Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

viernes, 16 de diciembre de 2016

Torborg Nedreaas en Nada crece a la luz de la luna

Escucha. Se trata solamente de una pequeñez que iba a mencionar. Recordarás que dije que nos encontramos a alguien en el camino. No, no… No es nada traumático ni nada por el estilo. Sólo algo en lo que pensé entonces o poco después. Venían esos jóvenes sindicalistas de Gruben, cantando. Él dijo: «Vaya unos cabrones». Al pasar a su lado, no les miramos. No, en realidad nunca les hemos mirado. Pero yo pensé en ellos, en que estaba cantando. ¡Porque aquello sí que era cantar! Y me percaté de que los envidiaba. Pensé que ninguno de ellos podía estar pasándolo mal. Hay distintas maneras de cantar, ¿no?
Era la canción de los invulnerables. ¡Oh! ¿Qué había en el fondo de su canción? ¿Puede una política seca e inhumana ―sí, escucha esa palabra tan rimbombante―, puede proporcionar calor a los jóvenes corazones y brillo a los jóvenes ojos y darle la letra que hay en su canción si no hubiera nada más… si su lucha no fuera una lucha por la humanidad? ¡Oh! ¡Ojalá alguien me hubiera respondido antes a eso!
Porque ya es demasiado tarde. ¿No es extraño que la mayoría de la gente esté de acuerdo en que hay algo que va tremendamente mal pero, a la hora de la verdad, no quieren que se produzca cambio alguno? Sí, había socialistas en Gruben y querían cambios para que las cosas mejoraran y fueran más justas… Pero quienes querían realizar cambios y hacer realmente algo para arrancar el mal desde la raíz eran odiados como la peste. A aquellos jóvenes que representaban a la única juventud que trabajaba para dar cumplimiento a nuestros deseos y anhelos ni los mirábamos.
Pero ellos cantaban. Sí, cantaban, y su canción me marcó y se ocultó en algún lugar de mí, resonando desde entonces en mi interior. Pero ya es demasiado tarde… para .
¿Sabes lo que me dijo un hombre una vez?... No, ya se desbocan mis pensamientos, pero quiero contarte lo que un hombre me dijo una vez. Me dijo: «Nada crece a la luz de la luna». Bueno, me desespero terriblemente porque no consigo expresar lo que quiero que entiendas ahora… Tenemos demasiado miedo a que nos dé directamente la ardiente luz del sol. Anhelamos el sol, pero nos sentimos más seguros bajo la luz de la luna. Lo entiendes, ¿verdad? En fin, tal vez lo entiendas cuando esta noche haya acabado.
Una vez vi a una chica ―una puta― agachándose para recoger unos billetes. No quería ese dinero. Decía que quería tirárselo a la cara del que se lo había arrojado a ella. Pero los metió en su bolso a gran velocidad. Sí, vi sus manos. Y también vi sus ojos, sus airados ojos de puta. Dijo lo peor que podía decir, que era una zorra. Pero vi sus manos. Eran muy veloces, y muy pobres, y con ellas metía un dinero sucio en su bolso porque no podía permitirse arrojarlo a la cara de nadie, ni podía permitirse un poco de orgullo.
Torborg Nedreaas. Nada crece a la luz de la luna. Traducción de Mariano González Campo. Editorial Errata naturae.

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