Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

miércoles, 11 de abril de 2018

La fiebre del heno. Stanisław Lem

0) Me resulta difícil escribir sobre La fiebre del heno. A veces me ocurre cuando un libro me proporciona un puñado de buenas horas lectoras y algunas preguntas interesantes que nos hagan reflexionar sobre nuestra percepción del mundo y qué reglas lo dominan. Lem se vale de unas muertes extrañas, tal vez asesinatos, que parecen seguir un patrón ―extranjeros de unos cincuenta años, viajeros solitarios y alérgicos que visitan un balneario en Nápoles y enloquecen antes de suicidarse―, para preguntarse si estamos sometidos al azar, al caos, las probabilidades matemáticas o a alguna clase de predeterminación. Lem introduce elementos de sus novelas de ciencia-ficción dentro de una historia de suspense donde no sólo importa descubrir la causa de la muerte de los viajeros, también cómo entendemos el mundo y qué nos guía por él. El humor soterrado de Lem se muestra especialmente en las últimas páginas de La fiebre del heno, donde pone en entredicho nuestra construcción de la realidad y nuestra seguridad en los códigos creados para nombrar el mundo que nos rodea, unos códigos precarios y frágiles que no sirven para someter y dominar la realidad.

1) Nápoles-Roma. Hay algo extraño e hipnótico en el primer capítulo de La fiebre del heno. Un astronauta retirado ejerce de máscara y doble de Adams, uno de los viajeros muertos de manera enigmática con el que comparte la edad, la procedencia, una alergia. Durante unas horas el astronauta reproduce las últimas horas de Adams, se aloja en los mismos hoteles, lleva su ropa, realiza la misma rutina y viaja en un coche alquilado a Roma, donde murió Adams. Un hombre convertido en el reflejo del otro que se pregunta si encontrará la muerte en esa repetición de otra vida. Cada detalle, cada escena cotidiana, cada persona con la que se cruza puede significar su final. Poco sabemos de la trama y los personajes, sólo descubrimos al narrador, un astronauta que se retiró de los viajes espaciales por su alergia y que en un momento llega a decir algo interesante sobre el ser humano y la peregrinación interestelar: no servimos para el cosmos, y precisamente por eso jamás renunciaremos a él.

2) Roma-París. Y la extrañeza sigue en el siguiente capítulo, cuando el astronauta ha completado su tarea como doble sin descubrir ninguna pista. Lem se detiene a describir las nuevas medidas de seguridad en los aeropuertos por miedo a ataques terroristas imposibles de prever. En ese caos, en la tensión por la cercanía de la muerte y el no saber qué o quién atenta contra los demás pasajeros, Lem se adelanta a la histeria terrorista actual. Si en Nápoles las muertes parecían tener un patrón, en el aeropuerto de Roma está lo imprevisto, lo inesperado y la pregunta sobre qué ley rige en la vida cotidiana, el azar o el destino, y cómo podemos entender y enfrentarnos a cualquiera de las dos opciones.

3) París (Orly-Garges-Orly). El último y más extenso capítulo de La fiebre del heno también es el mejor. El astronauta se entrevista con el Dr. Barth y le pone al tanto de las extrañas muertes. Repasa cada una de ellas, los episodios que se repiten, los viajes, balnearios, locuras y suicidios que parecen unidos por un sistema férreo, dando a las  muertes la sospecha del asesinato. Es aquí donde entra el equipo de Barth y, como en La Voz del Amo, se intenta analizar un mensaje y llegar a una conclusión lógica tras desmenuzarlo: por qué mueren un determinado tipo de personas y por qué enloquecen y sufren alucinaciones antes de suicidarse, qué importancia tienen sus alergias y sus visitas a los balnearios. Si en La Voz del Amo el narrador dudaba de que fuésemos los receptores de un mensaje estelar, en La fiebre del heno también aparece ese azar que, parece, desvirtúa nuestra forma de describir y catalogar la realidad y nos convierte en piezas arrastradas por la corriente.









El hombre desearía que todo fuera sencillo, aun cuando fuera al mismo tiempo misterioso. Un tipo de Dios, y desde luego en singular; un tipo de leyes naturales; un solo tipo de razón en el universo, etc. Tómese la astronomía, por ejemplo. Siempre había mantenido que todo cuanto existe son estrellas; estrellas en el presente, en el pasado y en el futuro, más pedazos escindidos que formaban planetas. Sin embargo, teníamos que admitir que muchas manifestaciones del cosmos no cuadraban con ese esquema. La necesidad humana de sencillez hizo posible el éxito del argumento defendido por la navaja de Ockham, que prohíbe la multiplicación de existencias, o sea, de casillas de clasificación, más allá de lo estrictamente necesario. Sin embargo, la diversidad que nosotros no queríamos admitir terminó venciendo nuestros prejuicios, y hoy los físicos ya han vuelto del revés la sentencia de Ockham, afirmando que todo cuanto no está prohibido es posible. Al menos en el campo de la física. Y la diversidad de las posibles civilizaciones superaba con crecer la diversidad de la física.
Stanisław Lem. La fiebre del heno. Traducción de Pilar Giralt y Jadwiga Maurizio. Editorial Impedimenta.

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