Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Despachos de guerra. Michael Herr

Hay una escena de Despachos de guerra que me gusta especialmente. Los soldados sentados en la posta de un aeropuerto, bajo la lluvia, la espera y el agotamiento, los gestos alucinados o hastiados y los silencios entre hombres casi fantasmales, figuras borrosas que parecen acabadas, miradas que se pierden en un punto indefinido, más allá de cualquier horizonte, supervivientes temporales de un caos y un infierno desconocidos. Herr escribe sobre estos hombres para hablar de la guerra de Vietnam, detalla conversaciones, hábitos y rezos, describe, con una violencia seca, los combates, se detiene en vuelos en helicóptero sobre la selva, el enemigo invisible en las colinas, las aldeas arrasadas tras las batallas, los corresponsales que creen cubrir una guerra y, como escribe Herr, la guerra los cubrió a ellos, ser conscientes que también participaron en la locura.



Quizás aceptásemos las mutuas historias de por qué estábamos allí sin preguntarnos más: los soldados que «tenían» que estar allí, los «fantasmas» y civiles cuya fe corporativa les había llevado allí, los corresponsales a quienes arrastraban la curiosidad o la ambición. Pero había un punto en que se entrecruzaban todas las vías míticas, desde el más ínfimo sueño húmedo John Wayne a la más grave fantasía soldado-poeta y allí, en aquel punto, creo que todos sabían todo sobre los demás, todos verdaderos voluntarios. No es que no oyeras algún que otro rollo trasnochado sobre el asunto: Corazones y Mentes, Pueblos de la República, fichas de dominó que caen en cadena, mantener el equilibrio mediante la contención del eterno adversario; podías oír también lo otro, algún joven soldado que, con la mayor inocencia, decía: «Todo eso son cuentos, amigo, vinimos aquí a matar amarillos. Nada más». Lo cual en mi caso no era cierto en absoluto. Yo estaba allí para observar.
Charla acerca de encarnar una identidad, de recluirse en un papel, de la ironía: yo fui a cubrir informativamente la guerra y la guerra me cubrió a mí; una vieja historia, a menos, claro está, que nunca la oyeras. Yo fui allí con la ingenua pero honrada creencia de que uno debe ser capaz de mirar cualquier cosa, honrada porque la asumí y pasé por ella, ingenua porque no sabía, tenía que enseñármelo la guerra, que eras tan responsable por todo lo que vieses como por todo lo que hicieras. Lo malo era que no siempre sabías lo que estabas viendo hasta después, quizás años después. Que gran parte de ello nunca conseguía pasar en absoluto, que sólo quedaba almacenado allí en tus ojos. Tiempo e información, rock-and-roll, la vida misma, la información no está congelada, lo estás tú.
A veces, no sabía si una acción duraba un segundo o una hora o si la soñaba o qué. En la guerra más que en otro tipo de vida, no sabías realmente lo que estabas haciendo casi nunca, sólo actuabas, y puedes montarte luego el rollo que quieras al respecto, decir que te sentías bien o mal, que te gustaba o te repugnaba, que hiciste esto o aquello, lo bueno o lo malo; aun así, lo que pasó, pasó.


Si el Mando habla de la Misión y de porcentajes, Herr prefiere visibilizar a los soldados, que no se conviertan en un número sin rostro en los partes de bajas, habla de adolescentes que han visto demasiadas películas de guerra antes de plantarse en una tierra extraña, de soldados que se reenganchan porque la guerra los ha ganado, de las pequeñas manías que se convierten en creencias durante los combates, de la espera delante de una selva, de los cuerpos mutilados, de defensas inútiles en Je Sanj, marines dejados en mitad de la guerra como símbolo de resistencia época, y ofensivas furiosas, de helicópteros que surcan el aire, el único lugar donde domina el ejército americano, de las formas insólitas que adoptan los cuerpos de los muertos (soldados, civiles). El Mando como lo realmente invisible y desquiciado (una guerra que está ganada cada día, hasta la derrota final), los soldados como supervivientes.



Y por la periferia de aquel tema global de Vietnam, cuyos informes diarios hacían demasiado pesado, insoportable, el periódico de la mañana, perdida en los contextos surreales de la televisión, había una historia que seguía siendo tan simple como siempre: hombres cazando hombres, una guerra espantosa, toda clase de víctimas. Y había también un Mando que no lo creía así, que nos metía en trampas desastrosas basándose en cálculos ficticios de bajas y una Administración que creía en aquel Mando, una fertilización mutua de ignorancia, y una prensa que por tradición y objetividad e imparcialidad (por no mencionar los propios intereses) procuraba que todo ello ocupase su espacio. Era inevitable que una vez que los medios de difusión se tomasen las maniobras de distracción lo bastante en serio para informar de ellas, las legitimasen también. Los portavoces hablaban en términos que carecían ya de valor como palabras, frases sin la menor esperanza de significar algo en un mundo sensato, y si bien la prensa ponía en entredicho gran parte de aquello, todo se mencionaba. La prensa reseñaba (más o menos) todos los hechos, reseñaba demasiados hechos. Pero nunca hallaba medio de informar de veras de la muerte, que, por supuesto, era, en realidad, la base de todo. Las pretensiones más repugnantes y descaradas de santidad en medio de la escabechina, recibían tratamiento serio en los periódicos y en los demás medios de difusión. La jerga utilizada restallaba en el cráneo como una andanada interminable, y cuando conseguías abrirte paso entre los cuentos de Washington y los cuentos de Saigón, todas las historias de la Otra Guerra y las de la corrupción y las de los súbitos y nuevos avances del ARVN, el sufrimiento te dejaba, en cierto modo, indiferente. Y después de suficientes años así, tantos que parecía que aquello había existido siempre, llegaba un momento en que podías sentarte allí al anochecer y oír a aquel hombre decir que las víctimas norteamericanas de la semana habían sido las más bajas de las últimas seis, que sólo habían muerto en combate ochenta marines, y tener la sensación de que acababas de hacer un buen negocio.


Saigón y los corresponsales forman parte importante de la novela. Las habitaciones de hotel, los encuentros entre corresponsales, las explosiones lejanas que se acercan poco a poco, Saigón como punto de regreso de la batalla antes de volver a ella. Herr retrata a reporteros como Dana Stone y Sean Flynn (hijo de Errol Flynn), que desaparecieron en la guerra, reporteros que tienen la misma mirada abismada de los soldados, que sacan fotos o escriben reportajes con urgencia, uno tras otro, la idea de llegar al otro lado del mundo con la realidad de los combates.

Herr colaboró con Coppola y Kubrick en sus películas sobre Vietnam. Es en Despachos de guerra donde aparece el lema Nacido para matar en el casco de un soldado y el símbolo de la paz, donde los helicópteros atacan aldeas y trasladan heridos (que son tumbas flotantes, helicópteros que transportan tantos muertos que no hay bolsas que cubran a todos), donde los soldados escuchan rock y fuman hierba como evasión de la locura, donde junto a corresponsales decididos hay otros suicidas o incluso llegan al nivel de simple turistas, la guerra de Vietnam como la primera con un despliegue periodístico brutal. Herr no sólo asiste a la guerra, participa en ella. Y es eso, su participación voluntaria, que esté de manera libre en los combates, lo que extraña a los soldados, lo que hace que lo busquen para que cuente la realidad, sin florituras ni mentiras. Despachos de guerra puede ser tomado tanto como relato periodístico como diario de un hombre en Vietnam.



Todos los demás que iban en el camión, tenían aquella expresión desquiciada y angustiada camino-del-Oeste que decía que era perfectamente correcto estar allí, donde la lucha sería más dura, donde no tendrías ni la mitad de lo que necesitabas, donde hacía más frío del que jamás hubiera hecho en Vietnam. En los cascos y en los chalecos antibalas habían escrito los nombres de viejas operaciones, de novias, sus nombres de guerra (MÁS ALLÁ DEL VALOR, VENGADOR y, MECANISMO POCO SEGURO), sus fantasías (NACÍ PARA PERDER, NACÍ PARA ARMAR LA DE DIOS, NACÍ PARA MATAR, NACÍ PARA MORIR), su información presente (SORBOS DE INFIERNO, EL TIEMPO ESTÁ DE MI PARTE, SOLO TÚ Y YO, DIOS, ¿VALE?). Me llamó un chaval, «¡Eh amigo! ¿Quieres que te cuente una historia? Escucha, escribe esto: Yo estuve allá en la 881, esto era en mayo, andaba por allí por aquella loma igual que un artista de cine, y aquel zip va y salta y se me echa encima y me coloca su maldita AK-47, sólo que se quedó tan asombrado ante mi temple que le metí todo el cargador en la barriga antes de que supiese como agradecérmelo. Me lo cargué, sí». Después de veinte kilómetros de esto, pese al lúgubre y turbio cielo que se extendía delante, pudimos ver humo que venía del otro lado del río, de la Ciudadela de Hue.


Despachos de guerra es miedo y muerte y psicosis, y junto a Las cosas que llevaban de Tim O´Brien, lo mejor que he leído sobre Vietnam.








Una vez que fui de Cam Lo a Dong Ja en un Chinook, me senté junto a un marine que sacó una Biblia de la mochila y empezó a leer, antes incluso de que despegáramos. Llevaba una pequeña cruz dibujada a bolígrafo en el chaleco antibalas y otra, menos notoria aún, en el forro del casco. Tenía una pinta rara para ser un marine que estuviese combatiendo en Vietnam. Por una parte, no estaba bronceado en absoluto, por muchos meses que hubiese pasado al sol, sólo estaba rojo y lleno de ronchas, pese a tener el pelo oscuro. Estaba también bastante gordo, debían sobrarle ocho kilos lo menos, aunque por las botas y por el uniforme se notaba que había pateado lo suyo. No era ayudante de capellán ni nada parecido, sólo un soldado gordo, pálido y religioso. (No encontrabas muchos que fuesen profundamente religiosos, aunque te pareciese lógico en principio que hubiera, con tantos chavales del sur y del medio oeste, de granjas y pueblecitos). En cuanto nos instalamos, empezó a leer, enfrascándose en la lectura, y yo me volví hacia la puerta, a contemplar la interminable sucesión de gigantescos hoyos que salpicaban el terreno, las enormes cicatrices que había donde el napalm o las sustancias químicas habían roído la capa vegetal. (Había un equipo especial de las Fuerzas Aéreas que realizaba misiones de defoliación. Les llamaban los Peones del Rancho, y su consigna era: «Sólo nosotros podemos evitar que haya bosques»). Cuando saqué cigarrillos y le ofrecí uno, alzó la vista de la Biblia y lo rechazó con un gesto, soltando aquella risa brusca y sin objeto que indicaba claramente que aquel marine había visto mucha acción. Quizás hubiese estado incluso en Je Sanj, o en la 861 con la Novena. No creo que se notase que yo no era marine, porque llevaba puesto un chaleco antibalas de la Infantería de Marina que me tapaba las placas de identificación que llevaba cosidas al uniforme, pero consideró mi oferta de tabaco una cortesía y quiso corresponder. Me pasó la Biblia abierta, riendo casi entre dientes ya, indicándome un pasaje de los Salmos, 91:5, que decía:

No habrás de temer al miedo de la noche; ni la saeta que vuela de día.
Ni la pestilencia que vaya en las tinieblas; ni la mortandad que asola al mediodía.
Caerán mil a tu lado, diez mil a tu derecha; no caerás tú.

Vale, pensé, es bueno saberlo. Y escribí «¡Magnífico!» en un trozo de papel y se lo pasé, y él alzó el pulgar, estaba de acuerdo. Volvió al libro y yo volví a la puerta, pero tuve todo el viaje hasta Dong Ja el impulso maligno de recorrer los Salmos y encontrar un pasaje que ofrecerle, uno que hablase de los mancillados por sus propias obras, los reducidos a necia idolatría por sus propios inventos.
Michael Herr. Despachos de guerra. Traducción de J. M. Álvarez Florez y Ángela Pérez. Anagrama.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Torborg Nedreaas en Nada crece a la luz de la luna

Escucha. Se trata solamente de una pequeñez que iba a mencionar. Recordarás que dije que nos encontramos a alguien en el camino. No, no… No es nada traumático ni nada por el estilo. Sólo algo en lo que pensé entonces o poco después. Venían esos jóvenes sindicalistas de Gruben, cantando. Él dijo: «Vaya unos cabrones». Al pasar a su lado, no les miramos. No, en realidad nunca les hemos mirado. Pero yo pensé en ellos, en que estaba cantando. ¡Porque aquello sí que era cantar! Y me percaté de que los envidiaba. Pensé que ninguno de ellos podía estar pasándolo mal. Hay distintas maneras de cantar, ¿no?
Era la canción de los invulnerables. ¡Oh! ¿Qué había en el fondo de su canción? ¿Puede una política seca e inhumana ―sí, escucha esa palabra tan rimbombante―, puede proporcionar calor a los jóvenes corazones y brillo a los jóvenes ojos y darle la letra que hay en su canción si no hubiera nada más… si su lucha no fuera una lucha por la humanidad? ¡Oh! ¡Ojalá alguien me hubiera respondido antes a eso!
Porque ya es demasiado tarde. ¿No es extraño que la mayoría de la gente esté de acuerdo en que hay algo que va tremendamente mal pero, a la hora de la verdad, no quieren que se produzca cambio alguno? Sí, había socialistas en Gruben y querían cambios para que las cosas mejoraran y fueran más justas… Pero quienes querían realizar cambios y hacer realmente algo para arrancar el mal desde la raíz eran odiados como la peste. A aquellos jóvenes que representaban a la única juventud que trabajaba para dar cumplimiento a nuestros deseos y anhelos ni los mirábamos.
Pero ellos cantaban. Sí, cantaban, y su canción me marcó y se ocultó en algún lugar de mí, resonando desde entonces en mi interior. Pero ya es demasiado tarde… para .
¿Sabes lo que me dijo un hombre una vez?... No, ya se desbocan mis pensamientos, pero quiero contarte lo que un hombre me dijo una vez. Me dijo: «Nada crece a la luz de la luna». Bueno, me desespero terriblemente porque no consigo expresar lo que quiero que entiendas ahora… Tenemos demasiado miedo a que nos dé directamente la ardiente luz del sol. Anhelamos el sol, pero nos sentimos más seguros bajo la luz de la luna. Lo entiendes, ¿verdad? En fin, tal vez lo entiendas cuando esta noche haya acabado.
Una vez vi a una chica ―una puta― agachándose para recoger unos billetes. No quería ese dinero. Decía que quería tirárselo a la cara del que se lo había arrojado a ella. Pero los metió en su bolso a gran velocidad. Sí, vi sus manos. Y también vi sus ojos, sus airados ojos de puta. Dijo lo peor que podía decir, que era una zorra. Pero vi sus manos. Eran muy veloces, y muy pobres, y con ellas metía un dinero sucio en su bolso porque no podía permitirse arrojarlo a la cara de nadie, ni podía permitirse un poco de orgullo.
Torborg Nedreaas. Nada crece a la luz de la luna. Traducción de Mariano González Campo. Editorial Errata naturae.

martes, 13 de diciembre de 2016

El espíritu de la ciencia-ficción. Roberto Bolaño

El espíritu de la ciencia-ficción puede verse como un bosquejo de Los detectives salvajes, están las colonias y las avenidas mexicanas, están los adolescentes poetas y detectives, están los talleres y premios literarios, las investigaciones, las entrevistas y los primeros amores, están las madres espirituales de los poetas, los encuentros en habitaciones donde está la promesa de algo por descubrir, están los malditos y los desaparecidos y la luz que cambia sobre la ciudad y envuelve a los personajes, están la escritura fragmentaria y la voz a veces tierna, a veces febril, a veces intensa de alguien que recuerda un momento casi mítico, un instante que podría definir una vida entera. El problema de El espíritu de la ciencia-ficción es que es un boceto, algo que no acaba de ser una novela, que es difuso, con altibajos constantes y que no cristaliza (me podría agarrar a la poesía de lo inacabado, de los espacios en blanco, de imaginar el resultado final a partir de una lectura incompleta, de volver a Bolaño y su escritura antes del mito).

Historias fragmentadas. Una entrevista al ganador de un concurso literario, un poeta chileno en México, otro poeta encerrado en una habitación y que escribe una carta tras otra a escritores vivos de ciencia-ficción. Bolaño pasa de una historia a otra, esboza sus lugares comunes, mezcla personajes y voces (aunque parecen una misma voz, la del escritor ganador del concurso, la del poeta chileno, la del escritor de cartas, álter egos de Bolaño, piezas de un mismo personaje). Y es ahí donde esta novela gana puntos, en el reconocimiento del lector habitual de Bolaño, en sentir que vuelve a un mundo conocido pero sin el armazón de sus futuras novelas, los momentos donde la escritura es una mezcla de humor, ternura y rabia, el ritmo que se dispara, los monólogos febriles sobre literatura y México, historia iniciática donde se habla del descubrimiento del primer amor y del primer sexo (entonces, gana para los seguidores de Bolaño).

Se habla en el prólogo del arcón de Bolaño y las novelas que aún quedan inéditas, la alegría por esos (re)encuentros, porque aún no haya un final y porque esas novelas agrandarán el mito Bolaño y se podrá estudiar en profundidad y de manera completa su obra. Mientras leía El espíritu de la ciencia-ficción, me preguntaba si Bolaño no acabará siendo devorado por sus novelas inéditas, si no será un autor que verá sus mejores trabajos enterrados en otros que no son más que bocetos, si no acabarán por convertirlo en uno de esos poetas y escritores malditos y desarraigados de algunas de sus novelas.

Hay algo que sí me atrae de este boceto de Bolaño. El ambiente extraño, entre sueño, fantasía y realismo, la sensación de estar en un mundo de ciencia-ficción. También, las cartas que Jan Schrella escribe a sus autores de ciencia-ficción favoritos y su decisión de vivir encerrado en una buhardilla, una especie de poeta adolescente maldito. Y los detectives que forman Remo, poeta chileno, y José Arco, su búsqueda de una lista completa de las revistas poéticas y la idea de que tras ellas hay una revolución oculta, una especie de Belano y Lima. El capítulo final, Manifiesto mexicano, ya apareció en La Universidad Desconocida, y tal vez sea lo mejor del boceto, los baños públicos mexicanos y Remo y Laura dos amantes difuminados entre el vapor, lo único que Bolaño salvó en vida.

Me gustan la escritura y el mundo de Bolaño, hay algo que me seduce en ellos, y es por eso que seguiré con la lectura de estos manuscritos, por encontrarme sus fragmentos febriles entre el vacío, la repetición, el aburrimiento o la endeblez de parte de sus bocetos.






Pensé que era una escena ideal alrededor de la cuela podían girar las imágenes o los deseos: un joven de un metro setenta y seis, con jeans y camiseta azul, detenido bajo el sol en el bordillo de la avenida más larga de América.
Esto quería decir que por fin estábamos en México y que el sol que me apuntaba por entre los edificios era el sol del DF tantas veces solado. Encendí un cigarrillo y busqué nuestra ventana. El edificio donde vivíamos era gris verdoso, como el uniforme de la Wermacht había dicho Jan tres días atrás, al encontrar el cuarto. En los balcones de los departamentos se veían flores, más arriba, más pequeñas que algunas macetas, estaban las ventanas de las azoteas. Estuve tentado de gritarle a Jan que se asomara a la ventana y observara nuestro futuro. ¿Y luego qué? Largarme, decirle me voy, Jan, traeré paltas para la comida (y leche, aunque Jan odiara la leche) y buenas noticias, súper cabro, el equilibrio inmaculado, el pato perpetuo en las antesalas del gran trabajo, seré reportero estrella de una sección de poesía, teléfonos no me faltaban.
Entonces el corazón comenzó a martillar de una forma extraña. Pensé: soy una estatua detenida entre la pista y la acera. No grité. Me puse a andar. Segundos después, cuando aún no salía de la sombra de nuestro edificio, o del tejido de sombras que cubría ese tramo, apareció mi imagen reflejada en las vitrinas del Sanborns, extraña copia mental, un joven con una camiseta azul destrozada y el pelo largo, que se inclinaba con una extraña genuflexión ante las alhajas y los crímenes (pero qué alhajas y qué crímenes, de inmediato lo olvidé) con panes y paltas, que en adelante y para siempre llamaría aguacates, entre los brazos, y un litro de leche Lala, y los ojos, no los míos sino los que se perdían en el hoyo negro de la vitrina, empequeñecidos como si de golpe hubieran visto el desierto.
Me volví con gesto suave. Lo sabía. Jan estaba mirándome asomado a la ventana. Agité las manos en el aire. Jan gritó algo ininteligible y sacó medio cuerpo fuera. D un salto. Jan respondió moviendo la cabeza de atrás hacia adelante y luego en círculos cada vez más rápidos. Tuve miedo de que se tirara. Me puse a reír. La gente que pasaba se me quedaba mirando y luego levantaban la vista y veían a Jan que hacía el gesto de sacar una pierna para patear una nube. Es mi amigo, les dije, llevamos pocos días aquí. Me manda ánimos. Voy a buscar trabajo. Ah, pues qué bien, qué buen amigo, dijeron algunos y siguieron su camino sonriendo.
Pensé que nunca nos pasaría nada malo en aquella ciudad tan acogedora. ¡Qué cerca y qué lejos de lo que el destino me deparaba! ¡Qué tristes y transparentes son ahora en mi memoria aquellas primeras sonrisas mexicanas!
Roberto Bolaño. El espíritu de la ciencia-ficción. Editorial Alfaguara.

martes, 6 de diciembre de 2016

hogueras

Buscábamos ramas caídas en la oscuridad bajo los árboles e imaginábamos selvas birmanas, los peligros de enemigos invisibles y serpientes reptadoras. Volvíamos con magulladuras y un pequeño hatillo de ramas y el orgullo de haber resistido en un paraje hostil contra un ejército de fantasmas. O recogíamos los restos de viejos muebles tirados en la calle y los libros rotos y amarillentos que enseñaban a escribir cartas comerciales y postales de felicitación en un lenguaje que sentíamos de un tiempo extinto. Apilábamos ramas, muebles y libros en la tierra y esperábamos la noche de la hoguera. A veces aparecía un colchón en la pila y sabíamos que los muelles humearían entre las cenizas a la mañana siguiente, el único que el fuego no podría consumir.
Nos llamábamos a los timbres de casa para bajar a la calle y esperar el anochecer. Sería una noche sin relojes ni tiempo, sin más normas que la de no acercarse demasiado a la hoguera. Nos sentábamos en los bordillos y hablábamos de nuestros planes de verano, los viajes y los pueblos que nos esperaban, los días donde se borraría la noción del tiempo y nuestros cuerpos se volverían sucios y morenos. Aquella noche era el final de un curso y el inicio del verano y el fuego una frontera. 
Recuerdo una sombra negra que iniciaba la hoguera, el crepitar de las primeras llamas, el humo entre la madera. Mirábamos sorprendidos las figuras del fuego hacia el cielo y creíamos ver caras y señales del futuro. Volvíamos a casa y nuestra ropa olía a humo, nos despedíamos hasta la mañana, cuando saltaríamos sobre la ceniza gris y negra y sentiríamos una esperanza extraña en el verano, en un tiempo antes de consumirnos y convertirnos en esa ceniza bajo nuestros pies.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Lección de alemán. Siegfried Lenz

Las alegrías del deber. Como tema de una redacción. Y un muchacho que se ve desbordado y no encuentra un inicio y se acumulan recuerdos y personas y tiempos en un mismo punto, el bloqueo de no saber dónde y cómo empezar, el castigo en una celda hasta presentar su redacción al director del reformatorio en el que vive encerrado, las vistas de su habitación al Elba y a las otras islas donde cambian la luz y el paisaje y las estaciones y los buques rompen el hielo o se dirigen a otras tierras, y ese castigo, escribir en soledad la redacción hasta terminarla, se convierte para Siggi en memoria, búsqueda de una cierta verdad y confrontación, en intentar unir los pedazos de quien fue y tratar de recomponerlo en una imagen nítida y completa, en la imposibilidad de un final cerrado.

Hay lecturas que son una lucha. Por su gusto por el detalle, por su cambios de ritmo e interés, por aquello que se esconde bajo la superficie, por pasar de páginas brillantes a otras aburridas y lentas (en el peor sentido de la palabra). Lección de alemán es deslumbrante en su mayor parte, y, también, tediosa por momentos, y es en esos vaivenes donde se produce la mayor lucha (el seguir adelante cuando no capta mi atención). Pero es en su descripción del deber y la obediencia en tiempos de guerra, en su excepcional acercamiento al carácter obsesivo y maniático de un pueblo, donde gana. Y lo hace con una escritura detallista y poética, donde los recuerdos parecen bocetos de un cuadro o algo entrevisto por el rabillo del ojo que, con el tiempo, forma una imagen completa.

Lección de alemán es un muchacho ante un puñado de cuadernos, una habitación y el castigo de terminar una redacción que entregó en blanco. El tema, las alegrías del deber, lleva a Siggi a los paisajes y personajes que el pintor Nansen retrata y transforma en sus cuadros, la península, el mar del Norte, el horizonte grisáceo, las caras de familias y vecinos transformadas en seres extraños y mitológicos que representan temor, dudas, ira, luz, al puesto de policía que comanda su padre, un hombre recto y estricto que se asemeja al gran hermano de la zona y que recibe la misión de vigilar al pintor, prohibirle pintar por considerar los mandos nazis su arte como degenerado. Es ahí, en la obediencia estricta más allá de la cordura del policía, donde se encuentra lo mejor de Lección de alemán.

Vonnegut recordaba una conversación con Heinrich Böll donde el escritor alemán le confesaba que la obediencia era el peor de los defectos de su pueblo. Lenz, a través del juego del gato y el ratón que inician el pintor y el policía, muestra cómo fueron posibles las atrocidades nazis por culpa, entre otros motivos, de esa obediencia y fe ciega en el poder y la palabra del superior, ninguna reflexión, ninguna duda, el policía que acata las ordenes y vigilará y perseguirá al pintor más allá de todo límite, incursiones nocturnas, búsqueda de bosquejos y cuadros, quema de toda obra del pintor, el padre de Siggi un implacable servidor de un régimen al que no cuestiona, su forma de actuar más allá de las dudas y la reflexión, los gestos mecánicos, sin culpabilidades, un hombre cuya obediencia excede el tiempo de guerra, que lleva su mandato más allá del tiempo establecido, a pesar de recuperar el pintor sus libertades, de saber que aquellos cuadros degenerados fueron confiscados para financiar la guerra. Hay momentos donde su obediencia es tragicómica, como en la llegada de los primeros tanques a la zona y el padre de Siggi que forma con cuatro hombres la vigilancia de caminos y la resistencia a todo un ejército.



«Se comenta que vas detrás de él», dijo el cartero. «¿Detrás de él? ―dijo mi padre―. ¿Qué quiere decir que voy detrás de él? Le transmití lo que se había dispuesto contra él… Es mi trabajo.» «Se comenta ―dijo el cartero― que no le quitas ojo ni de día ni de noche, incluso en la oscuridad.» «Tengo que vigilar que cumpla con la prohibición de pintar», dijo mi padre escuetamente. Y Okko Brodersen, que estaba preparado para esta respuesta: «Se comenta que haces más de lo necesario. En todo caso, más de lo que te exige cumplir con tu deber de policía.» «Vosotros no tenéis ni idea de lo que ellos esperan de mí», dijo mi padre. «No ―dijo el cartero―, puede que no lo sepamos, pero todos creen estar informados de lo que tú esperas de ti mismo en este asunto. Dicen que has tomado iniciativas propias.» El policía del puesto de Rugbüll se encogió de hombros y miró con serenidad a aquel hombre al que era fácil encontrar a su lado en varias de las fotografías de su despacho, incluso en la ovalada en la que el artillero aparecía arrodillado junto a su obús. Después cerró los ojos, reflexionó y se tomó su tiempo antes de decir, más o menos: «Yo tengo mi misión, y él la suya. Ya le he explicado lo que no puede hacer y él me ha explicado lo que seguirá haciendo. No puedo permitir excepciones, pero él se ha empeñado en ser la excepción. Díselo a todos aquellos que tanto comentan. Vuelve tranquilo con ellos y explícales que los dos hacemos nuestra parte: él y yo. Que ya nos hemos dicho todo lo que nos teníamos que decir y que cada uno conoce las consecuencias que pueden tener sus actos.»


Siggi tiene problemas para centrar su redacción. Se acumulan personajes y paisajes, el camino del puesto de policía a la casa del pintor, el viejo molino que usa como escondite, los cuadros del pintor, la bicicleta del padre y el padre mismo con fiebres y videncias, el cartero manco, la madre hierática, el tabernero que fracasa en cualquiera de sus proyectos, los atisbos de la guerra que llegan del mar y el aire. Encerrado durante meses en una habitación, se parece a su padre al llevar su deber hasta el límite. Siggi está dividido entre la figura paterna, minuciosa y estricta y que le ordena vigilar al pintor, y el mundo imaginario del pintor, un hombre extraño y amable (y furibundo a veces) que transforma el mundo que le rodea en imágenes y trazos vigorosos y que seguirá pintando a pesar de la prohibición de la prohibición nazi (e inventará una serie de cuadros invisibles, lienzos o bosquejos que guardan pequeñas señales donde deberían ir una luz, la confluencia del mar con el horizonte, un personaje). El enfrentamiento entre ambos pone a Siggi en una encrucijada, el mandato del padre, los días en el taller del pintor que realmente iluminan su infancia.

Lección de alemán avanza entre los recuerdos de Siggi y los cambios de estación que se ven desde su habitación, la distancia con la que se enfrenta a su pasado y la forma progresiva donde algo extraño enraíza en él, la lucha entre la obediencia al padre y su cercanía con el pintor. Siggi intentará cumplir ambas y algo se resquebrajará en él, acabará por ver una pequeña llama en los cuadros del pintor que le obligará a robarlos y ponerlos a salvo de la quema.

Hay algo más que este enfrentamiento, están los caminos, aquellos que unen el puesto de policía con la casa del pintor, que pasan por el dique, el viejo molino semiderruido, las granjas o bajan al mar del Norte, que llevan a Siggi fuera de su paisaje hasta las diferentes escuelas por las que pasa, caminos donde se extiende una luz y una línea que Siggi recuerda cambiantes y extrañas, caminos de tierra que guardan historias.



Incluso cuando ya me había familiarizado tanto con el camino que habría podido recorrerlo con los ojos cerrador, los trayectos de ida y vuelta a la escuela de Glüserup jamás me llegaron a aburrir, ni siquiera cuando me tocaba pedalear exhausto contra el viento. Nada se movía de su lugar, pero los cambios de la luz y del cielo hacían que cada pareciera diferente del anterior. ¡Cuántas sorpresas deparaba ya solo el mar del Norte, que a la ida aún se presentaba calmado y dormido, lamiendo la playa, pero al regresar lanzaba temblorosas olas de tinta turquesa contra las tablas del dique! O las granjas, a veces tan modestas y condenadas a permanecer bajo cortinas de lluvia, perdidas en el gris de fondo, para después, cuando un blanco lechoso las iluminaba, o cuando resplandecían los prados delante o detrás de las fincas, aparecer amplias y seguras de sí mismas, con el humo del mediodía saliendo de las chimeneas. O el viento, que a veces silbaba a través de las radios de la bicicleta, demostrando así su satisfacción cuando me encontraba en apuros. Ese mismo viento que después te arrojaba una ráfaga de lluvia a la cara o hacía que la manta de agua temblara y me golpeara o trataba de tirarme al suelo en el dique. ¡Cómo cambia todo aquí, en cuestión de días, incluso de horas, y qué a menudo se puede reflexionar sobre las diferencias, incluso con excitación, si uno quiere!


Lenz se acerca a un pequeño pueblo alemán para hablar de obediencia y falta de escrúpulos, una manera admirable de retratar la Alemania de la segunda guerra mundial.

(Una última cosa. Hay, al menos, una docena de erratas a lo largo de la novela, comillas que no se cierran, ardid por ardió, el algunos casos por en algunos casos, algo que me extraña en una editorial de calidad como Impedimenta).








El comisario del Land quiso saber si el pintor había estado en Londres alguna vez. No, nunca había estado, y dudaba también de si podría ir algún día. Antes hubiera viajado con gusto, pero ahora… Además, tenía algo contra las grandes ciudades, todavía. Y, por otro lado, aquí, entre Glüserup y la carretera de Husum, todavía le quedaban muchas cosas por descubrir. Jamás lograría captar del todo este pedazo de tierra y a su gente, pero iba a tratar de ir un poco más allá en esa comprensión. El general se interesó entonces por saber si una gran ciudad no sería más interesante para desarrollar su trabajo de artista, y el pintor contestó algo que no olvidaré jamás: «Las grandes ciudades que necesitamos se encuentran en nuestro interior, en nosotros mismos. Mi metrópoli está justo aquí. Aquí tengo todo lo que necesito, e incluso más. Los pocos años que me queden no me alcanzarán para contarlo todo sobre este pedazo de tierra, y me refiero solo a aquello que merece la pena contar. Ya con la población de este lugar, con su tierra, su aire, con los pantanos durante la noche o la playa… Y la manera de aguzar el oído de estos habitantes cuando el cielo está oscuro, su miedo, sus rostros, su forma lenta de pensar o ese modo en que dirimen sus conflictos con la ley, ¿no, Jens?».
Mi padre se irguió con un sobresalto y miró al pintor sin comprender. «Me refería dijo el pinto a mi padre a lo que tú, por tu experiencia, has comprobado de la gente de aquí. No creo que de una gran ciudad se pueda contar tanto. Aquí se encuentra cuanto existe en el mundo, ¿o me equivoco?» E hizo una pausa. Todos esperaban una respuesta, o al menos una confirmación por parte de mi padre. Le miraban fijamente. Pero el policía del puesto de Rugbüll no pronunció una sola palabra. Se limitó a asentir.
Siegfried Lenz. Lección de alemán. Traducción de Ernesto Calabuig. Impedimenta.