Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

lunes, 1 de enero de 2018

Años luz. James Salter

Es el tiempo y la luz lo que rodea a los personajes de Años luz, el tiempo que transcurre rápido y sin estridencias y los arrastra hacia un futuro temido sin que se den cuenta, la luz que cambia en cada estación y pasa de una claridad a veces cegadora a la penumbra y el caos. Ese tiempo y esa luz avanzan por las vidas de Viri y Nedra y los arrolla o los acuna, dejando a ambos con un poso de tristeza y de algo incompleto, de un conocimiento que llega tarde: la valentía como motor de una vida libre.

Años luz es la lucha de Nedra por alejarse de su vida acomodada junto a Viri, sus amantes que la complementan y la llenan de vida y la ausencia palpable cuando se marchan, sus viajes a Nueva York para encontrarse con una realidad electrizante tan diferente de su familia, el sueño de Europa que es el sueño de una vida de conocimientos, viajes y amores. Y es la lucha de Viri por ser un famoso arquitecto y por conservar su vida, la falta de valentía para afrontar los cambios y buscar algo que lo impulse a nuevos estadios. El matrimonio de Viri y Nedra como una apacible luz de atardecer, un amor ya consumido, los gestos cotidianos en las cenas y los encuentros con los amigos, los deseos que ante los demás parecen ir parejos pero que en la intimidad muestran la distancia entre ambos, los momentos donde el matrimonio renace en veranos familiares y parecen volver el uno al otro, un hombre, una mujer y dos niñas que forman una comunidad secreta, una felicidad plena. El tiempo agranda las grietas y separa a los cónyuges y muestra las vulnerabilidades y las disonancias que les definen, la vida que creen vivir y la que realmente están viviendo.


Su vida es misteriosa, es como un bosque; desde lejos parece una unidad que es posible comprender y describir, pero más cerca empieza a separarse, a disolverse en luz y sombra de una densidad que ciega. Dentro de esa vida no hay forma, sólo un detalle prodigioso que llega a todas partes: sonidos exóticos, astillas de luz solar, follaje, árboles caídos, animalillos que huyen al oír el crujido de una rama, insectos, silencio, flores.
Y todo ello, dependiente, estrechamente entretejido, todo eso es engañoso. Hay en realidad dos clases de vida. Hay, como dice Viri, la que la gente cree que estás viviendo y hay la otra vida. Es esta otra la que causa el problema, la que anhelamos ver.

Salter realiza algo difícil y hermoso en Años luz. Muestra el devenir de una pareja en apariencia feliz y describe los claroscuros de su relación, los instantes donde alcanzan entendimiento y felicidad y los momentos donde la separación de sus mundos es enorme, la búsqueda de libertad de Nedra frente a la comodidad de Viri. Salter habla de la pasión y el amor como de la luz, algo que nos ciega, algo que nos muestra lo que está oculto, algo que es bello y triste a la vez. Y esa es la mejor manera que tendría para definir esta novela, algo bello y triste, la vida que pasa y qué somos capaces de hacer con ella, si somos sinceros y valientes o nos dejamos arrastras únicamente por el tiempo sabiendo que es una cobardía.

Hay un momento crucial en la novela, la asunción de Nedra del pasado como algo borroso y la imposibilidad de revivir las emociones que en otros tiempos eran fuertes y seductoras, y es ahí donde se naufraga si se queda atrapado al sentimiento de pérdida o se sobrevive al saberse libre e independiente.


¿Adónde va?, pensó, ¿adónde se va?
La desconcertaban las distancias de la vida, todo lo que se perdía en ellas. Ni siquiera lograba recordar —no llevaba un diario— lo que le había dicho a Jivan la primera vez que almorzaron juntos. Se acordaba sólo de la luz del sol que la incitaba al amor, la certeza que sentía, el vacío del restaurante mientras hablaban. Todo lo demás se había erosionado, ya no existía.
Las cosas que ella creyó imperecederas —imágenes, olores, el modo en que él se ponía la ropa, los actos profanos que la habían pasmado— se oscurecían ahora, se tornaban falsas.

Salter encuentra en esta pareja en apariencia modélica una forma de hablar de la búsqueda de la felicidad, de nuestros sueños y anhelos, del paso del tiempo y los cambios que traen, de llegar al instante donde descubrimos que no estamos a merced de nadie. Años luz es una gran novela.










No hay una vida completa. Hay sólo fragmentos. Hemos nacido para no tener nada, para que todo se nos escurra entre los dedos. Y, sin embargo, esta pérdida, este diluvio de encuentros, luchas, sueños... hay que ser irreflexivo, como una tortuga. Hay que ser resuelto, ciego. Porque cualquier cosa que hagamos, incluso que no hagamos, nos impide hacer la cosa opuesta. Los actos demuelen sus alternativas, he aquí la paradoja. La vida, por tanto, consiste en elecciones, cada cual definitiva y de poca trascendencia, como tirar piedras al mar. Hemos tenido hijos, pensó; nunca podremos no tener hijos. Hemos sido mesurados, jamás sabremos lo que es despilfarrar nuestra vida...

***

Yacía solo entre las sábanas de la cama todavía caliente. Se había subido las mantas hasta la cintura, notaba algo mojado, denso y frío debajo de una pierna; solo en aquella ciudad, solo en aquel mar. Los días se desperdigaban alrededor, estaba ebrio de días. No había logrado nada. Tenía su vida —no valía gran cosa—, que no era como una que, aunque consumada, hubiese sido realmente notable. Si hubiese tenido el valor, pensó, si hubiese tenido fe. Nos protegemos como si eso fuera importante, y siempre lo hacemos a expensas de otros. Nos acaparamos. Triunfamos si ellos fracasan, somos sabios si ellos son necios, y seguimos adelante, aferrados, hasta que no queda nadie, hasta que no nos queda más compañía que Dios. En quien no creemos. De quien sabemos que no existe.
James Salter. Años luz. Traducción de Jaime Zulaika. Ediciones Salamandra.

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