He traído una bolsa con libros de casa de mis padres. Desde hace semanas elijo un libro de los que aún tengo en su casa y le busco un lugar en mi nueva biblioteca. Es un ejercicio de paciencia y lentitud, porque aún deben quedar unos quinientos allí (entonces, podría tardar más de un año en reunir mis libros en un mismo lugar). Hoy quise saltarme esa paciencia y lentitud y escogí una quincena de viejas lecturas —Ford, Bolaño, Dexter—. En el tren, con la bolsa entre los pies, me di cuenta de que no sólo está la ausencia absoluta de mis padres cada vez que entro en su casa, también yo, poco a poco, voy dejando huecos y vacíos.
Hoy, en mitad del reparto, he visto dos esquelas de vecinos de mi sección, uno muerto con 66 años y otro con 72. Eran hombres con los que tenía un pequeño vínculo por el trabajo. P. vestía al estilo americano de los años cincuenta, llevaba el pelo engominado, leía revistas de ciencia y misterio, su voz pausada y clara. Compartía piso con otros hombres de su edad y uno de ellos me decía que P. leía siempre hasta tarde en la noche. J. me preguntaba por la carta de los pensionistas o si había llegado ya la declaración de la renta o cómo hacer para votar por correo. Era espigado y nervioso y parecía siempre estar esperando algo. Son pequeñas punzadas, ýb.
Hoy, también, una mujer me habló del viento de agosto en Colombia. Se sorprende del viento constante y agotador de este pueblo. Le digo que llega del mar y que lo detienen las montañas alrededor, devolviéndolo con fuerza al valle —en los últimos días, árboles arrancados de raíz, tejados levantados, puertas metálicas retorcidas como papel—. Es lindo ver el cielo lleno de cometas en los agostos de Colombia, ver cómo navegan, me dijo con su acento apacible y delicado. Me encuentro cada día con retazos de otros mundos.
No pude escribirte la semana pasada, ýb. Me puse enfermo, salí antes de trabajar y me quedé en la casa vacía de mis padres a pasar la noche. Era incapaz de llegar a mi casa. Fueron horas extrañas, ýb. Era la primera vez que pasaba la noche solo en el que fue el hogar de mi infancia. Entré en cada habitación en una especie de búsqueda arqueológica. El silencio, el frío que devolvían los muebles, las cajas con ropa, la penumbra. En la mía, los libros aún por traer a esta casa. En la de mis padres, el armario cerrado, la cama cubierta únicamente por una colcha, el retrato de mi abuela materna. Abrí los cajones para encontrarme con objetos ahora inanimados que llevan un recuerdo —la cartera de mi padre, con las esquelas de vecinos del barrio recortadas del periódico, un calendario de hace cinco años, alguna fotografía en blanco y negro; el bolso de mi madre, sobre la cómoda, vacío; la radio (el transistor, que dirían ellos), que usaba mi madre para dormir bien—. Creo que la muerte es una casa fosilizada donde sólo quedan las huellas de aquello que nos describía.