Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

lunes, 6 de febrero de 2017

La última galopada. Thomas Eidson

Más una sombra que un hombre, más indio que blanco, la figura del viejo Samuel Jones sobre una torda parece contradecir el titular de un periódico que anunciaba el final del salvaje oeste, la época de las caravanas y los pioneros y las guerras contra los indios. Es esta aparición, entre dos tiempos, la que trae los recuerdos de aquel salvaje oeste al presente, Jones vestido como un chamán indio, la piel y el cuerpo cuarteados, una figura extraña y la imprecisión de algo no del todo real. Hay huellas cerca del rancho, dice, y desmonta ante un Baldwin sorprendido por la extravagancia del viejo. Jones es un eco, algo que surge del pasado para trastocar la vida de los Baldwin y hacer que miren dentro de sí en busca de unas emociones escondidas. Si el periódico dice que los tiempos han cambiado, aquella máxima de las películas de Peckinpah, el viejo Jones queda como resistencia y recuerdo de una época de violencia, crueldad y aventura

El inicio de La última galopada es pura aventura y misterio. La figura de Jones, la reacción de Maggie Baldwin ante su presencia, los cantos y ritos de chamán de él y los rezos de ella. Es ahí donde se detiene Thomas Eidson, contrapone las creencias de ambos, los espíritus de Jones con el dios de Maggie, las danzas y susurros y humo de uno con la oración silenciosa de Maggie. Y es ahí donde se ve la distancia entre ambos mundos, los espíritus que parecen rodear y guiar al viejo Jones y el silencio de dios ante los rezos de Maggie. Eidson centra una y otra vez la atención sobre la religión, las creencias y los ritos.



Había una vieja Biblia tirada a los pies de la cama. Supo entonces que ella había estado rezando sus oraciones cristianas. Imaginó que le proporcionaban consuelo. Levantó la mirada atravesando las tenues sombras de la habitación hacia donde un fino rayo de luz se filtraba por una rendija de las cortinas. Este rayo iluminaba una cruz pintada y un Cristo de pálido cuerpo que colgaba de la pared sobre la cabecera de la cama; la luz hacía que la pequeña figura pareciera viva y agonizando por su sufrimiento.
Los ojos de Jones permanecieron clavados en el pequeño icono. Se preguntó qué y por qué había creído alguna vez; sabía que su fe había disminuido hasta el punto en el que ya no sentía nada por la figurilla mexicana y el así llamado divino sacrificio por los hombres que representaba. No sentía nada por aquel símbolo desde hacía años. Era inútil intentarlo siquiera. En el pasado, hacía décadas, intentó desesperadamente acercarse a ese Dios, el Dios «Hágase-Tu-Voluntad», como lo llamaba Yopon. Pero no pasó nada. No le llegó ninguna respuesta. Fue condenado al silencio más absoluto. Jones apoyó sus anchos hombros contra la pared, apartó la mirada de la figura de madera y la dirigió a Maggie.
Ella no había apartado la mirada del rostro húmedo de Baldwin. La habitación estaba en silencio, a excepción de la respiración acuosa del hombre herido. Jones esparció con cuidado sus objetos medicina sobre el suelo —el pequeño nido de pájaro, una concha de tortuga, tres guijarros sagrados, las orejas de un coyote—, encendió su pipa de la paz y comenzó a cantar y soplar humo purificador sobre la cama. Ella seguía sin mirarle, pero se levantó lentamente sujetando una escoba en las manos, con los nudillos blancos por la presión, y observó el humo que flotaba sobre el rostro febril de su esposo.
—Por favor, sal de aquí —dijo en voz baja.
Él continuó cantando y ofreciendo humo hasta que ella la emprendió a golpes con la escoba. Él recogió sus bártulos con tanta parsimonia como le permitió la andanada de escobazos y se marchó. Jones sangraba por una herida en la cabeza. Ella lo siguió fuera de la casa y se paró en el porche.
—Coge tus creencias sacrílegas y márchate —dijo Maggie aturdida.


Hay algo fantasmal y violento en La última galopada, una amenaza subterránea y una tormenta por estallar. Unas huellas en la tierra, una figura negra en la noche, la sensación de que alguien vigila tus movimientos. La aparición de Jones parece atraer algo indecible, algo que enfrentará a Jones y los Baldwin con una fuerza superior. La aventura y el misterio. La crueldad y la búsqueda. Como en Centauros del desierto, una partida de indios rapta a una de las hijas de los Baldwin. Jones, Maggie y su hija Dot van en busca de Lilly. Si Ethan Edwards descubre una humanidad desconocida en la película de Ford, Maggie encuentra la aceptación, la pertenencia y el perdón en La última galopada.

Es la primera parte, lacónica, violenta, misteriosa, la que gana enteros sobre la resolución, que se alarga y cae, por momentos, en el sentimentalismo. El inicio de las diferentes búsquedas: de la muchacha capturada, de las raíces, del lugar que ocupan nuestras creencias, está admirablemente narrado en las primeras páginas, el ritmo que bascula entre la pausa y la aventura, el gusto por los detalles en Eidson, los ritos, los silencios y la violencia seca, Jones que parece querer transmitir todo aquello que encontró entre los indios a la joven Dot, los dos mundos y tiempos en los que viven Jones y los Baldwin. Es en el inicio del camino, en las largas jornadas bajo el sol y los encuentros con alguaciles y vaqueros de gatillo fácil, bandidos mexicanos o con indios desterrados y partidas de indios sanguinarias la que hacen de La última galopada un western memorable. En cambio, el final se alarga de manera innecesaria, todo el laconismo de Jones, todas las dudas de Maggie sobre su vida, su religión, están sobre explicadas, la aventura y la pausa decrecen y se busca la explicación de cada personaje.

Historia crepuscular que mezcla aventura y terror, La última galopada es una buena lectura para los que amamos el western.








Los dedos de Jones tamborileaban distraídamente sobre el viejo rifle Sharps y de vez en cuando echaba un trago a la botella y se giraba para mirar hacia el rancho allá abajo. Antes de partir, había intentado despedirse. Ella lo ignoró. Mejor así, pensó él. Eso le permitió mirarla con más atención. Jones había colocado la escopeta de Baldwin cargada sobre el regazo de ella, pero no le prestó ninguna atención. Ni una sola mirada.
Jones dejó escapar un breve suspiro y se obligó a dejar de pensar. Ya había acabado todo. Intentó visualizar el pequeño rostro de Thelma y, al intuirla vagamente, le invadió la tristeza. Las cosas eran ahora tan distintas de como había creído en otro tiempo. La vida le había parecido tan viva, tan real y tangible, tan fácil de sobrellevar y transportar de un lado a otro. Pero ahora se había dado cuenta de que nunca fue así; de que había cosas de más valor que él nunca había disfrutado.
Un álamo con la corteza marcada por las zarpas de un oso se erguía moribundo junto al sendero y sus hojas caían silenciosamente empujadas por la brisa. Observó los rayos de sol que se reflejaban en el árbol, haciéndolo parecer un objeto brillante y espiritual al tiempo que sus hojas flotaban cayendo en trayectorias aleatorias sobre la tierra, separándose en el aire en sus viajes solitarios. En otro tiempo, ese árbol fue un todo, unido en una misma vida y causa; ahora estaba desmontándose y sus diferentes vidas morían diferentes muertes, cada una por separado. Él se sentía como ese árbol.
Solo había experimentado superficialmente la esencia de la vida, las cosas invisibles que atesoraban su verdadero significado y que a lo largo de los años tan solo le habían rozado como una suave brisa sobre la piel. Ahora se desprendían alejándose, dejándole que siguiera su camino sin ellas. Ahora estaba verdaderamente solo.
Las colinas estaban en calma y los ruidos de los animales sonaban fuertes y amenazadores. No importaba. Si más adelante se encontraba con problemas, quienquiera que fuera a causarlos ya sabía que se estaba aproximando, y también lo que transportaba y de dónde venía. Pensó otra vez en el rostro del indio —el rostro que había contemplado en la visión del maizal dos noches atrás— preguntándose quién era y qué querría… y por qué le inquietaba tanto.

***

Jones la estaba mirando.
—¿Qué? —preguntó Maggie.
—Me alegro de que sobrevivieras.
—Crees que tu magia india me salvó —dijo ella. Él no respondió—. No tenías ningún derecho a involucrarnos a mí o a mi hija en tu mascarada pagana. Somos cristianas —hizo una pausa—. Tú mismo lo fuiste en otro tiempo.
Él asintió, observando las llamas.
—Ahora crees en plumas y en humo.
El viejo contempló el rostro de la mujer durante unos segundos con un atisbo de agitación en las arrugas de la boca.
—Yo creo en un creador de la tierra y hombre. ¿Qué diferencia hay entre eso y lo que tú crees? —al ver que ella no respondía, continuó con voz firme—. Ama, dime.
—Tus dioses corren de un lado a otro prestando poderes a los hombres. Estás obsesionado con tus rituales paganos y toda esa parafernalia… con tus cantos, el humo de tu pipa, tus pinturas, tus pólenes, tus collares de cuentas…
—… Tus oraciones, tus ángeles —interrumpió él—, tus cenizas, tu incienso, tu agua bendita —se levantó y puso madera en la hoguera y observó las chispas ascendiendo al techo de la cueva; luego se giró hacia ella—. Tus santos y discípulos que sabían hacer magia.
—Milagros —dijo ella rápidamente.
—Jesús, que andaba sobre el agua y resucitaba a muertos. Tu crucifijo.
—Blasfemia.
—No. Creo que Cristo era verdaderamente Dios. Pero los blancos lo perdieron.
Ninguno de ellos habló durante un rato. Maggie leyó su Biblia, mientras Jones limpiaba el Sharps. El viento soplaba entre las rocas de la cueva, murmurando voces. Maggie sintió un escalofrío, cerró el libro y miró a través de la hoguera hacia él. Maggie no había acabado con la discusión.
—Si crees eso, ¿por qué no eres aún cristiano?
—Ya te lo he dicho, Ama. No sé el nombre de lo que soy. Solo sé que los blancos arruinaron aquella cosa que llamáis Cristianismo.
Sacó un bastoncillo del cañón de la vieja arma y miró dentro para ver si estaba limpio. Aún mirando el cañón, dijo:
—Los blancos perdieron a su dios.
—Eso no es verdad. Yo puedo hablar con mi Dios.
—Hablar, pero nada más. Se ha perdido en algún sitio —examinó el rostro de su hija—. Mi dios ayuda, Ama. Y puede ser invocado. Sus espíritus buenos me ayudan.
—Mi Dios me ayudará.
—Entonces úsalo para encontrar a Lily.
—No le voy a poner a prueba.
—No sabes cómo encontrarle, eso es todo. Yo tampoco lo sabía. Por eso no soy cristiano. Cuando le necesité, Él no estuvo ahí.
La última galopada. Thomas Eidson. Traducción de Marta Lila Murillo. Editorial Valdemar.

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