Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

lunes, 23 de enero de 2023

Los lunes de Anay. Hábitos...

Soy cartero en un pueblo de viento —cerca, la costa, y a su espalda una cadena de pequeños montes—. Durante el reparto, cuando el viento se acerca a un estampido, me cobijo en un portal mientras, ahí fuera, las hojas vuelan sobre los árboles y en remolinos en el aire —entonces, imagino que son cartas escritas a mano las que se alzan en torbellino hacia el cielo y caen en las calles o sobre manos desconocidas—. Las aceras tras el vendaval son un camino de hojas secas y crujen cuando ando sobre ellas —en verano las hojas verdes y luminosas son arrancadas por un viento sur que nos trastorna y agota, que nos trae dolor de cabeza, cielo amarillo, huellas de un desierto lejano—.

Algunas mañanas, el vestigio del viento en ramas rotas y árboles caídos —y un árbol caído me recuerda, siempre, al esqueleto de un animal prehistórico—. Escucho mástiles de barcos cuando el viento en las copas de los árboles, descubro la desnudez creciente en las ramas a través del otoño e invierno y su resurgir de marzo, hundo mis pies en las hojas marchitas y las levanto en vuelo a grandes zancadas como de niño —y cada año que pasa necesito más estos gestos de niñez ante el tiempo creciéndose aquí dentro—.

***

Cada lunes, desde hace diez años, recibo un lunes de Anay donde una cita, un poema, una canción.




"Eso soñé"
                  JOSEFA PARRA


EL CAMINO MÁS LARGO

Poder ofrecer agua a los que toman
el camino más largo
                      para volver a casa.

A los que son su casa
                       y no se reconocen
ni a donde llegan
ni en quien les espera.

Poder ofrecer agua
incuso si uno es
                      quien les espera,

incluso si uno es
                      aquel que teme,

                      aquel que toma
el camino más largo
                      para volver a casa.
                      VANESA PÉREZ-SAUQUILLO



Feliz lunes.

Un beso,

Anay

domingo, 15 de enero de 2023

2022 en lecturas

Dejo que pasen los primeros días del año en silencio. Paseo por una ciudad que apaga su iluminación navideña —entonces, las minúsculas bombillas leds sin luz parecen gotas de lluvia en las ramas desnudas de los árboles y en el cuerpo de la ballena varada en el arenal. Hay un momento donde la última luz de la tarde parece iluminar las bombillas apagadas con un resplandor de estrella distante y pasear por el arenal se convierte en cruzar una constelación—.
En mis paseos por la ciudad, el sosiego ante la urgencia y la intensidad de unas fechas que me aturden —la velocidad y el ruido alrededor y el estupor ante una puesta de sol en los edificios últimos de una avenida—.
Me siento en un banco a ver el atardecer sobre los tejados, el arcoíris interrumpido a medio camino en el cielo, el paso de algunas nubes grises entre retazos de azul en el cielo. Junto a mí, Diario clandestino, una de mis primeras lecturas de este año y que leeré en penumbra hasta el encendido de las farolas. Cada vez que levanto la vista, un encuentro: los nidos vacíos en las copas de los arces ya sin hojas, el cambio en el color de la tarde en los montes y sobre las ventanas, una bandada de estorninos cruzando entre los rascacielos de cristal, las raíces de los árboles entre los adoquines grises —la acera, un mar tembloroso—.
Si no lo escribo, lo olvido.
Caen unas pocas gotas sobre las páginas de mi libro. Luego, empieza a llover. Siento que no hay mejor final.

***

Uno de los pocos rituales navideños que conservo es fotografiar mis lecturas del año. Es uno de los juegos que conservo por el niño que fui —como el esquivar durante el reparto las rayuelas y los mapas y corazones de colores pintados en las aceras, contar las matrículas capicúas o dibujar un asterisco en el vaho de las ventanas empañadas—. Me entretengo en buscar cada libro, no siempre juntos, no siempre en el lugar que creí dejarlo, formo columnas con ellos, doy un espacio y una altura al tiempo dedicado a leer, me reencuentro con paisajes y mundos posibles que nunca pensé hallar —el Berlín de los años treinta, la vida vista a través de un ojo de cristal, las rocas en un despierto que se convierte en altar hogar muerte, el Mariúpol del holodomor antes de la segunda guerra mundial, los días errantes y de carromatos de una niña gitana tras el horror en los campos de exterminio, las quebradas argentinas cuyo polvo y sequedad parecen sacados de un cuento de Rulfo, el gozo, la lentitud y el amor de Bobin ante las vidas de una poeta y un santo, los cantos  de los kiowas sobre la creación del mundo, las trincheras embarradas e inundadas en las que morían ahogados hombres sin patria, una cabaña de verano en la que observar el lenguaje en la naturaleza y otra cabaña junto a un acantilado donde intentar desvanecerse de la vida y toparse de frente y contra ella, la marca de Chernóbil en los cuerpos de quienes combatieron y murieron en la explosión del reactor y la luz cegadora de Hiroshima, los recuerdos de un hombre mientras espera su primer hijo y los de una mujer tras su encierro de doce años en cárceles sin ventanas y los recuerdos de una hija sobre la madre muerta —los recuerdos como lugares en perpetuo cambio y cuestionamiento—, el deseo de mortalidad de un robot perfecto, las sombras de los ancestros y el pasado nómada en los muchachos de una reserva india donde abandono alcohol desamparo, las pantallas que nos ultrasaturan y en las que dejamos impresas nuestra sombra una vez se apagan.
Año dos mil veintidós. Cuatro columnas, sesenta y tres lecturas.

***

Leo de pie en el vagón final del primer metro de la mañana. Diez minutos donde desando el camino de las últimas páginas del día anterior o intento orientarme en las primeras frases de una nueva lectura —un mundo, una mirada— ante la que soy extranjero.
Cada madrugada espero durante un par de minutos en el andén semivacío de la estación —los andenes iluminados, la oscuridad al final de las vías, tras el arco de la estación—. Entro en el segundo vagón del tren, escojo un asiento junto a la ventana y salimos a las seis y veintitrés de la mañana. Levanto la vista de las páginas para encontrarme, a la salida del túnel, con la palabra soñar escrita en una medianera, la luz de una mesilla de noche y una cocina iluminada, las aguas oscuras de la ría. Leo media hora larga en el tren y en la madrugada mientras ahí fuera las luces alargadas de las farolas. Leo, en estos primeros días del año, sobre muchachas sicilianas atadas a ritos atávicos, sobre ventanas inolvidables, sobre un diario clandestino en un campo de prisioneros, sobre los ojos verdes de una madre. El movimiento del mundo dentro y fuera de las páginas.
Fuera de esos vagones de metro y tren el cansancio tras el trabajo apenas me deja leer.







***

Deshago las columnas de libros. Devuelvo uno a uno a las estanterías y siento que vuelvo a pisar un viejo camino o a recordar unas vacaciones distantes. Intento acotar las mejores lecturas de este año y me quedo con diecinueve de esas lecturas. La poesía de Bobin en su homenaje a Emily Dickinson (La dama blanca) y la dicha y quietud de Bobin en su homenaje a san Francisco de Asís (El bajísimo); las memorias carcelarias de Lena Constante donde soledad silencio y muros sin ventanas (La evasión silenciosa); la última novela que Fante dedicó al inefable Arturo Bandini y en la que sentí estar ante el final de algo (Sueños de Banker Hill); el humor despiadado de Cohen en Los Netanyahus; un hombre y una mujer que aprenden a leer en un paraíso futuro donde el creador es un robot (Sinsonte); la sorpresa de los personajes y paisajes abruptos y áridos de Como si existiera el perdón; los poemas escritos en la trinchera y en los hospitales de  Wilfred Owen (Acobardados en nuestros fosos entregados a sueños olvidados, cegados por la nieve / nuestras miradas se pierden en trincheras más verdecidas. Y así, somnolientos, / cabeceando bajo el sol, cubiertos por cascadas de pétalos allá donde el mirlo alborota, / ¿no será acaso que nos alcanza la muerte?); los poemas de Lo que pudo haber sido ( Ya no escribe a lo que perdiste / lo que fue o pudo haber sido / es a tu piel lo que la escarcha / al pétalo de una flor / una refrescante y caprichosa gota de rocío / que se posa sobre tu recuerdo / sin peso suficiente como para quebrarlo / con la terca insistencia de lo efímero ); y la conversación a poemas de Isabel Bono y Joan Masip en Solo para amantes de la tormenta (allí donde todo lo que fuimos / se desdobla y superpone / la memoria pudo no haberse salvado // pudimos ser lluvia que resbala / de las grietas a la luz / pudimos ser el trueno que se extingue // pero siempre el temblor); la mirada lúcida y profunda en Ultrasaturados a este mundo de pantallas ante el cual nos convertimos en sombras (…cegados por una voracidad insaciable y manipulados por el espectáculo, hemos perdido la capacidad de decidir, entregándonos a una comunión con el consumo y a una sumisión compartida: abrazamos la “consumisión”, un término que pretende definir ese estado de renuncia al pensamiento utópico o a la elaboración poética compensándolo la conquista de una mayor cuota de acceso al mercado. Ese pacto íntimo nos sirve nada más y nada menos que para continuar ignorando lo que no sabemos de nosotros y, a la vez, intentan aumentar nuestro bienestar premiándonos con objetos.); la escritura analítica de Murdoch en El mar, el mar, una lectura que fue una lucha en sí misma —por entender qué me quiere decir Murdoch, por continuar una lectura donde brillantez, aburrimiento, densidad, asombro, lejanía, por la incomodidad de la edición de Debolsillo—; el conjunto de voces anónimas que forman una voz mayor y global y que comparte la mirada de horror y miedo ante la catástrofe de Chernóbil, unas voces que parecen olas rompiendo de manera perpetua ante la orilla del mar; Vida hogareña, de Marilynne Robinson, una escritora que me enmudece por su voz, por su forma de narrar y ver vida, por todos esos poemas que hay dentro de su prosa
Hasta aquí, quince lecturas de las diecinueve que rescaté como las mejores del año pasado.
Las cuatro restantes serían mi póquer de lecturas, aquellas que recomendaría a ojos cerrados.
•    Ayer te estuve buscando, por la escritura de Wideman que abarca múltiples de registros, de lo poético a lo denso, de lo reflexivo al blues, de la catarsis a la epifanía. Wideman usa a alguien que recuerda de manera fragmentaria y agitada a las personas de su infancia en el gueto de Homewood para llenarlo de memoria, muertos, amor y dolor.
•    Vivimos ocultos. Memorias de una romaní entre los mundos; que reúne los primeros escritos de Ceija Stojka donde el horror de los campos y la vida de los romaníes austriacos tras la liberación, una vida de carromatos y canciones y mercados donde hay ternura humanismo tristeza y la presencia perenne de horror vivido. La escritura de Ceija me recuerda a una larga canción improvisada que pasa del dolor a la invitación a bailar.
•    Enemigos, una historia de amor, o reencontrarse con el pasado para comprenderse en el presente —donde el pasado es desaparición, mentiras, silencio y crueldad y el presente culpa y búsqueda de la redención—. Un hombre que siente que hay que extinguir hasta el último vestigio de esperanza para sobrevivir a la memoria y la flaqueza, que no sabe amarse a sí mismo ni al otro, que busca la grieta final que acabe por romper su precaria existencia.
•    El fuego (diario de una escuadra). Los ojos brutalmente blancos entre los rostros ennegrecidos por el barro y la sangre seca, las caminatas o la espera bajo la lluvia y los pueblos derruidos, las trincheras anegadas de agua en las que morir lentamente, los hombres que sacan aquello que llevan en sus bolsillos y hay una vida modesta y palpitante en cada uno de ellos, los trozos de cuerpos en alambradas, los muertos nuevos que caen sobre la columna de los muertos viejos, el final donde los soldados, los hombres más allá de sus patrias, que protestan contra las guerras. De los cuadros costumbristas del inicio y la pesadilla de las batallas a la humanidad de las últimas páginas como protesta. 
 













***

Unas notas rápidas finales. Nada de objetivos más allá que dar prioridad a nuevas editoriales como muñeca infinita o las migas también son pan por su rescate de obras estimables y desconocidas, priorizar y rebajar los quinientos libros por leer en mi biblioteca, escribir sobre lo que leo (si no lo escribo lo olvido) y leer fuera de esos vagones de metro y tren entre semana, terminar la poesía completa de Ángela Figuera Aymerich y la trilogía Cegador de Cărtărescu, tener tiempo para leer en un banco junto a la ría y ver qué encuentro cada vez que levante la vista de las páginas.




•    El año del pensamiento mágico - Joan Didion. Trad. Javier Calvo. Random House
•    Después de medianoche - Irmgard Keun. Trad. Carmen Gauger. Revisión: Marta Hernández. Minúscula
•    Adiós a Berlín - Christopher Isherwood. Trad. María Belmonte. Acantilado
•    Los falsificadores de pimienta. Una historia familiar. - Monika Sznajderman. Trad. Anna Rubió y Jerzy Slawomirski. Acantilado
•    La escala de Bortle - Virginia Aguilar Bautista. Bartleby editores
•    El Lobo y el Búfalo - Elmer Kelton. Trad. Marta Lila Murillo. Valdemar
•    El palacio de hielo - Itziar Mínguez Arnáiz. Los libros de Mississippi
•    Un ojo de cristal - Miren Agur Meabe. Trad. Miren Agur Meabe. Pamiela
•    Las listas del pasado - Julie Hayden. Trad. Inés Garland. Muñeca infinita
•    Lo que pudo haber sido - Itziar Mínguez Arnáiz. Huerga & Fierro editores
•    Memorial Drive. Recuerdos de una hija - Natasha Trethewey. Trad. Mariano Peyrou. Errata Naturae
•    Los secundarios - Isabel Bono. Tusquets
•    El camino a Rainy Mountain - N. Scott Momaday. Trad. Bruno Mattiussi. Nórdica
•    Lejana estrella brillante - Robert Olmstead. Trad. José Luis Piquero. Hermida editores
•    Dioses sin hombres - Hari Kunzru. Trad. María Fernández Soto. Alfaguara
•    Sobre la felicidad a ultranza - Ugo Cornia. Trad. Francisco de Julio Carrobles
•    Vida hogareña - Marilynne Robinson. Trad. Vicente Campos. Galaxia Gutenberg
•    Eterno reposo y otras narraciones - Vasili Grossman. Trad. Andréi Kozinets. Galaxia Gutenberg
•    El paseo de Rostock a Siracusa - Friedrich Christian Delius. Trad. Lidia Álvarez Grifoll. Sajalín editores
•    Mi madre era de Mariúpol - Natascha Wodin. Trad. Richard Gross. Libros del Asteroide
•    Mírgorod - Nikolái V. Gógol. Trad. Vicente Gallego Ballestero. Alba editorial
•    Ultrasaturados. El malestar en la cultura de las pantallas. Juan Carlos Pérez Jiménez. Plaza y Valdés editores
•    Resucitar - Christian Bobin. Trad. Jesús Montiel. Colaboración Sebastián Montiel. Ediciones Encuentro
•    Sobre la fotografía - Susan Sontag. Trad. Carlos Gardini revisada por Aurelio Major. Debolsillo
•    Sueños de Bunker Hill - John Fante. Trad. Antonio-Prometeo Moya. Anagrama
•    Una vaga sensación de pérdida - Andrezj Stasiuk. Trad. Alfonso Cazenave. Acantilado
•    Signor Hoffman - Eduardo Halfon. Libros del Asteroide
•    Sin flores ni coronas. Auschwitz-Birkenau, 1944-195 - Odette Elina. Trad. Luis Eduardo Rivera. Periférica
•    Caballo negro carbón - Robert Olmstead. Trad. José Luis Piquero. Hermida editores
•    Los chicos de mi juventud - Jo Ann Beard. Trad. Raquel Vicedo. Muñeca infinita
•    Sinsonte - Walter Tevis. Trad. Jon Bilbao. Impedimenta
•    Enemigos. Una historia de amor - Isaac Bashevis Singer. Trad. Ana María de la Fuente.  RBA editores
•    Clases de chapín - Eduardo Halfon. Editorial Fulgencio Pimentel
•    El mar, el mar - Iris Murdoch. Trad. Marta Guastavino. Debolsillo
•    Hambre - John Fante. Trad. Antonio-Prometeo Moya. Anagrama
•    El caballo ciego - Kay Boyle. Trad. Magdalena Palmer. Muñeca infinita
•    El grito silencioso - Kenzaburo Oé. Trad. Michael Wandenbergh. Círculo de Lectores
•    Lluvia negra - Masuji Ibuse. Trad. Pedro Tena. Debolsillo
•    Las frías noches de la infancia - Tezer Ozlu. Trad. Rafael Carpintero Ortega. Errata Naturae
•    Voces de Chernóbil. Crónica del futuro - Svetlana Alexiévich. Trad. Ricardo San Vicente. Debolsillo
•    Remedio para melancólicos - Ray Bradbury. Trad. Matilde Horne y Francisco Abelenda. Minotauro
•    Chump Change - Dan Fante. Trad. Claudio Molinari Dassatti. Sajalín editores
•    Como si existiese el perdón - Mariana Travacio. Las afueras
•    La casa en llamas - Ann Beattie. Trad. Virginia Higa. Chai editora
•    Dos veces en el mismo río - Chris Offutt. Trad. Ce Santiago. Malas tierras
•    Léxico familiar - Natalia Ginzburg. Trad. Mercedes Corral. Círculo de lectores
•    Ayer te estuve buscando - John Edgar Wideman. Trad. Miguel Martínez-Lage. Piel de zapa
•    Un hijo cualquiera - Eduardo Halfon. Libros del Asteroide
•    Quebrada - Mariana Travacio. Las afueras
•    ¿Sueño que vivo? Una niña gitana en Bergen-Belsen - Ceija Stojka. Edición Karin Berger. Trad. Pilar Mantilla. Papeles mínimos
•    Los Netanyahus - Joshua Cohen. Trad. Javier Calvo. De Conatus
•    Solo para amantes de las tormentas - Joan Masip / Isabel Bono. Baile del sol
•    El fuego (Diario de una escuadra) - Henri Barbusse. Trad. Carles Llorach. Montesinos
•    Los tambores del tiempo - Wilfred Owen. Trad. Carles Llorach-Freixes e Isabel Lacruz. Editorial Funambulista
•    Vivimos ocultos. Memorias de una romaní entre los mundos - Ceija Stojka. Trad. Pilar Mantilla. Edición y epílogo Karin Berger. Las migas también son pan
•    Tránsito - Anna Seghers. Trad. Carlos Fortea. Nórdica Libros.
•    En casa - Marilynne Robinson. Trad. Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté. Galaxia Gutenberg
•    La pelea celestial del Llanero solitario y Toro - Sherman Alexie. Trad. Marco Aurelio Galmarini. Muchnik editores
•    La dama blanca - Christian Bobin. Trad. José Areán. Árdora ediciones
•    El bajísimo - Christian Bobin. Trad. Alicia Martínez. Ediciones El Gallo de Oro
•    La guerra de los botones - Louis Pergaud. Trad. Juan Antonio Pérez Millán. Alianza editorial
•    La evasión silenciosa - Lena Constante. Trad. Francisco Javier Marina Bravo. Bassarai ediciones
•    Las finas paredes de la vida - Nina Burton. Trad. Carmen Montes y Eva Gamundi. Gallo Nero
 

sábado, 24 de diciembre de 2022

postales —deseando que al recibo de la presente vos encontréis bien


Hace años mi padre compraba una decena de postales y me pedía que escribiera por él a familia y amigos. Sus postales y cartas empezaban con un deseando que al recibo de la presente vos encontréis bien —ese vos era la linde entre el gallego y el español en mi padre—. Nos sentábamos en la mesa de la cocina, junto a la ventana que daba al parque de juegos y el ladrillo rojo de los edificios. Intentábamos no repetir el mensaje de las postales más allá de los buenos deseos por las fiestas y el año nuevo, que cada una de ellas dijera algo personal y único. Luego, firmábamos en el último espacio libre de las postales y las llevaba, mi padre, a la oficina de correos. Era una comunicación ancestral. 

En este oficio en extinción de cartero aún hay tiempo para la lentitud de las postales y las cartas. Cada día desde hace un par de semanas buzoneo una treintena de postales en mi sección. Las hay minúsculas, cromos que apenas ocupan la palma de mi mano, o hinchadas como un cuaderno de notas —dentro, intuyo un pequeño regalo—, las hay de sobre blanco y de colores —rojo y verde en su mayoría—, de dibujos y pegatinas de estrellas fugaces, planetas orbitales, unicornios y reyes magos escalando una montaña en forma de pirámide, las hay de letra diáfana o temblorosa o la letra primeriza de los niños, tan grande y redonda y donde cabe la aventura espacial y los dragones. Vienen de A Coruña, Bruselas, Miranda de Ebro, Palencia, Berlín. Acortan distancias. Hoy he visto algunas postales de ayer todavía en los buzones —se ha perdido el gesto de abrir el buzón, como se está perdiendo la escritura a mano, esa lentitud del tiempo delante de un espacio en blanco, esa calma de la espera en esta época de lo inmediato—. A veces entrego en mano esas postales y la mirada del otro centellea por un instante. Y a veces me sorprendo: hoy, una postal de la vecina del primero al jubilado del tercero. 


Recuerdo las filas de niños y niñas nerviosos ante el buzón amarillo de la oficina en el diciembre pasado. Cada uno con una postal en la mano. Se acercaban a la boca del buzón, alguno de puntillas, y echaban la postal con cuidado. Algunos esperaban escuchar algo parecido al eco de una piedra contra el fondo de un río antes de darse la vuelta. Su sonrisa titilaba. Una vez crucé con mi carro una de esas filas. Me preguntaron si iba a abrir el buzón. Les conté que sus postales las recogería más tarde un compañero en su furgoneta y que las llevaría a la oficina, que de ahí irían al pabellón para ser clasificadas y enviadas a destino, que al día siguiente, si se las habían escrito a sus amigos del pueblo, mirasen en el buzón de casa, y si era al olentzero que no se preocuparan porque había una zona especial habilitada para sus cartas en el pabellón y pasaba todos los días a recogerlas. Ese buzón amarillo, les dije antes de continuar el reparto, era un objeto asombroso, se comunicaba con cada punto del planeta. 

—los niños me miran con asombro, me saludan con la mano y me envían un musu desde el umbral de su casa, me vigilan mientras buzoneo y me enseñan el hueco entre sus dientes (y luego las monedas que le dejó el Ratoncito Pérez) o el dinosaurio en su mano —es un triceratops, me dice un niño de tres años—, me piden las gomas que llevo en la muñeca a modo de collar y me dicen bihar arte postari— 

He escrito una postal a mi sobrino. Quería que imaginase deseos por cumplir, que los anotase en una hoja y la guardase hasta la siguiente Nochevieja. No para que viese qué se había cumplido de su lista sino para que pensase en qué quiere para sí en los próximos meses. Que visualice sus sueños.
Olvidé encabezarla con deseando que al recibo de la presente vos encontréis bien.

22.12.2022




domingo, 14 de agosto de 2022

más tiempo que vida

Nos esperan días cercanos a cuarenta grados. Está siendo un verano raro en el norte, mucho calor, ninguna tormenta, nada de lluvia. Hay días que llego de trabajar y sólo me apetece tumbarme en el sofá la tarde entera —cuando intento leer me duermo y, a veces, en mis sueños están los mundos de Bradbury o Fante—. Reparto por un pueblo cerrado en agosto, por momentos un silencio y una quietud extraños en la calle, sólo el reflejo del sol en la chapa de los coches o el calor en las puertas de los portales. Hacia el mediodía me encuentro a uno grupo de niños en los soportales de las plazas. Hoy jugaban con una cucaracha descubierta en el suelo. La rodeaban, seguían su estela, se acuclillaban para observarla mejor, hacían que chutaban por encima de ella, le lanzaban un balón en la distancia —uno de los niños, el más pequeño, pedía que no la hiciesen daño—. Un niño, cansado, la pisó, mientras el pequeño gritaba que no debió matarla. En el tren de cercanías, de vuelta a casa, anoté esa escena en móvil, era parte de mi infancia, donde pisábamos hormigas o hundíamos las manos en el barro para encontrar gusanos como cebo. Tengo un puñado de notas sobre el reparto, las últimas un hay más tiempo que vida que me dijo una mujer mientras buscaba su pasaporte, una niña que me dice que sus padres se han separado y que su padre ha vuelto a vivir a su casa de niño, una figura de un elefante blanco abandonado en un jardín porque su dueña creía que atraía la mala suerte. Me digo que algún día pasaré a limpio todas esas notas. Pero las notas crecen. Y yo apenas escribo más allá de esas líneas.

Leo en el tren de cercanías. Y en las tardes de viernes junto a la ría, cuando he acabado la semana laboral y siento todo ese tiempo desplegado ante mí como una promesa. Hace poco terminé Hambre de Fante, los últimos relatos rescatados de su archivo. Ya no hay más que leer de él y me siento ante el final de algo. He descubierto la editorial muñeca infinita, que se dedica a rescatar a escritoras desconocidas. Los chicos de mi juventud o El caballo ciego, bien, muy bien. Me he dejado llevar por esas lecturas densas de Murdoch, Oé o Singer que me asombran tanto como me agotan. He vuelto al humanismo de Bradbury en estos tiempos extraños y he leído sobre Hiroshima y Chernóbil. A veces me acuerdo de lo que decía Bobin en una de sus historias, que apenas recuerda una lectura, porque me pasa lo mismo. Entonces, siento esas lecturas como lluvia. Porque también he perdido la costumbre de escribir sobre mis lecturas. Y su recuerdo, a veces, se emborrona.

Hace un rato encendí una vela ante la foto de mi padre y una de sus postales que empezaba con un Querido hijo. Cada tarde, desde septiembre, repito ese gesto, escucho el crujir del fuego en la cerilla, hablo con mi padre, le digo que le quiero o que le extraño o le hablo de mi día o le pregunto cómo lo hacía él, años atrás. Hay momentos donde veo todo lo que tengo de mi padre, las expresiones gallegas, los puños en las caderas, el tono de voz, la forma de apretar la mandíbula y entrecerrar los ojos. Mi madre me pregunta si recuerdo lo cansado que volvía aita de trabajar. Le digo que sí, que lo entiendo, hoy. En este año de luto siento algunas cosas fuera de su sitio. Y también que otras se aposentan. Recuerdos, objetos, emociones, los caminos gallegos y los caminos minerales de aquí. Pienso en mi padre con mi edad, o en mi yo de hace treinta años, veo todo ese mundo desaparecido tras su muerte, y encuentro respuestas a algunas preguntas, entiendo algunas escenas, consuelo al niño o al adolescente que fui — llevo días donde me acuerdo de la última vez que duché a mi padre, él de pie, tembloroso, apoyado en la barra de la pared, me hablaba de uno de sus días de pesca en la frontera entre Cantabria y esta tierra, su encuentro con dos guarda civiles, uno de ellos también lucense, de la zona de mi padre, su pregunta de si conocía a un carpintero llamado Jaime Fernández, su respuesta de sí, claro, es mi padre.

p.s. Yo también tengo una tristeza de fondo, un cansancio en la superficie, ganas de leer libros de mil páginas —Wolfe, Henry Roth, Dos Passos—, de un poco de frío de invierno en este agosto y ojalá lluvia


09.08.2022

jueves, 17 de febrero de 2022

en el último silencio de la noche

Encendí una vela por mi padre la mañana de mi cumpleaños, sentía su ausencia con mayor fuerza. Luego, saqué uno de mis álbumes con fotos de mi niñez y adolescencia y postales que le escribía a mi padre en el día de su santo o que mi tía me enviaba por mi cumpleaños. Entonces, me di cuenta de que la mayor parte de ese mundo adulto de mi infancia, aquellas personas que me cobijaban y me dejaban entrever en las distintas cocinas gallegas cuando niño una vida diferente, había desaparecido. Fue un día donde tristeza y recuerdos, el gesto que repetía mi padre encada uno de mi cumpleaños, con ocho o treinta y ocho años, donde se acercaba con su sonrisa de niño en sus ojos bien abiertos y me tiraba de las orejas mientras contaba y cantaba felicidades, su manera de llamarme Fernandusco, cómo me partía las nueces que luego comíamos juntos con pan yo y vino él, recuerdos de los últimos meses de su

cuerpo desnudo, consumido y retorcido, mientras le duchaba o en los días de hospital, las últimas conversaciones, en el banco junto a su casa, que transitaban por los mismos caminos, como si mi padre quisiera fijar unos recuerdos sobre otros —los días de pesca, las ruadas nocturnas, los jornadas de cavar en el monte—, esa forma de relatarse en una voz que ya no era enteramente suya, que había perdido calidez por rigidez. Se juntaron la ternura el amor la congoja la extrañeza. No acabo de acostumbrarme a este mundo donde no veo a mi padre.

Me cuesta salir de este silencio de hace meses y mostrarme. A principios de enero sentí que estaba agotado y pedí vacaciones. El año pasado donde la muerte de mi padre, el ictus de mi madre y asumir tantas emociones extremas —amor rabia culpa vacío belleza— había colocado un gran peso dentro de
mí. Durante un par de semanas me despertaba temprano, antes del amanecer, desayunaba en el último silencio de la noche, y subía al monte cuando aún los prados blancos y el aliento en mi boca. Vi nidos entre las ramas desnudas y el vuelo de los petirrojos, recordé cómo mi padre hacía música con las hojas

de las flores en su boca, crucé robles y pinos y eucaliptos —y me han hablado de aquel eucalipto que plantó mi abuelo junto a su casa, de aquellas tardes de agosto con mi tía recogiendo piñas para el invierno, mi tía con dos sacos sobre la cabeza, en un equilibrio inaudito, yo con la carretilla—, metí los pies entre las hojas secas, como niño y respiré el aire frío —lo he sentido dentro, aquietándome. En esos paseos por el monte, donde cada día me adentraba un trecho más y sonreía porque, de niño, me daban miedo la soledad y el bosque, llegaba a otro tipo de silencio a través del cansancio, sentía cada día como una pequeña existencia donde se mezclaban los mundos existentes y los desaparecidos. Descendía hacia este pueblo con algo parecido al sosiego dentro de mí.

En unos minutos encenderé una vela a mi padre. Como en cada atardecer desde hace cinco meses.

09.02.22

miércoles, 12 de enero de 2022

2021 en lecturas


Leo al atardecer, junto a la ventana abierta —el calor suave y el silencio del primer domingo de enero tras las celebraciones—. A medida que paso las páginas crece la penumbra en la tarde y las palabras en sombra. Levanto la vista cada cierto tiempo hacia los arces deshojados y pienso en mi padre y su mano en la mía en el atardecer que inició este mundo nuevo, en aquello que me quiere decir Joan Didion, mi primera lectura, sobre el duelo y el dolor, en mi falta de propósitos lectores más allá de este gesto de leer hasta la penumbra, en mi falta de propósitos generales más allá del gozo, lentitud, amor del que habla Bobin en Geai —y de sosiego, serenidad y descanso.

Hace un año empecé un diario lector. Escribía cada tarde, a lápiz, y recordaba dónde leía, cuándo, qué sentía, qué pasado me traía un fragmento. Repetía el lamento de no leer bien sino a trompicones, de sentirme en la superficie de una lectura por mi cansancio acumulado. Pero escribía y dejaba constancia de una frase, un personaje, un gesto: una manera de aferrar e inmovilizar una lectura —porque, al contrario de Bobin, que olvida sus lecturas al poco de terminarlas y lo deja estar, yo aspiraba a ser Funes el memorioso—. Hasta mayo, completé un cuaderno y medio de notas. La mitad del segundo cuaderno quedó en blanco.

*

Este año que acaba de terminar está definido por la muerte de mi padre. Cuento el tiempo de otra manera: hasta mayo, la calma y lo esperado, de mayo a septiembre, el ictus de mi madre, las diferentes neumonías de mi padre, los cuidados diarios donde amor culpa rabia; a partir de septiembre, este mundo nuevo donde no está mi padre —y que me hace pensar en la vida como olas, como oleadas, cada uno de nosotros parte de una de ellas que se extiende con fuerza y se extingue con igual energía, cada uno de nosotros parte de un fundido encadenado. Todos los mundos que se pierden, que se han perdido—. Desde mayo mis lecturas fueron, más de una vez, algo brumoso distante oculto; también, más de una vez, abrigo silencio pausa.

*

Esto que hago ahora, escribir sin destino, no es un intento por completar tantos meses de silencio ni un ejercicio de memoria prodigioso donde reseñar cada lectura. Esto es el placer de sacar los libros de su lugar en las estanterías, volver a abrirlos en las páginas señaladas o en otras al azar, encontrar mi letra donde una fecha y una frase que definiera mi lectura escritas a lápiz en las primeras páginas, recordar dónde lo leí, si en casa, en el tren, antes del amanecer, si junto a mi padre en un banco al sol o en una habitación de hospital, si fue un regalo o en qué librería lo encontré. Esto que hago ahora es darles otro tiempo y otra mirada a los algo más de sesenta libros que leí el pasado año y reconstruir toda la vida que transcurrió entre el final de una lectura y el inicio de la siguiente.

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Hay libros cuyo valor van más allá del literario. Un tronar de tambores y otras historias de la caballería americana fue mi primera lectura tras la muerte de mi padre, un western por aquellos días de hospital de estos últimos años —y han sido más de una docena de ingresos— donde mi padre y yo pasábamos las tardes con las serie b de Randolph Scott o el hombre sin nombre de Leone o el paisaje telúrico en las películas de Ford, unos relatos los de Warner Bellah cuyo valor está en los detalles —el sudor de caballos y hombres, su cercanía a los centauros, el cuero de las sillas de montar, las jornadas de marcha bajo el sol, las señales en la tierra, las acampadas nocturnas—, y en ser la base de la trilogía de la caballería de Ford más que en las historias en sí. No fue una buena lectura, no me pareció un buen libro, pero fue una forma de encontrarme con mi padre.

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Querría hablar de la rabia y clarividencia de Ruth Klüger en Seguir viviendo, del hechizo de ciudades imposibles en Italo Calvino, del impacto y el temblor ante La ternera, querría hablar de la inteligencia abarcadora de Lem para reírse de nuestro antropocentrismo y decirnos que no todo en todas partes es para nosotros, del creo en lo que tiembla de Isabel Bono y del recuerdo constante del amigo suicida en Amarillo de Romeo, querría hablar de los mundos de Dick y sus intentos de entender una realidad inasible y de universos que se vierten en otros, del azar y el dolor en Homo Faber y la crueldad en Kristof y la ternura en Bobin y Marisa Madieri, querría hablar de las lecturas políticas, los kibutz de Oz, el colonialismo europeo contado a través de las víctimas africanas en Un grano de trigo, la Alemania nazi ante su caída en Todo en vano o La casa herida, de la intolerancia y el destierro en Weil y Hautzig, del pasado remoto que sobrevive en los viejos creyentes aislados en la taiga de Peskov, del lenguaje y la religión retorcidos hasta dar con algo nuevo en Eisejuaz, de Sara Gallardo, de este poema de Blandiana que me deja del revés

Ahora te rezo a ti,
Tú eres la estación intermedia
De la que solo sé que existe,
Tú eres la parada en la que mis palabras
Se transforman en alfabeto.
Te rezo a ti,
Sin saber qué pedirte
Excepto a ti mismo,
Y tú transcribes mis palabras sin entenderlas
Y despacio te las llevas lejos.

… de los poemas de Chivite que leí en una habitación de hospital —un proclamar, sin más, que se está vivo—, de la aventura por la aventura en el Peregrino encantado de Leskov y de la aventura como tragedia griega en Diario de los años del plomo de Matheson, querría hablar de la voz inteligente de Iris Murdoch en Bajo la red y de la forma de escribir de Hemingway, esa punta del iceberg que son sus relatos donde se calla más que se muestra, de las decepciones de La parábola del sembrador de Butler y Un pez gordo de Wallace, del reencuentro con los relatos de Carver y los mundos reconocibles de Halfon y Dovlátov, autores que convierten su persona y su vida en personajes y realidad ficcionada, de los amaneceres vistos a través de una ventana de tren con los relatos de Amy Hempel donde concisión para escribir sobre las dudas y el dolor, de la Armenia que descubrió Grossman, el África de Kapuściński o el Kentucky desolador de Offutt. Querría escribir tanto. Pero no puedo. No hay palabras.

*

Mis tres libros de 2021 serían La ternera, de Aurora Freijo Corbeira, por su sobriedad e intimismo para acercarse a la soledad e incomunicación en una niña de cinco años, la ruptura del lenguaje que propone Sara Gallardo en Eisejuaz, y Las ciudades invisibles de Italo Calvino, donde el misterio de quien cuenta sus viajes y de quien imagina las palabras del otro

*


(coda) Una de las muchas frases subrayadas en este último año: Todos vivimos en el intersticio de la vida de los demás (Iris Murdoch)







•    Seguir viviendo - Ruth Klüger. Trad. Carmen Gauger. Contraseña editorial
•    Quizás en otro lugar - Amos Oz. Trad. Raquel García Lozano. Debolsillo
•    Brazos, piernas, cielo - Isabel Bono. Baile del sol ediciones (Relectura)
•    El valor desconocido - Hermann Broch. Trad. Isabel García Adánez. Sexto piso
•    En nuestro tiempo - Ernest Hemingway. Trad. Rolando Costa Picazo. Debolsillo
•    La ternera - Aurora Freijo Corbeira. Anagrama
•    Mendelsshon en el tejado - Jiří Weil. Trad. Diana Bass. Impedimenta
•    Ébano - Ryszard Kapuściński. Trad. Agata Orzeszek. Anagrama
•    Me muero - Isabel Bono. Bartleby editores
•    Canción - Eduardo Halfon. Libros del Asteroide
•    Los viejos creyentes - Vasili Peskov. Trad. Marta Sánchez-Nieves. Impedimenta
•    La estepa infinita - Esther Hautzig. Trad. Santiago del Rey. Salamandra
•    Que el bien os acompañe - Vasili Grossman. Trad. Marta Rebón. Galaxia Gutenberg
•    Dibujos animados - Félix Romeo. Plot
•    Los ojos vendados - Siri Hustvedt. Trad. Claudio López de Lamadrid. Circe
•    Discothèque - Félix Romeo. Plot
•    Subir a respirar - George Orwell. Trad. Esther Donato. Debolsillo
•    Amarillo - Félix Romeo. Plot
•    Provocación. Biblioteca del Siglo XXI - Stanisław Lem. Trad. Abel Murcia y Katarzyna Moloniewicz. Impedimenta
•    Noche de los enamorados - Félix Romeo. Plot
•    La invasión divina - Philip K. Dick. Trad. Albert Solé. Minotauro
•    Un grano de trigo - Ngugi wa Thiong´o. Trad. Marta Sofía López. Debolsillo
•    La parábola del sembrador - Octavia E. Butler. Trad. Silvia Moreno Parrado. Capitán Swing
•    Homo Faber - Max Frisch. Trad. Margarita Fontseré. Seix Barral
•    Dime una adivinanza - Tillie Olsen. Trad. Blanca Gago. Editorial las afueras
•    Cárcel - Emmy Hennings. Trad. Fernando González Viñas. el paseo
•    El invencible - Stanisław Lem. Trad. Abel Murcia y Katarzyna Moloniewicz. Impedimenta
•    El futuro recordado - Irene Vallejo. Contraseña editorial
•    Lo pasado no es un sueño - Theodor Kallifatides. Trad. Selma Ancira. Galaxia Gutenberg
•    El asedio de Troya - Theodor Kallifatides. Trad. Neila García. Galaxia Gutenberg
•    Un pez gordo - Daniel Wallace. Trad. María Corniero. Círculo de lectores
•    Formas de volver a casa - Alejandro Zambra. Anagrama
•    Diario de los años del plomo - Richard Matheson. Trad. José Luis Piquero. Hermida editores
•    El peregrino encantado - Nikolái S. Leskov. Trad. Fernando Otero Macías. Alba
•    El claro del bosque - Marisa Madieri. Trad. Valeria Bergalli. Minúscula
•    Todo en vano - Walter Kempowski. Trad. Carlos Fortea. Libros del Asteroide
•    Lejos del bosque - Chris Offutt. Trad. Javier Lucini. Sajalín
•    Catedral - Raymond Carver. Trad. Benito Gómez Ibáñez. Anagrama (relectura)
•    Una cuestión de equilibrio. Poesía completa - F. L. Chivite. Luces de Gálibo
•    Morir en primavera - Ralf Rothmann. Trad. Carlos Andreu. Libros del Asteroide
•    Hombres en mi situación - Per Petterson. Trad. Lotte K. Tollefsen. Libros del Asteroide
•    Kentucky seco - Chris Offutt. Trad. Javier Lucini. Sajalín
•    La casa herida - Horst Krüger. Trad. Virginia Maza. Siruela
•    Todos marcharon a la guerra - David Vogel. Trad. Rhoda Henelde y Jacob Abecaís. Xordica
•    Un tronar de tambores y otras historias de la caballería americana - James Warner Bellah. Trad. Lorenzo Días. Valdemar
•    Ayer - Agota Kristof. Trad Ana Herrera. Libros del Asteroide
•    Variaciones sobre un tema dado - Ana Blandiana. Trad. Viorica Patea y Natalia Carbajosa. Visor libros
•    Leica Format - Dasa Drndić. Trad. Juan Cristóbal Díaz. Automática editorial
•    Las ciudades invisibles - Italo Calvino. Trad. Aurora Bernárdez. Siruela
•    Cuantos completos - Amy Hempel. Trad. Silvia Barbero. Austral
•    El consuelo de los espacios abiertos - Gretel Ehrlich. Trad. Elisa Lobato. Volcano
•    El enebro - Barbara Comyns. Trad. Miguel Ros González. Alba editorial
•    Geai (las aventuras de una sonrisa) - Christian Bobin. Trad. Alicia Martínez. Pre-Textos
•    Eisejuaz - Sara Gallardo. Malas tierras
•    La promesa de Kamil Modrácek - Jiří Kratochvil. Trad. Elena Buixaderas. Impedimenta
•    Caballos que cantan - Isabel Bono. La isla de Siltolá
•    El escenario - Karmelo C. Iribarren. Visor
•    El valle del Issa - Czeslaw Milosz. Trad. Ana Rodón Klemensiewich. Tusquets
•    Cuanto más deprisa voy, más pequeña soy - Kjersti Annesdatter Skomsvold. Trad. Cristina Gómez Baggethun. Lengua de trapo
•    Bajo la red - Iris Murdoch. Trad. Javier Alfaya y Barbara McShane. Impedimenta
•    El mago de Lublin - Isaac Bashevis Singer. Trad. Luis Buelta. Debolsillo
•    Oficio - Serguéi Dovlátov. Trad. Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea. Editorial Fulgencio Pimentel.

sábado, 13 de noviembre de 2021

marciada —el rastro no se pierde

Cada tarde, desde hace un mes, enciendo una vela por mi padre.
Me acerco al pequeño altar en el salón, una foto suya de hace veinte años, unas flores que eligió E. de una de las coronas funerarias, tierra y piedras que recogimos junto al Miño, cerca de la aldea donde nació —y mi padre amaba los ríos donde truchas y silencio—, y le digo que lo extraño y que le quiero.
Todo sigue triste. Es una tristeza donde ausencia y recuerdo. Un bosque de eucaliptos —él, que plantó un eucalipto junto a su casa, un árbol que yo sentía monumental en mi niñez, como monumental mi padre, cuando mi mano dentro de la suya y él un titán en tierra—, el banco junto al portal donde se sentaba cada mañana, su sitio en la mesa de la cocina, incluso las calles del pueblo que eligió para vivir, me hacen sentir su ausencia —y sentir su ausencia es tenerlo presente, aquí dentro—.
Es extraño este mundo donde  mi padre no está. Y me siento extraño en este mundo, que no tenga palabras o gestos, que esté en silencio y quieto. 
(12.10.2021)


Ahora te rezo a ti,
Tú eres la estación intermedia
De la que solo sé que existe,
Tú eres la parada en la que mis palabras
Se transforman en alfabeto.
Te rezo a ti,
Sin saber qué pedirte
Excepto a ti mismo,
Y tú transcribes mis palabras sin entenderlas
Y despacio te las llevas lejos.
Ana Blandiana (en Variaciones sobre un tema dado. Trad. Viorica Patea y Natalia Carbajosa. Visor libros)

*

Estoy sentado en un banco, junto a los árboles del río. Hay una luz suave y pausada y viento entre las hojas (su sombra y su luz). Vi el azul de un martín pescador al cruzar el puente. El cielo está limpio, sin estelas de aviones. Hace media hora que estoy sentado, solo, en silencio, triste, en este banco de piedra. Y es al detenerme, al sentir este mundo nuevo que surgió hace un mes con la muerte de mi padre cuando siento toda su ausencia. No hay otra cosa, en esta tarde lenta, que su vida, aquella de las fotos en blanco y negro de ruadas y romerías y uniformes militares, o aquellas donde me sostiene cuando niño o todos esos objetos que saqué de sus carteras —esquelas, calendarios, estampas, recortes de periódicos donde aparece esquinado en una fotografía—, antes de los temblores y el dolor, cuando era mito y titán. Todos los espacios en blanco que tengo de él. 
Cada tarde enciendo una vela y le digo que lo extraño y le quiero, mi rezo, mi rito. El martes lloré al ver apagarse la vela. Había pasado un mes de su muerte, de aquel atardecer en la habitación de hospital y mi hermana y yo a su lado, sus manos quietas en las nuestras (y ahora recuerdo el tiempo donde eran las nuestras las contenidas por mi padre). Mi tristeza y el llanto emergen en cualquier momento.
No soy capaz de escribir sobre todo esto, aquí sentado, junto a los árboles del río y el movimiento de las hojas, sólo que pienso y siento a mi padre, que soy fragilidad, que su ausencia es presencia, que todo sigue triste y que mi padre fue un hombre bueno.
(14.10.2021)

*

No tengo muchas ganas de escribir, o de hablar. A veces me siento en un banco de piedra, cerca de casa, después de comer con mi madre tras el trabajo. Sólo sé que necesito parar, mirar alrededor, sentirme lento. Entonces, llegan los recuerdos. Y recordar es volver a pasar por el corazón la vida de mi padre, el taller de carpintero bajo el hórreo y las marcas a lápiz en la madera, el verano donde nos hizo arcos y flechas y una canasta de madera, la celebración de cada comida, su figura, en aquel entonces de titán, a través de la ventana de la cocina, una caña de pescar y las truchas en laurel de su cesta de mimbre. También, estos últimos meses, todo su miedo y dolor, la tarde donde murió, mis hermanas, mi madre y yo a su lado. Estas pocas palabras y me rompo en esquirlas.
Este fin de semana encontré un correo que envié por 2016. Hablaba de una palabra que usaba mi padre, marciada —la lluvia inesperada en marzo—. E. leyó las postales que mi padre me escribía a Galicia, cuando niño —y mi padre siempre decía/escribía “vos” en vez de “os”, y verlo escrito en esas postales es escuchar su voz de nuevo, esa voz de los últimos años, más débil que aquella de mi infancia—. Voy recogiendo migas de pan, el rastro no se pierde.
En agostó grabé tres audios a mi padre. Sentados en el banco, junto al portal, mi padre hablaba para sí de sus recuerdos. Siempre los mismos. Hacía semanas que parecía recapitularse. Creí que tendría más tiempo, más tiempos. Ahora espero el momento donde pueda enfrentarme a ellos.
(19.19.2021)

(Coda) Estamos sentados en un banco al sol. Mi padre agarra con fuerza su bastón, observa sus manos, espera el temblor en su cuerpo, yo levanto la vista y descubro la luna menguante entre las líneas de nubes (apenas un esbozo en el cielo). Se la señalo y mi padre recuerda, dice que en su aldea plantaban ajos y cebollas en las mañanas de luna menguante, que había que hacerlo antes de mediodía para evitar que floreciesen en exceso y se echaran a perder (sonríe, su gesto cansando y arrugado). Le digo que la luna nos influye, las mareas, nuestro cuerpo, la sangre. Asiente en silencio.
Mi padre dice marciada a la lluvia inesperada en marzo, habla de cuando era niño y acompañaba a su padre por las casas y armaban armarios y camas. A veces, mi padre mezcla pasados, cruza líneas y vidas, desanda el camino.
(02.05.2016)

*

(…) Desde la muerte de mi padre (no me acostumbro a esta expresión, a este forma de contar el tiempo), cualquier cosa, unas palabras escritas por mi padre en unas postales o en el reverso de sus fotos, la mano de mi madre en la mía cuando damos pequeños paseos y ella parece niña de nuevo, descubrir todos los gestos que he heredado de él —la forma de fruncir el ceño, la entonación en algunas palabras— o hablar a mis amigos de mi ritual de atardecer, esa vela que ilumina su ausencia, cualquier cosa, me hace sentir frágil, triste o emotivo. Incluso el silencio, como días atrás, cuando miraba a través de la ventana los arces rojizos, me conduce al llanto.
(27.10.2021)

*

Queda un par de horas para el amanecer. Mi padre descansa, la radio de fondo, el silencio en el pasillo del hospital, la habitación a oscuras. Sigo las sombras de las cortinas y del olivo del jardín en la pared blanca hasta que pierden su significado. Las nubes de lluvia y nieve pasan rápido bajo el cielo. Cierro los ojos y escucho gaviotas a través de la rendija de la ventana, también el tráfico y las persianas al abrirse.
Observo una foto en blanco y negro, mi padre me sujeta del codo para que no me caiga en mis primeros pasos. Lleva traje, el pelo negro (las patillas también negras y grandes), el reloj gris que baila en mi muñeca cada vez que me lo pongo, el cuerpo delgado y fibroso. De niño me decía que pusiera mi mano en su brazo, entonces hacía fuerza, “sacaba bola” y yo le miraba sorprendido. O acercaba su mejilla sin afeitar a la mía para que notara cómo raspaba su barba. En esa foto de mi padre, agachado, mirándome entre preocupado y curioso, su mano en mi brazo, yo sonriente, a punto de echar a correr, está mi infancia.
Hay otra foto tomada unos segundos después, corro solo por la acera, me río, los brazos agitados, el gesto travieso, la mirada alta, al frente.
Amanece poco a poco, se abren claros entre las nubes, el viento mueve las ramas del olivo, cambia la luz, se hace más gris, las enfermeras hablan con voz baja y suave en el pasillo, el frío entra por la rendija de la ventana, me despeja. Mi padre duerme, yo miro fotos y escribo, la radio siempre de fondo
(23.01.2014)


*

(…) Hoy he leído alguno de tus poemas, porque en cada lectura nueva me habla un poema diferente. Y hoy ha sido Tras las palabras el que me ha detenido, por todas esas palabras de mi padre que busco en sus carteras, en el reverso de sus fotos de juventud —donde pequeñas cartas de amor—, en su cartilla naval, esa letra que se hizo temblorosa con el paso del tiempo, que ya no fue en los últimos años. Me quedan esos tres audios que grabé en agosto, unos días antes de su muerte, y que aún no me atrevo a escuchar —ayer, en cambio, vi las últimas fotos que hicimos de mi padre, aquella donde sonríe ante la mesa de navidad, o aquella en su banco en la calle, y descubrí que, si veo las fotos antiguas de mi padre me emociono, si las últimas me rompo. También descubrí un gesto repetido en esas fotos, mi padre sentado en un banco, el cuerpo hacia delante, los brazos apoyados en las piernas, la mirada alejada, en el suelo, y me pregunto de cuánto era consciente, de cuánto miedo y cansancio y soledad—.
Acabo de encender una vela en el santuario de mi padre. El crepitar de la cerilla sobre la cajetilla, antes de la llama, y la continuación de un diálogo entre su ausencia y mi búsqueda de un recuerdo olvidado o mi silencio lleno de él y de esto que siento, quiebra tristeza distancia fragilidad dolor. Es un ritual que necesito. Parar la rapidez del día a día que parece querer devorar cualquier emoción y sentir a mi padre y recordar el mundo anterior a éste.
Las palabras de mi padre podrían ser estas estanterías que me hizo, antes de los temblores, y que sujetan cada libro de mi biblioteca, o la cajita de madera donde E. guarda los poemas que le escribía en posits, o los ruxe ruxe que conservo, aquellos juguetes de su infancia que hacía con cáscaras de nueces, un cordel y un palo, o las herramientas de carpintero con nombres de antaño que me regaló y que hizo junto a su padre, herramientas que ya no pudo utilizar en los últimos años, herramientas que decorarán nuestra futura casa. Las palabras de mi padre están hechas de madera.
A veces busco en mis palabras sobre él en tantos correos de los últimos años. Y le encuentro, nos encuentro.
(07.11.2021)


Tras las palabras
No me resigno a darlas por perdidas;
tienen que estar ahí, en alguna parte.
Daré con ellas, con su paradero.

Las buscaré por aire, tierra y mar.

Empezaré afinando la pesquisa y formularé
la pregunta adecuada.
Si a las palabras se las lleva el viento,
al viento quién se lo lleva.
                                           Adónde va.
Anay Sala Suberviola (en Ý. Turno de réplica. Ediciones Torremozas)