Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

lunes, 16 de julio de 2018

León Felipe en Ganarás la luz (i)

¿Quién soy yo?

He aquí una buena pregunta para hacérsela el hombre por la tarde, cuando ya está cansado y se sienta a esperar en el umbral de la noche.
Si se abriese ahora, de improviso, la puerta y alguien se adelantase a preguntarme quién soy yo, no sabría decir cómo me llamo.
En la mañana nos bautizan, al mediodía el sol ha borrado nuestro nombre y en la tarde quisiéramos bautizamos nosotros.
Salimos de aventura en la madrugada por el mundo, con un nombre que nos prenden en la solapa, como una concha en la esclavina y creemos que por este nombre van a llamarnos los Pájaros. ¡No nos llama nadie! Y cuando ya estamos rendidos de caminar y el día va a quebrarse, gritamos enloquecidos y angustiados, para no perdernos en la sombra: ¿Quién soy yo?
¡Y nadie nos responde!
Entonces miramos hacia atrás para ver lo que dicen nuestros pasos. Creemos que algo deben de haber dejado escrito en la arena nuestros pies vagabundos. Y comenzamos a descifrar y a organizar las huellas que aún no ha borrado el viento.
Es la hora en que el caminante quiere escribir «sus memorias». Cuando dice:
Les contaré mi vida a los hombres para que ellos me digan quien soy.
Si es un poeta, querrá contársela también a los pájaros y a los árboles. Y un día buscará un cordoncito o un mecate para ceñir y ligar bien su «antología». Entonces dirá:
Reuniré en un manojo apretado mis mejores poemas porque tal vez así, todos juntos, sepan decir mejor lo que quieren, a dónde se dirigen... y acaso al final apunten vagamente mi nombre verdadero.
Si el poeta es un poco arquitecto y algo más orgulloso, tal vez se atreva a contarle su vida a las piedras también. Y dirá:
Construiré mi morada —mi templo y mi sepulcro— con las piedras más firmes que he tallado.
Yo no sé si soy un poco arquitecto, pero soy tan orgulloso como el hombre que quiere hacer eterna su casa y su palabra; como el hombre que, enloquecido y angustiado, se afana en bautizarse a sí mismo con un nombre por el que puedan llamarle

los pájaros
los árboles
las piedras...

con un nombre que no derribe el Viento.

***

Pero, ¿por qué habla tan alto el español?

Sobre este punto creo que puedo decir también unas palabras.
Este tono levantado del español es un defecto, viejo ya, de raza. Viejo e incurable. Es una enfermedad crónica. Tenemos los españoles la garganta destemplada y en carne viva. Hablamos a grito herido y estamos desentonados para siempre, para siempre porque tres veces, tres veces, tres veces tuvimos que desgañitarnos en la historia hasta desgarrarnos la laringe.
La primera fue cuando descubrimos este Continente, y fue necesario que gritásemos sin ninguna medida: ¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra! Había que gritar esta palabra para que sonase más que el mar y llegase hasta oídos de los hombres que se habían quedado en la otra orilla. Acabábamos de descubrir un mundo nuevo, un mundo de otras dimensiones al que cinco siglos más tarde, en el gran naufragio de Europa, tenía que agarrarse la esperanza del hombre. ¡Había motivos para hablar alto! ¡Había motivos para gritar!
La segunda fue cuando salió por el mundo, grotescamente vestido con una lanza rota y una visera de papel aquel estrafalario fantasma de la Mancha, lanzando al viento desaforadamente esta palabra de luz olvidada por los hombres: ¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia!... ¡También había motivos para gritar!
El otro grito es más reciente. Yo estuve en el coro. Aún tengo la voz parda de la ronquera. Fue el que dimos sobre la colina de Madrid, en el año de 1936, para prevenir a la majada, para soliviantar a los cabreros, para despertar al mundo: ¡Eh! ¡Que viene el lobo! ¡Que viene el lobo! ¡Que viene el lobo!...
El que dijo Tierra y el que dijo Justicia es el mismo español que gritaba hace seis años nada más, desde la colina de Madrid a los pastores: ¡Eh! ¡Que viene el lobo!
Nadie le oyó. Los viejos rabadanes del mundo que escriben la historia a su capricho, cerraron todos los postigos, se hicieron los sordos, se taparon los oídos con cemento, y todavía ahora no hacen más que preguntar como los pedantes: ¿pero por qué habla tan alto el español?
Sin embargo, el español no habla alto. Ya lo he dicho. Lo volveré a repetir: El español habla desde el nivel exacto del hombre, y el que piense que habla demasiado alto es porqué escucha desde el fondo de un pozo.

***

Hay dos Españas

Hay dos Españas: la del soldado y la del poeta. La de la espada fratricida y la de la canción vagabunda. Hay dos Españas y una sola canción. Y esta es la canción del poeta vagabundo:

Soldado, tuya es la hacienda,
la casa,
el caballo
y la pistola.
Mía es la voz antigua de la tierra.
Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo...
Mas yo te dejo mudo… ¡mudo!
Y ¿cómo vas a recoger el trigo
y a alimentar el fuego
si yo me llevo la canción?

***

¡El salmo es mío!

Y la España que se llevó la canción, se llevó el salmo también.
Jamás oí en las catedrales españolas un salmo afilado que se pudiese clavar en el cielo, en la tierra o en la carne del hombre.
Y siempre me preguntaba al entrar en las iglesias: ¿dónde estará el salmo? ¿dónde le habrán escondido los canónigos?
Durante el expolio de la última guerra española, lo encontré. Lo habían guardado los sacristanes en una vitrina y allí lo retenían como un idolillo inútil ya y sin sentido, para que lo contemplasen la erudición eclesiástica, los poetas pedantes y los turistas.
Me lo llevé. Entonces me lo llevé. Al final ya de la contienda, allá por los últimos días del año 1938, cuando los «rojos» se habían ya incautado de las iglesias y de los ornamentos sagrados (de los utensilios y los cubiletes de los malabaristas y de los mercaderes del templo), y me llevé el salmo.
Denunciadme al Sumo Pontífice, dadle mis señas, mostradle mi cédula (este libro es mi cédula).
Decidle que es que va aullando en la ráfaga negra del Viento, por todos los caminos de la Tierra... es el salmo. Y que no me lo llevo, que me lo llevo en mi garganta, que es la garganta rota y desesperada del hombre a quien él ha dejado sin altar y sin tabernáculo.
No me lo robo. Me lo llevo... ¡lo rescato! El salmo es mío... ¡del poeta! El salmo es una joya que les dimos en prenda los poetas a los sacerdotes.
¡Fue un préstamo!
Y ahora me lo llevo.
Cuando los arzobispos bendicen el puñal y la pólvora y pactan con el sapo iscariote y ladrón... ¿para qué quieren el salmo?
El poeta lo rescata... se lo lleva, porque el salmo es del poeta... ¡Mío!... ¡El salmo es mío!

***

Soy un vagabundo

Yo no soy más que un hombre sin oficio y sin gremio, no soy un constructor de cepos. ¿Soy yo un constructor de cepos?
¿He dicho alguna vez: Clavad esas ventanas, poned vidrios y pinchos en las cercas?
Yo he dicho solamente: No tengo podadera ni tampoco un reloj de precisión que marque exactamente los rítmicos latidos del poema.
Pero sé la hora que es.
No es la hora de la flauta.
¿Piensa alguno que porque la trilita dispersó los orfeones tendremos que llamar de nuevo a los flautistas?
No.
No es ésta ya la hora de la flauta.
Es la hora de andar, de salir de la cueva y de andar…
de andar… de andar… de andar.

Yo soy un vagabundo.
Yo no soy más que un vagabundo sin ciudad, sin decálogo y sin tribu.
Y mi éxodo es ya viejo.
En mis ropas duerme el polvo de todos los caminos
y el sudor de muchas agonías.
Hay saín en la cinta de mi sombrero,
mi bastón se ha doblado
y en la suela de mis zapatos llevo sangre, llanto y tierra de muchos cementerios.
Lo que sé me lo han enseñado
el Viento,
los gritos
y la sombra... ¡la sombra!

***

Pero diré quién soy más claramente

Pero diré quién soy, más claramente, para que no me ladre el fariseo
y para que registren bien la ficha
el psicoanálisis,
el erudito
y el detective:
Soy la sombra,
el habitante de la sombra
y el soldado que lucha con la sombra.
Y digo al comenzar:
¿Quién no tiene una joroba y un gran saco de lágrimas?
¿Y quién ha llorado ya bastante?
La luz está más lejos de lo que contaban los astrónomos,
y la dicha más honda de lo que cantabas tú, Walt Whitman.
¡Oh, Walt Whitman! Tu palabra hapiness la ha borrado mi llanto.
La vida, arrastrándose, ha cubierto el mundo de dolor y de lágrimas.
Este el mantillo de la tierra,
el gran cultivo junto al cual la esperanza de Dios se ha sentado paciente.
De la amiba de la conciencia se asciende por una escala de llanto.
Y esto que ya saben los biólogos,
lo discuten ahora los poetas.
Han llorado la almeja y la tortuga,
el caballo,
la alondra
y el gorila…
Ahora va a llorar el hombre.
El hombre es la conciencia dramática del llanto.
Antes que yo, lo habéis dicho vosotros, ya lo sé.
Y yo digo además:
Esta fuente es mía… y no la explota nadie.
Nadie me engañará ya nunca:
mi llanto mueve los molinos
y la correa de la gran planta eléctrica.
De mi sudor vivió el rey,
de mi canción, el pregonero,
y de mi llanto, el arzobispo.
Sin embargo, mi sangre es para el altar.
Sacad de los museos esa gran piedra azteca y molinera,
afilad otra vez el navajón de pedernal,
rasgadme el pecho de la sombra
y dad mi sangre al sol.
¡Que hay algo que los dioses no pueden hacer solos!

***

La espada

En el principio creó Dios la luz... y la sombra.
Dijo Dios: Haya luz
y hubo luz.
Y vio que la luz era buena.
Pero la sombra estaba allí.
Entonces creó al hombre.
Y le dio la espada del llanto para matar la sombra.
La vida es una lucha entre las sombras y mi llanto.
Vendrán hombres sin lágrimas...
pero hoy la lágrima es mi espada.

Vencido he caído mil veces en la tierra,
pero siempre me he erguido apoyado en el puño de mi espada.
Y el misterio está ahí,
para que yo desgarre su camisa de fuerza con mi llanto.

El llanto no me humilla.
Puedo justificar mi orgullo:
el mundo nunca se ha movido
ni se mueve ahora mismo sin mi llanto.

No hay en el mundo nada más grande que mis lágrimas,
ese aceite que sale de mi cuerpo
y se vierte en la tumba
al pasar por las piedras molineras
del sol y de la noche.

Dios contó con mis lágrimas desde la víspera del Génesis.
Y ahí van corriendo, corriendo,
gritando
y aullando
desde el día primero de la vida, a la zaga del sol.

Luz...
cuando mis lágrimas te alcancen,
la función de mis ojos ya no será llorar
sino ver.

***

Agradecimiento

Hay poetas que trabajan con la palabra solamente, como los lapidarios;
otros trabajan con la metáfora, como los joyeros que cambian las piedras de lugar;
otros empalman y enciman los ladrillos con una musiquilla monótona e interminable de romance;
otros se valen del termómetro y del compás, como los geómetras impasibles que miden los ángulos y la temperatura del tabernáculo;
otros trabajan con el símbolo y con la fábula, como los estofadores y los que emploman los vidrios de los grandes ventanales;
algunos muy entendidos son maestros en el arabesco, en el jeroglífico y en la alegoría, como los tejedores sagrados y los criptógrafos que dejan su secreto en las cenefas de las casullas y los frisos de los cenotafios;
otros trabajan con la arcilla blanda de su ejido solamente, como el alfarero municipal;
otros cavan en las profundidades del subterráneo donde se han de apoyar un día los cimientos, como los tejones y los topos;
otros se afanan allá arriba, cerca del cielo, en las cornisas de los campanarios, como la cigüeña y las golondrinas…
Pero el Poeta Prometeico trabaja con su sangre donde van disueltos los esfuerzos de todos estos poetas especializados.
Y a todos estos artífices humildes, cuyo nombre se llevará un día despiadadamente el Viento, el Poeta Prometeico les agradece todo lo que le han dado, todo lo que le han traído para edificar el templo venidero y levantar la torre donde se ha de colocar mañana el pabellón rojo del hombre.
León Felipe. Ganarás la luz. Editorial Cátedra.

viernes, 13 de julio de 2018

Un año pésimo. John Fante

Dominic Molise. El gran lanzador de béisbol, el muchacho que habla con su brazo izquierdo y lo eleva a los altares, junto a la virgen María, el soñador que aspira a salir de su hogar y jugar las grandes ligas gracias a un don que cree indestructible, Dominic Molise, que vive junto a una familia pasional de raíces italianas, la madre austera que espera cada noche al marido y que sostiene la fatiga del mundo en sus hombros, el padre, un albañil en paro, que se gasta el dinero en partidas de billar, que aparece con marcas de pintalabios, que aspira a que su hijo siga su camino, los hermanos tan soñadores como él, una quiere ser monja, el otro vaquera, la abuela que habla con el acento de los Abruzos y maldice la América que niega sus raíces y cambia el destino de quienes llevan su sangre, todos ellos una pequeña comunidad que sale adelante a trompicones, cada uno en un combate personal contra la realidad y los deseos incumplidos. Molise tiene diecisiete años, es decir: todo el engreimiento del mundo, el intento por separarse de la figura paterna y el anhelo por descubrir el amor y el sexo — y la religión, tan arraigada en la familia, una sombra que sobrevuela cada acto y cada pensamiento—. El invierno de 1933 fue malo, dice Molise, y recuerda aquellos meses donde intentó soñar y negar sus raíces y amar, y lo que consiguió fue madurar, entrar en el duro mundo de los adultos, descubrir que los sueños tienen una cara agridulce, donde perseguirlos significa elección, discriminación y algo que se pierde. La vida adulta se revelará a Molise en la lucha con el padre por la independencia o el fracaso en alguno de sus deseos, y la inexperiencia en la amistad y en el amor le llevará a gestos irreflexivos, robar unas bragas de su amor platónico, pelearse con su único amigo, palos de ciego en el camino del aprendizaje, tan perdido como aquellos poetas antiguos que escribían versos donde la amada era inalcanzable y ellos indignos de su amor. Y es eso, el paso de lo platónico a lo real, la responsabilidad que toda acción conlleva, lo que acabará aprendiendo Dominic Molise, el gran lanzador de béisbol, el muchacho que habla con su brazo izquierdo, el soñador de las grandes ligas, el chico que niega el destino marcado en su sangre italiana.

Hay algo extraño en Un año pésimo. Cambian los nombres de la familia Molise que protagonizó La hermandad de la uva y las relaciones que se dan entre ellos, pero el tono es parecido: están Colorado, las raíces italianas de la familia que se hunden en los Abruzos, un territorio tan mítico como humilde, las ausencias del padre y sus líos amorosos, la religiosidad de la madre, el combate entre padre e hijo. Si en La hermandad de la uva el narrador era Henry Molise, un escritor que se ve envuelto en la última locura de su padre construir un secadero de pieles en las montañas como monumento a su vida de albañil, en Un año pésimo es Dominic Molise quien habla de sus diecisiete años y sus sueños de ser jugador de beisbol y conquistar a la mujer más hermosa del pueblo en La hermandad de la uva uno de los hermanos Molise, Mario, intentó triunfar en el beisbol. Son extraños estos cambios de nombres entre ambos libros, acercan a Un año pésimo al boceto, pero la esencia es la misma. Y la esencia de Fante es el humor socarrón, la ternura, las relaciones paterno-filiales, los sueños homéricos, la lucha contra la pobreza, la dictadura de las raíces, uno mismo: una lucha desigual.

Dominic tiene la fiebre de Arturo Bandini o Henry Molise. Como ellos, se siente tocado por un talento especial y aspira a convertirse en alguien grande. Bajo esa confianza se esconde un muchacho que se adentra en el mundo de los adultos y que se sabe perdido. Enamorado de una mujer mayor, incapaz de tener más que un amigo, la amenaza de repetir los gestos de su padre y ser albañil, lo que le llevaría a seguir encerrado en una vida que no eligió, Dominic deambula entre la ensoñación infantil y la lucha por conseguir su lugar en el mundo. Una fuerza subterránea lleva a Dominic a mirar fuera del pueblo de Colorado en el que vive, la idea de que en otro lugar sería un jugador talentoso, que podría enviar dinero a su familia y ser una especie de salvador, y con ello, separarse de la sombra del padre. Y es en ese intento de separarse del padre donde descubre el vínculo que les une.

Hay una escena, intensa y sencilla, en Un año pésimo, uno de esos momentos en apariencia triviales que esconden un significado profundo. Dominic espía a su padre en casa de otra mujer. Y lo que allí encuentra es una plácida imagen hogareña: un hombre y una mujer en un salón, tejiendo un calcetín y haciendo un solitario, beso en la mejilla de despedida, una escena que transmite paz, que permite ver al padre, por primera vez, de carne y hueso, con todas las debilidades y los deseos y las emociones de un adulto.

Un año pésimo es tan febril, sentimental y arrebatada como su narrador, una novela de iniciación con un humor despiadado la aparición de la virgen María, el intento de Molise de seducir a una mujer mayor, los conversaciones con el Brazo, al que otorga unos poderes dignos de un santoral vehemente e impetuoso, y una ternura que desarma —las lágrimas de un muchacho ante la rapidez de la vida y los sueños, la figura austera de la madre, la relación con el padre que empieza con una lucha y termina con un reconocimiento mutuo, y en ese reconocimiento, la tristeza y la responsabilidad al cruzar la infancia y la adolescencia e ingresar en el mundo adulto—.







¡Señor, ayúdame! Y apreté el paso para huir de mis pensamientos, eché a correr con los helados zapatos chillando como ratones; pero correr no sirvió de nada, tenía los pensamientos a la izquierda, a la derecha y a mis espaldas. No obstante, mientras corría, El Brazo, el buen brazo izquierdo, se hizo cargo de la situación y dijo con voz tranquilizadora: cálmate, chico, es la soledad, estás totalmente solo en el mundo; ni tu padre ni tu madre ni tu fe pueden ayudarte, nadie ayuda a nadie, sólo tú puedes ayudarte y por eso estoy aquí, porque somos inseparables y nos ocupamos de todo.
¡Oh, Brazo! Brazo fuerte y leal, háblame con dulzura. Háblame de mi futuro, de los aplausos de las multitudes, de la pelota colándose a la altura de las rodillas, de los bateadores entrando y saliendo descalificados, fama, fortuna y victoria, todo eso tendremos. Y un día moriremos y yaceremos juntos en la misma fosa, Dom Molise y su estupendo brazo, el mundo del deporte se estremecerá de dolor, el telegrama del presidente de la nación a mi familia, las banderas a media asta en todos los estadios del país, los admiradores llorando sin ninguna vergüenza, la biografía en cuatro partes publicada por Damon Runyon en el Saturday Evening Post: EL TRIUNFO SOBRE LA ADVERSIDAD, LA VIDA DE DOMINIC MOLISE.
Me detuve a llorar al pie del olmo; la inminencia de mi muerte era demasiado amarga para soportarla; tan joven y lleno de talento, y muerto en la flor de la edad. Dios mío, ten piedad: ¡no me lleves tan pronto! Concédeme unos años, sé bondadoso con mi juventud. A los diecinueve estaré preparado para la gran ocasión. Concédeme esos años y otros diez, en total doce, ni uno más ni uno menos, no me importa si ficho por Phillies o con los Cubs, pero concédeme esos años y mándame al banquillo a los veintinueve, es tiempo más que suficiente, oh dulce Señor, calcula treinta partidos por año, en total serían trescientos sesenta partidos, mucho béisbol, muchos lanzamientos para estampar el nombre de Dom Molise entre los inmortales.
John Fante. Un año pésimo. Traducción de Antonio-Prometeo Moya. Anagrama.

miércoles, 27 de junio de 2018

Diario de Praga (1941-1942). Petr Ginz

Paisaje lunar 1942-1944
Tiene catorce años. Petr Ginz. Vive en la Praga ocupada por los nazis. Le gusta dibujar, leer a Verne, escribir relatos. Ginz es un muchacho inquieto, creativo y observador, y traslada su mundo a un diario hecho con tapas y hojas de viejos cuadernos, un mundo que desaparece poco a poco. Porque esa es la impresión tras leer su diario. Que es un libro de desapariciones. Desaparecen las calles por las que poder pasear y los vagones de tranvía en los que viajar, desaparecen la fruta y la verdura de las cartillas de racionamiento, desaparecen los negocios, los muebles y las ropas, desaparecen los compañeros y vecinos de Ginz, primero a la espera de un transporte que los lleven a Terezin y luego dentro del campo de concentración, y desaparece el propio Ginz. De lo pequeño y externo a lo interno e inmenso. Ése es el orden de las desapariciones.

Ginz inicia sus anotaciones diarias sobre el tiempo que hace, sus encuentros con amigos, la visita de familiares, las clases y los deberes escolares, incluso incluye alguna travesura infantil, una repetición sencilla y, casi, musical, en la que irrumpe la guerra, la ocupación alemana y el cerco a los judíos. Ginz mira con asombro a su alrededor, describe su vida familiar impregnada por el peligro de la guerra y su condición de judíos: a los días donde habla de las primeras nieves o del casamiento de un profesor le siguen las noticias del atentado a Heydrich, el llamamiento a familiares y amigos para los transportes a Terezin, cómo los judíos son despojados primero de sus derechos y sus pertenencias para luego acabar con su vida. 

El diario de Ginz es duro y cruel tanto por lo que describe, la persecución y el exterminio de los judíos, como por cómo lo hace, la escritura de un muchacho despierto y creativo que con catorce años convive con el horror y la sinrazón. Hay momentos de una dulzura y ternura extremas, los regalos entre padres e hijos, los paseos con los amigos, los dibujos y los sellos y las noticias de la radio y las travesuras y los motes a profesores que hablan de una vida en apariencia normal y que se rompen por la guerra y la barbarie, por ese muro primero invisible y luego real que rodeó a los judíos de Praga. Es esa confrontación entre ternura y guerra, entre familia y desapariciones lo que da a estos diarios un valor extraño y diferente, no son memorias de supervivientes sino las impresiones de un muchacho mientras sucede la guerra y el exterminio.


Jueves, 1 de enero de 1942 Me hice con corteza de árbol un violín precioso, pero todavía no puedo tocarlo porque ahora sólo tiene dos cuerdas (de goma).
Por la mañana hice deberes. Por lo demás nada especial. En realidad pasan muchas cosas, pero no se notan. Lo que resulta ahora totalmente corriente, hubiera sido motivo de escándalo en una época normar. Los judíos, por ejemplo, no pueden comprar fruta, gansos y aves en general, queso, cebolla, ajo y muchas otras cosas. No les dan cartillas de racionamiento de tabaco a los presos, a los locos y a los judíos. No pueden viajar en el vagón delantero de los tranvías, en los autobuses y en los trolebuses; no pueden pasear por la orilla del río, etc., etc.


La edición de los diarios de Ginz se completa con unos cuadernos encontrados de sus meses en Terezin donde Ginz recuerda su partida al campo y la despedida de su familia, escribe sobre el encuentro con otros prisioneros o inventa relatos en los que hay una mirada sobre la condición humana. Petr Ginz acabará asesinado en Auschwitz con apenas dieciséis años. Leer su diario es asistir a la destrucción de la inocencia (la otra cara de las novelas de iniciación): un muchacho despierto y creativo que dibuja paisajes lunares o praguenses, crea códigos secretos, escribe poemas y observa cómo el mundo que le era propio se convierte en un lugar irreconocible.


Ghetto 1944

Habitación de jóvenes 1943



Tejados y torres de Praga 1939-1940
Una calle de Terezin 1944



Petr Ginz

Ahora ya todo el mundo sabe
quién es judío y quién es ario
porque al judío se le reconoce
por la estrella amarilla y negra.

Y el judío, una vez marcado,
tiene que acatar las ordenanzas:

Todos los días, a partir de las ocho,
debe dedicarse a su familia,
sólo puede trabajar de peón,
y no prestarle a nada atención,
no ser dueño ni de un cachorro
y de afeitarse ni hablar.
Y la judía que antes era rica
no puede tener ni siquiera un gato,
tiene que enseñar a los niños en casa,
hacer las compras de tres a cinco,
no puede haber joyas, ajo o vino,
conciertos, teatro o cine,
coches, casas, gramófonos,
pieles, esquís, teléfonos,
carne de cerdo, cebollas, queso,
aparatos o balanzas,
armónicas para tocar
o un canario para entretenerse,
bicicletas o barómetros,
calcetines o suéteres.

Y sobre todo el criminal judío
debe abandonar sus hábitos:
comprar  zapatos o trajes, no,
las tiendas no son para él,
ni aves de corral o jabón de afeitar,
carné de conducir o licores,
revistas o periódicos,
bombones o máquinas de coser,
calzoncillos de abrigo, ni siquiera un par,
ni tiendas, campos o minas,
ni acciones, fábricas o casas,
ni sardinas, ni fruta, ni pescado.

Puede que aún falte algo.
Hay aún muchas más cosas.
¡Mejor que no compres nada!

Acostúmbrate a ir a pie
haga buen tiempo o llueva.
No salgas de tu edificio
y ni se te ocurra tomar el tren.
Claro que tampoco puedes tomar un rápido
o un tranvía o un taxi
y por grande que sea la tentación
ni se te ocurra entrar al bar,
ni andar junto al río, ni ver una exposición,
o ir al museo o la piscina,
al correo o andar por los andenes,
a tomar café o a los estadios,
al templo, a la sala de juegos
o a los baños públicos.
¡Y anda también con cuidado
por las avenidas principales
o las grandes tiendas!
Y si quieres disfrutar del mundo
mejor es que vayas al cementerio,
ponte elegante para ver las tumbas
y aprovecha para respirar aire puro allí,
ya que no puedes entrar en ningún otro jardín.

El judío, por listo que sea,
tiene la cuenta del banco bloqueada,
ha abandonado las malas costumbres,
y con los arios ya no se relaciona.

Ninguno de ellos podía antes disponer
más que de mochila, maleta y correa.
Ahora ya no tiene ni ese derecho,
pero el judío sigue sin quejarse.
Sólo atiende al reglamento
y sigue siempre con todo contento.
Petr Ginz. Diario de Praga (1941-1942). Traducción de Fernando Valverde. Acantilado.

viernes, 22 de junio de 2018

Memorias de una superviviente. Doris Lessing

Es un mundo de percepciones más que de certidumbres. El gobierno, la ley, la sociedad en su totalidad se han convertido en esbozos y gestos apenas entrevistos tras su derrumbe por algo desconocido —“ello”, una fuerza subterránea que se hace con la vida de la comunidad, destruyendo unos valores en apariencia arraigados con una potencia devastadora—. Sólo queda observar y sobrevivir. Y es lo que hace la narradora de estas memorias. Desde la ventana de su piso vigila la calle y ve pasar a grupos de hombres y mujeres que abandonan la ciudad y parten en busca de un refugio ante la caída del gobierno. Grupos que se asemejan a salvajes que adoran a un dios extraño y sangriento, que se han desprendido de todo aquello que los definía años atrás y han vuelto a un primitivismo olvidado. La narradora, una mujer madura testigo de los avances del caos, el abandono y la violencia en la ciudad, aún conserva recuerdos de una época distinta donde nada hacía prever el trastorno actual. Mira a través de la ventana, y ese gesto inocente la lleva a la inmovilidad, a describir aquello que se despliega ante ella pero sin darse realmente cuenta de la inercia y la peligrosidad de los cambios de una ciudad y una sociedad que se colapsan. Sólo la llegada de una niña de doce años a su apartamento y sus incursiones en un mundo onírico dentro de la pared del salón, poblado de habitaciones, familias desconocidas e imágenes añejas, rompen con su vigilancia de la anarquía y el salvajismo del otro lado de la ventana.

Hasta aquí un intento de reseña.

Lessing crea una obra perturbadora y hermosa en Memorias de una superviviente. Muestra el final de una comunidad, un apocalipsis del que desconocemos su inicio y del que sólo vemos las consecuencias: ruina, salvajismo y abandono. Todo aquello que definía a la comunidad, el gobierno, las leyes, las reglas sociales, aparecen apagados, apenas sombras que desaparecen poco a poco hasta que el caos se hace con la ciudad. Niños salvajes que viven en el metro y con un lenguaje compuesto de gruñidos en un regreso simbólico a las cuevas prehistóricas, edificios que se agrietan y arruinan lentamente, rumores que sustituyen a los canales de noticias, la humanidad que huye mientras la naturaleza recupera su lugar entre el cemento. No sabemos nada del colapso y aún así lo sentimos posible, una amenaza real, un primer gesto que se convierte en inercia y que acaba en el caos y el desorden. Hay palabras que pierden su significado: familia, burocracia, política, el lenguaje se degrada y los habitantes de la ciudad se escudan en la esperanza, vacua e inmadura, de que todo volverá a ser como antes de manera milagrosa. La narradora habla de aquella época de anarquía, la suponemos en un presente donde todo aquello pasó, donde hay una salvación o, al menos, un refugio. Pero sólo es una intuición, no una certeza. La voz que le otorga Lessing a esta mujer/testigo es profunda, inteligente, sorprendida. Y conmovida. A través de la ventana de su piso ve los cambios sin asumirlos (o sin saber cómo hacerlo), se pregunta si las migraciones al norte tendrán algún sentido, ya que nadie ha vuelto para decir qué hay allí, es la observadora inmóvil por la curiosidad, por descubrir cuál será el siguiente paso, qué será lo próximo que se apague. Pero no es este caos el que mueve a la narradora, sino la llegada de una niña de doce años de la que se hace cargo y sus incursiones dentro de la pared del salón, donde asiste a un mundo fértil compuesto por otras habitaciones, jardines y tiempos. Entonces, Lessing despliega una historia política, social y feminista. Es Emily, la niña de doce años, la protagonista de esta historia, su madurez temprana y la mujer en la que se convierte de manera prematura. La narradora se adentra en el mundo irreal tras la pared poblado por docenas de habitaciones desconocidas, ve la infancia de Emily junto a sus padres y hermano y los roles familiares enraizados en la cultura pasada y lo compara con la nueva época donde la burocracia, el orden, las viejas costumbres y el gobierno son líneas difusas. Emily pasa de la niñez a la edad adulta en apenas unos meses, tendrá el papel de madre y cuidadora, se enamorará de un muchacho que aspira a liderar y salvar a los niños salvajes del metro, se sentirá fatigada, sufrirá por un amor que “no era una puerta hacia nada, sino una puerta en sí misma” y tomará conciencia de una nueva naturaleza. Emily, la niña que llora como mujer (“que es como decir que la tierra está sangrando”), que se considera “fuente”, como la define la narradora, porque así la ven los hombres y los muchachos, que vive en los nuevos tiempos sin recordar aquellos años lejanos de bienestar y que asume el dolor atávico de las mujeres . Lessing consigue equilibrar el lenguaje poético de las incursiones tras la pared blanca de la narradora, donde cada paso está teñido de imágenes oníricas, con el tono reflexivo de una mujer que ve el mundo derrumbarse sobre sus cimientos y se pregunta por lo ocurrido, los cambios que están trasformando una comunidad y qué se puede esperar de esos cambios, su mirada certera y crítica hacia los años de pretendida prosperidad y las reflexiones sobre cómo reanudar la sociedad y la política tras el caos y transformarlas en una luz que alumbre un nuevo camino. Memorias de una superviviente, una novela política, revolucionaria, apocalíptica, surrealista.

Una última idea: la tentación de unir lecturas e iniciar una línea que empezase en Memorias de una superviviente y continuase por El muro de Marlen Haushofer y El cuento de la criada de Margaret Atwood, tres escritoras que imaginan el fin de una época de manera reflexiva y aguda, y donde lo importante es el papel de la mujer tanto en el mundo extinto como en el nuevo mundo. Mujeres que narran los cambios brutales e inesperados de una comunidad a través de sus diarios o sus memorias y hablan de una regresión a un pasado brutal, como Lessing o Atwood, o imaginan una reentrada en el paraíso (vallado con un muro invisible), donde la mujer se convierte en una solitaria Eva capaz de hacer suyo un mundo, en un inicio, inhóspito. Tres voces lúcidas, impetuosas e inteligentes.







Emily, con los ojos cerrados, las manos sobre los muslos, se meció hacia atrás y hacia delante y de un lado a otro, y lloró como llora una mujer, lo que es como decir que la tierra está sangrando. Estuve a punto de decir «como si la tierra hubiese decidido llorar a su antojo», pero esto restaría eficacia al hecho. Al escucharla, no podía hacer menos, sin duda, que rendir homenaje a la cualidad profunda del llanto de una mujer adulta cuando llora.
Quién más es capaz de llorar así. La mujer de edad, no. Las lágrimas de la anciana pueden ser dolorosas, pueden ser abyectas, tan terribles como podamos imaginar. Sin embargo, son lágrimas en las que la experiencia impide clamar pidiendo justicia, pues han aprendido demasiado y carecen de esa calidad abismal que recuerda un desangramiento. Un niño pequeño puede llorar como si toda la angustia y soledad del universo le pertenecieran exclusivamente, mas no es el dolor del llanto de una mujer lo que importa, no, es lo definitivo de esa aceptación de un mal. Allí estaba, como en aquel momento y como estaría siempre en el futuro, con los ojos cerrados, de los que caían lentamente las lágrimas, el cuerpo que se movía con lentitud, el pesar… el acto del duelo, eso es. Se ha enfrentado a un enemigo, se ha trabado lucha con él, pero se ha perdido una batalla, todo se ha derrumbado, todo se ha agotado, no queda nada, no cabe esperar nada… sí, a pesar mío, todo lo que escribo en este instante bordea la farsa, se oye con frecuencia una carcajada que es tan intolerable como las lágrimas. Seguí sentada mientras contemplaba a Emily, la mujer eterna, en su tarea de llorar. Hubiera querido poder alejarme, sabía que no tenía importancia alguna para ella que yo estuviese allí o no. Hubiera querido darle algo, reconfortarla, ofrecerle unos brazos abiertos, o… ¿una buena taza de té? (a su debido tiempo se la ofrecería). No, debía escuchar. Escuchar ese pesar, esa expresión de lo intolerable. «Qué cosa en el mundo —se habría preguntado quien la observara en aquel momento, marido, amante, madre, amigo, aun alguien que en un momento determinado hubiese llorado esas mismas lágrimas, pero en particular, desde luego, un marido o un amante— ¿qué puedes haber esperado de mí, de la vida, por Dios, que ahora lloras así? ¿No ves que es imposible, que eres imposible, que nadie podría haber recibido promesas suficientes como para justificar, siquiera, tales lágrimas… no lo ves?» Pero es inútil. Los ojos ciegos miran a través de uno, están viendo un enemigo ancestral que no es, gracias a Dios, uno mismo. No, es la vida, el azar, o el destino, una fuerza de este tipo, que ha golpeado a la mujer en lo más profundo del corazón, y allí permanecerá sentada siempre, balanceándose en su dolor arcaico y terrible, y los sollozos que desgarran su ser son uno de los pilares sobre los que debe descansar todo. Nada menos podría justificarlos.

( ... )

Estaba viendo a una mujer madura, una mujer que lo ha recibido todo hasta sentirse colmada, pero de quien se sigue pidiendo, exigiendo, a quien se sigue persuadiendo para que dé. Semejante mujer es en verdad generosa, sus fuentes y reservas están siempre repletas y siempre dispuestas a dar. Ama… sí, pero en alguna parte de su interior hay una inmensa fatiga. Lo ha conocido todo y no quiere nada más… pero ¿qué puede hacer? Se reconoce —los ojos de los hombres y de los muchachos se lo dicen— como fuente. Si no puede ser esto, no es nada. Por ello todavía piensa, porque todavía no se ha despojado de esa ilusión. Da, da, pero con el cansancio contenido y controlado… Por ello seguía acariciando la cabeza de Hugo, haciéndole el amor a sus orejas, murmurando palabras afectuosas pero sin sentido. Por encima de la cabeza de Hugo, la mirada de Emily se cruzó con la mía. Eran los ojos de una mujer madura, de unos treinta y cinco o cuarenta años… Nunca sufriría voluntariamente lo que había sufrido ya. Como la mujer de nuestra civilización extinguida, conoció el amor como una fiebre que era necesario sufrir, pasar. «Enamorarse», enfermedad que había que pasar, una trampa que podía llevarla a traicionar su propia naturaleza, su sentido común, sus verdaderas aspiraciones. No era una puerta hacia nada, sino una puerta en sí misma; como no era tampoco una norma para la existencia, era un estado, una condición, suficiente en sí misma, casi independiente de su objetivo… «estar enamorada». Si hubiese hablado de ello, lo habría hecho en términos semejantes a los que he utilizado. El hecho es que no deseaba hablar. Brotaba de ella la fatiga, la disposición a dar si era absolutamente necesario, a dar, pero sin convicción. Gerald, a quien había adorado, su «primer amor» acorde con la tradición, a quien había esperado, por quien había sufrido, pasado noches sin sueño, Gerald, su amante, ahora la necesitaba y la deseaba, por haber vivido ya el ciclo de sus propias necesidades; pero ella no tenía ahora la energía para levantarse y salir a su encuentro.
Doris Lessing. Memorias de una superviviente. Traducción de Mireia Bofill. Debolsillo.