Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

martes, 13 de diciembre de 2016

El espíritu de la ciencia-ficción. Roberto Bolaño

El espíritu de la ciencia-ficción puede verse como un bosquejo de Los detectives salvajes, están las colonias y las avenidas mexicanas, están los adolescentes poetas y detectives, están los talleres y premios literarios, las investigaciones, las entrevistas y los primeros amores, están las madres espirituales de los poetas, los encuentros en habitaciones donde está la promesa de algo por descubrir, están los malditos y los desaparecidos y la luz que cambia sobre la ciudad y envuelve a los personajes, están la escritura fragmentaria y la voz a veces tierna, a veces febril, a veces intensa de alguien que recuerda un momento casi mítico, un instante que podría definir una vida entera. El problema de El espíritu de la ciencia-ficción es que es un boceto, algo que no acaba de ser una novela, que es difuso, con altibajos constantes y que no cristaliza (me podría agarrar a la poesía de lo inacabado, de los espacios en blanco, de imaginar el resultado final a partir de una lectura incompleta, de volver a Bolaño y su escritura antes del mito).

Historias fragmentadas. Una entrevista al ganador de un concurso literario, un poeta chileno en México, otro poeta encerrado en una habitación y que escribe una carta tras otra a escritores vivos de ciencia-ficción. Bolaño pasa de una historia a otra, esboza sus lugares comunes, mezcla personajes y voces (aunque parecen una misma voz, la del escritor ganador del concurso, la del poeta chileno, la del escritor de cartas, álter egos de Bolaño, piezas de un mismo personaje). Y es ahí donde esta novela gana puntos, en el reconocimiento del lector habitual de Bolaño, en sentir que vuelve a un mundo conocido pero sin el armazón de sus futuras novelas, los momentos donde la escritura es una mezcla de humor, ternura y rabia, el ritmo que se dispara, los monólogos febriles sobre literatura y México, historia iniciática donde se habla del descubrimiento del primer amor y del primer sexo (entonces, gana para los seguidores de Bolaño).

Se habla en el prólogo del arcón de Bolaño y las novelas que aún quedan inéditas, la alegría por esos (re)encuentros, porque aún no haya un final y porque esas novelas agrandarán el mito Bolaño y se podrá estudiar en profundidad y de manera completa su obra. Mientras leía El espíritu de la ciencia-ficción, me preguntaba si Bolaño no acabará siendo devorado por sus novelas inéditas, si no será un autor que verá sus mejores trabajos enterrados en otros que no son más que bocetos, si no acabarán por convertirlo en uno de esos poetas y escritores malditos y desarraigados de algunas de sus novelas.

Hay algo que sí me atrae de este boceto de Bolaño. El ambiente extraño, entre sueño, fantasía y realismo, la sensación de estar en un mundo de ciencia-ficción. También, las cartas que Jan Schrella escribe a sus autores de ciencia-ficción favoritos y su decisión de vivir encerrado en una buhardilla, una especie de poeta adolescente maldito. Y los detectives que forman Remo, poeta chileno, y José Arco, su búsqueda de una lista completa de las revistas poéticas y la idea de que tras ellas hay una revolución oculta, una especie de Belano y Lima. El capítulo final, Manifiesto mexicano, ya apareció en La Universidad Desconocida, y tal vez sea lo mejor del boceto, los baños públicos mexicanos y Remo y Laura dos amantes difuminados entre el vapor, lo único que Bolaño salvó en vida.

Me gustan la escritura y el mundo de Bolaño, hay algo que me seduce en ellos, y es por eso que seguiré con la lectura de estos manuscritos, por encontrarme sus fragmentos febriles entre el vacío, la repetición, el aburrimiento o la endeblez de parte de sus bocetos.






Pensé que era una escena ideal alrededor de la cuela podían girar las imágenes o los deseos: un joven de un metro setenta y seis, con jeans y camiseta azul, detenido bajo el sol en el bordillo de la avenida más larga de América.
Esto quería decir que por fin estábamos en México y que el sol que me apuntaba por entre los edificios era el sol del DF tantas veces solado. Encendí un cigarrillo y busqué nuestra ventana. El edificio donde vivíamos era gris verdoso, como el uniforme de la Wermacht había dicho Jan tres días atrás, al encontrar el cuarto. En los balcones de los departamentos se veían flores, más arriba, más pequeñas que algunas macetas, estaban las ventanas de las azoteas. Estuve tentado de gritarle a Jan que se asomara a la ventana y observara nuestro futuro. ¿Y luego qué? Largarme, decirle me voy, Jan, traeré paltas para la comida (y leche, aunque Jan odiara la leche) y buenas noticias, súper cabro, el equilibrio inmaculado, el pato perpetuo en las antesalas del gran trabajo, seré reportero estrella de una sección de poesía, teléfonos no me faltaban.
Entonces el corazón comenzó a martillar de una forma extraña. Pensé: soy una estatua detenida entre la pista y la acera. No grité. Me puse a andar. Segundos después, cuando aún no salía de la sombra de nuestro edificio, o del tejido de sombras que cubría ese tramo, apareció mi imagen reflejada en las vitrinas del Sanborns, extraña copia mental, un joven con una camiseta azul destrozada y el pelo largo, que se inclinaba con una extraña genuflexión ante las alhajas y los crímenes (pero qué alhajas y qué crímenes, de inmediato lo olvidé) con panes y paltas, que en adelante y para siempre llamaría aguacates, entre los brazos, y un litro de leche Lala, y los ojos, no los míos sino los que se perdían en el hoyo negro de la vitrina, empequeñecidos como si de golpe hubieran visto el desierto.
Me volví con gesto suave. Lo sabía. Jan estaba mirándome asomado a la ventana. Agité las manos en el aire. Jan gritó algo ininteligible y sacó medio cuerpo fuera. D un salto. Jan respondió moviendo la cabeza de atrás hacia adelante y luego en círculos cada vez más rápidos. Tuve miedo de que se tirara. Me puse a reír. La gente que pasaba se me quedaba mirando y luego levantaban la vista y veían a Jan que hacía el gesto de sacar una pierna para patear una nube. Es mi amigo, les dije, llevamos pocos días aquí. Me manda ánimos. Voy a buscar trabajo. Ah, pues qué bien, qué buen amigo, dijeron algunos y siguieron su camino sonriendo.
Pensé que nunca nos pasaría nada malo en aquella ciudad tan acogedora. ¡Qué cerca y qué lejos de lo que el destino me deparaba! ¡Qué tristes y transparentes son ahora en mi memoria aquellas primeras sonrisas mexicanas!
Roberto Bolaño. El espíritu de la ciencia-ficción. Editorial Alfaguara.

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