Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

jueves, 27 de febrero de 2020

El precio de la amistad. Kjell Askildsen

a) Salgo de los cuentos de Askildsen con la sensación de haber atravesado un paisaje vacío: la tensión ante algo que está por suceder, por hacerse presente y cambiarlo todo,  una verdad que está por revelarse pero que se malogra antes de concretarse, la vida de unos personajes que parecen atrapadas en el tedio y que ansían, al salir de casa, vivir una experiencia, o miran por la ventana en busca de una luz que destelle, por un instante, en la oscuridad, y rompan su aislamiento. La escritura de Askildsen es fría, lacónica, es la palabra justa y precisa, apenas necesita unos trazos para componer una escena, apenas un par de frases para conocer la voz y rostro de sus personajes, unos personajes que se enfrentan a unas relaciones decepcionantes y agotadas, unas vidas anodinas dominadas por silencios abrumadores, por lo que no se dice, convirtiendo esos silencios en frontera. Los diálogos, parcos, sólo sirven para mostrar la distancia entre los personajes, la soledad y el aburrimiento de cada uno de ellos. Y es en esa soledad, casi siempre en la noche, antes de acostarse, donde los protagonistas se quedan ante sus pensamientos, el mundo interior e inaccesible al otro, y llegan a percibir una verdad terrible.

Se quitó los zapatos y se metió debajo del edredón con la ropa puesta, luego volvió a levantarse, cerró la puerta y volvió a acostarse. Pero enseguida supo que no lograría dormirse y que quedarse sin hacer nada no haría sino empeorarlo todo, reforzar esa creciente sensación de abandono, de extravío. Y sin embargo no se levantó, pensó: Pero si así es como es, si este es el núcleo de mi vida. Lo otro no es más que actividad, acción, huir de ser reconocido.

b) Hablo de un paisaje vacío al salir de los libros de Askildsen no como algo peyorativo o decepcionante, sino asombrado ante la desnudez de una escritura capaz de mostrar una vida entera a través de un detalle de ella. No hay refugios en los paisajes vacíos, y eso parece ocurrir en la vida de los personajes de Askildsen, no hay un lugar seguro, lo importante ocurre en la mente de los protagonistas, no en sus palabras, mantienen conversaciones intranscendentes mientras lo primordial, el centro de su pensamiento, queda oculto al otro. Entonces, la tensión y la tirantez ante aquello que no se dice, ante un mundo interior que no se verbaliza. La distancia y la separación y el agotamiento: así transcurren los encuentros entre los personajes.

c) Askildsen escribió los cuentos El precio de la amistad, que apenas ocupan ochenta páginas, entre 1998 y 2004. Imagino la labor de poda de estos cuentos hasta dejarlos desprovistos de todo lo superfluo. Algunas descripciones de caminos y paisajes, algún rasgo físico despechado en un par de adjetivos, poco más. Y aún así, en ese paisaje vacío, siento el mundo subterráneo de los personajes, su tedio y su malestar, su búsqueda de una experiencia, su alejamiento e incomprensión del otro, algo que está por emerger, tal vez con una violencia seca y rápida. Son vidas en un paraje gris, enfriadas por los años y los encuentros con el otro, que se sorprenden cuando una luz aparece en un estallido de un segundo antes de desaparecer, dejando una estela confusa y extraña. Hay un hombre, un anciano ciego, que siente que todo se iluminó por un instante al volver la cabeza hacia su hijo y advierte el desconcierto de quien se encuentra ante una revelación, otro que enciende un farol para hacerse visible a su vecina y marcar su posición en la noche para romper una soledad que le ha dejado sin palabras, hay quien acude al entierro de un hermano y cuando sale a la luz del otoño sólo quiere desaparecer de la multitud, quien queda con un amigo para comer esperando una conversación significativa, hay un hombre que se pregunta por lo que cree que su mujer sabe de él, un matrimonio que ha dejado de reconocerse.

¿Qué sabes tú de lo que yo creo?, dijo ella, cuéntame lo que crees que yo creo.
No contesté. Pensé: Que se joda.
La toqué suavemente y dije que sentía haber dicho que había quedado con William.
Bueno, dijo ella.
Retiré la mano.
No tenía nada que ver contigo, dije.
Pero, Martin… dijo ella.
No sabía qué más decir. Ella se volvió y me miró. Nuestras miradas se cruzaron. Era incapaz de ver lo que había en esa mirada. Ella estaba completamente tranquila; tenía una expresión parecida a la que tiene a veces cuando duerme. Me acarició la mejilla.
Esto no cambia nada, dijo.
Así es, pensé.
¿A que no?, preguntó.
No, contesté.

coda) Me gusta Askildsen. Su austeridad. Su laconismo. He disfrutado de estos relatos, no tanto como en aquellos, admirables, de Desde ahora te llevaré a casa o los recogidos en Todo como antes; los he leído con lentitud, me ha vuelto a ganar con su forma de desprenderse de lo intrascendente para hablar de la distancia con el otro, de todo aquello que no se dice. Entiendo que haya a quien no lleguen estos relatos. Que les parezcan esquemáticos. Para mí tienen el valor de un paisaje vacío: me hace preguntarme por aquello que falta.







Cuando la mujer se alejó, él dijo que hacía mucho tiempo que no nos veíamos, y que mientras estaba esperándome, pensó que quizá fuera demasiado tiempo y no nos reconociéramos, y tal vez hubiera variado nuestro concepto de nosotros mismos, porque era muy normal que hubiéramos cambiado, al menos con relación al otro, ya que la influencia recíproca había cesado.
Esas eran las palabras que yo había utilizado en mi discurso esa última noche, dijo él, yo había dicho que la amenaza para una amistad era que la influencia recíproca cesara.
Kjell Askildsen. El precio de la amistad. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Nórdica libros.

viernes, 17 de enero de 2020

La casa intacta. Willem Frederik Hermans

1)                 Hermans publicó La casa intacta a principio de los años cincuenta, en un tiempo de posguerra donde se intentaba reconstruir el pasado reciente, apaciguar la memoria y dictaminar dónde y de quién fue el horror o la crueldad, el heroísmo o el sufrimiento. Se señalaba al otro por su perversidad mientras se intentaba salvar la propia historia. Hoy se hablaría de imponer el relato y recrear la realidad de tal manera que parezca exacta y verídica y se acerque a cómo nos gustaría que fuese. Hermans, por lo que explica Nooteboom en su epílogo, fue una nota discordante en la sociedad holandesa, habló de brutalidad y barbarie, sí, pero no señaló en dirección alguna sino que abarcó todo aquel mundo que le rodeaba, el de los vencedores y el de los vencidos. Viene a decir, Hermans, una máxima que se ha repetido a lo largo de la historia y que por lugar común no deja de acercarse a una verdad última y desnuda: la crueldad no tiene bandos. La destrucción y el caos pueden desencadenarse en cualquier momento y todos y cada uno de nosotros caer en ellos.

2)                 El protagonista de La casa intacta recoge de manera fría y telegráfica aquello que ve y piensa. No hay nombres. Está el sargento, el español, poco más. El narrador avanza con una tropa de partisanos por una tierra desconocida, por unas palabras desconocidas que pueden ser rusas, montenegrinas, rumanas —la incomunicación que, en una paradójica vuelta de cuerda, hace pensar que el único lenguaje humano reconocible sea el de la guerra—. Hay reyertas, combates aéreos, sed, agotamiento, las miradas de los soldados clavadas en el camino. El polvo no se posa en una tierra que parece tragarse las bombas. Da igual el lugar, es uno de los frentes de la contienda. Y poco sabemos del narrador, apenas unas frases esquemáticas donde habla de tres años de guerra, de varios encierros en cárceles y campos, de huidas y fronteras. Todo esto contado en apenas un par de páginas.

3)                 Una casa abandonada en un pueblo sin civiles. Una casa que ha sobrevivido a las bombas y parece fuera del espacio-tiempo de la guerra. El narrador se adentra en ella como un fantasma que observa el mundo de los vivos. Ve las huellas que los dueños dejaron en las habitaciones antes de huir, su ropa, un puchero de sopa en la cocina, las ventanas tapadas para evitar la luz en la noche que descubra su posición. Es una casa grande, de un par de plantas, con una glorieta en el jardín y un plátano en la entrada. Sólo una habitación permanece cerrada. El narrador se quita su traje, se da un baño, se acuesta en una de las camas. Se sacude la guerra de la piel. Todo es extraño y frío en la descripción de un narrador que, tras matar a unos soldados alemanes cercados que huían, se adentra en un mundo ajeno al horror. Despojarse de la guerra hasta un tiempo anterior a ella.

4)                 Hay un momento, mientras el narrador se afeita tras el baño donde dice que ver lo es todo. Me afeité delante de un espejo en el que me podía ver de pies a cabeza. Si tuviera una habitación de paredes totalmente cubiertas de espejos podría quedarme allí sin aburrirme jamás, como Robinson Crusoe en su isla. El que se limita a pensar sólo está en contacto consigo a medias. Ver es lo más valioso, ver lo es todo. Verse a sí mismo como otro significaría la salvación, pero uno siempre permanece en el lado equivocado. El narrador fracasa en su intento de ser otro. Los alemanes regresan al pueblo y, pensando que se encuentran ante el dueño de la casa, se instalan en ella. Bajo la cama, su uniforme y fusil, recordándole al narrador el lugar que realmente ocupa en aquel tiempo, en aquel lugar. Después de los días de marchas y combates, de su observación fría de aquello que le rodeaba y que le llevó a reflexionar sobre cómo vería un hombre sin memoria la guerra, de cambiar uniforme por traje, zanjas por una casa grande, el protagonista asume la condición de dueño de la casa, de alguien ajeno a la guerra, y luchará por mantenerse en nueva posición. Y lo hará con una crueldad desconocida, absurda, extraña, ante los alemanes, ante los civiles que regresan, un combate por ser otro, por estar fuera del caos de la guerra. Es a mitad de La casa intacta donde se suceden un puñado de escenas de una brutalidad y una violencia seca y cruda, la idea de la imposibilidad de escapar al caos de la guerra.

5)                 El protagonista, sin nombre, sin pasado fuera de la guerra, se pondrá de nuevo su uniforme, regresará a su unidad de partisanos, a su espalda la casa destruida y saqueada. Y, al cerrar esta novela corta, no paro de pensar en esa casa, abandonada pero intacta, que guardaba las huellas de otras vidas, convertida en escombros. Como el alma de quien se adentra en la guerra y se deja arrastrar por su barbarie.









Me tumbé en la otra cama y palpé la mejilla de la mujer. Aún no estaba más fría que la mía. Le bajé los párpados; se cerraron más que los ojos de alguien que duerme.
Entonces, me incorporé y me senté, dándole la espalda, sosteniéndome la frente entre las manos. De este caparazón óseo revestido de piel elástica, de ahí sale todo: las demás personas, el mundo, la guerra, los sueños, las palabras y los actos que uno realiza de forma tan automática que no puede imaginarse haber sido capaz de pensar alguna vez; de forma tan automática que uno podría creer que sus actos son los pensamientos del mundo. Uno debería tener una segunda cabeza para comprender lo que es la primera, pero yo sólo tengo una, está aquí entre mis manos, la sostengo como no se sostiene ninguna otra cosa. Y no obstante, si no fuera porque lo asegura los expertos, no sabríamos que la cabeza es algo diferente a una mano o a un pie.
La casa intacta. Willem Frederik Hermans. Traducción Catalina Ginard Féron. Gatopardo ediciones.

jueves, 2 de enero de 2020

hacer lumbre

Ayer encontré una cabaña en un bosque. Como en los cuentos. Salía humo de la chimenea. Ese humo hacia el cielo me recordó las aldeas de tejados de pizarra de mis padres. De niño me agachaba para abrir el tiro de la cocina mientras mi madre o alguna de mis tías encendía una piña y la dejaba caer dentro de aquel agujero abisal del que pronto saldrían las primeras llamas. Creo que lo llamaban hacer lumbre.

Algunas tardes de agosto acompañaba a mi tía a recoger piñas para el invierno. Llevábamos una carretilla y sacos de arpillera. Seguíamos las rodadas del camino hasta que se convertían primero en senda y luego bosque. Mi tía hablaba en refranes. Decía, hay que desayunar como un rey, comer como un capitán general y cenar como un mendigo. Sus refranes eran su camino en la espesura de los días. El ruido en el bosque era el viento entre los árboles, nuestras pisadas en las hojas caídas, el salto de una ardilla. Años más tarde me adentré solo en el bosque. Entonces, el ruido era el latir de mi respiración.

El humo me ayudó a recordar.

Elegí a Bobin como primera lectura. Un asesino blanco como la nieve. Me senté en mi cocina, tan distinta a las de mis abuelos, de la que no salen llamas, y corté los bordes del libro. Era un libro intonso. El crepitar del cuchillo abriendo las hojas pegadas fue, por un instante, hacer lumbre.

Leo a Bobin poco a poco. Unas páginas suyas me llenan como docenas de otros. Me habla, de nuevo, de la pureza, la lentitud, dios, la importancia de lo que se ve a través de una ventana, que es mirar y esperar un ofrecimiento.

Y luego, al ir a trabajar, la luna creciente y una estrella binaria con su parpadeo azul y rojizo en el cielo.

Así mi primer día.


lunes, 30 de diciembre de 2019

2019 en lecturas

Apenas quedan unas pocas hojas secas en los árboles invernales. He visto cómo en las últimas semanas volaban en espiral hacia el cielo, se concentraban en las esquinas cerradas de los patios o marchaban con la corriente del río cercano. Cada vez que veo una hoja desgajarse de un árbol, ese instante donde planea en el viento antes de caer al suelo en una acrobacia, pienso en todo el tiempo transcurrido hasta el momento donde la hoja que cae y yo nos encontramos. Todo el tiempo.

Es difícil abstraerse de echar la mirada atrás en estos días rápidos de diciembre. Cruzamos una frontera. Entonces, me imagino ante un paisaje vasto y desconocido: a mi espalda lo inmutable, frente a mí un horizonte difuminado y extraño. Es coger aire ante lo que está por llegar mientras los recuerdos del último año se deslizan subterráneos en estos días, estar entre dos tiempos. Me dejo arrastrar por ese mirar a lo hecho en el año.

Siempre pienso que podría haber leído más y mejor. Entiendo ese más, el querer abarcar el mayor número de escritores y lecturas posibles, es ese mejor el que me resulta chocante. Como si Shalámov, Katherine Anne Porter o Robert Walser no fueran suficientes y Pynchon, Lispector o Gógol hubieran resultado una mejor elección. El dilema entre lo que se lee y lo que queda por leer, entre el camino andado y aquel que asoma a lo lejos.

Hoy escribo frente a una de las estanterías de mi biblioteca. Encima de ella, cuatro columnas de libros —un centenar de libros— que no tienen un hueco entre las baldas. Las columnas crecen poco a poco, cambio los libros de sitio para buscar una mejor estabilidad, junto géneros y autores distantes entre sí—los westerns de Le May con la poesía de Gamoneda, Nicholson Baker con Charlotte Brontë— me siento culpable por tanta lectura pendiente a la vez que disfruto del placer previo por la promesa de todos esos paisajes vastos y desconocidos que se abrirán ante mí, en cualquier momento.

Este año he conocido las librerías de Gijón, lugares donde pasar tardes sin tiempo, una pequeña y amigable donde hablé de los cuentos de Kolimá con el librero y me llevé libros de Gass, Lenz o Dazai; otra, una gran habitación con dos pisos de estanterías conectadas por una escalera y una antigua caja registradora que tintineaba al abrirse; busqué con afán de arqueólogo en mercados, ferias y librerías de segunda mano esos libros descatalogados que habitan mis listas de deseos desde hace años —este año taché de la lista libros de Ágota Kristof o Sam Shepard—; exploré mi biblioteca de referencia, un viejo chalé junto a una vía de tren y pasillos estrechos entre las estanterías, donde encuentro la mayoría de los libros que copan mis listas de próximas lecturas —listas a las que, cansado por la acumulación, dejo de hacer caso al poco tiempo— y descubro otros que me hablan por una página al azar o la promesa, la eterna promesa de una historia que me acerque a la emoción de niño, cuando mi abuelo en la cocina recordaba para mí, con una mezcla de incredulidad y quietud, el mundo fuera de su valle —y el mundo estaba dominado por una guerra o el encuentro con el mar o las grandes casonas entre montes o la primera mirada alucinada hacia los edificios de la ciudad que tapaban cielos y horizontes—.

Paso por épocas donde intento ordenar el caos. Establezco un plan de lectura, escojo tres libros conectados entre sí ya sea por  tema o estilo como por país, generaciones o cualquier semejanza que me invente —o me decido por un autor y leo poco a poco su obra—, y echo a andar con la esperanza de encontrar un equilibro que me haga olvidar la duda constante sobre lo que leo y sobre aquello que me pierdo y no leo. Poco dura esa búsqueda de orden, tiendo a sumirme en el caos, a combinar escritores y estilos, a dejar que los libros se mezclen, incluso a no leer durante unos días. Este año…
·      completé la inclasificable trilogía de Nobodaddy de Schmidt, inicié la lectura de los relatos de Kolimá de Shalámov, que terminaré, espero, en 2020, así como la trilogía de Los sonámbulos de Broch, último proyecto del año;
·   leí sobre la construcción de la identidad gracias a A.M.Homes y Kathryn Harrison; las memorias de Angelu, Haderlap, Swain o Lalla Romano, voces que recuerdan una vida con dolor y belleza, con palabras que no son barro;
·     seguí la construcción de un puente de la mano de Talese y las reflexiones de Theodor Kallifatides sobre la Europa de ayer y hoy y la importancia del idioma materno;
·      releí algún volumen de cuentos de Carver y Ford —a distancia de todos esos escritores que nos quieren vender como carverianos y que son un reflejo desvaído—; y en la época donde el turno de noche se hizo especialmente difícil escogí los relatos cortos de Munro, McCullers, y John Fante o los poemas de Sharon Olds para que hubiera otras palabras, otras voces en mis días somnolientos y cansados;
·    eché una mirada al mundo desaparecido del siglo XIX gracias a Tolstói, Dostoievski o Thomas Hardy, como de adolescente, cuando leía a Melville, Hawthorne, Trollope, George Eliot y tantos otros;
·   también hubo decepciones: me aburrí con los poemas de Hahn y Simic, no conecté con lo nuevo de Iribarren ni con el Evangelio esquizofrénico de Hrabal, se me indigestó el Mundo sumergido de Ballard, una obra que habla de un cambio climático y una regresión a tiempos arcaicos con algunas buenas imágenes pero torpe y mal escrita; sólo recuerdo un par de cuentos de la nueva recopilación de relatos de Berlin, tan lejos de su Manual para mujeres de la limpieza; Carter, de Ted Lewis, me dejó igual que antes de leerlo;
·    descubrí autores como Barbara Baynton y su descarnado Estudios sobre lo salvaje, la entereza de Cory Taylor en Morir, una vida, la intrigante voz de Kaye Gibbons en Ellen Forster, la plegaria que despliega Emmy Hennings en El estigma, tan arrebatada, tan cruel, tan íntima, la mirada crítica de Chevallier sobre la primera guerra mundial en El miedo, sin heroísmos, con todo el pánico y horror de la vida y la muerte en las trincheras.

Si tuviera que elegir mis mejores lecturas, elegiría un país. Rusia —con una incursión en la U.R.S.S.—. Por Shalámov y Kolimá, Tolstói y Los cosacos, las Memorias de la casa muerta de Dostoievski y Los nuestros Dovlátov. Mención especial para La escritura o la vida, esa novela ensayo donde Semprún se interroga desde qué lugar, si realismo puro o ficción, se debe escribir sobre el horror en los campos nazis. También para la densidad sureña de Katherine Anne Porter en Pálido caballo, pálido jinete o para ese ser extraño que disfruta de su soledad en el mundo apocalíptico imaginado por Arno Schmidt en Espejos negros, o para la soledad, en otro tiempo, en otro lugar, de Vida y época de Michael K de Coetzee. Y como últimas menciones, El ángel del olvido de Haderlap, el recuerdo que se desborda una y otra vez, la vida en la frontera, el dolor de la lucidez al hacerse adulto, la maestría que despliega Isherwood en Un hombre soltero, y  la lucha contra las convenciones en Jude el oscuro  de Hardy.

Para terminar, mi único propósito para el próximo año es rebajar la altura de las columnas de lecturas pendientes y tachar un puñado de libros de las diferentes listas desperdigadas por el ordenador, el móvil, los cuadernos de apuntes.

Una última reflexión. Decía Tecman que vivimos en un perpetuo fundido encadenado: un mundo que se diluye poco a poco en otro nuevo hasta que desaparece, una y otra vez. Una de las razones por las que leo es para encontrarme con esos mundos desaparecidos, qué ha quedado de ellos en nosotros, que hemos dejado atrás para siempre. A veces, cuando tengo un libro en las manos, a veces, sólo a veces, siento que estoy en el final de un fundido encadenado.

En resumen, leí lo que pude y cuanto pude, no más, no mejor, sino estos sesenta libros que me acompañaron durante 2019.




Una noche en el paraíso - Lucia Berlin. Trad. Eugenia Vázquez Nacarino. Alfaguara.
Más allá del equinoccio de primavera - Natsume Sōseki. Trad. Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Impedimenta
Evangelio esquizofrénico - Bohumil Hrabal. Trad. Montse Tutusaus. La Fuga Ediciones
El vino de la juventud - John Fante. Trad. Antonio-Prometeo Moya. Anagrama
Relatos de Kolimá. Volumen I. Varlam Shalámov. Trad. Ricardo San Vicente. Editorial Minúscula
Estudios de lo salvaje - Barbara Baynton. Trad. Pilar Adón. Editorial Impedimenta.
Hielo seco - Isabel Bono. La isla de Siltolá (Relectura)
La primera oscuridad y otros poemas - Óscar Hahn. Visor
Pálido caballo, pálido jinete - Katherine Anne Porter. Trad. Maribel de Juan. Círculo de lectores
El beso - Kathryn Harrison. Trad. Susana Camps. Anagrama
El miedo - Gabriel Chevallier. Trad José Ramón Monreal. Acantilado
Calle de los maleficios. Crónica secreta de París - Jaques Yonnet. Trad. Julia Alquézar. Sajalín editores
¿Quién ha visto el viento? - Carson MacCullers. Trad. José Luis López Muñoz y María Campuzano. Austral
La hija de la amante - A.M. Homes. Trad. Jaime Zulaika. Anagrama
El mundo sumergido - J.G. Ballard. Trad Francisco Abelenda. Ediciones Minotauro
En un café - Mary Lavin. Trad. Regina López Muñoz. Errata naturae editores
El brezal de Brand - Arno Schmidt. Trad. Fernando Aramburu. Debolsillo
Espejos negros - Arno Schmidt. Trad. Florian von Hoyer y Guillermo Piro. Debolsillo
Un lugar difícil - Karmelo Iribarren. Visor
El progreso del amor - Alice Munro. Trad. Flora Casas. Debolsillo
Rock Springs - Richard Ford. Trad. Jesús Zulaika. Anagrama (Relectura)
El verano sin hombres - Siri Hustvedt. Trad. Cecilia Ceriani. Anagrama
El río del tiempo - Jon Swain. Trad. Magdalena Palmer. Gatopardo ediciones
Vida y época de Michael K - J.M. Coetzee. Trad. Concha Manella. Debolsillo
El ángel del olvido - Maja Haderlap. Trad. José Aníbal Campos. Editorial Periférica
Ellen Foster - Kaye Gibbons. Trad. María José Rodellar. Editorial las afueras
Relatos de Kolimá. Volumen II. La orilla izquierda - Varlam Shalámov. Trad. Ricardo San Vicente. Editorial Minúscula
Garabateado en la oscuridad - Charles Simic. Trad. Nieves García Prados. Vaso roto ediciones
La edad del desconsuelo - Jane Smiley. Trad. Francisco González López. Editorial Sexto piso
Mi romance - Gordon Lish. Trad. Juan Sebastián Cárdenas. Editorial Periférica
Tres rosas amarillas - Raymond Carver. Trad. Jesús Zulaika. Anagrama (Relectura)
Los hermanos Tanner - Robert Walser. Trad. Juan José del Solar. Debolsillo
Tierras de sangre - Didó Sotiríu.Trad. César Montoliu. Acantilado
El arte del puzle - José María Pérez Álvarez. Ediciones Trea
Las cuatro estaciones - Ana Blandiana. Trad. Viorica Patea y Fernando Sánchez Miret. Periférica
Gestarescala - Philip K. Dick. Trad. Julián Díez. Cátedra
Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado - Maya Angelou. Trad. Carlos Manzano. Libros del Asteroide
Otra vida por vivir - Theodor Kallifatides. Trad. Selma Ancira. Galaxia Gutenberg
El largo viaje - Jorge Semprún. Trad. Jacqueline Conte y Rafael Conte. Austral
Una postal de 1939 - Marcella Olschki. Trad. Francisco de Julio Carrobles. Periférica
Los cosacos - Lev Tólstoi. Trad. Irene y Laura Andresco revisada por Vicente Andresco. Alianza editorial
El puente - Gay Talese. Trad. Antonio Lozano. Debolsilo
Memorias de la casa muerta - Fiódor M. Dostoievski. Trad. Jesús García Gabaldón y Fernando Otero Macías. Alba editorial
La penumbra que hemos atravesado - Lalla Romano. Trad. Natalia Zarco. Periférica
Jude el oscuro - Thomas Hardy. Trad. Francisco Torres Oliver. Alba editorial
Un hombre soltero - Christopher Isherwood. Trad. María Belmonte. Acantilado
La escritura o la vida - Jorge Semprún. Trad. Thomas Kauf. Tusquets editores
Cahier - Isabel Bono. Editorial Baile del sol (Relectura)
Mis amigos - Emmanuel Bove. Trad. Manuel Arranz. Editorial Pre-textos
La célula de oro - Sharon Olds. Trad. Óscar Curieses. Bartleby editores
Relatos de Kolimá. Volumen III. El artista de la pala - Varlam Shalámov. Trad. Ricardo San Vicente. Editorial Minúscula
Pioneros - Willa Cather. Trad. Gema Moral Bartolomé. Alba editorial
Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch. Trad. María Ángeles Grau. Debolsillo
El estigma- Emmy Hennings. Trad. Fernando González Viñas. El paseo editorial
Morir. Una vida. Cory Taylor. Trad. Catalina Ginard Ferón. Gatopardo ediciones
Carter - Ted Lewis. Trad. Damià Alou. Sajalín editores
La expedición al baobab - Wilma Stocenström. Trad. del inglés Lorenzo Luengo. Siruela
El descenso - Anna Kavan. Trad. Ainize Salaberri. Navona (7)
Los nuestros - Serguéi Dovlátov. Trad. Ricardo San Vicente. Fulgencio Pimentel
De A para X. Una historia en cartas - John Berger. Trad. Pilar Vázquez. Alfaguara

jueves, 19 de diciembre de 2019

El estigma. Emmy Hennings

Leo junto a una ventana. Levanto la mirada para pensar en las palabras de este libro, angustia, dicha, fe, camino intrincado. Hay tres árboles entre el cemento. Sus hojas, rojas y verdes, tienen forma de estrella. A lo largo del año he visto cómo cambiaban de color, una y otra vez, cómo eran colmados de la luz de la mañana o, como hoy, zarandeados por el viento, gráciles en su aparente fragilidad, las hojas al cielo en un vuelo en espiral. Estos árboles dan forma al viento, su furia, su delicadeza. Es el final del otoño. Las nubes bajan a tierra. Caen las hojas. De los árboles. Del libro. Hasta que los árboles y el libro quedan desnudos.

No es sólo un diario, El estigma. Es coger aire e iniciar una plegaria, la búsqueda pausada no de la dicha sino de algo que no se puede expresar con palabras —porque las palabras tienen fronteras que no pueden traspasar—, una conversación íntima con un Dios propio de una mujer que se siente en enterrada en un profundo pozo y levanta la mirada fuera de ese abismo. Y en esa mirada de Hennings, en ese comprenderse para comprender, la descripción y reflexión sobre el mundo que circundante: las muchachas de la noche y la calle, las caseras frías o benévolas, los hombres que compran su cuerpo y lo convierten en una moneda que queda, pasada la noche, encima de la mesa de un café, los mismos cafés o teatros donde se cruzan seres humanos reconocibles en su imperfección, en su falta de felicidad y en su lucha por encontrar una fe propia.

A medida que avanzaba en la lectura de este diario, sentía leer una de esas vidas de santos que, al buscar la gloria y el amparo de un dios mudo, deambulan entre las ciudades y la gente con una gran cruz a su espalda, cayendo una y otra vez en la desdicha, la culpa y la deuda, persiguiendo una redención que los acerque a la perfección soñada, al éxtasis, al encuentro con ese dios mudo testigo de cada acto de su vida, de cada mirada alzada, de cada silencio. Hay una palabra que se repite como una clave  a lo largo de El estigma: entrega. Dice Hennings en distintos sitios de su libro: Mi melancolía ha sido marcada por la palabra «entrega»; Busco aquello que se entrega libremente; Todo quiere algo de mí, para eso fui entregada. Es una prueba la que parece vivir la narradora de este diario: llegar al límite de las propias fuerzas, de la propia fe, para comprobar lo férreo de sus creencias; es transitar por un camino de espinas para salir herida y, a la vez, indemne; es la oposición a lo establecido, a una salida fácil, a una vida domesticada. La religión es un centro en El estigma: las oraciones a un Dios propio, las visitas a las catedrales donde desenvolver una espiritualidad íntima, palabras como éxtasis, dicha, entrega, renuncia, pureza, dolor, el mismo título, estigma, esa signo de la caída, y la redención. El Dios de Hennings es luz y tinieblas, es silencio y escucha.

Cada frase de este libro tiene un valor profundo y una intensidad que, por momentos, hizo que tuviera que espaciar la lectura. Es decir, no hay páginas en este diario novelado donde quepa lo intranscendente, hasta los gestos cotidianos adquieren un sentido mayor, un monólogo interior donde se plantean preguntas y dudas sobre los caminos a elegir, la conducta de los hombres o el significado último de la vida. Hay una indefensión en la voz de este diario que tiene que ver con la infancia. En más de una ocasión la narradora detiene la descripción de una escena para volver por un instante a sus recuerdos de niña, recuerdos con una luz agridulce que son refugio y pérdida, recuerdos de todos los seres que nos habitan, de los diferentes tiempos que somos, una escritura intimista y poética que se despliega poco a poco y muestra la reflexión y la búsqueda, la desprotección y el calvario personal, la agotada y febril escritura de una plegaria.







Había tanto silencio. Yo era la única perturbación en un mundo mudo. No pude soportarlo por más tiempo. Cayeron de mis labios palabras que brotaban por sí solas, un recipiente que rebosa y cuyas gotas caen a la tierra.
Me oía hablar a mí misma, y mi voz me sonaba ajena, como si no me perteneciese. Oía repetirse la misma frase: «No se trata de la dicha, amado Dios, sería pedir demasiado. No se trata de la dicha, amado Dios, no se trata ya de la dicha. Se trata de…». ¿De qué? ¿De qué, en concreto? Como si fuese necesario que yo misma acudiese en mi ayuda, me esforcé en pensar de qué se trataba. Sobre ello reflexioné en la Catedral de Colonia. Aún hoy sigo reflexionando, en la calle, en la estafeta de correos, en el cuarto, en los bancos y en las salas de espera, en todo lugar, en todos los sitios.

***

Quisiera saber si el dinero es la única causa visible de mi degeneración. El dinero en mi bolso me resultaba oscuro. Cada vez me resulta más sospechoso. El dinero es una afrenta, la molesta señal de la vergüenza. Limpio mi dinero con un pañuelo antes de entregarlo a manos inocentes; para que, al menos, parezca superficialmente limpio. El dinero siempre es falso, pero un eficaz, excelente ensueño. No existe el dinero verdadero, me digo. Sería una casualidad que una vez fuese real. Lo que se troca por dinero es algo bien distinto. Pero no puedo juzgar yo sola de modo tan subjetivo.
He recibido un pan con mantequilla y una taza de café y a cambio dejo en la mesa de mármol una soberbia moneda de diez marcos.
Por esa moneda de diez marcos soy yo misma la que está sobre la mesa. Se paga con mi persona. Por ello pongo hoy una irisada moneda sobre la mesa. ¿Eso soy yo? ¿Cómo se me puede comparar con una moneda? ¿A mí? Hay algo centelleante en mí.
El camarero no sospecha nada. No sabe de dónde procede el dinero, no sospecha que yo misma represento la moneda de diez marcos… ¡Cómo de unida estoy a la moneda de diez marcos, mi personal al completo se encuentra en ella!

***

No tengo otro objetivo, solo mi impulso, al que quiero dirigir en otra dirección. Dirigir alguna vez voluntades ajenas, seducirlas en la dirección de mi voluntad. Tengo que limpiar toda la ciudad, esa es mi dura tarea. Vadear todas las ciénagas.
Cuando esté sumergida en lo más profundo —tomado como un sacrificio—, podré decir con la mayor de las entregas: «¿Cree usted en mí?».
¿Cómo no podría creerse en aquello que se acepta, que se abraza, que se mantiene agarrado? Creo en toda voluntad que me acepta. Siento toda ráfaga de viento que acaricia mi cara… Todo quiere algo de mí, para eso fui entregada. Si el mundo quiere arder, seré un ascua en un mar de fuego. Nada puede consumir mejor que yo.
¿Estoy predestinada? Rezo con los labios sellados: «No me dejes caer en la tentación y líbranos del mal».
No despego mis labios. Los comprimo, no quiero que se escape mi petición. Mi aliento no debe perturbar mi súplica.
Por eso aprieto los dientes y mi boca queda hermética. Dios no me tendrá por obstinada; verá en mi interior. Él sabe dónde vivo. Sabe de qué vivimos. Al igual que me tienta con el mal, puede tentarme con el bien. Tanto con lo uno como con lo otro, siempre he sabido que se trataba de estar sana y salva.
El estigma. Emmy Hennings. Traducción Fernando González Viñas. El paseo editorial.