Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

sábado, 13 de febrero de 2016

Por senderos que la maleza oculta. Knut Hamsun

Por senderos que la maleza oculta es un buen libro para preguntarse si es posible o aconsejable separar la vida del escritor de su obra escrita. Porque difícil hablar de Por senderos que la maleza oculta sin referirse a la vida de Hamsun, sus simpatías por el régimen nazi y sus últimos años enclaustrado en hospitales y manicomios para, en cierta forma, salvar su honor con un diagnóstico de locura. Quien lea esta novela/diario/ensayo, sabrá poco del pensamiento de Hamsun antes del encierro, su cercanía al gobierno fascista impuesto por los nazis en Noruega. En Por senderos que la maleza oculta, un diario/cajón de sastre, Hamsun incluye su día a día tras su detención por traición a la patria, los paseos entre la naturaleza y sus encuentros con otras personas, sus reflexiones ante su detención, el paso del tiempo y la vejez, sus recuerdos de su vida en la granja o como emigrante en Estados Unidos, el proceso judicial en sí, los interrogatorios y juicios a los que se ve sometido durante tres años y la espera a una decisión final. Hay varios niveles dentro de esta novela, el amor por la naturaleza de la parte de diario de esta novela que se mezclan con las cartas escritas al fiscal general sobre su situación o su discurso de defensa en el juicio celebrado tras años de demora. 

En esta novela/diario de Hamsun sorprende la escritura de un hombre de más de noventa años. Como en Hambre, Por senderos que la maleza oculta parece fuera de su tiempo, Hamsun y su largo monólogo interior que se detiene en describir las diferentes fases por las que pasa un hombre cautivo. Si en Hambre un escritor lleva su pobreza y pasión hasta un límite excesivo, en Por senderos que la maleza oculta Hamsun se pregunta por los motivos de su encierro, escribe pequeñas anotaciones sobre su día a día y sobre su espera, rememora un pasado distante, su soledad presente, su sordera que le hace estar ante un mundo mudo y lo aísla en un doble encierro, los días en el psiquiátrico y cómo pasa de celda a habitación, de las preguntas del psiquiatra sobre su conducta a sus pensamientos posteriores sobre su estancia en el manicomio y cómo se sentía fuera del mundo.


Además, ¿para qué iba a servir todo eso? ¿Se trataba de conseguir que se me declarase demente y, en consecuencia, no responsable de mis actos? ¿Es esa la buena voluntad que quería ofrecerme el señor fiscal general? En ese caso no ha contado conmigo. Desde el primer momento, en el juzgado de instrucción, el 23 de junio, me responsabilicé de mis actos, y desde entonces he mantenido íntegramente esa posición. Pues sabía por mí mismo que si me dejaban hablar con libertad, el viento soplaría a favor de la absolución, o algo tan cercano a la absolución como yo hubiera podido esperar y el tribunal aceptar. Sabía que era inocente, sordo e inocente, me habría manejado bien en un examen realizado por el fiscal general, contándole la mayor parte de la verdad.
Pero esta situación se trastocó por las circunstancias por las que fui encerrado, mes tras mes privado de libertad, de voluntad, a la fuerza, con prohibiciones, torturas, inquisición. Soy consciente de que la institución puede expedir esmerados certificados que digan otra cosa. Que lo haga. No todos tenemos la misma sensibilidad, para bien o para mal, pero reaccionamos de diferentes maneras en nuestras aportaciones. Algunos viven, descansan y trabajan a tirones, no consiguen nada especulando. Si alguna vez reciben una pizca de la gracia del cielo, entonces todo marcha sobre ruedas en ese instante, por lo demás se quedan inmóviles. Yo, por mi parte, habría preferido diez veces estar entre rejas en una cárcel ordinaria que ser torturado conviviendo con esos seres más o menos enfermos mentales de la Clínica Psiquiátrica.
Pero allí me quedé.

Por senderos que la maleza oculta se inicia con la detención de Hamsun y su llegada a un hospital. Sordo y con octogenario, Hamsun vive en un silencio casi absoluto que lo aparta del mundo y enmudece los gestos de las personas alrededor, un silencio que lo convierte en un ermitaño, en alguien ajeno. Hamsun será trasladado de un hospital a un manicomio, le llevarán a interrogatorios escritos, el delito la traición a la patria por su simpatía con el régimen nazi. Apenas hay pistas de lo ocurrido antes de la detención de Hamsun, y sólo alguna justificación por el vacío de noticias sobre la realidad que ocultaba el nazismo.

Se nos había ofrecido la idea de que Noruega ocuparía un lugar destacado en esa sociedad germánica mundial que se estaba fraguando. Y en la que todos creíamos; en mayor o menor grado, pero todo el mundo creía en ella. Yo creía en ella, por eso escribía como escribía. Escribía sobre Noruega, que ocuparía un lugar destacado entre los países germánicos de Europa. El que también escribiera más o menos de la misma manera sobre el estado ocupante debería ser fácil de entender. Pues no quería exponerme al peligro de resultar sospechoso, lo que en realidad y como gran paradoja ocurrió. Mi casa estuvo siempre rodeada de oficiales y soldados alemanes, incluso por la noche, sí, muchas veces también por las noches, hasta el amanecer, y a veces era inevitable que tuviera la sensación de estar rodeado por observadores, por gente que iba a controlarme a mí y a mi familia. Por parte de círculos alemanes relativamente destacados, se me recordó dos veces (si la memoria no me falla), dos veces, que yo no realizaba tantas actividades como ciertos suecos cuyos nombres me indicaban, subrayando el hecho de que Suecia era un país neutral, lo que no era el caso de Noruega. No estaban pues demasiado contentos conmigo. Se esperaba recibir más de mí de lo que daba. Teniendo en cuenta que esas eran las condiciones bajo las que escribía, debe resultar comprensible, hasta cierto punto, que tuviera que mantener algún equilibrio entre mi país y el otro. No digo esto para defenderme o disculparme. No me defiendo en absoluto. Lo expongo como explicación, como información al honrado tribunal.
Y nadie me dijo que estuviera mal lo que estaba escribiendo, nadie en todo el país. Estaba solo en mi habitación, exclusivamente remitido a mí mismo. No oía, estaba tan sordo que no se podía tratar conmigo. Me daban golpes en la tubería de la estufa de leña desde el piso de abajo para que bajara a comer, ese sí era un sonido que podía captar. Bajaba, comía y volvía a subir a mi habitación. Así fue durante meses, años, durante todos esos años fue así. Y jamás me llegó la menor insinuación. Pues no era un fugitivo. Gozaba de una pequeña fama en el extranjero. Creía tener amigos en ambos bandos en Noruega, tanto entre los partidarios de Quisling como entre los que luchaban contra él. Pero nunca me llegó una pequeña advertencia, un buen consejo del mundo exterior. No, el mundo se abstuvo por completo de eso. Y tampoco de mi familia ni de la gente de mi casa solía recibir algo de información o ayuda. Conmigo todo había que hacerlo por escrito, y a la larga resultaba demasiado molesto. Me quedaba en mi habitación. En esas circunstancias solo tenía mis dos periódicos, Aftenposten y Fritt Folk, y en ellos no se decía nada de que lo que escribía estuviera mal. Al contrario.
Y no era incorrecto lo que escribía. No era incorrecto cuando lo escribía. Era correcto, y lo que escribía era correcto.Voy a explicarlo. ¿Qué escribía? Escribía para impedir que la juventud y los hombres noruegos se comportaran de un modo necio y provocador ante los ocupantes cuando no serviría de nada, excepto para ruina y muerte de ellos. Eso era lo que escribía de muchas y variadas maneras.


Hay algo en la escritura de Hamsun que asombra, su modernidad, su técnica depurada, su sencillez y profundidad, cierta rabia subterránea, la forma en la que contempla la naturaleza, el paso del tiempo y la muerte. Hay resistencia y superioridad, hay una mirada pausada y, a la vez, enérgica, hay un recorrido por los caminos y los bosques que recuerdan a Thoreau y un pasado donde se habla de ser emigrante en Estados Unidos, los días en granjas y pequeños pueblos que crecen poco a poco y la tierra como algo primordial (esas páginas dedicadas a los días en Estados Unidos, después de su alegato de defensa en el juicio, son pura aventura).

Por senderos que la maleza oculta es una lectura agridulce.








En la vida cotidiana no ocurre gran cosa. Un viejo sube la cuesta con un féretro en la carreta, su anciana mujer va detrás empujando. Ya es la segunda vez en el tiempo que llevo aquí que esta pareja de ancianos llega con un féretro, alguien ha muerto esta noche en el hospital, y el cadáver lo meten en una casita aparte, aquí en la colina, hasta que lo entierran. Silencioso y pacífico, nada especial. Él afloja la cuerda, se va al extremo y tira. La mujer vuelve a empujar. Y el ataúd se desliza por el suelo. (…)
De mi mundo exterior hay menos que decir. Aquí no hay más que la colina, sin un macizo de flores. El tiempo es inclemente, el viento es casi siempre vendaval; pero los árboles están cerca y el bosque con pajarillos en el aire y toda clase de bichos en la tierra. Ay, el mundo es hermoso también aquí, y deberíamos estar muy agradecidos de poder existir en él. Aquí hay una gran riqueza de colores incluso en las piedras y en el brezo, hay formas maravillosas en los helechos, y aún me queda un buen sabor en la boca de ese trozo de polipodio que encontré.

***

El verano pasa. No noto en mí ninguna gran diferencia entre las estaciones, no se suceden en meses, el tiempo no tiene tiempo y el verano me desaparece.
Pero ha sucedido algo. No escribo ningún libro, ni siquiera un diario, Dios me libre, me salto grandes trozos en línea recta y ni siquiera llevo la cuenta de lo que pasa. Pero algunas cosas del mundo exterior sí penetran en mí. Se ha ido la vieja directora de la residencia y una nueva ha venido en su lugar. Una de las dos bellezas de la oficina de abajo nos ha dejado, pero nos queda la otra. Nuestra vieja residencia de viejos se nos ha quedado anticuada, y tenemos intención de construir una nueva.
No es poca cosa. Veo que los vejestorios ya tenemos algo serio de lo que hablar, vamos a tener baños, lavandería, enfermería, panadería, gallinero, leñera y habitaciones exteriores para veinte o treinta personas bajo un solo techo. Nunca antes hemos sabido nada de tales prodigios, y tiene lugar en nuestra imaginación un acelerón que no hemos sentido desde la juventud. Algunos intentamos defender nuestra antigua residencia, tampoco hemos estado mal en ella, y además… ¿no hemos venido aquí para morir? Sí, claro. Pero hay que aprovechar lo que se pueda hasta el último momento. Tenemos que estar al día, ¿no? Tenemos que modernizarnos, ¿verdad? Tráenos una nueva residencia, no nos costará nada acostumbrarnos a nuevas necesidades así, con un pie en el estribo, y morirnos con un cigarrillo en la boca.
Claro que nos vamos a morir, dice san Agustín, pero todavía no.

***

Uno, dos, tres, cuatro —así voy anotando pequeños textos para mí mismo. No sirve de nada, no es más que una vieja costumbre. Tengo una tubería por la que se me escapan palabras prudentes. Soy un grifo que gotea, uno, dos, tres, cuatro…
¿No hay una estrella llamada Mira? Podría haberlo consultado, pero no tengo donde hacerlo. Da lo mismo. Mira es una estrella que llega, brilla brevemente y luego desaparece. Esa es toda su vida. Ser humano, en este punto pienso en ti. De todo lo vivo en el mundo, tú has nacido para poca cosa. No eres ni bueno ni malo, te has creado sin un objetivo planificado. Vienes de la niebla y vuelves a la niebla, tan cordialmente imperfecto eres. Tú, ser humano, si te subes a un caballo raro, ya no hay nada que haga raro a ese caballo. Así siempre, todos los días y por el mismo camino, lentamente…
¿Te bajas de un salto tocando la tierra con tu sombrero ante dos ojos, dos ojos con los que te encuentras? No tienes vida para eso.
Justo en este momento sube arremolinándose desde lo subterráneo una nueva estirpe llena de esperanza. Es recién nacida e inocente. Leo sobre ella, pero no conozco ningún nombre, y lo mismo da. Es una luz para el caminante, llega, brilla un poco y desaparece. Va y viene, como yo iba y venía.

***

Tácito opina que los germánicos somos hábiles para morir. Y los vikingos no nos deshonraron en ese aspecto. Nuestro conocimiento aún más reciente nos deja claro por qué existe en sí la muerte: pues no morimos para estar muertos, para ser algo muerto, morimos para poder pasar a la vida, morimos a la vida, estamos dentro de un plan. El mismo Tácito nos elogia porque no adornamos en exceso nuestras tumbas. Nos limitamos a echar algo de torva encima para evitar el olor. Luego nos elogia también por no querer tener altos monumentos sobre la tumba. Dice que los desdeñamos. No ha tenido en cuenta nuestra modesta decadencia en los últimos tiempos.
Knut Hamsun. Por senderos que la maleza oculta. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Nørdica libros.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Treblinka. Chil Rajchman (Epílogo de Vasili Grossman)

Los tristes vagones me conducen hacia allí, hacia aquel lugar. De todas partes nos llevan: del este y del oeste, del norte y del sur. De día y de noche. En todas las estaciones del año, viajan los trenes: primavera y verano, otoño e invierno. Los transportes viajan hacia allí sin obstáculos ni restricciones y Treblinka se vuelve cada día más rica en sangre. Cuanta más gente llevan allí, más crece su capacidad para recibirla.

Unas traviesas de madera recuerdan el horror de Treblinka. Los nazis intentaron ocultar sus crímenes, reabrieron las fosas comunes para incinerar los miles de cadáveres gaseados, enterraron las cenizas bajo tierra y clausuraron el campo. Se estima que más de un millón de judíos fueron asesinados. El campo de Treblinka era una maquinaria de muerte pensado para destruir física y moralmente a miles de seres humanos y así conseguir que el miedo les paralizase y no opusieran resistencia. Chil Rajchman fue uno de los pocos testigos que salió con vida del campo y en sus memorias describe y enumera los horrores vistos. Y lo hace de manera directa, como si se tratase de un informe o un reportaje periodístico. Rajchman recuerda desde su llegada al campo hasta su fuga tras el levantamiento de los judíos. Y entre esos dos momentos, su escritura sencilla que habla del horror y el infierno que vivió, del ser humano despojado de su humanidad, tanto las víctimas, que son tratados como objetos, como los verdugos, que disfrutan y jalean el horror y sólo buscan una forma de matar más y mejor y más rápido. Su Treblinka es un puñetazo al estómago. No se detiene a elucubrar sobre el nazismo y su perversa ideología, Rajchman quiere exponer los hechos ocurridos dentro de Treblinka y que sepamos del infierno en la tierra que significó ese campo de exterminio. Y lo hace sin rodeos. La verdad desnuda y cruda. La escritura sencilla y austera. Cada capítulo golpea con una nueva revelación, con una verdad casi imposible de asumir.

Treblinka se inicia en un vagón. Los hermanos Rajchman dentro de uno de esos largos trenes de sesenta vagones que recorrieron Europa durante años, los judíos aprisionados dentro, sin apenas respirar, sus guardianes nazis y ucranianos que les niegan el agua, su llegada a Treblinka y la primera muestra del horror, su desnudez que los invalida y noquea, que les impide reaccionar ante lo que les está ocurriendo. Los hermanos bajan del vagón, son separados, Rajchman ve a su hermana desaparecer y sabe el destino que la espera. Rajchman se encuentra con ropas y zapatos amontonados en el suelo y su primera será clasificar. Luego, peluquero. Cortará el pelo a las mujeres que están por entrar en las cámaras de gas y ahí. Más tarde, acarreador de cadáveres. Y dentista que extrae piezas de oro de los cadáveres. Rajchman describe sus diferentes trabajos en el campo, y es ahí donde recuerdo que los nazis estaban siempre a una prudente distancia, con sus látigos y sus disparos en la cabeza y sus golpes sobre los obreros. Rajchman, como Agota Kristof en Claus y Lucas, no busca cubrir la realidad con adjetivos superfluos. Sólo se permite llamar asesinos a nazis y ucranianos a lo largo de los capítulos (“El asesino me grita como un cerdo enfurecido”, “Cada tantos minutos vienen los asesinos con látigos en la mano y gritan: «¡Moveos! ¡Más rápido!»”, “Los asesinos nos han quitado a todos la alegría”. “Los asesinos nos obligan a cortar el pelo de nuestras hermanas unos minutos antes de morir, y nosotros, que tampoco nos queda mucho tiempo de vida, lo hacemos bajo el restallar del látigo.”). Rajchman habla del comandante Franz y su perro Bari, adiestrado para matar judíos a dentelladas, o del Artista, que llega para crear grandes piras crematorias, y su locura por perfeccionar su matadero, de lo diabólico de los campos nazis, las propias víctimas que son las encargadas de limpiar las huellas del exterminio, cuadrillas de obreros que hacen el peor trabajo para que los nazis se queden en un cómodo segundo plano.


El trabajo de retirar cadáveres estaba repartido. Además de los de la «rampa» (aproximadamente unos veinte hombres), trabajaban entre treinta y cuarenta acarreadores, seis dentistas y, en las tumbas, una brigada de excavadores. De estos, había unos diez hombres en la fosa que trabajaban acomodando los cadáveres cabeza con pie y pie con cabeza, para que entraran más. Un segundo grupo cubría cada capa de muertos con arena, tras o cual volvían a colocar otra capa. Las fosas comunes eran excavadas por una pala mecánica (más tarde, las excavadoras serían tres). Estas fosas eran enormemente grandes, unos cincuenta metros de largo por unos treinta de ancho, y varios pisos de alto. Según mi cálculo, las fosas podían tener cuatro pisos de profundidad.  
El movimiento, la prisa, los golpes a los prisioneros constituían un verdadero molino diabólico. Sobre cada grupo de trabajadores había varios alemanes o ucranianos con látigos en las manos que lastimaban a los judíos en la cabeza, en la espalda, en el abdomen, en las manos, sin pensar en dónde caerían los golpes. Si prestaban atención, era para acertar en un lugar en que doliese más o pudiese hacer más daño al organismo. Los de la «rampa» y los acarreadores debían hacer su trabajo a una velocidad brutal. Los de la «rampa» tenían que cuidar de que siempre hubiese preparada una pila de cadáveres. No había que hacer esperar a los acarreadores. Estos debían agarrar a la carrera un cadáver (escoger desde lejos un ejemplar fácil), arrojarlo sobre la camilla y salir al galope con él hacia la fosa.


Es difícil resaltar algún capítulo, cada uno de ellos es doloroso, las mujeres desnudas a las que cortan el pelo antes de entrar en las cámaras de gas, los judíos que respetan sus festividades religiosas o cantan salmos antes de morir, aquellos que se suicidan entre los obreros, los obreros mismos que sobreviven con latigazos y palizas y acarrean cadáveres sabiendo que, dentro de poco, ellos estarán dentro de la fosa, los montones de ropas y objetos de valor que son clasificados, las fotografías y documentos enterrados, las fosas comunes reabiertas para incinerar sus cadáveres y aún así, los huesos que salen a la superficie y la sangre que tiñe la tierra, los gritos de desesperación o el silencio digno de quienes saben que están a punto de morir, el sistema por el cual los nazis desvisten de toda humanidad a sus víctimas y su meticulosidad por perfeccionar el exterminio de los judíos, las cámaras que crecen para que tengan mayor cabida, los trenes que llegan uno tras otro y los miles de seres indefensos que mueren cada día, los cadáveres hinchados y negros. Las memorias de Chil Rajchman son necesarias para no olvidar lo ocurrido dentro de los muros de Treblinka.






Separo los dedos de mi sucia mano, corto el cabello de la mujer y lo arrojo en la maleta, al igual que el resto de nosotros. La mujer se levanta del lugar. Veo que está como ebria por los golpes recibidos. Me pregunta adonde ir y le señalo la segunda puerta, a la izquierda. Apenas me doy la vuelta, ya hay sentada otra mujer. Me agarra la mano y me quiere besar:
—Por favor, dígame, ¿qué hacen con nosotras? ¿Es nuestro fin?
Llora y ruega que le diga si es una muerte dolorosa, si es lenta, si les dan gas o las electrocutan.
No le respondo. Ella no me quiere soltar; sin embargo, no puedo decirle la verdad y la tranquilizo. Toda la conversación dura unos segundos, el tiempo que tardo en cortarle el cabello. El asesino que está de pie a nuestro lado grita:
—¡Basta! ¡Cortad el pelo más rápido!
La mujer ya está casi aturdida. Después de un rato, se levanta de su lugar y sale corriendo.
Se sientan una víctima tras otra y la tijera corta y corta sin cesar. Se oyen llantos y gritos. Muchas se arrancan los cabellos a sí mismas y nosotros tenemos que observarlas sin poder decir nada.
Delante de mí se sienta una mujer mayor. Le corto el pelo y ella me dice que le conceda un último deseo antes de morir: que le corte el cabello un poco más lento, porque detrás de ella, con mi compañero, está su joven hija y ella quiere ir con ella a la muerte. Trato de retener a la mujer y a la vez le pido a mi compañero que se apresure. Quiero satisfacer el último deseo de la anciana pero, por desgracia, el asesino me lanza un grito y me asesta un latigazo en la cabeza. Debo guardar silencio y no puedo retener a la mujer. Ella tiene que irse corriendo sin la hija…
Mientras tanto sigo cortando el pelo. De pronto, oigo un grito. Me doy la vuelta y veo entrar corriendo a una muchacha de unos dieciocho años que grita a todas las mujeres:
—¿Qué pasa con vosotras? ¡Haríais mejor en avergonzaros! ¿Por quién lloráis? ¡Mejor reíd! ¡Así nuestros enemigos verán que no vamos a la muerte como cobardes! ¡Los asesinos se deleitan con nuestro llanto!
Todos quedan como paralizados. Los asesinos miran alrededor, actúan todavía más salvajemente y la muchacha ríe todo el tiempo hasta que se la llevan.
De entre las infelices víctimas se sienta delante de mí una muchacha joven y bonita. Me ruega:
—No me corte todo el cabello. ¿Qué voy a parecer?
No puedo contestarle. ¿Qué le puedo decir? Trato de calmarla.
Se sienta delante de mí otra mujer. Se quita las horquillas del cabello y me grita:
—¡Más rápido! Haga lo que quiera. ¡Me puede arrancar también un pedazo de carne de la cabeza! Usted sabe que estoy perdida…
Sí, todos estamos perdidos.
Una mujer mayor me ruega que le diga si todos los hombres han sido seleccionados para el trabajo. Ella sabe que va hacia la muerte, pero será un consuelo si su hijo, que ha venido con ella, sigue con vida. La tranquilizo con una respuesta, me lo agradece y está contenta, porque su hijo, que sobrevivirá, podrá vengarse de los asesinos…
Así pasan cientos de mujeres entre llantos y gritos y yo me transformo en un autómata demoníaco que les corta el pelo.
De repente se detiene el ingreso de las víctimas, porque las cámaras de gas están repletas. El asesino que está de pie delante de la puerta de la sala comunica que habrá una pausa de media hora y se va. Quedan con nosotros ucranianos y algunos SS. Miro alrededor y pienso: «¡Qué violencia! ¡Qué infierno es este!». Los asesinos nos obligan a cortar el pelo de nuestras hermanas unos minutos antes de morir, y nosotros, que tampoco nos queda mucho tiempo de vida, lo hacemos bajo el restallar del látigo. Nos han quitado todo raciocinio y no somos más que instrumentos de los criminales. Mi amigo, que trabaja junto a mí en la clasificación, me dice en voz baja:
—¡Cómo te has transfigurado! No te reconozco.
No le contesto y me deja en paz.
Al poco tiempo entran unos asesinos y ordenan cantar una canción, una linda canción.
Los peluqueros más antiguos ya saben qué significa esto. Si alguien no canta lo golpean brutalmente y por temor algunos empiezan a cantar. Estoy como paralizado. Allí en la cámara de gas exterminan gente y nosotros tenemos que cantar. Un asesino que nota que mi boca está cerrada me grita:
—Tú, perro, ¿quieres recibir tu merecido…?
Abro la boca como si cantara.
Por desgracia, debemos cantar y alegrar a los asesinos. Tenemos que complacerlos.
Cada tanto uno de ellos sale al corredor y mira dentro de la cámara a través de una mirilla para ver si las víctimas ya están muertas.
Así pasa media hora, luego entra otro asesino y nos comunica que el trabajo prosigue. Debemos volver a ocupar nuestros lugares para recibir nuevas víctimas y, al instante, aparecen mujeres desnudas.
El trabajo avanza sin interrupciones. Pasa una hora y todo el transporte ya está aniquilado: varios miles de personas han sido envenenadas con gas.
Chil Rajchman. Treblinka (Epílogo de Vasili Grossman. Traducción de Jorge Salvetti. Seix Barral.)




La edición de Seix Barral incluye El infierno de Treblinka de Vasili Grossman como epílogo. Y es este un punto interesante. Teblinka contado desde dentro por una de las víctimas y desde fuera por un escritor y periodista que acompañó al ejército ruso durante la segunda guerra mundial y descubre el fanatismo y el horror nazi. Mientras que Rajchman describe lo ocurrido dentro de Treblinka sin detenerse a reflexionar sobre la ideología nazi o el rumbo que lleva la guerra y Europa, su escritura tan directa, sencilla como dolorosa, Grossman intercala entre las descripciones del campo la visión de quien estaba fuera del horror e intenta saber su raíz y por qué sucedió (“Uno u otro tipo de Estado no le cae a la gente desde el cielo: la actitud material e ideológica de los pueblos es la que engendra el orden estatal. Y es en esto en lo que se debe pensar de verdad y por lo que de verdad debe uno horrorizarse…”). El infierno de Treblinka completa las memorias de Rajchman, hace un repaso de los métodos nazis usados en el campo de exterminio, la llegada de los trenes, la falsa estación donde se bajaban los judíos, la desnudes y la humillación, los diferentes jefes del campo y su personal sentido de la crueldad. Grossman, como periodista, habla con víctimas, verdugos y campesinos, recrea una imagen global de lo que fue Treblinka, hace cálculos de las víctimas y rinde homenaje a todos los miles de hombres y mujeres gaseados de los que no se sabe ni siquiera un nombre. Grossman pone por escrito aquello que ha escuchado y visto, imagina y da voz al horror de las víctimas (Es difícil decir qué es más terrible, si ir a la muerte en medio de horribles sufrimientos, conociendo su inminencia, o, con un completo desconocimiento de la propia perdición, estar mirando por la ventanilla de un vagón de primera clase al tiempo mismo que se telefonea desde la estación de Treblinka al campo de concentración comunicando los datos sobre la llegada del tren y la cantidad de personas que en él viajan.), detalla los métodos de tortura y muerte y habla de un matadero en cadena y del carácter perfeccionista alemán.


En la última etapa del matadero en cadena se exigía, para la rapidez de su funcionamiento, un nuevo principio, y por esto la palabra Achtung se sustituía por otra restallante y sibilante: 
«Schneller! Schneller! (¡Más deprisa! ¡Más deprisa!)». ¡A paso ligero hacia la muerte!
La cruel experiencia de estos últimos años nos ha enseñado que el hombre desnudo pierde instantáneamente la capacidad de resistir, deja de luchar contra su suerte; junto con su ropa pierde el instinto de vivir y acepta su suerte como un destino fatal. El impaciente y sediento de vida se convierte en un ser pasivo. Pero para asegurarse, los SS adoptaban por añadidura, en la última etapa del trabajo en el matadero, el método de un aturdimiento monstruoso, sumían a la gente en un estado de abatimiento psicológico.
¿Cómo se lograba?
Adopción instantánea y brusca de crueldades ilógicas y sin sentido. Los hombres desnudos a quienes se había despojado de todo —pero que se obstinaban tenazmente en seguir siendo mil veces más numerosos que los seres que los rodeaban y que iban vestidos con uniformes alemanes— seguían respirando, miraban, pensaban, sus corazones todavía latían. Les quitaban de las manos los pedazos de jabón y las toallas, y les hacían formar en columnas de a cinco.
Hände hoch! Marsch! Schneller! Schneller! (¡Manos arriba! ¡Andando! ¡Más deprisa! ¡Más deprisa!).
Entraban en una avenida recta bordeada de flores y de abetos que medía ciento veinte metros de largo y dos de ancho, y que conducía al lugar del suplicio. A ambos lados de esta avenida había unas alambradas espinosas, así como una fila de guardianes vestidos con uniformes negros y de SS con uniformes grises que permanecían hombro con hombro. El camino estaba cubierto de arena blanca y los que marchaban en primer lugar con las manos en alto veían en esta arena esponjosa las huellas frescas de pies descalzos, unas pequeñas, femeninas, otras minúsculas, de niño, otras pesadas, de personas viejas. Estas huellas tan imprecisas marcadas en la arena eran todo lo que quedaba de miles de personas que hacía poco tiempo habían pasado por este camino de igual manera a como ahora pasaban las nuevas cuatro mil, y a como pasarían dos horas más tarde otros miles que esperaban su turno en el ramal de ferrocarril del bosque. Pasaban igual que ayer y que diez días atrás, como pasarían a la mañana siguiente y dentro de cincuenta días, como pasó la gente durante los trece meses de existencia del infierno de Treblinka.
Los alemanes llamaban a esta avenida «el camino sin regreso».
Un antropoide apellidado Sujomil gritaba al tiempo que hacía gestos y muecas y deformaba intencionadamente las palabras alemanas:
—¡Niños, niños, deprisa, deprisa, el agua del baño se enfría! ¡Más deprisa, niños, más deprisa! —decía, y luego soltaba una carcajada, se ponía en cuclillas y hacía movimientos de danza.
La gente con las manos en alto marchaba en silencio, entre dos filas de guardianes, mientras recibía culatazos y golpes propinados con varas de goma. Los niños, que apenas podían seguir el paso de los mayores, corrían. En este último y doloroso camino, todos los testigos señalan la ferocidad de un monstruo, el SS Zepf. Se había especializado en el asesinato de niños. Dotado de una enorme fuerza, este antropoide agarraba bruscamente a un niño de la multitud y, o bien lo enarbolaba como una maza y golpeaba su cabeza contra el suelo, o bien lo partía por la mitad.
Yo oí lo que se contaba de esa bestia, por lo visto nacida del vientre de una mujer, y me parecía increíble e inverosímil lo que de él se decía. Pero cuando unos testigos visuales me lo confirmaron personalmente, cuando oí que hablaban de ello como de uno de los detalles que cuadraba y que no se contradecía con el régimen general del infierno de Treblinka, creí en la posibilidad de su existencia.
La actuación de Zepf era necesaria: provocaba el shock psicológico de los condenados y constituía también una manifestación más de la crueldad ilógica que aniquilaba la voluntad y la conciencia. Era un tornillito útil y necesario de la enorme máquina del Estado fascista.


Grossman entra en el campo y encuentra vestigios de lo ocurrido, su escritura difiere de la de Rajchman, que era rápida y necesaria y quería descubrir y describir al mundo la realidad de los campos desde dentro. Grossman habla de su experiencia al llegar al campo, la congoja y el estupor, las huellas del exterminio bajo la tierra.



Silencio. Apenas se mueven las copas de los pinos que se elevan a lo largo de la vía del ferrocarril. Fue a estos mismos pinos, a esta arena, a estos viejos tocones a los que miraron millones de ojos humanos desde los vagones que se deslizaban despacio hacia el andén. Crujen levemente la ceniza y los restos calcinados en el camino negro, bordeado cuidadosamente, en un estilo muy alemán, de piedras pintadas de blanco. Hemos entrado en el campo y marchamos por la tierra de Treblinka. Vainas de altramuz revientan al más pequeño roce, o se abren ellas solas emitiendo un ligero ruido. Millones de semillas se esparcen por la tierra. El ruido de las semillas que caen, el sonido de las vainas que se abren se funden en una melodía continua, triste y suave. Parece como si de la misma profundidad de la tierra se elevara el sonido fúnebre, triste, amplio y tranquilo de unas pequeñas campanas apenas perceptibles. Y la tierra tiembla bajo los pies, hinchada, gorda, como si estuviera empapada en aceite de linaza, la tierra sin fondo de Treblinka, inestable como una fosa abisal. Este lugar baldío cercado de alambradas devoró más vidas humanas que todos los océanos y mares del globo terrestre durante toda la existencia del género humano.
La tierra arroja huesos partidos, dientes, objetos, papeles: no quiere guardar el secreto.
Y los objetos surgen de la tierra reventada, de sus heridas sin cerrar. Aquí están las camisas semipodridas de los muertos, los pantalones, el calzado, las pitilleras cubiertas de verdín, ruedecitas de relojes de bolsillo, cortaplumas, brochas de afeitar, candelabros, zapatos de niño con borlas rojas, toallas con bordados ucranianos, puntillas de ropa blanca, tijeras, dedales, corsés, fajas. Y más lejos, por entre las grietas de la tierra surgen a la superficie montones de vajilla: sartenes, jarros de aluminio, tazas, cacerolas pequeñas y grandes, cazos, bidones, jarrillos, tacitas irrompibles infantiles… Y más lejos, de la tierra removida, sin fondo, exactamente como si la mano de alguien arrojara a la luz lo que guardaron los alemanes, sale a la superficie un pasaporte soviético semipodrido, un cuaderno de notas en lengua búlgara, fotografías de niños de Varsovia y de Viena, una carta infantil con letra retorcida, un librito de versos, una plegaria copiada en unas hojas amarillas, una cartilla de racionamiento de Alemania… Y por todas partes centenares de tarros y frasquitos de perfume, de cristal granulado, verdes, rosas, azules… Sobre todos ellos se cierne un espantoso olor a materia descompuesta que no han podido vencer ni el fuego, ni el sol, ni la lluvia, ni la nieve ni el viento. Y centenares de minúsculas moscas del bosque se posan sobre los objetos semidestruidos, sobre los papeles y las fotografías.
Seguimos adelante por la tierra insondable y vacilante de Treblinka y de pronto nos detenemos. Unos cabellos rubios y espesos, de reflejos cobrizos, finos, maravillosos cabellos de muchacha, pisoteados en la tierra, y al lado unos rizos igualmente claros, y más lejos unas trenzas negras, pesadas, sobre la arena amarilla, y más lejos más y más. Este, por lo visto, era el contenido de un solo saco de cabelleras olvidadas que no fue cargado.

¡Todo esto es verdad! La última esperanza de que fuera solo un sueño se derrumba. Y las vainas de altramuz suenan sin cesar, golpean las semillas como si verdaderamente desde la profundidad de la tierra llegara el sonido fúnebre de incontables pequeñas campanas. Y parece como si el corazón se parara oprimido por una tristeza, por una pena, por una nostalgia tales como el hombre no puede soportar.

lunes, 8 de febrero de 2016

David Grossman en Tú serás mi cuchillo (declaración de intenciones II)

Quiero seguir aquí contando las cosas más simples. Describir esa hoja que acaba de caer. O las sillas apiladas en la terraza. O las polillas de la luz que se sienten atraídas por el farolillo. Contar la historia de una noche entera, hasta que la oscuridad se cambie en luz y los colores se transformen, No me importaría seguir así día y noche, describir cada brizna de hierba y cada flor, las piedras del muro y las piñas. Para después, cuando me sienta preparada, con cautela, pasar a escribir sobre mí misma. Sobre mi cuerpo, por ejemplo. Empezar por él, por lo tangible. Aunque también con él empezar desde lejos, por los dedos de los pies, y poco a poco irme acercando. Escribir sobre todos y cada uno de los miembros del cuerpo y recordar sus sensaciones, las de antes y las de ahora. Los recuerdos de un tobillo, por ejemplo, o de la mejilla o, por qué no, del cuello, por medio de las caricias, de los besos, de sus cicatrices. Hacerme existir por medio de la escritura. Tardaré mucho, pero tiempo hay. La vida es larga y quiero hablarme de mí misma, hablarme de lo que por lo visto nadie me va a hablar. Contarme mi propia historia. Sin añadirme nada, pero también sin quitármelo. Escribir sin desear conseguir nada. De nadie. Limitarme a escribir mi voz.
David Grossman. Tú serás mi cuchillo. Traducción de Ana María Bejarano. Debolsillo.

sábado, 6 de febrero de 2016

La casa y el cerebro. Edward Bulwer-Lytton

Tal vez el problema de La casa y el cerebro sea la multitud de historias de casas encantadas que vinieron después y que hacen del relato de Bulwer-Lytton reconocible y, en su primera parte, predecible. Una casa con fama de albergar fantasmas, un hombre que quiere enfrentarse a lo que cree una leyenda o un acto de sugestión, las presencias fantasmales que aparecen poco a poco, unas huellas en el polvo del suelo, una sombra negra y diabólica, luces extrañas y la representación incorpórea de crímenes pasados. Elementos conocidos, la oscuridad tenebrosa, las apariciones demoniacas, el horror por asistir a lo sobrenatural, las ideas preconcebidas y cómo luchar contra ellas.

La primera parte de La casa y el cerebro es el narrador ante los horrores encerrados en las habitaciones de la casa. Acompañado de su criado y su perro favorito, el narrador recorre la casa, ve las primeras huellas de algo enigmático, descubre unas cartas que revelan un crimen monstruoso e intenta centrarse en una lectura agradable para que su mente no se engañe con ruidos que en otros momentos consideraría normales. Los primeros pasos en la casa es la tensión de algo escondido que está por revelarse. Y, cuando esto ocurre, el horror del narrador ante lo que ve, su intento por permanecer cuerdo, cómo llega al límite y, una vez ahí, saber que podrá soportar todo aquello que aparezca delante de él y verlo hasta asistir a su final.

El día rompe con el encantamiento y el narrador reflexiona sobre la presencia sobrenatural de la que ha sido testigo. Es ahí donde empieza otro relato y aparece el mesmerismo y lo humano en lo sobrenatural. Bulwer-Lytton aparca la historia de fantasmas y casas encantadas y se adentra en una investigación sobre el origen de las imágenes fantasmales y la mano que está detrás de ella, construye un personaje fascinante, un ser diabólico que aspira a la inmortalidad y juega con la voluntad de los seres humanos y los hace bailar como títeres, alguien capaz de tratar voluntades como marionetas y de alargar su vida hasta límites imposibles, un ser escondido en la sombra, lejano, invisible e inquietante.

La casa y el cerebro es una lectura simpática, se lee en apenas una hora, se disfruta con los horrores de la casa y la investigación posterior, el encuentro entre el narrador y ese cerebro del título, una lucha de voluntades y unas imágenes que recuerdan a Hodgson o Poe.








Como creo que la presencia de ánimo, o lo que llaman coraje, se da en proporción a la familiaridad con las circunstancias que lo originan, tendría que decir que desde hace mucho me he familiarizado lo suficiente con cuantas experiencias atañen a lo prodigioso. He sido testigo de muchos fenómenos extraordinarios en diversas partes del mundo; fenómenos que no se creerían si los declarara, o que se atribuirían a poderes sobrenaturales.
Ahora bien, mi teoría afirma que lo sobrenatural es un imposible; lo que se llama sobrenatural solo es algo, dentro de las leyes de la naturaleza, que hasta ahora hemos ignorado. Si un fantasma se alza delante de mí, no tengo razón al decir: «Luego lo sobrenatural es posible», sino más bien; «Luego la aparición de un fantasma está, en contra de la opinión recibida, dentro de las leyes de la naturaleza, es decir, no sobrenaturales».
En todas las cosas que yo he presenciado, y en todos los prodigios que los aficionados al misterio de nuestra época registran como hechos, siempre se requiere un mediador material vivo. Hallarán ustedes todavía en el continente a magos que asegura poder evocar a los espíritus. Asuman por un momento que dicen la verdad, y aun así la forma material y viva del mago está presente; él es el mediador a través del que, gracias a algunas peculiaridades inherentes, ciertos fenómenos extraños se presentan ante nuestros sentidos naturales.
Acepten como igual de verdaderos los testimonios de manifestación espiritual en América: sonidos musicales, o de otra clase; escrito en papel realizados por una mano indiscernible; muebles que se desplazan sin aparente intervención humana; o la visión y el contacto de manos cuyos cuerpos son invisibles. También ahí ha de encontrarse el médium, o ser vivo, con peculiaridades inherentes capaz de obtener esas señales.
En suma, si se trata de prodigios semejantes, suponiendo incluso que no haya impostura, debe haber alguien como nosotros mediante el cual, o a través del cual, se originan los efectos presentados a los seres humanos. Así sucede en los fenómenos, ya muy conocidos, del mesmerismo o la electrobiología; la mente de la persona sobre la que se actúa es influida a través de un agente material vivo.
Edward Bulwer-Lytton. La casa y el cerebro. Traducción de Arturo Agüero Herranz. Impedimenta. 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Sangre sabia. Flannery O´Connor

Un predicador que no cree en Jesús ni en la redención y predica la Iglesia sin Cristo. Un muchacho que siente en su sangre promesas y revelaciones que dirigirán sus pasos y le traerán una verdad desconocida. Una viuda solitaria que regenta una pensión poblada de perdedores y oportunistas. Una muchacha que acompaña a su padre a predicar por la noche, reparte folletos que hablan de salvación y busca un hombre que sustituya a su padre y le ayude a iniciar una nueva vida. Camareras, timadores, prostitutas y vendedores, una ciudad del sur poblada de pensiones, bares vacíos y cines, un coche desvencijado, evangelistas ciegos, una momia como nuevo Jesús y cunetas lluviosas. El mundo de Flannery O´Connor retrata la podredumbre de los personajes con su búsqueda de una verdad que los redima y les dé un sentido y una paz última.

Sangre sabia es una novela densa, a impulsos, la línea principal Hazel Motes un hombre que concibe una Iglesia sin Cristo y no cree en blasfemias ni pecados porque no hay nadie ante el que arrodillarse, un no creyente que, a su pesar, cree, algo que le convierte en su ser atormentado, su lucha por hacer de su Iglesia algo real y su búsqueda final de redención y limpieza moral, las líneas secundarias con un puñado de personajes que irrumpen en la acción y, a veces, desaparecen tan abruptamente como entraron en la historia y dejan una sensación incompleta y violenta, seres secundarios tan perdidos, atormentados y solitarios como Hazel Motes, buscadores de una verdad que les dé un lugar.

O´Connor crea escenas y personajes extraños y enigmáticos. Hazel Motes regresa a su pueblo tras la guerra, lo encuentra abandonado y olvidado, un puñado de polvo que sólo guarda recuerdos (las gafas de su madre, su inicial rectitud moral influida por su abuelo predicador, las piedras en los zapatos como particular calvario), se marcha a una ciudad cercana donde predicar una nueva verdad, una iglesia sin Cristo y la ausencia de pecado, Motes como un hombre febril y solitario que se otorga una gran misión y a la vez espera que alguien le enseñe un camino diferente. O´Connor presenta a Hazel en un tren, camino de su misión evangelizadora, y se detiene en describir sus ojos, hundidos y profundos, algo que repetirá a lo largo de la novela, los ojos enigmáticos y distantes de Motes que esconden a un hombre torturado y extraño, alguien que parece no darse cuenta del mundo que le rodea, que quiere difundir una verdad donde no hubo Caída ni Redención posible y no hay un Juicio Final. Y en sus prédicas, conoce a un evangelizador ciego y a su hija, a un muchacho que cree en los dictados de su sangre y un timador que quiere aprovecharse de sus ideas.


—¡Dulce Jesús Crucificado! —exclamó—. Voy a deciros una cosa. Quizá penséis que no estáis limpios porque no creéis. Pues bien, yo os digo que estáis limpios. Todos y cada uno de vosotros estáis limpios. Pero yo os digo que estáis confundidos si creéis que es por Jesucristo Crucificado. No niego que fuera crucificado, pero no por vosotros. Atended, yo soy predicador y predico la verdad.
La gente se dispersaba. Era como una gran colcha que se deshilachara y sus hilos se perdieran por las calles oscuras.
—¿Es que no sé yo lo que existe y lo que no existe? —gritó—. ¿No tengo ojos en la cara? ¿Estoy ciego? Atended. Voy a predicar una nueva iglesia: la iglesia de la verdad sin Cristo Crucificado. No os va a costar un céntimo haceros de mi iglesia. Aún no existe, pero pronto existirá.


Motes es un personaje al límite, huraño, distante, con una verdad incómoda y su misión de convertir al pueblo en creyentes de su verdad. Las pinceladas de humor negro de O´Connor hablan de los extremismos y ceguera de Motes, un hombre capaz de buscar a la prostituta que se anuncia en los lavabos de una estación, comprarse un coche desvencijado en el que subirse y sermonear desde el capó y seguir a un falso predicador ciego para que intente redimirlo y salvarlo de su propia Iglesia, un hombre que cree a su pesar y se ciega voluntariamente y ahí, en la ceguera, encuentra una salida y una verdad distinta a través del sacrificio. Motes, ciego, ya no se siente limpio o libre de pecado, ve en la oscuridad aquello de lo que huía.

O´Connor retrata a un puñado de personajes esperpénticos, las frases y escenas que se cortan y se suceden de manera abrupta, los momentos donde la novela parece una sucesión de sueños kafkianos, el humor negro dedicado a desnudar a evangelizadores y timadores que juegan con la religión y las creencias y, sobre todo, el torturado Hazel Motes, un libro extraño y fascinante, los capítulos que se intercalan casi a hachazos, que parecen interrumpir violentamente la historia, la soledad de cada uno de los personajes, seres arrojados a la vida sin un hogar donde quedarse o una familia donde cobijarse.







Lo único de Eastrod que se llevó al ejército fue una biblia de tapas negras y unas gafas de plata que habían sido de su madre. Había ido a una escuela rural, donde aprendió a leer y escribir, y aprendió también que era más sensato no hacer ni lo uno ni lo otro. Lo único que leía era la biblia. Aunque no la leía con frecuencia, cuando lo hacía se ponía las gafas de su madre. Le cansaban tanto la vista que al poco rato se veía obligado a dejarlo. Tenía la intención de decir a todo el que en el ejército le invitara a pecar que él era de Eastrod, en Tennesse y que iba a volver allí para quedarse, y que iba a predicar el evangelio, y no iba a dejar que su alma se condenara por culpa del gobierno o de cualquier país extranjero al que le enviaran.
A las pocas semanas de campamento, ya con algunos amigos (de hecho no eran amigos, pero tenía que convivir con ellos), surgió la ocasión que había estado esperando: una invitación. Les dijo que no por un millón de dólares y un lecho de plumas iría con ellos; les dijo que era de Eastrod, en Tennesse, y que no iba a dejar que el alma se le condenara por culpa del gobierno o de cualquier país extranjero..., pero la voz se le quebró y no llegó a terminar. Se quedó mirándolos, tratando de endurecer el gesto. Los amigos le dijeron que a nadie le importaba un bledo su alma, de no ser al capellán, y a él se le ocurrió responder que ningún cura a las órdenes del papa iba a andar jugando con la suya. Le dijeron que él no tenía alma y se fueron al burdel.
Le llevó mucho tiempo creerles, porque quería creerles. Lo único que quería era creerles y deshacerse del alma de una vez por todas, y vio que aquélla era la oportunidad de hacerlo sin corromperse, la ocasión de convertirse en nada en vez de convertirse al mal. En el ejército le enviaron por medio mundo y se olvidaron de él. Cuando le hirieron, se acordaron lo suficiente para sacarle del pecho la metralla (le dijeron que se la habían sacado, pero nunca se la enseñaron y la seguía sintiendo allí, oxidada y venenosa), enviándole luego a otro desierto y olvidándose otra vez de él. Dispuso de todo el tiempo del mundo para estudiarse el alma y asegurarse de que no la tenía. Cuando estuvo plenamente convencido, cayó en la cuenta de que siempre lo había sabido. El abandono que sentía era añoranza del hogar, nada tenía que ver con Jesús. Cuando por fin se licenció, se sintió satisfecho de seguir incorrupto. Todo lo que quería era regresar a Eastrod, en Tennesse. La biblia negra y las gafas de su madre seguían en el fondo del petate. No leía ningún libro, pero conservaba la biblia porque era de casa. Guardaba las gafas por si alguna vez perdía la vista.

***

—¿A qué iglesia perteneces, muchacho? —preguntó Haze, señalando al más alto.
El muchacho se rió tontamente.
—¿Y tú? —dijo impaciente, señalando a otro—, ¿a qué iglesia perteneces?
—A la Iglesia de Cristo ­—contestó el segundo, con un falsete que ocultaba la verdad.
—¡La Iglesia de Cristo! —repitió Haze—. Pues bien, yo predico la Iglesia sin Cristo. Soy miembro y predicador de esa iglesia en la que el ciego no ve y el cojo no camina y el muerto se queda como está. Si me preguntas te diré que es la iglesia que la sangre de Jesús no mancilló con la redención.
—Es un predicador —dijo una de las mujeres—. Vámonos.
—Escuchad: voy a llevar la verdad dondequiera que vaya. Voy a predicarla a quien quiera oírme y en cualquier lugar. Voy a predicar que no hubo Caída porque no había donde caer, y que no hubo Redención porque no hubo Caída, y por lo tanto tampoco habrá Juicio. Lo único que importa es que Jesús fue un mentiroso.

***

—Yo predico que hay verdades de todo tipo: vuestra verdad y las de otros, pero detrás de todas ellas sólo hay una verdad y es que la verdad no existe. ¡No hay ninguna verdad detrás de todas las verdades: eso es lo que mi iglesia y yo predicamos! El lugar de donde procedéis ha desaparecido, el lugar adonde creíais ir nunca estuvo allí y el lugar donde de nada sirve si no podéis escapar de él. ¿Cuál es vuestro lugar? Ninguno. Nada exterior a vosotros puede ofrecéroslo. No os molestéis en mirar al cielo, porque no va a abrirse para mostraros allí un lugar oculto. No os molestéis en buscar un agujero en el suelo por el que asomaros a otro mundo. No podéis retroceder al tiempo de vuestros padres, ni avanzar al de vuestros hijos, si los tenéis. Vosotros sois el único lugar que ahora mismo os queda. Si alguna vez hubo Caída, miraos a vosotros mismos, si hubo Redención, miraros a vosotros mismos, y si esperáis que haya Juicio, miraos también, porque los tres tendrán que estar en ese vuestro cuerpo y en este vuestro tiempo. ¿Y dónde están los tres? ¿Dónde, en uno y otro, os ha redimido Jesús? Decídmelo, porque yo no alcanzo a verlo. Si existiera el lugar en que Jesús os ha redimido, en él deberíais estar, pero, ¿quién de vosotros puede encontrarlo?
Del Odeón salió otro grupo y dos personas se detuvieron a mirar a Haze,
—¿Quién os dice que tal lugar está en vuestra conciencia? —gritó; y miró a su alrededor, contraído el gesto, como si olfateara al que pensaba así—. La conciencia es una ilusión, no existe, aunque creáis que sí, y si lo creéis, mejor sería que la expulsarais de vosotros y le dierais caza y la matarais, porque vale lo que vuestra cara en el espejo o la sombra que os sigue.
Flannery O´Connor. Sangre sabia. Traducción de Manuel Brocano. Cátedra.

domingo, 31 de enero de 2016

Emily Dickinson en El viento comenzó a mecer la hierba



135

El agua se aprende por la sed;
la tierra, por los océanos atravesados;
el éxtasis, por la agonía.
La paz se revela por las batallas;
el amor, por el recuerdo de los que se fueron;
los pájaros, por la nieve.


Water, is taught by thirst.
Land — by the Oceans passed.
Transport — by throe —
Peace — by its battles told —
Love, by Memorial Mold —
Birds, by the Snow.

***


169

Mirar en la cajita de ébano, con devoción,
cuando los años han pasado,
sacudiendo el aterciopelado polvo
que los veranos han posado.

Levantar una carta hacia la luz,
oscurecida ahora, con el tiempo;
repasar las palabras desvaídas que,
como el vino, un día nos alegraron.

Tal vez, encontrar entre sus cajoncillos
la arrugada mejilla de una flor,
recogida hace mucho, una mañana,
por una galante mano desaparecida.

Un rizo, quizás, de frentes
que nuestra constancia olvidó;
tal vez, un antiguo adorno
de una moda que ya pasó.

Y después, dejarlos reposar de nuevo,
y olvidarnos de ellos,
como si la cajita de ébano
no fuera asunto nuestro.


In Ebon Box, when years have flown
To reverently peer,
Wiping away the velvet dust
Summers have sprinkled there!


To hold a letter to the light —
Grown Tawny now, with time —
To con the faded syllables
That quickened us like Wine!

Perhaps a Flower's shrivelled check
Among its stores to find —
Plucked far away, some morning —
By gallant — mouldering hand!

A curl, perhaps, from foreheads
Our Constancy forgot —
Perhaps, an Antique trinket —
In vanished fashions set!

And then to lay them quiet back —
And go about its care —
As if the little Ebon Box
Were none of our affair!


***


298

No puedo estar sola,
pues me visitan multitudes;
incontables visitantes
que irrumpen en mi cuarto.

No tienen ropas, ni nombres,
ni tiempo, ni país;
tienen casas compartidas,
como los gnomos.

Su llegada puede ser anunciada
por mensajeros, en lo interior;
su partida, no,
pues nunca se marchan.


Alone, I cannot be —
For Hosts — do visit me —
Recordless Company —
Who baffle Key —

They have no Robes, nor Names —
No Almanacs — nor Climes —
But general Homes
Like Gnomes —

Their Coming, may be known
By Couriers within —
Their going — is not —
For they've never gone —


***


335

No es que morir nos duela tanto.
Es vivir lo que más nos duele.
Pero el morir es algo diferente,
un algo detrás de la puerta.

La costumbre del pájaro de ir al Sur
-antes que los hielos lleguen
acepta una mejor latitud-.
Nosotros somos los pájaros que se quedan.

Los temblorosos, rondando la puerta del granjero,
mendigando su ocasional migaja
hasta que las compasivas nieves
convencen a nuestras plumas para ir a casa.


'Tis not that Dying hurts us so —
'Tis Living — hurts us more —
But Dying — is a different way —
A Kind behind the Door —

The Southern Custom — of the Bird —
That ere the Frosts are due —
Accepts a better Latitude —
We — are the Birds — that stay.

The Shrivers round Farmers' doors —
For whose reluctant Crumb —
We stipulate — till pitying Snows
Persuade our Feathers Home.


***


404

¡Cuántas flores mueren en el bosque
o se marchitan en la colina
sin el privilegio de saber
que son hermosas!

¡Cuántas entregan su anónima semilla
a una brisa cualquiera,
ignorantes del cargamento escarlata
que a otros ojos lleva!


How many Flowers fail in Wood —
Or perish from the Hill —
Without the privilege to know
That they are Beautiful —

How many cast a nameless Pod
Upon the nearest Breeze —
Unconscious of the Scarlet Freight —
It bear to Other Eyes —


***


670

No es necesario ser una habitación
para estar embrujada,
no es necesario ser una casa.
El cerebro tiene pasillos más grandes
que los pasillos reales.

Es mucho más seguro encontrarse a medianoche
con un fantasma exterior
que toparse con ese gélido huésped,
el fantasma interior.

Más seguro correr por una abadía
perseguida por las sepulturas
que, sin luna, encontrarse a una misma
en un lugar solitario.

Nosotros tras nosotros mismos escondidos,
lo que nos produce más horror.
Sería menos terrible
un asesino en nuestra habitación.

El prudente coge un revólver
y empuja la puerta,
sin percatarse de un espectro superior
que está más cerca.


One need not be a Chamber — to be Haunted —
One need not be a House —
The Brain has Corridors — surpassing
Material Place —

Far safer, of a Midnight Meeting
External Ghost
Than its interior Confronting —
That Cooler Host.

Far safer, through an Abbey gallop,
The Stones a'chase —
Than Unarmed, one's a'self encounter —
In lonesome Place —

Ourself behind ourself, concealed —
Should startle most —
Assassin hid in our Apartment
Be Horror's least.

The Body — borrows a Revolver —
He bolts the Door —
O'erlooking a superior spectre —
Or More —


***


791

Dios dio un pan a cada pájaro,
pero solo una migaja a mí.
No me atrevo a comerla,
aunque perezca.

Tenerla, tocarla,
es mi doloroso placer.
Confirmar la hazaña que hizo mío el pedacito.
Demasiado feliz, en mi suerte de gorrión,
para codicia mayor.

Puede haber hambruna en torno mío
que yo no perderé una miguita siquiera.
Tan espléndida mi mesa resplandece.
Tan hermoso mi granero se muestra.

Me pregunto cómo se sentirán los ricos,
los maharajás, los condes. Yo creo
que, con solo una migaja,
soy soberana de todos ellos.


God gave a Loaf to every Bird —
But just a Crumb — to Me —
I dare not eat it — tho' I starve —
My poignant luxury —

To own it — touch it —
Prove the feat — that made the Pellet mine —
Too happy — for my Sparrow's chance —
For Ampler Coveting —

It might be Famine — all around —
I could not miss an Ear —
Such Plenty smiles upon my Board —
My Garner shows so fair —

I wonder how the Rich — may feel —
An Indiaman — An Earl —
I deem that I — with but a Crumb —
Am Sovereign of them all —
Emily Dickinson. El viento comenzó a mecer la hierba. Traducción de Enrique Goicolea. Ilustraciones de Kike de la Rubia. Nørdica libros.