó con el Kadish. Cada uno decía Kadish por sus padres, por sus hijos, por sus hermanos y por sí mismo.
Permanecimos un largo momento en el recinto de llamada. Nadie osaba romper ese milagro. Después llegó el momento de la puesta del sol y los detenidos volvieron a paso lento a sus blocs. ¡Oí que se deseaban un buen año!
Fui corriendo en busca de mi padre. Al mismo tiempo temía tener que desearle un feliz año en el cual ya no creía.
Estaba parado junto al bloc, apoyado contra la pared, encorvado, con los hombros abatidos como si llevara una pesada carga. Me acerqué a él, le tomé la mano y se la besé. Una lágrima cayó sobre ella. ¿Una lágrima de quién? ¿Mía? ¿Suya? No dije nada. El tampoco. Nunca nos habíamos comprendido tan claramente.
El sonido de la campana nos volvió a la realidad. Había que ir a acostarse. Volvíamos de muy lejos. Agucé la mirada para ver la cara de mi padre, acurrucado abajo, tratando de sorprender una sonrisa o algo parecido en su cara consumida y envejecida. Pero nada. Ni la sombra de una expresión. Vencido.
Elie Wiesel. La noche. Traducción de Fina Warschaver. Austral.

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