Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

miércoles, 15 de junio de 2016

hacia el fin del mundo IV



Cruzas un puente de piedra.
Se acerca la noche y las sombras.
El final está cerca.

Hay un momento donde descubro
que cambiamos el camino
con cada paso que damos,
y que no volverá a ser igual
a como lo encontramos.

Entonces,
recuerdo una entrada del metro
y nuestro primer beso.

Sigues adelante
y siento la belleza que hay en ti.

jueves, 9 de junio de 2016

Danzas de guerra. Sherman Alexie


En uno de los relatos de Danzas de guerra, un hijo busca en los pasillos y habitaciones de un hospital unas mantas para su padre moribundo. El padre, un viejo indio alcohólico y diabético, sólo siente frío. El hijo encuentra a otro hombre de ascendencia india, hablan de sus raíces, de ceremonias inventadas, de un presente que en poco se parece al de sus ancestros y de viejos indios que sienten nostalgia de un mundo desaparecido, el hijo vuelve con una manta a la habitación del padre. Y cantan. Una canción sanadora de tiempos remotos. Es ahí donde, por una vez, el hijo siente al padre cercano. Y es que, en Danzas de guerra, padres e hijos parecen colisionar entre ellos, se acercan y retroceden, los hijos que se sienten alejados de los tiempos que recuerdan sus padres o de sus vidas e ideas, hijos que perdonan a pesar del dolor o padres que no saben cómo actuar.



Extendí la manta Star sobre mi padre. Él se subió la gruesa lana hasta la barbilla. Y entonces empezó a cantar. Era una canción sanadora, no la misma canción que acababa de oír, pero una canción sanadora de todos modos. Mi padre cantaba muy bien. Me pregunté si era adecuado que un hombre cantara una canción sanadora para sí mismo. Me pregunté si mi padre necesitaba ayuda con la canción. No había cantado en muchos años no de ese modo―, pero me uní a él. Sabía que la canción no traería de vuelta los pies de mi padre. Esa canción no arreglaría la vejiga, los riñones, los pulmones y el corazón de mi padre. Esa canción no evitaría que mi padre bebiese una botella de vodka en cuento pudiera incorporarse en la cama. Esa canción no derrotaría a la muerte. No, pensé, esta canción es temporal, pero ahora mismo temporal es bastante bueno. Y era una buena canción. Nuestras voces llenaron el pasillo de rehabilitación. Los enfermos y los sanos se detuvieron para escuchar. Las enfermeras, incluso la distante enfermera negra, dieron sin darse cuenta unos pasos hacia nosotros. La enfermera negra suspiró y sonrió. Yo le devolví la sonrisa. Sabía qué estaba pensando. A veces, incluso después de todos esos años, su trabajo todavía podía sorprenderle. Todavía la maravillaba la fe infinita y ridícula de los demás.


Los relatos de Sherman Alexie hablan de indios spokane en los nuevos tiempos y de fantasmas de otros tiempos, de un hombre que fracasa en el matrimonio y la paternidad y buscan en encuentros fortuitos en los aeropuertos algo donde agarrarse, otras historias que le hagan seguir adelante, que lo engañen sobre quién es y a quién ha traicionado, de canciones que sanan o que unen a un país y una generación, da voz a hijos de candidatos a presidente que no saben actuar ante la confesión de homosexualidad de un amigo o a un hombre que mata accidentalmente a un chico, o a un escritor que intenta hacer un guión sobre fuegos y cenizas y acaba refugiándose en los crucigramas, seres que actúan con miedo, que están perdidos, que fracasan o sobreviven, que dicen la palabra redención o tienen una última conversación con su padre moribundo, padre e hijo con el mismo nombre, el hijo que mira una lápida que tiene su nombre. 

En el último relato del libro, un muchacho, becario que escribe las necrológicas de un periódico, se entrevista con una anciana que ha perdido la noción del tiempo, el muchacho que se siente rodeado de fantasmas y se refugia en un viejo lago, un lugar sagrado de sus antepasados, y se mete en el agua y reza por sus muertos. En el último poema, Alexie deja una última voluntad, una ceremonia fúnebre.

Alexie mezcla poemas narrativos, entrevistas, cuestionarios y relatos en Danzas de guerra, poemas que son odas a las cosas y tiempos desaparecidos, cintas de casetes o cabinas telefónicas, cuestionarios que mezclan preguntas filosóficas con recuerdos de infancia, historias sobre reservas indias, viejas canciones y danzas tribales, sitúa sus relatos en Seattle, escribe de manera diáfana y sencilla sobre la vida cotidiana, las relaciones, siempre difíciles, entre padres e hijos, los pocos atisbos del pasado de todo un pueblo indio que se cuelan en el presente. Las historias se deslizan, hay una escritura clara y hay cercanía y hondura y humor.







Vete, espíritu, vete

En una universidad en lo alto de una colina
            conocí a un profesor titular
                        que sentía un extraño entusiasmo  
            al nombrar a todos los opresores
―pasados, presentes y futuros― que han matado,
matan y matarán a los indígenas.
            Oh, nombra los sospechosos corrientes
                        ―ricos, blancos e injustos―,
            y yo, un hombre rojo, creo que tiene razón,
pero ¿por qué tiene tan poco sentido del humor?

¿Y cómo puede él, un hombre blanco, hablar con afecto
            de la danza de los espíritus, esa extraña y cruel
                        ceremonia
            que, bien ejecutada, habría condenado
a todos los blancos al infierno, destruido sus colonias
y traído a todo indio muerto de vuelta a la vida?
            El profesor dice: «Gente morena
                        de todas las tribus morenas
            quemará rascacielos y campanarios.
Hablarán español y llevarán pistolas y navajas.

Sherman, ¿no ves que la inmigración
            es la nueva y mejorada Danzas de los Espíritus?»
Lo único que puedo hacer es reír y reír
y decir: «Caray, qué imaginación tienes.
Deberías escribir un guión sobre esa mierda:
            sobre alguna ciudad de ficción,
            que se ha vuelto gorda, pálida y bonita
y es destruida por un apocalipsis chicano».
El profesor no habla. Niega con la cabeza
            y me asalta con su piedad.
            Me pregunto cómo puede creer
en una ceremonia que exige su muerte.
Creo que piensa que es el nuevo Jesucristo.
            Está ansioso por subirse a esa cruz
            y pagar el precio definitivo
porque es un adicto a lo indígena.

***

Llevé el coche del periódico fuera de la ciudad y hacia la autopista. Conduje durante tres horas por la orilla de Soap Lake, un mar interior cargado de hierro, calcio y sal. Durante cientos de años, mis antepasados indígenas viajaban alló para sanarse. Ahora todos han desaparecido, muertos por la enfermedad y la autodestrucción. ¿Por qué creían tanto en esta agua mágica cuando nunca los protegió por mucho tiempo? ¿Cuándo quizá no los había protegido en absoluto? Pero tú, Lois, tú nunca tuviste miedo a la muerte, ¿verdad? Reías y jugabas. Y honrabas a los muertos con tus oraciones breves y serias.
De pie, en la orilla, recé por mis muertos. Canté sus alabanzas. Esperé estúpidamente que el lago sanara mis pequeñas heridas. Después me quité la ropa y me metí desnudo en el agua.
Sherman Alexie. Danzas de guerra. Traducción de Daniel Gascón. Xordica.

lunes, 6 de junio de 2016

Diario de una vagabunda. Hayashi Fumiko

Dentro de sus anotaciones, Fumiko Hayashi menciona en más de una ocasión a Knut Hamsun, en especial su obra Hambre, aquella donde un escritor deambulaba por Christiania acuciado por el hambre, el desamor, sólo con un puñado de papeles y un lápiz y las emociones al límite. Algo así hay en este Diario de una vagabunda, una escritora en el Japón de los años veinte, sus poemas y cuentos, sus años errantes, los amores pasajeros o crueles, las emociones también cerca del abismo, la sensación de deriva y derrota, de perder algo entre los dedos de la mano, de no pertenecer a ningún sitio más allá que al lugar donde se encuentre la madre, el viaje como opción de vida, a pesar de los empleos precarios, de las habitaciones herrumbrosas, de la falta de estabilidad, errar por ciudades y pueblos y, en ese errar, el atisbo de una verdad.

La editorial Satori ha editado el diario original de Hayashi, sin los retoques que años después hizo la escritora. Diario de una vagabunda gana con esta decisión, está una escritura concisa, reflexiva y precisa, están los hechos desnudos y sin adornos, está el cansancio del final de la jornada que hacía a Fumiko Hayashi escribir lo justo y necesario. Hayashi habla de su vagabundeo, de los encuentros y despedidas de su madre, las habitaciones y los amantes dejados atrás, los trabajos ambulantes o en cabarés, los deseos de una vida mejor, la pasión por la lectura. Y todo ello intercalado con poemas y cuentos que la escritora escribe a lo largo de los años.

Hayashi habla de su madre como tierra a la que volver. En el inicio, Hayashi recuerda su niñez, la madre que abandona al padre para emparejarse con otro hombre, Hayashi que los sigue, su trabajo en una carreta como vendedora ambulante la introducción de su vagabundeo. A partir de ahí, la vida en Tokio primero con la madre y luego sola, el deambular por Japón, las ausencias de un hogar, una pareja, amistades, la escritura como un grito y la literatura como refugio (Hamsun, Chéjov), los billetes arrugados bajo la ropa o las mantas, las preguntas sobre procedencia y destino. Hayashi expone sus ideas y pensamientos y gestos diarios y lo hace sin aspavientos, con una desnudez que más allá de ser austera es cercana y atinada.

En el errar de Hayashi hay momentos de regreso a la tierra, a la madre. Hayashi descansa en los viajes, se siente suspendida en el espacio y tiempo, se reencuentra con la madre, unos momentos de luz y tristeza, la madre que vive sola, sin su marido, tan errante como Hayashi. Son en esos instantes donde siente que no hay un regreso exacto, donde no hay un hogar que represente un pasado, que su anclaje y su punto de partida es la madre y no un espacio inerte.

Diario de una vagabunda muestra un Japón donde conviven las tradiciones y la pobreza y la política, de fondo, parece caótica y a punto de revolucionarse. Hayashi habla de los cabarés y los empleos en fábricas, de los amores que pasan pero cuyo recuerdo duele, de pequeños momentos de felicidad y de una madre que es tierra natal, de su desapego hacia los otros y, a la vez, su búsqueda de un hogar, tanto físico como espiritual. Lo mejor de este libro es su escritura a trazos, su desnudez y su falta de decoración.









Durante un rato me detuve en la estación Mishuku como si fuera a tomar el tren. Tenía hambre y me sentía mareada.
—¡Oye! Llevas ahí mucho tiempo. ¿Tienes alguna preocupación?
Dos ancianas tenían la mirada clavada en mí desde hacía un rato. Se acercaron con demasiada familiaridad y cuatro pupilas barrieron mi cuerpo de arriba abajo.
Yo reía y me sacudía las lágrimas mientras ellas me conducían. Cuando las amables señoras comenzaron a caminar, me hablaron de la escuela Tenrikyō y de la fuerza de la fe: que si alguien que tenía las piernas deformes pudo caminar, que si alguien agobiado por las penas empezó a sentir la alegría de la vida como hijo de Dios…

La sede de Tenrikyō estaba junto al arroyo. El jardín había sido regado y daba una impresión de frescura. El follaje verde de los arces se desparramaba fuera del muro.
Cuando las dos ancianas se postraron ante el altar, extendieron ambas manos e iniciaron una extraña danza.

—¿De dónde es usted?
Un hombre de edad madura vestido con quimono blanco observó mi imagen miserable mientras me ofrecía té y panecillo anpan.
—No hay ningún sitio en particular al que pueda llamar mi pueblo, pero mi registro dice Higashi Sakurajima, prefectura de Kagoshima.
—Umm, bastante lejos…
Como no aguantaba más, tomé el anpan, que parecía apetitoso; al darle un mordisco, noté que estaba bastante duro. Las migajas cayeron sobre mi regazo.
No hay nada.
No es necesario pensar en nada.

***

Boo, boo, silba la máquina de vapor como si meciera el fondo del estómago. Algunos pequeños remolinos se remansan en el color plomizo y uno a uno desaparecen allende el mar. El viento helado de diciembre sopla hacia mí gimiendo y hace que el cabello de mis sienes de mi peinado ichōgaeshi, alborotado, se quede pegado a mis mejillas.
Meto ambas manos dentro de la apertura de las axilas de mi quimono y, al oprimir tranquilamente mis senos, el tacto de mis pezones fríos incita algunas lágrimas dulces sin razón aparente.
¡Ah! ¡Todo me ha derrotado!
Estoy lejos de Tokio y, mientras voy navegando sobre el mar azul, los rostros de los hombres y las mujeres con quienes de alguna manera me he relacionado, asoman uno a uno entre las nubes blancas.

***

Debido a que mi pueblo viaja errante, no era particularmente necesario regresar triunfante, pero no sé por qué me colmó una sensación de melancolía.
Volví al camarote de tercera clase, oscuro como un sótano, y me senté sobre mi manta. Sobre la mesita de laca desconchada reposaban unas algas hijiki cocidas y una sopa de miso insípidas.
Bajo la media luz de las lámparas me metí entre la multitud de actores itinerantes, los peregrinos y las mujeres de los pescadores que llevaban a sus niños. Yo también sentí algo así como la nostalgia de los viajes.
Como iba peinada al estilo ichōgaeshi alguna anciana me preguntó:
―¿De dónde viene?
Y algún hombre joven indagó:
—¿Hacia dónde va?
Una madre joven que dormía junto a su niño pequeño de unos dos años cantaba en voz baja una canción de cuna que yo ya había oído antaño en mi pueblo errante.

Duerme, niño,
duérmete.
Mañana levántate temprano.
El viento de la costa es frío,
Duérmete temprano…

Sí, en efecto, viajar es maravilloso. En vez de perder el ánimo en un rincón de esa ciudad sucia, sentirme así tan renovada, poder respirar libremente y sin preocupaciones. A pesar de todo, vivir es algo bueno.

***

Me enamoré de Buda.
Si besos sus labios ligeramente helados,
¡oh!, mi corazón se entumece, no lo merezco.

Todo lo de usted
es inmerecido.
Mi sangre suave
fluye contracorriente.

Estaba endiabladamente tranquilo;
esa virilidad
sedujo por completo mi alma.

¡Buda!
¡usted es demasiado frío!
Mi corazón
lleno de agujeros como un panal de abejas…
Buda,
la capacidad de usted no es solo hacer que yo comprenda,
Namu Amidabutsu,
la transitoriedad del mundo,
sino que con su masculinidad
descienda y zambúllase
en mi corazón que es como una llama.

El cuello de esta mujer
impura por lo mundano,
descienda y abráceme con tal fuerza que muera asfixiada,
Buda,
¡el del Namu Amidabutsu!
Hayashi Fumiko. Diario de una vagabunda. Traducción de Virginia Meza. Satori.

sábado, 4 de junio de 2016

último voto

Es una mujer pequeña y tranquila. Está sentada en un banco de la oficina de correos. Mira fuera, a la carretera y las viejas casas que suben hacia el monte (cerca, un mural que recuerda el pueblo cien años atrás, dibujos en blanco y negro de caminos de tierra, tranvías y barrenadores, macetas en ventanas abiertas y coches a manivela, caras indefinidas y sombras). Tiene el pelo blanco y los ojos azules y acuosos, la mirada sencilla, la boca roja. Sus arrugas me recuerdan a mi abuela, cuando se sentaba en la puerta de entrada y miraba en silencio a los campos (y cerraba los ojos con el tañido de las campanas). Se acerca con gestos lentos al mostrador. Pide votar por correo (su voz clara y risueña), dice que tiene noventa y tres años, que le quitaron la posibilidad de votar durante cuarenta años, dice que es la primera vez que pide el voto por correo, que no sabe si estará viva el veintiséis de junio, dice que no quiere perder su último voto. Se marcha con pasos cortos, la mano afianzada en un viejo bastón, su mirada sencilla. 

viernes, 3 de junio de 2016

H.G. Adler en Un viaje

Había una habitación, y otras habitaciones. La soledad tenía heridas, pues las puertas estaban abiertas, sin embargo las ventanas permanecían suavemente cerradas y tapadas con paños negros. A eso lo llamaban oscurecer. Habían oscurecido por doquier, las calles nocturnas de Stupart yacían en espesas tinieblas. Pero en la casa había luz. No en el exterior, en la escalera, no, allí también estaba oscuro. Las bombillas habían sido pintadas de un feo color azul y rodeadas de pantallas de papel negro que no dejaban pasar la claridad y sólo emitían, redondo como un círculo, un cono de luz opaca. En tal oscuridad las pisadas remontaban dificultosamente los peldaños, pero eso no asustaba a los infatigables mensajeros, porque su premura difundía un temor ante el cual retrocedía la luz. Solían llegar al final del día o ya en plena noche, cuando traían su mensaje, al que no se le negaba una luz aterrada. «¡No habitarás!» Ése era el comunicado impreso que ellos portaban. La gente ya aguardaba la catástrofe, todos sabían que venía, y por eso las viviendas ya estaban destruidas antes de que el potente proyectil de un piloto se apiadara de ellas. Los aviadores llegaron mucho más tarde, a fin de abrir para la cosecha los perforados escombros, pero no para vengar el secuestro de quienes habían sido sacados de sus casas, gentes de las que ellos apenas tenían idea y que los aviadores no tomaban en absoluto en cuenta cuando determinaban con su hoja de medidas el sector urbano que querían arrasar. Las máquinas, bramando su vertiginoso vuelo, descendían del cielo sacudido por el estruendo nocturno y dejaban caer su mortífera carga sobre la caducidad, que no la percibía hasta que de pronto hacía explosión. Por tanto ya no eran hogares los que padecían la catástrofe, eran nidos abandonados, cuevas desvalijadas o propiedad usurpada que no prosperaba en manos de bandidos. Pero esto ocurrió mucho más tarde y ya no alcanzó a los primeros afectados, a los que mucho tiempo atrás se les había anunciado: «¡No habitarás!»
H. G. Adler. Un viaje. Traducción de Carmen Gauger. Galaxia Gutenberg.