Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

lunes, 26 de junio de 2017

Mark Twain en Las aventuras de Huckleberry Finn

Boggs se acercó a todo galope, en su caballo, lanzando gritos y alaridos como un piel roja y diciendo:
—¡Dejad vía libre! ¡Vengo en son de guerra y va a subir el precio de los ataúdes!
Estaba borracho y se tambaleaba en la silla; tenía más de cincuenta años y una cara muy colorada. Todo el mundo le gritaba, y se burlaba de él, y le soltaba impertinencias a las que él correspondía. Dijo que se cuidaría de ellos y les iría liquidando por riguroso turno, pero que en aquel momento no podía entretenerse porque había ido a la población a matar al viejo coronel Sherburn y su lema era: «Carne primero y, para rematar, comida de cuchara».
Me vio a mí y se acercó, y dijo:
—¿De dónde has venido tú, muchacho? ¿Estás listo para morir?
Después siguió adelante. Yo tenía miedo, pero un hombre dijo:
—No habla en serio. Siempre las gasta así cuando está borracho. Es el loco de mejor talante de todo Arkansas. Nunca ha hecho daño a nadie, ni borracho ni sereno.
Boggs se acercó montado en su caballo al establecimiento más grande de la población y agachó la cabeza para poder asomarse por debajo del toldo. Bramó:
—¡Sal a la calle, Sherburn! ¡Sal de ahí y ven a hacer frente al hombre que has estafado! ¡Tú eres el perro a quien vengo a buscar, y voy a encontrarte además!
Siguió diciéndole a Sherburn todo lo que se le ocurrió y toda la calle se llenó de gente que escuchaba, reía y hacía comentarios. Por último, un hombre de altivo aspecto, de unos cincuenta y cinco años, y, con mucho, el hombre mejor vestido de la población, por añadidura, salió del establecimiento, y la multitud se apartó a los dos lados para dejarle pasar.
Se dirigió a Boggs, muy sereno y muy despacio, y dijo:
—Estoy harto de esto, pero lo toleraré hasta la una en punto. Hasta la una en punto, óyeme bien: ni un minuto más. Como abras la boca contra mí, aunque no sea más que una vez, después de esa hora, no podrás viajar tan lejos que yo no te encuentre.
Después dio media vuelta y volvió a entrar. La gente se puso muy seria, nadie se movió y no hubo más risas. Boggs se fue insultando a Sherburn a pleno pulmón por toda la calle abajo. Al poco rato regresó y se paró delante del establecimiento sin cesar en sus insultos.
Algunos de los hombres se agruparon a su alrededor para intentar hacer que se callara, pero él se negó. Le dijeron que faltaban quince minutos aproximadamente para la una, y que por lo tanto tenía que irse a casa; debía marcharse. Pero de nada sirvió.
Juró con toda el alma y tiró su sombrero en el barro, lo hizo pisotear por su caballo y, poco después, volvió a bajar la calle como un rayo, con los cabellos grises ondeando al viento. Todos los que podían hacerlo intentaban convencerle de que se apeara del caballo, con la intención de encerrarle bajo llave hasta que se le pasara la borrachera. Pero todo era inútil; volvía a echar otra carrera calle arriba y se detenía para soltarle otra andanada de insultos a Sherburn. Por último alguien gritó:
—¡Buscad a su hija!… ¡Pronto! ¡Id a buscar a su hija! A veces le hace caso. Si hay alguien que pueda convencerle, es ella.
Y alguien se fue corriendo a buscarla. Yo anduve un poco por la calle y luego me detuve. Al cabo de cinco o diez minutos apareció Boggs otra vez, pero no a caballo. Iba tambaleándose por la calle en dirección a mí, con la cabeza descubierta, un amigo a cada lado cogiéndole del brazo y empujándole adelante.
Boggs callaba y parecía inquieto. No se hacía el remolón, sino que él mismo se apresuraba bastante. Alguien llamó:
—¡Boggs!
Pude ver que quien había hablado era el coronel Sherburn. Estaba completamente quieto en la calle, y tenía una pistola en la mano derecha; no apuntaba con ella, sino que la sostenía con el cañón hacia arriba. Al mismo tiempo vi a una muchacha joven que se acercaba corriendo, con dos hombres.
Los hombres y Boggs se volvieron a ver quién llamaba y, a la vista de la pistola, los hombres saltaron a un lado y el cañón del arma empezó a bajar lenta y firmemente hasta ponerse horizontal, con los dos gatillos amartillados. Boggs alzó los dos brazos y exclamó:
—¡Oh, Dios! ¡No dispares!
Mark Twain Las aventuras de Huckleberry Finn. Traducción de José A. de Larrinaga. Círculo de lectores.

viernes, 23 de junio de 2017

Los pichiciegos. Rodolfo Fogwill

Viven bajo tierra. Como aquellos bichos, los pichiciegos. En un refugio/madriguera. Durante el día se cuentan historias protagonizadas por judíos. Hablan de Gardel. De culear. De los milicos y los montoneros. Y recuerdan su vida fuera de Las Malvinas. Sienten las bombas que tiran los aviones sobre la tierra, la guerra desencadenada en la superficie. De noche buscan provisiones. Hacen intercambios con los ingleses o los argentinos. Se esconden tras las rocas para que no les peguen un tiro y se cagan de frío. Ven descender los aviones y las trayectorias extrañas de los misiles. No quieren ser un soldado helado (un muerto). Ni acarrear fríos (heridos). Regresan al calor del refugio y esperan. Su comunidad se divide entre los Reyes Magos, aquellos que construyeron la madriguera y se escondieron en ella para no participar en la guerra, los almaceneros, que apuntan y distribuyen los víveres, cigarros, alcohol, comida, los que salen en misiones nocturnas para abastecerse, los que callan y duermen porque se saben prescindibles. Son los pichis. Son jóvenes, soldados, desertores. Y tienen miedo.

Fogwill escribe sobre un puñado de soldados argentinos y la guerra de las Malvinas sin necesidad de escenas de combates ni parlamentos antibelicistas. Muestra a un grupo de desertores, su madriguera, su espera al final de la guerra, muchachos rosarinos, cordobeses, tucumanos embarcados en una guerra que les es ajena, su miedo a ser descubiertos, a morir, sus días bajo tierra y las noches a la intemperie en busca de víveres en una isla fantasmal donde sólo parecen quedar ovejas, hablan de la situación argentina, los militares en el poder, los aviones sobre el mar y los hombres y mujeres lanzados al mar desde miles de pies de altura, ven la guerra desde otro lugar, el sonido de los aviones y misiles, las explosiones lejanas, los días finales de largas colas de soldados rendidos. Forman una pequeña comunidad fuera de la guerra y apartados de la vida, sólo les quedan la espera y el final.

Y mientras esperan, es miedo lo que sienten los soldados. Miedo a una bala, algo tangible y momentáneo, y miedo al mismo miedo, algo que no se separa de la piel, que condiciona cada instante de la vida de los pichis y hace salir el instinto de cada uno a la superficie, acumular cosas, ser más inteligentes o más cautos, hacerse invisibles. Los pichiciegos es ese miedo constante, es la angustia del momento, es la claustrofobia del encierro, es saberse en suspenso y sentir dentro del pecho ansiedad por una bala perdida, una misión de abastecimiento fallida, ser expulsados del refugio al día y la intemperie. Y en ese miedo visiones de monjas entre nubes.

El miedo: el miedo no es igual. El miedo cambia. Hay miedos y miedos. Una cosa es el miedo a algo —a una patrulla que te puede cruzar, a una bala perdida—, y otra distinta es el miedo de siempre, que está ahí, atrás de todo. Vas con ese miedo, natural, constante, repechando la cuesta, medio ahogado, sin aire, cargado de bidones y de bolsas y se aparece una patrulla, y encima del miedo que traes aparece otro miedo, un miedo fuerte pero chico, como un clavito que te entró en el medio de la lastimadura. Hay dos miedos: el miedo a algo, y el miedo al miedo, ése que siempre llevas y que nunca vas a poder sacarte desde el momento en que empezó.
Despertarse con miedo y pensar que después vas a tener más miedo, es miedo doble: uno carga su miedo y espera que venga el otro, el del momento, para darse el gusto de sentir un alivio cuando ese miedo chico —a un bombardeo, a una patrulla— pase, porque esos siempre pasan, y el otro miedo no, nunca pasa, se queda.

Los pichiciegos queda como una novela extraña y atrayente, un acercamiento subterráneo a la guerra de Las Malvinas y a un puñado de muchachos que deciden no tomar parte de ella. Y alrededor de esa decisión, la política argentina, la vida que han dejado atrás los soldados y el destino que les espera.










Llamaban helados a los muertos. Al empezar, las patrullas los llevaban hasta la enfermería del hospital del pueblo; después se acostumbraron a dejarlos. Iban por las líneas, desarmados, llevando una bandera blanca con cruz roja, cargando fríos. Fríos eran los que se habían herido o fracturado un hueso y casi siempre se les congelaba una mano o un pie. A ésos los llevaban a la enfermería, y si había jeeps y gente apta los llevaban después a la enfermería de la pajarera, donde bajaban los aviones a buscar más heridos y a traer refuerzos de gente, remedios y lujos para los oficiales. Para llegar hasta la pajarera había que cruzar el campo donde siempre pegaban los cohetes: se veía desde lejos un avión solitario que parecía quedarse quieto en el aire, después se lo veía girar y volverse para el lado del norte, y enseguida llegaban uno o dos cohetes que había disparado. Pegaban en el campo echando humo, hacían una pelota de fuego y después una explosión que trepidaba todo y el aire se enturbiaba con un ácido que ardía en la cara. ¿Quién iba a querer cruzar el campo para llevar heridos? La explosión repercute adentro, en los pulmones, en el vientre; hasta pasado mucho tiempo sigue sintiéndose un dolor en los músculos que se torcieron adentro por el ruido, por la explosión.
Cruzar el campo a pie da miedo, porque se sabe que allí pegan los cohetes y se arrastran por el suelo —todo quemado— como buscando algo. Los que andan por ahí están siempre temiendo y se les notan los ojitos vigilando a los lados. Muchos se vuelven locos. Un cohete explotó a un jeep: cuentan que cada uno de esos cohetes británicos les cuesta a ellos treinta veces más caro que los mejores jeeps británicos.

( … )

Los Reyes no rezaban, nadie rezaba. Casi nadie creía en Dios. Él dudaba: Viterbo decía no creer. El Turco seguro que no creía en nada y el Ingeniero, que era hijo de evangelistas, decía creer cuando sentía miedo; después no.
Y entre los pichis, nadie rezaba. Aunque: ¿quién puede descartar que cuando se iban a dormir y se acostaban callados, pensaban y rezaban para adentro?
Nadie lo puede descartar. ¿Verdad? Los Magos decían que Pugliese se estaba volviendo loco porque una noche, volviendo con Acosta de un viaje a la Intendencia, contaron que mientras esperaban la oscuridad para entrar al tobogán sin delatar el sitio donde lo habían disimulado, cuando estaban todavía enterrados en la sierra, habían sentido voces de mujeres. Que no eran malvineras, dijo Acosta, y que hablaban casi como argentinas, con acento francés. Él no las vio, las escuchó. Pero Pugliese dijo que él corrió a verlas, que se desenterró de la arenilla para verlas porque sintió que estaban cerca, y se asomó entre las piedras y vio dos monjas, vestidas así nomás de monjas, en el frío, repartiendo papeles en medio de las ovejas que les caminaban alrededor.
El Turco dijo que Pugliese se estaba volviendo loco. Los otros dijeron que eran visiones que se les producían por el cansancio. Acosta, que había estado en las piedras al lado de Pugliese, dijo que podía ser, pero que él había oído a las mujeres hablar y a las ovejas balar y que lo que se oye no es una visión, y que después sí vio a Pugliese acercarse haciendo un ruido con los dientes que le dio miedo; más miedo del que siempre llevaba.
Los Magos convencieron a todos de que Pugliese estaba medio loco. Muchos se vuelven locos. El Turco los puteaba porque con la historia de las monjas habían perdido no sé qué paquetito que les mandaban los de Intendencia:
—Lentos y mentirosos. ¡Y para colmo boludos y ahora locos! —recriminaba el Turco.
Pero la noche siguiente, después de la comida, llegó Viterbo con García. Habían salido a campear un cordero.
De vuelta en el calor, tomando media botella de Tres Plumas, todavía temblaban.
Miraban a Pugliese. Lo miraban al Turco. Miraban a los otros y hablaban muy bajito. Contaba Viterbo:
—Las vi yo, las vio él. Hablaban. Así, como dijo Pugliese la otra noche. Dos monjas. ¡Hacía diez grados bajo cero, al menos! Le hablaron a él, a García.
El estudiante quería interrumpir, castañeteaba, hacía que sí con la cabeza y trataba de dibujar con las manos una monja en el aire.
—¿Qué eran?
—Eran monjas. ¡Las vimos! —tartamudeaba Viterbo—. Hablaban. Había corderos con ellas: las seguían.
—¿Y por qué no agarraste uno? —jodió alguien.
—Aparecieron de repente, del aire, de esa neblinita que flota arriba del suelo cuando se para el viento, nacieron.
Rodolfo Enrique Fogwill. Los pichiciegos. Editorial Periférica.

sábado, 17 de junio de 2017

silencio ciego

Empezó con pequeños olvidos, alguna palabra que no acaba de recordar, la confusión en el nombre de las calles, las compras que se quedaban a la mitad. En los primeros días me miraba traviesa, como una niña cogida en renuncio, se divertía con sus despistes y describía a aquellos días como sus días misterbean. Luego, me cogía de la mano para no sentirse perdida o se quedaba quieta en mitad del pasillo, la mirada sorprendida, ella que parecía sumida en las tinieblas y pedía ayuda, un faro, un camino de vuelta. Una vez pusimos un nombre a sus olvidos sacamos nuestros recuerdos de los armarios y las cajas. Superponíamos cartas, fotografías, collages, postales, tapas de libros, mapas y cuadernos en las paredes, una vida en exposición. Bajo una fotografía suya de aquellos días donde hicimos el camino al fin del mundo había una postal de nuestra hija con su letra infantil y un puñado de hojas secas de cuando recogíamos piedras y hojas y flores para crear nuestros amuletos y rituales. Cada día repasábamos una parte de la casa, nuestros primeros viajes, los mapas con cruces a bolígrafo, los cuadros comprados en la calle, las viejas cartas de Tarot que hablaban de buenas energías o de algo que estaba por empezar. Ella se despedía de su vida, yo me despedía de nosotros. Nos mirábamos y sabíamos que nuestro pasado empequeñecía. Nuestro pasado y ella. Llegaron los días del terror y la confusión, su vida plegada en miles de dobleces, los tiempos y las caras desajustados, los silencios como única conversación. Veía cómo su cuerpo menguaba poco a poco y su mirada perdía la calidez de las emociones. Una vez me confundió con nuestra hija. Me abrazó y me susurró un cuento para dormir y me habló de dioses convertidos en rocas, dioses tumbados en la costa norte, sus pies que sobresalían en el mar y la cara pétrea que observaba el cielo, esperando el momento de volver a la vida y tomar aquella tierra de nuevo, me dijo que no tuviese miedo de esos dioses, de su silencio ciego, que ellos y yo éramos parte del universo y que ese universo nos enviaba señales, sólo que a veces no sabíamos cómo interpretarlas. Ella me susurraba y yo le agarraba la mano con fuerza, creía que así la retendría en mi presente. O se despertaba de noche llorando porque volvía a ser niña y tenía miedo a la muerte, no a su muerte, sino a la mía, decía que no quería verme morir, tampoco a mamá o los abuelos. Su voz  pura y triste se parecía a la de nuestra hija cuando tuvo el mismo miedo, hace ya medio siglo. Volví a ser el padre de una niña aterrorizada, y le conté lo mismo que a ella, que yo tardaría muchos años en morir, que la muerte formaba parte de la vida, que no era un final sino un inicio, le hablé del pueblo de mi padre, la costumbre de plantar un árbol por cada nacimiento y cómo, con los años y el abandono, aquellos árboles pasaron de celebrar la vida a recordar ausencias y muerte y, si te sentabas bajo su sombra, los muertos nos hablaban a través de ellos en los días de viento, porque el viento y los árboles conformaban su lenguaje. Y como a nuestra hija, le prometí que iríamos a la casa de mi padre a plantar un árbol, un carballo que crecería a la par que ella y que le serviría como mediador entre los vivos y los muertos. Su mirada se apaciguó, quería ser árbol y aprender el lenguaje del viento. Iremos en tren, me dijo, y yo asentí. Y en el tren reía con el traqueteo o se sorprendía con una luz solitaria en el horizonte o con alguien que nos saludaba al vernos pasar en mitad del atardecer. O se agazapaba y se quedaba inmóvil. La guié por el pueblo de casas de piedra y tejas de pizarra. Acariciaba la palma de su mano con mi dedo índice, aquel gesto de nuestros primeros días, y ella a veces asentía y a veces miraba las casas y a mí extrañada. Nos sentamos bajo el carballo que planté años atrás para mitigar el miedo de una niña de cinco años. Pensé en lo que me dijeron con la primera muerte, que el dolor purifica. Veía las ramas desnudas del carballo y los restos de nuestras iniciales grabadas en el tronco, veía a mi mujer retraída en un lugar inaccesible. El dolor no purifica, el dolor arrasa y deja un vacío que se agranda cada día, el dolor permanece y aprendes a convivir con él. Allí, bajo el carballo, los dos en silencio, escuchamos la voz de nuestra hija en el viento y las ramas.

jueves, 8 de junio de 2017

En el corazón del corazón del país. William H. Gass

No sé cómo hablar de En el corazón del corazón del país. A veces sucede. Que un libro ha llegado tan profundo que no sabes qué decir sobre él. Cualquier palabra y cualquier reseña se quedarían cortas ante lo leído, no mostrarían las diferentes emociones que te han acompañado durante doscientas o trescientas páginas, la tensión, el desconcierto, la tristeza, la aventura, el descubrimiento, la ruindad, la ternura, la soledad o el frío, no expresarían con precisión la iniciación de un muchacho en un paraje nevado, la muerte que deja atrás, la muerte que tal vez le espere delante del camino, o las casas en ciudades del medio oeste norteamericano, desde las que mirar y ser observado,  casas habitadas por seres anodinos que intentan salvaguardar los carámbanos en su entrada, hombres de miradas crueles, mujeres que entrevén en los insectos muertos en el suelo de las habitaciones una verdad o un poeta que capta las impresiones de aquello que le rodea, que lo une a sus sentimientos, a su vida pasada, presente y futura.

El poso que me han dejado estas novelas cortas y relatos. Está adentrarse en un nuevo territorio, donde las palabras (y el espacio que se acrecienta entre ellas) se refieren a la fragilidad, la soledad y la observación, donde se mezclan la tensión y la inestabilidad de la entrada al mundo adulto con la turbación de una vida que se escapa entre las manos, seres deshabitados, desolados y faltos de amor. Gass escribe la palabra precisa y no preciosa, enfrenta a sus personajes con el paisaje, usa la nieve de manera inquietante, la blancura que esconde y ciega, que entorpece y es refugio, que borra huellas y caminos y oculta algo terrible, pone a sus personajes en un porche o en una ventana donde seguir la vida de los otros y formular juicios de valores apoyados en una extraña ética, hace de esas ventanas una frontera y de esos personajes algo inquietante.

Dos relatos, como ejemplo. La novela corta El chico de los Pedersen, un paisaje nevado, la granja de los Segren, la aparición de un muchacho que habla de un extraño en la casa de sus padres, el padre Segren y sus dos hijos que desandan el camino del muchacho entre una blancura aterradora. Jorge Segren narra esa aventura por el paisaje nevado, la idea del muchacho que deja en su casa, el enigma del extraño al final del camino, el mismo camino que desaparece y el frío que amenaza con congelar a los tres. Gass hace algo cercano al mito, a lo sacro en esta novela, la iniciación, la prueba para entrar al mundo adulto, la sombra delante del camino y dentro del muchacho. Espacia las palabras, el hueco entre ellas que se agranda, las conversaciones que por momentos son secas y violentas, la aventura en sí. El relato que da título al libro y que se aparta ligeramente de esa precisión y violencia de los textos anteriores para dar la palabra a un poeta que observa la vida cotidiana, alguien capaz de ver aquello que permanece oculto o apenas entrevisto, de dar vida con su mirada a los seres grises que los rodean, que deja constancia de la soledad de que existe en lo más profundo del país, en lo más profundo del corazón del ser humano.

En el corazón del corazón del país es excepcional, junto a Zuckerman encadenado y La voz del amo, lo mejor que he leído en lo que va de año.










Billy Holsclaw vive solo –es imposible imaginar hasta qué punto. En la oficina de correos acapara la conversación hablando sobre el tiempo. Sacude la cabeza en un salvaje flujo de palabras, y yo interpreto esta violencia como una medida de su ansia por hablar. Necesita un buen afeitado, su rostro se ha cubierto de hollín, escupe al hablar y se pellizca nervioso los harapos. Se tambalea a merced del viento cuando me voy, con una bolsa de papel aplastada bajo el pliegue de su brazo y las hojas levantadas por el aire pasando a su lado, y nuestro encuentro me lleva a tomar triste conciencia de la poesía –donde no hay respuestas. Billy cierra su puerta y lleva carbón o leña al fuego y cierra los ojos, y sencillamente no hay manera de saber hasta qué punto está solo y vacío, o si se siente tan deshabitado y desolado y falto de amor como el resto de nosotros –aquí, en el corazón del país.
William H. Gass. En el corazón del corazón del país. Traducción de Rebeca García Nieto. La navaja suiza editores.