Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

jueves, 3 de septiembre de 2015

Ruido de fondo. Don DeLillo



Ruido de fondo es el miedo a la muerte, los pasillos de los supermercados y el ruido constante de televisores, radios y trituradoras de basura, es un mundo anodino y tecnológico que cambia y nos arrastra con él a un destino de nubes tóxicas, simulacros, exposiciones químicas y atardeceres brutalmente hermosos, es una pequeña ciudad aséptica en la que instalarse para olvidar el cemento y la rapidez de la gran ciudad y una familia formada por una pareja con otras relaciones detrás y los hijos de ambos que cruzan el mundo para ver a sus distintos padres, es la similitud de los miedos y las rancheras que dejan a los estudiantes en sus residencias el primer día de curso, es el aburrimiento (de una vida sin riesgos), los estudios sobre Hitler, Elvis y los accidentes de coche y la respuesta a la incertidumbre sobre qué hay tras la muerte, es una droga inhibidora y una gran broma donde las monjas no creen en Dios y los intelectuales grises y apáticos caen en comportamientos histéricos.

DeLillo usa la muerte como ruido de fondo que confunde y amedrenta a sus personajes y los lleva una vida de consumismo y simulacros, de noches paralizados por el miedo y decisiones extremas. Está un profesor universitario experto en Hitler y su mujer, una profesora que sube y baja las escaleras del estadio, que forman una familia con hijos de diferentes matrimonios (una pequeña comunidad donde los niños aparecen y desaparecen de la casa y son excépticos con las relaciones y la vida), está un profesor que abandona la gran ciudad por la aparente realidad de las pequeñas ciudades estadounidenses, está un hombre que quiere inventar una droga que haga desaparecer el temor a la muerte y la pregunta de qué pasaría si viviésemos sin ese temor. Es la muerte la que detiene o hace avanzar a los personajes, la que hace de la vida una simulación y un extraño chiste, la que provoca insomnios y el acomodo en el consumismo y la tecnología.


—Resulta muy extraño. Padecemos estos miedos terribles, profundos y constantes en torno a nosotros mismos y a la gente que amamos y, sin embargo, vamos de un lado a otro, charlamos con la gente, comemos y bebemos. Nos las arreglamos para funcionar. Nuestros sentimientos son profundos y reales. ¿Acaso no deberían bastar para paralizarnos? ¿Cómo es posible que sobrevivamos a ellos, al menos durante un tiempo? Conducimos un automóvil, impartimos una clase. ¿Cómo es que nadie advierte cuán atemorizados nos hemos sentido la noche anterior o esa misma mañana? ¿Se trata de algo que todos ocultamos entre nosotros por acuerdo mutuo? ¿O quizá ocurre que compartimos el mismo secreto sin saberlo? ¿Que llevamos el mismo disfraz?
—¿Y si la muerte no fuera otra cosa que ruido?
—Un ruido eléctrico.
—Que oyéramos eternamente. Un ruido omnipresente. Qué horror.
—Uniforme, de fondo.
—A veces me inunda —dijo —; otras, se insinúa poco a poco en mi interior. Intento comunicarme con ella: «Ahora no, Muerte.»
—Permanezco tendido en la oscuridad, contemplando el reloj. Siempre números impares. La una y treinta y siete de la madrugada. Las tres y cincuenta y nueve de la madrugada.


Ruido de fondo empieza con una fila de rancheras idénticas en una residencia universitaria y termina con los personajes ante un atardecer y las estanterías de los supermercados con un nuevo orden. Entre medias, unos personajes que dialogan sobre sus miedos, los tiempos modernos, la fragilidad del ser humano y su dependencia tecnológica, una nube tóxica que obliga a evacuar una ciudad entera hacia un destino incierto, saber que hay algo que tira de ellos y los acerca poco a poco al abismo. DeLillo construye una historia divertida, aburrida y reflexiva, a grandes páginas sobre el miedo a la muerte y el desorden de la vida moderna le suceden otras donde predomina el tedio de unos personajes que no se mueven ni reaccionan, que miran la televisión o escuchan la radio y parecen devorados por sus emisiones.

Hay una escena memorable contada con un tono irónico y humorísitico por DeLillo, el profesor protagonista delante de un cajero, una especie de tótem moderno donde confirmar las creencias y la existencia. La familia se reúne un día a la semana delante del televisor, la radío siempre de fondo, frases inconexas que irrumpen en las conversaciones de los personajes, la lenta deriva hacia la irrealidad y la simulación.


Por la mañana, fui andando al banco. Me dirigí al cajero automático para verificar mi saldo. Inserté la tarjeta, tecleé mi código secreto y mecanografié la solicitud. La cifra de la pantalla coincidía aproximadamente con mis previsiones, penosamente determinadas tras largos cálculos, revisiones de documentos y atormentada aritmética. Me sentí inundado por una oleada de alivio y gratitud. El sistema había concedido su bendición a mi existencia. Pude percibir su apoyo y su aprobación. Los ordenadores del sistema, la estructura que descansa en una habitación cerrada de quién sabe qué ciudad distante. Qué interacción tan agradable. Sentí que algo dotado de un profundo valor personal —no el dinero, ni mucho menos— acababa de ser verificado y confirmado. Una pareja de guardias escoltaban a un desequilibrado hasta la salida del banco. El sistema era invisible, lo que hacía que enfrentarse a él resultara tanto más sobrecogedor e inquietante. Pero estábamos de acuerdo, al menos por el momento. Las redes, los circuitos, las corrientes, las armonías.


La mezcla de escenas familiares, evacuaciones sacadas de películas apocalípticas, las conversaciones trascendentales o anodinas, los aparatos que emiten ondas y radiaciones, drogas que inhiben el miedo a la muerte, los personajes que se interrogan sobre la vida y caen en situaciones burdas llevados por unas emociones tan humanas y previsibles como los celos. DeLillo lleva a sus personajes por pasillos de supermercados o carreteras atestadas, reflexiona sobre la condición humana, su adaptación a un mundo dominado por lo tecnológico y virtual, su incapacidad por empezar de cero en caso de una regresión temporal, su miedo a la muerte.






Cuando leo las esquelas siempre me fijo en la edad de los fallecidos y la comparo automáticamente con la mía propia. Me quedan cuatro años, pienso. Nueve años. Dos años y habré muerto. El poder de los números resulta especialmente evidente cuando nos servimos de ellos para especular acerca del momento de nuestra muerte. A veces, regateo conmigo mismo. ¿Estaría dispuesto a aceptar sesenta y cinco, la edad que tenía Gengis Khan al morir? Solimán el Magnífico logró alcanzar los setenta y seis. No suena mal —especialmente si tenemos en cuenta cómo me siento ahora—, pero, ¿cómo sonará cuando tenga setenta y tres?
Resulta difícil imaginar a estos hombres experimentando amargura frente a la muerte. El huno Atila murió joven. Aún no había concluido la cuarentena. ¿Sentiría lástima de sí mismo? ¿Sucumbiría a la depresión y a la autocompasión? Era rey de los hunos, invasor de Europa, azote de Dios. Quiero creer que descansaría tendido en su tienda, envuelto en pieles de animales, como si formara parte de alguna superproducción épica con financiación internacional, y también que pronunciaría frases valerosas y crueles ante sus lugartenientes y criados. Sin permitir el debilitamiento de su espíritu. Sin sensación de la ironía de la existencia humana, de representar la forma más elevada de vida sobre la tierra y aun así hallarse sometido a una tristeza inefable porque sabe lo que ningún otro animal sabe: que tiene que morir. Atila no asomó por la abertura de su tienda para señalar con un gesto la presencia de un perro cojo tendido junto al fuego a la espera de que alguien le arrojara un resto de carne. No dijo: «Esa bestia patética, devorada por las pulgas, es más afortunada que el más grande de los dirigentes humanos. No sabe lo que nosotros sabemos, no siente lo que nosotros sentimos, no puede experimentar la pesadumbre que nosotros experimentamos.»
Quiero creer que no sintió miedo. Aceptaría la muerte como una experiencia que fluye naturalmente de la vida, como una carrera alocada a través del bosque, tal y como parecería apropiado para quien ha sido conocido como el azote de Dios. Así fue como terminó todo para él, con sus soldados cortándose los cabellos y desfigurándose los rostros en un bárbaro homenaje, a medida que la cámara retrocede hasta el exterior de la tienda y nos ofrece una panorámica del firmamento nocturno del siglo v, puro y no contaminado, orlado por el fulgor de otros mundos titilantes.

***

La inmensa masa oscura avanzaba como el buque fantasma de una leyenda nórdica, escoltada a través de la noche por criaturas acorazadas y dotadas de alas en espiral. No sabíamos con seguridad cómo reaccionar. Era terrible contemplarla tan cercana, a tan poca altura, cargada de cloruros, bencenos, fenoles, hidrocarburos o cualquiera que fuese su exacto contenido tóxico. Sin embargo, también resultaba espectacular: formaba parte de la grandiosidad de un acontecimiento arrollador, como las vívidas escenas de la estación de cambio de agujas o de la gente que atravesaba dificultosamente el paso elevado con sus niños, sus provisiones y sus pertenencias formando un trágico ejército de desposeídos. Nuestro temor se manifestaba acompañado de una sensación de sobrecogimiento que rozaba lo religioso. Sin duda, resulta posible sentirse conturbado por aquello que amenaza tu vida, contemplarlo como una fuerza cósmica infinitamente mayor y más poderosa que tú, surgida de ritmos obstinados y elementales. Aquello era la muerte fabricada en el laboratorio, una muerte definida y mensurable que, sin embargo, concebíamos en ese momento de un modo simple y primitivo, cual si se tratara de una perversidad estacional del planeta, una inundación o un tornado, algo que escapa a nuestro control. Nuestra indefensión no parecía compatible con la idea de un suceso originado por el hombre.

***

Aquí estamos, en la Edad de Piedra, habiendo aprendido ya todas estas cosas tan importantes a lo largo de siglos de desarrollo y aún incapaces de facilitar la vida a los habitantes de nuestra época. ¿Podemos fabricar un refrigerador? ¿Podemos siquiera explicar cómo funciona? ¿Qué es la electricidad? ¿Qué es la luz? Se trata de cosas que experimentamos todos los días de nuestra vida y, sin embargo, ¿de qué nos sirven si nos vemos remontados en el tiempo y no podemos siquiera revelar a la gente sus principios básicos y mucho menos fabricarlas para mejorar nuestra situación? Nombra una sola cosa que serías capaz de fabricar. ¿Podrías acaso fabricar una simple cerilla de madera con la que obtener fuego al rasparla contra una piedra? Nos creemos tan importantes y tan modernos, con nuestros alunizajes y nuestros corazones artificiales. Pero, ¿qué ocurre si uno es arrojado a otro tiempo y se encuentra cara a cara con los antiguos griegos? Los griegos inventaron la trigonometría. Realizaban autopsias y disecciones. ¿Qué podrías decirle a un griego a lo que él no respondiera «Vaya cosa»? ¿Podrías hablarle del átomo? Átomo es una palabra griega. Los griegos sabían que los acontecimientos fundamentales del universo no pueden ser distinguidos por el ojo humano. Son ondas, rayos, partículas.
—Ahora estamos bien.
—Estamos aquí, sentados en esta enorme sala mohosa. Como si nos hubiéramos remontado en el tiempo.
—Disponemos de calor y de luz.
—Cosas de la Edad de Piedra. También ellos tenían luz y calor. Tenían fuego. Frotaban pedernales y producían chispas. ¿Serías tú capaz de frotar dos pedernales? ¿Sabrías distinguir el pedernal si lo vieras? Si un hombre de la Edad de Piedra te preguntara qué es un nucleótido, ¿sabrías explicárselo? ¿Cómo fabricamos el papel carbón? ¿Qué es el vidrio? Si despertaras mañana en la Edad Media y se hubiera desatado una epidemia, ¿qué podrías hacer para detenerla sabiendo lo que sabes de medicina y de enfermedades? Aquí estamos, prácticamente en el siglo veintiuno. Has leído cientos de libros y de revistas, y has visto multitud de programas de televisión que hablan de ciencia y de medicina. ¿Podrías revelar a esa gente tan sólo un pequeño detalle crucial que pudiera salvar un millón y medio de vidas?
—Les diría que hirvieran el agua.
—Claro. ¿Y qué me dices de lavarse detrás de las orejas? Iba a serles más o menos de la misma utilidad.
—Aun así, creo que no estamos tan mal. No hubo aviso previo. Tenemos comida, tenemos radios.
—¿Qué es una radio? ¿Cuál es el principio de una radio? Adelante, explícalo. Estás sentado en medio de este círculo de personas que emplean utensilios de piedra y se alimentan de larvas. Explícales la radio.
—No hay misterio alguno. Se trata de potentes transmisores que envían señales. Las señales viajan por el aire y son recogidas por receptores.
—Viajan por el aire. ¿Como los pájaros, quizá? ¿Por qué mejor no les hablas de magia? Viajan por el aire en ondas mágicas. ¿Qué es un nucleótido? Lo ignoras, ¿no es cierto? Y sin embargo, es el material de construcción con el que se fabrica la vida. ¿De qué nos sirve el conocimiento si éste se limita a flotar en el aire? ¿Si se limita a viajar de ordenador en ordenador? Cambia y crece con cada segundo que pasa al cabo del día, pero nadie sabe nada en realidad.
Don DeLillo. Ruido de fondo. Traducción de Gian Castelli. Austral.

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