Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

viernes, 17 de febrero de 2017

trenes

En aquella época vivíamos en un pequeño apartamento junto a la estación de tren. Los sábados por la mañana salíamos a desayunar a la estación y mi mujer me contaba sus sueños antes de olvidarlos. Yo me quedaba en silencio y seguía los gestos de su mano para remarcar una palabra, tsunami, sombras, sótanos, hogueras. Mi mujer intentaba unir cada imagen del sueño con una emoción o un recuerdo lejano. Y a veces lo conseguía. Entonces, una sonrisa de triunfo y la madeja de su infancia un poco menos liada.
Nos gustaba el ajetreo de la estación, el ruido de pasos y maletas en el suelo, el murmullo constante de las conversaciones que nos adormecía, los abrazos en los encuentros y las últimas palabras en las despedidas, las tiendas asépticas y la rapidez una estela visible, las palomas cojas que pasaban a centímetros de nuestra cabeza y cuyo aleteo nos recordaba al viento entre el trigo, sentir que cada persona tenía un destino y sabía el lugar que ocupaba en ese instante y el lugar al que quería ir, nosotros como espectadores fuera del tiempo, ellos un camino recto y marcado. Sentados en la estación, la vida parecía tener un sentido que desconocíamos. Había una teoría que aseguraba que el observador cambiaba el objeto observado y nos preguntábamos qué habíamos cambiado en todas aquellas figuras que pasaban ante nosotros, si habríamos modificado algún deseo, recuerdo o futuro, si su cuerpo sería igual a como entró en la estación.
Nos colábamos en los andenes de largo recorrido antes del amanecer. El reflejo del sol en las vías nos cegaba y durante unos minutos cerrábamos los ojos para ver un punto naranja dentro de nuestra oscuridad. En la oscuridad también hay luz, decía mi mujer, y yo le contaba la aventura de aquel hombre platónico que salió de su encierro en la cueva y vio por primera vez el sol, y me preguntaba en voz alta cómo pudo conservar la cordura ante unas formas y un lenguaje desconocidos y carentes de definiciones, porque aquel hombre no conocía las palabras sol, bosque, verde, y era libre ante un mundo sin nombres. Abríamos los ojos y el mundo se presentaba pálido y decolorado y yo intentaba sentir una realidad no condicionada por la experiencia.
Había una vida subterránea en la estación, los vagabundos que dormían en coches y se acercaban a contarte su historia, una infancia en el norte y un padre que pasaba caballos de contrabando al otro lado de la frontera, un marido que se escapó con otra mujer a algún país sudamericano, las antiguas carreteras, aquello sí que era viajar, decían, uno o dos días en recorrer medio país en autobuses pequeños y de aire viciado, el amor que rechazaron y que acabaron por extrañar y por creer que los habría salvado de su vida errabunda. Entonces, bajaban la mirada y murmuraban algo sobre vender pañuelos y ambientadores en los semáforos, su personal búsqueda de una segunda oportunidad, de unirse a la rapidez que se desplegaba a su alrededor. Mi mujer sacaba una carta de su baraja de tarot y les hablaba de energías, siempre buenas o intensas, de cambios de ciclo, de desprenderse de algo del pasado cuando salía la carta de la muerte roja y ellos apartaban los ojos, asustados. Aquellas cartas les revelaban mundos y vidas posibles, el misterio y la realidad fuera de su cueva, y se marchaban reconfortados, su corazón un pequeño y cálido fuego que se extinguía en la noche.
Esperábamos las llegadas de los trenes y buscábamos a los pasajeros que agachaban la cabeza decepcionados tras echar un vistazo a izquierda y derecha y saberse solos. Nos acercábamos a ellos y les ofrecíamos nuestro amor, puro y sencillo. Me recordaban a  personajes carverianos, ex alcohólicos que han perdido a su pareja o mujeres que han visto caballos en la niebla antes de una última despedida. Había una tensión y una violencia contenida en ellos y pensaban en la soledad y el frío que les devolvían muebles.
Algunas ventanas se iluminaban en el preciso instante que salíamos de la estación, una señal del futuro según mi mujer. Sabíamos que en las ventanas oscuras se escondían vidas plenas y sinceras y que la luz en las ventanas quería ser un faro que ahuyentase miedos y atrajese algo nuevo, un cuerpo traspasado por un relámpago.
Tumbados en la cama nos dormíamos con la llegada del último tren, en aquella época.

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