Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

domingo, 4 de septiembre de 2016

Halley

Enterramos una pequeña caja del árbol con el paso del cometa Halley. Teníamos once años, Martín, Iván y yo. La idea fue de Martín, hacer una caja de madera, guardar algunos objetos queridos y desenterrarla a la vuelta del cometa, setenta y seis años después. Martín nos decía que esa caja sería como las huellas de los dinosaurios en las rocas, una forma de decir aquí estuvimos, sin nombres ni rostros porque los objetos hablarían por nosotros.
Escuchábamos la radio de camino al colegio. Iván buscaba las noticias sobre el cometa, el ruido entre las voces entrecortadas, las noticias políticas que no entendíamos, los seriales sobre familias cascarrabias, y nos deteníamos en mitad de la acera cuando alguna de esas voces nos hablaba de la llegada de cometa. Los tres, Martín, Iván y yo, quietos alrededor del transistor, imaginando el viaje del cometa hacia la tierra, el espacio negro entre las estrellas y los planetas. Mirábamos al cielo y creíamos ver un atisbo de su llegada. Sentíamos que algo estaba por ocurrir, un nuevo tiempo, una revelación, una verdad última. Esperábamos febrero y soñábamos con la luz en el cielo que nos marcaría un camino desconocido.
Me pasé las siguientes semanas eligiendo mis dos objetos para la caja del árbol. Busqué entre juguetes y libros. Tenía que ser algo que me definiera y mostrara quién era a los once años para mi yo futuro. Estaba creando un recuerdo lejano y una frontera, el cometa y la caja serían mi paso de la infancia al inicio de la madurez.  
En febrero sentimos la inquietud de la espera. Sabíamos que el cometa se acercaba y había voces en la radio que lo llamaban el emisario de los dioses. Se organizaron ritos y ceremonias extrañas y hubo quienes se aislaron en bosques y montes pensando en grandes catástrofes. Por una vez desviábamos la mirada hacia el cielo y en cada uno de nosotros se forjó una leyenda y una esperanza.
Martín nos leía fragmentos de Cosmos. Carl Sagan nos hablaba de la gran explosión que originó el universo, de la formación de las galaxias, de que llevábamos partes de estrellas en nosotros. Cosmos me hizo soñar con otros mundos desconocidos y pensar que llevaba todo el tiempo del universo dentro de mí. Había poesía en las estrellas sobre nuestras cabezas y una luz primigenia.
Construimos la caja del árbol con trozos de viejas cajas de fruta. Pedimos martillos y clavos y cola y un pequeño serrucho a nuestros padres. Nuestra caja era parches de madera y un rectángulo retorcido. Usamos una pequeña navaja para grabar una fecha, febrero de 1986. Recuerdo el polvo fino a nuestros pies y el crepitar de la navaja contra la madera. Por un instante detuvimos el tiempo y lo atrapamos en un trozo de madera.
La noche del cometa nos tumbamos en una campa fuera del pueblo, sin farolas que interfiriesen en las luces del cielo. Hablábamos en susurros, creíamos tanto en un nuevo inicio como en el fin del mundo. El frío del invierno se movía dentro de nuestras ropas y movía las briznas de hierba de la campa y el vaho de nuestra boca desaparecía en el aire, humo entre las estrellas.
Halley tuvo un paso fugaz, una línea blanca y difusa en una esquina del cielo. Pero suficiente para quedarnos en silencio y saber que estábamos viviendo un momento crucial. Halley no era sólo aquella línea borrosa entre las luces del cielo, también nuestro último día de infancia. Aquel cometa había cruzado el espacio y el tiempo hasta llegar a nosotros y seguía su camino con la promesa de regresar con los años.
Enterramos la caja del árbol en silencio, la dureza de la tierra y nuestras manos temblorosas. Volvimos a casa cabizbajos. En aquella caja quedaba parte de quienes éramos y la carga de quienes seríamos a partir de entonces. Sólo quedaba la incertidumbre.
No pudimos esperar al regreso del cometa. Treinta años después de aquella noche buscamos el rincón en la tierra donde enterramos la caja. Teníamos más amargura y menos sentido aventurero y necesitábamos un gesto significativo. Encontramos la caja tras varios agujeros en la campa. La tierra se había colado entre los maderos e impregnaba nuestros objetos, el transistor y los cromos de Iván, mis chapas y mis gafas rojas y azules para ver películas en relieve por televisión, el negativo de una foto con el que ver eclipses y el libro de Cosmos de Martín, las huellas de quienes fuimos en la noche del cometa y que hablaban de la credulidad y la fuerza de unos niños que buscaban la felicidad y la ensoñación. Entonces, lo entendimos. En aquel febrero de 1986 no creamos un recuerdo futuro, sino un mensaje en una botella.

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