Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

martes, 12 de enero de 2016

Chico de barrio. Ermanno Olmi

Hace años vi El empleo, una película de Ermanno Olmi que seguía a un joven en la búsqueda de su primer trabajo. La película era un cruce entre documental y neorrealismo típico de Italia, escenas que detallaban gestos cotidianos y el desconocido mundo adulto en el que se adentraba el muchacho protagonista. En su novela, Chico de barrio, hay algo parecido, la vida de un muchacho milanés durante la Segunda Guerra Mundial, su mirada hacia el mundo adulto en un intento de desentrañar sus misterios y la sucesión de detalles sobre la vida que le rodea.

Chico de barrio es el recuerdo de Olmi de su infancia en el Milán de los años cuarenta. El inicio de Chico de barrio, una pequeña calle, los juegos infantiles, los primeros sentimientos amorosos, la escuela y los bailes al son de la radio, un mundo plácido y misterioso que se rompe con la declaración de guerra del Duce y el sonido amenazante de los aviones sobre la ciudad. La radio es una parte fundamental en la narración de Chico de barrio. Los bailes donde las mujeres se mueven con soltura y libertad, el nombre de las ciudades grabado en el dial y que traen otros idiomas, los noticiarios sobre la guerra, el narrador y su hermano que se esconden bajo las sábanas para buscar entre las ciudades desconocidas mundos nuevos. Olmi se centra en los detalles de esa infancia, las formas y los olores, la comunidad que forma el pequeño barrio, la luz lejana de las explosiones, la música en la calle, los amores platónicos del narrador, un muchacho que actúa como si su gran amor lo viese a cada instante.

La guerra irrumpe en la vida cotidiana de los personajes. La adecuación de un refugio subterráneo, el racionamiento, la bandera tricolor, los alistamientos. El narrador pasa las noches en el refugio (la oscuridad rota por el resplandor de los cigarrillos o las linternas, los cuchicheos y susurros, el amor en la oscuridad), escucha el sonido de la guerra sobre su cabeza, se distancia de las bombas en el pueblo de su abuela, o en las colonias veraniegas donde coincide con otros muchachos como él, y descubre el paso del tiempo y que el pasado se lleva parte de nuestra vida. La guerra es un telón de fondo en Chico de barrio, el muchacho, soñador, busca el amor, se pregunta por el primer beso, imagina el cuerpo de la mujer, asiste atónito a los pasos de los adultos, Olmi que escribe sus recuerdos en forma de historia iniciática, el resplandor de las bombas junto a la oscuridad de una sesión de cine a un juego infantil donde se producía un primer acercamiento a las chicas.


Ya había llegado a las nueve reverencias y se notaba que estaba enamorándome también de Sarina. De repente, alguien gritó algo desde una ventana. Otras voces más lejanas parecieron un eco que se esparcía. El hombre del hielo detuvo su carro goteante y entró en el bar del parque. Fuimos también nosotros a ver qué había sucedido. Los que jugaban a las bochas se habían parado a escuchar. Estaba hablando el Duce por la radio: dijo que comenzaba la guerra. Pero yo seguía pensando en Sarina.


Olmi hace de Pedrini, un compañero del narrador, un símbolo de la Italia de los cuarenta. Muchacho pícaro, se cuela entre los trenes para robar carbón, se alista mintiendo sobre su edad y lleva el uniforme fascista, vive adelantado a su edad y es apresado con la caída del final del fascismo (y ahí, tal vez, la escena más emotiva de Chico de barrio, la madre de Pedrini que se acerca al muchacho en la fila de prisioneros, que grita su nombre y le despoja, prenda a prenda, de su uniforme y se lo lleva desnudo a casa, Pedrini de nuevo un muchacho).

Hay algo cinematográfico en Chico de barrio (Olmi, enfermo, transformó un guión en novela), las escenas se suceden, los bailes en la calle, las estaciones de trenes, los trabajadores en los vagones, la radio que emite música o noticias de guerra, el viejo tranvía, las noches en el refugio, el olor del maquillaje de la madre, la vida en el campo, los cines y noticiarios, los paseos de los muchachos en busca de alguna chica a la que cortejar, las clases interrumpidas, la sensación de peligro, cambio y aventura, y el amor como misterio, los capítulos esbozos de su infancia, una sucesión de recuerdos. Ermanno Olmi hace de Chico de barrio una novela luminosa, hay guerra y muertes, pero prevalece la mirada de un muchacho que se inicia a la vida, y en esa mirada, la aventura, la búsqueda y el amor. Y los detalles cotidianos que, años después, desvelarán su misterio y su verdad.







Jugábamos sobre todo en la calle. La calle era para nosotros el mundo entero y ni siquiera pensábamos que pudiese haber en nuestro futuro algo diferente de aquella calle y de aquellos compañeros. Si había una pelota, echábamos partidos interminables, que duraban toda la tarde. Si no, improvisábamos juegos de todas clases: el amo de la montañita, para ver quién era el más fuerte; la toña con mangos de escoba (una vez, me gané una en un ojo y mi madre se asustó muchísimo), las figuritas, el Giro de Italia con canicas, el aro guiado con un alambre. El aro era una llanta de bicicleta: recorríamos todo el barrio corriendo y con gran estruendo de chatarra, porque éramos una buena «caterva» de chicos. Nos parábamos delante del cine del barrio a contemplar los carteles. Nos parecían películas maravillosas; casi nunca íbamos al cine público, porque echaban películas en las que se besaban. Íbamos sólo al cine de la escuela parroquial. Una vez vimos a Sigfrido matar un dragón y pasamos una temporada haciendo esgrima con espadas hechas de saúco y por todas partes había dragones a los que ensartar, con lo que nosotros nos volvíamos invulnerables e inmortales como el protagonista de la película.
La tarde acababa cuando veía a mi padre despuntar por el final de la calle en su bicicleta. Volvía del trabajo y llevaba, colgada de la barra, la bolsa de la comida. Yo quería ser quien llevara a casa la bicicleta, conque, antes de cargar con ella al hombro para subir la escalera, podía dar una vueltecita delante del portal. A veces, me la dejaba para ir hasta el quiosco a comprar el periódico.
«Pero, ¡vuelve en seguida y ten cuidado!», decía.
No recuerdo haberle oído nunca levantar la voz.
Mi padre era un hombre apacible y humilde, incluso con nosotros, los niños, y hasta ahora no me he dado cuenta de que la poca autoridad que me inspiraba se debía precisamente a aquella humildad suya, que era una virtud. Leía el periódico en una silla junto al sofá (para no desgastarlo, creo yo) y varias veces lo vi mover la cabeza mientras pasaba las páginas y decía a mi madre:
«¡Pobres de nosotros!»
Una vez le pregunté:
«¿Por qué “pobres de nosotros”?»
No me respondió

***

A la estación me acompañaron mi madre y mi hermano. Era un coche reservado para los niños de la «empresa». Vi a otros chicos como yo y también a uno al que conocía. Dije a los míos:
«Ese de ahí estaba en las colonias del año pasado.»
«Coincidirás con otros a los que ya conoces. Estaréis todos juntos y os encontraréis bien, ya lo verás.»
Mi hermano añadió:
«Si pudiera, iría yo también.»
Yo me daba perfecta cuenta de que lo decía sólo para consolarme.
Un encargado de la empresa nos hizo subir al tren, después de habernos apuntado en una hoja. Me despedí de mi madre: me dio un abrazo más largo que las otras veces que había partido. Me dio un beso y yo, en lugar de llorar, como había temido, me asombré al notar que lo que más advertía era un leve olor a polvos de tocador en su mejilla y, cuando el tren se movió y miré a mis familiares por última vez, mientras me hacían señas de despedida y se alejaban cada vez más, me di cuenta de que aquel leve olor a polvos de tocador quedaría unido para siempre al recuerdo de la cara de mi madre.
Ermanno Olmi. Chico de barrio. Traducción de Carlos Manzano. Libros del Asteroide.

sábado, 9 de enero de 2016

Mi enemigo mortal. Willa Cather


Nellie, la narradora de Mi enemigo mortal, tiene quince años cuando conoce a Myra Driscoll. Nellie ve en Myra diferentes mujeres, la muchacha que eligió el amor sobre una herencia, que se marchó a la gran ciudad y consiguió hacerse un hueco en ella, su ausencia del pueblo que eleva su figura a mito, una mujer que camina entre el aura de una leyenda y una realidad incómoda y terrenal. Nellie viaja a Nueva York y es testigo de la vida de Myra, sus relaciones con artistas y la alta sociedad, su apartamento en el centro, la relación con su esposo, de aquella aventura donde se casaron por lo civil a cierta amargura por la posición social del matrimonio, sus ansias de medrar, de ocupar un puesto mayor y mejor. Nellie descubre las grietas en la vida de Myra, sus diferentes máscaras, algo invisible que produce atracción y rechazo al mismo tiempo.

El reencuentro de Nellie con el matrimonio se produce diez años después  en un hotelucho junto al Pacífico. El oeste como un nuevo edén, pero, dentro de esa tierra, la rapidez y endeblez de las construcciones (de los sueños). Myra y su marido Oswald ocupan una pequeña habitación, tienen deudas con la dirección, ella está enferma, él con un empleo mal pagado. Nellie habla con Oswald y se pregunta por sus facciones de hombre de acción encerradas entre cuatro paredes y en una vida que ha pasado con tristeza, ve en Myra huellas de su pasado y, sobre todo, la amargura de su caída, la soledad y la pobreza después de su vida en la gran ciudad, una mujer que ambicionó una gran vida y que no supo conseguirla, y en el camino, la pérdida de la pureza y el amor.

En apenas ciento veinte páginas, Willa Cather retrata el desencanto de una mujer que soñó con una vida materialista y bohemia, que fue, desde su huida, una leyenda en su pueblo y que intentó vivir con esa imagen, la mujer misteriosa y aventurera, la mujer que consigue todos sus caprichos, que se relaciona con grandes artistas y la alta sociedad y vive en el centro de mundo. Cather da la voz de narradora a Nellie, una mujer que recuerda sus encuentros con Myra y la ve con distancia, primero una muchacha de quince años que asiste sorprendida al primer encuentro con Myra, que viaja a la gran ciudad y siente que algo no encaja. Esa voz externa que habla de Myra hace que la descubramos a la par que Nellie, que veamos las diferentes capas, que la observemos con distancia y asistamos a su egoísmo y desencanto. Nellie ve en Myra un alguien insatisfecho que ha perdido sus sueños.

El reencuentro es una sacudida y un despertar. Nellie asiste a la toma de conciencia de Myra sobre el devenir de su vida, sobre sus últimos años. Cather apenas explica ese paréntesis de diez años, queda la imagen de la mujer en silla de ruedas, una tarde ante el Pacífico y la idea de que, si viese amanecer sobre las aguas, conseguiría la redención y el perdón. Nellie como narradora es testigo de los sueños rotos de los personajes, Myra que dejó su casa por amor y que aquel gesto único, elevado, cambia con los años, desaparece su grandeza. Oswald, cuyo físico puede recordar al de un hombre de acción y parece que su vida, sus sueños, están al margen. La propia Nellie, buscando su sitio sueño y que vive sola en una habitación de hotel. Personajes que son consumidos por el tiempo, por sus propios sueños, por el desencanto.

Y el amor. El amor como algo que puede salvar a los personajes pero que los encierra o los hace derivar en un rumbo impensado, el amor que se hace inseparable del odio, de la lucha entre dos contrincantes, la reflexión sobre nuestras decisiones y cómo nos afectan, ver el pasado con los ojos del presente (la distorsión que ello supone) y preguntarse por la responsabilidad de nuestras decisiones, si es lícito culpar al otro por el desgaste de los sueños y las promesas (y con esa desgaste, la desilusión, el odio y la lucha). El amor pasa de leyenda o destrucción.


Las personas pueden ser amantes y enemigas al mismo tiempo, ¿comprendes? Éramos… un hombre y una mujer separados tras un largo abrazo, y fíjate en lo que nos hemos hecho el uno al otro. Quizá no pueda perdonarle por el daño que le he causado. Quizá sea eso. Cuando hay hijos, ese sentimiento experimenta cambios naturales. Pero cuando continúa siendo tan personal… algo se rompe dentro de uno. Con la edad lo perdemos todo, incluso la capacidad de amar.


Narrada con sencillez y profundidad, Mi enemigo mortal es una corta, concisa y buena novela de Willa Cather.







Mientras le contaba todos los chismes divertidos sobre mi familia que me venían a la cabeza, ella permaneció inmóvil en su silla de inválida, pero poderosa aún en su brillante envoltura. Parecía fuerte y destrozada, generosa y titánica, una vieja sagaz y malévola que detestaba la vida por sus derrotas y las amaba por sus absurdos. Recordé su risa airada y el modo que tenía de recibir siempre una sorpresa o una mala noticia con aquella risa seca y exultante, que parecía decir: «¡Ajá, tengo una prueba más, una más, contra la abominable injusticia        que Dios permite en este mundo!»
Willa Cather. Mi enemigo mortal. Traducción de Gema Moral Bartolomé. Alba editorial.

jueves, 7 de enero de 2016

Hugo Mujica en Y siempre después el viento



Amanece y callo

Amanece
y callo;

callo todo miedo, callo cualquier
                                              presagio,

                 busco un alba virgen de mí,
                                        busco el nacer de la luz,
                                                                no su alumbrarme.



Renuncia

La búsqueda no es un ir,
                               menos aún es estar llegando;

es soportar
la ausencia de lo que buscamos:
                                      dejarse encontrar
                                                 en la renuncia a lo esperado.



En la piel

A lo lejos, afuera,
        cae
        una lluvia
        que tan sólo huelo, una lluvia
                                       que aún no ha llegado.

Aquí
en la piel, como en una página
en blanco,
espero que el agua, la lluvia,
                                    lo que vive y tiembla,
                                                    me sea alguna vez revelado.



Quiebre

En el fracaso de la búsqueda
                 se revela lo que nos encuentra:

lo que pide ser acogido
                           en el vacío de lo que nos fue arrancado.



Todo

Anochece rojo brasas,

                        anochece
                                 y pasa el viento,

pasa sobre el llano
                     que se abre noche,
                                         que se despliega vientos.

Todo cabe en las manos vacías
                                       y ese vacío es el don
                                                          y ese don es también todo.



Sosiego

Otra vez el fin de un día,
                         su ocaso y su sombra,
                                                 la noche y un nuevo sueño.

La soledad del camino es el camino
                                 y el viento, el que borra los pasos,
                                                                      es su horizonte.



Abrir las manos

Conocernos es una entrega,
                                    no un saberse,

                    es soltarnos
                    y descubrir que no nos hundimos,
                                                      que estuvimos siempre
                                                                            sostenidos.



Más hondo

Hay vidas
en las que el alma
                    se abre
                    más hondo
                    que donde esas vidas laten,

se abre como un relámpago
sin cielo ni trueno,

              como una herida sin pecho

                                         o un abismo
                                                       donde la belleza es alba.
Hugo Mújica. Y siempre después el viento. Visor libros.

lunes, 4 de enero de 2016

Vuelo nocturno. Antoine de Saint-Exupéry



La noche cerrada, una tormenta, un avión sobre la Patagonia y las manos de un piloto dormidas sobre los mandos. La espera en las oficinas centrales y el creador del servicio nocturno reflexionando sobre la acción y la felicidad individual, hombres que forman parte de un engranaje y el engranaje mismo. Una noche donde se mezclan el deber, las dudas, el miedo, las estrellas en los huecos entre las nubes, las ventanas iluminadas como faros o luciérnagas en la llanura que marcan un camino, la frontera entre cielo y tierra, entre oscuridad y salvación. Con estos elementos, Saint-Exupéry crea una novela corta en la que se habla del deber y el hombre como parte de un todo, la acción y la aventura sobre el individuo.

Vuelo nocturno recuerda a películas de aventuras como Sólo los ángeles tienen alas, el hombre contra las tormentas y las decisiones ajenas, el peligro alrededor del avión, el viento que golpea la nieve contra el aparato, las cumbres un peligro cercano, la zozobra del avión, los relámpagos que rompen la oscuridad. Fabien, el piloto de Vuelo nocturno, sobrevuela la Patagonia en dirección a Buenos Aires, admira las luces como hogueras de la llanura que hablan de otras vidas, más pequeñas y lejanas, ve acercarse la tormenta hasta que se adentra en ella y se siente en alta mar, a merced de los elementos, envía mensajes a las diferentes estaciones y espera las instrucciones que lo conduzcan fuera de la tormenta. Esta lucha es lo mejor de la novela, el hombre contra la tormenta, la individualidad del piloto contra algo más grande, el servicio de correo nocturno creado por Rivière, una especie de semidios que decide el destino de sus hombres y su felicidad individual.

Parte de la novela es Riviére en su oficina, recordando cómo creo el servicio nocturno a pesar de los peligros que conllevaba, reflexionando sobre la acción que no debe detenerse y a la que hay que someterse (sacralizar) y la felicidad de cada hombre a su mando. Por momentos, parece jugar con la vida de los hombres por un ideal. La acción no debe pararse, los pilotos son una parte de un todo que debe permanecer indestructible, el hogar de cada uno de ellos algo lejano y ajeno. Riviére es justo y cruel con sus hombres, no quiere que se relajen, que vean bondad o amistad en él, sino alguien que toma decisiones duras y en apariencia sin alma, un creador que se inmiscuye en las vidas de sus hombres y conduce su destino.



«Esos hombres –pensaba- que tal vez van a desaparecer habrían podido vivir dichosos.» Veía rostros inclinados en el santuario de oro de las lámparas de noche. «¿En nombre de qué los he sacado de ahí?» ¿En nombre de qué los ha arrancado de la felicidad individual? ¿No es la primera ley precisamente la de defender esa felicidad? Pero él las destroza. Y no obstante un día, fatalmente, los santuarios de oro se desvanecen como espejismos, la vejez y la muerte, más despiadadas que él mismo, los destruyen. ¿Tal vez existe alguna otra cosa más duradera que salvar? ¿Tal vez hay que salvar esa parte del hombre que Rivière trabaja? Si no es así, la acción no se justifica.



La acción se condensa en una noche, el ciclón que sorprende al correo de la Patagonia y el piloto y radiotelegrafista entre la tormenta, Riviére que dirige el servicio y al que sólo le queda esperar los telegramas de las diferentes estaciones, la confrontación entre la acción y la vida individual, un inspector amargado a miles de kilómetros de casa y sintiéndose inútil bajo Riviére, la mujer del piloto rodeada de objetos cotidianos que hablan de un momento concreto y un recuerdo, los pilotos que aterrizan y miran hacia las estrellas.

Vuelo nocturno es una novela a trompicones, hay buenos momentos (la mirada del piloto sobre la tierra, la llegada de la tormenta, la espera en Buenos Aires, la tensión y la fatalidad, las preguntas sobre qué debería primar, el individuo o la idea colectiva), pero se atasca en más de una ocasión, el lenguaje a veces es recargado y excesivo y va a trompicones.







«Es curioso ver cómo toman la batuta los acontecimientos, cómo se muestra una enorme fuerza oscura, la misma que levanta las selvas vírgenes, que crece, que forcejea, que ruge por todas partes alrededor de la grandes obras.» Rivière pensaba en esos templos que pequeñas lianas derrumban.
«Una gran obra…»
Pensó aún para tranquilizarse: «Amo a todos estos hombres, y no los combato a ellos, sino a lo que pasa por ellos…»
Su corazón latía a golpes rápidos, que lo hacían sufrir.
«No sé si lo que hago está bien. No sé cuál es el exacto valor de la vida humana, de la justicia, o de la tristeza. No sé exactamente lo que vale la alegría de un hombre. O una mano que tiembla. O la piedad, o la dulzura…»
Meditó:
«La vida se contradice tanto, que uno se las arregla como puede con la vida… Pero perdurar, crear, cambiar el cuerpo, perecedero…»
Antoine de Saint-Exupéry. Vuelo nocturno. Traducción de J. Benavent. Anaya.

viernes, 1 de enero de 2016

inicio de El vino del estío. Ray Bradbury

Era una madrugada tranquila. La oscuridad cubría el pueblo y se estaba bien en cama. El verano henchía el aire, el viento soplaba adecuadamente, el aliento del mundo era largo, tibio y lento. Bastaba levantarse y asomarse a la ventana para saber que éste era realmente el tiempo primero de la libertad y la vida, que ésta era la madrugada primera del estío.
Douglas Spaulding, de doce años, abrió los ojos y dejó que el verano lo meciera perezosamente en su corriente nocturna. Acostado, sintió que cabalgaba en los elevados vientos de junio, con el alto poder que le daba el cuarto abovedado de un tercer piso, en el edificio mayor del pueblo. De noche, cuando los árboles eran una única ola, lanzaba su mirada, como la luz de un faro, sobre enjambres de olmos y robles y arces. Ahora...
— Oh... –susurró Douglas.
Todo un verano que atravesaría el calendario, día a día. Como la diosa Siva en los libros de viaje, vio unas manos que iban y venían, recogiendo manzanas ácidas, duraznos, y ciruelas de medianoche. Se vestiría de árboles y arbustos y ríos. Se helaría, alegremente; en la puerta escarchada de la casa de los helados. Se tostaría, felizmente, con diez mil pollos, en el horno de la abuela.
Pero ahora lo esperaba una tarea familiar.
Una noche, todas las semanas, dejaba a sus padres y su hermanito Tom, que dormían en la casita de al lado, y subía aquí, por la oscura escalera de caracol, a la cúpula de los abuelos, y en esta torre de brujo podía dormir con truenos y visiones, y despertar antes del cristalino tintineo de las botellas de leche, y celebrar su ritual mágico.
De pie, ante la ventana abierta en la oscuridad, Douglas aspiró profundamente, y sopló.
Las luces de la calle se apagaron como velas en una torta negra. Sopló otra vez y otra vez, y las estrellas empezaron a desvanecerse.
Sonrió. Apuntó con el dedo.
Allí, y aquí. Ahora aquí, y aquí…
Las luces de las casas parpadearon lentamente y unos cuadrados amarillos se recortaron en la pálida tierra matinal. Un rocío de ventanas se encendió de pronto, a lo lejos, en el campo del alba.
— Bostezad todos. Todos arriba.
El caserón se movió en el piso bajo.
— ¡Abuelo, saca los dientes del vaso!
Esperó un momento.
— ¡Abuela, bisabuela, freíd las tortas!
El aroma caliente de la manteca subió por los callados pasillos y visitó a los pensionistas, los tíos, los primos.
— Calle donde viven los viejos, ¡despierta! Señorita Helen Loomis, Coronel Freeleigh, Señorita Bentley, ¡tosan, despierten, tomen sus píldoras, muévanse! Señor Jonas, ¡enganche su caballo, saque su carro!
Las casas descoloridas en la barranca del pueblo abrieron unos taciturnos ojos de dragón. Pronto dos viejas resbalarían en la Máquina Verde por las avenidas matinales, saludando a todos los perros.
— Señor Tridden, ¡busque su carreta!
Pronto, echando chispas azules, el tranvía del pueblo navegaría por las calles de márgenes de ladrillos.
— ¿Listos, John Huff, Charlie Woodman? –murmuró Douglas a la calle de los niños–. ¿Listas? –les dijo a las húmedas pelotas de béisbol en los prados, a las hamacas que colgaban vacías de los árboles.
— Mamá, papá, Tom, despertad.
Los relojes despertadores sonaron débilmente. El reloj de la alcaldía retumbó sobre el pueblo. Los pájaros saltaron de los árboles, como una red echada al aire, cantando. Douglas, director de una orquesta, apuntó al cielo del este.
El sol empezó a levantarse.
Douglas cruzó los brazos y sonrió con una sonrisa de mago. Sí, señor, pensó, todos saltan, todos corren cuando grito. Será una estación maravillosa.
Castañeteó los dedos por última vez.
Las puertas se abrieron de par en par. La gente salió de las casas.
Empezaba el verano de 1928.
Ray Bradbury. El viento del estío. Traducción de Francisco Abelenda. Ediciones Minotauro.