Piensa en el largo camino de regreso.
¿Tendríamos que habernos quedado
en casa pensando en este lugar?
¿Dónde estaríamos ahora?

Elizabeth Bishop

viernes, 5 de enero de 2018

cartas

Era un soñador, Emilio. Y algo cándido e inmaduro. En Navidad, cuando las columnas de cajas se acumulaban en la oficina y nosotros maldecíamos toda aquella correspondencia, Emilio nos deseaba buen reparto y salía con esa mirada suya de niño que creía en lo invisible y lo lejano. Nos llamaba mensajeros de felicidad. Y lo creía realmente.
Emilio llegó a Bilbao en los años sesenta. Apenas había dejado la maleta en el suelo de la estación cuando un hombre le ofreció trabajo en Correos. Llevaba dos días de viaje, se sentía abrumado y agotado y ese hombre dictó su destino. No seguiría camino. Este pueblo fronterizo que le asignaron sería su lugar. En aquellos tiempos pocos aceptaban, me decía con una sonrisa nostálgica, para recordar, a continuación, el viejo apeadero de tren, las sacas grandes y blancas que recogían del vagón correo, la pequeña oficina donde repartía la correspondencia y escuchaba en silencio a sus vecinos.
Y fue su silencio, tranquilo y amable, el que lo convirtió en una especie de confesor del pueblo. Hombres y mujeres le describían sus primeros amores, los bailes en las romerías de su juventud, una emboscada en el Ebro, los gestos taciturnos de los tíos y abuelos que regresaban de hacer las Américas más pobres y más encogidos; o le pedían que escribiese por ellos una carta, porque esa letra suya es clara y sencilla, le decían; o abrían delante de él los paquetes con manchas de aceite y le chismorreaban viejas venganzas del pueblo que abandonaron años atrás mientras compartían un trozo de pan y chorizo. De noche, Emilio escribía un diario con las historias de sus vecinos y diferenciaba los matices en las voces cuando le dictaban cartas para los padres y el temblor de manos al hablar de antiguas emociones.
Me gustaría hacer un paréntesis en este panegírico para hablaros de sus diarios. Había algo extraordinario en ellos, la magia de quien capta una verdad oculta en lo cotidiano. Emilio escribía sobre las cartas que seguían recibiendo los muertos años después de su fallecimiento, los nombres tachados en los buzones y el resentimiento que transmitían algunas cruces sobre el metal, sobre los recibidores vistos desde el umbral, las viejas fotografías en blanco y negro y el olor de las casas, cada uno diferente y único, los lamentos por la caligrafía perdida de los más viejos, la correspondencia acumulada en los buzones y la cara de expectación de los niños cuando le daban en mano la carta a los reyes magos y Emilio les prometía que las haría llegar a tiempo pero sin descubrirnos la dirección última de los magos de oriente, niños que ahora somos adultos y recordamos las gomas y los sellos que nos regalaba Emilio como símbolo de nuestra infancia.
La casa de Emilio era un pequeño museo. Conservaba los diferentes uniformes de cartero que tuvo, las carteras de cuero que desgastaba en un par de años de reparto a la intemperie, los libros de certificados con su letra clara y las firmas de los vecinos —algunas garabatos abstractos, otras legibles y redondeadas—, los matasellos que dibujaban fechas de 1987 ó 1999, los más de cuarenta diarios escritos. Emilio era la memoria, y eso significaba darse cuenta del paso del tiempo de una manera casi atroz. En sus últimos años, Emilio se sintió desplazado. Apenas se escribían cartas. Y desaparecieron los paquetes manchados de aceite que olían a chorizo y vainas y que llegaban de aldeas de nombres extraños, Lamas, Barcia, Santa Comba. El mundo se transformaba y Emilio pertenecía a un pasado que se desvanecía delante de nuestras narices: las grandes salas de cine, los carretes de fotos, las máquinas de escribir y, lo peor entre todo, las cartas, tragadas por la rapidez y la inmediatez.
Sólo los niños seguían viendo la magia en un cartero.
Tal vez por ellos, y por el niño que todos llevamos dentro y que silenciamos por miedo a la decepción, Emilio quiso hacer de su última Navidad un regalo a nuestra nostalgia y nuestra fantasía. Recuerdo verlo llegar a la oficina con su viejo uniforme gris y azul y una cartera de cuero gastado llena de cartas, el nudo perfecto de la corbata y los símbolos de la corneta y la corona en la gorra. No consigo imaginar el tiempo que tardó en escribir aquellas cartas dirigidas a cada uno de nosotros y que reproducían nuestra propia vida y nos hablaban de algo íntimo que habíamos olvidado o perdido. Vimos entrar a Emilio en los portales y buzonear las cartas y, poco a poco, esa mañana de diciembre su mundo detuvo, por un instante, su desaparición.
En mi carta, Emilio nombraba a mis muertos y me los mostraba vivos y jóvenes, hombres y mujeres que soñaban y amaban y lloraban, que volvían a tener mi edad y no los temblores y la ceguera de sus peores días; y recordaba el niño que fui, altivo y tímido al mismo tiempo, soldado de caballería y científico, explorador de mundos extraterrestres y ratón de biblioteca; y terminaba pidiéndome que me dejase llevar por aquellos caminos que parecían no ir a ningún sitio, porque en esos caminos ocultos se escondía lo inesperado. 

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