Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

lunes, 10 de julio de 2017

Yugoslavia, mi tierra. Goran Vojnović



Recuerdo un mapa de la extinta Yugoslavia bosquejado en la mesa de un restaurante en Belgrado, el intento por explicar(me) fronteras, religiones, éxodos y ultranacionalismos, el camino hacia la guerra, los sentimientos de pertenencia y separación, las arengas políticas hacia el abismo, recuerdo la carretera a Novi Sad, los campos tranquilos y llanos, los agujeros de bala en los pilares de los viejos puentes, los artistas en la parte vieja, recuerdo un árbol en la planta de un edificio bombardeado, ruinas romanas y un viaje en tren, los letreros de las estaciones en cirílico, el humo de las chimeneas y las granjas, sentirse más allá de cualquier frontera.

Goran Vojnović construye una historia de iniciación y búsqueda en Yugoslavia, mi tierra, da un paso atrás para intentar mostrar las consecuencias de la guerra de los Balcanes, las distintas miradas sobre ella y la idea de memoria y destino que habita en algunos de los personajes de su libro, algo que los enraíza con un pasado remoto y los conduce hacia el conflicto, el ajuste de cuentas, la diferencia con el otro, las distintas nociones de patria, Yugoslavia como un rompecabezas donde las piezas no quieren ajustar, donde se presienten la cercanía de la lucha y un final trágico que dejarán hondas heridas, la guerra que se inmiscuirá en la vida de los protagonistas años después de su fin, que formará parte de ellos por siempre.

Vladan pierde su infancia y a su padre con el inicio de la guerra. Entonces Yugoslavia, mi tierra, se convierte en memoria, el recuerdo del final de una infancia, la despedida del padre, la huida con la madre, atravesar las diferentes fronteras, ver las noticias en la televisión y no acabar de entender qué sucede, el regreso al hogar materno, la noticia de la muerte del padre en combate y el inicio de una extraña orfandad, Vladan que se aleja de su madre para llevar una vida incompleta y taciturna. Descubrir años después que su padre está vivo, y que lo buscan como un criminal de guerra, lleva a Vladan a un viaje iniciático que abarca pasado, medias verdades y el intento de volver a posicionarse en el mundo.

Vojnović cruza espacios y tiempos en Yugoslavia, mi tierra, Vladan que habla desde una distancia temporal que le permite ver su pasado con mayor amplitud mientras viaja por Eslovenia, Bosnia y Serbia en busca de las huellas del padre. La idea de Vojnović es construir una historia abarcadora, tomar a un hombre cuya infancia se truncó en 1991 y cómo, dieciséis años después, se enfrenta de nuevo a aquella guerra en su viaje, su búsqueda personal pegada al destino de un país extinto. En su viaje, Vladan es testigo del destino de familiares y desconocidos, cómo sobrevivieron a la guerra y se adaptaron a los nuevos tiempos, su padre que cambió de nombre y se encerró en un piso como una redención personal, una expiación de sus pecados. Una de las partes interesantes de esta búsqueda es ver las diferentes lenguas a las que se tiene que enfrentar Vladan, un país con tantos orígenes y hablas, y la creencia en un destino que guía a las diferentes partes del país, que los enfrenta al pasado y los empuja hacia una guerra que sirve como excusa para saldar viejas cuentas.

Yugoslavia, mi tierra se queda a medio camino. Interesante como forma de acercarse al conflicto de los Balcanes, le falta la profundidad que muestra Andrić en Un puente sobre el Drina, por ejemplo, que da pinceladas certeras de las influencias, orígenes y conflictos balcánicos. Hay una parte de libro de viajes, de encuentro con el propio pasado, de tristeza por la forma de desaparecer de un país, la tristeza que acompaña a un hombre que ve perdida su infancia, tiene que enfrentarse con la realidad de un padre criminal de guerra y su presente es un completo desastre, incapaz de la cercanía necesaria con los que están a su lado. Es en las últimas páginas, con el diálogo entre padre e hijo, fuera de aquella infancia donde jugar y nadar en verano y ser parte de una comunidad, fuera de la leyenda de los recuerdos personales y sabiendo todo lo que se ha perdido, donde merece la pena su lectura. Llegar hasta ahí es interesante y aburrido a partes iguales por una escritura que, en muchos momentos, se hace plana y monocorde.








—No te pareces mucho a él. Pero sí que reconozco alguna cosa suya en ti. Quizás las cejas y los ojos, nada más. Tienes sus ojos.
Cuando era niño, yo siempre me sentía incómodo en presencia de Emir, pero su mirada ahora era mucho más severa, su cuerpo mantenía un estado de tensión constante. Daba a entender a la claras que en una conversación con él uno no debía esperar que nadie se relajara.
—Ay, mi Vladane... en aquella época todos éramos yugoslavos. Y todos habíamos sido comunistas. ¡Y que les den por culo a todos esos hijos de puta nacionalistas! ¿Sabes?, esa guerra no fue una guerra como nosotros nos la habíamos imaginado... pero finalmente no pudo ser de otro modo, dado que en la misma fila avanzábamos, hombro contra hombro, llevando el mismo uniforme, los que defendíamos a Yugoslavia y los que la derrumbaban. Cantábamos el mismo himno, llevábamos el mismo escudo en la frente. Pero aquello que yo consideraba mío, ellos no lo consideraban suyo. Y así fue... ahora lo puedo afirmar... en ningún sitio hubo nacionalistas peores que dentro del Partido Comunista. El comunismo se acabó para siempre porque lo propugnaron campesinos incultos que veían en él una nueva iglesia con sus sacerdotes. Y al Estado lo perdimos porque a nadie le importaba nada que no fuera su entorno más inmediato. Todos esos grandes yugoslavos solo se dejaban matar en nombre de su propio pueblucho y nada más. De manera que al final se unieron los partisanos y los chetniks y los ustashe y los muyahidines, los creyentes y los no creyentes, y se sublevaron con el objetivo de jodernos a todos. Los yugoslavos se extinguieron de hoy para mañana, como si nunca hubiesen existido. Parece ser que Slobo les metió el miedo en el cuerpo y se dispersaron por todo el planeta. Los que se quedaron, se convirtieron en imbéciles. Y nosotros éramos los que intentábamos salvar el Estado. ¿Y para quién lo debíamos salvar?, me cago en su puta madre, ¿para todos esos eslovenos y croatas y serbios y palestinos? Durante treinta años me había estado formando para defender a mi país del enemigo interior y exterior, pero de pronto no había nadie por quien defenderlo. Que me expliquen para qué coño iba yo a defender mi patria. ¡Que les jodan a todos! Y a todos nosotros, que tuvimos fe en aquel Esta...
Emir interrumpió su discurso a causa de un nuevo ataque de tos, un ataque tan espantoso e infinito que pensé que no podría continuar hablando conmigo. Se quedó en silencio durante un rato largo, probablemente intentando reconectar los fragmentos de pensamientos y tratando de asegurarse de que sus pulmones le dejaran continuar.
—Después de todo eso, lo único que me da pena es mi pobre padre, que construyó ese Estado con sus dos manos desnudas. Me alegro de que muriera antes de poder ver a quién dejó en herencia todos aquellos puentes, escuelas y hospitales, y qué clase de basura estuvo disfrutando de todo ello. Ellos habían vivido entre nosotros todos esos años, nos sonreían vestidos con los uniformes de pioneros y agitaban sus banderitas de colores, pero en realidad estaban esperando a que la prosperidad se acabara para poder degollarse mutuamente. ¡Que se joda todo el mundo, joder, mierda de gente...!
Se apretó el pecho, pero no tosió. Me di cuenta de que el hombre había decidido que me explicaría su relato desde el principio hasta el final. El tiempo había dejado de ser relevante para él. Fuera podía oscurecer, podían encenderse los albores del nuevo día, pero ahí dentro las horas pasaban todas iguales. Él, enroscado en su manta de lana, seguía en cuclillas al lado de la estufita, fumando. Me imaginé que durante los últimos cinco años, quizás incluso diez, su vida había transcurrido de ese modo.
—Y todo eso se desencadenó porque cada uno de ellos cultivaba su propio relato sobre unos muertos nunca olvidados, aunque hubieran muerto hacía una eternidad. Rememoraban a sus abuelos y abuelas, recordaban las fosas comunes a las que habían sido arrojados los cadáveres, y los campos de concentración. Ese relato les había estado consumiendo por dentro todos esos decenios, pero nunca se cansaban de repetirlo, susurrándolo a los oídos de sus adeptos. Todos ellos esperaban con paciencia que llegasen otros tiempos en los que esos relatos pudieran volver a contarse de nuevo en voz alta y delante de todos, otros tiempos en los que se podría matar de nuevo en su nombre. Todos ellos cultivaban a escondidas, sin que se notara, su rabia y su frustración; y también su culpa, porque ellos ya se habían preparado de antemano para pedir la expiación por las matanzas de inocentes en todas aquellas aldeas que quemarían hasta los cimientos, en todas las niñas que violarían. Sus relatos les autorizaban a pensar así, a actuar así. Sus relatos contenían la justificación de esa clase de acciones. Sus relatos apaciguaban los remordimientos de conciencia y adormecían sus almas antes tan inquietas. Todos ellos habían jurado fidelidad a sus muertos; por eso, nosotros, los vivos, no significábamos nada para ellos, éramos prescindibles y no teníamos importancia. No fueron ellos los que perpetraron las matanzas, no. Fueron las tumbas de sus padres y de sus madres, de sus hermanos y de sus hermanas, las que autorizaron todo lo que ellos hicieron. Violaban. Quemaban casas. Degollaban. En nombre de esas tumbas, toda acción era una acción sagrada. Todo aquello tenía sentido.
Abrí la boca porque me pareció que Emir esperaba una reacción a sus palabras, pero descubrí a tiempo que él sabía que yo no tenía nada que añadir.
Goran Vojnović. Yugoslavia, mi tierra. Traducción de Simona Škrabec. Libros del Asteroide.

viernes, 7 de julio de 2017

martes, 4 de julio de 2017

Apegos feroces. Vivian Gornick

a) Es una confrontación. Entre hija y madre. Entre presente y pasado. Entre quienes fuimos, lo que aspiramos a ser y aquello que heredamos y nos da forma a pesar de nosotros, de nuestra renuncia a ello, de nuestra pelea y búsqueda de una identidad propia e independiente. Hay una lucha entre madre e hija, y como en toda lucha, quedan las heridas, algunas sin cicatrizar a pesar de los años pasados, el dolor, la renuncia y la separación, la pregunta sobre si las decisiones importantes se toman para alejarse de la imagen materna y no repetir patrones o desde una libertad propia y pura.

a1) Vivian Gornick escribe sobre su vida y la relación con su madre sin ambages ni paños calientes, hay inteligencia, rabia, diversión y erotismo en su mirada, se ve a sí misma y a su madre sin un velo dulcificado por el tiempo. La madre poderosa, cruel a veces, sin pelos en la lengua, una especie de reina en el edificio del Bronx donde Gornick pasó su infancia. La hija que recuerda su descubrimiento del mundo, el papel de su madre en él, la búsqueda de su propio camino, los descubrimientos del deseo, la pasión, el vacío y la creación, el pequeño y estrecho canal que la divide y por el que transitan sus palabras, un canal que libera y ahoga, que muestra lo oculto o permanece en silencio, Gornick que siente su forma, cómo se contrae o se estira.



b) Dos mujeres que pasean por las calles de Nueva York, que se acercan o discuten, que se atacan o se callan en un silencio ciego, que buscan algo de paz, vuelven una y otra vez a una misma conversación, la madre que consagró su vida a una idea romántica del amor, su viudedad que la convierte en una actriz solitaria sobre un escenario y su dolor en algo que mostrar al mundo, la hija que pasa por relaciones donde no hay conexión o transcurren en un equilibrio precario, a medio camino entre la felicidad y el abismo, madre e hija que no logran encontrarse en un punto intermedio, que sienten la amenaza de la otra, que hay una dureza soterrada, algo que no acaba de definirse y que las mantiene alejadas.  

c) Los museos y las cafeterías, el ajetreo de las calles y la soledad del fin de semana, los vagabundos locos y los encuentros casuales, un edificio en el Bronx donde vivir una infancia en un mundo que se desintegraba poco a poco, un microcosmos de familias judías donde irrumpe una gentil ucraniana con su sencillez y su sensualidad y descubre a Vivian Gornick el deseo y la voluptuosidad, alguien que se aparta de las normas maternas, que ve el amor como medio de supervivencia y no como un ideal romántico desfasado y falso.

c2) Están las descripciones cotidianas de un barrio en el Bronx, una mirada al pasado, a la vieja casa, a los personajes extraños que la poblaban, judíos que emigraron en busca de una nueva tierra y cuyos hijos se encuentran entre las raíces del viejo mundo y aquello que viven en su nuevo mundo. Están las mujeres que abandonan su trabajo por matrimonio, mujeres que son madres, esposas, amas de casa, su libertad y mirada constreñidas ante la idea patriarcal de la mujer, un mundo en el que los hombres eran sexo, pero y las mujeres. Y, en ese mundo doméstico, Nettie, una mujer que encarna la sensualidad y el deseo. Están las preguntas de Gornick sobre su infancia y su paso a la adolescencia, su cambio en la manera de mirar la vida y las relaciones, sentir que hay un mundo invisible alrededor. Está el presente donde la madre lleva más años viuda que casada y la hija siente la velocidad del tiempo. Están dos mujeres enérgicas.



d) La escritura de Gornick es pura inteligencia y sencillez, mezcla lo cotidiano con la reflexión sobre el papel de la mujer, las relaciones familiares, el deseo y el amor. Hay rabia y tristeza a partes iguales, hay una pregunta sobre aquello que somos, nuestras raíces, nuestras metas, el mundo en qué vivimos y cómo nos colocan en un lugar que muchas veces sentimos extraño, hay una madre y una hija que se enfrentan y se necesitan y se hieren y sobreviven y salen adelante.








La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora. Estamos atrapadas en un estrecho canal de familiaridad, intenso y vinculante: durante años surge por temporadas un agotamiento, una especie de debilitamiento, entre nosotras. Después, la ira brota de nuevo, ardiente y clara, erótica en su habilidad para llamar la atención. Últimamente estamos a malas. La manera que tiene mi madre de «lidiar» con los malos momentos es echarme en cara a gritos y en público la verdad. Cada vez que me ve, dice: «Me odias. Sé que me odias». Voy a hacerle una visita y a cualquiera que esté presente –un vecino, un amigo, mi hermano, uno de mis sobrinos– le dice: «Me odia. No sé qué tiene contra mí, pero me odia». Del mismo modo, es perfectamente capaz de parar por la calle a un completo desconocido cuando salimos a pasear y soltarle: «Ésta es mi hija. Me odia». Y a continuación se dirige a mí e implora: «¿Pero qué te he hecho yo para que me odies tanto?». Nunca le respondo. Sé que arde de rabia y me alegra verla así́. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia.
Pero paseamos por las calles de Nueva York juntas continuamente. Ahora ambas vivimos en el Lower Manhattan, nuestros apartamentos están a kilómetro y medio de distancia y, cuando nos visitamos, lo hacemos a pie. Mi madre es una campesina urbana y yo soy la hija de mi madre. La ciudad es nuestro elemento natural. Las dos tenemos aventuras a diario con conductores de autobús, mendigas que arrastran carritos, acomodadores y locos callejeros. Pasear saca lo mejor de nosotras. Yo ahora tengo cuarenta y cinco años y mi madre, setenta y siete. Está fuerte y sana. Recorre la isla conmigo sin dificultad. Durante estos paseos no nos queremos, sino que a menudo rabiamos una contra la otra, pero de todas formas paseamos.
Vivian Gornick. Apegos feroces. Traducción de Daniel Ramos Sánchez. Editorial Sexto piso.

viernes, 30 de junio de 2017

tierra



 












Es una figura negra
en el atardecer.

Está solo
con la primera oscuridad
la quietud en los campos
y un camino blanco
que desaparece
tras el monte.

Empieza a bailar.

Y sus pasos de baile
levantan el polvo del camino
y lo cubren por entero.

Por un instante
es una sombra
fantasmal
surgida de las entrañas de la tierra
que celebra la noche
y el misterio.

Alza los brazos
sonríe
salta
envuelve
el camino y
los campos de trigo
con su fuerza y su amor
por la tierra.

Su baile es felicidad
satisfacción
lucha

es apego
revolución
esperanza.

lunes, 26 de junio de 2017

Mark Twain en Las aventuras de Huckleberry Finn

Boggs se acercó a todo galope, en su caballo, lanzando gritos y alaridos como un piel roja y diciendo:
—¡Dejad vía libre! ¡Vengo en son de guerra y va a subir el precio de los ataúdes!
Estaba borracho y se tambaleaba en la silla; tenía más de cincuenta años y una cara muy colorada. Todo el mundo le gritaba, y se burlaba de él, y le soltaba impertinencias a las que él correspondía. Dijo que se cuidaría de ellos y les iría liquidando por riguroso turno, pero que en aquel momento no podía entretenerse porque había ido a la población a matar al viejo coronel Sherburn y su lema era: «Carne primero y, para rematar, comida de cuchara».
Me vio a mí y se acercó, y dijo:
—¿De dónde has venido tú, muchacho? ¿Estás listo para morir?
Después siguió adelante. Yo tenía miedo, pero un hombre dijo:
—No habla en serio. Siempre las gasta así cuando está borracho. Es el loco de mejor talante de todo Arkansas. Nunca ha hecho daño a nadie, ni borracho ni sereno.
Boggs se acercó montado en su caballo al establecimiento más grande de la población y agachó la cabeza para poder asomarse por debajo del toldo. Bramó:
—¡Sal a la calle, Sherburn! ¡Sal de ahí y ven a hacer frente al hombre que has estafado! ¡Tú eres el perro a quien vengo a buscar, y voy a encontrarte además!
Siguió diciéndole a Sherburn todo lo que se le ocurrió y toda la calle se llenó de gente que escuchaba, reía y hacía comentarios. Por último, un hombre de altivo aspecto, de unos cincuenta y cinco años, y, con mucho, el hombre mejor vestido de la población, por añadidura, salió del establecimiento, y la multitud se apartó a los dos lados para dejarle pasar.
Se dirigió a Boggs, muy sereno y muy despacio, y dijo:
—Estoy harto de esto, pero lo toleraré hasta la una en punto. Hasta la una en punto, óyeme bien: ni un minuto más. Como abras la boca contra mí, aunque no sea más que una vez, después de esa hora, no podrás viajar tan lejos que yo no te encuentre.
Después dio media vuelta y volvió a entrar. La gente se puso muy seria, nadie se movió y no hubo más risas. Boggs se fue insultando a Sherburn a pleno pulmón por toda la calle abajo. Al poco rato regresó y se paró delante del establecimiento sin cesar en sus insultos.
Algunos de los hombres se agruparon a su alrededor para intentar hacer que se callara, pero él se negó. Le dijeron que faltaban quince minutos aproximadamente para la una, y que por lo tanto tenía que irse a casa; debía marcharse. Pero de nada sirvió.
Juró con toda el alma y tiró su sombrero en el barro, lo hizo pisotear por su caballo y, poco después, volvió a bajar la calle como un rayo, con los cabellos grises ondeando al viento. Todos los que podían hacerlo intentaban convencerle de que se apeara del caballo, con la intención de encerrarle bajo llave hasta que se le pasara la borrachera. Pero todo era inútil; volvía a echar otra carrera calle arriba y se detenía para soltarle otra andanada de insultos a Sherburn. Por último alguien gritó:
—¡Buscad a su hija!… ¡Pronto! ¡Id a buscar a su hija! A veces le hace caso. Si hay alguien que pueda convencerle, es ella.
Y alguien se fue corriendo a buscarla. Yo anduve un poco por la calle y luego me detuve. Al cabo de cinco o diez minutos apareció Boggs otra vez, pero no a caballo. Iba tambaleándose por la calle en dirección a mí, con la cabeza descubierta, un amigo a cada lado cogiéndole del brazo y empujándole adelante.
Boggs callaba y parecía inquieto. No se hacía el remolón, sino que él mismo se apresuraba bastante. Alguien llamó:
—¡Boggs!
Pude ver que quien había hablado era el coronel Sherburn. Estaba completamente quieto en la calle, y tenía una pistola en la mano derecha; no apuntaba con ella, sino que la sostenía con el cañón hacia arriba. Al mismo tiempo vi a una muchacha joven que se acercaba corriendo, con dos hombres.
Los hombres y Boggs se volvieron a ver quién llamaba y, a la vista de la pistola, los hombres saltaron a un lado y el cañón del arma empezó a bajar lenta y firmemente hasta ponerse horizontal, con los dos gatillos amartillados. Boggs alzó los dos brazos y exclamó:
—¡Oh, Dios! ¡No dispares!
Mark Twain Las aventuras de Huckleberry Finn. Traducción de José A. de Larrinaga. Círculo de lectores.

viernes, 23 de junio de 2017

Los pichiciegos. Rodolfo Fogwill

Viven bajo tierra. Como aquellos bichos, los pichiciegos. En un refugio/madriguera. Durante el día se cuentan historias protagonizadas por judíos. Hablan de Gardel. De culear. De los milicos y los montoneros. Y recuerdan su vida fuera de Las Malvinas. Sienten las bombas que tiran los aviones sobre la tierra, la guerra desencadenada en la superficie. De noche buscan provisiones. Hacen intercambios con los ingleses o los argentinos. Se esconden tras las rocas para que no les peguen un tiro y se cagan de frío. Ven descender los aviones y las trayectorias extrañas de los misiles. No quieren ser un soldado helado (un muerto). Ni acarrear fríos (heridos). Regresan al calor del refugio y esperan. Su comunidad se divide entre los Reyes Magos, aquellos que construyeron la madriguera y se escondieron en ella para no participar en la guerra, los almaceneros, que apuntan y distribuyen los víveres, cigarros, alcohol, comida, los que salen en misiones nocturnas para abastecerse, los que callan y duermen porque se saben prescindibles. Son los pichis. Son jóvenes, soldados, desertores. Y tienen miedo.

Fogwill escribe sobre un puñado de soldados argentinos y la guerra de las Malvinas sin necesidad de escenas de combates ni parlamentos antibelicistas. Muestra a un grupo de desertores, su madriguera, su espera al final de la guerra, muchachos rosarinos, cordobeses, tucumanos embarcados en una guerra que les es ajena, su miedo a ser descubiertos, a morir, sus días bajo tierra y las noches a la intemperie en busca de víveres en una isla fantasmal donde sólo parecen quedar ovejas, hablan de la situación argentina, los militares en el poder, los aviones sobre el mar y los hombres y mujeres lanzados al mar desde miles de pies de altura, ven la guerra desde otro lugar, el sonido de los aviones y misiles, las explosiones lejanas, los días finales de largas colas de soldados rendidos. Forman una pequeña comunidad fuera de la guerra y apartados de la vida, sólo les quedan la espera y el final.

Y mientras esperan, es miedo lo que sienten los soldados. Miedo a una bala, algo tangible y momentáneo, y miedo al mismo miedo, algo que no se separa de la piel, que condiciona cada instante de la vida de los pichis y hace salir el instinto de cada uno a la superficie, acumular cosas, ser más inteligentes o más cautos, hacerse invisibles. Los pichiciegos es ese miedo constante, es la angustia del momento, es la claustrofobia del encierro, es saberse en suspenso y sentir dentro del pecho ansiedad por una bala perdida, una misión de abastecimiento fallida, ser expulsados del refugio al día y la intemperie. Y en ese miedo visiones de monjas entre nubes.

El miedo: el miedo no es igual. El miedo cambia. Hay miedos y miedos. Una cosa es el miedo a algo —a una patrulla que te puede cruzar, a una bala perdida—, y otra distinta es el miedo de siempre, que está ahí, atrás de todo. Vas con ese miedo, natural, constante, repechando la cuesta, medio ahogado, sin aire, cargado de bidones y de bolsas y se aparece una patrulla, y encima del miedo que traes aparece otro miedo, un miedo fuerte pero chico, como un clavito que te entró en el medio de la lastimadura. Hay dos miedos: el miedo a algo, y el miedo al miedo, ése que siempre llevas y que nunca vas a poder sacarte desde el momento en que empezó.
Despertarse con miedo y pensar que después vas a tener más miedo, es miedo doble: uno carga su miedo y espera que venga el otro, el del momento, para darse el gusto de sentir un alivio cuando ese miedo chico —a un bombardeo, a una patrulla— pase, porque esos siempre pasan, y el otro miedo no, nunca pasa, se queda.

Los pichiciegos queda como una novela extraña y atrayente, un acercamiento subterráneo a la guerra de Las Malvinas y a un puñado de muchachos que deciden no tomar parte de ella. Y alrededor de esa decisión, la política argentina, la vida que han dejado atrás los soldados y el destino que les espera.










Llamaban helados a los muertos. Al empezar, las patrullas los llevaban hasta la enfermería del hospital del pueblo; después se acostumbraron a dejarlos. Iban por las líneas, desarmados, llevando una bandera blanca con cruz roja, cargando fríos. Fríos eran los que se habían herido o fracturado un hueso y casi siempre se les congelaba una mano o un pie. A ésos los llevaban a la enfermería, y si había jeeps y gente apta los llevaban después a la enfermería de la pajarera, donde bajaban los aviones a buscar más heridos y a traer refuerzos de gente, remedios y lujos para los oficiales. Para llegar hasta la pajarera había que cruzar el campo donde siempre pegaban los cohetes: se veía desde lejos un avión solitario que parecía quedarse quieto en el aire, después se lo veía girar y volverse para el lado del norte, y enseguida llegaban uno o dos cohetes que había disparado. Pegaban en el campo echando humo, hacían una pelota de fuego y después una explosión que trepidaba todo y el aire se enturbiaba con un ácido que ardía en la cara. ¿Quién iba a querer cruzar el campo para llevar heridos? La explosión repercute adentro, en los pulmones, en el vientre; hasta pasado mucho tiempo sigue sintiéndose un dolor en los músculos que se torcieron adentro por el ruido, por la explosión.
Cruzar el campo a pie da miedo, porque se sabe que allí pegan los cohetes y se arrastran por el suelo —todo quemado— como buscando algo. Los que andan por ahí están siempre temiendo y se les notan los ojitos vigilando a los lados. Muchos se vuelven locos. Un cohete explotó a un jeep: cuentan que cada uno de esos cohetes británicos les cuesta a ellos treinta veces más caro que los mejores jeeps británicos.

( … )

Los Reyes no rezaban, nadie rezaba. Casi nadie creía en Dios. Él dudaba: Viterbo decía no creer. El Turco seguro que no creía en nada y el Ingeniero, que era hijo de evangelistas, decía creer cuando sentía miedo; después no.
Y entre los pichis, nadie rezaba. Aunque: ¿quién puede descartar que cuando se iban a dormir y se acostaban callados, pensaban y rezaban para adentro?
Nadie lo puede descartar. ¿Verdad? Los Magos decían que Pugliese se estaba volviendo loco porque una noche, volviendo con Acosta de un viaje a la Intendencia, contaron que mientras esperaban la oscuridad para entrar al tobogán sin delatar el sitio donde lo habían disimulado, cuando estaban todavía enterrados en la sierra, habían sentido voces de mujeres. Que no eran malvineras, dijo Acosta, y que hablaban casi como argentinas, con acento francés. Él no las vio, las escuchó. Pero Pugliese dijo que él corrió a verlas, que se desenterró de la arenilla para verlas porque sintió que estaban cerca, y se asomó entre las piedras y vio dos monjas, vestidas así nomás de monjas, en el frío, repartiendo papeles en medio de las ovejas que les caminaban alrededor.
El Turco dijo que Pugliese se estaba volviendo loco. Los otros dijeron que eran visiones que se les producían por el cansancio. Acosta, que había estado en las piedras al lado de Pugliese, dijo que podía ser, pero que él había oído a las mujeres hablar y a las ovejas balar y que lo que se oye no es una visión, y que después sí vio a Pugliese acercarse haciendo un ruido con los dientes que le dio miedo; más miedo del que siempre llevaba.
Los Magos convencieron a todos de que Pugliese estaba medio loco. Muchos se vuelven locos. El Turco los puteaba porque con la historia de las monjas habían perdido no sé qué paquetito que les mandaban los de Intendencia:
—Lentos y mentirosos. ¡Y para colmo boludos y ahora locos! —recriminaba el Turco.
Pero la noche siguiente, después de la comida, llegó Viterbo con García. Habían salido a campear un cordero.
De vuelta en el calor, tomando media botella de Tres Plumas, todavía temblaban.
Miraban a Pugliese. Lo miraban al Turco. Miraban a los otros y hablaban muy bajito. Contaba Viterbo:
—Las vi yo, las vio él. Hablaban. Así, como dijo Pugliese la otra noche. Dos monjas. ¡Hacía diez grados bajo cero, al menos! Le hablaron a él, a García.
El estudiante quería interrumpir, castañeteaba, hacía que sí con la cabeza y trataba de dibujar con las manos una monja en el aire.
—¿Qué eran?
—Eran monjas. ¡Las vimos! —tartamudeaba Viterbo—. Hablaban. Había corderos con ellas: las seguían.
—¿Y por qué no agarraste uno? —jodió alguien.
—Aparecieron de repente, del aire, de esa neblinita que flota arriba del suelo cuando se para el viento, nacieron.
Rodolfo Enrique Fogwill. Los pichiciegos. Editorial Periférica.