Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

martes, 12 de mayo de 2020

-15. Fante

Me despierta de mi ensoñación el repique de la lluvia sobre las hojas de un limonero en el patio de abajo. Estoy junto a la ventana de la habitación, leyendo en la penumbra de la tarde mientras las sombras se mueven lentas por la pared blanca de la habitación y entre las páginas. Cualquier movimiento, cualquier sonido, ahí fuera, un hombre que suelta la correa de su perro, el ascensor de la estación del metro subiendo la ladera del monte, la primera ventana iluminada en la tarde, un niño que grita el nombre de su padre, los patos que vuelan fuera del río en busca de refugio al atardecer, hace que levante la mirada fuera de la ventana: movimientos y sonidos que se amplifican en este primer día de confinamiento colectivo y que son como piedras lanzadas a un río, ondas que buscan una orilla hasta desaparecer y la superficie del río de nuevo tranquila hasta el siguiente temblor. Vuelvo al libro, y ese gesto, pasar de la realidad circundante a la ficción, es cruzar una frontera imaginaria como todas las fronteras, y el punto intermedio entre realidad y ficción es el punto exacto donde me encuentro. Entonces, tomo aire, el tiempo y la espera un camino a atravesar en las próximas semanas.


(coda) Ahora, los aplausos y silbidos y gritos en los balcones, un primer gesto colectivo de acercamiento y reconocimiento, de conjurar la angustia y la rendición y fortificarnos en estos días de emociones de barro.

Leo.


***

Esta mañana, después de comprar el pan y sacar dinero de un cajero, esos cinco minutos donde apenas nadie, apenas nada, el gorjeo de un pájaro, el motor de un coche lejano, las siluetas en los balcones, las miradas en silencio de quienes nos cruzábamos por la acera de vuelta a casa, aturdidos por este inicio de encierro, saqué una primera fotografía de mi biblioteca. Pensé en hablar de aquellos libros y autores que me acompañaron en los últimos meses y compartir una impresión rápida a través de whatsapp, por si alguien, por si el eco, después de los mensajes de amigos donde el ánimo el miedo la rabia la voluntad donde la sonrisa el sueño la fragilidad la espera nuestros mensajes: la tímida luz de una vela en la distancia. Elegí a John Fante, por el peso de las raíces, por las palabras justas, el humor soterrado, la lucha y la derrota y la búsqueda de una voz propia.


En la habitación de mi madre había un viejo baúl. Era el baúl más viejo que había visto en mi vida. Era uno de esos baúles de tapa abovedada que parece la barriga de un gordo. Dentro del baúl, debajo de un vestido de novia que nunca se usaba porque era un vestido de novia, y de una cubertería de plata que tampoco se usó nunca porque era un regalo de boda, y debajo de toda clase de cintas de colores, botones y partidas de nacimiento, debajo de todo esto había una caja con fotos de familia. Mi madre no permitía que nadie abriera aquel baúl y tenía la llave escondida. Pero un día encontré
la llave. La encontré debajo de una esquina de la alfombra.
La primavera de aquel año, cuando llegaba del colegio por la tarde me encontraba a mi madre trajinando en la cocina. De tanto trabajar tenía los brazos fláccidos y blancos como el yeso seco, el cabello ralo y pegado a la cabeza, y los ojos, grandes y tristes, hundidos en las cuencas.
¡La foto!, pensaba yo. ¡Ah, aquella foto del baúl!
Cuando mi madre no miraba, entraba a hurtadillas en su dormitorio, cerraba la puerta y abría el baúl. Allí había muchas fotografías y a mí me gustaban todas, pero había una en especial que mis dedos anhelaban tocar y mis ojos ansiaban ver desde que vi a mi madre de aquella manera: era una foto suya y se la habían hecho una semana antes de que se casara con mi padre.
¡Qué foto!
Aparecía sentada en el brazo de un lujoso sillón, con un vestido blanco que le llegaba hasta los pies. Las mangas eran amplias y vaporosas, unas mangas muy elegantes. El vestido apenas tenía escote y en el cuello lucía un camafeo colgado de una fina cadena de oro. Llevaba el sombrero más grande que había visto en mi vida. Le tapaba completamente los hombros como si fuera una sombrilla blanca, tenía el ala levemente inclinada y le cubría todo el cabello menos los prietos bucles oscuros que le caían por detrás. Pero distinguía sus melancólicos ojos verdes, tan grandes que ni siquiera aquel sombrero los podía ocultar.
Yo me quedaba mirando aquella extraña fotografía, la besaba, lloraba sobre ella, feliz porque aquella imagen había sido realidad en otro tiempo. Y recuerdo una tarde en que me la llevé a la orilla del arroyo, la puse encima de una piedra y le recé. Y en la cocina estaba mi madre, prisionera entre cazos y sartenes: una mujer que ya no era la encantadora mujer de la fotografía.
Y lo mismo pasaba conmigo, un muchacho que volvía a casa de la escuela.
Otros días hacía otras cosas. Me ponía delante del espejo del armario con la foto a la altura de la oreja, de cara al espejo redondo. Una sensación turbadora se apoderaba de mí entonces y sentía un escalofrío de placer. ¡Qué increíble aquella gran señora, aquella reina! Y recuerdo que me quedaba sin palabras.
La madre que estaba en la cocina en aquellos momentos no era mi madre. No lo habría aceptado. Mi madre era aquella otra, la señora de la pamela. ¿Por qué no podía recordar nada de ella? ¿Por qué tenía yo que ser tan pequeño cuando nací? ¿Por qué no pude nacer con catorce años? No podía recordar nada. ¿Cuándo había cambiado mi madre? ¿Qué causó el cambio? ¿Cómo había envejecido? Acabé convenciéndome de que si alguna vez hubiera visto a mi madre tan hermosa como en la fotografía, le habría pedido inmediatamente que se casara conmigo.
John Fante. El vino de la juventud. Traducción de Antonio-Prometeo Moya. Anagrama.


jueves, 5 de marzo de 2020

camino fronterizo: Poesía no completa. Wisława Szymborska I

Leo junto a una ventana alargada —ahora, tres árboles invernales, sin hojas, el golpe del viento contra los troncos y un nido de otra estación, vacío, en una rama—. Leo al amanecer o al atardecer —y la línea de sombra sobre las páginas, y la primera luz sobre los tejados negros, y la última luz en el vacío que dejaron las pirámides del antiguo parque de atracciones, que aún veo, allá, en lo más alto del monte, después de su demolición, la estela de un triángulo que no existe, ahora, entre árboles, pero que existió, ayer—. Leo con un lápiz —para alejar unas palabras de otras, para dejar un camino de migas donde volver y sentir las huellas pasadas años después—, y doblo algunas páginas por su esquina —e intentar, así, recordar aquella primera impresión de unos poemas sobre otros, o leer aquello que quedó sin nombrar, ahora, y que sólo podré entender en otro tiempo, en otra estación, mañana—. Leo para escuchar —otras voces invisibles, otros yoes que completen un hueco, un silencio, una pregunta, dos espacio/tiempo que concluyen en la penumbra de un atardecer en una página, hoy, sobre unas palabras, anteriores. Leo los primeros poemas de Wisława Szymborska y escucho el ritmo de una canción que rehace los tiempos bíblicos y los tiempos en Shakespeare, que nos dice nada sucede dos veces, y convoca a los muertos, el ayer absoluto en el frágil todavía: la eternidad de los muertos dura/ mientras se les paga con memoria/ moneda inestable./ Y no hay día/ en que alguien no pierda su eternidad/, y las sombras de aquello que fue, o no: la Atlántida, este mundo, los sueños la mudanza de lo literal a lo figurado/, y la conmemoración del amor Henos aquí, amantes desnudos,/ bellos y mucho para nosotros mismos/, sólo cubiertos con hojas de párpados/, recostados en una noche profunda. Y escucho una risa juguetona y plegarias y subrayo a lápiz, siempre a lápiz, para dejar un camino que se difumine con el pasar de los años Nos conocemos a nosotros mismos/ en la medida en que nos ponen a prueba./ Se lo digo a ustedes/ desde mi ignorado corazón./ Leo hasta el inicio de la noche en farolas y estrellas, hasta el final de la última oscuridad, en la penumbra entre vida y lectura.




Conmemoración

Se amaron entre avellanos,
bajo soles de rocío,
de hojas y tierra
se les llenó el cabello.

Corazón de golondrina,
ten piedad de ellos.

Se arrodillaron junto al lago,
se quitaron las hojas,
y los peces se acercaban
a la orilla como estrellas.

Corazón de golondrina,
ten piedad de ellos.

El reflejo de los árboles humeaba
en la diminuta ola.
Golondrina, haz que nunca
lo olviden.

Golondrina, espina de la nube,
ancla del aire,
Ícaro mejorado,
frac en el séptimo cielo,
golondrina, caligrafía,
manecilla sin minutos,
gótico temprano de pájaros,
estrabismo en los cielos,

golondrina, silencio agudo,
luto alegre,
aureola de amantes,
ten piedad de ellos.

*

Todavía

En vagones sellados
van los nombres a través del país,
¿hasta dónde irán así,
bajarán alguna vez?:
no pregunten, no lo diré, no lo sé.

El nombre Natán golpea la pared con el puño,
el nombre Isaac canta enloquecido,
el nombre Sara pide agua para el nombre
Aarón, que se muere de sed.

No saltes en marcha, nombre de David.
Tú eres el nombre que condena a la derrota,
el no dado a nadie, sin hogar,
demasiado pesado para ser llevado en este país.

Nuestro hijo, que tenga un nombre eslavo,
porque aquí cuentan los pelos en la cabeza,
porque aquí separan el bien del mal
según el nombre y la forma de los párpados.

No saltes en marcha. Nuestro hijo se llamará Lech.
No saltes en marcha. No es el momento aún.
No saltes. La noche resuena como la risa
y remeda el traqueteo de las ruedas en los rieles.

Una nube de gente atraviesa el país,
de una gran nube poca lluvia, una lágrima,
poca lluvia, una lágrima, tiempo seco.
Las vías conducen a un bosque negro.

Así es, suena la rueda. Bosque sin claros.
Así es. Por el bosque va el transporte de gritos.
Así es. Despertada de noche, oigo,
eso es, el retumbar del silencio en el silencio.

*

Prueba

Ay, canción, de mí te burlas,
pues aunque fuera hacia arriba no me abriría como una rosa.
Como una rosa florece la rosa y nadie más. Lo sabes.

Intenté tener hojas. Quise poblarme de arbustos.
Conteniendo el aliento —para que fuera más rápido—
esperé el momento de convertirme en rosa.

Canción, tú que de mí no te apiadas:
tengo un cuerpo individual que en nada se transforma,
y soy desechable hasta la médula de los huesos.

*

Atlántida

Existieron o no existieron.
En una isla o no en una isla.
Un océano o no un océano
se los tragó o no.

¿Hubo quién amara a quién?
¿Hubo quién con quién luchara?
Sucedió todo o nada
allí o no allí.

Había siete ciudades.
¿Seguro?
Querían estar para siempre.
¿Y las pruebas?

No inventaron la pólvora, no.
Inventaron la pólvora, sí.

Hipotéticos. Dudosos.
No conmemorados.
No extraídos del aire,
Del fuego, del agua, de la tierra.

No encerrados en la piedra
ni en la gota de lluvia.
Incapaces de servir
en serio como moraleja.

Cayó un meteoro.
No era un meteoro.
Un volcán hizo erupción.
No era un volcán.
Alguien gritó algo.
Nadie nada.

En esta más/menos Atlántida.
Poesía no completa. Wisława Szymborska. Traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia. Fondo de cultura económica.

jueves, 27 de febrero de 2020

El precio de la amistad. Kjell Askildsen

a) Salgo de los cuentos de Askildsen con la sensación de haber atravesado un paisaje vacío: la tensión ante algo que está por suceder, por hacerse presente y cambiarlo todo,  una verdad que está por revelarse pero que se malogra antes de concretarse, la vida de unos personajes que parecen atrapadas en el tedio y que ansían, al salir de casa, vivir una experiencia, o miran por la ventana en busca de una luz que destelle, por un instante, en la oscuridad, y rompan su aislamiento. La escritura de Askildsen es fría, lacónica, es la palabra justa y precisa, apenas necesita unos trazos para componer una escena, apenas un par de frases para conocer la voz y rostro de sus personajes, unos personajes que se enfrentan a unas relaciones decepcionantes y agotadas, unas vidas anodinas dominadas por silencios abrumadores, por lo que no se dice, convirtiendo esos silencios en frontera. Los diálogos, parcos, sólo sirven para mostrar la distancia entre los personajes, la soledad y el aburrimiento de cada uno de ellos. Y es en esa soledad, casi siempre en la noche, antes de acostarse, donde los protagonistas se quedan ante sus pensamientos, el mundo interior e inaccesible al otro, y llegan a percibir una verdad terrible.

Se quitó los zapatos y se metió debajo del edredón con la ropa puesta, luego volvió a levantarse, cerró la puerta y volvió a acostarse. Pero enseguida supo que no lograría dormirse y que quedarse sin hacer nada no haría sino empeorarlo todo, reforzar esa creciente sensación de abandono, de extravío. Y sin embargo no se levantó, pensó: Pero si así es como es, si este es el núcleo de mi vida. Lo otro no es más que actividad, acción, huir de ser reconocido.

b) Hablo de un paisaje vacío al salir de los libros de Askildsen no como algo peyorativo o decepcionante, sino asombrado ante la desnudez de una escritura capaz de mostrar una vida entera a través de un detalle de ella. No hay refugios en los paisajes vacíos, y eso parece ocurrir en la vida de los personajes de Askildsen, no hay un lugar seguro, lo importante ocurre en la mente de los protagonistas, no en sus palabras, mantienen conversaciones intranscendentes mientras lo primordial, el centro de su pensamiento, queda oculto al otro. Entonces, la tensión y la tirantez ante aquello que no se dice, ante un mundo interior que no se verbaliza. La distancia y la separación y el agotamiento: así transcurren los encuentros entre los personajes.

c) Askildsen escribió los cuentos El precio de la amistad, que apenas ocupan ochenta páginas, entre 1998 y 2004. Imagino la labor de poda de estos cuentos hasta dejarlos desprovistos de todo lo superfluo. Algunas descripciones de caminos y paisajes, algún rasgo físico despechado en un par de adjetivos, poco más. Y aún así, en ese paisaje vacío, siento el mundo subterráneo de los personajes, su tedio y su malestar, su búsqueda de una experiencia, su alejamiento e incomprensión del otro, algo que está por emerger, tal vez con una violencia seca y rápida. Son vidas en un paraje gris, enfriadas por los años y los encuentros con el otro, que se sorprenden cuando una luz aparece en un estallido de un segundo antes de desaparecer, dejando una estela confusa y extraña. Hay un hombre, un anciano ciego, que siente que todo se iluminó por un instante al volver la cabeza hacia su hijo y advierte el desconcierto de quien se encuentra ante una revelación, otro que enciende un farol para hacerse visible a su vecina y marcar su posición en la noche para romper una soledad que le ha dejado sin palabras, hay quien acude al entierro de un hermano y cuando sale a la luz del otoño sólo quiere desaparecer de la multitud, quien queda con un amigo para comer esperando una conversación significativa, hay un hombre que se pregunta por lo que cree que su mujer sabe de él, un matrimonio que ha dejado de reconocerse.

¿Qué sabes tú de lo que yo creo?, dijo ella, cuéntame lo que crees que yo creo.
No contesté. Pensé: Que se joda.
La toqué suavemente y dije que sentía haber dicho que había quedado con William.
Bueno, dijo ella.
Retiré la mano.
No tenía nada que ver contigo, dije.
Pero, Martin… dijo ella.
No sabía qué más decir. Ella se volvió y me miró. Nuestras miradas se cruzaron. Era incapaz de ver lo que había en esa mirada. Ella estaba completamente tranquila; tenía una expresión parecida a la que tiene a veces cuando duerme. Me acarició la mejilla.
Esto no cambia nada, dijo.
Así es, pensé.
¿A que no?, preguntó.
No, contesté.

coda) Me gusta Askildsen. Su austeridad. Su laconismo. He disfrutado de estos relatos, no tanto como en aquellos, admirables, de Desde ahora te llevaré a casa o los recogidos en Todo como antes; los he leído con lentitud, me ha vuelto a ganar con su forma de desprenderse de lo intrascendente para hablar de la distancia con el otro, de todo aquello que no se dice. Entiendo que haya a quien no lleguen estos relatos. Que les parezcan esquemáticos. Para mí tienen el valor de un paisaje vacío: me hace preguntarme por aquello que falta.







Cuando la mujer se alejó, él dijo que hacía mucho tiempo que no nos veíamos, y que mientras estaba esperándome, pensó que quizá fuera demasiado tiempo y no nos reconociéramos, y tal vez hubiera variado nuestro concepto de nosotros mismos, porque era muy normal que hubiéramos cambiado, al menos con relación al otro, ya que la influencia recíproca había cesado.
Esas eran las palabras que yo había utilizado en mi discurso esa última noche, dijo él, yo había dicho que la amenaza para una amistad era que la influencia recíproca cesara.
Kjell Askildsen. El precio de la amistad. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Nórdica libros.

viernes, 17 de enero de 2020

La casa intacta. Willem Frederik Hermans

1)                 Hermans publicó La casa intacta a principio de los años cincuenta, en un tiempo de posguerra donde se intentaba reconstruir el pasado reciente, apaciguar la memoria y dictaminar dónde y de quién fue el horror o la crueldad, el heroísmo o el sufrimiento. Se señalaba al otro por su perversidad mientras se intentaba salvar la propia historia. Hoy se hablaría de imponer el relato y recrear la realidad de tal manera que parezca exacta y verídica y se acerque a cómo nos gustaría que fuese. Hermans, por lo que explica Nooteboom en su epílogo, fue una nota discordante en la sociedad holandesa, habló de brutalidad y barbarie, sí, pero no señaló en dirección alguna sino que abarcó todo aquel mundo que le rodeaba, el de los vencedores y el de los vencidos. Viene a decir, Hermans, una máxima que se ha repetido a lo largo de la historia y que por lugar común no deja de acercarse a una verdad última y desnuda: la crueldad no tiene bandos. La destrucción y el caos pueden desencadenarse en cualquier momento y todos y cada uno de nosotros caer en ellos.

2)                 El protagonista de La casa intacta recoge de manera fría y telegráfica aquello que ve y piensa. No hay nombres. Está el sargento, el español, poco más. El narrador avanza con una tropa de partisanos por una tierra desconocida, por unas palabras desconocidas que pueden ser rusas, montenegrinas, rumanas la incomunicación que, en una paradójica vuelta de cuerda, hace pensar que el único lenguaje humano reconocible sea el de la guerra. Hay reyertas, combates aéreos, sed, agotamiento, las miradas de los soldados clavadas en el camino. El polvo no se posa en una tierra que parece tragarse las bombas. Da igual el lugar, es uno de los frentes de la contienda. Y poco sabemos del narrador, apenas unas frases esquemáticas donde habla de tres años de guerra, de varios encierros en cárceles y campos, de huidas y fronteras. Todo esto contado en apenas un par de páginas.

3)                 Una casa abandonada en un pueblo sin civiles. Una casa que ha sobrevivido a las bombas y parece fuera del espacio-tiempo de la guerra. El narrador se adentra en ella como un fantasma que observa el mundo de los vivos. Ve las huellas que los dueños dejaron en las habitaciones antes de huir, su ropa, un puchero de sopa en la cocina, las ventanas tapadas para evitar la luz en la noche que descubra su posición. Es una casa grande, de un par de plantas, con una glorieta en el jardín y un plátano en la entrada. Sólo una habitación permanece cerrada. El narrador se quita su traje, se da un baño, se acuesta en una de las camas. Se sacude la guerra de la piel. Todo es extraño y frío en la descripción de un narrador que, tras matar a unos soldados alemanes cercados que huían, se adentra en un mundo ajeno al horror. Despojarse de la guerra hasta un tiempo anterior a ella.

4)                 Hay un momento, mientras el narrador se afeita tras el baño donde dice que ver lo es todo. Me afeité delante de un espejo en el que me podía ver de pies a cabeza. Si tuviera una habitación de paredes totalmente cubiertas de espejos podría quedarme allí sin aburrirme jamás, como Robinson Crusoe en su isla. El que se limita a pensar sólo está en contacto consigo a medias. Ver es lo más valioso, ver lo es todo. Verse a sí mismo como otro significaría la salvación, pero uno siempre permanece en el lado equivocado. El narrador fracasa en su intento de ser otro. Los alemanes regresan al pueblo y, pensando que se encuentran ante el dueño de la casa, se instalan en ella. Bajo la cama, su uniforme y fusil, recordándole al narrador el lugar que realmente ocupa en aquel tiempo, en aquel lugar. Después de los días de marchas y combates, de su observación fría de aquello que le rodeaba y que le llevó a reflexionar sobre cómo vería un hombre sin memoria la guerra, de cambiar uniforme por traje, zanjas por una casa grande, el protagonista asume la condición de dueño de la casa, de alguien ajeno a la guerra, y luchará por mantenerse en nueva posición. Y lo hará con una crueldad desconocida, absurda, extraña, ante los alemanes, ante los civiles que regresan, un combate por ser otro, por estar fuera del caos de la guerra. Es a mitad de La casa intacta donde se suceden un puñado de escenas de una brutalidad y una violencia seca y cruda, la idea de la imposibilidad de escapar al caos de la guerra.

5)                 El protagonista, sin nombre, sin pasado fuera de la guerra, se pondrá de nuevo su uniforme, regresará a su unidad de partisanos, a su espalda la casa destruida y saqueada. Y, al cerrar esta novela corta, no paro de pensar en esa casa, abandonada pero intacta, que guardaba las huellas de otras vidas, convertida en escombros. Como el alma de quien se adentra en la guerra y se deja arrastrar por su barbarie.









Me tumbé en la otra cama y palpé la mejilla de la mujer. Aún no estaba más fría que la mía. Le bajé los párpados; se cerraron más que los ojos de alguien que duerme.
Entonces, me incorporé y me senté, dándole la espalda, sosteniéndome la frente entre las manos. De este caparazón óseo revestido de piel elástica, de ahí sale todo: las demás personas, el mundo, la guerra, los sueños, las palabras y los actos que uno realiza de forma tan automática que no puede imaginarse haber sido capaz de pensar alguna vez; de forma tan automática que uno podría creer que sus actos son los pensamientos del mundo. Uno debería tener una segunda cabeza para comprender lo que es la primera, pero yo sólo tengo una, está aquí entre mis manos, la sostengo como no se sostiene ninguna otra cosa. Y no obstante, si no fuera porque lo asegura los expertos, no sabríamos que la cabeza es algo diferente a una mano o a un pie.
La casa intacta. Willem Frederik Hermans. Traducción Catalina Ginard Féron. Gatopardo ediciones.

jueves, 2 de enero de 2020

hacer lumbre

Ayer encontré una cabaña en un bosque. Como en los cuentos. Salía humo de la chimenea. Ese humo hacia el cielo me recordó las aldeas de tejados de pizarra de mis padres. De niño me agachaba para abrir el tiro de la cocina mientras mi madre o alguna de mis tías encendía una piña y la dejaba caer dentro de aquel agujero abisal del que pronto saldrían las primeras llamas. Creo que lo llamaban hacer lumbre.

Algunas tardes de agosto acompañaba a mi tía a recoger piñas para el invierno. Llevábamos una carretilla y sacos de arpillera. Seguíamos las rodadas del camino hasta que se convertían primero en senda y luego bosque. Mi tía hablaba en refranes. Decía, hay que desayunar como un rey, comer como un capitán general y cenar como un mendigo. Sus refranes eran su camino en la espesura de los días. El ruido en el bosque era el viento entre los árboles, nuestras pisadas en las hojas caídas, el salto de una ardilla. Años más tarde me adentré solo en el bosque. Entonces, el ruido era el latir de mi respiración.

El humo me ayudó a recordar.

Elegí a Bobin como primera lectura. Un asesino blanco como la nieve. Me senté en mi cocina, tan distinta a las de mis abuelos, de la que no salen llamas, y corté los bordes del libro. Era un libro intonso. El crepitar del cuchillo abriendo las hojas pegadas fue, por un instante, hacer lumbre.

Leo a Bobin poco a poco. Unas páginas suyas me llenan como docenas de otros. Me habla, de nuevo, de la pureza, la lentitud, dios, la importancia de lo que se ve a través de una ventana, que es mirar y esperar un ofrecimiento.

Y luego, al ir a trabajar, la luna creciente y una estrella binaria con su parpadeo azul y rojizo en el cielo.

Así mi primer día.