A veces compro libros que he olvidado que tengo en mi biblioteca. Como Once tipos de soledad, una novela descatalogada durante años y que encontré hace poco en una de mis librerías favoritas —la librera me animó a llevarme el otro libro de relatos de Yates editado por fiordo porque, dijo, sus cuentos son asombrosos por lo certero y por la epopeya de las vidas ordinarias—. Cada día elijo un libro de mi vieja biblioteca en casa de mis padres que traer a esta nueva biblioteca hecha a medida que ocupa la habitación de al lado. Y días después de hacerme con ese libro de Yates descubro que tengo una edición anterior que tradujeron como Once maneras de sentirse solo, y que leí en dos mil diez. En un cuaderno de lectura escribí: “(…) Yates retrata esos años posteriores a la segunda guerra mundial donde la vida se reanudaba y los sueños se resquebrajaban de forma imperceptible”.
Esta mañana empecé a leer esta nueva traducción de la editorial fiordo, en el tren de cercanías, camino del trabajo. Por un instante pensé en esos dieciséis años entre una y otra lectura, entre una y otra vida, y me asombró cuánto ha cambiado. Siempre hay quien pregunta cómo nos vemos dentro de cinco años, pero pocos se atreven a preguntar cómo nos veíamos tiempo atrás. En estos años he encontrado un amor a corriente y he descubierto que andar durante kilómetros por caminos solitarios me aquieta; tengo un pequeño terreno donde salir a leer y ver el cambio de luz; un trabajo que sé está por desaparecer, como las cartas. La muerte de mis padres y el cáncer de mi hermana pequeña han traído, además del luto y la preocupación constante, cierto temple y sosiego y la idea de dejar que las cosas se posen. En la primera lectura de Yates, estaba por encontrarme por última vez con la argentina que amé cuando agosto era invierno, tuve un par de relaciones fallidas y miedosas, y creía que me estaba convirtiendo en una de esos personajes solitarios de Yates. También, estábamos por cruzarnos tú y yo, ýb, a la que aún escribo cartas en este tiempo donde he dejado de escribir por completo. Una lista poco detallada de los dieciséis años entre dos lecturas de un libro que no es aquél que fui.
Los lunes de Anay. Algoritmos…
"hacen un ruido enorme, un ruido
infernal, pero nadie se percata"
PATRIZIA CAVALLI
LAS FRESAS EN MAYO
Siempre le pedía fresas a mi madre
y mi madre me gritaba
las fresas en mayo
las fresas
en mayo.
Y cuando mayo
yo era un bosque de fresas
y en las piernas fresas
y en las muñecas
y en el puente de la risa.
Pero desde que la ingeniería genética
ha demostrado
que las fresas antiguas se equivocaban,
las tengo de enero a diciembre,
el lunes y el martes,
el miércoles
y el remiércoles
y también el treinta y siete
de abril.
Y ahora todo es
un cansancio de fresas
y un tres por dos
y un bah
y un dejadme en paz.
BATANIA
Feliz lunes.
Un beso,
Anay

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